Tag Archives: Segunda Guerra Mundial

Underground

29 May

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Año: 1995.

Director: Emir Kusturika.

Reparto: Miki ManojlovicLazar Ristovski, Mirjana Jokovic, Slavko Stimac, Ernst Stötzner, Srdjan Todorovic, Mirjana Karanovic, Mirena Pavlovic, Danilo Stojkovic, Bora Todorovic, Davor Dujmovic.

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           “El juego de las fronteras es tal en mi país que todas las generaciones que me siguen, han nacido en un país y muerto en otro sin cambiar de lugar. Somos el lugar donde mueren todos los imperios. La Roma antigua, el Imperio Otomano, el Imperio Austro-Húngaro se han estrellado en los Balcanes. Es por lo que no creo que nadie en Occidente pueda comprender verdaderamente lo que pasa allí abajo”, explicaba Emir Kusturika en una entrevista. Creador fascinado por la problemática existencia y la idiosincrasia de Yugoslavia, a la que reivindica como su auténtica patria, Kusturica se adentraba con Underground, siempre desde su irrenunciable prisma particular, en las cloacas de la historia reciente del extinto país balcánico, cuyos turbulentos episodios aportaban el fondo de escenario de ¿Te acuerdas de Dolly Bell? y en mayor medida Papá está en viaje de negocios -ambientadas en la Sarajevo de los sesenta y en el cisma con la Unión Soviética de Iósif Stalin a finales de los cuarenta, respectivamente-, y que de nuevo cobrarán protagonismo en La vida es un milagro -recreación privada de las Guerras yugoslavas-.

           En Underground, el tono de la narración lo delimitará el primer intertítulo, que abre el metraje con un explícito “Érase una vez…” La ternura ambigua del cuento tradicional como forma de aproximación a una realidad atroz y violenta. La fantasía como filtro intermediario del contexto hostil. El juego con la dualidad compone uno de los rasgos definitorios del cosmos autoral de Kusturica, cuyas películas suelen caminar sobre una tenue frontera que separa el costumbrismo del surrealismo y en la que el símbolo desempeña un papel primordial para la exposición del discurso. Una ambivalencia que, por extensión, el realizador aplica a su Yugoslavia doliente, admirable y despreciable, hermosa y caótica. Enclavada entre Oriente y Occidente, entre Rusia y el Mediterráneo, perteneciente a todas ellas y a ninguna, la geografía parece en sí misma un factor determinante en este irresoluble y desgarrado dilema balcánico, al que incluso insignes estadistas como Otto von Bismarck renunciaron a comprender no sin antes advertir acerca de la peligrosidad que semejante polvorín entrañaba para la estabilidad del continente.

           Distribuida en tres capítulos más un epílogo que abarcan desde 1941 hasta 1994 –Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría y Guerras yugoslavas-, Underground se vertebra a través del duelo entre dos camaradas, Marko (Miki Manojlovic) y Negro (Lazar Ristovski), y del conflicto entre dos mundos paralelos: la Yugoslavia bajo la dictadura de Josip Broz ‘Tito’, héroe de la resistencia partisana contra el invasor nazi, y el sótano de Marko donde, mediante engaños, permanecen recluidos Negro y su gente, ignorantes de que la lucha ha terminado. Por supuesto, también existen bisagras y rendijas entre ellos, como Natalija (Mirjana Jokovic), la actriz de teatro que, como cierre del triángulo amoroso entre ambos amigos, ejerce de espita para el estallido del argumento, o hasta el propio Tito, férreo pater patriae que todo lo controla. Underground es así un relato de amor que se entrelaza y aparea con un relato de guerra en el seno de una historia que, proclamará la conclusión, “no tiene fin”.

           El mensaje es meridiano: la ignorancia como herramienta de sometimiento, común a cualquier nación y periodo. La falaz construcción de los mitos nacionales, los muertos ocultos en el armario y la corrupción subterránea que transcurre bajo la piel de un Occidente ahíto de autocomplacencia. Concebido a partir de una idea de Dusan Kovacevic -otro de los integrantes del denominado Grupo de Praga yugoslavo y partícipe de la incipiente corriente crítica hacia el titoísmo agonizante en los ochenta merced a la comedia El espía de los Balcanes-, el guion no ahorra golpes contra el régimen comunista local, respetado en el Primer Mundo por su orgullosa independencia frente al ogro soviético. La equivalencia entre afiliarse al Partido e ingresar en el prostíbulo, la correspondencia entre partisanos y gánsteres, la canción Lili Marlene emparentando las imágenes de archivo de la ocupación nazi y los funerales del Mariscal.

