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Vengadores: La era de Ultrón

8 Feb

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Año: 2015.

Director: Joss Whedon.

Reparto: Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson, Jeremy Renner, Mark Ruffalo, James Spader, Elizabeth Olsen, Aaron Taylor-Johnson, Paul Bettany, Samuel L. Jackson, Cobie Smulders, Linda Cardellini, Claudia Kim, Don Cheadle, Andy Serkis, Thomas Kretschmann, Stellan Skarsgård, Anthony Mackie, Julie Delpy, Idris Elba, Hayley Atwell, Stan Lee.

Tráiler

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          “Tú los destrozarás desde dentro”, le explica el supervillano Ultrón a la Bruja Escarlata, que con sus poderes psíquicos es capaz de enfrentar a cada uno de los vengadores contra sus temores más profundos y ocultos. La duda del superhéroe es uno de los temas principales de Vengadores: La era de Ultrón, una continuación en la que las dobleces y los dilemas internos de los integrantes de este ‘dream team’ marvelita poseen un mayor protagonismo en comparación con la anterior, donde primaba la colisión entre la acción épica y el diálogo afilado, casi de screwball commedy, que define la impronta de Joss Whedon.

En esta secuela, la Bruja Escarlata desnuda al superhéroe ante el espejo del yo, al igual que Mantis podía leer los secretos a flor de piel de aquel a quien tocaba en otra segunda parte, esta vez de Guardianes de la galaxia. Pero mientras que en el caso de Peter Quill estos se referían a una risible tensión sexual no resuelta, en Vengadores: La era de Ultrón se trata de preguntas acerca de la responsabilidad, el significado y las consecuencias de actuar de forma heroica, acerca de qué define la bondad o la maldad de estas acciones y cuán legítimas son las motivaciones y los resultados que estas producen.

Es decir, una introspección en la dualidad entre dios o monstruo que, por ejemplo, también se exponía en la reciente resurrección de Supermán en El hombre de aceroBatman v. Superman: El amanecer de la Justicia, o que, sin salirnos de la factoría, se encuentran en la base de esa relectura del doctor Jekyll y el señor Hyde que es Hulk.

          La diferencia de peso entre los miedos íntimos de Peter Quill y sus primos vengadores será lo que explique que en una se mantenga el tono festivo marca de la casa y en otra se matice hasta, incluso, aproximarse a la trágica negrura de la rival DC, la cual, sin embargo, e independientemente de que obtuviese mejores o peores réditos, apostaba con más decisión y consistencia por este drama personal. Porque en Vengadores: La era de Ultrón este tema queda apenas en apuntes con escaso vuelo, de igual manera que otros planteamientos de cierta enjundia como la identificación entre contrarios que sabe percibir el siempre íntegro Capitán América en los encolerizados hermanos Maximoff o las interpretaciones políticas que pueden entreverse en ese proyecto Ultrón con similitudes al escudo antimisiles de los Estados Unidos rebautizado con el cinematográfico ‘La Guerra de las Galaxias’, seguido de las tradicionales imágenes de la catástrofe colosal impregnadas de los ecos del 11-S, en este caso provocadas por un Hulk que, de este modo, se hermana de nuevo con el Supermán que defiende Metrópolis del ataque de general Zod no sin provocar una cuota de destrucción propia en absoluto desdeñable.

En la misma línea, la irrupción como némesis del automatismo viviente Ultrón presenta un villano que no termina de funcionar en su contradictoria mezcla de imponente figura mecánica e inteligencia orgánica con tendencia al chascarrillo, mientras que su particular propuesta filosófica, derivada de su equiparación de la preservación con la destrucción dentro de una visión de conjunto de su cometido, tampoco tiene finalmente demasiada atención ni alcanza gran altura.

          En cualquier caso, el humor continúa siendo un elemento disruptivo frecuente, capaz de cuestionar códigos del género superheroico como si fuesen fans que lanzan comentarios con sorna sobre la desaparición de mujeres capitales en este universo de alta virilidad -Pepper Pots y la astróloga Jane Foster- o sobre la verdadera utilidad del vilipendiado Ojo de Halcón en este equipo de semidioses. Pero, después de atizar a mansalva al modesto arquero, lo cierto es que Vengadores: La era de Ultrón lo convierte en otro de los ejes de gravedad del drama, puesto que, con su ejemplo de tipo corriente, ofrece las guías reflexivas para sus compañeros.

