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Vida oculta

10 Feb

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Año: 2019.

Director: Terrence Malick.

Reparto: August Diehl, Valerie Pachner, Maria Simon, Karin Neuhäuser, Johannes Krisch, Karl Markovics, Tobias Moretti, Franz Rogowski, Matthias Schoenaerts, Bruno Ganz, Ulrich Matthes, Michael Nyqvist, Martin Wuttke.

Tráiler

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         En La delgada linea roja, el soldado Witt, el desertor renacido a la humanidad que es devuelto a rastras al frente bélico, consigue ejercer una militante objeción de conciencia en medio de la barbarie, aun a coste de su vida. El conflicto que se le plantea al Franz Jägerstätter de Vida oculta, campesino austríaco que se niega a jurar fidelidad a Adolf Hitler y a asesinar al prójimo en defensa de su causa, se mueve en similares términos morales. De hecho, hay una estrecha similitud en la llegada de un destructor estadounidense a la isla melanesia donde se refugia Witt con el sonido de los motores de avión que invaden el bucólico valle alpino donde Jägerstätter trabaja la tierra y saca adelante a su familia junto a Fani, su mujer. Es, de nuevo, la civilización torcida que contamina el paraíso ancestral; la corrupción del buen salvaje, como se describía igualmente en El nuevo mundo con los indios algonquinos que afrontan la violenta llegada del colono europeo.

         El dilema de Vida oculta se plantea a la vez como un acto de resistencia de la dignidad humana y como una prueba de fe, análoga a la que se enfrentaba la familia de cuáqueros de La gran prueba, cuyas pacifistas convicciones religiosas quedaban confrontadas por el conflicto fratricida y sin cuartel de la Guerra de secesión. A través del martirio de un hombre justo, Terrence Malick traza múltiples paralelismos entre Jägerstätter y Jesús, entre otras lecturas cristianas, lo que también le sirve para interpelar directamente al espectador -ubicado en un presente crispado en el que rebrotan las ideologías del odio-, por boca de otro artista, un pintor que reflexiona acerca de su limitación para reproducir experiencias y ejemplos no vividos en carne propia y, además, del restringido poder de unas creaciones que son capaces de despertar simpatía y convocar admiradores, pero no verdaderos seguidores de las enseñanzas morales que residen en ellas.

         En este marco se desarrolla el sacrificio decidido -y un tanto reiterativo desde un libreto que empuja el metraje hacia las innecesarias tres horas- de Jägerstätter, tentado como Cristo en el desierto por las múltiples voces que polemizan con él, así como la crisis espiritual que, en cambio, sufre su esposa, atormentada por el silencio de Dios. Frente al pozo seco en el que se adentra ella, la visión del hombre parece reflejar esta presencia, el misterio, en las aguas que fluyen eternas, en la primavera que reverdece aun a pesar del horror en el que se ha enzarzado el ser humano; con la naturaleza como expresión inagotable e inabarcable del milagro de la vida como otro elemento estético y argumental recurrente en la obra del cineasta texano.

Así, Malick despliega su talento para capturar la sobrecogedora belleza del paisaje, en la que se incluye su sensibilidad para mostrar la ternura y la intimidad cotidiana de una existencia plena, con vínculos que arraigan en el otro y en la misma tierra, pues las conclusiones derivan el discurso hacia un amor absoluto, inmarcesible y vencedor. También es cierto que sus movimientos de cámara parecen mas impetuosos que en anteriores ocasiones, una relativa agresividad que a veces delata demasiado el aparato técnico, plastificando y por tanto restando emoción al relato.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

La invasión de los ladrones de cuerpos

17 Ene

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Año: 1956.

Director: Don Siegel.

Reparto: Kevin McCarthy, Dana Wynter, Larry Gates, Carolyn Jones, King Donovan, Virginia Christine, Jean Willes.

Tráiler

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          Jack Finney, autor de la novela original, y Walter Mirisch, uno de los productores ejecutivos del filme, negaban que el relato arrojara una parábola anticomunista o antimacarthista, afirmando que tan solo se trataba de un thriller de ciencia ficción. Don Siegel, en cambio, consideraba que la lectura antitotalitaria era innegable, aunque había procurado, decía, no poner énfasis en ella.

