Archivo | febrero, 2013

MR 73

28 Feb

“Todos los hombres nacemos con una soga al cuello.”

Herman Melville

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MR 73

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kinopoisk.ru

Año: 2008.

Director: Olivier Marchal.

Reparto: Daniel Auetil, Olivia Bonamy, Catherine Marchal, Francis Renaud, Gérald Laroche, Guy Lecluyse, Philippe Nahon.

Tráiler

 

 

            “No estaba en el sitio equivocado; estaba donde nunca debí haber estado. Dios es un hijo de puta y algún día lo mataré”, confiesa con mecánica frialdad Louis Schneider (Daniel Auetil), despedido inspector de la feroz policía judicial marsellesa, alcohólico, sentenciado, en la primera escena de MR 73; película, como Policía Python 357con nombre de revolver. Un hombre, pues, que, desde el más absoluto desahucio, se rebela con seca cólera contra el fatalismo inherente a su ser, producto de un pasado pecaminoso y su actual condición autodestructiva.

            Disparado a bocajarro de primeras y continuado en lo siguiente por la desconchada imagen de una bomba de relojería humana a punto de estallar, punteada con la versión más dolorosamente monocorde de Leonard Cohen desde la banda sonora, semejante comienzo constituye un elevado punto de partida y unas expectativas que Olivier Marchal, actor, guionista y director abanderado del nuevo polar francés -una indagación de los más sórdidos callejones de la policía y el crimen del país galo que surge de la propia extracción laboral del realizador de dentro del propio sistema- queda de tal modo obligado a cumplir. Y fracasa en el intento.

            Fracasa porque a pesar de que sabe componer la atmósfera adecuada –nocturna, envuelta en humo de tabaco, suciedad y ambiente de tormenta, con una fotografía dominada por colores fríos, terrosos, húmedos-, no es capaz en cambio de hacer valer una historia que atraviesa demasiados lugares comunes -mejor explorados en otras ocasiones- sin llegar a atrapar al espectador en su juego.

MR 73 tiende por ello a resultar obvia y más bien aburridilla, sustentada por un argumento deslavazado, una apuesta apologética por la mano dura y con algunos imperdonables puntos negros tanto en la trama – ¿qué sentido tiene enviar una carta de odio al despiadado asesino a punto de ser liberado que mató y violó a tus padres… ¡y con foto actualizada¡?- como en la comunión sentimental de sus personajes principales.

            Tan solo consigue mantener el interés la imperial presencia de Auetil, tan arrollador como sutil en la construcción de un individuo arrastrado al extremo de su cordura, embarcado a conciencia en una condena inapelable en la que el brazo ejecutor es el del propio reo. Una figura de tremendo carisma, atormentado e intenso, perpetuamente escondido tras sus gafas de sol tintadas de rojo, que es posible que, a causa de esta misma fuerza acaparadora, contribuya a incidir en una de las principales carencias del filme al diluir al resto de personajes secundarios, más lineales, peor acabados, mucho menos interesantes.

            Como sucedía en su anterior Asuntos pendientes, da la sensación de que MR 73 posee los mimbres adecuados para ser una película mejor de lo que finalmente es.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 4,5.

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El gran Lebowski

27 Feb

“El Nota aguanta.”

El Nota (El gran Lebowski)

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El gran Lebowski

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El gran Lebowski

Año: 1999.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Jeff Bridges, John Goodman, Julianne Moore, Steve Buscemi, David Huddleston, Philip Seymour Hoffman, Tara Reid, Peter Stormare, Ben Gazzara, John Turturro, Sam Elliott.

Tráiler

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             Nada está a salvo de los hermanos Coen. El cine criminal y policíaco, el noir, el thriller, el drama de tintes caprianos, el drama existencial, los grandes clásicos de la literatura, la aventura, la comedia romántica, la comedia británica, el western,…

Todos los géneros y subgéneros son susceptibles de caer bajo las garras de su revisionismo ácrata y posmoderno, caracterizado por un surrealista, cáustico e inimitable humor y sentido del absurdo que sirve como agresivo cincel con el que desbastar los usos y costumbres del ser humano, los horrores ocultos en su cotidianeidad y su mismísima naturaleza hasta dejar desnudo, a la vista y con el culo al aire, el grotesco ridículo inherente a todas ellas.

