Archivo | junio, 2014

Los emigrantes

30 Jun

“El sueño americano no es dinero, sino la felicidad y la libertad.”

Frank Capra

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Los emigrantes

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Los emigrantes.

Año: 1971.

Director: Jan Troell.

Reparto: Max von Sydow, Liv Ullmann, Eddie Axberg, Pierre Lindstedt, Allan Edwall, Monica Zetterlund.

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            La realidad, apenas adulterada, puede transmitir más épica y emoción que un filme embadurnado de un edulcoramiento melodramático, una dramatización impostada o una mitificación construida a base de clichés estéticos y temáticos que, por su abuso mediocre y recurrente, carecen ya a estas alturas de cualquier fuerza. Los emigrantes, adaptación del sueco Jan Troell de la novela de su compatriota Vilhelm Moberg, describe con innegociable naturalismo y veracidad el viaje a América, en busca de un futuro mejor, de una familia de campesinos escandinavos del siglo XIX.

            Los emigrantes no propone una visión romántica, idealizada o gratuitamente trágica de este fenómeno social. Tampoco se preocupa por tratar de confirmar o desmentir la verdad del sueño americano –asunto pendiente para la secuela, La nueva tierra, un año posterior-, si bien se acierta a vislumbrar la inseguridad y la duda que, obviamente, se esconde detrás de toda leyenda popular o, en este caso, concepto quasipropagandístico. Los emigrantes es la crónica de una epopeya eterna y recurrente pero sorda, acontecida siempre a espaldas del mundo. El relato extrae su contundencia de la simple sucesión de hechos documentados, veraces y aún reconocibles en el presente, expuestos con crudo realismo aunque sin caer nunca en la frialdad o la indiferencia.

            Las raíces de la problemática –las malas cosechas, las desigualdades sociales, los conflictos de fe-, están expuestas con afán didáctico en base a una detallista ambientación de los usos y costumbres de la Suecia rural del momento, próxima incluso al documental dramatizado. La firmeza de su estilo narrativo realista –quizás solo traicionada por la presencia de la religión y con ese apunte de desafío entre el hombre y Dios- queda de manifiesto en la falta de énfasis que se concede a un episodio tan desgraciado como la muerte de un niño, registrada mediante una sencillísima y sucinta elipsis; un recurso abundante en la cinta y empleado con gran precisión y delicadeza por Troell –el cambio del rostro soñador de Liv Ullmann a uno agotado para sintetizar el paso del noviazgo al matrimonio y la maternidad, por ejemplo-.

            No por ausencia de subrayado emocional, la presentación del contexto y los asuntos existenciales abordados en Los emigrantes es menos profunda, compleja y enjundiosa. Por supuesto, tampoco resultan menos duros. Y es que este realismo no exime del uso de expresivas metáforas visuales y de una exhaustiva construcción y desarrollo de personajes, apuntalada por un reparto liderado por los excelentes Max von Sidow y Liv Ullmann y acorde en su técnica interpretativa con las premisas de sobriedad y verismo que predominan en este fresco monumental.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

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Cuestión de sangre (Little Odessa)

27 Jun

“La combinación de la personalidad y de la idea que expresa es lo que crea el estilo.”

John Huston

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Cuestión de sangre

(Little Odessa)

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Cuestión de sangre (Little Odessa).

Año: 1994.

Director: James Gray.

Reparto: Tim Roth, Edward Furlong, Maximillian Schell, Moira Kelly, Vanessa Redgrave.

Tráiler

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            Es su ópera prima, pero en Little Odessa James Gray ya iba a dejar sentir su voz personal y reconocible, cuyos acentos, tonos y flexiones, imbuidas de clasicismo bien entendido y nada naftalinoso, recordarían a más de uno a la estentórea y poderosa dicción de Francis Ford Coppola.

            Desde el comienzo, música litúrgica sobre la negrura del fotograma, Little Odessa sumerge al espectador en un escenario trágico y solemne, en el que poco a poco se vislumbra la encrucijada de deudas y faltas que acecha una familia de inmigrantes rusos judíos –herencia del propio ambiente vivido por el director-, en la que sus miembros poseen el destino impreso en la sangre.