           Furibundo y desencantado, Kusturica combate la rabia que le provoca la revisión de pasado y presente por medio de su dionisíaco sentido de la épica. Los fotogramas, engarzados al arrollador compás que marca el folk romaní de Goran Bregovic, hacen equilibrios a un solo paso del delirio. Kusturica -y con él Underground, sus personajes y Yugoslavia-, danza y danza febrilmente en un sinsentido que, por desgracia, es por completo real. El cuidador del zoológico llora incrédulo en su retorno a la superficie porque, por arte de brujería, su Yugoslavia ya no existe. “Putos fascistas y putos comunistas”, concluye el atormentado Negro, modificando su mantra político para adaptarlo a un horror inhumano, ininteligible y eterno donde, a causa de su desolador abandono nacional y afectivo, decidirá servirse únicamente a sí mismo, su patria individual.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7.

El hombre atrapado

24 Ene

Con El hombre atrapado, Fritz Lang se alista en el batallón de Hollywood contra la amenaza nazi en tiempos en los que el gigante estadounidense permanecía aún dormido a la espera de que la aviación japonesa le despertara de golpe en Pearl Harbor. Filmaría otras tres obras acerca de la resistencia frente al monstruo. El cazador que fantaseó con matar a Hitler, para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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Hasta el último hombre

12 Dic

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Año: 2016.

Director: Mel Gibson.

Reparto: Andrew Garfield, Teresa Palmer, Hugo Weaving, Rachel Griffiths, Sam Worthington, Vince Vaughn, Luke Bracey

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          Desterrado del Olimpo pagano de Hollywood a causa de su inflamado fanatismo cristiano, Mel Gibson abandona la agresividad de la espada para orientar su prédica hacia la identificación de Dios y el amor. A la espera de ver los derroteros que toma la continuación de la acusatoria La pasión de Cristo, todo tormento y culpa, Hasta el último hombre expone un nuevo testamento en el que un individuo común queda libre de pecado a través de hacer el Bien. En esta alegoría protagonizada por un santo cuya bondad es incomprendida en tiempos de la peste, como si de una segunda venida del Salvador se tratase, Gibson escoge la hagiografía del soldado Desmond D. Doss -el primer objetor de conciencia en cumplir la paradoja de obtener una Medalla de Honor por su heroismo en el campo de combate, del que rescató de la Parca a más de medio centenar de compañeros-, para pregonar un mensaje acerca de la preponderancia de la conciencia cristiana y humanística por encima de las turbulencias de lo temporal, producto de la corrupción de la carne.

A tal fin, presenta el conflicto de un puritano inquebrantable que ve cuestionado su credo en el Infierno en la Tierra; atrapado en un lugar donde no parece haber Dios y en el que los hombres niegan su sagrada palabra, entregándose a la perdición. Por ello, Hasta el último hombre abre sus fotogramas en los abismos de la razón, la batalla de Hacksaw Ridge en la cruenta campaña del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial, donde el hombre se ha entregado al homicidio de su par. No obstante, el soldado Doss (el cándido Andrew Garfield, que siendo Spiderman aprendió que todo héroe carga con un gran responsabilidad), experimentará dos cruzadas a lo largo del metraje: una ideológica, en la que lucha por la prevalencia de su moral en medio de los ataques de los incrédulos, y otra ya estrictamente bélica, donde con su sacrificio demuestra a los hombres de poca fe la verdad que descansa en la observación del mandato divino.

          Así pues, al estilo de la propagandística El sargento York, en la primera se reproduce el debate moral entre los límites de la conciencia y el deber patriótico del ciudadano, con incisión en conceptos como el mal mayor y la justificación de la violencia ante situaciones flagrantemente injustas o como simple reacción de supervivencia.

Y, como aquella, Hasta el último hombre tampoco es exactamente una película pacifista, a pesar de invocar el compromiso ético de este ser extraordinario y el sustrato firmemente cristiano del que procede. Tras las sucesivas pruebas de fe y su propia reinterpretación de las dudas de Jesús en el Getsemaní, la purificación de Todd -lastrado él también por el pecado original que encarna su padre y materializado en el trauma del atentado pseudocainita contra su mismísimo hermano-, es la purificación del Ejército en su conjunto, bendecido y legitimado por el mártir que vela por ellos, de rezo y de obra, por más de que hasta entonces se haya insistido en que del frente solo retornan cadáveres, sea en caja de roble, sea con monstruosas cicatrices físicas, sea con todavía peores huellas psicológicas, caminando pero con el interior desgarrado en jirones irreparables.

