Tag Archives: Capitalismo

High Flying Bird

17 Abr

.

Año: 2019.

Director: Steven Soderbergh.

Reparto: André Holland, Zazie Beetz, Melvin Gregg, Sonja Sohn, Kyle MacLachlan, Bill Duke, Jeryl Prescott, Justin Hurtt-Dunkley, Zachary Quinto, Caleb McLaughlin, Bobbi A. Bordley.

Tráiler

.

          “La gran mayoría de traspasos ocurren por motivos financieros, con el objetivo de liberar espacio salarial para próximas temporadas y hacer honor a la frase: Esto es un negocio. Está claro que la dinámica de traspasos es diferente en ambos casos. En Europa, un traspaso implica un acuerdo entre dos clubes, además del consentimiento del jugador. En la NBA, los traspasos es un tema que compete únicamente a las franquicias sin que el jugador tenga, teóricamente, ni voz ni voto”, explicaba Pau Gasol sobre la rescisión de su contrato con San Antonio Spurs fuera del mercado de fichajes.

El deporte de élite en los Estados Unidos es la expresión del modelo capitalista sobre el que se asienta su sistema económico, social e incluso ideológico -y que ya hace amagos de expandirse al modelo que rige el deporte rey de Europa, el fútbol, a través del insistente planteamiento de una superliga continental prácticamente exclusiva para las grandes potencias, muchas de ellas convertidas en el juguete a tiempo real del propietario millonario de turno-. Películas y series ambientadas en las bambalinas del béisbol, el fútbol americano o el baloncesto –Moneyball, Un domingo cualquiera, Una mala jugada, Ballers…- son el reflejo de que la competición despiadada se libra realmente en los despachos de los tiburones que manejan los distintos poderes que vertebran este show que, como dice el dicho, siempre debe continuar.

          En la NBA, el cierre patronal -lockout- de 2011 por las negociaciones del convenio colectivo se podría medir en términos deportivos -la supresión de la pretemporada y la reconfiguración de una temporada regular que arrancó con tres meses de retraso y tuvo que prescindir de 16 partidos-, pero también financieros -pérdidas de unos 400 millones de dólares para propietarios y jugadores, que en el caso de los deportistas se tradujo en una media de 220.000 dólares por persona, amén de la destrucción de 400 empleos directamente vinculados a la organización de la liga y los equipos-. Muchos de los baloncestistas terminaron emigrando temporalmente a escuadras europeas para capear el temporal. Aunque enfrentados a los magnates al frente de las franquicias y en apuros por la congelación de sus ingresos, no eran la parte más débil de la cadena, como se puede apreciar.

High Flying Bird encuadra su argumento en un ficticio lockout, el cual se aborda desde la mirada protagonista del agente de una empresa de representación de jugadores con el agua al cuello y, además, con remordimientos de conciencia por la tragedia de un primo y representado que se las tuvo que ver con el lado oscuro del éxito. Este es el enfoque que adopta Steven Soderbergh, a través del libreto de Tarell Alvin McCraneyoscarizado junto a Barry Jenkins por el guion adaptado de Moonlight-, para realizar una áspera crítica al ultraliberalismo que domina la sociedad estadounidense, siempre verticalmente -los escalafones de privilegio por el estatus económico, la clase social, la raza…-.

Los paralelismos entre los efectos del lockout y la devastación producida por la crisis económica de 2008 saltan a la vista, y el filme los retrata recorriendo pasillos, juntas de reunión, oficinas y otros lugares de negocio, por lo que sus semejanzas se trazan no con el cine deportivo, por supuesto, sino con dramatizaciones en torno a la recesión tipo Margin Call o La gran apuesta, con el añadido de que, en esta última, también se trataba de ganar por la mano a un sistema legalmente amañado.

