Tag Archives: Siglo XVI

Oro

14 Nov

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Año: 2017.

Director: Agustín Díaz Yanes.

Reparto: Raúl Arévalo, José Coronado, Barbara Lennie, Óscar Jaenada, Antonio Dechent, Juan José Ballesta, Anna Castillo, José Manuel Cervino, Luis Callejo, Andrés Gertrúdix, Diego París, Juan Carlos Aduviri, José Manuel Poga, Josean Bengoetxea, Juan Diego.

Tráiler

          Es un lugar común, pero no por ello deja de ser cierto -si bien supongo que el asunto no es demasiado diferente a lo que ocurre en otros países-. España no concilia bien con su historia, ora idealizada como enseña de su destino trascendental como nación, ora repudiada exactamente por esta misma utilización patriotera y su ensalzamiento de unos valores rancios y caducos. La visión épica del pasado crea monstruos de muy diverso tipo. Quizás por ello no abunden los relatos acerca de episodios como la conquista del Nuevo Mundo, un periodo espinoso por las implicaciones políticas que, con evidente descontextualización, se le otorgan desde el presente; pero realmente interesante desde el prisma del sentido aventurero -piénsenlo: el anuncio de un descomunal territorio por completo desconocido y el atrevimiento de lanzarse a descubrir qué maravillas u horrores puede contener-. No abundan al menos al estilo y la cantidad de las reconstrucciones históricas procedentes de Hollywood o Reino Unido, vara de medir popular en lo que al cine-espectáculo se refiere.

          En Oro, Agustín Díaz Yanes repite, tras la calamitosa Alatriste y aquí con un texto inédito, en su aproximación al corpus del escritor y exreportero bélico Arturo Pérez-Reverte; un tipo que precisamente, y se esté de acuerdo con él o no -en este blog se tira por lo segundo-, no le teme a la polémica -todo lo contrario- para encarar, entre otros temas, la historia del país. También es verdad que, en su escrito de presentación, el filme trata de mediar contexto -o de disculparse- por el conjunto humano que protagonizará la función: hombres toscos y altivos, agresivos y sin escrúpulos, que encarnan cierta naturaleza varonil por la que el literato acostumbra a manifestar cierta querencia -en ocasiones bastante trasnochada al pretender trasplantarla de la mera fantasía a la realidad contemporánea-. Sobra. En primer lugar porque una película, o cualquier otra creación artística, no ha de tener en sus obligaciones la de dar ejemplo o fomentar ningún mensaje ideológico o social -otra cosa es que así lo desee-, tanto o más cuando se le exige forzar el anacronismo garganta abajo de los personajes –hay artículos sobre esta cuestión-. Y, en segundo, porque el de Oro está lejos de ser un canto a las hazañas de los antepasados. Si esta es la gloria de la conquista, bastarda gloria es.

En ese sentido, Oro recuerda a la olvidada La conquista de Albania, cinta generosamente sufragada por el Gobierno de Euskadi en virtud de las recién cedidas competencias presupuestarias de la Transición y que invitaba a pensar a priori en el enaltecimiento de un capítulo de expansión internacional del Reino de Navarra medieval –el acometido por la Compañía blanca en las costas del Adriático-, pero que, sin embargo, se transformaba andando los fotogramas en una antiepopeya delirante e irracional, similar por tanto a la de Aguirre, la cólera de Dios. Y, de hecho, Oro comparte con la referencial obra maestra de Werner Herzog la ambientación selvática equinoccial y la composición de los expedicionarios, calcada a la de Pedro de Ursúa por el curso del río Marañón en busca de la ciudad de El Dorado -hechos que también serían abordados por Carlos Saura en la excesivamente contenida El Dorado-. Aunque, fundamentalmente, queda ligada a ella a través de una acertada presentación en la que se muestra a una cohorte de hombres condenados, encadenados como galeotes a una aventura ilógica y tremebunda, fracasada de antemano. A un camino hacia el absurdo y la muerte.