De igual manera, el enemigo japonés está construido con características que bordean lo sobrenatural y lo abstracto, surgido en legión del averno subterráneo, entre la ira y el fuego. Satán se le denomina en el guion; su dogma es la muerte. Muerte en la victoria y muerte en la derrota. Apenas se le personaliza, si bien la reverencia con la que Gibson filma un seppuku podría considerarse por su parte una cierta muestra de reconocimiento e incluso respeto hacia otra creencia, esta vez rigurosamente marcial y terrible.

          Tratada la angustia y el dilema del hombre como ente espiritual frente a la barbarie deshumanizada de la guerra con mayor profundidad y lirismo en La delgada línea rojaHasta el último hombre se emplea por su parte con inmisericorde crueldad en el retrato de las miserias bélicas, llevando un paso más allá el sanguinolento hiperrealismo de Salvar al soldado Ryan para arrojar contra el espectador pasivo un diluvio de vísceras y miembros cercenados.

No es una truculencia inadecuada en vista del discurso que esgrime el cineasta, que necesita mostrar el calvario para enaltecer el coraje de su héroe y que sutileza intelectual tiene poca. Pero otros planos épicos de contrapicados con música a juego o las conclusiones verbalizadas del desenlace sí resultan más pueriles en este aspecto, en especial si se comparan con la fuerza narrativa que posee el preludio del horror -representada mediante rostros desencajados, miradas vacías e inmundicia terrenal- y la fuerza temática que aporta al relato esa figura ambigua, tempestuosa y patética del progenitor.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

Salve, héroe victorioso

11 May

“El verdadero héroe es siempre un héroe por error, su sueño era ser un cobarde honesto como todos los demás.” 

Umberto Ecco

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Salve, héroe victorioso

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Salve, héroe victorioso

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Año: 1944.

Director: Preston Sturges.

Reparto: Eddie Bracken, Ella Raines, William Demarest, Freddie Steele, Jimmie Dundee, Raymond Walburn, Georgia Caine, Bill Edwards, Franklin Pangborn, Al Bridge, Elizabeth Patterson, Jimmy Conlin, Harry Hayden.

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            El de héroe a la fuerza es uno de los arquetipos tradicionales que la ficción emplea, lúdica o interesadamente, para que el lector/espectador asimile sus capacidades a las del protagonista y experimente desde su propia piel el honor y la gloria de protagonizar unos hechos extraordinarios al servicio de sus congéneres –y en realidad de sí mismo, ya que al final de sus aventuras está destinado a priori a recibir la debida admiración y loa de sus otrora iguales, especialmente si son féminas atractivas-.

El cine, claro, es un gran exportador de este tipo de relatos, que en tiempos bélicos suelen funcionar como una suerte de propaganda inspiradora, hábilmente endulzada para su consumo, asunción e imitación.

            Estrenada en 1944, cuando la Segunda Guerra Mundial parecía empezar a decantarse del lado de los aliados aunque todavía con un desmesurado e irreparable coste humano, Salve, héroe victorioso ofrece una sorprendente vuelta de tuerca sobre este sobado paradigma, ya que el héroe no es tal y la fuerza que le empuja a serlo es una simple mentira piadosa perpetrada por seis testarudos militares de permiso en California y empeñados en saldar una deuda moral –y, también, en otorgarle paz a una madre-.

            Esta delirante conspiración que se lleva por delante al falso héroe, zarandeado de un lado a otro como un pelele por las circunstancias y por el afiladísimo ritmo de la función, lleva la inconfundible firma de Preston Sturges, un tipo lúcido, escéptico y con un encantador sentido de la comicidad.

Bajo su pluma y frente a su cámara, Salve, héroe victorioso se convierte en una obra que, sin descuidar en último término su respeto por los marines en plena lucha –“unos hombres que pueden hacerlo todo”-, arroja una visión nada complaciente de la situación de los soldados –sin un duro, con tendencia a la gorronería y al comercio de suvenires frivolizados del frente de combate- y, sobre todo, del culto popular del héroe: una fantasía irreal en sí misma, que exige un ingenuo acto de fe y con la que desvela numerosas dudas acerca de su influencia social, dado que entraña no pocos peligros debido a la suspensión del criticismo que exige y a cierto sentido de la deuda gestionado de una forma verdaderamente cuestionable.

En consecuencia, como condensación de este discurso al completo, las bofetadas más sonoras se le acabarán propinando a la política estadounidense.