En efecto, esta cierta ambigüedad del argumento permite a La invasión de los ladrones de cuerpos caer a uno u otro lado de la balanza para denunciar, por igual, los abusos que un régimen despótico puede ejercer sobre el individuo. Pero precisamente por esta incisión en la imprescindible autonomía personal y su contraposición frente a los villanos, que parecen encarnar esa visión simplista y caricaturesca con la que se advertía contra la amenaza del comunismo en la Guerra Fría -una entidad colectiva unificada tras someter la voluntad particular y que aspira a la igualación absoluta de los ciudadanos dentro de un sistema que rechaza los rasgos emocionales como elemento a tener en cuenta en sociedad-, parece inclinar decididamente la alegoría hacia una perspectiva concreta. Esa que erige a La invasión de los ladrones de cuerpos en paradigma absoluto del cine de serie B de ataques alienígenas tan característico de estos años cincuenta sumergidos en el Temor rojo. Tanto o más cuando, apenas tres años antes de su estreno, Ethel y Julius Rosenberg, un aparentemente anodino matrimonio residente en Nueva York, habían sido ejecutados en la silla eléctrica tras su condena como espías al servicio de la Unión Soviética. Y cuando durante la Guerra de Corea se extendía la alerta acerca de las habilidades del adversario para lavar el cerebro a los prisioneros -como se plasmaría luego en El mensajero del miedo-. El abominable enemigo podría ser, por tanto, su propio vecino, ese que siempre saluda en la escalera.

          La invasión de los ladrones de cuerpos, pues, juega con esta inquietud que dominaba la convivencia social en los Estados Unidos, desplegando una turbia atmósfera que prácticamente se podía cortar con un cuchillo. En este sentido, los extraterrestres no tienen formas grotescas, ni aterrizan en platillos volantes o disparan rayos láser. A simple vista es imposible detectarlos, más allá de a través de un sexto sentido que, de esta manera, bien definiría al ser humano: la comunicación no verbal, el afecto, la empatía. Aquello que también nos diferenciará de la máquina en otras distopías lejanas, con un nuevo rival por la supervivencia.

La sutileza de ese invasor mimético es la que siembra una poderosa sensación de desasosiego, de peligro invisible y omnipresente. Este alejamiento de la explicitud -lo que abarcaría hasta la contención posterior de los propios alienados, que promueven la paz mental que proporciona abdicar de toda responsabilidad humana- funciona como un elemento fundamental para alimentar la intriga y el terror que se instala en la mente de los protagonistas y, con ellos, del espectador.

          Desde las espartanas condiciones que imponía un proyecto de serie B, Siegel maneja con mano de hierro la tensión conspiranoica, con una información perfectamente dosificada para ir contagiando, poco a poco, la neurosis que parece cebarse con este pueblecito cualquiera de California, poblado de personas llanas y corrientes -si bien no estaría de más sospechar si el revisor del gas es nada menos que Sam Peckinpah-. Hasta que uno choca frontalmente contra una vaina viscosa y humeante.

El prólogo y el epílogo se aprecian como un postizo impuesto desde la producción para licuar la causticidad del desenlace previsto por el cineasta, pero aun así logran dejar cierto espacio abierto como para no desmontar del todo la fuerza sugestiva de la obra.

          Contará con hasta tres remakes, aparte de su evidente influencia en el género.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8.

Volver

28 Dic

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Año: 2006.

Director: Pedro Almodóvar.

Reparto: Penélope Cruz, Yohana Cobo, Carmen Maura, Lola Dueñas, Blanca Portillo, Leandro Rivera, María Isabel Díaz Lago, Neus Sanz, Pepa Aniorte, Antonio de la Torre, Carlos Blanco, Yolanda Díaz, Chus Lampreave.

Tráiler

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        En La flor de mi secreto, la protagonista escribe una novela en la que una mujer esconde el cadáver de su marido en un arcón congelador. En La mala educación, un cartel informa del protagonismo de Carmen Maura en una película ficticia titulada La abuela fantasma. Volver llevaba tiempo fraguándose en la mente de Pedro Almodóvar y en ella vuelca, por supuesto, todas sus esencias existenciales y cinematográficas.