Ante las disyuntivas, Vengadores: La era de Ultrón traza un camino de reencuentro, un replanteamiento del “¿por qué luchamos?” que apunta a la esencia sublimada de los propios Estados Unidos: la independencia y el valor del ciudadano común; la defensa del hogar y la familia; el sacrificio por los valores y por el compatriota por parte de una persona humilde que asume sus falencias y debilidades pero que es consciente de la fuerza de su propia determinación y de su importancia para cumplir con un deber en el que lo patriótico es indisociable de lo moral… La aceptación de uno mismo como concepto clave.

El toque humano que aporta el ciudadano-guerrero Clint Barton es así fundamental en lo intelectual y, a la postre, se materializará también en la acción. Al fin y al cabo, del primero al último de ellos quedarán igualados en planos secuencia de manifiesta artificiosidad y artificialidad, donde cualquier vestigio físico a uno y otro lado del fotograma queda sumido en un mar de píxeles. También en otro plano secuencia que es casi un reflejo final de la apertura y en el que aparecen plasmados en una escultura de mármol, el material en el que se reconoce a las deidades para la eternidad -por mucho que, igualmente, esté plastificado en textura digital-.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

Guardianes de la galaxia Vol. 2

6 Feb

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Año: 2017.

Director: James Gunn.

Reparto: Chris Pratt, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper, Vin Diesel, Kurt Russell, Michael Rooker, Karen Gillan, Pom Klementieff, Elizabeth Debicki, Sean Gunn, Chris Sullivan, Sylvester Stallone, Stan Lee.

Tráiler

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          Hay una cuestión que, más allá de su devoto fetichismo por la cultura pop del periodo -cinematográfica, musical, visual, tecnológica…-, conectaba de fondo a Guardianes de la galaxia con el cine de aventuras y fantasía de los ochenta: ese tema de la ausencia paterna tan característico de las producciones de Steven Spielberg y la factoría Amblin. El segundo capítulo de la saga otorga protagonismo a este asunto para, a partir de ahí, construir un argumento en el que se enfrenta el peso de la sangre, de la genética, al concepto de familia elegida. Porque la familia, como expone la subtrama de las hermanas Gamora y Nebula, es el tema principal de Guardianes de la galaxia Vol. 2.

          Obviamente, en concordancia con el espíritu de la serie -que va un paso más allá incluso que el de la propia Marvel, si bien luego ha sido superada por Deadpool-, este drama queda abordado con un tono ligero en el que es frecuente el humor irreverente y posmoderno, que tanto sirve para rebajar la grandilocuencia de la tradicional acción superheroica como las tentaciones de componer una tragedia colosal. Lo antitético de lo que propone su rival DC, como es sabido. Falta le hace esta comedia, sea como fuere, porque todo espectador conoce de pe a pa el desarrollo y la resolución de este dilema que se plantea, además de que el resto de vertientes paralelas tampoco poseen una mínima consistencia -quizás Yondu se revele como un personaje con algo más de posibles-, con lo que el relato en sí termina por quedarse bastante endeble y deshilvanado.

          En todo caso, la estrategia de la semiparodia no deja de ser medianamente inteligente: si no se apunta alto -o si se admite la improcedencia de esta grandilocuente solemnidad- es más fácil acertar el tiro, sobre todo si se sigue hallando gags de impacto. Como explicita su introducción, donde la cámara sigue al adorable Baby Groot mientras baila ajeno a la macropelea que transcurre en segundo plano, la atención de la película no está puesta en los increíbles avatares de unas criaturas extraordinarias, sino en su chispa cotidiana, trivial. 

De esta manera, Guardianes de la galaxia Vol. 2 se atiene en gran medida y hasta exagera la fórmula que hacía de la entrega inaugural un divertimento relajado y simpático, protagonizado por uno de los nuestros. Es decir, por un superhéroe que, en realidad, es un tipo campechano con el que el público comparte sensibilidad y sentido común, aficiones y, por tanto, adrenalina. Peter Quill es un tipo que tiene nuestra misma piel, encarnado además por un chaval con un carisma y un atractivo nada ostentoso, probablemente acentuado por su condición de exgordo, como Chris Pratt, el héroe de la generación que no teme ser friki ni reivindicar sus apetencias de niño grande.

