Tag Archives: Capitalismo

Western

20 Nov

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Año: 2017.

Directora: Valeska Grisebach.

Reparto: Mainhard Neumann, Suleyman Alilov Letifov, Reinhardt Wetrek, Veneta Fragnova, Viara Borisova, Kevin Bashev, Aliosman Deliev.

Tráiler

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         Género cinematográfico por excelencia, comparado tradicionalmente con la tragedia griega, el western es un territorio universal y atemporal  que en su dramaturgia, su mitología y sus códigos admite cualquier tipo de conflicto. Sus raíces, por tanto, pueden extenderse asimismo por otros campos del séptimo arte, por otras ambientaciones alejadas del Oeste norteamericano. Porque su esencia no depende del momento y del lugar.

         Con sus filiaciones expuestas desde el título -quizás con innecesaria explicitud, como le ocurría a Mi hija, mi hermana con los atuendos country-, Western traslada una serie de arcos argumentales característicos del género a un escenario contemporáneo y europeo: un valle búlgaro donde unos obreros alemanes preparan los cimientos de una central hidroeléctrica. Esta disposición le permite a la directora y guionista Valeska Grisebach tener unos forasteros -los alemanes- y unos indios -los búlgaros-, entre los que establece una relación fronteriza de recelo y contacto, de tensión y comprensión, desde la cual se dibuja un panorama más amplio que recuerda al western revisionista que tuvo su esplendor en los descreídos años setenta y en el que se reconstruía la epopeya de la conquista desde una perspectiva fiscalizadora, en la que se deslegitimaban las motivaciones del pionero heroico y providencial que persigue el Destino manifiesto en liza contra la adversidad de la naturaleza y el Otro, el enemigo. Este se tornaba una figura dudosa, parte de un contexto en el que arreciaban las corrientes críticas contra la política internacional intervencionista de los Estados Unidos, inmersos en el ardor de la Guerra Fría.

Una turbulenta situación, implantada incluso en el lenguaje popular -la expresión ‘la ley del Oeste’, empleada aquí en algún diálogo en su traducción como la ley del más fuerte-, y que, en el presente, se reajusta a la perfección al neocolonialismo económico derivado de la globalización y el ultraliberalismo.

El cine alemán concibió igualmente su propio western: los ‘bergfilms‘ o películas de montaña, una serie de relatos en los que se loaba igualmente el sometimiento del territorio, la supremacía del pueblo elegido sobre el orbe postrado a sus pies, y que significativamente alcanzarían su auge e iniciarían su decadencia a la par que el nazismo. “¡Que sepan que estamos de vuelta setenta años después!”, bromean los operarios durante una excursión etílica, que sigue al izado de la bandera en el monte extranjero y a una actitud de abierta prepotencia respecto a los nativos del pueblo. Las alusiones al pasado imperialista germano son meridianas, y desde el otro lado de la pantalla se ven reforzadas por la preeminencia de la política del país en el marco de la Unión Europea -e incluso su indisimulada arrogancia moral sobre los miembros más afectados por la crisis financiera de 2008-. Aunque los protagonistas de Western son, como eran los colonos del Oeste, otro grupo de personas arrinconadas por este mismo sistema predador.

         Este es el trasfondo en el que se mueve Western, y con el que se interrelaciona el segundo gran elemento del género que sostiene su argumento, esta vez circunscrito a un ámbito más intimista. Es el del concepto de la familia encontrada, el del desarraigado que se lanza al camino, hacia la tierra desconocida, y que en el curso de su peregrinación halla -o choca con- el anhelo emocional que le faltaba –Yuma o Bailando con lobos como ejemplos fundados en el encuentro entre culturas antagónicas-. Aquí es donde surge el protagonismo de Meinhard, autodescrito como un exlegionario con agrias experiencias en rincones recónditos del mundo y que se ha reciclado en obrero en Bulgaria solo por dinero.

A través de este personaje, Grisebach introduce un relato de comunicación y entendimiento entre obstáculos -hay cierta conexión ‘milagrosa’ en los saltos de idiomas que parece inspirada en Jim Jarmusch-, reconfortante en su lectura en cierta manera redentora pero no ahogado en costumbrismo y buenismo, con la insoslayable sensación de incomodidad que persiste, necesariamente, en un proceso de conexión tan volátil.