        Dos hermanas y la hija de una de ellas limpian la lápida de su madre y abuela, respectivamente. En este pueblo de La Mancha, azotado por el inclemente viento solano y donde la muerte convive con la vida como costumbre arraigada, tres generaciones se encuentran igualadas y encadenadas por una atroz tragedia que, sin embargo, se manifiesta con tono de comedia surrealista, lo que ensancha el espacio para que encaje sin problemas el tremendismo de su melodrama, fundido con total coherencia con el fiel costumbrismo, con las imágenes del recuerdo del autor, con esos besos estruendosos y esa jerga regional.

El negro luctuoso está reemplazado por el ardiente rojo. Como en Todo sobre mi madre, Almodóvar perfila los lazos femeninos y la sororidad compartida como vía más probable de poder romper el círculo que se repite una y otra vez a través de los siglos, de sanar definitivamente unas cicatrices nunca sanadas. A pesar de los secretos inconfesables, de las deudas y de los desconsuelos.

        Las interpretaciones terminan de potenciar la vida que el autor logra insuflar a sus fuertes personajes. La arrolladora Raimunda, hecha carne por una arrolladora Penélope Cruz, propulsa la narración. Almodóvar cita Bellisima, pero Cruz y Yohana Cobo paracen asemejarse incluso más a otra madre e hija inmersas en una batalla sin tregua, las de Dos mujeres. Es una madre coraje de otra época, en la que la belleza de la actriz es a la vez nostálgica y actual. Al igual que sus curvas, sus maneras, propias de tiempos del éxodo rural, parecen anacrónicas en los arrabales madrileños contemporáneos, con el claro contraste que ofrece su hija. Una fantasía rescatada del pasado e implantada en el presente, con cierto toque consciente. Idéntica, por tanto, a esa escena en la que el tiempo parece detenerse, transportada a otra dimensión con Cruz cantando el Volver de Carlos Gardel con la voz de Estrella Morente.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

O que arde

15 Oct

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Año: 2019.

Director: Oliver Laxe.

Reparto: Amador Arias, Benedicta Sánchez, Elena Mar Fernández, Inazio Abrao.

Tráiler

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Un reencuentro.

-Ola, nai. [Hola, madre.]

-Tes fame? [¿Tienes hambre?]

         Cineasta entregado a la exploración de los últimos lugares mágicos o cuanto menos especiales al margen de la insaciable globalización, tras recorrer Marruecos en las más experimentales y abstractas Todos vós sodes capitáns y Mimosas, Oliver Laxe regresa ahora a las raíces en O que arde, una obra enclavada en Os Ancares lucenses, hogar ancestral del realizador nacido en París por fuerza de la necesidad.

         La filiación es evidente en las telúricas y sentidas imágenes de O que Arde. Hay un respeto y una devoción esenciales en su mirada, que captura con lirismo y trascendencia la belleza de ese paisaje majestuoso en el que habitan, acaso asediados por el inexorable devenir de los tiempos, Amador y Benedicta, incendiario recién salido de prisión y madre amorosa y estoica. El prólogo, de hecho, irrumpe como puro cine fantástico, en el que los monstruos se detienen ante la manifestación del corazón mismo de la tierra. La escena, solo imagen y sonido, supone un arranque estremecedor y pleno de significado.

La contenida naturalidad con la que el director escruta un pedazo de la vida de los protagonistas no es óbice para, desde la contemplación de su quehacer cotidiano, retratado con una solemne sencillez y autenticidad, demostrar una absoluta sensibilidad para cosechar la intimidad y las emociones que les unen entre sí y con el poderoso entorno que los rodea -los animales, el monte, la vida, la muerte-. Los escuetos diálogos son parejos en contenido a los silencios, a las miradas, a las posturas corporales y a la forma de moverse, incluso. Aunque quizás le falte todavía perfeccionar en su capacidad como contador de historias -dentro de su coherencia, al desenlace le falta finura-, Laxe demuestra tener la intuición de Pier Paolo Pasolini para encontrar rostros y personalidades de una sugerencia tan primaria como anticanónica. Estimulante. Las primitivas facciones de Amador, el carisma de Benedicta.

         Desde cierta perspectiva melancólicamente romántica -de la que sin embargo no abusa-, O que arde escarba compasivo en la vulnerabilidad de los personajes, que es la del propio rural abandonado o explotado de mala manera. En el estigma irreparable de un hombre con la cruz a cuestas de un pecado original, en la derrota irreparable que carga consigo. Y, al mismo tiempo, venera a una tierra a cuyos ritmos se ajusta, un poco al modo de Días del cielo, donde también el fuego operaba como terrible y sobrehumano clímax. Pero la impactante manera con la que Laxe registra el incendio, así como la titánica lucha de los brigadistas contra él, no posee menor interés que la delicada forma en la que refleja la niebla que se apodera del monte o la lluvia que lo nutre. La participación de Mauro Herce a cargo de la fotografía vuelve a ser fundamental.