          Con todo, la repetición hace que la adrenalina no fluya con igual intensidad, además de que el diseño de producción, de tan exagerado y virtual, sume a los personajes en un entorno donde la fisicidad y por ende la energía brillan por su ausencia, llevándolos a ser figuras que se mueven en una nada a la que es complicado asirlos e incluso ubicarlos. Los erráticos movimientos de cámara y un montaje más bien pobre o cortado con poco interés acentúan esta sensación.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

1997: Rescate en Nueva York

4 Feb

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Año: 1981.

Director: John Carpenter.

Reparto: Kurt Russell, Lee Van Cleef, Ernest Borgnine, Donald Pleasence, Isaac Hayes, Harry Dean Stanton, Adrienne BarbeauTom Atkins, Charles Cyphers, Frank Doubleday, Season Hubley.

Tráiler

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          El destino de la humanidad en manos de un renegado con parche en el ojo, que escupe frases lacónicas como un Clint Eastwood recuperado del Salvaje Oeste y que opera únicamente porque su propio pellejo va, literalmente, en ello.

En 1997: Rescate en Nueva York, John Carpenter imagina un futuro próximo donde la ultraviolencia y la consiguiente reacción parafascista ha llevado a habilitar Manhattan como una isla-prisión donde volcar los despojos de la sociedad y tirar la llave. La prisión definitiva… simbólicamente vigilada desde el horizonte por la Estatua de la Libertad. Carpenter aprovechaba sus divertimentos de género no solo para componer obras de las que disfrutar con un buen puñado de palomitas y apetito cinéfilo, sino también para deslizar mensajes subversivos contra el estado de las cosas. Pongamos por caso el desenmascaramiento del gusto por la violencia del espectador al que se pone tras el antifaz del Mike Myers en La noche de Halloween o los Estados Unidos dominados por el capitalismo y el consumismo que desnudan unas simples gafas de sol en Están vivos.

En 1997: Rescate en Nueva York un escenario posapocalítico domina la megapenitenciaría, asentada sobre los cascotes de la antigua ciudad, capital oficiosa del mundo. Sin embargo, el exterior que permanece fuera de campo no es más acogedor. Es más, este sí se encuentra al borde de la hecatombe nuclear, dentro de un contexto de Guerra Fría y conflictos antiimperialistas que perduran en esta distopía de raíz ochentera. Y, desde luego, sus agentes de la ley no son menos despiadados.

          “Un poco de compasión humana”, espeta sarcásticamente el apaleado ‘Serpiente’ Plissken, que avanza entre la mugre y los escombros del país para, en un nuevo golpe de ironía, rescatar a su presidente, que se ha quedado atrapado ahí por casualidades del destino burlón. O del karma. Así, entre profecías oscuras, gamberrismo y toques de western -comparecen además viejas leyendas del género como Lee Van Cleef y Ernest Borgnine-, el amoral antihéroe debe regenerar -o no- un orden dudoso a través de una aventura nocturna, subterránea y brutal.

La narración es concisa y directa, propia de la serie B, y todo se ajusta a su funcionamiento, a pesar de las flaquezas que pueda presentar el desarrollo del relato. El diseño de producción, repleto de detalles de ingenio -como el cadillac del Duque-, asienta esta atmósfera nocturna y desolada, de constante amenaza y acción incesante, que se mueve entre lo terrorífico y lo grotesco. Entre la pesadilla y la caricatura, siempre con un equilibrio perfecto.

          Con ello, y con el protagonismo de Kurt Russell al frente de este jugoso reparto de tipos y tipas duros, 1997: Rescate en Nueva York se convierte en una obra de enorme carisma, lo que se manifiesta en el culto que le tributan abundantes guiños de la cultura popular. Además, cuenta con una secuela, un proyecto de remake y un juego de mesa.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

Ghost in the Shell

23 Ene

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Año: 2017.

Director: Rupert Sanders.

