Tag Archives: Corrupción

El caso Sloane

23 May

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Año: 2016.

Director: John Madden.

Reparto: Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw, Alison Pill, Michael Stuhlbarg, Sam Waterston, David Wilson Barnes, Chuck Shamata, John Lithgow, Jake Lacy.

Tráiler

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           El guion de El caso Sloane se cuida mucho de mencionar en sus líneas de diálogo las ansias de victoria que mueven a la protagonista: la estratega de un lobby que se comporta como una auténtica yonki de su trabajo -una yuppie de finales de los ochenta, una ‘workaholic’ en términos más recientes-. Miente, manipula y actúa compulsivamente para obtener aquello que desea, aquello que es lo único por lo que se siente gratificada.

El caso Sloane, pues, es principalmente la historia de una adicción y de los intentos de una adicta por regenerarse, enmarcados además en una batalla política que es en esencia moral: el enfrentamiento entre estos grupos de presión que habitan las cloacas aéticas y amorales -un eufemismo para referirse a conductas  inéticas e inmorales- de la política estadounidense, la más influyente del mundo, para desde esa larvada oscuridad reconducir las decisiones de los representantes del pueblo en dirección a sus intereses privados. En concreto, para regular o mantener intacta la permisiva normativa de adquisición de armas de fuego en el país, fuente de numerosas muertes violentas en los Estados Unidos –donde la tasa de mortalidad por esta causa equivale a 27 personas al día, según señalaba The New York Times en junio de 2016– y, al mismo tiempo, principio nacional defendido por la Segunda Enmienda a la constitución.

           Desde una mirada exterior, que es la de un director y sobre todo un guionista británicos -este último abogado de profesión y debutante en la escritura de libretos-, El caso Sloane se sumerge en tres fenómenos problemáticos de la idiosincrasia estadounidense. Un arco temático tripartito -la cultura del éxito convertida en obsesión, el soterrado poder de los lobbies, la adoración del arma de fuego- que mediante una equilibrada exposición garantiza la agilidad y el ritmo de una película de notable metraje -cerca de dos horas y cuarto- y que se desarrolla fundamentalmente a través de conversaciones. Éstas se encuentran marcadas por un perfil elaborado y torrencial que recuerda al de los guiones de Aaron Sorkin, aunque la estructura de la obra, que es puro thriller criminal, parece extraída -si bien con menor carga de ácida ironía- de un ‘heist film’ de otro guionista estrella, también posicionado intelectual y políticamente, como David Mamet, al estilo de una cinta enrevesada y llena de anticipaciones, giros y contragiros como El último golpe.

De hecho, tanto Sorkin como Mamet ya habían explorado la tramoya política estadounidense. El primero, con series como El ala oeste de la Casa Blanca -referencia fundamental en la materia- y The Newsroom -dos de sus actores aparecen aquí: Alison Pill y Sam Waterston-, así como con películas como La guerra de Charlie Wilson o El presidente y Miss Wade -simple base, eso sí, para una comedia romántica entre opuestos, esta vez una lobbista de la ecología y el mismísimo presidente del país-. El segundo, con largometrajes como Hoffa, un pulso al poder o La cortina de humo.

           El caso Sloane se une a esta corriente y presenta un argumento equiparable al que planteaba Lincoln con su discusión entre los medios y el fin respecto de una causa eminentemente justa -allí, la abolición de la esclavitud en el contexto de la Guerra de secesión-. Sin embargo, los resabios de optimismo capriano que pudieran albergar potencialmente las premisas que maneja El caso Sloane -ese concepto de redención del sistema a partir de la redención del individuo que lo sostiene- quedan empañados por la descripción de un entorno irremediablemente corrompido, donde, en lo tocante al lobby, el texto no se ahorra establecer comparativas un tanto efectistas con la prostitución.

De igual manera, la realización clásica de John Madden, eficiente y sin caer en una funcionalidad académica, ajusta el mecano articulado por Jonathan Perera para conferir credibilidad a las sorpresas que, en un gesto de honestidad con el espectador, anticipaba la protagonista con una declaración de intenciones inicial que interpelaba directamente al patio de butacas, mirando a la cara al público. Por ello, más rechinan otros elementos discursivos como la siempre evitable alegato final de conclusiones.