         Primera cinta rodada íntegramente en gallego en participar en el festival de Cannes, obtendría el premio del jurado en la sección Un Certain Regard.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

Rams (El valle de los carneros)

2 Oct

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Año: 2015.

Director: Grímur Hákonarson.

Reparto: Sigurður Sigurjónsson, Theódór Júlíusson, Charlotte Bøving, Jon Benonysson, Gunnar Jónsson, Þorleifur Einarsson, Sveinn Ólafur Gunnarsson.

Tráiler

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          Con alguna avanzadilla previa como De caballos y hombrespremio Nuevos realizadores en el festival de San Sebastián-, el cine islandés pareció lanzarse a la conquista del mundo en 2015, año en el que se estrenaron tres películas que disfrutaron de una destacada y reconocida trayectoria internacional: Corazón gigantemejor actor en la Seminci de Valladolid y mejor actor y película en el festival de Tribeca-; GorrionesConcha de oro en San Sebastian– y Rams (El valle de los carneros)Espiga de Oro y mejor nuevo director en Valladolid y coronada en la sección Un certain regard en el festival de Cannes-.

          Rams (El valle de los carneros) es el recorrido entre dos muestras de profunda ternura, de amor insondable. En la apertura, Grímur Hákonarson recoge con delicadeza y calidez el cariño con el que el protagonista se relaciona con sus carneros y ovejas. Palabras hermosas, caricias suaves, intimidad absoluta. A partir de ahí establece su contrario en el primer encuentro con su hermano y antagonista. Un gesto seco sin palabras. Incluso de espaldas, sin cruzar la mirada. Los animales como intermediarios para expresar ideas y emociones, incluso la fidelidad a un apellido, a un linaje, a una sangre.

Podría asignársele una nota bíblica a la enemistad franternal que centra Rams. Los hermanos enfrentados por un odio enquistado, el carnero citado como un ser magnífico, salvador y padre de la patria; la plaga apocalíptica que parece castigar la iniquidad de los personajes, el paisaje sobrehumano de Islandia. El desenlace que se resuelve en una escalada de épica íntima.

          Grímur Hákonarson relata la rivalidad con fotogramas cuidados, aprovechando el imponente escenario natural pero también la gratificante geografía física de sus actores, que aprotan la sobriedad y la naturalidad que requiere el filme. Además, deja detalles poderosos, como el viaje en excavadora. Con ello, se sostiene con solvencia narrativa y emocional este argumento sencillo, quizás no excesivamente sorprendente -más allá de lo que aporta el componente localista-, aunque desde luego contundente y eficaz, contado con buen gusto y sin caer en estridencias.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

La lengua de las mariposas

2 Ago

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Año: 1999.

Director: José Luis Cuerda.

Reparto: Manuel Lozano, Fernando Fernán Gómez, Uxía Blanco, Gonzalo Uriarte, Alexis de los Santos, Jesús Castejón, Guillermo Toledo, Elena Fernández, Tamar Novas, Tatán, Lara López, Celso Bugallo, Xosé Manuel Olveira ‘Pico’, Antonio Lagares, Milagros Jiménez, Eduardo Gómez.

