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Encuentros en la tercera fase

19 Oct

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Año: 1977.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Richard Dreyfuss, Melinda Dillon, François Truffaut, Cary Guffey, Teri Garr, Bob Balaban, Roberts Blossom, Warren J. Kemmerling, J. Patrick McNamara, Lance Henriksen, Shawn Bishop, Justin Dreyfuss, Adrienne Campbell.

Tráiler

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         La obsesión del protagonista de Encuentros en la tercera fase tiene algo de experiencia religiosa. No creo que sea casual que, justo antes de ser literalmente iluminado desde el cielo por una nave alienígena, estuviese viendo en su casa Los diez mandamientos, ya que él, al igual que Moisés, deberá adentrarse en la montaña para hallar respuestas a sus inquietudes. Roy Neary se somete a una prueba de fe que desafía las convenciones de los incrédulos, de quienes no han sido ungidos y dotados con el don de la visión. Las escenas en el norte de la India muestran a multitudes entregadas a la plegaria; en México un anciano explica que el Sol, elemento divino desde el nacimiento de la humanidad, salió en plena noche y le cantó en privado. “Simplemente lo sé”, responde este técnico de líneas eléctricas cuando debe argumentar el porqué de lo que condiciona sus actos, aparentemente irracionales. “Esto significa algo, es importante”, cavila obcecado con el misterio.

         Desde este punto de vista, siento curiosidad sobre qué podría haber contenido y cuánto sobrevive del primer libreto de Paul Schrader, experto en tormentos íntimos con la influencia religiosa como clave de la encrucijada. No obstante, Steven Spielberg terminaría cambiando tanto la historia que este renunciaría a firmar cualquier acreditación como guionista. El de los seres de otro planeta era un asunto que a Spielberg le interesaba de siempre, como demuestra esa obra de adolescencia, Firelight, en la que, al igual que aquí, mostraba su presencia a través de unas inquietantes e intensas luces que, en cambio, revelaban unas intenciones amenazadoras. Sin embargo, el relato de Encuentros en la tercera fase ofrece un contrapunto curioso dentro de su corpus, puesto que, en lugar de esa ausencia paterna que marcará muchas de sus obras, en este caso es la familia la que deserta y él quien ha de emprender la aventura en solitario. Una aventura que, en este caso, busca algo que trasciende la simple realidad cotidiana de un operario que vive una vida corriente, con su casa de vallas blancas, su esposa y sus tres hijos que hacen deberes de matemáticas, rompen juguetes, protestan por las verduras y corren hacia adelante tratando de hacerse adultos sin fantasía antes de tiempo.

En el fondo, Spielberg hace que la aparición de naves espaciales no desentone con el mundo que retrata. La furgoneta del protagonista, perdida en mitad de la noche, la niebla y el vastísimo territorio rural de los Estados Unidos -corazón del país en el que también aterrizará E.T. pocos años después-, circulaba como si fuese un platillo volante en las profundidades de un espacio que es cercano y extraño al mismo tiempo. El manejo del paisaje es una de las muestras del soberbio trabajo que se realiza con la iluminación y la fotografía, que entrega imágenes de gran fuerza estética. Lo mismo ocurre con los vehículos que se cruza en el camino hasta que uno de ellos, en efecto, es un ovni. En paralelo, la irrupción de helicópteros y todoterrenos en el desierto de Gobi está planteada también como si se tratase de una aparición extraterrestre, de tan repentina y extraña. No digamos ya los helicópteros militares que, actuando como auténticos invasores, acosan a los acampados a la espera de un nuevo encuentro con lo desconocido.

         Frente a esta hostilidad que puede corresponderse con tiempos de Guerra Fría, y a diferencia de los parámetros generales de la ciencia ficción -que no obstante también se habían deslizado antes, dejando tras de sí una inquietante ambigüedad, en la poderosa escena de abducción-, el contacto definitivo con los alienígenas se revela como una secuencia en la que los puntuales momentos de inquietud dejan paso a una sensación de armonía y concordia. De hecho es, en cierta manera, un reencuentro. Dentro de este trasfondo místico, avanza una noción de entendimiento, de aceptación de lo extraño, de plenitud fraternal. De emoción casi eufórica. La idea la ha ido sembrando un mito, François Truffaut, que aceptó interpretar al ufólogo francés que lidera las investigaciones, llevadas a cabo por un grupo de gente que parecen críos jugando con el entusiasmo desatado. El sistema de luz y sonido con el que tratan de comunicarse con los extraterrestres no deja de asemejarse al xilófono de colores que utilizaba antes un niño pequeño que, precisamente, nos presentaba a los visitantes a través de su sonrisa.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Alien: Resurrección

14 Sep

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Año: 1997.