         Para lograrlo, la cineasta se basa en la sensibilidad de su composición humana y en el impecable naturalidad de su reparto, sin experiencia cinematográfica previa y comandado por la particular y expresiva estampa de Meinhard Neumann, quien en determinadas escenas, apoltronado con los pies en alto en el porche, parece un taciturno y digno Henry Fonda de derribo; decidido en el duelo, de misteriosa introspección en la paz.

Grisebach ofrece un cine de rostros, de presencias, de vibraciones. Sentimental y melancólico, como buen western fordiano, si bien con un velado toque irónico en su mirada hacia este entorno viril -además de económica, social y ecológica, la depredación es también sexual- y, a pesar de la belleza del paisaje escogido, con una estricta contención del nostálgico endulzamiento de la lírica visual, pues la obra se asienta sobre una realidad contemporánea declaradamente hostil a la poesía.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 8,5.

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Okja

31 Jul

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Año: 2017.

Director: Bong Joon-ho.

Reparto: Seo Hyun-Ahn, Tilda Swinton, Paul Dano, Jake Gyllenhaal, Steven Yeun, Lily Collins, Daniel Henshall, Devon Bostick, Giancarlo Esposito, Shirley Henderson, Je-mun Yun, Hee-bong Byun.

Tráiler

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          Los abucheos le llegaron antes del primer fotograma, solo con la aparición del logo de la productora y distribuidora: Netflix. En el festival de Cannes de 2017, Okja desató la polémica -junto con The Meyerowitz Stories, de Noah Baumbach, también de Netflix, y la emisión de los primeros capítulos del regreso de la serie Twin Peaks– al alimentar el debate sobre las formas y formatos del cine y su disfrute. El certamen, riguroso en su presunta salvaguarda de los valores tradicionales del cine, fue reticente para admitir en su sección oficial una cinta que no iba a estrenarse en las salas francesas, tal y como imponen las normas del concurso, sino que su pase se iba a producir a demanda del usuario de esta plataforma de entretenimiento en streaming, visionada directamente en la televisión, el ordenador, la tablet o cualquier soporte informático que contenga la pertinente aplicación -sí llegaría no obstante a la gran pantalla en Estados Unidos, Reino Unido y Corea del Sur, donde se alzó con el cuarto puesto de la taquilla pese a sufrir el boicot de los principales exhibidores del país-.

Frente al ruido despertado, el director Bong Joon-ho se limitaba a valorar y agradecer el grado de libertad creativa que le había proporcionado Netflix, a quien respalda la tranquilidad de contar con una red que, en fechas del arranque de Cannes, rozaba los cien millones de usuarios en el mundo; cifras con las que soñaría una buena campaña de promoción de un blockbuster tradicional. El cine cambia. Necesita cambiar, de hecho, en vista del sostenido descenso de los espectadores. Quizás esta sea una nueva vía de supervivencia comercial que, si además viene acompañada de beneficios para los cineastas, cabe celebrar en lugar de únicamente resignarse a ella. A fin de cuentas, nada puede reprocharse a la calidad alcanzada por las series y otros productos de televisión durante las últimas dos décadas. ¿Acaso una obra magna como The Wire no cabe dentro de los límites del séptimo arte?

          Centrándonos en Okja, el filme acude a un esquema clásico del cine infantil -la amistad entre un niño y una criatura extraordinaria que se ve amenazada por la invasión del mundo adulto-, aunque no se limita a quedarse en una relectura más de E.T., El extraterrestre y en ella se percibe la personalidad desbordante de cineasta surcoreano, manifestada en su arrollador despliegue visual, exhuberante en la expresión de la atmósfera narrativa que atraviesa el relato -el bucolismo de la naturaleza, la frialdad estética de la multinacional, la tenebrosa, sucia y claustrofóbica sensación de terror de los laboratorios y criaderos-.

Con ello, Okja se configura así como una fábula que arremete contra el neoliberalismo de nuevo y sonriente rostro -el lavado de imagen posterior a las tropelías desveladas por la crisis económica global- y, en concreto, contra la explotación sin escrúpulos ni empatía ejercida por la industria alimentaria, como ya ensayaba con torpeza Richard Linklater en su Fast Food Nation o la risible apología vegana del Noé de Darren Aronofsky. De este modo, frente a un trasunto de la escalofriante Monsanto -aquí Mirando-, erigidos en los ‘mad doctors’ del siglo XXI, se opone la relación íntima entre la pequeña Mija y la supercerda Okja, propiedad de la factoría e imagen publicitaria de su presunta rehabilitación ética ante al mundo.