Tráiler

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         Hablando sobre La lengua de las mariposas, se sorprendía su director, José Luis Cuerda, de que escenas como la del pasillo de los presos republicanos despertaban todavía una gran emoción entre los mayores de Allariz, el pueblo ourensano donde rodó esta adaptación de una serie de cuentos del coruñés Manuel Rivas. El cineasta lo interpretaba como una prueba de que la Guerra Civil española no era un conflicto adecuadamente sanado en Galicia. No es, por supuesto, una situación exclusiva de esta comunidad, pero en octubre de 2018 se produjo una nueva evidencia de este cierre en falso de la guerra fratricida y los posteriores cuarenta años de dictadura nacionalcatólica. Fue en la inauguración de la muestra en la que se exhibía por primera vez en España el óleo de Castelao A derradeira leición do mestre, “La última (o definitiva, tal es el sentido del término) lección del maestro”, considerado el Guernika gallego por su simbolismo furibundo y doliente en denuncia de la represión del nacionalismo galleguista y las libertades republicanas promovida por el alzamiento militar de 1936 y el régimen franquista. En su interpretación de la obra durante el discurso de apertura, el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, loó los valores democráticos en oposición a unos fanatismos ideológicos que conduce al totalitarismo, “presentes en el mundo actual bajo diferentes etiquetas”, si bien su advertencia contra la polarización política internacional, que atribuyó a lo que entiende como corrientes políticas populistas -pese a que su partido es capaz de avalar a un alcalde como Senén Pousa en Beade, cerca de Allariz-, también incluyó una invitación a pasar página mientras se contempla un cuadro ante el que “los más viejos sentirán los ecos de aquella barbarie, y los más nuevos se preguntarán asombrados si realmente fue aquí en Galicia donde sucedió”.

Con estas palabras, y tal como le reprocharon posteriormente, entre otros, los grupos de la oposición parlamentaria, el dirigente del PP se cuidó de condenar expresamente a los golpistas que fueron directamente responsables de la ejecución el 17 de agosto de 1936 de Alexandre Bóveda, el intelectual y político galleguista a quien Castelao, que entrega su rostro al del maestro que yace fusilado ante sus alumnos, rinde homenaje en esta pintura creada en el exilio y que amplía una de las estampas de su libro Galicia mártir. Ante estas medias tintas de Feijóo, una constante en el discurso y la acción política de la formación conservadora, fundada por un ministro de Francisco Franco, las declaraciones del resto de partidos incidieron en la necesidad de completar adecuadamente la labor de la memoria histórica para saldar definitivamente las cuentas con un pasado negrísimo y aún reciente y palpable, incluida la exhumación e identificación de los cuerpos de los ajusticiados, la reparación de su recuerdo y su dignidad y la supresión de los privilegios que todavía detentan los herederos del dictador como, sin salir de Galicia, ocurre por ejemplo con el expolio de bienes patrimoniales como el pazo de Meirás o las esculturas de Abraham e Isaac del Pórtico de la Gloria. 

         A derradeira leición do mestre era además la joya de la corona de una exposición en la que se profundizaba en la labor de Castelao como maestro de escuela y en la que se reflejaba el papel de la educación pública para, a pesar de la precariedad rampante, erigirse en una herramienta esencial contra la intolerancia y en favor de la igualdad y de la libertad moral e intelectual del individuo, dentro de un proyecto cercenado a sangre y fuego por una rebelión militar de filiaciones fascistas que tuvo precisamente en los docentes una de sus presas predilectas, como recordaba la abultada lista de ajusticiamientos recogidos por la muestra.

La lengua de las mariposas es una aproximación primero literaria y después cinematográfica a estos hechos, a cómo este aprendizaje humanista queda truncado literalmente a pedradas y espumarajos, símbolo de una generación que ha de vender su alma para sobrevivir en medio de la ignorancia, el clasismo y la brutalidad. Cuerda, encargado tanto de la realización como de ayudar a Rafael Azcona a traducir a libreto los textos de Rivas, establece esta escisión desde la mirada infantil, aterrada en su sensiblidad por la violencia que se adivina en el mundo adulto -“la letra que con sangre entra” y la Guerra del Rif como figuras equivalentes-. Y, en contraposición, sitúa a un mentor luminoso, que a través de las lecciones y de la amistad abre sus ojos a la vida pese a las nubes tormentosas que van oscureciendo el escenario. Las enseñanzas del maestro versan sobre las maravillas que el mundo alberga, pero asimismo sobre el infierno que pueden ser los otros.

         La película consigue manifestar con hermosura, lirismo y crudeza esa colisión entre las miradas soñadoras de dos iguales, el pequeño Gorrión y el veterano don Gregorio, frente a una realidad enferma y enajenada que conspira contra ellos, amenazando los valores que definen las esencias más elevadas del ser humano -el entusiasmo, la solidaridad, la comprensión, la lealtad, la libertad, el amor-. Hay una notable delicadeza y precisión para construir, plasmar y entrecruzar ese retrato de la ilusión del niño que descubre la vida con el espíritu curtido aunque irreductible contra desencantos del anciano profesor. Ayuda el emotivo contraste entre la frescura de Manuel Lozano y la rotundidad -sutil rotundidad- de un tótem viviente como Fernando Fernán Gómez. Al mismo tiempo, no se regodea en subrayar la sinrazón presente y la muerte que se avecina, intermediada por personajes que compone de un par de pinceladas para dar cuerpo con ellas a una atmósfera de fondo inquietante y cada vez más tangible. No se abusa por tanto de personajes monolíticos como el del cacique, que funcionan prácticamente como estereotipos.