            Curiosamente, a pesar de que describe una trayectoria opuesta a otra comedia pseudoheróica como Bill, qué grande eres, las conclusiones que alcanzan Sturges y John Ford son similares en muchos aspectos. En cualquier caso, desde su esperpento colectivo, Salve, héroe victorioso satiriza los laureles marciales y, guiado por la lucidez de un loco –el soldado huérfano Bugsy (Freddie Steele, campeón del mundo de boxeo en categoría peso mediano)-, reivindica también una especie de antiépico héroe civil para el que servir a la comunidad desde el hogar no debe ser una tarea en absoluto deshonrosa.

La potencia satírica del guion se acomoda entonces a una puesta en escena y un montaje de extraordinario dinamismo, repleto de idas y venidas argumentales y visuales que hacen perfectamente palpable el desternillante agobio que embarga al desdichado Woodrow Lafayette Pershing Truesmith (Eddie Bracken), héroe a la fuerza.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

El hijo de Saúl

13 Feb

“Me rebelo, luego somos.”

Albert Camus (El hombre rebelde)

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El hijo de Saúl

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El hijo de Saúl

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Año: 2015.

Director: László Nemes.

Reparto: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Todd Charmont, Jerzy Walczak, Sándor Zsótér, Kamil Drobowolsky, Mihály Kormos.

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             La única rebeldía posible contra el mundo enajenado, la única que tiene sentido, es aquella que reivindica hechos a priori insensatos, iluminados, pero que una vez descubierta su trascendencia verdadera, sirven para enfocar con claridad una realidad antes consciente o inconscientemente velada.

             La febril odisea del sonderkommando Saul Ausländer por enterrar decentemente el cuerpo de un muchacho en un campo de exterminio es la rebeldía irracional y desesperada de un hombre que carga a su espalda con la marca de la muerte y en el rostro congelado la imagen de la deshumanización, en este caso necesario refugio contra otro tipo de deshumanización monstruosa: el Holocausto. Saul cambia sus pasos precisos y automatizados a fuerza de fría supervivencia por movimientos azarosos, obsesivos. Suicidas. Y su levantamiento, realizado incluso en oposición a otras promesas de esperanza, banales en su imposibilidad auténtica, constituye un acto supremo de rebeldía que enfoca, con pavorosa nitidez, una realidad atroz. El Horror.

             Al estilo de excelentes obras como La hora 25 también con la Soah y la Segunda Guerra Mundial en general o Masacre: ven y mira con el Frente Oriental de este conflicto, el itinerario de Saul, en lucha permanente contra la corriente que le arrastra y devora, reconstruye el infierno sobre la Tierra. Registrada mediante ruidos de fondo, entre estrechos y difusos fotogramas, tensísimos fueras de campo y personajes rugosos, la pesadilla que captura resulta todavía más vívida y escalofriante. La anti-Lista de Schindler, considerará Claude Lanzmann, voz autorizada.

             El expresivo prólogo, que configura escenario global y conflicto personal con rotundidad, es absolutamente devastador. El hijo de Saúl arranca con una potencia atronadora, pero no se detiene ahí. Encadenando veraces y absorbentes planos secuencia -fundidos todos ellos con la perspectiva sensorial de su protagonista- László Nemes le agarra a uno por las solapas y no le suelta. La potencia de su narración es descomunal, impropia de un debutante en el largometraje. El filme fluye como un río embravecido, arrollando todo a su paso. Perturbando las emociones y la razón.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 9.

Bill, qué grande eres

21 Dic

“Yo creía en la América de John Wayne. Mi padre era republicano y me enseñó que el Vietnam era una guerra buena porque los comunistas eran los malos y teníamos que luchar contra ellos. Por otra parte, yo tenía la imagen romántica de la Segunda Guerra Mundial a través del cine. Nada más lejos de la realidad.”

Oliver Stone

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Bill, qué grande eres

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Bill, qué grande eres

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Año: 1950.

Director: John Ford.

Reparto: Dan Dailey, Collen Townsend, Corinne Calvet, William Demarest, Evelyn Varden, Jimmy Lydon, Lloyd Corrigan.

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           Confluyen dos curiosas corrientes en Bill, qué grande eres.

Por un lado, John Ford, cuyo patriotismo norteamericano no puede ponerse en tela de juicio –acudiría a zona de combate durante la Segunda Guerra Mundial para rodar documentales propagandísticos e incluso recibiría heridas bélicas en su transcurso-, entrega una reivindicación inspiradora en tiempos de la gestación de la Guerra Fríala Unión Soviética había probado la bomba atómica y la Guerra de Corea estallaría pocos meses después del estreno- a propósito del necesario heroísmo del hombre común, argamasa de América, quien impulsado por sus ardorosas entrañas y sus convicciones morales hijas de la tierra de la Libertad, decide alistarse en valerosa defensa de su nación amenazada –lo que incluye números musicales con la aparición estelar del Tío Sam-.