          Siguiendo la línea de fantasía subversiva de la anterior Rompenieves (Snowpiercer) -en la que, eso sí, Bong adaptaba una historia ajena-, Okja se constituye pues como una distopía contemporánea afirmada sobre problemáticas presentes, como los abusos financieros y políticos de un poder de esencia empresarial -es significativa la reproducción con la directiva de Mirando de la fotografía del equipo de Barack Obama durante la operación de captura y muerte de Osama Bin Laden-, los movimientos de reacción ciudadana, la sustitución de valores humanos por valores financieros -el explícito cambio del cerdo de carne y hueso por otro de oro-, la preponderancia de las redes sociales como canalizador de la comunicación y la corrientes de opinión…

Cuestiones que la película aborda dentro de este contexto juvenil, caricaturesco y excesivo que en ocasiones se desafora por su crueldad quizás extrema y reiterativa o, en paralelo, por la desacertada dirección de algunos actores -la lamentable y cargante imitación de Jerry Lewis que ejecuta Jake Gyllenhaal-. Sin embargo, también pretende escapar del maniqueísmo monolítico otorgando cierto dramatismo a los personajes a uno y otro lado del conflicto, con sus dudas, sus traumas y sus traiciones y, en resumen, sus razones -como parece decir ese abuelo coreano al que le sobraría entonces la desacreditación moral de su alcoholismo, por mucho cariño con el que lo críe el granjero, un cerdo es alimento desde que nace-.

          Sea como fuere, destaca sobre lo anterior la ternura y el candor que despierta el entendimiento entre Mija -un personaje cuya gran fuerza propulsa además el carisma de Seo Hyun-Ahn y su párpado inflamado- y su animal, cuyo diseño remite al cerdo, al hipopótamo, al perro y al manatí, y al que, a pesar de su elaboración por ordenador, se le consigue dotar de una entrañable fisicidad y de sentimiento a través de su mirada de ojos humanos.

En estas escenas, Bong modula con acierto el tono recurriendo a elementos chaplinescos: la fusión de la tragedia desgarrada con elementos de humor naif, en este caso las ventosidades; lo que en cualquier caso es una característica habitual en la filmografía del realizador. Y comparece asimismo una noción de la conexión con el espíritu protector y benéfico de la naturaleza que remite a Hayao Miyazaki, rasgos con los que conecta con habilidad con las emociones del espectador. Porque, ¿puede haber un amor más puro e incondicional que el de un niño por su mascota? Obviamente es una clase distinta de amor del que se profesa a las personas, que debido a su complejidad exige mayor esfuerzo por parte de uno mismo. Pero, ¿existe una relación más auténtica, entregada y reconocible por cualquiera que haya tenido un perro, un gato, una cobaya o cualquier bicho que responda a una caricia?

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Soy Cuba

19 Abr

La potencia estética es la potencia de la Revolución cubana. Soy Cuba, una obra monumental incluso en su malditismo, donde la belleza cinematográfica expresa la belleza de las ideas; un atronador rayo propagandístico en medio de la asepsia del mensaje político contemporáneo. Para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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En el corazón del mar

7 Abr

En el corazón del mar

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Año: 2015.

Director: Ron Howard.

Reparto: Chris Hemsworth, Benjamin Walker, Cillian Murphy, Tom Holland, Brendan Gleeson, Ben Whishaw, Michelle Farley, Frank Dillane, Osy Ikhile, Gary Beadle, Joseph Mawle, Paul Anderson, Charlotte Riley.

Tráiler

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            No deja de resultar paradójico el planteamiento de En el corazón del mar, que parece aspirar a encontrar la realidad detrás de la historia concebida en Moby Dick -relato fundamental de la literatura estadounidense y universal-, pero al mismo tiempo termina por entregarse a lecturas alegóricas y trascendentales semejantes a las de una novela ubérrima en interpretaciones morales y merafísicas.

            La traducción del mito literario a realidad factual -bastante similar esas innecesarias precuelas que buscan la recomposición psicológica de personajes populares concebidos prácticamente desde la abstracción-, se orienta en En el corazón del mar hacia la exposición de un mensaje de actualidad -la superposición del beneficio económico sobre cualquier otra consideración, la rebeldía que supone regresar a valores humanísticos y ecológicos-, en el que el elemento precipitador es, de nuevo, una ballena de proporciones y comportamiento sobrenaturales -el acecho sigiloso como un monstruo de cine de terror, su contacto sensorial y casi místico con el protagonista, su identificación con la tormenta como instrumentos de la voluntad, las admoniciones y las enseñanzas de fuerzas superiores al hombre-.