Unos directores, guionistas y productores que, de tal modo, en poco más de dos décadas, han sido capaces de entregar títulos convertidos ya en clásicos modernos como Arizona Baby, Muerte entre las flores, Barton Fink, Fargo, O Brother!, El hombre que nunca estuvo allí, o No es país para viejos. Y, por supuesto, la que es para un servidor su gran obra maestra: El gran Lebowski.

             Demostrando esa versatilidad en el manejo, la apropiación y la reformulación de referencias, El gran Lebowski toma elementos de las intrincadas novelas de detectives de Raymond Chandler, del suspense de Hitchcock -en especial de cintas como Con la muerte en los talones y su paradigma del ciudadano común inmerso en una gran trama que le supera- y de las comedias de fumetas de Cheech y Chong; todo ello pasado por la particular turmix de los hermanos.

De esta manera, El Nota (Jeff Bridges), o Su Notísima, o Noti, o el Notarino, un pacífico y vago tirao de Los Ángeles, improbable antihéroe convertido ya en personaje legendario, queda atrapado a causa de una confusión de personalidad y con una alfombra meada (pero que daba ambiente) a modo de macguffin, en el turbio caso del secuestro de la mujer florero de un multimillonario llamado, casualidades del destino burlón, igual que él.

A grandes rasgos, se trata un individuo que avanza siempre arrastrado por las circunstancias, empujado a una aventura que desborada su comprensión, que no le concierne y que ni siquiera le importa, y de la que tan solo pretende escapar, quizás con un par de dólares fáciles en el bolsillo, para volver al refugio de su destartalado condominio, su liga de bolos, sus rusos blancos y sus ocasionales viajes en ácido; un ambiente tan cálido y confortable como su atuendo de cangrejeras, pantalones cortos de rayas y chaquetas de lana (precedentes del armario del propio Bridges). Un hippie, en definitiva, al que se le ha pasado su tiempo, con su antiguo romanticismo subversivo exangüe y marchito; un hombre fuera de su elemento, en este caso a causa de una alta sociedad norteamericana hostil, decadente y ridícula.

            El delirante punto de partida se ramifica poco a poco en un argumento divertidísimamente (e irrelevantemente) enrevesado, en una película que fluye con naturalidad, ágil, hilarante, adorable y sorprendente en todo momento pese a estar calculada hasta el más mínimo detalle.

Los inconexos y narcotizados parlamentos de El Nota siempre toman expresiones de diálogos anteriores, la galería de secundarios es brillante, poblada por personajes tan entrañables e inolvidables como ese Walter Sobchack (John Goodman) inspirado en el guionista, director y productor John Milius, beligerante cejijunto que trata de disimular lo lamentable de su condición y su desconsolada vulnerabilidad por medio de una cháchara pretendidamente omnisciente sobre el Vietnam, la dialéctica sociopolítica y la vida, además de por su obsesión por los bolos y su inclinación por hacer explotar a su hipotenso amigo; el tierno Donny eternamente a destiempo, con sus líneas de guion reducidas a medias frases porque su intérprete, Steve Buscemi, había abusado de verborrea en Fargo; los desubicados nihilistas y su marmota, el puto Quintana,…

Un gran trabajo en la construcción de personajes, cada uno de ellos vivo, con sus características, particularidades y lenguaje intransferible, impulsado por una excelente dirección de actores y facilitado por un reparto inconmensurable, con unos Bridges, Goodman, Turturro y Buscemi para el recuerdo, auténticos iconos de la cultura popular.

             Todo ello no es más que otro ejemplo de la prodigiosa e inagotable imaginación de los Coen en la escritura, llena de surrealistas ocurrencias y descacharrantes vueltas de tuerca, que se extiende también a la trabajadísima, original y talentosa puesta en escena, en especial evidente en las jocosas y atractivas alucinaciones musicales, y que da lugar a un grueso ramillete de secuencias antológicas, insuperables.

              Una de las comedias más grandes de la historia del cine (o, al menos, una de mis favoritas). No es casual que diera lugar a una religión basada en tan inmortal personaje, el Dudeísmo.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 10.

Muertos y enterrados

26 Feb

“Cada vida hace su propia imitación de la inmortalidad.”

Stephen King

Muertos y enterrados

Muertos y enterrados

Año: 1981.