Reparto: Scarlett JohanssonPilou Asbæk, Takeshi Kitano, Juliette Binoche, Michael Pitt, Peter Ferdinando, Kaori Momoi, Anamaria Marinca, Chin Han, Danusia Samal, Lasarus Ratuere, Yutaka Izumihara, Michael Wincott.

Tráiler

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          El fondo del propio filme ya sirve en bandeja la ironía: Ghost in the Shell, la versión estadounidense del manga de culto de Masamune Shirow -producida también con amplio capital chino-, es una película con poco alma.

Quizás sea por esta ascendencia hollywoodiense, pero esta es la adaptación que más recuerda a las premisas de Robocop -aunque en la versión de su desvaído relanzamiento de 2014, pretendidamente trágico y nada subversivamente satírico-. La mayor Mira Keller -apropiación de la Motoko Kusanagi japonesa- es mitad mujer, mitad máquina, todo policía de la futurística Sección 9. La prolija indagación existencialista en la que se adentraban los animes de 1995 y 2004, que incluso recaían en verborreicas disputas filosóficas, queda aquí demasiado aligerada en el cuerpo de un ciborg que, en un drama de tópico desarraigo, no sabe dónde encaja en esta sociedad a la que no se siente pertenecer y que la hace sentir que no pertenece a ella, combinado con la pesada ascendencia de un pasado traumático.

          Esta esencia autorreflexiva en un mundo de información desbordada, nuclear en el manga visionario y en el anime, marida aquí a duras penas con una búsqueda de la espectacularidad visual y de la acción en la que el director Rupert Sanders se muestra reverente con sus referencias, hasta el punto de que por momentos su Ghost in the Shell parece una réplica en imagen real de las películas firmadas por Mamoru Oshii, casi al estilo de la nueva corriente de remakes de la Disney con protagonistas de carne y hueso -o de hiperrealista animación digital-. La cinta entremezcla en sus imágenes abundantes viñetas preexistentes en ambas, envueltas eso sí en una barroca ambientación en la que la sobresaturación de elementos tecnológicos del fotograma destruye todo intento de evocar una atmósfera.

Algo semejante ocurre en el guion, que por su parte deja la compleja relación entre la mayor y su némesis/doppelgänger del Ghost in the Shell de 1995 en una simplificada correspondencia orientada a un despertar de la consciencia, vinculado al descubrimiento de la naturaleza de Keller/Kusanagi. Pero es esta una identidad que se resuelve al encontrar una pieza perdida, no tras arrojarse contra un mar embravecido de preguntas metafísicas.

          La de Ghost in the Shell es una falta de atrevimiento que se podría trasladar a dos aspectos a priori menos relevantes: la occidentalización de la protagonista y la tramposa supresión de su impudicia a la desnudez, propia de quien nace ajena al pecado original humano.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 5.

Ghost in the Shell 2: Innocence

21 Ene

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Año: 2004.

Director: Mamoru Oshii.

Reparto (V.O.): Akio Ôtsuka, Kôichi Yamadera, Yutaka Nakano, Tamio Ohki, Naoto Takenaka, Atsuko Tanaka.

Tráiler

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         Casi una década tardaría Mamoru Oshii en volver a adentrarse en el universo de Ghost in the Shell, creado por el mangaka Masamune Shirow. Y aunque toma el argumento de uno de sus volúmenes, también apuesta por hibridar su propia sensibilidad filosófica con la vasta base que plantea el autor del original. Su estreno, con un futuro tecnológico que no paraba de aproximarse, podría ofrecer nuevos matices a este microcosmos visionario, que sin embargo redunda en unos conceptos muy semejantes, casi calcados a la de su precursora -de hecho se menciona la similitud entre la situación de Batou y la de la mayor Kusanagi-.

         Elaborada con animación digital, que a pesar de la mayor frialdad de sus formas extrae personalidad a partir de sus excesos, Ghost in the Shell 2: Innocence profundiza en la exploración en la frontera de lo humano que ya acometía la entrega inaugural. La secuela, cuyos hechos arrancan cierto tiempo después de los acontecimientos de Ghost in the Shell, comienza como un relato detectivesco en el que el enemigo a priori muestra, en principio, una dimensión más material que el anterior Marionetista, pues surge de una cadena de asesinatos vinculado al malfuncionamiento de un modelo de robot femenino ideado para el placer y que, además de homicida, desarrolla una conducta suicida.

