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Siete años en el Tíbet

31 Jul

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Año: 1997.

Director: Jean-Jacques Annaud.

Reparto: Brad Pitt, Jamyang Jamtsho Wangchuk, David Thewlis, Lhakpa Tsamchoe, DB Wong, Mako, Danny Denzongpa, Victor Wong, Ingeborga Dapkunaite.

Tráiler

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         Es posible que el premio Nobel de la Paz al Dalái Lama en 1989 propulsara el interés de Occidente por el budismo tibetano y sus enseñanzas de paz interior y hacia el prójimo -o viceversa-. En lo posterior, estrellas de Hollywood como Richard Gere, Harrison Ford, Meg Ryan, Sharon Stone o Uma Thurman -no por nada hija del prestigioso profesor de estudios indotibetanos Robert A. F. Thurman– se pronunciarían a favor de la independencia del Tíbet, bajo dominio de la República Popular China, al tiempo que se organizaban conciertos solidarios bajo el cuño de Tibet Freedom. Centrándonos en la manifestación cinematográfica de este fenómeno, Pequeño Buda, del prestigioso Bernardo Bertolucci, abriría las puertas de otro par de películas a cargo de cineastas de renombre, como Kundun, de Martin Scorsese, y Siete años en el Tíbet, de Jean-Jacques Annaud.

         Curiosamente, Kundun y Siete años en el Tíbet se estrenan ambas a finales de 1997 y precisamente cuentan como figura central al decimocuarto Dalái Lama, Tenzin Gyatso, y su vida marcada por la ocupación del país y su exilio internacional. Pero si la primera le concede protagonismo absoluto, la segunda -que incluirá en el reparto a su hermana para interpretar el rol de su madre y cuyo guion estará hasta bendecido por el propio hombre santo después de que se lo hiciera llegar Gere, una de las primeras opciones para encabezar la producción- sitúa el principal punto de vista en el alpinista austríaco Heinrich Harrer, cuyo relato, basado en su libro de memorias homónimo -y ya objeto de un documental exhibido en 1956 en el festival de Cannes-, coincide con la infancia y entronización del líder espiritual y político del Tíbet.

         Así pues, Annaud asienta los fotogramas en el sobrecogedor paisaje himalayo -que en realidad son los Andes argentinos, a excepción de un breve trozo de metraje rodado en secreto- para evocar esa noción mística acerca de la existencia de fuerzas que superan y trascienden al terrenal ser humano. En este marco, la aventura de Harrer -un Brad Pitt con forzado acento germánico- se expresa como el involuntario peregrinaje de purificación de un hombre afectado por los males de la sociedad moderna -la intolerancia, el individualismo, la arrogancia- dentro de un retrato quizás algo plano, aunque estimulado por la espectacularidad de las imágenes y del choque cultural al que se enfrenta -si bien a la postre apenas se escruta más allá del pintoresquismo-.

En este sentido, su condición de campeón de escalada en tiempos del Anschluss nazi no deja de ser simbólica, puesto que el cine alemán del periodo tenía en el bergfilm, las películas de montaña, su equivalente al wéstern estadounidense, es decir, la plasmación mítica de la conquista del territorio, de la imposición de la voluntad de una nación sobre cualquier adversidad. En Siete años en el Tíbet, no es Harrier quien conquista la montaña, sino que la montaña lo conquista a él.

         Dentro de este fondo, la narración establece el conflicto paternofilial como una de sus principales vertientes, construída como el encuentro entre una infancia robada y una paternidad perdida. Sin embargo, a pesar de este planteamiento, consolidado por un montaje paralelo que había alternado la mirada del alpinista con la del joven elegido, el cineasta francés terminará por desmontar esta premisa dramática al vincularla a una concepción occidental, pero manteniéndola dentro del proceso de aprendizaje y redención de Harrer y dando lugar a una relación cálida y hermosa entre uno y otro partícipe.