Director: Gary Sherman.

Reparto: James Farentino, Jack Albertson, Melody Anderson, Robert Englund.

Tráiler

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            Aunque no lo parezca, se puede hacer cine de terror sin limitarse a acumular sustos gratuitos en medio del absoluto vacío, sin calcar modelos pornográficos adaptándolos a la banal sed de hemoglobina falsa, sin recurrir al impacto simplón de efectos visuales y de sonido que funcionan más por arrollamiento que por inteligencia, sugestión o conocimiento del lenguaje visual. Ni siquiera es necesario un presupuesto amplio; sí, al menos, buena voluntad y respeto por el interlocutor al otro lado de la pantalla, unos sólidos fundamentos sobre narración cinematográfica y ganas de divertir contando una historia de miedo.

             En Muertos y enterrados no encontramos, para empezar, un guion firmado por los escritores de Alien, el octavo pasajero y que recorre la investigación del sheriff de un pequeño pueblo costero a propósito de una serie de atroces asesinatos de forasteros ocurridos un breve lapso de tiempo y sin motivo aparente, perpetrados en realidad a modo de deportiva caza del hombre a fin de mantener sana y unida la hermética comunidad de vecinos.  

Una premisa inicial llena de desparpajo y sibilinas trazas de humor negro que puede leerse, a su vez, como denuncia del arraigo y la fascinación por la violencia en la sociedad americana, el culto a los muertos derivado hasta casi la necrofilia e, incluso, el mismo miedo a la supresión de la conciencia y la libertad individual en favor de un ente superior y omnímodo que tantas películas de terror había dado durante los años del red scare y la Guerra Fría como representación metafórica del sistema comunista.

             Es, de hecho, el personaje del amortajador interpretado por el entrañable Jack Albertson sobre el que inconscientemente va girando todo el asunto: un autoconsiderado artista de la muerte, un esteta del cadáver, un creador de souvenires para la eternidad, acaso también imagen simbólica de esos constructores de ficciones ‘ultrarrealistas’ que son los creadores del cine de terror. Si el lema de la Tyrell Corporation de Blade Runner para sus replicantes era “más humanos que los humanos”, el de la funeraria que regenta tan insólito individuo podría ser perfectamente “más vivos que los vivos”.

Trasladándolo al contexto de la producción, sería aquí Stan Winston quien, precisamente, bien merecería equipararse con el citado sepulturero; un clásico del maquillaje y los efectos especiales que entrega aquí unas cuantas muestras de artesanía pura de tiempos en los que los ordenadores tan solo eran capaces de generar cifras en verde sobre pantallas negras.

             Un aspecto gore que más que del director, Gary Sherman, quien prefería centrarse en el subrepticio y ácido sarcasmo oculto bajo la trama, provendría de parte de la productora, que a la postre dedicaría además una buena ración de tijera a las partes más mordaces de la película.

Sea como fuere, Sherman exhibe todavía en el corte final un templado manejo de la tensión narrativa, que logra hacer bueno el suspense del libreto dibujando un ascenso progresivo en la intriga y el desasosiego gracias a la modulación de los sorprendentes giros en el relato –cada vez más desvergonzadamente tramposos, eso sí, según nos adentramos en el desenlace-, al mismo tiempo que controla con mano férrea el ritmo interno de cada escena, sus momentos de ansiedad y espera y sus correspondientes sobresaltos.

             En suma, Muertos y enterrados proporciona un grato divertimento incluso para aquellos que, como un servidor, están lejos de ser fanáticos del cine de terror. Un filme, por tanto, muy entretenido, impactante y sangriento cuando precisa serlo y dotado además de cierto sustrato de mala leche que lo hace aún más disfrutable.

            Con escaso éxito en taquilla, pasaría a ostentar esa sobada y difusa calificación de ‘película de culto’. E, irónicamente, sería la despedida del veterano Albertson de la gran pantalla, fallecido poco después a causa de un cáncer.

Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Viento en las velas

24 Feb

“La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras.”

Jean-Jacques Rousseau

 

 

Viento en las velas

 

Viento en las velas

Año: 1965.

Director: Alexander Mackendrick.

Reparto: Deborah Baxter, Anthony Quinn, James Coburn, Benito Carruthers, Nigel Davenport.