            Aunque narrada con pulso solvente -a pesar de decisiones estéticas cuestionables en algunos primerísimos planos de fotografía demasiado digital o con exceso de añadidos veristas- esta situación deja al filme navegando entre dos aguas y sin terminar de adentrarse en ninguna de ellas, puesto que ni es una película de aventuras marinas y supervivencia particularmente vibrante -le falta fisicidad, sensación de sufrimiento entre tanto trabajo de ordenador- ni su faceta reflexiva y/o espiritual posee demasiado calado -también con tópicos del género como el duelo en cubierta entre personalidades antagónicas-.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

El amargo deseo de la propiedad

15 Feb

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Año: 1973.

Director: Elio Petri.

Reparto: Flavio Bucci, Ugo Tognazzi, Daria Nicolodi, Mario Scaccia, Orazio Orlando, Salvo Randone.

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           El amargo deseo de la propiedad comienza conjugando el verbo haber entre susurros que no se sabe si son de éxtasis, de súplica o de oración. Forma el decorado una serie de máscaras teatrales que desde esta primera andanada, y con evidente sarcasmo, arraigan la obra en un escenario de tragedia griega que continúa luego con los soliloquios que rompen con la narración; aunque traza asimismo su parentesco con el distanciamiento dramático -siempre discutible- propugnado por Bertolt Brecht. El tono, en cambio, prolonga y complementa el de las furibundas obras de Elio Petri acerca de la impunidad de los poderes coercitivos del Estado (Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha) y la alienación del proletariado explotado (La clase obrera va al paraíso). Es decir, que el filme desarrolla una farsa incontrolada que en este caso apunta su cañón hacia el capitalismo materialista.

Digo cañón porque Petri no dispara con bala y tiros de precisión; lo hace con obuses y a bocajarro. De hecho, en apenas 20 minutos el filme ya ha acumulado sin freno una auténtica antología de ideas subversivas a propósito del tema, protagonizado por un monaguillo que pertenece al templo moderno de la moneda y que sufre una reacción alérgica al dinero sucio, lo que le empuja a cometer el sacrilegio de rebelarse contra el capital y sus símbolos litúrgicos -el billete- y lanzarse al terrorismo marxistamandrakista, focalizando su objetivo en un carnicero enriquecido sin escrúpulos, tan miserable que solo tiene dinero, y contra el que emprende una campaña de desplume no por acumular estos bienes ajenos, sino por despojarle de ellos a la víctima ejemplarizante.

           Petri despliega así una caricatura de Italia -una de las cunas de la cultura occidental contemporánea- sometida bajo un sistema que se funda a partir del latrocinio, piedra angular del orden social, de los mecanismos de poder y del funcionamiento de la maquinaria del país -incluso es fuente de trabajo, razón que en el presente sirve de argumento inexpugnable y que también anticipará la maliciosa Robocop 2 esta vez respecto del narcotráfico-. Una comunidad, en definitiva, donde se ha materializado la sustitución semántica y filosófica del verbo ser por el verbo tener; donde la posesión material se extiende a la posesión corpórea y hasta espiritual del prójimo.

           La denuncia -que en su título original contradice irónicamente la sentencia del pionero anarquista Pierre-Joseph Proudhon “la propiedad es un robo”- surge tan vigente entonces como ahora -se la podría comparar, por el uso de la sátira de armamento pesado, con la reciente El capital, firmada por otro de los paladines del cine de compromiso del Viejo Continente, el grecofrancés Costa-Gavras-. En este sentido, resulta desalentador comprobar la actualidad de un buen puñado películas del cine italiano de protesta de los años sesenta y setenta, como el citado retrato sociolaboral de La clase obrera va al paraíso, las corruptelas urbanísticas de Las manos sobre la ciudad o los tejemanejes del cuarto poder al amarillista servicio del status quo de Noticias de una violación en primera página.

Por desgracia, al igual que le ocurre a esta última, El amargo deseo de la propiedad renuncia a cualquier tipo de sutileza en su ataque frontal y, si bien prolija en contenido crítico, es tan tremenda en su exposición que se despeña por el precipicio del simplismo y la deformación radical. Termina por fatigar su feísmo estético, impronta -puede que involuntaria- del feísmo moral que recopila, ahogando con ello el impacto de sus embestidas.

           Tardaría ocho años en estrenarse en España.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 5.