          En conclusión, Oro posee el mismo sino que Aguirre, la cólera de Dios. En cambio, el trayecto que escoge para avanzar hacia él es completamente opuesto. Se aleja de la abstracción hacia la que tendía la alemana, onírica y alucinada, y encara la ruta por la vía de lo terrenal, de lo físico. La de Díaz Yanes es una cinta de supervivencia -con resabios de western-; un trayecto de desesperación embuchada y escondida entre actitudes de hosca hombría y que, en persecución de una vil riqueza material -el oro-, se dirime entre el lodo, el sudor y la sangre. Conceptos que se remiten literalmente a otras descripciones de Pérez-Reverte, que ha visto trinchera y, en su novela El húsar, resumía la batalla en “barro, sangre y mierda”.

Esta concepción física está adecuadamente asimilada a los parlamentos del libreto, descarnados, recios y con un atractivo empleo del lenguaje de época -circunstancia esta última realmente infrecuente-, así como a la selección de rostros del reparto -otra virtud que también poseía La conquista de Albania– y a una exposición seca y concisa. Con ello, Díaz Yanes logra modelar una jugosa atmósfera patibularia, amoral y destructiva, en la que se tiene la sensación de que ni siquiera se avanza por el laberinto de una jungla que aprieta y donde, por ende, lo único que cuenta es salvar un pellejo que poco o nada vale. Así las cosas, eran innecesarios regodeos como el tópico fanatismo del sacerdote, las proclamas folclóricas -los enfrentamientos regionales y la loa a los hermanos en armas-, el testicular duelo a pecho descubierto o que Raúl Arévalo y Óscar Jaenada exageraran el gesto.

          Oro brilla en cuanto sitúa la épica a la altura de la mugre, en cuanto su relato de violencia primaria y desencantada no se avergüenza de inclinarse a la recuperación de una virilidad de otro tiempo. Que, en este caso, no es la histórica del siglo XVI, sino la cinematográfica de la década de los setenta, tan ruda como desesperanzada -aunque carezca de su aliento sentimental y elegíaco-.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 7,5.

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La fortaleza escondida

12 Ene

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Año: 1958.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Minoru Chiaki, Kamatari Fujiwara, Toshirô Mifune, Misa Uehara, Toshiko Higuchi, Susumu Fujita.

Tráiler

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            La libertad del autor es una condición costosa, incluso para los grandes del séptimo arte. Akira Kurosawa bien era consciente de ello, pues a pesar del prestigio cosechado en Occidente, abriendo de forma pionera el cine nipón al mundo, debía compensar el riesgo artístico de sus proyectos más personales con concesiones a la taquilla que contentaran a la Toho.

El ejemplo paradigmático es Los siete samuráis -convertida a pesar de este origen trivial de una de las más grandes películas de la Historia-, pero también otros ‘jidaijeki‘ de gusto popular como La fortaleza escondida, producida para equilibrar la incierta inversión de cintas como Rashomon -hito del lenguaje cinematográfico y vencedora en el festival de Venecia y en el Óscar a mejor película de habla no inglesa-, la delicada Vivir (Ikuru) o Trono de sangre, paradigma de su pasión privada por William Shakespeare.

            Prueba de estas intenciones comerciales es el empleo de imágenes panorámicas y sonido estéreo, inéditos hasta entonces en la filmografía del maestro tokiota. También se une a ellos un rasgo narrativo que, no obstante, ofrece al mismo tiempo un contrapunto innovador: que dos personajes a priori destinados a conformar un alivio humorístico como secundarios de carácter, se arroguen para sí el punto de vista del relato -y casi la posición de la cámara, un tercer granuja más-.

La fortaleza escondida, por tanto, no se cuenta desde la mirada del guerrero heroico ni de la princesa valiente -dos máscaras estereotipadas en concordancia con las tradiciones literarias y teatrales japonesas-, sino de un par de bribones escogidos de entre el grueso de miserables que han tomado parte en la guerras feudales el país y movidos únicamente por la codicia material. Es decir, dos figuras más cercanas a la naturaleza del espectador común, con quienes resulta sencillo asimilarse aunque, por otro lado, sean bastante menos inspiradores que sus compañeros de aventuras.