          Curiosamente, al igual que en Perturbada, Soderbergh escoge herramientas ultralivianas y baratas para rodar la cinta: un iPhone, que bien puede mover con un trípode y una silla de ruedas, como hacían los kamikazes de la Nouvelle Vague con las cámaras ligeras a pie de calle y los carritos de la compra. Al mismo tiempo, la movilidad del equipo le permite exhibir recursos estéticos elaborados, como los trávelings.

De hecho, a High Flying Bird puede que incuso le sobre atención al detalle de estilo y en cambio le falte intensidad narrativa y emocional, dado que el conjunto posee esa frialdad que en ocasiones se puede achacar la filmografía del director de Atlanta. Se nota la rabia latente en el relato, aunque tampoco termina de aflorar en la maraña de encuentros, de idas y venidas, y de maniobras subterráneas. Pero, en especial, esa pasión vitalista por el juego, por la vocación, que invita a no perder para dar sentido a la existencia, no se percibe en modo alguno. La cólera del rebelde que apuesta todo por el valor de lo inmaterial, en contra de los poderes fácticos, no explota.

.

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,2.

Nota del blog: 6.

Tierra en trance

1 Abr

.

Año: 1967.

Director: Glauber Rocha.

Reparto: Jardel Filho, Glauce Rocha, Paulo Autran, José Lewgoy, Paulo Gracindo, Hugo Carvana, Danuza Leão, Joffre Soares, Flávio Migliaccio, José Marinho.

Tráiler

.

            Arte, compromiso. En los años sesenta, el Cinema Nôvo se lanzaba a las calles de Brasil para dar testimonio de sus injusticias y contradicciones desde unas imágenes que trascendían la herencia del Neorrealismo italiano, paradigma de la conciencia social en el séptimo arte, para articular sus alegatos y denuncias también desde la experimentalidad estilística. Su idealismo se encontrará con el golpe de Estado militar de 1964 y la instauración de una dictadura castrense que se prolongaría por más de dos décadas.

Tres años después de esta Contrarrevolución, Glauber Rocha entregaba Tierra en trance, un manifiesto simbólico y visceral escrito en rabia y decepción. El protagonista, a quien suele considerarse un alter ego del cineasta, representa a la intelectualidad embarcada en crear la revolución en un prototípico país latinoamericano, Eldorado, en el que retrata con ambición los diferentes estratos de poder que determinan los designios de una nación violentada y empobrecida.

            Tierra en trance posee la inmediatez descarada y desaforada de la Nouvelle Vague francesa y el cine underground estadounidense, pero también, por momentos, el reflujo instintivo y alegórico del agitprop soviético y el Luis Buñuel alzado en rebelión contra las fuerzas reaccionarias que dominan a la sociedad. Con los fotogramas naciendo en una derrota, su estructura narrativa rompe con la linealidad para encabalgarse en los arrebatos de indignación, de romanticismo, de desencanto, de duda y de muerte del poeta-revolucionario.

Son fragmentos arrancados en crudo, todavía palpitantes, que hasta se arrojan contra el rostro del espectador, a quien interpela puntualmente desde una ruptura de la cuarta pared atronadoramente agresiva. Demasiado, incluso; ya envejecida tras el paso del tiempo, de igual manera que el relato se torna en exceso embarullado y confuso en mitad de las propias incertidumbres del pensador situado a uno y otro lado de la cámara, en errática crónica sentimental; engolado por la incontención y la altisonancia de su discurso.

            Las escenas de Tierra en trance, agitadas y de brusco montaje, muestran coléricas un país zarandeado por tradicionalistas iluminados, por políticos incapaces, por plutócratas inmorales, por una Iglesia desnortada, por un pueblo humillado sin voz ni voto, por un neocolonialismo económico que se erige en el auténtico monstruo en la sombra. Se adentran a dentelladas asimismo en reflexiones a propósito de la impotencia del arte para ofrecer soluciones o consuelo a las problemáticas sociales; acerca de la revolución quizás como expresión de amor, a tenor de la relación del poeta y su musa en el romance y el activismo.