Director: Jean-Pierre Jeunet.

Reparto: Sigourney Weaver, Winona Ryder, Ron Perlman, Dominique Pinon, Gary Dourdan, J.E. Freeman, Brad Dourif, Dan Hedaya, Michael Wincott, Kim Flowers, Leland Orser, Raymond Cruz.

Tráiler

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         Alien³ había sido una producción calamitosa, pero la película que había salido de ella -una buena idea que degeneraba en collage caótico resuelto a trancas y barrancas- dio lo suficiente de sí en taquilla como para arriesgarse a una cuarta entrega que, en cualquier caso, debía apostar por un truco espectacular para romper el círculo que se había cerrado con un plano que regresaba, con lejana voz en off y en una doliente oscuridad, a la sala de estasis donde amanecían las recurrentes pesadillas de Ellen Ripley, enredada en un juego de ataques y contraataques con su antagonista, el monstruo, hasta quedar fundidos ambos -tanto en sentido orgánico como industrial- en un solo ser, en una dualidad.

Así pues, Alien: Resurrección parte de este concepto final para, en un nuevo salto temporal y tecnológico, recuperar a la sufrida teniente por medio de una clonación que, entre otros frutos, deja fusionadas la genética de la mujer con la del xenomorfo. Esa lectura temática acerca de la sexualidad y el parto que rondaba Alien, el octavo pasajero y se prolongaba en Alien³ se encuentra aquí materializada de forma explícita, desde el cordón umbilical de la cría y la placenta que envuelve a la protagonista resurrecta, hasta el alumbramiento intercambiable -el nacimiento vivíparo de la definitiva criatura híbrida, de aspecto y funcionamiento bastante grotesco, a decir verdad-. Del hijo de Kane, como lo llamaba el androide Ash, al hijo de Ripley, integrada ya en el linaje de los monstruos que combate para defender a la humanidad y, de hecho, metamorfizada en el arma definitiva contra ellos. Asimismo, se reedita la maternidad adoptiva que en Aliens: El regreso se enfocaba hacia esa pequeña cuya salvación significaba la salvación de la especie, aquí enfocada, paradójicamente, sobre una joven sintética que, citando a Blade Runner, es “más humana que los humanos”.

         En este sentido, Ripley vuelve a fundirse con el xenomorfo, aunque esta vez no en una cuba de plomo incandescente, sino succionada por una masa palpitante de aliens, donde se deja tragar con los ojos cerrados, relajada, con cierta sensualidad. En un vistazo general, el planteamiento es coherente con el arco total del personaje, si bien mirándolo más de cerca durante el camino, por momentos parece desquiciarlo, sin saber muy bien cómo darlo continuidad de manera natural, más allá de dejándose llevar por el delirio en el que se sume todo.

Aunque lo cierto es que, en cada secuela, Ripley nunca es la Ripley del Nostromo. En Aliens: El regreso despertaba del hipersueño 57 años después del trauma, lejos de su tiempo y de su vida, reservando además cierto margen para el campo de lo onírico que podría renovarse en Alien³ como una nueva pesadilla a la que despierta de golpe, en un nuevo círculo del infierno. En un acto de sinceridad, Alien: Resurrección reconoce verbalmente esta situación: que esta Ellen Ripley ya no es Ellen Ripley, sino otra cosa. No es una oficial de un carguero comercial -es decir, un camión con ínfulas-, sino una entidad sobrehumana que viaja por el tiempo y el espacio. Superheroica, podría decirse, puesto que, al igual que muchos de los superhéroes, es una mutación.

