Tag Archives: Desencanto

Martín (Hache)

12 Feb

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Año: 1997.

Director: Adolfo Aristaráin.

Reparto: Juan Diego Botto, Federico Luppi, Eusebio Poncela, Cecilia Roth, Sancho Gracia.

Tráiler

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         No es de extrañar que uno de los personajes principales de Martín (Hache) sea guionista. Martín (Hache) es una película que, fundamentalmente, habla. Apenas tiene escenarios y sus conflictos se plantean, desarrollan y quizás resuelven a través del diálogo. A través de la reflexión y la teorización, no siempre conciliadas con unos sentimientos que tampoco acostumbran a expresarse mediante acciones, aunque las que se llevan a cabo sean radicales y, por lo general, expresen distintas formas de huida o, cuanto menos, de ruptura o reafirmación -la droga, el viaje, el plante, el suicidio…-.

El proceder del drama, pues, parece acorde al de ese guionista inmóvil, resguardado en su hostilidad ermitaña, al que le aterra ser padre, ser marido, ser amante y ser cineasta.

         A raíz de la exploración que se le impone al joven protagonista en su obligatorio paso a la edad adulta -¿es casualidad que uno de sus tres autoerigidos guías se llame Dante?-, en un camino de autoanálisis y autodescubrimiento que en realidad será transferido a su progenitor -víctima igualmente de una desorientación existencial que no se remedia con el paso de los años-, Martín (Hache) habla, por tanto, de cuestiones que son colectivas y privadas al mismo tiempo -la patria, la familia… el sentimiento de pertenencia en definitiva- y que se somatizan en el ánimo y el afecto del individuo -el rechazo, el autoencierro, el distinto uso evasivo de las drogas, las elecciones de fidelidad…-.

Y también habla de luchas por utopías imposibles, como Un lugar en el mundo, aunque desde ópticas tenidas por la derrota -que no necesariamente derrotadas-.

         Puede que el conjunto termine por ser demasiado teorizante como para diseccionar el componente humano que albergan estos personajes, demasiadas veces puestos al servicio de las meditaciones que se pretenden exponer desde su punto de vista particular, incluso forzando cualquier naturalidad del diálogo en pos de conseguir el impacto y la adhesión del espectador.

Dada esa distancia que se marca, porciones más viscerales o telenovelescas, como la de Alicia, acaban por resentirse. Aunque el retrato más agresivo es el que paradójicamente menos se ve afectado por ella y, en consecuencia, el que resulta más conseguido.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

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Zama

8 Feb

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Año: 2017.

Directora: Lucrecia Martel.

Reparto: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Mariana NunesDaniel Veronese, Juan Minujín, Nahuel Cano, Carlos DefeoRafael Spregelburd.

Tráiler

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         Hay quien, como el cómic y serie Preacher, imagina el infierno como la revivencia continua e inagotable del instante más doloroso, humillante o desolador de la existencia. El tormento repetido hasta la monotonía de El prisionero, el eterno día de la marmota de Atrapado en el tiempo. Advierten los expertos de que la tendencia en el campo de la tortura ha descartado el martirio físico por un método mucho más sutil y tremendamente más efectivo: la privación sensorial absoluta, capaz de desmoronar o desfigurar hasta la mente más dura.

El corregidor Diego de Zama, funcionario letrado del rey de España, acumula los días en una remota costa del imperio, abandonada de cualquier necesidad, material o metafísica, que requiera la existencia humana. Las jornadas se suceden una tras otra; lánguidas, sofocantes, solo rellenas de moscas, crueldad y molicie. En este caso, la privación a la que se encuentra sometido Zama es existencial o espiritual, y se manifiesta en una constante frustración. Ambiciones enterradas a diez metros bajo el polvo, placeres inconsumados que se pavonean ante sus ojos.

La cineasta Lucrecia Martel, que adapta desde el guion la novela de Antonio Di Benedetto, lo ubica frente al mar, contemplando el horizonte con abatimiento de náufrago. Pero, en realidad, la historia de Zama es la de Sísifo trepando ladera arriba con una piedra en este caso ínfima, pero excepcionalmente pesada, hecha de vagas esperanzas. La vida, en ocasiones, es ardua espera de la nada.

         La directora argentina envuelve la mente agotada de Zama entre paños oníricos, en una de esas pesadillas densas y pegajosas que no contienen monstruo alguno, pero que perturban hasta el fondo del alma a quien la sufre, cuya consciencia torturada se mantiene entre el sueño difuso y la lucidez febril. Los sonidos amalgamados en un fondo compacto, la banda sonora que rehuye la armonía, los animales que se mueven por el escenario como personajes de fábula, los espectros que sobrevuelan el escenario, las frases hechas y desgastadas, los sinsentidos de una sociedad urbana tratando de arañar la selva descomunal.

