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Las niñas

6 Sep

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Año: 2020.

Directora: Pilar Palomero.

Reparto: Andrea Fandós, Natalia de Molina, Zoe Arnao, Julia Sierra, Francesca Piñón, Ainara Nieto, Carlota Gurpegui, Elisa Martínez, Neus Pàmies, Mercè Mariné.

Tráiler

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           Las niñas arranca con una canción muda, enmarcada en fotogramas de fomato prácticamente cuadrado. Es el relato de una niña que todavía ha de desarrollar su propia voz en un contexto de estrecheces -las dificultades que atraviesa junto a su madre- y opresiones -las férreas pautas morales de un colegio de monjas de la Zaragoza de principios de los años noventa-. El de Celia es un mundo en ebullición, donde las preguntas sobre el niño Jesús colisionan con el descubrimiento de los omnipresentes mensajes -biológicos, sociales, comerciales- acerca del sexo; las muñecas con los cigarrillos; el núcleo familiar con el círculo de amistades. La niña en vías de marcharse y la joven en ciernes.

           Las niñas es de esas películas sobre la maduración infantil que dependen, en gran medida, de la calidad de su realismo. Guionista y directora, Pilar Palomero demuestra estimable capacidad para el recuerdo auditivo y ambiental para recrear este espacio particular, así como talento para dar cuerpo y personalidad a los personajes, identificables con arquetipos juveniles pero sin que se desplomen en el cliché, encarnados asimismo por un correcto elenco de actrices. También incide en el reconocimiento y el -siempre chantajista- guiño a la nostalgia a través de los objetos de época.

           En cierto punto, da la sensación de que la película se va a quedar en esa recreación, en esa reproducción memorística, pero su armazón dramático y emocional se va desplegando progresivamente. Celia está harta, y tiene fundadas razones para ello, tanto o más cuando se encuentra atravesando una etapa tremendamente peliaguda, de enorme y potencialmente catastrófica presión social. De ahí manan conflictos como la separación y el acercamiento a la figura de la madre, primero con un plano secuencia que desvela una ausencia dolorosa que la abandona en un espacio de aspecto penitenciario y luego con una comprensión y un conocimiento mutuos que, con inteligencia, se mide más en gestos que en palabras.

En esos momentos, Palomero suele acercar la cámara a la piel de las protagonistas, como uniéndose al abrazo, a la caricia. Es una mirada que presta atención a los detalles para asimilarse y definir a los personajes, tal y como ocurre al comienzo, con esa comparativa de trenzas y peinados que resulta tan expresiva para colocar todo en su sitio. En la misma línea, el primero plano del rostro cobra gran relevancia, como atestigua ese conmovedor cierre con el que culmina el retrato de esta niña en busca de su propia voz.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

La posesión

24 Jul

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Año: 1981.

Director: Andrzej Zulawski.

Reparto: Sam Neill, Isabelle Adjani, Heinz Bennent, Michael Hogben, Shaun Lawnton, Carl Duering, Joanna Hofer, Maximilian Rüthlein.

Tráiler

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         Más allá de cualquier consideración, no es ocioso afirmar que La posesión es un drama de pareja como pocas veces se ha visto. Su título ya juega con la polisemia: una relación tóxica, en la que se observa a la pareja como propiedad inalienable, y un apoderamiento del espíritu por parte de un ente sobrenatural, presumiblemente diabólico o quizás divino. Con Andrzej Zulawski es difícil saber. Él mismo se encontraba exorcizando los demonios de su propio divorcio.

         En su delirio, el marido imagina a su mujer infiel como una criatura poseída mental, física y sexualmente por el mal. O al menos, a tenor de las pistas que desliza el texto, es una de las interpretaciones que se pueden trazar en este argumento que toma rasgos del melodrama familiar para deformarlos en una histeria psicótica. El Muro de Berlín, bajo el que se desarrolla una acción que también deja tras de sí alusiones alucinadas al cine de espías, ejerce asimismo de elemento simbólico acerca de una humanidad enloquecida y homicida, como podría reafirmarse igualmente en el desenlace.