El precio del poder

2 Feb

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Año: 1983.

Director: Brian de Palma.

Reparto: Al Pacino, Michelle Pfeiffer, Steven Bauer, Maria Elizabeth Mastrantonio, Robert Loggia, Paul Shenar, F. Murray Abraham, Harris Yulin, Ángel Salazar, Miram Colón.

Tráiler

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         Hay películas que conviene disfrutar en determinado momento de la vida, y no en otro. Voluntaria o casualmente, están hechas para conectar de forma cerval con ese instante particular, con esa precisa sensibilidad existencial. Tendría unos 16 años cuando descubrí El precio del poder, que también es popularmente conocida por su título original, Scarface. Aluciné con ella. Me impactó profundamente la violencia del ascenso y la caída del fuera de la ley más macarra de todos los tiempos, la feroz fisicidad con la que estaba rodada y la tensión de su violencia. Volví a ella cumplidos los 21 años y pasé vergüenza ajena con esa epopeya adolescente del gángster, los teatrales excesos a costa de la sordidez del hampa, la estética impúdicamente hortera de su puesta en escena y la desaforada actuación de Al Pacino.

Vista de nuevo con 30 años, las sensaciones que me deja El precio del poder se encuentran a medio camino entre ambas, aunque quizás tiendan más hacia lo segundo. Es indudable que se trata de una película plena de fuerza y carisma, destinada a convertirse en obra de culto por cualquier tarugo con ínfulas de gánster, fascinado por arrogarse la presunta épica de la marginalidad o que no haya superado esa visión desquiciadamente melodramática de la vida -el yo contra todos- que uno sufre durante la adolescencia.

         Brian de Palma, que encuentra en su cinefilia uno de los motores de su obra como cineasta, recupera Scarface, el terror del hampa, del maestro Howard Hawks, para retornar al tema del crimen como vía paralela desde la que culminar el sueño americano para aquellos a los que se les veda el acceso a la falsa promesa del país de las oportunidades. El precio del poder deforma la realidad hasta hacer de ella una imitación grotesca. Si Tony Montana es una caricatura de los delincuentes que interpretaba James Cagney en los años treinta -los más duros de entre los duros, siempre con una respuesta desdeñosa en la boca aunque a tu cuñado le estén desmembrando con una sierra mecánica- la conquista del mundo que emprende alimentado por su retorcida perspectiva de las promesas americanas -los derechos humanos, la libertad individual, la posesión material- es igualmente caricaturesca, así como el sueño que materializa con ella.

En su escalada a la cima -una conquista que es criminal, económica, social e incluso sexual-, Montana descubre que la cumbre es una orgía de comer, follar y esnifar sin demasiado sentido aparte de haber llegado el primero a ella y poseerla en exclusividad. El resto de ideales inmateriales anhelados por el protagonista -el respeto, el amor- son un tributo falaz que, en línea con las premisas capitalistas, se vende y se cobra en dólares. Hasta artificiales son los atardeceres de ensueño de Florida, que o bien parecen impuestos con pantalla de chroma, bien son directamente papel de pared pintado, acorde al aspecto kitsch del diseño de producción y el fuerte cromatismo que domina los fotogramas -aquí aparece el correspondiente detalle hitchcokiano: en un mundo de agresivos tonos rojos y negros solo se reserva el verde para el hogar familiar al que el protagonista aspira y del que es rechazado-.

         Es decir, que a pesar de la pervivencia de Scarface en la cultura popular como modelo de referencia para aspirantes a enemigos públicos, El precio del poder trata de arrojar una mirada turbulenta y pesimista hacia los Estados Unidos y su sistema de valores, entre ellos el culto al éxito identificado con el culto al dinero; ambos sinónimos intercambiables, en definitiva. De hecho, el propio Scarface bien serviría para prefigurar esa misma década, los años ochenta dominados por el yuppie, a otro icono: el bróker bursátil Gordon Gekko de Wall Street, que contraviniendo las intenciones originales de su creador –Oliver Stone, aquí en funciones de guionista- también terminaría ejerciendo de figura idolatrada por esos mismos defectos que se pretendía denunciar.

A fin de cuentas, el filme ha sido tan entusiasta en reverenciar el ascenso de este narcotraficante cubano hecho a sí mismo -los hijos del demonio-, y lo ha llevado a cabo con tanto desprecio al ridículo, que cuando trata de decir cosas maduras ya resulta imposible tomársela en serio.