            La decisión, acertada o errónea, tendrá sus ecos en el cine futuro, pues será uno de los puntos de apoyo que aplicará George Lucas en su concepción de La guerra de las galaxias, transmutando a esta pareja de pícaros cobardicas y protestones en los más nobles y voluntariosos C3PO y R2D2 -asimismo, se puede trazar el parentesco entre la arrojada princesa Yuki y la icónica princesa Leia-.

Lo cierto es que, al igual que sucede con la crucial estructura de Rashomon, el protagonismo de ambos se ha visto un tanto superado por los perfeccionamientos posteriores, ya que en su recalcitrante avaricia también pueden terminar resultando algo cargantes. Kurosawa guarda hacia ellos una fidelidad absoluta, para bien y para mal, porque sabe, como sabía el veterano samurái Kambei Shimada, que su mezquindad tiene su razón de ser dentro de un nación desgarrada en guerras, pobreza y estricto clasismo; punto precisamente del que parte el filme, entre el hambre, la muerte y la suciedad.

            Sin embargo, el espíritu de la obra que desarrolla Kurosawa se funda en la vitalidad, expuesto por medio de un camino en el que las dificultades se superan gracias al coraje, el tesón y los valores humanos, y que por tanto conecta con ese sentir aventurero universal que atraviesa las fronteras, los géneros y las generaciones.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

Los señores del acero

11 Jul

“No concibo una película sin lujuria porque en la vida hay lujuria.”

Ben Wheatley

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Los señores del acero

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Los señores del acero

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Año: 1985.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Rugter Hauer, Jennifer Jason Leigh, Tom Burlinson, Jack Thompson, Fernando Hilbeck, Susan Tyrrell, Ronald Lacey, Brion James, John Dennis Johnston, Simón Andreu, Bruno Kirby, Kitty Curbois, Marina Saura, Hans Veerman, Jake Wood.

Tráiler

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           El sexo es un elemento crucial de la filmografía de Paul Verhoeven, bien de forma explícita, como en Instinto básico –una de sus obras más exitosas-, Showgirls –una de sus obras más denostadas- o Elle -recientemente alabada en el festival de Cannes-; bien como un componente de fondo que completa un conjunto violento o incluso enfermizo.

El sexo es una de las armas con las que los personajes de Los señores del acero hacen la guerra, parte de una panoplia que abarca asimismo la violencia en sentido estricto, una religión transformada en fanatismo delirante o la inteligencia aplicada tanto al progreso como al engaño. Flesh+Blood, reza el título original: la carne y la sangre, que es la transustanciación de Cristo en la misa con la que se abre el filme y que es el material de lujuria donde se desarrolla el resto del metraje.

           Los señores del acero dibuja un Renacimiento extremado por las señales iluminadas y por las apetencias de la víscera, en el que la misión ominosa de Martín (Rugter Hauer), mercenario que sobrevive en el caos, y la utopía alcanzada mediante el pecado en la que embarca a su pelotón de desheredados, colisiona frontalmente con una princesa de retablo boticceliano, Agnes (Jennifer Jason Leigh).

La doncella representa aquí un contrapunto conflictivo en el que su inocencia es tan solo un disfraz que oculta un elemento perturbador de mucho mayor calibre: el deseo sexual, una tentación tangible por la que pueden arder compañeros, santos, ciudades, ideales y sueños. Más aún, este choque representa también, en cierto modo, el reencuentro perverso, despojado de toda ingenuidad, entre King Kong y la rubia -que no es sino una extrapolación de relatos tradicionales transmitidos desde centurias atrás-. “No fueron los aviones, fue la bella quien mató a la bestia”, decían entonces.

           Verhoeven, a su gusto, recompone un periodo de brutalidad, miseria y enfermedad, en el que conviven degradadas visiones religiosas con un sentido muy físico de la puesta en escena y de la violencia que contiene el relato. En coherencia con las premisas argumentales del libreto, el cineasta no se detiene en contenciones, puesto que, como se decía en párrafos anteriores, esta agresividad se extiende especialmente a partir del conflicto con el sexo y se formula, por ejemplo, en violaciones que son batallas grupales y duelos personales.