De entre estas rendijas brota torrencial el fantástico. En efecto, hay alguna escena de posesión física en los túneles del metro que podría equipararse a las del clásico El exorcista, y hay criaturas abominables que nacen y se alimentan del mal -y no tienen por qué tener tentáculos-. Pero es como si se hubiera desnudado casi por completo de texturas y sugerencias a la obra de William Friedkin o a una incursión onírica de David Lynch. Más cercana probablemente a David Cronenberg -un autor para el que la degeneración moral cobra cuerpo, materia o patología, y que no por nada había plasmado las monstruosidades de su propio divorcio en Cromosoma 3, dos años anterior- es una desnudez tan patética como aterradora. Y, desde luego, incómoda, que es la sensación predominante a lo largo del metraje.

         Esos tramos donde termina de consolidarse lo grotesco ni siquiera tienen ya los constantes, raudos y perturbados movimientos de cámara que caracterizaban el arranque de la película, y que en parte regresan hacia su conclusión. Los cortes entre escenas son igualmente agresivos, conformando una mirada altamente inestable hacia un mundo enfermizo, degenerado; devorado por un cáncer que lo reduce a espacios revueltos, a ruinas arquitectónicas, a lugares vacíos e impersonales. Sam Neill se mueve como en una pesadilla lúcida, viscosa y agobiante, de la que no puede despegarse. Todo ocurre a una velocidad distinta a la normal, todo va desgarrando el tejido de lo lógico. El contacto invasivo. La hipergestualidad. Los comportamientos irracionales. La espiral de obsesión y crueldad.

         El exceso forma parte nuclear de la oscuridad que dibuja Zulawski. Pero, ¿sobreviviría La posesión sin despeñarse en lo ridículo de faltarle Isabelle Adjani? Es probable que no, examinando en contrapartida la poco convincente sobreactuación del intérprete norirlandés. La belleza etérea de la francesa, sus ojos fuera de las órbitas, su estallido visceral y su convulso arrebato ensalzan un papel tremendamente exigente, en lo físico y lo psicológico. Se asegura que intentó suicidarse una vez concluida la transformación. Un acto que se diría tristemente acorde con esa esencia mórbida e inhumana que deja impregnada el tour de force que es este fime, hipnótico, tortuoso y malsano, y también desconcertante, kitsch y exagerado.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Desmontando a Harry

3 Jul

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Año: 1997.

Director: Woody Allen.

Reparto: Woody Allen, Elisabeth Shue, Billy Crystal, Judy Davis, Amy Irving, Julia Louise-Dreyfus, Richard Benjamin, Kristie Allen, Demi Moore, Stanley Tucci, Tobey Maguire, Hazelle Goodman, Bob Balaban, Eric Lloyd, Caroline Aaron, Eric Bogosian, Shifra Lerer, Hy Anzell, Robin Williams, Julie Kavner, Mariel Hemingway, Tony Sirico, Jennifer Garner, Paul Giamatti.

Tráiler

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         Martin Scorsese sostenía acerca del cine de Ingmar Bergman que sus películas del eran una conversación consigo mismo. El esquivo autor escandinavo no escondía el peso autobiográfico y autoanalítico que sustentaba su obra. Woody Allen, devoto admirador y probablemente el más digno heredero del sueco, también emplea esa introspección para indagar en su inestabilidad emocional, su deriva amorosa, el sentido de su propia existencia. En Desmontando a Harry, el neoyorkino se apropia de las Fresas salvajes de Bergman para, a lo largo de un viaje por carretera y de un recorrido por la literatura del protagonista, viviseccionar la personalidad y las inquietudes de un hombre que vive a través de su obra, tal es su inadaptación a la vida. Aunque es evidente asimismo la influencia del de Federico Fellini y, siguiendo esta huella, en cierta manera podría considerársela una remodelación de su anterior Recuerdos.

         La confrontación entre la autoficción y la realidad de Harry Block depara un juego que, como señala el propio investigado, es tan triste como divertido. El de Desmontando a Harry es un retrato despiadado sobre un tipo tan hecho trizas como su camiseta interior, presa de un aterrador vacío afectivo que deriva en un aterrador bloqueo creativo. Allen expone la mezquindad con la que el personaje resuelve su hiperactividad sexual, castigada al obligarlo a ir rogando de forma lamentable que alguien le acompañe al homenaje que le rinde esa misma universidad que años atrás lo expulsó por inútil. Pero, por mor de la debida complejidad, también hace empatizable su desesperación frente el abismo y destaca su capacidad para transformar toda esta mierda privada en oro, en arte que puede incluso ser terapéutico para sus semejantes, bien como entretenimiento bien como herramienta para entender mejor la existencia.