Por el otro, su visión de este heroísmo está tiznada de cierto desencanto –a pesar de la dulzura que impregna el tono narrativo y del obligado desenlace del discurso, claro-. Las increíbles aventuras de Bill Kluggs (apropiado Dan Dailey), un muchacho algo simplón de un pueblecito cualquiera de los Estados Unidos -casi un prototipo de Forrest Gump-, son crueles hasta extremos hilarantes, marcados por esa comicidad extemporánea de Ford, cándida, nostálgica y costumbrista.

           Nacido para la gloria –el primero de su municipio para alistarse en el ejército-, condenado a la infamia –destinado a su pueblo natal, se ve reducido a promocionar constantemente por buena conducta como adiestrador de tiro en la academia de formación-, el libreto no se reserva ningún golpe sarcástico en su burla hacia el desesperado muchacho –la colección de galones que acumula, la comparación entre la peligrosidad de pilotar con reclutas frente a los avatares de la guerra en el Pacífico-. Hasta que le llega la hora de los elegidos, donde su contribución a la causa es de nuevo tan humorística como sádica, paródica en su épica, épica en su parodia.

           Bill, qué grande eres se presenta como una película cálida y divertida aunque también tenuemente hosca y apesadumbrada. Una obra relatada con el firme pulso y la elegancia melancólica del cineasta norteamericano y donde los gags despiertan una simpatía que, a causa de su juego de contrastes, deja a su vez un interesante y muy particular poso agridulce, rebosante del escepticismo humanista que caracteriza la filmografía de Ford.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Hannibal: El origen del mal

1 Nov

“Las cicatrices nos recuerdan que el pasado es real. “

Hannibal Lecter (El dragón rojo)

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Hannibal: El origen del mal

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Hannibal, el origen del mal

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Año: 2007.

Director: Peter Weber.

Reparto: Gaspar Ulliel, Dominic West, Gong Li, Rhys Ifans, Kevin McKidd, Stephen Walters, Richard Brake, Goran Kostic, Ivan Marevich, Charles Maquignon, Aaran Thomas, Helena-Lia Tachovská.

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            Por lo visto, poco se podía avanzar en la historia del doctor Lecter una vez concluido su duelo con la agente Clarice Starling en Hannibal. De tal modo que el capítulo que consumará la tetralogía literaria y cinematográfica –si excluimos la precursora Hunter– es una mirada al pasado. Una precuela. La exploración del momento exacto en el que un hombre deja de ser un hombre para transformarse en monstruo. En este caso, Hannibal: El origen del mal sintetiza la idea ambientando esta génesis aberrante en un periodo histórico, la Segunda Guerra Mundial, donde la máxima de Thomas Hobbes del hombre como lobo para el hombre se hace literal, carne y metralla.

            La producción -casi una manera residual de intentar repetir el éxito en taquilla de sus predecesoras-, ahonda en unas explicaciones psicologistas de la naturaleza humana de Lecter (el francés Gaspar Ulliel, componiendo por imitación) las cuales, en realidad, son por completo innecesarias e incluso improcedentes. Tanto o más cuando se fundan en premisas tan básicas como las que expone, semejantes en su tendencia al tópico de diván a las que daban forma al Francis Dolarhyde de El dragón rojo, y que se aderezan más tarde con un entrenamiento de héroe de acción, sección samurái letal, bastante ridículo, como si fuese un Kill Bill de saldo.

De ahí la necesidad de subrayar el acierto de la serie de televisión Hannibal al sublimar el personaje hasta tornarlo, con el inestimable apoyo del rostro de Mads Mikkelsen, en prácticamente abstracto, puramente conceptual: la tentación, el doble, el diablo, el Mal.

            El problema de Hannibal: El origen del mal seguramente proceda de la materia prima. Prosiguiendo el trasnochado camino que emprendía en su anterior novela, Hannibal, Thomas Harris -por primera vez también autor del libreto- cae bajo el hechizo seductor de Lecter y accede a convertirle en un antihéroe, justificando todas y cada una de sus masacres, hasta de la forma más artera.

Así, tan solo vigilado por el inspector Popil (Dominic West), un antagonista reducido a simple monigote carente de peso que apenas sirve para establecer una nueva confrontación al otro lado del espejo –dos individuos antitéticos equiparados por las pérdidas de la guerra-, Lecter se convierte, a lo largo de una trama elemental, en un cazador de nazis y gánsteres en busca de venganza y redención. Perfectamente digno por tanto de compasión y aliento por parte del espectador, siempre proclive a jalear a sus iconos, por censurables que sean; protegido moralmente por las barreras de la ficción.

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Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 4.

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