Esta combinación, estimulada además por un rodaje especialmente tenso –de hecho, propiciaría la ruptura artística entre Verhoeven y Hauer-, mantiene la aventura-venganza herzogiana de Martín y los suyos apegada a la tierra, al barro corrompido por la suciedad y las plagas. Y barniza todo de una mueca grotesca, que se ríe como se reía, irónica y victoriosa, incontestable en la consciencia de su triunfo, la calavera que centraba la atención en las danzas de la muerte que poblaban el imaginario europeo en tiempos de la peste negra.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

Elizabeth

2 Mar

“La vida en sí es el más maravilloso cuento de hadas.”

Hans Christian Andersen

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Elizabeth

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Elizabeth

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Año: 1998.

Director: Sekhar Kapur.

Reparto: Cate Blanchett, Joseph Fiennes, Geoffrey Rush, Christopher Eccleston, Richard Attenborough, James Frain, Fanny Ardant, Eric Cantona, Vincent Cassel, Emily Mortimer, Kelly Macdonald, Jamie Foreman, Edward Hardwicke, Terence Rigby, Daniel Craig, Kathy Burke, John Gielgud.

Tráiler

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            En una lóbrega corte, rodeada por seres deformes y extranjeros intrigantes, un fantoche de reina, embarazada de un tumor, juega con la muerte de su hermanastra en medio de una atmósfera inflamada de fanatismo religioso. En la siguiente escena, la víctima propiciatoria danza inocente en los verdes prados de la campiña, acariciada por el sol, las risas de sus acompañantes y la mirada deseosa de un atractivo varón.

Elizabeth jugar a ser Capricho imperial en su traducción dionisíaca de un presunto cuento de hadas con base histórica, en este caso la recreación del ascenso y consagración de Isabel I, ‘La reina virgen’, en el trono de la convulsa Inglaterra del siglo XVI, desgarrada por conflictos de fe intestinos y, en el exterior, por cruentas guerras por el dominio de Europa y del orbe.

            Carece Elizabeth, no obstante, de la sexualidad desatada y el ácido sentido del humor que gobernaban los embriagadores fotogramas de Josef von Sternberg. Estos valores se encuentran aquí degradados por el estilo manierista del indio Sekhar Kapur, desbordado de símbolos visuales y juegos expresivos con la luz y el color, hasta quedar transformados en un hortera ejercicio de sobredirección lastrado por movimientos gratuitos y salidas de tono –el ensayo fragmentado de un discurso, típico de la comedia y burda insistencia en la humanización de la prístina protagonista en contraste con los negros cuervos del obispado-, y en el que confluyen numerosas herencias, que van desde la mayúscula obra del cineasta austríaco hasta saqueos de El padrino –el montaje paralelo de los rezos y los asesinatos maquiavélicos-, pasando por el Iván el terrible de Sergei Eisenstein.

            Lo cierto es que este ascenso corleoniano al poder resulta un atractivo desaprovechado, no solo por el severo maniqueísmo del planteamiento. Es así sobre todo por un guion que, con las debidas licencias dramáticas respecto a la fidelidad histórica –la edad de los personajes, la unificación de las tramas conspiratorias del reinado, la traición-, se empeña en empujar por la garganta del espectador una tragedia romántica que gravita sobre los dilemas entre el deber político y la necesidad amorosa de la desdichada princesa a la fuerza.

Una vertiente que ya olía a naftalina en el momento de ser concebido -pese al éxito que cosechaba por entonces otra película romántica de época isabelina como Shakespeare in Love (Shakespeare enamorado)– y que además significa tener que contemplar uno de los trabajos más insufribles de Joseph Fiennes –precisamente actor principal de la antes citada-.

No es suficiente compensación para ello la potencia de Christopher Eccleston como eficiente villano, la mirada incitante de Fanny Ardant, el gamberrismo de Vincent Cassell o la divertida comparecencia de ‘King’ Eric Cantona.

            Diez años más tarde contaría con una segunda parte, Elizabeth: La edad de oro.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 4.

Cabeza de Vaca

8 Ago

“El español que no ha estado en América no sabe lo que es España.”