           Teleología, deontología y bien mayor, enzarzados en una vibrante intriga que orquesta y conduce, en solitario, una mujer de retrato complejo y ambiguo, y cuyos matices quedan excepcionalmente incorporados por Jessica Chastain, una de las mejores actrices de su generación -es llamativa la hornada de pelirrojas talentosísimas de Hollywood, en la que se encuentran también Amy Adams y Emma Stone-. La interpretación de Chastain devora la pantalla cuando habla, cuando maquina -únicamente rivalizada por el Mark Strong, otro actor de talla-. Pero destaca aún más por lo que calla, por cuando tiembla y se muestra frágil. Recordemos la marcada línea expiatoria de fondo.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Traffic

1 Abr

Traffic

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Año: 2000.

Director: Steven Soderbergh.

Reparto: Michael Douglas, Benicio del Toro, Catherine Zeta-Jones, Don Cheadle, Jacob Vargas, Tomas Milian, Luis Guzmán, Miguel Ferrer, Caroline Wakefield, Topher Grace, Albert Finney, James Brolin, Steven Bauer, Dennis Quaid, Clifton Collins Jr., Viola Davis, John Slattery, Benjamin Bratt.

Tráiler

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           A poco que uno se documente, no es difícil superar el corte mínimo con una crónica del narcotráfico, tal es la fascinación que provoca este sistema en negativo donde convergen la iniciativa empresarial, la corrupción moral, la amenaza sangrienta y el atractivo del fuera de la ley. Hay ejemplos recientes y populares de ello, como la novela El poder del perro -en la que un escritor mediocre no logra estropear unos hechos absorbentes- o la serie Narcos -donde el simpar imperio de la cocaína de Pablo Escobar está reconstruido mediante fórmulas y trucos gastadísimos que parecen sacados del thriller más convencional de hace por lo menos dos décadas-.

Algo semejante ocurre en Traffic, flamante ganadora de cuatro Óscar y nominada a la estatuilla a mejor película. Apropiación de la miniserie británica Traffik, esta es, sin duda, una película ambiciosa que emplea el recurso narrativo de las vidas cruzadas -por aquellos años de notable prestigio, como demuestran los premios y elogios cosechados por filmes como Happiness, Magnolia, Ciudad de Dios, Crash (Colisión) o las primeras obras de Alejandro González Iñárritupara condensar el problema del contrabando y consumo de drogas entre Estados Unidos y México. Desde la volátil trinchera de Tijuana -reproducida en fotogramas de penetrantes tonos amarillos, de grano duro y movimiento incierto- hasta la torre de marfil que habitan las altas esferas judiciales y políticas de Washington D.C. -en acerados tonos azules y planos más estáticos-, con toda una gradación de estratos, estilos y colores entre medias.

           El problema es que para ello pergeña una serie de dramas que acuden a estereotipos didácticos simples y forzados -la hija díscola del fiscal antidroga-, a segmentos superficiales y apresurados -la ciudadana de clase alta que descubre y asimila sus inesperados vínculos con el crimen- o a relatos de una increíble ingenuidad -el propio fiscal-, más grave aún debido a que este último es a través del cual se articula un discurso político determinado -o, mejor dicho, la falta de él, expresado en una rueda de prensa final que huele a topicazo mal desarrollado-.

Lo inverosímil del desconocimiento que muestra un cargo de tamaña importancia -y que podría interpretarse como una postura cercana a lo exculpatorio- revela una mala elección para intermediar, hasta con entrevistas enmascaradas, el punto de vista del espectador, quien, de la mano del fiscal, toma consciencia de los mecanismos sobre los que se asienta todo este terrible tinglado, a cuya carencia de escrúpulos explícitos, por omisión o por hipocresía -recordemos las palabras del indómito narco cambadés del hachís Laureano Oubiña sobre su intención de demandar al Estado por un delito contra la salud por su control del comercio del tabaco y el alcohol-, le acompaña una colección de consecuencias y costes.

           Las mejores tramas tampoco destacan por su credibilidad o por su complejidad, y de hecho acumulan sus propios clichés -la pueril composición del villano de opereta al otro lado de la frontera-, pero al menos poseen una tensión y un músculo cinematográfico que sacan a flote un conjunto nutrido principalmente, decíamos, por el interés que suscita un mundo subterráneo y a la vez tangible.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6.