Tráiler

 

 

            No es La isla del tesoro, ni Capitanes intrépidos, ni las aventuras de Los Cinco. Como en las dos primeras, el mar, con sus abruptos contrastes de belleza y desolación, sirve el escenario para el crecimiento moral y emocional del niño, para la pérdida de su inocencia si es que alguna vez la tuvo. Una niña, en esta ocasión, que forma parte de una patrulla de cinco hermanos embarcados en las más inverosímiles aventuras, como en el tercer caso.

Sin embargo, en Viento en las velas, basada de la novela Huracán en Jamaica, de Richard Hughes -de la cual el realizador, Alexander Mackendrick, era admirador confeso-, el viaje iniciático está poblado de malicioso humor, los niños distan de ser querubines cándidos y desprotegidos, y la más densa amargura, descerrajada sin paños calientes y sin rebajar con azúcar, forma también parte indisociable de la experiencia, como en la vida misma.

No se trata, ni mucho menos, de una película infantil.

            La pequeña Emily (impecable Deborah Baxter, ayudada por su aspecto nada angelical), hija de colonos británicos en el Caribe y enviada junto a sus hermanos a civilizarse a Inglaterra, vive una revelación cuando ve ascender por la proa del barco-guardería al rudo y malencarado capitán Chávez (Anthony Quinn, exagerando su acento mexicano y explotando las contradicciones entre su aspecto brutal, su vis cómica y su capacidad para generar emociones), líder de un desarrapado grupo de piratas. Es el encuentro con el modelo vital a imitar con desesperada vocación. Porque, de hecho, son los niños quienes en realidad abordan el barco pirata.

            No obstante, como decíamos, esta no es una comedieta de medio pelo basada en la ruptura de los arquetipos de conducta propios de los niños para que estos hagan enloquecer a unos a priori temibles adultos –entre los que figuran tipos tan duros como el gran James Coburn o el propio Quinn-, reducidos al ridículo a partir de esta apariencia peligrosa que no sería tal.

Todos ellos son individuos fuera de su elemento, efectivamente –incluso el barco pirata sigue fiel al viento y las velas en un mundo que hace tiempo descubrió la navegación a vapor-, pero la lógica de  las actitudes, los comportamientos, y los acontecimientos se mantiene en esencia dentro de los parámetros de la verosimilitud.

Los niños, por tanto, no son cursis, ni irritantes, ni sus ocurrencias suenan a impostura. Ellos actúan con la lógica incomprensible y genial de la infancia, ajena a su típica y mentirosa idealización, en la que la muerte y la religión son conceptos abstractos y difusos que pueden provocar indiferencia o burla y el instinto es lo suficientemente fuerte para intuir el bien y el mal y, acaso, puede inclinar a sentir una fascinación retorcida, inconsciente o simplemente interesada, por qué no, por este último.

            La vida en el barco de Chávez y su supersticiosa tripulación puede ser una aventura que vaya de asombro en asombro, de juego en juego, y, aun así, Viento en las velas no escatima en absoluto en dar agresivas y perturbadoras muestras de la turbulencia real del choque de los críos con la vida de estos bandidos y forajidos: la violencia sexual, ejercida sobre otra cautiva adolescente y hasta sugerida en ocasiones sobre la niña protagonista, sobrevuela el relato desarmando su apariencia de cine familiar, aguijoneando al desprevenido espectador como una avispa.

            Con la dirección de un Mackendrick pletórico, sagaz, rotundo y sutil a la hora de jugar con los ritmos y, en especial, el tono de su película, la historia avanza bajo sus excelentes y divertidas formas de aventura clásica hacia una contundente, emotiva y al mismo tiempo hermosa, agria y cáustica resolución atravesando un camino que para nada es dulce, sino que, por contra, cada vez se aprecia más melancólico, turbio y angustioso a pesar de la viva, profunda y en ocasiones ambigua relación entre un bribón que reencuentra el oro alojado en su pecho y una niña con ansia por experimentar las apasionantes vivencias, fuertes emociones e indómita libertad que ve reflejadas en el basto rostro del capitán.

Una joya.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 9.

Cronos

23 Feb

“Soy un romántico y un tipo al que le interesa lo clásico, aunque admito que de manera bizarra.”

Guillermo del Toro

 

 

Cronos

 

Cronos

Año: 1993.