            Censurada en Brasil por atentar contra el prestigio nacional, el apoyo del mundo del cine le permitiría concursar en el Festival de Cannes, donde se alzaría con el premio Fipresci.

.

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

nota del blog: 6,5.

Tiempo después

13 Ene

.

Año: 2018.

Director: José Luis Cuerda.

Reparto: Roberto Álamo, Miguel Rellán, Blanca Suárez, Manolo Solo, Carlos Areces, Gabino Diego, Daniel Pérez Prada, Arturo Valls, Berto Romero, César Sarachu, Pepe Ocio, María Ballesteros, Antonio de la Torre, Joaquín Reyes, Raúl Cimas, Miguel Herrán, Javier Bódalo, Nerea Camacho, Martín Caparrós, Secun De La Rosa, Saturnino García, Estefanía de los Santos, Iñaki Ardanaz, Joan Pera, Andreu Buenafuente, Eva Hache.

Tráiler

.

         El arte debe de ser el único mundo donde es hermoso pagar las deudas. Según explicaba Berto Romero, fueron él y otros cómicos los que acudieron al rescate de José Luis Cuerda cuando este les confesó que no encontraba financiación suficiente para su nuevo proyecto, Tiempo después -adaptación de su propia novela homónima-, con el que pretendía seguir el universo en el que orbitan Total, Amanece, que no es poco y Así en el Cielo como en la Tierra, una trilogía que ha sido referencia para múltiples generaciones de humoristas por su inventiva, su carisma, su capacidad crítica y, por su puesto, su gracia desternillante. Se trata de un microcosmos de realismo mágico manchego, detenido en un paisaje social propio de los años cincuenta a modo fotografía congelada de las pulsiones inmutables de todo un país, ya sea de su pasado, de su futuro o de su vida ultraterrena, y en el que lo trascendente convive y colisiona con lo costumbrista, lo culterano con lo coloquial, la sátira con el absurdo. El elenco será también un fiel reflejo de esta devoción retribuida, así como los pequeños homenajes que contiene el guion.

         En Tiempo después, ambientada en el año 9177, milenio arriba, milenio abajo, este pueblecito interior se establece ya en el Edificio Representativo, un ciclópeo inmueble a las afueras que condensa al orbe entero, regido por unos rigurosos principios de eficiencia económica. Cuerda, un autor de firme posicionamiento ideológico, encuentra que la tiranía ya no se halla explícita bajo las formas de un totalitarismo nacionalcatólico, sino más bien bajo una apariencia ordenada y aparentemente accesible a todos: la del capitalismo como ideología rectora de la sociedad.

Sobre esta base crítica, el cineasta sirve una distopía esperpéntica en la que, de la misma manera que el presente, se mueve una sociedad a dos velocidades: la de los privilegiados y la de los no privilegiados. Cuerda las enfrenta desde ese estilo cómico marcado por una ilógica antinaturalidad -reflejada primordialmente en los diálogos, propios de un tratado económico, social, filosófico o religioso, e incluso de una obra literaria de la Generación del 27-, que, combinada con los reflejos cruelmente deformados de la actualidad, cargados sobre arquetipos ordinarios, es a partir de la cual brota el absurdo. A través de una observación y de una reflexión concienciadas, el autor albaceteño desnuda la realidad, sajándola con el afilado bisturí del humor.

         Los chistes estallan en cada plano, producto de un hábil manejo de las múltiples historias que, engarzadas con mayor o menor unidad en ese tronco satírico principal, quedan en manos de un reparto coral. Ante semejante bombardeo, es imposible pedir que todo funcione al mismo nivel, porque además hay puntos verdaderamente gloriosos, pero esta distribución contribuye a mantener a buena altura el tempo cómico y narrativo sin que las elevadas revoluciones del absurdo de Tiempo después agoten o se agoten.

.

Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7,5.

Chinatown

7 Dic

.

Año: 1974.

Director: Roman Polanski.