A cada uno lo suyo

16 Mar

“El tiempo de los poetas pensando en las nubes ha pasado”. Elio Petri adopta un tono serio, intermediado por el cronista oficial de la Sicilia contemporánea, Leonardo Sciascia, y comenzaría a consolidar su nombre como cineasta con A cada uno lo suyo, una investigación personal en el reino de la Cosa Nostra. Para la sección de estrenos en DVD de Cine Archivo.

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Dos buenos tipos

28 Dic

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Año: 2016.

Director: Shane Black.

Reparto: Russell Crowe, Ryan Gosling, Angourie Rice, Kim Basinger, Matt Boomer, Margaret Qualley, Yaya DaCosta, Keith David, Beau Knapp, Jack Kilmer.

Tráiler

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            Una gloriosa playmate se hace carne y hueso ante los ojos asombrados de un adolescente pajillero. En la misma postura insinuante que en la revista que sostenía un momento antes, solo que herida de muerte y agonizante.

El Los Ángeles de Dos buenos tipos subvierte el sueño americano gracias a una sencilla introducción que, a su vez, presenta la trama que da lugar al filme: el asesinato de una serie de individuos pertenecientes a la industria californiana del porno de finales de los setenta, enredados en una trama delictiva que, herencia del cine negro tradicional, de tan enmarañada no parece tener más sentido que el de representar a una sociedad que está desquiciada mientras finge comportarse de acuerdo con las coordenadas establecidas por el sistema.

            Desde el blockbuster de apariencia comercial, Shane Black se erige en un nuevo francotirador contra el status quo, equiparable al sádico Paul Verhoeven de los años ochenta y noventa pero con un estilo más apegado a las convenciones del cine taquillero estadounidense, probablemente debido a que es un cineasta nacido y criado en el lugar. Su mejor ejemplo se encuentra en esa Iron Man 3 que, pese a ser dilapidada por los incondicionales del cómic original, arrojaba cáusticos dardos contra la política exterior del país, haciendo del villano -un trasunto indisimulado de Osama Ben Laden– una simple marioneta al servicio de los intereses espurios de la seguridad nacional, Patriotic Act mediante.

            En Dos buenos tipos todo se revela contra el prejuicio de partida. Ese que, basado en los férreos tópicos del conservadurismo rancio, protesta contra una juventud pervertida, tacha de frívolos a los concienciados antisistema y se carcajea hipócritamente de las presuntas desviaciones delimitadas por el moralismo de manual.

Este es el panorama contra el que se amotinan dos individuos marginales, desterrados del país de las oportunidades: un detective privado que carga con su hija preadolescente (Ryan Gosling) y un matón de tres al cuarto (Bud Spencer… digo Russel Crowe). Unidas sus fuerzas, protagonizan la clásica historia del primo que se subleva contra su destino natural y triunfa enfrentándose un sistema corrompido y que además juega con las cartas marcadas, favorecidos en este caso por la influencia redentora de una jovencita (Angourie Rice) que encarna con propiedad la auténtica rebeldía y esperanza del relato.

            Sin desbocarse en el sustancioso absurdo de lo que podría ser la fundamental El gran Lebowski o la sociológica Puro vicio, Dos buenos tipos despliega su arsenal con notable simpatía y solidez, alzada por la vis cómica de Gosling y Crowe allá donde la función amenaza con estancarse en su juego de equilibrios entre su respeto hacia los cánones de la buddy movie -que Black prácticamente reglamentó con el libreto de Arma letal y su innata voluntad subversiva.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

Suburra

27 Dic

suburra

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Año: 2015.

Director: Stefano Sollima.

Reparto: Pierfrancesco Favino, Elio Germano, Greta Scarano, Alessandro Borghi, Adamo Dionisi, Giulia Gorietti, Claudio Amendola.

Tráiler

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           De espaldas, contraído ante la Cruz en las sombras de su soledad, el Papa confiesa a uno de sus asistentes que su renuncia es inminente. En la ciudad, un parlamentario romano celebra su escalada triunfal con una orgía de putas y drogas duras. En el averno de la marginal Ostia, un gánster local despedaza a mazazos a un propietario que se niega a cederle su debida cuota al Poder. La noche atruena y se descompone en diluvio sobre la capital de Italia, mientras los intertítulos pregonan el Apocalipsis cercano. El retiro de Benedicto XVI, el golpe de Estado tecnócrata de noviembre de 2011, el ‘bunga bunga’ y las velinas, la Mafia Capitale.