         Allen rompe en parte con el sobrio clasicismo que suele caracterizar su gramática. Refleja la perspectiva fragmentada e inquieta del protagonista desde el montaje -los cortes, los flashbacks-, aunque sobresale especialmente, con gran sentido cómico, esa manifestación del mundo creativo de Harry Block mediante una puesta en escena cinematográfica. Es decir, la representación de la vida hecha representación de cine, con sus actores, su fantasía y, por supuesto, su innegociable subjetividad. Una traducción o más bien adaptación -e incluso sublimación- de la propia vida frente a la que el creador rinde cuentas literalmente, pues sus criaturas se alzan en rebeldía para replicarle. Y le replican tanto a Block -un escritor que plasma su biografía ligeramente disimulada- como a Allen, por tanto, pues las grandes motivaciones temáticas de sus obras son compartidas: los inexplicables deseos del corazón y el camino de rosas y espinas que arrastran tras ellos; el desasosiego ante un mundo agresivo y hostil; el temor hacia la mortalidad pese a una vida agridulce y desencantada; la búsqueda permanente de consuelo y realización…

         Puede que Desmontando a Harry sea una de las películas más afinadas de Allen. Es una crítica, afilada, profunda y honesta -a la par que ingeniosa e hilarante- exploración de un artista y su relación con la realidad y con su obra. Agridulce, rica en matices. Madura y contundente.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 9.

Showgirls

29 Jun

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Año: 1995.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Elizabeth Berkley, Gina Gershon, Kyle MacLachlan, Gina Ravera, Glenn Plummer, Robert Davi, Lin Tucci, Rena Riffel, Alan Rachins, Patrick Bristow, Michelle Johnston, Al Ruscio, Greg Travis, Melissa Williams, William Shockley.

Tráiler

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         ¿Es Showgirls ese bodrio denigrado en su momento que hundió para siempre la carrera de Elizabeth Berkley y por el que Paul Verhoeven se autocastigó recogiendo el Razzie a peor realizador y hasta llegó a firmar con el seudónimo Jan Jansen en su edición para televisión? ¿O es en cambio esa sátira acidísima e incomprendida acerca del sueño americano que se tiende a reivindicar como película de culto en los últimos tiempos?

         El director neerlandés y el escritor Joe Eszterhas repetían el tándem que había triunfado con el thriller erótico por excelencia, Instinto básico, para adentrarse en otra historia de sordidez y sexualidad, esta vez ambientada en el mundo de las strippers de Las Vegas, que al parecer recorrieron personalmente mendiante exhaustivas entrevistas a trabajadoras del gremio. Lo cierto es que esa sarcástica y malintencionada cinta de superhéroes que es Robocop bien podría ya entregar pistas sobre la naturaleza de Verhoeven como eso que Martin Scorsese venía a llamar cineasta contrabandista, es decir, aquel que aprovecha filmes de encargo, de género o relativamente sujetos a convenciones para, de tapadillo, deslizar mensajes de calado, en este caso contra la sociedad capitalista estadounidense. Una mirada que repetiría de nuevo en otro taquillazo de ciencia ficción como Desafío total. Por ello, Showgirls podría considerarse más cerca de estas que de Instinto básico.

         Showgirls es un calenturiento cuento moral cuyo reflejo de la cadena trófica del sistema económico y laboral de los Estados Unidos cobra incluso más vigencia en la actualidad, en vista del fomento del individualismo y la ultracompetitividad como pretendida herramienta de supervivencia de una clase trabajadora precarizada. “El mejor consejo que me dieron nunca es que, si alguien se interpone en tu camino, písalo hasta que quedes tú sola”, le aconseja a la protagonista esa rival y referente con la que desarrolla una auténtica relación de vampirismo, en la que una ha de cazar y devorar a la otra para asumir su fuerza, su sexualidad y su puesto como prima donna. Un poco como Eva al desnudo, versión exploitation con erotismo cutre. “¡Vende tu cuerpo! ¡Véndelo!”, le gritaba antes el director del espectáculo. “Todos nos prostituimos”, insisten las conclusiones, verbalizadas de nuevo por esa desengañada diosa-esclava, pieza tuneable y de reemplazo en un espectáculo siempre en marcha y hambriento, que no tolera debilidad ni envejecimiento. Los neones que claman por la salvación espiritual están averiados.