Por su lado, la cuestión política está resuelta de forma bastante rutinaria, con lo que no alcanza demasiada fuerza. A causa de ello, el tercer acto -en el que debido a su relevancia histórica y biográfica se impone en detrimento de la profundización en el resto de asuntos- cotiza a la baja.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6.

Horizontes perdidos

25 Dic

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Eduardo Galeano

 

 

Horizontes perdidos

 

Año: 1937.

Director: Frank Capra.

Reparto: Ronald Colman, Jane Wyatt, John Howard, Edward Everett Horton, Thomas Mitchell, Isabel Jewell.

Tráiler

 

 

           A finales de la década de 1930, el cine de aventuras se erigía como uno de las producciones más recurrentes entre las majors de Hollywood debido a su tirón entre el público de entreguerras, aún saliente a duras penas del trauma del crack del 29 y con el recuerdo reciente de la Gran Guerra y que ahora observaba de reojo el polvorín que comenzaba a formarse en la crispada Europa. Espectadores ávidos de aventuras exóticas que los alejaran de su realidad cotidiana para transportarlos a lugares recónditos repletos de insospechados misterios, encantos, pasiones y emociones que solo entrañaban peligro dentro de una sala oscura. De la magia del cine en definitiva.

Una popularidad que evidencia el éxito de cintas como Tres lanceros bengalíes, La carga de la brigada ligera, Gunga Din,… películas donde el héroe civilizado sometía el salvajismo de la Naturaleza o del bárbaro al mismo tiempo que, de paso, conquistaba a alguna beldad de dorados cabellos.

            Horizontes lejanos, traslación al celuloide de la famosa novela de James Hilton, será uno de los grandes éxitos de este cine, si bien posee un fondo más cercano al cuento moral que a la novela de aventuras.

Frank Capra, director que nunca perdía de vista, dentro del espectáculo, una posible lectura moral o un apelativo a la conciencia de la platea, escogía rebajar el peso de la acción y ceder paso a los procesos internos y a las reflexiones de su personaje principal, Robert Conway (Ronald Colman), egregio diplomático británico en el Lejano Oriente, un hombre racional, humanista, curioso, mesurado y flemático al que la casualidad y una enigmática mano negra lleva a dar con sus huesos, junto con sus heterogéneos acompañantes de huida de la China en rebelión, en un refugio utópico en las montañas del Tíbet: el icónico Shangri-la.

Son un grupo de personas representativas de las fútiles y vacuas ilusiones que ofrece la decadente cultura occidental –un diplomático desterrado por la guerra, un hermano que vive de su estela, un vilipendiado hombre de negocios arruinado por la crisis, un científico que vertebra su existencia en torno a un pasado insustancial, una mujer moribunda- hijos de un mundo desorientado, alienado, abocado a despeñarse, y que son recibidos, o encerrados, en la jaula de oro de un paraíso perdido, una ecuménica arca de Noé de fundación belga –se exige una mano occidental en tiempos todavía coloniales, al fin y al cabo- donde se vive con moderada felicidad, sin las ataduras, esfuerzos, egoísmos, vicios y preocupaciones que envejecen y matan al hombre –el “suicidio indirecto”-.

            Un sueño, una oposición antitética del hostil y cruento mundo del otro lado de las montañas en el que, para integrarse, es necesaria conservar una cierta dosis de la bondadosa y natural ingenuidad humana –constante muy capriana-, un idealismo que crea que es posible esta versión adulta de Nunca Jamás.

Es esta una dualidad que se repite y ejemplifica en los hermanos Conway. Robert es capaz de creer, de imaginar ese reducto edénico, mientras que George (John Howard), pragmático y terrenal, lo rechaza desde su mirada de hombre del siglo XX. La inocencia perdida como pecado más terrible de aquel siglo, aún joven y ya cansado.

El final será esclarecedoramente metafórico.

            Capra aporta su mejor elegancia y pasión de cuenta cuentos para narrar un viaje introspectivo que tampoco rechaza el empleo de la escenografía majestuosa propia del género, apoyado en un guion que conserva un gran sabor aventurero a la vez que deja por el camino unas cuantas concienciadas perlas sobre la sociedad de su tiempo, aún convaleciente de una y mil penurias y en la que se presentía ya el hedor de un posible retorno a horrores pasados.