Federico García Lorca

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Cabeza de Vaca

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Cabeza de Vaca

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Año: 1991.

Director: Nicolás Echevarría.

Reparto: Juan Diego, Daniel Jiménez Cacho, Roberto Sosa, Carlos Castañón, Gerardo Villareal, Roberto Cobo, José Flores, Eli ‘Chupadera’ Machuca.

Tráiler

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            Circunstancias de la historia, las aventuras de Alvar Núñez Cabeza de Vaca son hoy menos conocidas que las de otros de sus pares exploradores, quizás debido a que la presencia española en las tierras por él conquistadas poseen leyendas menos llamativas, episodios bélicos menos atronadores y permanencias menos evidentes en el presente. Su épica, aunque distinta, es igual de fascinante, tanto por los milagros médicos que le sirvieron para medrar en dentro de la sociedad indígena que lo había esclavizado tras el naufragio de las naves de la funesta expedición de Pánfilo de Narváez –se le atribuye la primera operación a corazón abierto de la historia- y asimismo por su humanidad extemporánea: según ciertos textos, consideraba y trataba a los esclavos negros y a los indios como iguales, su expansión por el sureste de los actuales Estados Unidos, casi un acto de supervivencia en tierra hostil, tiene un carácter pacífico, e incluso, en opinión de numerosos expertos, su defensa de las Leyes de Indias como gobernador del Río de la Plata sería lo que le acarrease la desgracia.

La antítesis, por tanto, de la leyenda negra de la conquista española de América, siempre tan interesadamente pregonada por rivales geopolíticos de entonces como Francia e Inglaterra.

            Película nacida al abrigo de las celebraciones del V Centenario del Descubrimiento, Cabeza de Vaca, coproducción mexicana y española, recoge la palabra del explorador sevillano a partir de su libro de viajes, Naufragios y comentarios, en el que relata sus ocho años de convivencia con los nativos de la Florida y las regiones meridionales de Norteamérica. El argumento reproduce la colisión del hombre contra lo desconocido –“aquí se acabó España”- y, en consecuencia, el choque entre civilizaciones y la comprensión del Otro.

Asimilada al punto de vista de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, la cinta establece una comparativa comprensiva entre el occidental y los bárbaros hasta el punto de, progresivamente, revertir –o cuanto menos igualar- ambos términos, dependientes tan solo de la perspectiva del narrador. La austeridad del presupuesto deriva, aparte de en un apartado de sonido deficiente, en una puesta en escena que en ocasiones resulta rígida y teatral, acorde al protagonismo de Juan Diego, un actor a quien le suele resultarle difícil diferenciar una interpretación sobre las tablas de una interpretación ante la cámara –que no es lo mismo, por mucho que insista en propinar alaridos y contorsionarse-.

            El relato describe con interés casi antropológico estos episodios en los que Cabeza de Vaca pasa de prisionero a chamán y líder de las tribus locales. La aproximación a este nuevo mundo que se abre ante los ojos del explorador es acertadamente alucinada –si bien no tan estimulante como el onirismo que Werner Herzog impregnaba en la antiepopeya de Aguirre, la cólera de Dios-. Pero su deslavazado esquema y una pobreza de medios no siempre bien sorteada impide que el filme profundice con intensidad en ese encuentro insólito y que cale a fondo en el fuero interno del espectador esta inquebrantable voluntad de supervivencia de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que comparta las curiosísimas aventuras y desventuras del tesorero náufrago como suyas propias.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6.

Apocalypto

18 Abr

“El pasado es como un espejo: refleja lo que sucedió en la realidad, y en la reflexión de la caída de Roma existen los mismos elementos que hay en lo que sucede hoy, las mismas cosas que hacen caer a nuestros imperios.”

Anthony Mann

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Apocalypto

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Apocalypto

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Año: 2006.

Director: Mel Gibson.

Reparto: Rudy Youngblood, Dalia Hernández, Jonathan Brewer, Morris Birdyellowhead, Carlos Emilio Báez, Hiram Soto, Raoul Trujillo, Gerardo Taracena, Rodolfo Palacios, Ricardo Díaz Mendoza, Richard Can, Carlos Ramos.