Nueva versión en ciernes.

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Nota IMDB: 8,3. 

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 5,5.

Toni Erdmann

31 Ene

toni-erdmann.

Año: 2016.

Directora: Maren Ade.

Reparto: Sandra HüllerPeter Simonischek, Michael Wittenborn, Thomas Loibl, Trystan Pütter, Ingrid Bisu, Lucy Russell, Vlad Ivanov.

Tráiler

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           En una película acerca de los tópicos que coartan la existencia y la felicidad humana en su vida en comunidad, se diría lógico que su mismo argumento nazca de dos aparentes clichés dignos de telefilme o cuanto menos profusamente sobados: el del padre que sacrifica su dignidad en favor de su descendencia y el de la persona ambiciosa que requiere de la intromisión de un elemento perturbador -e incluso perturbado- para tirar abajo los estrictos esquemas que, convertidos en imposición enfermiza, deshumanizan su vida.

Toni Erdmann explora las contradicciones que se dan en la sociedad occidental contemporánea entre la naturaleza de uno -sus apetencias, sus necesidades íntimas, sus caminos de realización personales, su forma de ser…- y los disfraces que se visten a causa de los condicionamientos ajenos -el concepto de éxito expandido a la carrera profesional, a las relaciones sociales, al deseo y su materialización consumista…-. Una incoherencia que el filme personifica en la figura de Ines (Sandra Hüller), desesperadamente insatisfecha en su espacioso apartamento, su sofisticado vestuario, sus importantes reuniones y sus fingidas llamadas telefónicas con las que se refugia de exponerse a aquellos que más la conocen y que más pueden detectar su fingimiento. Uno de ellos, precisamente, su bromista padre Winfried (Peter Simonischek), que por su parte emplea disfraces -estos literales, como si fuese un Mortadelo germano- a modo de lubricante social y, por tanto, como herramienta para reconquistar y reconducir a esa muchacha que se hunde en el vacío y el sinsentido.

           Sin embargo, distanciándose del lugar común, el desarrollo del drama no tiende a la convergencia regeneradora, sino a la confrontación. A establecer un pulso entre ambos personajes y la manera en la que padecen el mundo y su propio recorrido existencial, pasado, presente y futuro. A que compitan por ver quién de los dos porta la careta más ridícula, que a lo mejor es la misma y el desafío en sí un grito de ayuda ahogado. Una evolución nada complaciente donde estos extremos -que quizás lleguen a tocarse, o no- se manifiestan en último término en la desnudez y el traje de kuker búlgaro.

La coexistencia de amargura existencial y comicidad festiva, fundidos por la pátina de patetismo que barniza la función, demuestra un posicionamiento honestamente dubitativo, que rechaza de nuevo el tópico de las lecciones morales y rehuye pudorosamente el sentimentalismo, ya que además son tendencias que comparten y aproximan a padre e hija, cada uno otorgándolas un peso diferente y con una manera distinta de asumirlas o camuflarlas.

Pero al mismo tiempo, al igual que cuando Winfred incomoda desde el segundo plano, emerge de fondo un retrato agrio -aunque tampoco demasiado complejo- de la Europa bajo el dominio de la Troika y su concepción recalcitrantemente economicista de todo lo que se encuentra bajo su bota.

           Se intuye que Maren Ade, directora y guionista de la obra, vierte buena parte de su biografía en el relato, pues confiesa haberse inspirado en su progenitor para escribir el respectivo personaje y, a su vez, su particular autoexigencia puede percibirse en datos como que no le temblase la mano en desechar y refilmar dos días de rodaje al no estar contenta con los resultados obtenidos o que tardase un año en completar el trabajo de edición de la cinta. También en los 162 minutos de metraje, excesivos y que provocan caídas de interés en puntos intermedios de la narración, en especial a causa de su innecesario detenimiento en los quehaceres empresariales de la mujer.

Aunque, a pesar de esta carga privada, Ade no termine de equilibrar la credibilidad de los personajes y sus decisiones -lo que provoca distanciamientos ocasionales-, por otro lado sí es bastante más sencillo para cualquier espectador identificar esa (injusta y estúpida) sensación de vergüenza ajena que en algún momento de la juventud nos han hecho sufrir nuestros padres por el simple hecho de estar liberados de ataduras que, en aquel entonces, a nosotros aún nos atenazaban. Quizás sea cierto que la experiencia sea un grado, parece reflexionar Toni Erdmann a través de Wilfred.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

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