         Con guion de Joss Whedon -que andando el tiempo se convertiría en el gran revisor y actualizador del relato superheroico con su trabajo en la división cinematográfica de Marvel-, Alien: Resurrección marca un abrupto cambio de tono respecto a la degradada y terminal Alien³ y, de paso, frente al resto de la serie. De tan alocada, es festiva. El humor posmoderno y la violencia frívola del dibujo animado -así como un abuso de la permisividad lógica vinculado a esta esencia comiquera medianamente irreverente- vibran en las imágenes que entrega Jean-Pierre Jeunet, quien ya había creado mundos fantasticos tan tétricos como farsescos en Delicatessen y La ciudad de los niños perdidos. En esta, las sombras deforman los rostros no para acentuar su dualidad y su conflicto, sino para volverlas máscaras cómicas, bizcas, ridículas. También induce a ello la selección de actores, en los que el francés recupera rostros tan peculiares como los de Ron Perlman y Dominique Pinon para interpretar personajes más bien estrafalarios.

         Dando la espalda a buena parte de la mitología de la saga -en especial la siniestra compañía Weyland-Yutani-, Alien: Resurrección da de sí el círculo hasta cerrarlo en un punto que ni siquiera aparecía en el original: el regreso a la Tierra. Por ahora, tras dos precuelas para asentar los orígenes del ciclo –Prometheus y Alien: Covenan– y con otra nueva secuela estancada en el rumor, ahí queda la historia.

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Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6.

Alien³

13 Sep

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Año: 1992.

Director: David Fincher.

Reparto: Sigourney Weaver, Charles S. Dutton, Charles Dance, Ralph Brown, Brian Glover, Danny Webb, Paul McGann, Pete Postlethwaite, Niall Buggy, Vincenzo Nicoli, Philip Davis, Paul Brennen, Holt McCallany, Lance Henriksen.

Tráiler

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          En Aliens: El regreso poner a salvo a una niña equivalía a salvar a la humanidad en su conjunto de las garras del monstruo, fuese este una encarnación literal del mal -el xenomorfo- o más esquinada -la gran corporación, la Weyland-Yutani, que rige los designios de los personajes-. Frente a ello, Alien³ es una continuación que, desde los títulos de crédito, cercena de raíz esta esperanza, humillada salvaje y siniestramente en un grito congelado. También desguazará la dirección a la que James Cameron había encaminado la saga.

          Alien³ regresa al terror gótico de Alien, el octavo pasajero, si bien aterrizando en un ambiente extraño, delirante e infernal. En una cárcel y campo de trabajo donde los presos son, al mismo tiempo, esclavos de la empresa y monjes que buscan lavar sus pecados mediante la entrega a las labores materiales mientras lidian con la carestía y las plagas. Es, en el fondo, otra pesadilla del hipersueño de Ripley donde los seres humanos son material de reemplazo. Hay un pálpito medieval y milenarista, una atmósfera de culpa y redención, que impregna un escenario, construido mediante un encomiable diseño de producción, que no es sino la deformación de la idea original de Vincent Ward, quien había imaginado un planeta-monasterio sobre el que liberar a Ripley y el alien, es decir, la presencia perturbadora de la mujer y del diablo.

Sin embargo, el proyecto del cineasta neozelandés naufragaría en el cruce de intereses comerciales y artísticos de la productora, que la refundiría con otras aportaciones previas y posteriores que terminarían por sembrar un caos que, a la postre, se traduciría en un argumento en el que permanecen deshilachados conceptos, secuencias y esa multitud de personajes a los que se reduce a carne de cañón para el monstruo. A David Fincher, recién llegado de la publicidad -como en su día Ridley Scott- y el videoclip, el encargo le quedaría grande, ya que las imposiciones de arriba frustrarían su trabajo hasta casi hundir su aún inexistente carrera en el cine.

          Pero eran ideas suficientemente potentes para, en buena medida, capear el desastre. Volviendo al relato sobreviviente, el elemento de desasosiego sexual, que en la primera se personificaba en un extraterrestre que invade y revienta los cuerpos, es aquí la viajera errante que ha ido a parar a una prisión de criminales que tratan de reprimir a duras penas su abyección -y que da pie a una excelente selección de secundarios británicos de aspecto patibulario, lo que sumado a la estética de derribo industrial bien podría equivaler a una alucinación apocalíptica de Ken Loach-. Un subtexto que se subrayará definitivamente con el giro en la relación particular que une a Ripley con el alien.