         Impregnados de esa grotesca distopía andante que es la denominada “ciudad del pecado”, Verhoeven y Eszterhas no son en absoluto sutiles en su discurso. Nomi Malone, aspirante a bailarina con un turbio pasado permanente colgado de sus hombros, es un personaje desconcertante y -apropiadamente- antipático que, en esta línea, acomete una historia de arribismo que, en otro escenario, bien podría servir para erigir un retrato de uno de esos triunfadores hechos a sí mismos que la mitología norteamericana acostumbra a situar como forjadores de la nación. O para darle una vuelta de tuerca veraz a Flashdance -que precisamente tenía al hungaroamericano en el libreto-.

El paisaje humano que arrojan los creadores es, en realidad, tremendamente tenebroso, puesto que apenas se encuentra un único personaje por completo positivo -la compañera y amiga, que recibirá su propia lección al respecto-, mientras que son contadas las muestras de sentimiento que aparecen en pantalla -entre ellas, una de las más extrañas declaraciones de de amor parental del cine- o de estrafalaria esperanza -ese vestido de ‘Versase’ que brota presentado como un sueño, por ejemplo-. Con todo, bien por la debilidad bien la despreocupación del guion, las relaciones entre ellos se construyen y traban de manera casi caprichosa, a veces inexplicable. Y esa esencia hortera se halla también en la raíz misma de un desenlace tan abrupto, tajante y risiblemente apoteósico que, por ello, no deja de ser igual de farsesco y delirante que todo lo anterior.

         La defenestración de Showgirls truncó los planes de rodar una secuela, Nomi Does Hollywood, que parecía una ampliación bastante consecuente del universo aquí descrito -si bien una de las actrices de la presente, Rena Riffel, escribirá, dirigirá y protagonizará su propia continuación ‘underground’, Showgirls 2: Penny’s from Heaven, estrenada en 2011-. Con todo, dos años después de Showgirls, Verhoeven, con su caché tocado y casi hundido, sería todavía más disimuladamente contrabandista en Starship Troopers: Las brigadas del espacio. De nuevo, se saldaría con un fracaso.

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Nota IMDB: 4,9.

Nota FilmAffinity: 3,9.

Nota del blog: 6,5.

Human Nature

22 Jun

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Año: 2001.

Director: Michel Gondry.

Reparto: Patricia Arquette, Tim Robbins, Rhys Ifans, Miranda Otto, Mary Kay Place, Robert Forster, Rosie Perez, Miguel Sandoval, Peter Dinklage, Toby Huss, Hilary Duff.

Tráiler

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          En Human Nature hay un batiburrillo de conceptos que aúnan el grito de auxilio de una persona que se siente inadaptada en una sociedad que es represión, coacción y prejuicio. Desde los abusones que oprimen al diferente hasta las normas de convivencia que acondicionan la libertad del individuo. Pero el elogio del buen salvaje que escribe Charlie Kaufman -que había consolidado su nombre tras conseguir sacar adelante la sorprendente Cómo ser John Malkovich– y dirige Michel Gondry -recién llegado del vídeo musical y los anuncios comerciales, con notable prestigio acumulado- es engañoso, pues queda rematado por una puntilla entre cínica y pesimista.

          El camino que se recorre hasta ahí, no obstante, se emprende a través de una caricatura naif, aunque con puntuales detalles sórdidos -la violencia, el sexo-. La sensibilidad que muestra Gondry desde la realización es análoga, con fugas creativas -el cambio de formato y textura de los recuerdos, la sátira disneyniana- de aspecto inocente en su surrealismo, pero bajo las que subyace una realidad conflictiva.

          En lo argumental, este retrato deformando que dibuja Human Nature -en el que se confronta a una mujer marginada por su vello corporal, un científico de psicología acomplejada y un hombre criado en lo salvaje- no resulta demasiado afilado en su indagación en la pérdida de empatía y naturalidad del ser humano, un tanto reiterativo en determinadas ideas y con una irregular afinación cómica que va desde escenas originales y mordaces a otras pobremente ejecutadas que terminan por provocar cierto sonrojo.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5,5.