Muy interesante.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

Kundun

23 Oct

“Hay obras maestras que lo son por el monumental aburrimiento que provocan.”

Luis García Berlanga

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Kundun

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Año: 1997.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Tenzin Yehsi Paichang, Gyurme Tethong, Tencho Gyalpo, Tenzin Thuthob Tsarong, Tulku Jamyang Kunga Tenzin.

Tráiler

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           En el ocaso de los noventa, Hollywood se entregaba al budismo como nueva moda espiritual, desbancando incluso a la cienciología. El premio Nobel de la paz recibido por el Dalai Lama en 1989, la promoción por artistas populares como Richard Gere o el éxito de películas como Pequeño Buda y Siete años en el Tíbet evidenciaban una tendencia al acercamiento a una religión en el exilio que proclamaba a los cuatro vientos su sosiego espiritual y su pacifismo.

Martin Scorsese, un cineasta que, por otro lado, suele ir por libre en una carrera variada en formas y fondos, dentro de unos rasgos reconocibles, se salía por la tangente tras el éxito de Casino –con su temática más habitual de mafia, bajos fondos, ascensos, caídas y redenciones- y aportaba su granito de arena a la causa con Kundun, biopic sobre la infancia y juventud del decimocuarto Dalai Lama –aún vigente en el cargo-, desde su proclamación hasta el comienzo de su exilio.

            Kundun, presencia sagrada, es uno de los apelativos que recibe el máximo líder religioso y espiritual de la rama tibetana del budismo. Como en la entonces reciente y exitosa El último emperador, Kundun es una película río que recorre los primeros años de Tenzin Gyatso, decimocuarto Dalai Lama. Es el punto de vista de una persona, atravesando todas las fases de crecimiento y formación como individuo, sobre la propia vida –no muy diferente a la de cualquier otro, pese a la importancia de su cargo-, existencia paralela a una época convulsa para su país, la de los años de invasión y ocupación de por China comunista –hechos, por cierto, también recogidos en la anteriormente mencionada-. Primero con los ojos y las impresiones de un niño ante una solemnidad que no alcanza de comprender del todo y que aborda como un juego mientras va descubriendo los pequeños y grandes misterios de la vida; más tarde la adquisición de responsabilidades, el conocimiento de las circunstancias y consecuencias de nuestros actos, las grandes decisiones y su trascendencia, la pérdida, la muerte. Un mundo que se va haciendo cada vez más complejo, donde se descubre que el maniqueísmo que enseñaban las viejas leyendas y tradiciones no es tal, sino que todo es de un gris inclasificable y el lobo suele vestir piel de cordero, que no todo es belleza y alegría. El peso de liderar a un pueblo, de guiar una religión. La soledad del poder.

             Grandes temas que surgen en la vida, un compendio demasiado ambicioso para un filme biográfico que trata de abarcar más de lo que puede, por lo que cae en la superficialidad, los personajes resultan planos. Se suceden en pantalla imágenes bellísimas y acontecimientos íntimos e históricos que deberían resultar apasionantes, pero ya poco importan, carecen de emoción, el espectador se ha empachado de budismo y de la exhibición de poderío escénico y del excesivo formalismo que propone Scorsese.

Un aburrimiento de proporciones bíblicas.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 2,5.

La copa

15 Jun

“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.”

Albert Camus

 

 

La copa

 

Año: 1999.

Director: Khyentse Norbu.

Reparto: Jamyang Lodro, Orgyen Tobgyal, Neten Chokling, Lama Chonjor.

Tráiler

 

 

           El cine de Bután es un fenómeno tan extraño como reciente, producto de un país sin tradición cinematográfica hasta el cambio de milenio, excepto una única película fechada en 1989, y en el que la televisión no se introdujo hasta 1999, año en que, precisamente, Khyentse Norbu, también conocido como “Su Eminencia Dzongsar Jamyang Khyentse Rinpoche”, un influyente lama encarnado de la tradición budista tibetana y parte de una de las familias más importantes del Bután, se decide a escribir y dirigir La copa, segundo film butanés, aunque con ayuda occidental en la financiación, y primero con repercusión internacional, estrenada mundialmente en el Festival de Cannes.