         Una de las frustraciones de Zama se relaciona con la propia identidad, con el desarraigo entre una América a la que rechaza y una España que lo repudia. El fracaso de Zama y su identidad es el fracaso del colonialismo español en Latinoamérica, que Martel parece conectar a través de los siglos mediante de los terratenientes salteños de La ciénaga, sumergidos como zombis en otro vacío, en otro absurdo, que deriva en otro estupor, esta vez etílico.

Pero la desorientación de Zama quizás no sea una cuestión ibérica, pues también enlaza con otra exploración colonial surrealista de estreno reciente y cuño argentino, Jauja, protagonizada por expedicionarios daneses en el corazón de la Patagonia. Zama se reservará igualmente un capítulo final de aventura abstracta. Un adentramiento en un universo de fantasmas que, a pesar de mutar el tono de la narración y dotarlo de aparente acción, no es sino la prolongación por otros medios de un mismo absurdo existencial.

         De poderosa atmósfera alucinada, esta variación aporta frescura a una obra que juega sus bazas abogando por una postura hostil y desafiante, pues esecialmente contiene como único aliciente sumergirse en el marasmo y el hastío de Zama y compartir con él su condena interminable. La decisión de que el espectador ha de sentir en sus carnes el anquilosamiento que domina a los personajes por medio de padecer su propia cuota de aburrimiento -o semejante- acostumbra a ser reivindicada desde autores que buscan trasgredir los límites convencionales de la expresión cinematográfica; pero no encuentro que sea una opción acertada, puesto que el lenguaje del cine, empleado con talento y sensibilidad, es suficientemente versátil y elocuente como para transmitirlo perfectamente al público sin necesidad de abrumarlo en la desidia. Porque, con frecuencia, la consecuencia es la limitación del interés de la película.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

The Meyerowitz Stories (New and Selected)

15 Ene

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Año: 2017.

Director: Noah Baumbach.

Reparto: Adam Sandler, Ben Stiller, Dustin Hoffman, Emma Thompson, Elizabeth Marvel, Grace Van Patten, Judd Hirsch, Rebecca Miller, Adam Driver, Sigourney Weaver.

Tráiler

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          La revolución será televisada en streaming. La concurrencia en la sección oficial de Cannes de Okja y The Meyerowitz Stories, producidas y distribuidas por la plataforma de entretenimiento digital Netflix, dinamitó los límites del certamen más importante del séptimo arte y las fronteras de lo que se considera cine y lo que no. Es decir, si se podía considerar cine una obra que prescinde de la pantalla grande y la sala oscura, de la magia de la atmósfera y del ritual del disfrute cinéfilo. Una pérdida frente a la que algunos cineastas esgrimen la holgura presupuestaria, la relativa libertad artística y el potencial de alcance que, por el contrario, les garantiza un servicio con más de cien millones de suscriptores en el mundo.

          Sería injusto no considerar cine a The Meyerowitz Stories, puesto que se trata de un filme plenamente cinematográfico. El peso de su guion, de los encuentros y conversaciones entre los personajes -encarnados por un elenco bien dirigido-, es fundamental en su relato. Pero todavía más relevantes y sobre todo más expresivos son los pequeños gestos, motivos visuales y detalles de interpretación que acompañan cada escena. Un abrazo con sabor a punto y aparte, un amago de mensaje en el WhatsApp, una cámara entrometida que oculta del plano, un balbuceo que simula saber la letra de una canción.

Son estas pequeñas ‘naderías’ cotidianas las que emplea Noah Baumbach para completar un agridulce retrato de unos seres abandonados, por exceso o por defecto de atención, que se reúnen de nuevo en torno al patriarca del clan, eje de gravedad alrededor del cual orbita su existencia pasada y presente. Del choque surge una narración capitular que resulta dinámica, a la par de unos diálogos ágiles, y un haz de sentimientos que van de la frustración contenida a la rabia apenas canalizada, de los celos al amor incondicional; así como la transición entre etapas que van del fin de la inocencia -por delegación- al cierre de episodios personales y la recuperación del equilibrio interior. La herencia, la independencia.