La religión y la muerte calan en cada imagen –el hijo pródigo, los hermanos divergentes, el pecado, el sacrificio-, así como los sueños rotos del desengaño respecto a la tierra de las oportunidades –significativo que Nueva York aparezca gélida y nevada como una localidad de la abandonada Rusia- y el infranqueable cisma que no solo se da entre dos generaciones distintas, sino también entre padres e hijos de nacionalidades distintas: el inmigrante que aún escribe en cirílico, encerrado en su burbuja artificial e insatisfactoria, y su desarraigada descendencia que desconoce o incluso rechaza la cultura de sus ancestros pese a llevarla tatuada en su interior, sustituida en parte por los símbolos de su país de residencia, mamados desde la cuna. La jaula de oro, que cantaban Los Tigres del Norte.

No obstante, los remordimientos y los compromisos por saldar se trazan sobre el terreno afectivo, inundado por el fracaso paternofilial. Como sintetiza el guion a través de una metáfora bastante obvia, es la fatalidad y el infortunio de una estirpe enferma y agonizante.

            Los personajes del relato están dibujados con esmero y las relaciones que se establecen entre ellos son intensas y vibrantes, si bien Gray peca, en un defecto que repetirá en algunas de sus obras posteriores, de recargar en exceso el dramatismo del filme, el cual traspasa la línea del fatalismo inherente y esencial de su argumento hasta resultar en ocasiones un tanto engolado.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

Lore

25 Jun

El nazismo que se desmorona, desde un punto de vista adolescente. En la sección DVD de Cinearchivo.

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Dog Pound (La perrera)

23 Jun

Reformatorios para la sección DVD de Cinearchivo.

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El golem

20 Jun

“¡Despiadado creador! Me has dado sentimientos y pasiones, pero me has abandonado al desprecio y al asco de la humanidad.”

El monstruo (Frankenstein o el moderno Prometeo)

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El golem

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El golem.

Año: 1920.

Director: Paul Wegener, Carl Boese.

Reparto: Paul Wegener, Albert Steinrück, Lyda Salmonova, Ernst Deustch, Lothar Müthel, Hans Stürm, Otto Gebühr.

Filme

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            Cinco años sufriendo el remordimiento y la desazón por un trabajo insatisfactorio. Paul Wegener, aquejado del mal del perfeccionista, se encargaría de rodar el remake de la película que él mismo había firmado en 1915, El golem, basada en la novela por entonces recientemente publicada por Gustav Meyrink y cuya ascendencia, por su parte, se remontaba hasta una leyenda judía del siglo XVI. Incluso había retomado el monstruoso personaje, con otros fines, en Der Golem und die Tänzerin, película cómica considerada desaparecida. En El golem, de 1920, las intenciones de Wagener pasaban por plasmar de manera más fidedigna las reminiscencias mitológicas que el relato había hecho palpitar en su interior al escucharlo mientras filmaba El estudiante de Praga en dicha ciudad centroeuropea.

            La tortuosa, onírica y claustrofóbica estética del expresionismo alemán entonces en boga contribuiría a exacerbar el acre pesimismo que destila un argumento donde, pese a que el papel de monstruo corresponde a priori esa enorme masa de barro animado por arte de la cábala, es el género humano el que no sale en absoluto bien parado de sus conclusiones.

Una premisa que, en efecto, recuerda a la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, de igual modo que un buen puñado de fotogramas del presente filme dejará a su vez una palpable impronta en su adaptación cinematográfica a cargo de James Whale, lo que en especial se refiere al choque de la aberración presuntamente malvada contra la inocencia sin mácula de la infancia, único reducto de pureza de una civilización corrompida o, en el mejor de los casos, desorientada. Son vinculaciones que, por medio del paralelo despertar humano de la criatura a través de los encantos femeninos, también podrían trazarse con otro posterior icono del género, King Kong.

Y es que con apenas tres trazos sucintos y sutiles, sencillísimos que no simples -y por ello de extraordinaria expresividad y precisión-, Wagener llena de calor el corazón arcilloso del golem. La percepción de la injusticia, la belleza delicada de una flor, la vibración tenue pero ardiente e incontenible del afecto romántico, la conmovedora y bondadosa ingenuidad del niño. Emociones perceptibles y desbordantes que simbolizan el nacimiento de la autoconsciencia del golem y que, de igual modo, lo sitúan en un plano más elevado que sus compañeros de escenario: seres movidos por el temor, el egoísmo y el odio hacia el diferente, artífices directos de una perdición que ellos mismos dicen augurar en las estrellas.