Reparto: Jack Nicholson, Faye Dunaway, John Huston, Perry Lopez, Burt Young, John Hillerman, Darrel Zwerling, Roman Polanski.

Tráiler

.

         Los títulos de crédito ya remiten sin tapujos a las formas de los años cuarenta, la época de esplendor del filme noir más clásico. Por aquellos comienzos de la década de los setenta, en plena efervescencia del Nuevo Hollywood y sus cineastas cinéfilos, autores como Robert Altman habían dado la vuelta al género, desmitificando en parte sus convenciones pero sin perder el respeto, en obras como El largo adiós. El gángster también había cambiado, entre la violencia estilizada de Bonnie & Clyde y el romanticismo monumental de El padrino. Pero Chinatown, en cambio, es una apropiación extemporánea, una resurrección de una serie de códigos originarios de tiempos pretéritos pero que se disfrutan inmarcesibles, como las joyas de la familia, a través de las generaciones -también es cierto que abundaban por entonces películas repletas de nostalgia del ayer, caso de Verano del 42, Como plaga de langosta, El gran Gatsby, Luna de papel, Tal como éramos o American Graffiti-. El homenaje se extiende incluso al reparto, donde figura John Huston, a quien Paul Schrader consideraba inaugurador del cine negro, como categoría plenamente definida, con El halcón maltés.

         En Chinatown, el detective privado vuelve a ser el agente encargado de desvelar y reparar las podredumbres de una sociedad civilizada a la que no pertenece -si acaso como ignorado habitante de sus márgenes ocultos-, en esta ocasión a causa del peso de un trauma pasado cuya influencia fatalista trata de disimular mediante una coraza de cinismo y trajes finos. Más feroz en su retrato históricosocial de lo que era admisible tres décadas atrás, los pasos de Jake J. Gittes -un Jack Nicholson que va como anillo al dedo- terminan por componer una destructiva crónica de la construcción de los Estados Unidos, donde el villano queda en manos de uno de esos próceres iluminados del liberalismo económico más ambicioso e implacable, que por la fuerza de su voluntad de patriarca bíblico, fundada sobre el dólar, se adueña y dispone a su antojo de bienes, cuerpos y espíritus, forjando el territorio a su imagen y semejanza.

         Largo tiempo le había costado al productor Robert Evans que su primera película como director ejecutivo de la Paramount, revitalizada bajo sus órdenes, fuese dirigida por Roman Polanski -con quien había firmado el éxito de La semilla del diablo– debido a la reticencia de este a regresar a la ciudad donde había sido atrozmente asesinada su esposa, Sharon Tate. Y curiosamente será el último filme del realizador polaco en suelo estadounidense a causa de las acusaciones contra él de abusos sexuales a menores.

Sea como fuere, armada sobre un impecable libreto de Robert Townereconocido con un Óscar-, Polanski logra dotar de un aire denso y viciado al soleado y desecado Los Ángeles donde se ambienta este relato de corruptelas flagrantes y poder desmedido que fructifica en una serie de pecados atronadores frente a los que, desguarnecido bajo una ley y un orden moral que son simple apariencia de escaparate, el individuo común solo puede inhibirse o dejarse engañar. La intriga está perfectamente dosificada para el espectador, que la sigue a la par de las averiguaciones del detective, incluso con un punto de vista asociado a planos subjetivos que, al igual que una fotografía más bien naturalista, rompen la pura fidelidad formal a sus modelos.

         Chinatown, en definitiva, posee un carisma y una calidad que trasciende la mera imitación devota. Y en cierta manera, en un presente donde vuelve a arreciar el ultracapitalismo y el descrédito de los valores públicos e inmateriales, la vigencia de su amargura, propia de una época de compromiso desencantado y desconfianza hacia el poder, se muestra tan actual como su pasión por el noir.

.

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 9.

Muerte de un corrupto

27 Jun

.

Año: 1977.

Director: Georges Lautner.