En su insolente inmoderación, Suburra parece el reverso definitivamente tétrico y chabacano de la corrupción existencial que, con ansias de trascendencia, plasmaba Paolo Sorrentino en La gran belleza, aunque en este caso volcada furiosamente sobre la vertiente política y mafiosa del país, una misma cosa toda vez que se retroalimentan y se legitiman recíprocamente. Podría pasar también por una versión berlusconizada del cine criminal de Michael Mann en su manejo de los espacios urbanos bajo el dominio de la noche, el hechizo onírico de la iluminación fluorescente y los eufóricos crescendos musicales de reminiscencias ochenteras. El contraste entre la estilización de los planos, el contrapunto estéticamente hortera de los decorados y los personajes, y la sordidez física y moral de las acciones que acontecen en ellos, provocan el surgimiento de imágenes de un extraño poder hipnótico.

           Pero, en puridad, la película se encuentra a la estela de obras como Gomorra -sintetización periodística, cinematográfica y televisiva de la podredumbre estructural del Belpaese, manifiesta en las regiones meridionales bajo el yugo de un Estado alternativo que adopta diferentes apelativos territoriales: Camorra, ‘Ndrangheta, Cosa Nostra…- Roma Criminal -esta vez, filme y serie basada en el narcotráfico de los setenta y ochenta-. De hecho, el director, Stefano Sollima, firma diez capítulos de la primera serie y los veintidós que componen la segunda. En la presente, al estilo de Las manos sobre la ciudad, clásico del cine italiano del compromiso, la excusa es una operación inmobiliaria para convertir el degradado puerto capitalino en una despampanante Las Vegas mediterránea.

           La cinta compone un mosaico coral en el que explayar la corrupción endémica y el castigo divino que, consideran los autores, se cierne sobre ella, al modo de la lluvia que reclamaba el enajenado Travis Bickle para limpiar las calles de un Nueva York posVietnam sumido en la decepción política y moral, también entre infernales luces de neón. Y, al mismo tiempo, se diría que Suburra quiere trazar el camino de una sublevación ciudadana que simboliza esta necesaria regeneración colectiva, desde los bajos fondos laziales hasta el Palacio Chigi. En su trayecto, deja un puñado de fotogramas exaltados y poderosos, paradójicamente siempre al borde del ridículo. No admite término medio en su apreciación; al igual que este país de excesos idiosincrásicos, que el Mediterráneo en su conjunto, que la Europa del liberalicidio que fusila a la ética. Lo hortera y lo desaforado es parte del mensaje, de la esencia del panorama que se representa.

El político que, desde lo alto de sus exclusivas estancias, orina impunemente hacia la calle.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

El hombre de las mil caras

10 Oct

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Año: 2016.

Director: Alberto Rodríguez.

Reparto: Eduard Fernández, José Coronado, Carlos Santos, Marta Etura, Mireia Portas, Luis Callejo, Alba Galocha, Christian Stamm, Enric Benavent, Philippe Rebbot, Emilio Gutiérrez Caba.

Tráiler

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           Ahí va un tópico de la historiografía: la Historia la escriben los vencedores. O, como poco, los poderosos. Por ello es interesante la visión alternativa que, sobre determinados periodos del occidente contemporáneo, narra el cine negro, género enfocado a pie de callejón, desde las alcantarillas de la sociedad.

           Después de las notables Grupo 7 y La isla mínima, Alberto Rodríguez prolonga su reconstrucción de la España reciente con El hombre de las mil caras. Una historia del país que explora la tramoya detrás de la mitificación y el triunfalismo que arrastran consigo hitos como la Transición, la consolidación política y económica dentro del escenario internacional y la presentación de su nuevo y lavado rostro ante el mundo -los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo de Sevilla-.         

La controvertida figura del espía Francisco Paesa sirve pues para enhebrar una serie de problemáticos capítulos de finales de los ochenta y principios de los noventa Eta, los Gal y principalmente el caso Roldan– a través de los cuales se dibuja un fresco tremendamente turbio de España. La mezquindad y la traición son los rasgos predominantes de un tablero en el que cada pieza juega a título individual, lo que paradojicamente compone un marco coherente en su ruindad y su miseria moral. El retrato sociopolítico no lo protagonizan malvados ultra inteligentes, como fabula la serie House of Cards -versión irrisoriamente épica de un mundillo movido por cuestiones mucho más vulgares y lamentables-. A lo sumo, son tipos que se pasan de listos. Yo solo hice lo mismo que todos“, se excusa Luis Roldán –exdirector de la Guardia Civil, exministro del Interior en potencia y rostro de la corrupción en España- mientras se desmorona entre lágrimas, insistiendo en que no es un villano, sino un hombre normal.         