Tráiler

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           Damnificado por escándalos extracinematográficos que van desde borracheras trufadas de insultos xenófobos hasta un trasnochado fanatismo religioso pasando por episodios de violencia de género, y tan solo recuperado para la causa por amigos e íntimos colaboradores –El castor, Vacaciones en el infierno, Machete Kills, Los mercenarios 3-, Mel Gibson parece haber desistido de continuar una interesante carrera como director en la que había demostrado una notable fuerza y convicción, aunque fuese desaprovechándola en tonterías supinas como La pasión de Cristo. Suena en el horizonte un proyecto titulado Hasta el último hombre a propósito de un médico militar y objetor de conciencia en la Segunda Guerra Mundial, pero por el momento no supera el estado de preproducción.

           Así las cosas, Apocalypto pasa por ser la última película estrenada de Gibson como realizador. Aficionado a la historia y a la épica guerrera, el temperamental cineasta viajaría en el tiempo hasta los estertores de la cultura maya, inmediata a la llegada de los conquistadores españoles, para encontrar en ella una lectura aplicable a la actualidad occidental acerca de la descomposición interna de una civilización colosal debido a sus propios pecados y de la necesidad de retornar a formas de vida más puras y respetuosas con el prójimo y el entorno. Estas premisas componen el terreno y las reglas del juego bajo las que, en realidad, subyace un relato ancestral donde el representante del Bien, Garra de Jaguar, deberá escapar del acoso de las fuerzas del Mal, encarnadas por las belicosas milicias procedentes de la capital maya del Yucatán.

           El planteamiento, pues, es marcadamente maniqueo: frente a los buenos salvajes que viven en comunión con la naturaleza, bromean, demuestran conciencia cívica y son excepcionalmente guapos, se oponen los mayas urbanitas y sus vicios civilizados, como la esclavitud, la violencia arbitraria o una religión crudelísima y corrompida al servicio del poder. De ahí el vacío de sumirse en la discusión a propósito de la fidelidad histórica de la obra y de su visión sesgada o exagerada respecto a cuestiones como los sacrificios humanos, un aspecto éste de por sí estéril y no demasiado interesante para casi cualquier filme del género a no ser que él mismo proclame sus intenciones didácticas o historicistas, los cuales, si acaso, podrían achacarse aquí por detalles exhibicionistas -aunque también curiosos y apropiados para conferir verosimilitud a los personajes y su situación-, como son la elección de la lengua maya yucateca para los diálogos.

El caos, la hostilidad, la asfixia y la decadencia que impregnan la reconstrucción de la ciudadela maya, sumida en la desesperación por jinetes del apocalipsis como el hambre, la guerra y la peste, son más una mirada hacia el presente que hacia el pasado; una licencia narrativa y atmosférica más que una exposición pedagógica. De hecho, los elementos fantásticos brotan, con gran sugerencia, a lo largo del metraje –los fantasmagóricos forasteros en la selva, la niña profética, el exotismo casi extraterrestre de la cultura maya posclásica, el castigo divino para los malvados en definitiva-.

           Es precisamente esta composición de la atmósfera uno de los grandes valores de Apocalypto. Sus fotogramas, viscerales y primarios, con evidentes influencias pretéritas–el abuso ecológico en Rapa Nui; las mortíferas minas de cal en Barrabás; el deshumanizado y confuso infierno urbano en tantas otras-, pero también trabajados, vibrantes y sobrecogedores, consiguen arrojar instantes de alto voltaje sensorial e incluso emocional –la despedida del padre-.  Son imágenes que se muestran especialmente apropiadas para inducir el necesario hipnotismo al espectador y hacerle partícipe de la perspectiva de este nativo capturado con el fin de obtener el favor del dios Kukulcán gracias a su barbárica evisceración y decapitación ritual. Una conexión esencial que se obtiene asimismo mediante un acertado empleo de los rostros para el dibujo de personajes a través de arquetipos universales asociados –el héroe, el villano, la princesa, el amigo fiel, el rey noble,…-, expresados con rotundidad en numerosos primeros planos.