A la vez, en esta tercera entrega Ripley ya ha completado su metamorfosis de víctima a guerrera. Recibe tratamiento de teniente y su percepción está agudizada hasta presentir la amenaza -la inyección- o la muerte -el suceso del ventilador-. Si en Aliens se le recortaba el pelo para endurecer los rasgos angulosos de Sigourney Weaver, en Alien³ la actriz luce rapado.

          El planteamiento y la ambientación suman un gran atractivo a una cinta que, a la postre, quiere regresar al slasher de Alien, el octavo pasajero. Una deriva que deteriora la cinta conduciéndola a un plan confuso que se resuelve a través de confusas carreras entre pasillos, y donde la imagen de la nueva criatura -hibridada con un perro en la versión estrenada en salas y con un buey en la reedición de 2003- hacen lamentar que esa batalla que arrancaba entre los efectos prácticos y los digitales se resolviera en favor de los segundos.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

Aliens: El regreso

12 Sep

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Año: 1986.

Director: James Cameron.

Reparto: Sigourney Weaver, Michael Biehn, Carrie Henn, Paul Reiser, Lance Henriksen, Bill Paxton, William Hope, Jenette Goldstein, Al Matthews, Mark Rolston, Ricco Ross, Colette Hiller, Daniel Kash.

Tráiler

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         La continuación de Alien, el octavo pasajero es el tránsito de una película con espíritu de serie B lustrosa a un blockbuster espectacular. Al frente de esta evolución en la saga se hallaba James Cameron, avalado por otro clásico moderno de la ciencia ficción, Terminator, del cual importaría a los actores Lance Henriksen, Bill Paxton y Michael Biehn. Si en la primera son un puñado de camioneros del espacio los que deben hacer frente a una amenaza sobrehumana, en Aliens: El regreso serán unos marines galácticos los que, con sus músculos definidos por el sudor, sus grandes cañones y sus chascarrillos cuartelarios, tengan la misión de borrar al monstruo de la faz del universo. El terror atmosférico de espacios angustiosos y oscuros, donde el mal acecha escondido, deja su lugar a una sinfonía de explosiones, ametrallamientos y lanzallamas con los que atajar a las hordas enemigas.

         La relativa naturalidad de esos personajes abandonados en un entorno extraño y hostil, que era uno de los principales puntos fuertes de la primera, se pierde en favor de unos caracteres más convencionales pero que se ajustan a las necesidades de esta variación en el tono. Cameron trata de asimilar al espectador a los soldados con una cámara que, en escenas de tensión como la entrada al nido, opera como si fuese un integrante del pelotón, así como con las tomas que proceden de los cascos de los marines, que refuerzan ese punto de vista subjetivo. No obstante, permanece esa noción de que, a la postre, la criatura más peligrosa es el ser humano. “Ellos no se putean los unos a los otros a cambio de un porcentaje”, se llega a sentenciar, en reproche a la personificación de esta multinacional que, en la inauguración, conformaba un abstracto villano de fondo.

En parte, desde ese punto de vista de territorio fronterizo -la colonización espacial- y con la recuperación del tema del asedio que ya establecía conexiones hawksianas en la anterior, Aliens: El regreso conserva lejanas notas de western futurista en una cinta que no trata de reincidir tramposamente en las claves del original, sino en buscar nuevos caminos por los que abrirse paso. Con ellos, se da su forma definitiva a la mitología de la serie, con un desarrollo de la naturaleza del xenomorfo. De hecho, a modo de muestra, es aquí donde se emplea el término por primera vez.

         La acción de corte bélico ochentero, en definitiva, reemplaza a la inquietud constante, a la par que la salvación de una niña ofrece la medida del drama. Sigue manteniendo una espectacularidad visual que evita que se note demasiado la hipertrofia de la narración, rematada con un hiperbólico duelo de reinas, mano a mano, pasado de rosca. El estrépito contradice la posibilidad de lo onírico, puesto que el argumento nace con Ripley como una bella durmiente -las alusiones a los cuentos tradicionales continuarán luego cuando se le llame sarcásticamente “Blancanieves”, aunque no venga precisamente de convivir con siete enanitos en la Nostromo, y con la conversación con su protegida sobre los relatos de monstruos-. Una bella durmiente que, además, se deshace en pesadillas.