Reparto: Alain Delon, Ornella Muti, Maurice Ronet, Stéphane Audran, Meirelle Darc, Michel Aumont, Jean Bouise, Daniel Ceccaldi, Julien Guiomar, François Chaumette, Klaus Kinski.

Tráiler

.

-El clima político actual es malo. Los documentos publicados perjudican a su país.

-Mi país a usted le importa una mierda

-Cierto. Los demás países también. No manda la internacional proletaria sino la del dinero, Es algo más serio, créame. Beligerantes, aliados… ya no tiene sentido. Ya no tenemos amigos sino socios. Ya no tenemos enemigos sino clientes. El capital ya no tiene fronteras.

-La corrupción tampoco.

-La publicación no cambiará nada. Yo y algunos políticos tenderemos que dimitir. Usted irá a la cárcel, pero nada cambiará.

-Desestima a la opinión pública.

-Su honradez está pasada de moda. Ya no significa nada. De Gaulle llamó a los franceses “becerros”. ¿Qué le importa a un becerro si un ministro se enriquece de repente? ¿Eso afectará a la situación económica? Claro que no. Lo importante es construir, producir, para que los becerros puedan comer, beber, follar. Irse de fin de semana y esquiar en invierno.

         El diálogo pertenece a Muerte de un corrupto, película de 1977 que incuso por su título parece anclada en una realidad presente. Muy presente en España, además, donde el escándalo que espolea la trama -motivado por los documentos de contabilidad en B de un partido político francés que son empleados tanto en forma de herramienta de ataque como de defensa-, no puede dejar de relacionarse con los célebres papeles de Bárcenas y el Partido Popular. Hay quien podría ironizar incluso con la decena de fallecimientos inesperados que se han producido desde la apertura de la Gürtel en 2009 entre personas vinculadas con presuntos casos de corrupción asociados a la formación.

Pero quizás esta proximidad a una realidad sobradamente conocida también puede ejercer como punto flaco del filme, porque, vista de cerca, la arena política suele tender a parecerse más a la que reflejaba La escopeta nacional que a la de House of Cards, la serie que barniza de sensual glamour los movimientos cicateros, mezquinos y charcuteros del alcantarillado político. Esos que sí comparecen con toda su esencia miserable y antirromántica en obras de extraordinaria madurez como The Wire o Show Me a Hero. Por más que la política de la época sea convulsa, parece más ajustado a lo verosímil que los poderes fácticos acudan a recursos más discretos e igualmente eficaces -una campaña de descrédito, una filtración interesada, un retiro generosamente retribuido vía puerta giratoria- en lugar de a una estrepitosa defenestración literal de su objetivo.

         Por otro lado, esta violenta tendencia deja tras de sí unos cuantos agujeros de lógica en el desarrollo argumental, que trata de exudar con demasiado esfuerzo un pesimismo que parece subrayarse con la insistente presencia del saxofón, uno de los muchos detalles ambientales que acercan a Muerte de un corrupto a una estética más norteamericana que francesa, un tanto postiza y no demasiado afortunada, al igual que ciertos detalles horteras de la realización que encuentran su punto álgido en una tosquísima escena en plano subjetivo.

Para este propósito de formular un desencanto acre bien se bastaba la interesante descripción de un sistema putrefacto, endogámico y autorenovable, alimentado por el constante flujo de dinero y capitalizado por entidades sin rostro humano -grupos de inversiones, asociaciones de intereses, holdings y trusts multinacionales…-, para nada alejadas de la aséptica Corporación que antagoniza las novelas criminales de Donald Westlake -por entonces ya llevadas al cine en A quemarropa y La organización criminal– y que someten al individuo como simple pieza del engranaje de mayor o menor entidad -el intermediario, el títere, el secuaz, el primo…-. Porque el verdadero sustento de esta cleptocracia no es un sistema político, sino la hegemonía sobre todas las cosas de un determinado sistema económico y su correspondiente ideología y escala de valores.