Trenes rigurosamente vigilados

4 Dic

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Año: 1966.

Director: Jiří Menzel.

Reparto: Václav Neckář, Josef Somr, Vlastimil Brodský, Jitka Bendová, Vladimír Valenta, Jitka Zelenohorská, Libuše Havelková, Naďa Urbánková, Jiří Menzel.

Filme

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         Bohumil Hrabal murió a los 82 años tras caer de un quinto piso cuando estaba dando de comer a las palomas. Nunca pudo aclararse si se trató de un accidente o de un suicidio, pero el suceso bien podría definir el sentido del humor que caracteriza su obra literaria, en la que lo absurdo se encuentra con lo trágico en mitad de la vida cotidiana de unas personas perfectamente corrientes y molientes.

Ni siquiera podrá alterar esta constante la ocupación nazi de Checoslovaquia durante la Segunda Guerra Mundial, telón de fondo de Trenes rigurosamente vigilados, probablemente su novela más popular gracias al Óscar a la mejor película extranjera que cosechó su adaptación al cine, llevada a cabo por Jiří Menzel, un cineasta que entregaba aquí su primer largometraje y que, precisamente, hará del corpus del escritor moravo una de las piedras angulares de su filmografía -su segmento anterior de Las perlas del fondo del agua, Alondras en el alambre, Tijeretazos, La fiesta de las campanillas verdes, Yo serví al rey de Inglaterra-. El propio Hrabal colaborará estrechamente en la confección del libreto.

         Un beso sin consumar a los pies de los raíles, mientras el tren aleja los labios de la amada, bien sirve para sintetizar las inquietudes que azoran la mente del joven Miloš, aprendiz de guardavía y heredero de una estirpe de vagos redomados. Este es el improbable héroe que protagoniza Trenes rigurosamente vigilados, una comedia de tiempos de guerra -en concreto, en los de la “estratégica” y “excelente” retirada de los ejércitos alemanes que ya huelen la derrota- y en la que uno parece encontrarse de improviso con el espíritu de Luis García Berlanga, aunque extrañamente pasmado por una turbación erótica adolescente no resuelta, en mitad de un decorado casi desgajado del tiempo y el espacio, casi surrealista, pero que sin embargo recorren unos convoyes que van de un lado a otro de la masacre. Es una atmósfera extraña, a veces como de duermevela, sumergida en una obnubilación en blanco y negro.

         Porque, en realidad, el sexo es la fuerza alrededor de la cual gravitan sus pintorescos personajes, sin distinción de género -sorprende hoy la sana igualdad con la que hombres y mujeres experimentan las calenturas de la carne-. El texto vierte sobre ellos un humor afilado y entrañable que, a la postre, desnuda la insensatez y el ridículo de la barbarie. En un relato con semejante trasfondo de resistencia contra el monstruo, los momentos más solemnes se conceden a la ‘coronación’ con el gorro del uniforme del chaval, tremendamente comprensible en su vulgar zozobra romántica, y a su primera consecución con éxito de la misión. Al igual que la guerra, la épica, por más que sea la del bando de los buenos, no tiene sentido.

La humanidad de Trenes rigurosamente vigilados, sutil y profunda tras su engañoso y subversivo desenfado, revela al individuo común como víctima de los inmisericordes y esperpénticos acontecimientos históricos, movidos si acaso por absolutos botarates con ansia de vana gloria.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 9.

Instinto básico

17 Jul

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Año: 1992.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Michael Douglas, Sharon Stone, Jeanne Tripplehorn, George Dzundza, Denis Arndt, Leilani Sarelle, Bruce A. Young, Dorothy Malone, Daniel von Bargen, Wayne Knight.

Tráiler

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         El thriller erótico -esas producciones que explotaban crimen, sexo y dominación, en especial durante la década de los noventa y bajo unas formas en buena medida inadmisibles en la era del ‘me too’- tiene un nombre propio: Instinto básico. O más todavía: Sharon Stone. Un cruce de piernas que se graba a fuego en un género y en la historia del cine.