            De contenido en parte autobiográfico, La copa presenta un relato pequeño en todos los sentidos, la historia de un monasterio budista tibetano exiliado en la India, en el que, como en la vida de todo el planeta, se da la contradicción entre las ansias de los jóvenes de libertad, ganas de explorar lo desconocido, vitalismo, etc., representados en su pasión por la Copa Mundial de Fútbol de Francia 1998, frente a su aprendizaje vital a través de la disciplina propia e impuesta del monasterio, de su crecimiento como personas por medio de sus experiencias y por las sutiles enseñanzas de sus mayores.

            Una sencilla fábula moral con trazos de comedia amable, con acertados detalles de humor e ironía en su visión de la vida y personajes entrañables, retratados con cariño e interpretados por actores amateurs –lo que se nota en muchos de ellos, ayudados por el doblaje de actores profesionales-, de ritmo pausado que no tedioso, sin caer en el gusto meramente contemplativo y casi indolente de mucho de este tipo de cine; con búsqueda de realismo y sin estridencias argumentales o artísticas, filmada con buen gusto y corrección.

Cine pequeño pero recomendable.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4. 

Nota del blog: 6.

Camino a la libertad

18 May

“Cuando todo indica que por un lugar no se puede pasar, es necesario pasar. Se trata precisamente de eso”

Alfred Mummery

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Camino a la libertad

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Año: 2010.
Director: Peter Weir.
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          Director de grandilocuentes historias de tintes épicos, con gusto por los grandes escenarios panorámicos, Peter Weir retornaba tras siete años de inactividad para ponerse a las órdenes de la National Geographic en la recreación del libro del polaco Slavomir Rawicz, obra que narra la historia pseudobiográfica –muchos analistas y casi cualquier persona con sentido crítico dudan de su veracidad- de la huida del propio autor y otros seis acompañantes de un gulag soviético a través de Siberia, Mongolia, China y Tíbet hasta la India británica.

          Dentro de esa enormidad paisajística, desde luego mostrada con belleza y con una buena puesta en escena, Weir aleja la historia de casi cualquier intención de simbolismo o profundidad, pese al rechazo simplón del totalitarismo comunista de fondo, para un concepto de viaje que siempre es elemento de sencilla y expresiva metáfora en muchas otras obras, ya sea en sentido iniciático de cambio físico y mental del protagonista (cualquier variación de la Odisea como O brother! y otros como Masacre: ven y miraEl verano de Kikujiro, El viaje de Chihiro), de liberación y descubrimiento personal o nacional (Easy Rider, Una historia verdadera, Diarios de motocicleta, Hacia rutas salvajes), alegóricos e iluminados descensos al infierno (Moby Dick como modelo fundacional; Aguirre, la cólera de Dios, Apocalypse Now) o de experiencias humanas límites, con afloramiento de las bajas pasiones del ser humano o, más parecidas a ésta y generalmente con situaciones más crudas y tratamientos menos amables, de supervivencia extrema (búsqueda aventurera de botines como El tesoro de Sierra Madre, Montaña siniestra; reducción al salvajismo también en una cárcel natural en Tasmania).

Un relato inundado por la épica que es más bonita que interesante, más un espectáculo visual que un alegato de cualquier cosa; un viaje vacío de significado más allá de la capacidad de cabezona supervivencia de los protagonistas, totalmente planos e interpretados con superficialidad por unos actores que no transmiten demasiado a excepción, obviamente, de un Ed Harris al que siempre es de agradecer ver en cualquier tipo de producto.

          Bien presentada, Camino a la libertad es un espectáculo medianamente fluido de sucesión de sobrecogedores parajes naturales dignos de la fotografía de su productora, pero poco más.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 5.

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