          De esta forma, The Meyerowitz Stories sustenta sobre estas atinadas y cálidas muestras de sutileza expositiva la premisa tradicional -y un tanto agotadora- del decisivo reencuentro familiar con cuentas por saldar. El filme comparte esa mirada hacia una inmadurez estancada propia del cine indie, aquella reivindicada y canonizada por Wes Anderson -su parte quizás más tópica y desde luego más irritante-, aunque con el matiz de una visión compleja de las relaciones humanas y una idiosincrasia neoyorkina/judía que también recuerda a Woody Allen, con mayor ternura para con sus criaturas pero con menos calado trascendente.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

Lejos del cielo

4 Dic

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Año: 2002.

Director: Todd Haynes.

Reparto: Julianne Moore, Dennis Quaid, Dennis Haysbert, Patricia Clarkson, Viola Davis, James Rebhorn, Ryan Ward, Lindsay Andretta.

Tráiler

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          Es significativo que Mad Men, la gran obra contemporánea en la que se exponen y desmontan los principios sociales y psicológicos del American Way of Life de los años cincuenta y sesenta, esté ambientada en el mundillo de la publicidad, agente constructor de este imaginario sublimado a todo color y todo sonrisas. Pura propaganda de un país, los Estados Unidos, que ha sabido como ninguno implantar y exportar una serie de constructos ideales mediante los cuales se presenta al mundo y a sí mismo. El país de la libertad, el país de las oportunidades, el país de la felicidad material.

Desde este mismo contexto actual, películas como Revolutionary Road, Lejos del cielo o Carol recuperaron las esencias del melodrama de Douglas Sirk para abundar en la destrucción de los tópicos que levantaban una de las vigas maestras de esta cosmovisión: la institución familiar como refugio esencial, el matrimonio como cuento de hadas, la maravilla inmaculada de la paternidad, la infancia como bastión de la inocencia, el hogar como sancta sanctorum de la realización personal.

          Las dos últimas están firmadas por Todd Haynes y, precisamente, encuentran puntos de coincidencia con el filme más celebrado del cineasta de origen alemán, Imitación a la vida, en la exposición de las frustraciones sentimentales que arrastran los amores cercenados por las imposiciones de la sociedad. Además, en Lejos del cielo, también es reseñable que la protagonista y su marido protagonicen anuncios de televisores, electrodoméstico estrella del periodo y, por ende,  un elemento simbólico de gran relevancia en la mencionada cinta de Sirk.

Como en las pinturas de Norman Rockwell y en numerosas películas de la época -de la que parece extraerse asimismo una banda sonora clásica y sostenida durante prácticamente todo el metraje-, el color adquiere una importancia capital en Lejos del cielo. De inicio, sirve para recobrar esa atmósfera pretendidamente idílica de la vida en los suburbios, entre enormes casas ajardinadas, opíparas reuniones comunitarias y lujos materiales de toda clase. Esto será así en la presentación de la protagonista del relato, Cathy (Julianne Moore), pero en el caso de su marido, Frank (Dennis Quaid), el cromatismo de los fotogramas es igualmente intenso, aunque en cambio arroja combinaciones agresivas en medio de una ambientación nocturna, marcada por contrastes desapacibles que avanzan la presencia de un tormento interior que amenaza con aflorar a la superficie y contaminar el escenario.

De hecho, en este aspecto de la realización, las tornas se invertirán progresivamente a lo largo de un argumento que plantea el despertar ante una situación que, en efecto, nada tiene que ver con la maravilla prometida por una vida, literalmente, de revista.

          Por acumulación, las premisas dramáticas de Lejos del cielo poseen potencial para derivar en una narración tremendista, e incluso, si se apura, telefilmero en su desarrollo de acontecimientos. Sin embargo, Haynes es un maestro de la contención -hasta el punto de que en ocasiones es entendido como frialdad o desapasionamiento por parte de algunos espectadores-. Retrata al monstruo con suaves pinceladas, mediante las que da forma al entorno restrictivo, represivo, vigilante, racista y clasista que habitan los protagonistas.

A partir de ahí, al mismo tiempo comprensivo y sin rastro alguno de afectación, Haynes otorga entidad a estos personajes en conflicto y los deja obrar con naturalidad para que, poco a poco, el espectador presencie y sienta como suyas sus preocupaciones, sus pesares y sus desengaños. El director y guionista angelino tampoco es despiadado en la tragedia, ni las conclusiones de este proceso emocional y existencial tienen por qué ser estrictamente pesimistas. Lejos del cielo se abre en unas hojas a punto de caer por el otoño, pero se cierra con la imagen de una rama florecida.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

Un sol interior

21 Nov

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Año: 2017.

Directora: Claire Denis.