.

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

Western

20 Nov

.

Año: 2017.

Directora: Valeska Grisebach.

Reparto: Mainhard Neumann, Suleyman Alilov Letifov, Reinhardt Wetrek, Veneta Fragnova, Viara Borisova, Kevin Bashev, Aliosman Deliev.

Tráiler

.

         Género cinematográfico por excelencia, comparado tradicionalmente con la tragedia griega, el western es un territorio universal y atemporal  que en su dramaturgia, su mitología y sus códigos admite cualquier tipo de conflicto. Sus raíces, por tanto, pueden extenderse asimismo por otros campos del séptimo arte, por otras ambientaciones alejadas del Oeste norteamericano. Porque su esencia no depende del momento y del lugar.

         Con sus filiaciones expuestas desde el título -quizás con innecesaria explicitud, como le ocurría a Mi hija, mi hermana con los atuendos country-, Western traslada una serie de arcos argumentales característicos del género a un escenario contemporáneo y europeo: un valle búlgaro donde unos obreros alemanes preparan los cimientos de una central hidroeléctrica. Esta disposición le permite a la directora y guionista Valeska Grisebach tener unos forasteros -los alemanes- y unos indios -los búlgaros-, entre los que establece una relación fronteriza de recelo y contacto, de tensión y comprensión, desde la cual se dibuja un panorama más amplio que recuerda al western revisionista que tuvo su esplendor en los descreídos años setenta y en el que se reconstruía la epopeya de la conquista desde una perspectiva fiscalizadora, en la que se deslegitimaban las motivaciones del pionero heroico y providencial que persigue el Destino manifiesto en liza contra la adversidad de la naturaleza y el Otro, el enemigo. Este se tornaba una figura dudosa, parte de un contexto en el que arreciaban las corrientes críticas contra la política internacional intervencionista de los Estados Unidos, inmersos en el ardor de la Guerra Fría.

Una turbulenta situación, implantada incluso en el lenguaje popular -la expresión ‘la ley del Oeste’, empleada aquí en algún diálogo en su traducción como la ley del más fuerte-, y que, en el presente, se reajusta a la perfección al neocolonialismo económico derivado de la globalización y el ultraliberalismo.

El cine alemán concibió igualmente su propio western: los ‘bergfilms‘ o películas de montaña, una serie de relatos en los que se loaba igualmente el sometimiento del territorio, la supremacía del pueblo elegido sobre el orbe postrado a sus pies, y que significativamente alcanzarían su auge e iniciarían su decadencia a la par que el nazismo. “¡Que sepan que estamos de vuelta setenta años después!”, bromean los operarios durante una excursión etílica, que sigue al izado de la bandera en el monte extranjero y a una actitud de abierta prepotencia respecto a los nativos del pueblo. Las alusiones al pasado imperialista germano son meridianas, y desde el otro lado de la pantalla se ven reforzadas por la preeminencia de la política del país en el marco de la Unión Europea -e incluso su indisimulada arrogancia moral sobre los miembros más afectados por la crisis financiera de 2008-. Aunque los protagonistas de Western son, como eran los colonos del Oeste, otro grupo de personas arrinconadas por este mismo sistema predador.

         Este es el trasfondo en el que se mueve Western, y con el que se interrelaciona el segundo gran elemento del género que sostiene su argumento, esta vez circunscrito a un ámbito más intimista. Es el del concepto de la familia encontrada, el del desarraigado que se lanza al camino, hacia la tierra desconocida, y que en el curso de su peregrinación halla -o choca con- el anhelo emocional que le faltaba –Yuma o Bailando con lobos como ejemplos fundados en el encuentro entre culturas antagónicas-. Aquí es donde surge el protagonismo de Meinhard, autodescrito como un exlegionario con agrias experiencias en rincones recónditos del mundo y que se ha reciclado en obrero en Bulgaria solo por dinero.