La caracterización de Sigourney Weaver, con el cabello más corto, el rostro más duro y empuñando armatostes militares para emprender el contraataque, evidencia también los cambios entre una y otra entrega, con un proceso que hasta anticipa al que Cameron aplicará a la Sarah Connor de Terminator -confianza en los androides incluida, por cierto, en la presente estará interpretado, y con mucho tino, por Lance Henriksen, un experto en papeles de malo-.

         El éxito en la taquilla propiciaría el rodaje de nuevas continuaciones.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

Alien, el octavo pasajero

11 Sep

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Año: 1979.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Sigourney Weaver, Tom Skerritt, John Hurt, Yaphet Kotto, Veronica Cartwright, Harry Dean Stanton, Ian Holm, Bolaji Badejo, Helen Horton.

Tráiler

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         A finales de los setenta, la era de lo taquillazos se abría paso dejando tras de sí un tentador reguero de dólares. Se suelen citar dos películas icónicas para ilustrar este amanecer, Tiburón y La guerra de las galaxias. Episodio IV: Una nueva esperanza. Alien, el octavo pasajero posee un depredador letal que opera igual que el asesino implacable de un slasher -otro género que arrasaba entre el público- en un entorno donde el ser humano se encuentra en inferioridad de condiciones, el espacio exterior, uno de los escenarios privilegiados por ese tirón popular de la ciencia ficción. No es de extrañar que, en este momento determinado y luciendo semejantes ingredientes -que entroncan además con clásicos del género como El enigma de otro mundo, que en este tiempo también se reeditaría con La cosa-, la primera irrupción del xenomorfo en el cine sentara las bases de una saga de culto.

Estas corrientes cinematográficas vendrían de la mano de auténticos cineastas cinéfilos. John Carpenter, devoto del cine de género, sería precisamente quien actualizaría El enigma de otro mundo. Provenía de la Universidad de California, de donde salió con un irreverente proyecto de ciencia ficción, Estrella oscura, armado junto a Dan O’Bannon. Responsable de buena parte de las ideas del desenfadado guion y del diseño de unos descaradamente estrafalarios efectos especiales, en esta cinta O’Bannon se las hacía pasar canutas al sargento Pinback poniéndolo a perseguir a su mascota extraterrestre por los pasillos de la nave Dark Star que daba nombre al filme. Es decir, una semilla que, desnudada de comedia paródica, germinaría en Alien, el octavo pasajero, también con la participación en la escritura de Ronald Shusett -con quien O’Bannon colaborará posteriormente en otro conocida producción del género, Desafío total-, amén de posteriores retoques a cargo de Walter Hill, David Giler y Gordon Carroll, propietarios de los estudios Brandywine y que velarían, de aquí en adelante, por la coherencia de los siguientes capítulos de la serie.

         En realidad, el armazón argumental de Alien, el octavo pasajero se puede encuadrar perfectamente dentro de la serie B por su sencillez conceptual y su concisión narrativa -luego, paradójicamente, inflada de filosofía mística en el devenir de la franquicia, en especial en las pretenciosas entregas actuales con las que Ridley Scott se empeña en rebuscar las monedas que hayan podido quedar olvidadas en viejos cajones-.

Por aquellas fechas, Scott, que traía el bagaje de una prolija carrera en la publicidad, trataba de consolidar su nombre como director de cine, después de llamar la atención con Los duelistas. Alien, el octavo pasajero lo consagraría como uno de los nombres a seguir. Sus imágenes llevarían a buen puerto la creación de atmósfera que invoca un soberbio diseño de producción en el que H.R. Giger consigue uno de los trabajos más celebrados del séptimo arte. El director, por su parte, dominará el terror mediante el tempo de la escena. Las explosiones de violencia gráfica abren la veda para dejar claro al espectador lo que se le viene en cima -y, según la conocida anécdota, también a un reparto que no sabía lo que iba a acontecer sobre la mesa donde se retorcía la víctima-; pero a la postre son contadas. Un páramo de oscuridad, niebla y desolación; una tensa espera entre estancias lóbregas, la asfixia claustrofóbica de un túnel donde se avanza con torpeza con un tosco lanzallamas, las sombras que se manifiestan desde la nada, cegadoras luces estroboscópicas… Los formatos con los que provocar inquietud son variados y estimulantes.