Director: Guillermo del Toro.

Reparto: Federico Luppi, Tamara Shanath, Ron Perlman, Margarita Isabel, Claudio Brook.

Filme

 

 

            La renovación venía de fuera. Alrededor del cambio de milenio, el anquilosado cine de terror de Hollywood salía de su improductivo marasmo por medio de inyecciones foráneas o marginales, tales como el nuevo horror japonés, las pírricas pero innovadoras producciones indies y la financiación o atracción de los más destacados autores de cine de terror hispanoamericanos y su sinfín de fórmulas imaginativas y triunfadoras, apropiadas también muchas de ellas en forma de remake.

Entre estos últimos, uno de los pioneros en el uso de la industria española como plataforma de lanzamiento hacia las rebosantes arcas de La Meca del cine –en segundo intento, todo sea dicho, tras el fiasco de Mimic– no será un director español, sino un mexicano, Guillermo del Toro, a su vez destacado intermediario de importaciones hispanohablantes gracias a su faceta de productor, complemento a su actividad compulsiva y entusiasta en el Séptimo Arte como director y guionista ya contrastado.

             Cineasta de vocación y apasionado narrador de historias, el universo de Guillermo del Toro concilia toda una variopinta tradición gótica –tanto en su aspecto literario como en su revisión cinematográfica por parte del Hollywood clásico, de la británica Hammer y de maestros italianos como Bava y Argentodepurados por un prisma y una imaginería propia que convierte a ese terror en un elemento más de la realidad cotidiana, oculto o desapercibido al ojo común y ante el que, en cambio, los personajes infantil suele actuar como revelador de su auténtica esencia gracias a su mirada pura, inocente y lúcida.

             Desde su opera prima, del Toro exponía a las claras sus cartas. Cronos (o La invención de Cronos) propone la combinación de ese sustrato gótico como telón de fondo, gobernado por la mitología del vampiro, al que se suma el trasfondo literario de El retrato de Dorian Gray –no por nada el protagonista también se apellida Gris, Jesús Gris- y la tragedia griega, además de exhibir aromas característicos del cine de horror del Hollywood clásico, procedente en especial de un icono inmortal como Frankenstein.

El filme, pues, relata los avatares y dilemas de un anciano anticuario (Federico Luppi, impecable para variar) al que la casualidad o el destino pone en sus manos la tentación de un pacto con el diablo: un mecanismo que proporciona a su usuario la inmortalidad, si bien bajo estrictas e inexcusables reglas de empleo; una maldición pareja a sus dones que incluye el ansia desmedida de sangre humana.

             La frescura inconfundible del debut de un tipo diferente y con talento se combina con algunos fallos aún sin pulir propios de un realizador novel.

Frente a un ritmo todavía algo irregular y un guion que no termina de resultar del todo sólido –cierto que en partes menos trascendentes, pero sin embargo necesarias para la continuidad del relato-, destaca la notable composición de atmósfera, la meritoria provocación de inquietud con el contraste de elementos dulces y terroríficos dentro de una misma secuencia, el creativo desparpajo de la puesta en escena y la introducción de saludables toques de ironía con parentesco con el cómic y el cartoon, como sucede con la figura de ese villano de nombre Ángel de la Guarda y encarnado por Ron Perlman, actor fetiche del director azteca.

             Y, sobre todo, según avanza el metraje, se va confirmando que la gran virtud de del Toro en cuanto a la narración: el terror más puro queda desplazado como principal foco de atención en favor de la tierna relación entre ese atormentado abuelo y su callada y adorable nieta, transposición idealizada de ese niño grande, tímido e ilusionado que sonríe tras la cámara, que ha hecho realidad sus sueños de crear por sí mismo sus juguetes favoritos para, a su vez, poder compartirlos con todo el mundo.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6,5.

Grupo 7

22 Feb

“Los andaluces somos la esperanza blanca del cine español.”

Paco León

 

 

Grupo 7

 

Grupo 7

Año: 2012.

Director: Alberto Rodríguez.

Reparto: Mario Casas, Antonio de la Torre, Inma Cuesta, Joaquín Núñez, José Manuel Poga, Julián Villagrán, Estefanía de los Santos, Lucía Guerrero, Pedro Cervantes, Carlos Olalla.