Reparto: Juliette Binoche, Xavier Beaubois, Nicolas Duvauchelle, Laurent Grévill, Alex Descas, Valeria Bruni Tedeschi, Gérard Depardieu.

Tráiler

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         “No existe ese príncipe azul de Walt Disney, ni el de ahora de las sombras de Grey“, afirmaba en una entrevista la actriz y escritora Mar Regueras. Uno de los estereotipos más frustrantes y nocivos de las fantasías románticas, potenciadas especialmente por el cine, es la idea de la realización amorosa predestinada y correspondida.

La protagonista de Un sol interior vaga por París hecha un paño de lágrimas en busca de su amor verdadero y definitivo. En su camino, tan solo se cruza con empresarios sinvergüenzas, artistas intensitos, oportunistas carroñeros, intelectuales pagados de sí mismos e idilios irremediablemente marchitos.

         Esta es la película romántica de Claire Denis, un género apenas transitado de forma frontal –Viernes noche– por esta cineasta con querencia por argumentos recios, hasta con un punto de sordidez. Y, en efecto, por medio de las peripecias de la despechada, fracasada y solitaria Isabelle (Juliette Binoche), tomadas de una novela de Roland Barthes, la directora y coguionista hace escarnio de las películas románticas al mismo tiempo que arremete contra los códigos que falazmente han implantado en la concepción amorosa extracinematográfica. 

Por el camino, invalida asimismo los consejos existencialistas de tres al cuarto e incluso, en el genial equívoco final -que por medio de su interesante inserción en los títulos de crédito se erige a la vez en resumen y anticipo de un relato inconcluso y acaso irredimible-, las teorizaciones psicoanalíticas del cortejo y el enamoramiento humano. Sin embargo, y a pesar de todo, pervive en ella una pequeña y cálida sensación de esperanza, quizás meramente ilusoria. 

         Un sol interior no es una película clemente hacia sus personajes, ni siquiera hacia una Isabelle inconstante, contradictoria y muy, muy despistada. Pero más cruel es en el retrato masculino, poblada por galanes lamentables, estúpidos, atolondrados o simplemente egoístas. Denis abre el filme con su protagonista al desnudo, aunque el contacto que la ofrece se asemeja más una embestida que una muestra de cariño o, cuanto menos, de deseo. La caricia -de haberla- es un sobeteo burdo, las conversaciones apenas transmiten nada y el desamparo de la mujer se acentúa poco a poco, encuentro a encuentro, desencanto a desencanto. 

El tono narrativo, de paladeable acritud y acidez, tarda un tanto en asentarse, por lo que la empatía hacia la función va en línea ascendente, toda vez que se comprende y se acepta el agreste y común ridículo en el que vive y se desespera Isabelle, que tiene rasgos perfectamente reconocibles para todo aquel que no sea un absoluto triunfador en los amores.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

Madame Hyde

18 Nov

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Año: 2017.

Director: Serge Bozon.

Reparto: Isabelle Huppert, Adda Senani, Romain Duris, José García, Roxane Arnal, Angèle Metzger.

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          En realidad, la dualidad del doctor Jekyll y Míster Hyde que expone el relato de Madame Hyde no apunta tanto hacia la protagonista -una maestra hundida en el fracaso y la mediocridad que tras un accidente de laboratorio se transforma ocasionalmente en un cuerpo incandescente- como hacia la sociedad francesa, representada a partir de un tremebundo sistema escolar. Es la Francia de la libertad, igualdad y fraternidad que colisiona violentamente contra la Francia de la marginación mediante el banlieue, la asmietría de oportunidades y la renuncia a la respuesta integrada de su multiculturalismo. La Francia presidida por un director de instituto de discurso petulante, inconexo y vacío que, en su tremenda torpeza e insensibilidad -amén de por su estética extravagante-, parece un villano de dibujos animados.

          Debajo de su esencia de comedia absurda, guiada por una Isabelle Huppert perfecta en la encarnación de una mujer anodina repleta de ira contenida y que ni siquiera parece hallar el camino cuando es tocada por lo extraordinario –cosechó premio en el festival de Locarno-, Madame Hyde oculta venenosos dardos en contra de un sistema que también disfraza su monstruosidad con ropajes vulgares, aceptados desde argumentaciones elitistas, mezquinas, conformistas.

El filme también posee detalles hilarantes en su presentación de la naturaleza y las circunstancias de la profesora -el material con el que se conforma la personalidad-, así como en su juego con el tópico del docente carismático que motiva y redime a las ovejas descarriadas, aquí de la mano de una renovada energía que es, literalmente, incendiaria. Porque la búsqueda de la fórmula de la enseñanza es el otro pilar maestro de la cinta.