A través de este personaje, Grisebach introduce un relato de comunicación y entendimiento entre obstáculos -hay cierta conexión ‘milagrosa’ en los saltos de idiomas que parece inspirada en Jim Jarmusch-, reconfortante en su lectura en cierta manera redentora pero no ahogado en costumbrismo y buenismo, con la insoslayable sensación de incomodidad que persiste, necesariamente, en un proceso de conexión tan volátil.

         Para lograrlo, la cineasta se basa en la sensibilidad de su composición humana y en el impecable naturalidad de su reparto, sin experiencia cinematográfica previa y comandado por la particular y expresiva estampa de Meinhard Neumann, quien en determinadas escenas, apoltronado con los pies en alto en el porche, parece un taciturno y digno Henry Fonda de derribo; decidido en el duelo, de misteriosa introspección en la paz.

Grisebach ofrece un cine de rostros, de presencias, de vibraciones. Sentimental y melancólico, como buen western fordiano, si bien con un velado toque irónico en su mirada hacia este entorno viril -además de económica, social y ecológica, la depredación es también sexual- y, a pesar de la belleza del paisaje escogido, con una estricta contención del nostálgico endulzamiento de la lírica visual, pues la obra se asienta sobre una realidad contemporánea declaradamente hostil a la poesía.

.

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 8,5.

Okja

31 Jul

.

Año: 2017.

Director: Bong Joon-ho.

Reparto: Seo Hyun-Ahn, Tilda Swinton, Paul Dano, Jake Gyllenhaal, Steven Yeun, Lily Collins, Daniel Henshall, Devon Bostick, Giancarlo Esposito, Shirley Henderson, Je-mun Yun, Hee-bong Byun.

Tráiler

.

          Los abucheos le llegaron antes del primer fotograma, solo con la aparición del logo de la productora y distribuidora: Netflix. En el festival de Cannes de 2017, Okja desató la polémica -junto con The Meyerowitz Stories (New and Selected), de Noah Baumbach, también de Netflix, y la emisión de los primeros capítulos del regreso de la serie Twin Peaks– al alimentar el debate sobre las formas y formatos del cine y su disfrute. El certamen, riguroso en su presunta salvaguarda de los valores tradicionales del cine, fue reticente para admitir en su sección oficial una cinta que no iba a estrenarse en las salas francesas, tal y como imponen las normas del concurso, sino que su pase se iba a producir a demanda del usuario de esta plataforma de entretenimiento en streaming, visionada directamente en la televisión, el ordenador, la tablet o cualquier soporte informático que contenga la pertinente aplicación -sí llegaría no obstante a la gran pantalla en Estados Unidos, Reino Unido y Corea del Sur, donde se alzó con el cuarto puesto de la taquilla pese a sufrir el boicot de los principales exhibidores del país-.

Frente al ruido despertado, el director Bong Joon-ho se limitaba a valorar y agradecer el grado de libertad creativa que le había proporcionado Netflix, a quien respalda la tranquilidad de contar con una red que, en fechas del arranque de Cannes, rozaba los cien millones de usuarios en el mundo; cifras con las que soñaría una buena campaña de promoción de un blockbuster tradicional. El cine cambia. Necesita cambiar, de hecho, en vista del sostenido descenso de los espectadores. Quizás esta sea una nueva vía de supervivencia comercial que, si además viene acompañada de beneficios para los cineastas, cabe celebrar en lugar de únicamente resignarse a ella. A fin de cuentas, nada puede reprocharse a la calidad alcanzada por las series y otros productos de televisión durante las últimas dos décadas. ¿Acaso una obra magna como The Wire no cabe dentro de los límites del séptimo arte?