         En cualquier caso -y de nuevo al igual que el desenlace de Tiburón-, esos mimbres narrativos servirían para conectar otra vez con Howard Hawks -quien se dice que dirigió buena parte de El enigma de otro mundo-, y por consiguiente a un admirador suyo como Carpenter, a partir de un relato de supervivencia extrema en el que se observa el comportamiento de un grupo humano sometido a un asedio homicida. Y, como los personajes hawksianos, los de Alien, el octavo pasajero son personajes vivos, con personalidades definidas con tanta concreción como eficacia. En contraste con la aparatosa ingeniería espacial -no siempre sofisticada, no obstante-, la tripulación del carguero comercial Nostromo está conformada por currelas que hacen coñas durante el almuerzo, protestan por el reparto de tareas, discuten por la paga extra y se enfrentan como buenamente pueden -esto es, a trancas y a barrancas, con una desesperación que poco ayuda a encauzar una actuación colaborativa- contra una entidad que no solo sobrepasa sus capacidades de lucha, sino que además cuenta con el traicionero respaldo de la empresa.

La identificación por estos sufridos empleados de multinacional, prescindibles a ojos de sus jefes y abandonados de la mano de Dios -aquí Madre, la personificación de la tecnología que gobierna la nave-, es de una importante efectividad. A ello contribuye asimismo una acertada elección del reparto, alejada de prototipos artificiales en su edad y su aspecto, acaso coletazos de ese Nuevo Hollywood que declinaba arrasado precisamente a mamporros de blockbuster. En este contexto, adquiere pleno sentido la prosaica sordidez de ese componente sexual que arraiga en el terror de Alien -y que irá más allá en entregas posteriores-, con el desasosegante e invasivo abrazacaras, la explícita alusión al “hijo” de Kane, las insinuaciones fálicas en una de las muertes y, por último, ese tradicional enfrentamiento entre la bestia y una doncella que, en esta ocasión, y aun estando en paños menores, será de armas tomar.

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Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

Tenet

7 Sep

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Año: 2020.

Director: Christopher Nolan.

Reparto: John David Washington, Robert Pattinson, Elizabeth Debicki, Kenneth Branagh, Dimple Kapadia, Aaron Taylor-Johnson, Clémence Poésy, Himesh Patel, Yuri Kolokolnikov, Michael Caine.

Tráiler

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         Christopher Nolan suele cubrirse siempre las espaldas, explicar cada cosa que va a ocurrir para que nadie se pierda en el laberinto. En Tenet, lanza una advertencia por boca de la científica encargada de instruir al protagonista en los rudimentos de la inversión de la entropía de los objetos: “Mejor no trates de pensarlo; siéntelo”. Es decir, que primero construye un planteamiento fundado sobre las insondables complejidades de la física para, finalmente, apelar al puro y ancestral instinto. A la emoción humana como clave para desentrañar y superar todos estos desafíos de magnitud cósmica. “El mundo tal y como lo conocemos será aniquilado”, le informan por su parte a la apesadumbrada víctima de la película, la mujer en apuros cuya salvación individual es equiparable a la salvación de la humanidad al completo, amenazados ambos por un archivillano de manual -exsoviético, para mayor estereotipación-. “Incluido mi hijo”, acierta a concluir ella con gesto compungido.

Ese es el nivel de Nolan en este campo de lo emocional. El brochazo grueso sobre un fondo de concienzudo hiperrealismo, la palada de azúcar sobre el café gourmet con granos importados desde el último confín virgen del planeta. Al fin y al cabo, el británico es un cineasta que recurre a lustros de amnesia, seis capas oníricas o cuatro dimensiones para expresar la pérdida traumática. Solo un pequeño apunte al terminar el estruendo, con guiño a Casablanca incluido, permite percibir que hasta podía haber en Tenet una relación con genuino potencial que, por desgracia, se ha desaprovechado en favor de otra más trillada y, aun así, pobre.