           De igual modo que la ambientación, el rodaje de la acción se mantiene firme en esa fina línea que separa lo impactante y arrollador de lo ridículo y cargante, y eso a pesar de que el desarrollo de los acontecimientos descubra cierto gusto por rizar el rizo –el jaguar, el parto que hasta podría cuadrar entre los citados detalles fantásticos dado sus ecos legendarios-. Gibson, haciendo honor al protagonista, también exhibe una encomiable garra para filmar la tensión y la adrenalina, con ligero abuso, eso sí, de esa cámara adosada en plano detalle a la espalda de los corredores.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Michael Kohlhaas

15 Abr

“Toda revolución se evapora y deja atrás solo el limo de una nueva burocracia.”

Franz Kafka

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Michael Kohlhaas

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Michael Kohlhaas

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Año: 2013.

Director: Arnaud des Pallières.

Reparto: Mads Mikkelsen, Mélusine Mayance, Delphine Chuillot, David Bennent, Paul Bartel, David Kross, Bruno Ganz, Denis Lavant, Roxane Duran, Sergi López.

Tráiler

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            Por dos caballos negros. La antiepopeya de Michael Kohlhaas parte de una anécdota, casi una nimiedad, para desencadenar una revolución obsesiva y desmesurada contra el poder y la injusticia, una misma cosa. Del robo de dos de sus caballos por un barón local, parte el alzamiento del tratante Kohlhaas (Mads Mikkelsen) y su improvisada legión de descontentos. El individuo que, erigido en medida de todo aunque sujeto a unos ideales superiores –el concepto de justicia-, dice basta y alza el puño contra aquello que le agravia, oprime y devora.

            En esta coproducción francoalemana, Arnaud des Pallières recupera la novela de Heinrich von Kleist, inspirada a su vez en la rebelión de Hans Kohlhase en la Sajonia del siglo XVI y que contaba ya con dos adaptaciones al cine, El rebelde, de Volker Schlöndorff, y el western Sin piedad. Del texto seminal, Michael Kohlhaas hereda un estilo desapasionado que se traduce en imágenes distantes, carentes de énfasis respecto de los sentimientos y motivaciones del protagonista y de la violencia de la rebelión –la única batalla, apenas una escaramuza, se observa desde lo alto, en la lejanía-.

Son fotogramas secos, sucintos y estrictamente descriptivos, con una destacada presencia del sonido para componer la atmósfera, además de una elaborada fotografía y un poderoso escenario natural como paradójicas concesiones a la estética, en contraste con la aspereza de la narración. Nunca se dejan llevar por el calor del momento, de la trascendencia o la agresividad de las acciones y las emociones, las cuales incluso serán cuestionadas por boca de Martín Lutero en una síntesis de la ambigüedad del personaje. A juego con la obra, Mikkelsen, escudado en ese rostro que es en sí mismo un paisaje y un discurso, emplea con acierto el minimalismo expresivo.

            A pesar de que en ocasiones se produce cierta confusión narrativa a causa de la planificación del cineasta y a que tampoco logra penetrar por completo en la profundidad abisal del relato –de enormes reminiscencias contemporáneas-, esta forma ascética dota de una sugerente y acertada abstracción atemporal a la crónica al mismo tiempo que expone el absurdo de la empresa, amén de hacer del filme un drama histórico estimulante, atípico dentro de un género que tiende a una épica guerrera plagada de tremebundas orgías sanguinolentas y discursos inflamados pretendidamente monumentales.

La sobriedad o la desnudez de la banda sonora –el silencio es un elemento predominante en la cinta- solo se rompe de cara a un desenlace que certifica la incapacidad del hombre para controlar lo que le rodea y, en consecuencia, el desolador patetismo de la revuelta, de la justicia, del sistema y los ideales degenerados, de todo. No es casual, pues, que Franz Kafka, adalid del individuo tiranizado por el Estado leviatánico y disparatado, emplease una de sus dos únicas apariciones públicas en leer pasajes de una historia que influiría de manera determinante en su obra.

 

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 7.

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