De este modo, la trama se construye desde unos códigos que se asientan con mayor firmeza en el policiaco, al mismo tiempo que la atmósfera, por su nocturnidad y su paleta de colores, se aproxima aún más a Blade Runner, una obra que ya era clara referencia de la anterior. La turbiedad y el pesimismo existencial del tono completa el conjunto para componer una introducción densa, absorbente e intrigante, que deja tras de sí cuestiones de interés como el robot despechado. El desencanto cyborg.

         No terminará de concretarse esta original idea en un relato que, en su segunda mitad, se avalanza hacia un giro surrealista de estética recargadísima y ‘horror vacui’ de símbolos y citas filosóficas.

El cambio no termina de funcionar, por brusca y desopilantemente ambicioso en contraste con un argumento inicial que desde su modestia de género ya se bastaba para armarse de contenido reflexivo. Y en adelante el problema se irá agravando, con un ritmo narrativo renqueante, debido a que el guion se enzarzará sin reparo en peroratas y disputas de desmedida intensidad verbal.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6.

Ghost in the Shell

18 Ene

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Año: 1995.

Director: Mamoru Oshii.

Reparto (V.O.): Atsuko Tanaka, Akio Ôtsuka, Kôichi Yamadera, Yutaka Nakano, Tamio Ohki, Tesshô Genda, Namaki MasakazuIemasa Kayumi.

Tráiler

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          Vista desde el presente, Ghost in the Shell, la primera adaptación al cine del manga de culto de Masamune Shirow, deja un argumento tan vigente como interesante. No es tanto la indagación en el alma de la máquina y en la definición de qué es lo que hace humano al ser humano, cuestión ya largamente abordada -en el cine- por robots que toman consciencia de sí mismos en 2001: una odisea del espacio, Blade Runner, A.I. Inteligencia Artificial, Yo, robot o Ex Machina, entre otros ejemplos. Es, más bien, la posibilidad de ‘piratear’ al homo tecnologicus, tan relacionado con la tecnología que avanza hasta aproximarse al ciborg hasta ahora exclusivo de la ciencia ficción. El concepto podía rastrearse en distopías como Desafío total, y explotará definitivamente en Matrix -trilogía que bebe mucho de la obra aquí comentada-, si bien puede recuperarse asimismo, con otras variaciones, en cintas como Origen. La realidad como concepto difuso, el qué soy y qué vivo aplicado a un nivel que trasciende la propia carcasa.

          A diferencia de otras miradas al futuro, Ghost in the Shell no presenta un universo tiranizado por las máquinas, capaces de someter al perecedero ser humano. Más aún, de ser así estas se extinguirían sin remedio, carentes de la imprevisible originalidad que presenta cada individuo orgánico, garantía para la adaptación de los más sobresalientes y la supresión de los fallidos. Una fusión simbiótica es, a falta de soluciones mejores, el patrón dominante. A él pertenece, en una forma avanzada, la mayor Matoko Kusanagi, agente de élite a cargo de las operaciones encubiertas de la Sección Policial de Seguridad Pública 9, que en este caso investiga la aparición de un hacker que, bajo el nombre de El Marionetista, se adueña de los sistemas informáticos de los ciborgs, y por tanto de sus acciones y pensamientos.

De este modo, el enemigo ejerce de resorte para una búsqueda no policíaca, sino interior y universal, en el que la protagonista bucea en su consciencia formulándose preguntas existenciales. El Marionetista, pues, poco a poco se configura como un antagonista que, en el virar de las pesquisas íntimas y judiciales, asoma como un gurú revelador al final del camino. Un punto de evolución personal, en definitiva.