         Azcona ensambla con naturalidad los tres relatos cortos de los que se compone el filme, apoyado fundamentalmente en la veracidad y la emoción de ese registro humano e histórico, de lo que obtiene pasajes conmovedores como el clímax final, donde se condensa esta lucha insoportable y eterna entre la libertad y la barbarie, el odio y el amor, entre un hermano y otro.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Los muertos no mueren

2 Jul

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Año: 2019.

Director: Jim Jarmusch.

Reparto: Bill Murray, Adam Driver, Tom Waits, Tilda Swinton, Chloë Sevigny, Steve Buscemi, Danny Glover, Caleb Landry Jones, Maya Delmont, Taliyah Whitaker, Jahi Di’Allo Winston, Rosie Pérez, RZA, Selena Gomez, Austin Butler, Luka Sabbat, Larry Fessenden, Eszter Balint, Iggy Pop, Sara Driver, Carol KaneSturgill Simpson.

Tráiler

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         Es probable que Jim Jarmusch se haya tropezado por la calle en alguna ocasión con un smombie, una de las especies que camina por el entorno urbano cada vez en mayor número, hasta el punto de que, en algunos lugares, han merecido señalización específica para regular su presencia. También conocido con su nombre en extenso, el ‘smartphone zombie’, el smombi es uno de los protagonistas de Los muertos no mueren, en la que el cineasta estadounidense, sempiterno habitante independiente de los márgenes de la sociedad, al igual que el ermitaño de la película, observa con sus prismáticos la decadencia del ciudadano occidental y augura el avecinamiento de un apocalipsis absurdo, empujado por el negacionismo homicida del cambio climático por parte de las autoridades pero rematado por las insaciables ansias materialistas de una masa humana sin alma, tan solo animada por impulsos de consumo, cuando no por la orgullosa y desacomplejada mezquindad que, como plaga, se extiende por el país bajo el grotesco pelucón de Donald Trump.

         No es esta una interpretación aventurada. La lectura sale de cajón viendo las imágenes, por lo que Jarmusch no la esconde -del mismo modo que no esconde al filme en sí como obra de ficción, que contiene un nuevo catálogo de filias y abundante metarreferencialidad-. Es más, la manifiesta de palabra y por triplicado, incluída síntesis final. Si algo distingue al autor es su manera de dejar su sello particular, de leer con su propia voz aquellos géneros por los que transita -sin reverencia o con desapego hacia los códigos tradicionales-, como el western (Dead Man) o el noir (Ghost Dog, el camino del samurái; Los límites del control). También puede decirse lo mismo de su empleo de otros figuras clásicas del terror como los vampiros, a quienes convertía en Solo los amantes sobreviven en guardianes de las esencias más elevadas de la humanidad. Al igual estos, el zombie de Los muertos no mueren funciona como elemento alegórico, aunque en este caso con intenciones antitéticas, como representación de la degradación del ser humano crítico y sintiente.

         La obviedad de la sátira, pues, se subraya con inesperada insistencia. Debido a ello termina por dar una sensación de simpleza, de que la cinta poco más tiene que aportar aparte de esta caricatura de base, por acertada que pueda ser la idea -que además ya estaba, a su manera, en el espíritu de los zombies modernos invocados por George A. Romero-. Y en consecuencia, más allá de ese tono entre cotidiano y absurdo en el que se mueve todo con parsimonioso estupor, Los muertos no mueren parece una obra extrañamente convencional para ser de Jarmusch. O quizás solamente perezosa. El amplio despliegue de personajes es caprichoso, casi se diría más enfocado a dar espacio a amigos y conocidos que a proporcionar pinceladas de color o matices al conjunto. Muchos no van a ningún lado, son mera presentación de un personaje y una situación, sin mayor desarrollo y hasta sin conclusión. Unos se desaprovechan, otros tan solo abultan el relato, desequilibrándolo, todo con un leve desapego, con una leve dejadez.

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Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 6.

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