           Rodríguez mantiene un sólido pulso en el relato, con la trama bien engrasada en su intriga y sus giros, aunque en el aspecto formal apuesta por aplicar tics populacheros que parecen innecesarios e incluso inconvenientes.

El director sevillano se decanta así por recursos espectaculares y, si bien no están carentes de jugosa ironía, otro estilo más sobrio o frío -el tradicional en el cine clásico de espías, cabe decir- le hubieran conferido mayor amargura a esta maraña de vicios y podredumbres que recoge el filme. Excelente Eduard Fernández.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

Todo por la pasta

19 Jun

“No llames karma a esas cosas que te pasan por gilipollas.”

Chow Yun-Fat

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Todo por la pasta

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Todo por la pasta

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Año: 1991.

Director: Enrique Urbizu.

Reparto: María Barranco, Kiti Manver, Antonio Resines, Pepo Oliva, José Amezola, José Antonio Rodríguez, Ion Gabella, Pedro Díez del Corral, Caco Senante, Luis Ciges, Pilar Bardem, Ramón Barea, Álex Angulo.

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            Precursor, partícipe y enseña de la rama de neonoir que triunfa actualmente en la industria española, Enrique Urbizu comenzaba a adentrarse en el género en el segundo de sus largometrajes: Todo por la pasta. Con todo, la obra conserva cierto tono de comedia de enredo, precisamente el campo en que había facturado su ópera prima, Tu novia está loca, en la que también encabezaban el elenco Antonio Resines y María Barranco.

            No obstante, en la presente palpitan ya las tenebrosas pulsiones que aflorarán por pleno derecho en rotundos thrillers como La caja 507 o No habrá perdón para los malvados. De hecho, por más que pudiera pasar por un trasnochado Harry Callahan cántabro, el cínico y expeditivo inspector Ángel Estada, que interpreta Resines con autoridad, es un perfecto antecesor del Santos Trinidad de esta última –incluso en su nombre de reminiscencias religiosas-, dueño de unos métodos homologables que, en sentido estricto, están impulsados por un escenario degradado, a su vez hijo de una sociedad de entre cuyas sombras emerge la repulsiva acción criminal de la trama.

Porque bajo las capas gangsteriles de Todo por la pasta, subyace el retrato de una España de Transición falaz o fracasada, desangrada por ese cainismo que caracteriza su Historia y que, en este periodo concreto, se materializa en la situación de guerra no oficial entre el Estado español y la banda terrorista ETA, cuestión que asoma de manera significativa como uno de los cabos terminales a los que conducirá el argumento. Terrorismo de nuevo, el tema que suponía el final de la lucha de Trinidad a pecho descubierto, con tácticas tan suicidas y posiblemente igual de reprobables que las que aquí emplea su pariente directo.

            A juego con esta idea, la dirección artística de Álex de la Iglesia arroja contra la pantalla un Bilbao de mal viaje lisérgico, corrompido por la droga, la delincuencia, la prostitución y la bilis podrida. Un micromundo de apocalíptica sordidez que en nada tiene que envidiar al Madrid milenarista que, esta vez en calidad de director, parirá a modo cuna del mismísimo Anticristo en El día de la bestia.

Pero en cualquier caso, recordemos, gobierna el filme un soterrado velo de humor negro que acoge en su seno a un grupúsculo de personajes miserables entrelazados por un botín de 48 millones de pesetas, por el que compiten recurriendo como arma a su propia naturaleza mezquina. Pocos son los personajes que se salvan de la quema, bien por malvados redomados, bien por idiotas sin remedio, aunque sus procederes están retratados con menor ironía y mayor aspereza de la que podrían haber aplicado los hermanos Coen ante una tesitura semejante.

            A pesar de sus enrevesamientos corales, repletos de objetivos y ambiciones que se cruzan, el guion resulta bastante controlado y coherente –quizás chirría un tanto finalmente el personaje de Kiti Manver-, desplegado con vertiginosa eficiencia por el cineasta vasco, lo que le sirve en definitiva para componer un primer apunte de una de las carreras más sólidas del cine criminal español contemporáneo.

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Nota IMDB: 5,6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

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