         Dentro de la ambición de su juego, Nolan combina la sofisticación conceptual con la explosiva mezcla de géneros populares, como ocurría en Origen y las posibilidades para ello que le proporcionaba cada sueño. Tenet es un megathriller de espías donde las ambigüedades y misterios intrínsecos de un micromundo cimentado sobre la mentira y el engaño quedan reemplazados por los enigmas y paradojas de los viajes en el tiempo que a decir verdad, en el fondo, no dejan de ser una anécdota vistosa. El inestable factor humano sustituido por el inestable factor físico. De la misma manera, sus herramientas para tocar al espectador son también sensoriales, no sentimentales. Su estrategia es avasallar mediante el movimiento y el sonido. Tenet no se detiene, enredada en un constante clímax de acción que riza el rizo en lo técnico con escenas que van tanto hacia adelante como hacia atrás, unas posibilidades escherianas que había explorado como elemento escénico con mayor capacidad de sugestión precisamente en Origen y que, al igual que en lo narrativo, no pasan de ofrecer una intrépida curiosidad que tiene unos resultados visuales que ni siquiera funcionan del todo bien -y, sin embargo, probablemente sea el introductorio asalto a la ópera, aún en cronología convencional, la que está plasmada de forma más confusa-.

Esto no tiene por qué entenderse como una intención de distraer la mirada cuando el mago ejecuta su truco. Aunque todavía no encuentre respuesta a detalles como que el personaje de Elizabeth Debicki esté exento de utilizar mascarilla, probablemente Nolan, minucioso en la documentación -el reconocimiento de los astrónomos a Interstellar es notorio- y el armado de sus rompecabezas, no haya dejado cabos sueltos, desde los palíndromos diseminados para hilar teorías hasta cada inversión espaciotemporal desplegada. Pero el problema es que tanto importa que los conceptos científicos sean fidedignos o que la narración haya respetado su lógica interna. Qué más da lo que suceda si los muñecos que lo sufren carecen de la suficiente entidad como para percibirse como personas, para tener interés propio. Son simples sombras. En su inagotable carrera hacia un futuro pasado, las imágenes y los argumentos de este móvil perpetuo no dan tregua, pero tampoco dejan poso, si bien es posible que, si ese movimiento eterno se detuviese, la función colapsara, absorbida por el vacío, por un agujero negro. Como advierte Nolan, es mejor no tratar de pensarla.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 4.

Human Nature

22 Jun

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Año: 2001.

Director: Michel Gondry.

Reparto: Patricia Arquette, Tim Robbins, Rhys Ifans, Miranda Otto, Mary Kay Place, Robert Forster, Rosie Perez, Miguel Sandoval, Peter Dinklage, Toby Huss, Hilary Duff.

Tráiler

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          En Human Nature hay un batiburrillo de conceptos que aúnan el grito de auxilio de una persona que se siente inadaptada en una sociedad que es represión, coacción y prejuicio. Desde los abusones que oprimen al diferente hasta las normas de convivencia que acondicionan la libertad del individuo. Pero el elogio del buen salvaje que escribe Charlie Kaufman -que había consolidado su nombre tras conseguir sacar adelante la sorprendente Cómo ser John Malkovich– y dirige Michel Gondry -recién llegado del vídeo musical y los anuncios comerciales, con notable prestigio acumulado- es engañoso, pues queda rematado por una puntilla entre cínica y pesimista.

          El camino que se recorre hasta ahí, no obstante, se emprende a través de una caricatura naif, aunque con puntuales detalles sórdidos -la violencia, el sexo-. La sensibilidad que muestra Gondry desde la realización es análoga, con fugas creativas -el cambio de formato y textura de los recuerdos, la sátira disneyniana- de aspecto inocente en su surrealismo, pero bajo las que subyace una realidad conflictiva.

          En lo argumental, este retrato deformando que dibuja Human Nature -en el que se confronta a una mujer marginada por su vello corporal, un científico de psicología acomplejada y un hombre criado en lo salvaje- no resulta demasiado afilado en su indagación en la pérdida de empatía y naturalidad del ser humano, un tanto reiterativo en determinadas ideas y con una irregular afinación cómica que va desde escenas originales y mordaces a otras pobremente ejecutadas que terminan por provocar cierto sonrojo.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5,5.

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