Tráiler

 

 

             De igual modo que para reformar a una persona –si es que tal cosa es posible- se requiere un largo proceso repleto de claroscuros y en el que la depuración absoluta es tan solo una quimera, un país tampoco puede pasar de un estado a otro de la noche a la mañana. Desde un sistema dictatorial marcado por la economía desarrollista y desigualmente repartida y ley del más fuerte, ejercida por medios de coacción como los cuerpos de orden público, hasta un Estado de derecho, democrático y de prosperidad igualitaria, capaz de equipararse en bienestar y calidad de vida a cualquier representante de la élite de la civilización occidental.

              Grupo 7, filme que aprovecha la cada vez más estimable y gratificante pérdida de complejos del cine español, toma como contexto uno de los últimos y más decisivos trechos –puede que también de los más oscuros y menos conocidos- de ese camino tortuoso, dubitativo y ambiguo recorrido por un país que aún no se ha sacudido las más recalcitrantes miserias del franquismo y que, al mismo tiempo, trata de ofrecer una imagen pulcra, renovada y respetable a ojos del mundo por vía de la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona.

             El director Alberto Rodríguez retorna a los arrabales de la capital andaluza, epicentro de sus anteriores El traje y 7 vírgenes, para retratar, por medio de una expeditiva brigada policial -el epónimo Grupo 7-, ese lavado de cara nacional previo a la Expo ’92 realizado por métodos no del todo transparentes.

Historias de agentes llenos de cicatrices y atrapados en la mugre hasta ser parte indisociable de ella, también empujados a ello por un imperativo de limpieza social impulsado por unas altas esferas que participan por omisión o connivencia de esos criminales métodos de justicia pública.

Nada más lejos de la ficción: no solo por este caso específico, sino que, por poner otros ejemplos, bien conocida es la actuación de Jesús Gil como alcalde de Marbella, quien prefirió abordar el complejo y delicado problema de la pobreza y la prostitución en las calles del municipio malagueño desde un aplaudido y superficial punto de vista de orden público.

             Desde luego, Grupo 7 no descubre nada sobre el cine negro y policíaco, sobre sus torturados individuos de dos caras -como la ciudad, como el país- y sus diatribas entre el fin y los medios necesarios, sobre los límites del Bien y del Mal, además toda vez que, desde un punto de vista contemporáneo, la monumental serie The Wire ha planteado y abordado ya con la debida madurez y profundidad prácticamente todos los dilemas éticos de la sociedad actual, en especial en lo que a asuntos públicos se refiere.

Sin embargo, tampoco tiene nada que envidiar a nadie, ni mucho menos.

             La película, sucinta, convulsa y contundente, ofrece un relato sólido, tenso y muy entretenido que se mueve siempre en la desesperación, factor que sitúa por igual a todos los personajes. Así, aunque en realidad la cinta pulsa la situación concreta de una urbe como representación de toda España, el protagonismo recae en un joven y ambicioso mando (Mario Casas) maleado progresivamente por la descorazonadora experiencia de enfrentarse a diario contra un mundo pestilente y por la decepción en un sistema lento y aparentemente poco eficaz, y un subalterno (Antonio de la Torre) curtido en mil batallas y que trata de sanar viejas heridas a tientas, cegado por el dolor, por medio de la acción directa y violenta.

            Metáfora sobre la semejanza de estos personajes, brazos instituidos de la justicia, con los yonkis, traficantes y demás morralla que se encargan de perseguir en las calles, es que el propio aspirante a inspector también necesita inyectarse en los momentos de mayor ansiedad, en este caso insulina para la diabetes. Son adictos a su manera, en obsesiva búsqueda, por cualquier medio, de su perentoria dosis diaria de justicia, venganza, redención, reconocimiento,…

             Tal y como marcan los viejos códigos del noir en blanco y negro, este carácter dual de los personajes queda impreso por medio de una fotografía poblada de sombras pronunciadas, si bien cambiando el blanco y negro por una capa de color de tonalidades frías y aceradas. Un registro cromático que tan solo renuncia a ser sombrío ante determinados y fugaces estados de euforia del grupo.