A pesar de los conocimientos y el atribuido heroísmo del rabbi Löw o de las funciones de su hija Miriam como motor amoroso/erótico de la película, resulta harto difícil calificarlos como personajes positivos a causa de las acciones que emprenden y de sus consecuencias aparejadas. En este sentido, el uso que a lo largo del metraje se hace del golem -en principio una figura sin voluntad propia y destinada a la protección de un pueblo amenazado y devastado por el sufrimiento-, es siempre individualista e interesado –situación abordada en la cinta incluso con momentos de mordaz ironía-. La perversión y la amenaza que suscita no es más que la perversión y la amenaza que le dictan. El rechazo al que le someten, es idéntico al que ellos padecen.

            La ambientación se acopla a las necesidades atmosféricas de la narración. Los interiores, retorcidos y volcados sobre el escenario, acechan a unos habitantes de la comunidad judía que, por el contrario, empequeñecen desde al traspasar las fronteras de su aislante urbe, delimitadas por unos portones desmesurados. Detalles innovadores del montaje, como el montaje paralelo entre el transporte de la escultura del golem y una escena de seducción, dotan de agilidad a un filme cuyo dinamismo quizás se resiente un tanto en algunas otras escenas, a la vez que ambos segmentos parecen servir de anticipo a una tragedia predestinada, conocida e inapelable, guiada por la garra fatal del hombre, artífice de perdición.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

La caja de las sorpresas (The Wrong Box)

18 Jun

El primer dossier en español acerca del cineasta británico Bryan Forbes. Dentro de la primera entrega del mismo, The Wrong Box en Cinearchivo.

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El robo más grande de la historia (Empire State)

15 Jun

“La expresión «idea original» no debería existir.”

Jim Jarmusch

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El robo más grande de la historia

(Empire State)

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El robo más grande de la historia (Empire State).

Año: 2013.

Director: Dito Montiel.

Reparto: Liam Hemsworth, Michael Angarano, Dwayne Johnson, Paul Ben-Victor, Greg Vrotsos, Chris Diamantopoulos, Emma Roberts.

Tráiler

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            Hay un tipo de cine de gangsters que, con apenas ver un puñado de fotogramas, a uno ya le huele o le recuerda a Martin Scorsese, tal es la influencia del cineasta neoyorkino entre la audiencia y entre los propios realizadores. Empire State tiene ese algo ‘scorsesiano’ en su retrato de unos bajos fondos neoyorkinos que, en realidad, condensan con su multiculturalidad caótica la esencia de todo el país norteamericano, tierra de las oportunidades y adalid del capitalismo más deshumanizado y el culto al dinero. La mirada entre crítica y romántica hacia un sustrato complejo y dificultoso en el que la única vía de futuro posible es la delincuencia a menor o mayor escala. La mafia como cronista de la eterna e inacabable construcción de los Estados Unidos. La recuperación estilizada y con un palpable halo nostálgico del pasado.

Obviamente, son puntos de coincidencia frente los cuales se debe guardar las convenientes distancias. Dito Montiel no es Martin Scorsese, ni Adam Mazer es Nicholas Pileggi. Empire State no es Uno de los nuestros, ni Casino.

            Basada en un robo real ocurrido en el Bronx en 1982, Empire State narra la historia de Chris Potamitis (Liam Hemsworth), hijo de inmigrantes griegos al que la infortuna del desclasado, el venenoso entorno de la calle, la opresión de una sociedad elitista e hipócrita, las fidelidades familiares y las amistades peligrosas empujan al desastre. El símbolo de una América que, de refilón, en una imagen suelta –que no casual- del filme, quedará representada por una bandera deshilachada. Es curiosa la tendencia presente de trazar metáforas del país, repletas de simbología patrótica, a través de actos criminales, como sucede en Mátalos suavemente, El lobo de Wall Street o Dolor y dinero.

            No obstante, Empire State no deja nunca de ser un entretenimiento plano, con personajes lineales envueltos en una situación predecible a la que se intenta aportar relieve por medio de apuntes sociales manidos y superficiales. Abundante déjà vu, escaso sabor –aparte de volver a ver a Paul Ben-Victor hacer de griego, como en la sublime segunda temporada de The Wire– y alguna decisión de guion de lógica cuestionable, que en especial se refiere a que nadie le parta la cara con debida saña al amigo pelmazo del protagonista.

            En su intrascendencia, idónea para ver despreocupadamente con el piloto automático encendido, la película agradece al menos la solvencia formal y el buen pulso con el que Montiel desarrolla la historia.

Sin estrenar en España.

 

Nota IMDB: 5,1.

Nota FilmAffinity: 4,8.

Nota del blog: 5.

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