          Centrándonos en Okja, el filme acude a un esquema clásico del cine infantil -la amistad entre un niño y una criatura extraordinaria que se ve amenazada por la invasión del mundo adulto-, aunque no se limita a quedarse en una relectura más de E.T., El extraterrestre y en ella se percibe la personalidad desbordante de cineasta surcoreano, manifestada en su arrollador despliegue visual, exhuberante en la expresión de la atmósfera narrativa que atraviesa el relato -el bucolismo de la naturaleza, la frialdad estética de la multinacional, la tenebrosa, sucia y claustrofóbica sensación de terror de los laboratorios y criaderos-.

Con ello, Okja se configura así como una fábula que arremete contra el neoliberalismo de nuevo y sonriente rostro -el lavado de imagen posterior a las tropelías desveladas por la crisis económica global- y, en concreto, contra la explotación sin escrúpulos ni empatía ejercida por la industria alimentaria, como ya ensayaba con torpeza Richard Linklater en su Fast Food Nation o la risible apología vegana del Noé de Darren Aronofsky. De este modo, frente a un trasunto de la escalofriante Monsanto -aquí Mirando-, erigidos en los ‘mad doctors’ del siglo XXI, se opone la relación íntima entre la pequeña Mija y la supercerda Okja, propiedad de la factoría e imagen publicitaria de su presunta rehabilitación ética ante al mundo.

          Siguiendo la línea de fantasía subversiva de la anterior Rompenieves (Snowpiercer) -en la que, eso sí, Bong adaptaba una historia ajena-, Okja se constituye pues como una distopía contemporánea afirmada sobre problemáticas presentes, como los abusos financieros y políticos de un poder de esencia empresarial -es significativa la reproducción con la directiva de Mirando de la fotografía del equipo de Barack Obama durante la operación de captura y muerte de Osama Bin Laden-, los movimientos de reacción ciudadana, la sustitución de valores humanos por valores financieros -el explícito cambio del cerdo de carne y hueso por otro de oro-, la preponderancia de las redes sociales como canalizador de la comunicación y la corrientes de opinión…

Cuestiones que la película aborda dentro de este contexto juvenil, caricaturesco y excesivo que en ocasiones se desafora por su crueldad quizás extrema y reiterativa o, en paralelo, por la desacertada dirección de algunos actores -la lamentable y cargante imitación de Jerry Lewis que ejecuta Jake Gyllenhaal-. Sin embargo, también pretende escapar del maniqueísmo monolítico otorgando cierto dramatismo a los personajes a uno y otro lado del conflicto, con sus dudas, sus traumas y sus traiciones y, en resumen, sus razones -como parece decir ese abuelo coreano al que le sobraría entonces la desacreditación moral de su alcoholismo, por mucho cariño con el que lo críe el granjero, un cerdo es alimento desde que nace-.

          Sea como fuere, destaca sobre lo anterior la ternura y el candor que despierta el entendimiento entre Mija -un personaje cuya gran fuerza propulsa además el carisma de Seo Hyun-Ahn y su párpado inflamado- y su animal, cuyo diseño remite al cerdo, al hipopótamo, al perro y al manatí, y al que, a pesar de su elaboración por ordenador, se le consigue dotar de una entrañable fisicidad y de sentimiento a través de su mirada de ojos humanos.

En estas escenas, Bong modula con acierto el tono recurriendo a elementos chaplinescos: la fusión de la tragedia desgarrada con elementos de humor naif, en este caso las ventosidades; lo que en cualquier caso es una característica habitual en la filmografía del realizador. Y comparece asimismo una noción de la conexión con el espíritu protector y benéfico de la naturaleza que remite a Hayao Miyazaki, rasgos con los que conecta con habilidad con las emociones del espectador. Porque, ¿puede haber un amor más puro e incondicional que el de un niño por su mascota? Obviamente es una clase distinta de amor del que se profesa a las personas, que debido a su complejidad exige mayor esfuerzo por parte de uno mismo. Pero, ¿existe una relación más auténtica, entregada y reconocible por cualquiera que haya tenido un perro, un gato, una cobaya o cualquier bicho que responda a una caricia?

.

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

A %d blogueros les gusta esto: