Archivo | junio, 2014

Alabama Monroe

13 Jun

“Odio a la gente que llora en el cine. Es especialmente desconcertante cuando estás sentado viendo una película horrorosa y oyes a la gente a tu alrededor sorbiendo y sonándose la nariz.”

Joel Coen

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Alabama Monroe

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Alabama Monroe.

Año: 2012.

Director: Felix van Groeningen.

Reparto: Veerle Baetens, Johan Heldenbergh, Nell Cattrysse.

Tráiler

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            Qué difícil debe de resultar la creación de una película optimista e ilusionada a partir del arquetipo del músico country. La filmografía norteamericana ya nos ha acostumbrado a sus historias introspectivas y crepusculares, bañadas por un mar de nostalgia, embarcadas en un eterno trance agónico aguijoneado por arrebatos de contracultural rebeldía. El cine europeo, parece, no es la excepción.

            Con un sentido del montaje que recuerda a la reciente y muy valorada en el circuito independiente Blue Valentine, Alabama Monroe escribe la crónica el nacimiento y muerte de la relación entre Elise y Didier, tatuadora y cantante de bluegrass respectivamente, a partir del punto de inflexión que supone la trágica muerte de su hija en común.

Este esquema fragmentado, en constante ida y venida del pasado al presente, responde no tanto a intenciones expresivas –carece de la capacidad de diálogo entre ambos espacios temporales que sí poseía la película de Derek Cianfrance-, sino que más bien se reduce al intento de aportar agilidad a una trama que, con todo y ello, da la sensación de estar un tanto alargada y de caer en un dramatismo excesivo hacia sus conclusiones.

            Alabama Monroe habla de temas profundos, como las variaciones del amor o la sensibilidad religiosa y la aproximación particular del individuo hacia la muerte, lo que, por tanto, conduce a la exploración de las maneras de enfrentarse y encontrar, o no, consuelo frente al dolor más desgarrador e incomprensible. Y, desde su fuerte regusto indie norteamericano, lo hace exponiendo su discurso de manera atractiva, con una sabrosa banda sonora, una realización estilizada en el aspecto estético y, especialmente, con el amparo del incuestionable magnetismo de su pareja protagonista, cuya imagen a buen seguro causaría furor en los ambientes más hipsters de Malasaña y Gràcia.

            A su paso, Felix van Groningen deja logrados y expresivos detalles de dirección, caso de ese instante de enorme intimidad y sensibilidad en medio del tumulto de un concierto, reproducido de nuevo durante el enlace de los novios. Alabama Monroe sabe mantener una cierta compostura dentro de su tan melodramático argumento, sin recargar las tintas en las lágrimas más allá de lo legítimo y de lo inevitable, habida cuenta del material disponible. Pierde cualquier sutileza en su postura sociopolítica –el germen de la obra de teatro de la que nace el filme, compuesta por el propio Johan Heldenbergh-, verbalizada sin cortapisas y, por si fuera poco, a gritos.

En cualquier caso, su historia se agota ya un buen rato antes del desenlace y su mensaje final, acompañado además de una escena altisonante por sus fallidas reminiscencias mágicas, dista de cerrar el filme de manera satisfactoria.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6,5.

La habitación en forma de L (El cuarto indiscreto)

11 Jun

“El valor de toda forma de arte dramático radica en la exactitud con la que retrata personajes verdaderos, que realizan gestos verdaderos y dicen cosas verdaderas.”

Tod Browning

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La habitación en forma de L

(El cuarto indiscreto)

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La habitación en forma de L.

Año: 1962.

Director: Bryan Forbes.

Reparto: Leslie Caron, Tom Bell, Brook Peters, Cicely Courtneidge, Avis Bunnage, Patricia Phoenix.

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           A pesar de no formar parte de la corriente, Bryan Forbes aprovechó la influencia realista y comprometida del Free Cinema sobre la industria británica para componer su segundo filme, La habitación en forma de L, cuya temática escudriñaba en el drama de una joven embarazada soltera abandonada a la intemperie de un Londres mísero y hostil.

           La controversia acerca de un tema tan polémico social, moral y religiosamente como el aborto -todavía candente en la España actual-, sobrevuela la película del mismo modo que, de manera más tangencial, lo había hecho en Sábado noche, domingo mañana –metáfora de los fracasos de una juventud de dudoso futuro- y lo haría en Alfie –las consecuencias de un seductor que se justificaba en la amoralidad de la sociedad del momento-.

           Parte de este desaliento vital –el fracaso laboral, la carestía, la soledad, la alienación- y de esta degradación de la sociedad –la codicia y la rapiña del desesperado, las huellas de la guerra, la incultura de las clases bajas, la ausencia de intimidad– se encuentran también presentes en La habitación en forma de L, una cinta que, no obstante, resulta menos cruda en su formulación y, además, deja en su conjunto cierto regusto agridulce.

El Londres al que va a parar en su desorientada búsqueda de ayuda Jane Fosset, una joven francesa huida de la opresión de su hogar, bien serviría para desmentir el engolado romanticismo de la vida pobre pero estilosa del inmigrante juvenil. Sea como fuere, la visión de la capital inglesa arroja en su descripción unos contrastes y contradicciones en concordancia plena con ese citado tono ambivalente de las aventuras y desventuras de Jane, las cuales aúnan en sus conclusiones un cierre circular –la búsqueda que concluye con un destino fijado- y, a la vez, un desenlace abierto.

           La cámara de Forbes, elegante y expresiva, exterioriza de manera excelente las emociones de sus matizados y poliédricos personajes a través de detalles la realización y del escenario -aparte de contar con la impagable aportación de un elenco entonado y bien dirigido, donde sobresale el protagonismo de la arrebatadora Leslie Caron-. Sufre en cambio cierta extensión en el metraje que deriva en cierta sensación ligeramente redundante en el argumento, que está tratado sin embargo con una madurez que evita la caída en melodramatismos de folletín o en moralismos baratos.

Como sucedía en Cuando el viento silba, ópera prima del cineasta londinense, el discurso moral del filme se ciñe a unos principios humanitarios que poco o nada tiene que ver con las estrechas ligaduras de la mentalidad religiosa –la hipocresía sexual, el puritanismo de Johnny–, ni, por el otro extremo, con el relativismo posmoderno -la ausencia de compromiso en la pareja, la perpetua presunción de los deseos de abortar-.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Zazie en el metro

9 Jun

“Hay algo más importante que la lógica: la imaginación.”

Alfred Hitchcock

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Zazie en el metro

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Zazie en el metro.

Año: 1959.

Director: Louis Malle.

Reparto: Catherine Demongeot, Philippe Noiret, Vittorio Caprioli, Carla Marlier, Antoine Roblot, Hubert Deschamps, Yvonne Clech, Jacques Dufilho.

Tráiler

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            Hay películas que, a lomos de un DeLorean, parecen haber atravesado el tiempo, no encontrarse en el momento al que corresponderían. Cuando uno ve Zazie en el metro, filme de Louis Malle estrenado en 1959, puede apreciar gotas del humor físico del cine mudo y la viñeta del tebeo, de los dibujos animados de la Warner Bros., del cine autoconsciente y experimental de la Nouvelle Vague en ebullición, del colorismo del pop art, de las aventuras sin par de Pippi Calzaslargas, de las primaveras lisérgicas y sexuales de la década siguiente, de la cámara rápida de Benny Hill, del gag por minuto del trío Zucker-Abrahams-Zucker, de la versión infantil –aunque mucho más cabrona- de aquella Amelie Poulain que veía y modelaba el mundo a su justa medida, del surrealismo costumbrista del postmodernismo. 

            Basada en la popular novela de Raymond Queneau, Zazie en el metro es anárquica, refrescante, chillona, tierna, picante. Una amalgama inconexa e irracionalmente congruente que procede de la mirada pícara, subrayada por dos enormes paletos separados, de la pequeña Zazie; una niña de provincias que, a causa del romance de su madre con un nativo parisino, queda a cargo de su tío (Philippe Noiret), transformista en un tablao flamenco, durante sus días en la exuberante y caótica capital francesa.

            Como en los pasatiempos de los críos, las ocurrencias se atropellan y colisionan a un ritmo endiablado, que no se agota hasta, quizás, un pelín hacia el término del metraje. Las escenas, convertidas en juegos y travesuras visuales, se funden sin lógica alguna y no tienen un comienzo ni un fin delimitado y perceptible, si bien forman parte de ese mundo perfectamente coherente en su absurdo que mana de la visión de la protagonista, a su vez dinamitada a lo bruto por medio de una desinhibición en el abordaje de temas como la violencia o el sexo que, a buen seguro, hoy no pasarían el corte de la autocensura.

            Cualquier tipo de oposición lógica o de búsqueda de un mensaje crítico por parte del espectador será contraproducente. Es mejor subirse al destartalado taxi de Charles y recorrer los rincones más delirantes y disparatados de una París convertida en el sueño de un chiflado, en el que el raccord es un término desconocido o en el que los 24 fotogramas por segundo resultan insuficientes para capturar la verdad. De un chiflado o de una niña de 9 años, que viene a ser lo mismo.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7,5.

Pépé le Moko

7 Jun

“El hombre no puede saltar fuera de su sombra.”

Proverbio árabe

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Pépé le Moko

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Pépé le Moko.

Año: 1937.

Director: Julien Duvivier.

Reparto: Jean Gabin, Lucas Gridoux, Meirelle Balin, Line Noro, Gabriel Gabrio, Saturnin Fibre, Gilbert Gil, Fernand Charpin.

Tráiler

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            En cuestiones de noir, Francia -cuya crítica acuñaría además el término en los años cuarenta-, es la propietaria de la cinematografía que, gracias a su pasión, asiduidad y peso específico, con mayor descaro se atreve a mirar a los ojos del gigantesco referente estadounidense.

            Aunque su periodo más prestigioso pertenece a los años sesenta y setenta, sus referentes propios se remontan décadas atrás. En este sentido, Pépé Le Moko, firmada por Julien Duvivier, uno de los realizadores más destacados del realismo poético de la segunda mitad de los treinta, conforma uno de los pilares esenciales en la construcción del género en el país galo. Por otro lado, respecto a esta sempiterna influencia recíproca con Hollywood, cabe decir que Duvivier señaló a Scarface, el terror del hampa como una de las principales influencias de la obra. Hecho que, en mi opinión, cuesta trabajo identificar en sus fotogramas más allá del fatalismo característico del gángster y el crudo asesinato de un informador.

            Como el Tony de Scarface, Pépé le Moko –“el tolonés”, en argot- es el dueño del mundo, coronado por sus hazañas criminales en los bancos y joyerías de París. Un mundo que, en este caso, se reduce a la Casbah de Argel que le sirve de refugio frente a la justicia francesa pero que, al mismo tiempo, se erige en prisión.

La cámara de Duvivier retrata a un rey cautivo en su jaula de oro. En esta isla corsaria a espaldas de la Francia metropolitana, anárquica y exótica, seductora y peligrosa, Pépé es temido y adorado. Pasea por las estrechas callejuelas e inexpugnables terrazas a su antojo, de mujer en mujer, de taberna en taberna. Jean Gabin, actor fetiche de Duvivier en La bandera y La belle équipe, compone un antihéroe romántico de primer orden. Su carisma y vitalidad solo es equiparable al halo melancólico que embarga su mirada y que grita al espectador las profundidades de su alma, taciturna, doliente, deseosa de recobrar su autonomía sin fronteras.

De ahí que, a medida que avance la trama, esa visión fascinada y sugerente de la Casbah se torne cada vez más angustiosa y sofocante, mísera, sudorosa, mortecina y oscura –resultará esclarecedora la desubicación y la transformación que parecen sufrir los personajes fuera de los estrechos y protectores límites de la ciudadela; frágiles, minimizados, vulnerables-.

Y es que, por momentos, Pépé Le Moko parece más una película carcelaria que un filme criminal. Hay acción, romance, aventura y un colosal duelo/amistad entre Slimane, el cazador sibilino, paciente y astuto (genial Lucas Gridoux) y Pépé, la presa valiente, ingeniosa, irreductible aunque herida y desesperada. Pero en su espíritu prevalece el ansia de escapar, la pulsión irrefrenable de una libertad imposible.

            Pépé le Moko es una película que, desde la sugerencia implícita, propina golpes devastadores e incluso sorprendentemente subidos de tono acerca de las relaciones y la naturaleza de cada personaje, especialmente destemplados y venenosos en la caracterización como “ladrona a su modo” de Gaby -equivalente a Pépé en origen y actividad-, así como en el aspecto sexual por parte del triángulo amoroso que atañe a este mujeriego protagonista –su tasación a primera vista de la acomodada joven-. La competición entre Gaby, etérea y desafiante, e Inés, carnal y entregada, no se convierte así en el clásico enfrentamiento entre la mujer humilde y redentora y la mujer advenediza y destructora. Su desarrollo contribuye a retorcer y  azotar esa trama ya de por sí tormentosa y agónica.

El destino es una fecha escrita en la pared del augur Slimane, augur de los dioses. Tanto así que, en realidad, Slimane quizás ni siquiera cace. Solo espere.

            El arrollador éxito del filme propiciaría la aparición de dos remakes hollywoodienses: Argel y Casbah. Merece la pena citar la anécdota de que Walter Wanger, productor de la primera, intentaría destruir todas las copias existentes del Pépé le Moko original. Sin lograrlo, claro.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Cuando el viento silba

5 Jun

“Los niños son actores natos. No hay más que verlos: si no tienen un juguete, cogen cualquier palo del suelo y se inventan su propio juego.”

Clint Eastwood

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Cuando el viento silba

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Cuando el viento silba.

Año: 1961.

Director: Bryan Forbes.

Reparto: Hayley Mills, Diane Holgate, Alan Barnes, Alan Bates, Bernard Lee, Elsie Wagstaff, Norman Bird.

Filme

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            En los niños, las fronteras mentales entre realidad y fantasía no son del todo claras. Están por construir. En el caso de La noche del cazador, Matar a un ruiseñor, El espíritu de la colmena, El viaje de Chihiro, El laberinto del fauno o Mud, por ejemplo, las experiencias vitales de los chavales protagonistas poseen la forma, la textura y el olor de un cuento infantil. Aunque detrás escondan historias tan terribles como una guerra civil. Su manera de interpretar y vivir ese proceso iniciático está inspirada en narraciones que han mamado desde la cuna y que han contribuido a conformar su propio esquema del funcionamiento de la sociedad humana, del mundo entero, del Bien y del Mal.

            Los tres hermanos de Cuando el viento silba afrontan la religión y las enseñanzas cristianas desde un plano equivalente al de las fábulas. Mientras que Jesús es una figura carismática, admirable y repleta de comportamientos exóticos y asombrosos, las lecciones que reciben del Ejército de Salvación, en cambio, no son más que gansadas ininteligibles, alejadas de su realidad. En consecuencia, la bondad absoluta de Cristo, su halo mágico e inspirador, se encuentra en contraste directo con el entorno prosaico y desangelado de su granja –con su cancela siempre cerrada al exterior- y la ausencia palpable de la figura materna.

            El actor Bryan Forbes, debutante en el largometraje, realiza una impecable presentación de atmósfera y arquetipos. La película comienza con un malvado hombre del saco que, secundado por los graznidos de los cuervos y el ulular del viento, baja al río para ahogar sin piedad a unos pobres mininos. La vileza sin cortapisas en seguida reparada por unos vivarachos niños que, una vez enmendado el mal y salvaguardado la inocencia y la pureza, corretean alegres por las faldas de una colina: una de las múltiples imágenes que, a lo largo del metraje, remitirán a las estampas que ilustran los cuentos clásicos, reforzadas por la peculiar banda sonora y las dulces notas de humor que se filtran ocasionalmente por entre los personajes del relato –el vicario obsesionado por los robos de metal en su iglesia, por ejemplo-.

El mismo talento que demostrará el cineasta a la hora de transmitir al espectador la ilusión de los niños frente a quien creen la personificación de Jesucristo en su segunda venida. Uno, por tanto, logra contagiarse y desear que ilusión y verdad sean una misma cosa.

            La autenticidad de la mirada, los sentimientos y las reacciones infantiles acerca de este mundo caótico e injusto –qué mejor manera de dudar o decepcionarse respecto al poder divino que la muerte de un alma inofensiva-, así como su preciso trasvase al otro lado de la pantalla, es una de las grandes virtudes de Cuando el viento silba, una cinta que habla de la influencia benefactora de los valores cristianos –o humanos, cabría decir-, pero no tanto de la religión –la antinatural, deshumanizada e ignorante sociedad contemporánea, en definitiva-. 

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 8.

Hasta el último aliento

3 Jun

Obra maestra. El primer 10 que concedo a una película para Bandeja de Plata.

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