          Pero el desarrollo de Madame Hyde es cuanto menos desconcertante. No por los hechos sobrenaturales o simplemente excéntricos que rompen con el verismo ligeramente caricaturizado de su retrato sociocultural, o por la transgresión de los códigos de géneros como el drama social y el fantástico -el filme ni es ni quiere ser lo uno o lo otro… y es los dos al mismo tiempo-, sino porque la narración de Serge Bozon -que arrastra e ironiza con su propio trauma como exprofesor de filosofía- avanza dando bandazos, de forma dispersa, confusa e incluso contradictoria, con vocación anticlimática, casi desinteresada por el aspecto interior de los personajes y muy irregular en cualquier otra lectura que pueda hacerse de ella.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6.

Siempre llueve en domingo

1 Nov

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Año: 1947.

Director: Robert Hamer.

Reparto: Googie Withers, Patricia Plunkett, Edward Chapman, Susan Shaw, David Liney, John Slater, Sydney Tafler, Betty Ann Davies, Jimmy Hanley, John Carol, Alfie Bass, Jack Warner, John McCallum.

Tráiler

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          ‘Kitchen sink films’, películas del fregadero de la cocina. Este será uno de los sobrenombres que recibe la corriente del Free Cinema, que irrumpirá a finales de los años cincuenta clamando por la restauración de la realidad, la autenticidad y el compromiso en un cine británico adocenado y burgués. Sin embargo, este grupo de Angry Young Men no partía de la nada. El documental de corte social poseía un profundo arraigo en las islas y, además, algunas producciones de décadas anteriores se habían afirmado ya sobre el empedrado húmedo de las aceras del país, entre sus pubs y sus fábricas, para trazar historias con las que el ciudadano común pudiera identificarse. Siempre llueve en domingo, por ejemplo, transcurre precisamente en buena medida en la cocina de una ama de casa que atiende la comida dominical, friega y zurce los calcetines de su esposo al mismo tiempo que oculta en el dormitorio a un preso fugado en recuerdo de su antiguo amor.

          Es decir, que en este modulado melodrama social y criminal de loes estudios Ealing -propulsores de un estilo realista-, heredado de una novela de Arthur La Bern -también escritor del Frenesí que adaptará Alfred Hitchcock-, se combina la ambientación cruda con el cliché cinematográfico para componer una especie de retrato coral, entre el costumbrismo y el ‘spiv film’ -el cine criminal del estraperlo de posguerra, de alientos tan crudos como líricos-, del que se extrae unas conclusiones que aspiran al verismo en su pesimista galería de personajes resignados a la rutina, escarmentados por el hecho de que elementos arquetípicos que acostumbran a engendrar las historias del cine -la pasión del romance, la adrenalina de la delincuencia- son en verdad desalentadoramente corrientes e improductivos. El contexto podría equipararse, a su manera, al neorrealismo menos estricto de Vittorio de Sica.

          Pese a estos recursos clásicos de la ficción -el forajido a la huida, el idilio dramáticamente mutilado, los triángulos amorosos-, la película ofrece, paradójicamente, un relato siempre apegado a la cotidianeidad de la clase trabajadora que puebla en East End londinense posterior a la Segunda Guerra Mundial, con sus aprietos ordinarios y sus relajos triviales, tan mundanos, intrascendentes o hasta decepcionantes como que, en efecto, siempre llueva en domingo. Al contrario que otros ejemplos más noir de la época, como Larga es la noche, más próxima al realismo poético francés, la participación del prófugo en los acontecimientos es prácticamente un mcguffin destinado a impulsar los sentimientos reprimidos del principal personaje femenino. Atenta a los ritmos y a la vida de las calles, la esencia romántica del séptimo arte solo pertenece a los pósters que cuelgan en la pared de las habitaciones de las jovencitas.

          A partir de ahí, Siempre llueve en domingo desarrolla una narración coral en la que trata de exponer un discurso moralista que se configura mediante una gradación ética de los personajes -la ambigüedad, la hipocresía, la atracción por la vida fácil como recurso de escape de la pobreza, la honestidad y el esfuerzo…- que se plantea incluso en el seno de una familia alrededor del cual gravita la acción y de otros núcleos secundarios -los judíos Hyams-. Hay una irregularidad en el recorrido y una previsibilidad de este cúmulo de subtramas, que no obstante queda suplido por su madura falta de condescendencia, por esa notable atmósfera general, en definitiva, adolorida y fatigada por la dura labor de la semana, desengañada por las crudezas de una vida que en absoluto es de cine.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

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