El alto voltaje sexual de las imágenes de Instinto básico fundiría su huella en la memoria colectiva de unas cuantas generaciones. En realidad, el efecto es exactamente idéntico al que Catherine Tramell, literata envuelta en una densísima niebla de misterio homicida, suscita al grupo de machos que se enfrenta a ella en la escena. El peso de la autoridad policial, legal, moral y patriarcal que intenta empujar contra la pared a la sospechosa termina subvertido por la simple y arrolladora potencia de la carne; de la tentación y la lujuria. El deseo, apenas entrevisto, es capaz de derribar cualquier convención construida por la sociedad, tal es la fuerza primaria que alberga.

         Catherine Tramell es un símbolo. La femme fatale explícita. La devoradora de hombres. La diosa ancestral que somete a los mortales ofuscando su razón a través de una llamada animal. El eros y el tánatos colisionando bajo una mirada insinuante, bajo la provocación incesante. La investigación que emprende Nick Curran, policía de la ciudad de San Francisco, es una carrera de resistencia contra ese impulso prácticamente irrefrenable, dada la magnitud de los cantos de sirena que, cree, envenenan sus oídos.

Pero Paul Verhoeven, un agitador holandés que había conseguido infiltrarse en los cuarteles de Hollywood como si fuese un agente doble, un cineasta al que le apasiona hurgar en las relaciones de poder que se establecen por medio de la sexualidad desatada, no se detiene en las evocaciones atávicas de la guerra de sexos. A partir de la novela original de Joe Eszterhas, Verhoeven empareja las pulsiones de violencia sexual y criminal de la presunta asesina con las del presunto garante de la ley, de manera que va desnudando la hipocresía que la sociedad trata de ocultar bajo ropajes de falsa dignidad. La mirada provocativa de Tramell también sirve para aplicar dosis de corrosiva ironía a la hora de estimar la respetabilidad como asunto político o de trazar un retrato del policía como psicótico brazo ejecutor.

         Hay abundante sarcasmo en el juego del ratón y el gato que desarrolla Instinto básico, a pesar de los matices de duda que, en el desenlace, devuelven el personaje de Tramell desde la figura abstracta hacia cierto comportamiento humano, digno de un análisis psicológico que no le hacía falta y, peor aún, que tampoco le convenía demasiado. Hasta entonces, su estrategia para fustigar a sus perseguidores había sido enfrentarles a un espejo. Una imagen que, como reflejo contrario, evisceraba sus instintos más elementales. Y los arrojaba asimismo contra una reproducción mimética de sus actos y consecuencias, incluso puestas negro sobre blanco en textos literarios. La tensión de ese choque constante, sumado a la insoportable temperatura alcanzada por el caldeamiento erótico de la protagonista, es la que conduce a aquellos hombres que siguen su rastro al desquiciamiento, la locura y la muerte. En el caso de Curran, se plasma en resonancias autodestructivas. El eros y el tánatos.

Desde ese juego laberíntico de incertidumbres, perturbaciones y dualidades, Verhoeven consigue que uno se divierta tanto como la malintencionada Catherine Tramell. La electricidad erótica se transmite también febril a la intriga policíaca. La fusión de ambas, con ejemplos paradigmáticos como el celebérrimo y ya citado interrogatorio, convoca planos de una privilegiada energía expresiva. Incluso, al igual que la ayudante sexi del mago, puede distraer la atención respecto de unos procedimientos policiales harto cuestionables -no se practica ni una sola prueba de ADN en unos escenarios que desbordan fluidos de toda índole- o de que el desopilante enredo de la trama termine siendo excesivo por necesidad.

         Aunque, regresando otra vez a una perspectiva contemporánea, en la que el rol de la mujer dentro de la industria y dentro de la pantalla de cine ha tenido una transformación tan importante como indispensable, cabe preguntarse de nuevo si, en vista de la carrera de Sharon Stone, catapultada como icono sexual y objeto de deseo -esa elocuente expresión-, era ella quien dominaba la función a su antojo. Aun con las vueltas de tuerca que pueda tener, la sirena no deja de ser en el fondo una criatura mitológica construida desde un punto de vista muy concreto.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota Filmaffinity: 6,5.

Nota del blog: 7,5.

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