             La contrarreloj a la que se enfrentan los agentes, con límite fijado en ese 1992 venidero y obligadamente rutilante, posee un ritmo urgente y atractivo, marcado por la nervuda realización de Rodríguez, quien sabe rodear a la plastificada estrella de turno, destinada a ganarse el favor de la taquilla, con un solvente reparto en el que se hallan nombres como Antonio de la Torre, garantía de eficacia y nominado al Goya a mejor actor protagonista; Joaquín Núñez, galardonado con el Goya a mejor actor revelación; Julián Villagrán, premio Goya a mejor actor de reparto, o Estefanía de los Santos, nominada a mejor actriz revelación.

Destacable apropiación.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7,5.

Take Shelter

21 Feb

“Las trompetas del Apocalipsis suenan a nuestras puertas desde hace unos años, y nosotros nos tapamos los oídos.”

Luis Buñuel

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Take Shelter

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Take Shelter

Año: 2011.

Director: Jeff Nichols.

Reparto: Michael Shannon, Jessica Chastain, Tova Stewart, Shea Whigham.

Tráiler

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            Integrada dentro de la avalancha de filmes apocalípticos de los últimos años, contagiados por la factibilidad de una catástrofe ecológica de carácter global y relativamente inmediata y, en un plano fantástico, por las expectativas de las predicciones mayas como prolongación natural de los temores milenaristas de la década pasada, Take Shelter apuesta, como las coetáneas 4:44 Last Day on Earth y Melancolía, por la opción de representar el fin del mundo como un acontecimiento introspectivo, parábola en este caso de una crisis económica que acecha y asola la clase media estadounidense.

El verdadero cataclismo se produce a escala ínfima, particular.

            Jeff Nichols, director y guionista del filme, aprovecha la desconcertante fisionomía de Michael Shannon –también protagonista de la opera prima del realizador, Shotgun Stories, y que desde su siniestro Nelson Van Alden de Boardwalk Empire pedía a gritos mayor relevancia en la escena de Hollywood- para arrojar un Apocalipsis que es en realidad una tragedia interior, desencadenada en la mente de un personaje cuyas visiones o iluminaciones premonitorias, somatizadas en húmedas pesadillas –que recuerdan, por cierto, a aquellas plasmadas por Peter Weir y padecidas por Richard Chamberlain en La última ola-, quedan entremezcladas o confundidas con brotes sicóticos fruto del legado sanguíneo.

Horripilantes sueños que quizás no sean más que el anuncio vívido de esta posible esquizofrenia heredada, un final inexorable y conocido por el precedente directo y aterrador de su madre, internada en un sanatorio; o, por otro lado, el vaticinio de un categórico acto de tábula rasa contra una civilización egoísta y abúlica que se va al carajo castigada por sus vicios.

             Take Shelter presenta por tanto un drama intimista que al mismo tiempo extiende sus retorcidas raíces al drama matrimonial y familiar, puesto que es la relación del protagonista con su mujer (Jessica Chastain, una de las actrices del momento por mérito propio) la principal damnificada, la que soporta la paulatina y prosaica materialización de este fin de los días que, por imaginado, soñado o alegorizado, no se sabe a ciencia cierta si va a llegar o no, o cuándo y bajo qué forma, o si ya está aquí y ni nos hemos dado cuenta.

             La combinación entre la poderosa sugerencia de esa atmósfera fría e inquietante generada por el punto de vista subjetivo de ese atormentado padre de familia, las hipnóticas imágenes apocalípticas en forma de sobrecogedora tormenta que se cierne, sorda, terrible, sobre la minimizada figura de Shannon, así como de dolor físico o de inaprensible amenaza, y la debacle intimista del personaje funcionan hasta que la película pierde fuelle al acusar la falta de tino de Nichols a la hora de provocar que el ritmo de la cinta, gobernado por el estado letárgico del entresueño y la concepción del acabose como un acto inserto en la prosaica rutina, no caiga, sin embargo, en la molicie y el tedio, a excepción de ciertos momentos aislados en los que la película parece recobrar color.

A pesar de la riqueza de subtextos y relecturas, Take Shelter se revela en ese cierto hastío, a lo largo de sus excesivas dos horas de metraje, un tanto más pretenciosa y aburrida que profunda; una crónica alegórica con menor significado de lo que aspira a arrojar sobre un ser humano (o una especie) sumido hasta el cuello en su propia condena, en su personal y transferible Apocalipsis.

             Película del año, según una encuesta realizada por el diario El País entre críticos de cine.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

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