          Ghost in the Shell destaca por su atrayente ambientación ciberpunk, en la cual, sumido en la prisión de cemento de una megalópolis titánica, la definición del ciudadano se entremezcla y confunde con la máquina, con el maniquí despersonalizado. Los sueños, simple información química del cerebro, susceptible por tanto de ser manipulada, son una gota en un cubo de agua, afirma el compañero de investigaciones, tan cano como aquel Nexus 6 que, más poético, se lamentaba de que todo recuerdo estaba condenado a perderse como lágrimas en la lluvia, tal es la terrible transitoriedad de la vida. Pero en comparación con Blade Runner, Ghost in the Shell es menos lírica y está aquejada de algún vicio recurrente en el anime japonés, como su querencia por la palabrería y el soliloquio explicativo.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7.

Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia

12 Oct

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Año: 2016.

Director: Zach Snyder.

Reparto: Ben Affleck, Henry Cavill, Amy Adams, Jesse Eisenberg, Gal Gadot, Diane Lane, Laurence Fishburne, Jeremy Irons, Holly Hunter, Scoot McNairy, Callan Mulvey, Harry Lennix, Tao Okamoto, Jeffrey Dean MorganKevin Costner.

Tráiler

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          Ya lo planteaba El hombre de acero, donde Superman se presentaba ante el mundo sobre una Metrópolis completamente derruida. También El caballero oscuro, con Batman proscrito de la Gotham de la que es guardián silencioso y sufriente. Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia se abre con imágenes que reproducen el trauma del 11-S, apropiación recurrentísima del cine de catástrofes del nuevo milenio. El shock entre metal y hormigón desguazados, entre nubes blancas de asbesto, entre caos, muerte y miembros cercenados.

La realidad contemporánea, con la inocencia perdida en la concepción de una situación geopolítica fragmentaria, compleja y confusa, ya no admite héroes de una pieza, capaces de discernir el Bien del Mal y obrar en consecuencia. Una acción ejecutiva de Superman frente a la amenaza terrorista, atomizada en mil células, posee unas repercusiones que escapan al control de esta divinidad en potencia, erigida, por su poder y rectitud, en juez y verdugo. ¿Quién vigila a los vigilantes?, que se preguntaba -con bastante mayor fortuna- Watchmen.

          El material de base sobre el que se funda Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia exhibe la enjundia a la que suele aspirar Christopher Nolan, gran refundador de los héroes de la factoría DC. Las referencias al vigilantismo a pie de calle y al totalitarismo en la alta política, vinculadas a la naturaleza de estos superhombres, son constantes en el primer tercio de la cinta. Este tramo surge envuelto en la característica oscuridad que, en este sello, se cierne sobre estos pilares de lo establecido: figuras de interior atormentado, condenados, como herencia del antihéroe del western, a luchar por el sistema desde los márgenes de una sociedad aterrorizada por su propia vulnerabilidad que, en secreto o a voces, los teme y los repudia.

La película también arroja esos fotogramas de pictoricismo sobresaturado de chroma y píxeles típicos del Zach Snyder, con los que compone barrocos cuadros extáticos sobre esta mitología pagana de dioses dubitativos, casi con raigambre de tragedia griega, a juego con la altisonante banda sonora de Hans Zimmer y Junkie XL.

          Siempre ampulosa, Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia trata de abarcar una miríada de traumas, complejos y reflexiones, algunos expuestos de forma tan burda y desconcentrante como las escenas oníricas de un Bruce Wayne en el que Ben Affleck, actor muy limitado, no logra llenar los zapatos del carismático Christian Bale, a pesar de no ser este uno de sus peores trabajos interpretativos -lo que tampoco es mucho decir- y de que lo verdaderamente irritante es el intento de Jesse Eisenberg de crear su propio Joker a partir de un joven Lex Luthor.

La narración que plantea Snyder se dispersa y disuelve inevitablemente entre debates y dilemas de todo cuño. Y, en mitad de este irresoluble nudo gordiano de unas voluminosas dos horas y media, parece decidirse por el sobado hilo de enfrentar en el clímax tres traumas familiares, concentrando el crescendo operístico de la función en la confluencia de todos ellos, lo que resulta en una sobrecarga emocional tan artificial que cortocircuita cualquier pretensión que tuviera en este sentido.

          A ello se añade además ese molesto tufo que tiene el filme de ‘capítulo intermedio’ para el inicio de nuevas franquicias: el renovado Batman, Wonder Woman, la Liga de la Justicia, Aquaman, Flash y Cyborg.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 4,5.

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