Tag Archives: Amistad

Capitanes intrépidos

5 Jun

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Año: 1937.

Director: Victor Fleming.

Reparto: Freddie Bartholomew, Spencer Tracy, Lionel Barrymore, Melvyn Douglas, John Carradine, Mickey Rooney, Charles Grapewin, Sam McDaniel, Oscar O’Shea.

Tráiler

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         Para empezar, un dato: Capitanes intrépidos tiene el honor de ser la película con la que más he llorado en mi vida. De hecho, recuerdo bastante bien aquel berrinche, y eso que yo tendría menos de diez años. Desde entonces no la había vuelto a ver. Y, un cuarto de siglo después, el viejo Manuel es aún capaz de ponerme un nudo en la garganta. Supongo que, de niños, la mayoría somos un poco pescaditos y, en mayor o menor medida, necesitamos la presencia decisiva de un adulto que, con cariño, comprensión y paciencia, nos rescate del ensimismamiento infantil para mostrarnos las maravillas del vasto mundo que nos espera más allá de nuestro ombligo e inocularnos la alegría de una vida sana por fuera y por dentro. Un padre, un maestro, un referente. Aprender a vivir, en definitiva.

         Capitanes intrépidos fundamenta su fuerza, su valor, en conseguir que fructifique, inspire y conmueva esa relación entre el niño pijo y el rudo marinero. Hay que reconocer que en gran parte se debe a la convicción de Freddie Bartholomew, al sentimiento y la verdad que alberga su forma de mirar a un Spencer Tracy que es todo carisma, pero que también luce un dudoso acento portugués y gestualidad caricaturesca, al borde de pasarse de la raya y naufragar en esa molesta estereotipación del extranjero latino o mediterráneo. De contagioso vitalismo, Manuel es el personaje principal del barco en el que se enrola a la fuerza el pequeño, irritante y triste Harvey. Es, en cualquier caso, una goleta dotada con una soberbia tripulación, comandada por Lionel Barrymore y con John Carradine, Charles Grapewin y Mickey Rooney entre sus integrantes. El respeto hacia la personalidad de cada cual, bien definida, permite que el relato no caiga en la sensiblería.

         El texto original procede de Rudyard Kipling, un hombre que sabía conectar con el espíritu de la aventura, que es un universo que entronca directamente con la mirada infantil, que por naturaleza ha de estar abierta y atenta a asombros y descubrimientos, en contraste con un sentir adulto que, como se manifiesta en el ritmo cotidiano del padre de Harvey, se encuentra pautado al milímetro por un cúmulo de descorazonadoras y en el fondo irrelevantes obligaciones materiales.

Desde un elegante clasicismo, Victor Fleming da cuerpo a estas figuras que, cada una con sus carencias y sus potenciales, tratan de encontrar su rumbo. Aunque cualquier barco se pilota mejor acompañado, con gente de confianza que oriente con la brújula y ayude a desplegar las velas. Las imágenes manifiestan esa experiencia estimulante en el mar, repleta de sorpresas y recompensas, al mismo tiempo que encuentra espacio para estrechar el plano en torno a las los dos protagonistas, reservándolos un pequeño y cálido rincón en el que desarrollar un intercambio de profundas enseñanzas y honestas emociones.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

El golpe

24 Abr

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Año: 1973.

Director: George Roy Hill.

Reparto: Robert Redford, Paul Newman, Robert Shaw, Charles Durning, Eileen Brennan, Dimitra Arliss, Charles Dierkop, Ray Walston, Harold Gould, Dana Elcar, John Heffernan, Jack Kehoe, Robert Earl Jones.

Tráiler

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         El golpe ofrece todo lo que se le puede pedir a una gran producción del Hollywood de las estrellas. El glamour de dos astros plenos de fotogenia, una historia tan inteligente como divertida y una atmósfera atractiva y estimulante. Hasta con cierto aire de autohomenaje en esa apropiación del estilo visual de las películas de gángsteres de los años treinta, desde el logo de la Universal hasta las portadas de los capítulos, pasando por los recursos empleados para la transición entre escenas.

         Es decir, que El golpe es una película que invita al espectador a dejar atrás su grisácea vida cotidiana para viajar a través de los fotogramas a otra época y otro mundo, y participar así con dos pillos encantadores en el espectacular timo a un villano que, por violento y cruel, bien se lo tiene merecido. Esa hermandad de los buenos ladrones, constituida en industria seria, posee la fascinación que se desprende observar cómo unos especialistas hacen su trabajo de forma impecable. Con camaradería, con dignidad; valores que suscitan empatía frente a la brutalidad de ese irlandés que ni bebe, ni fuma ni va con mujeres. Humildes proletarios en un terrible contexto de Gran Depresión, en el que las promesas de prosperidad del país de las oportunidades han quedado desmentidas. Si acaso, solo puede aspirarse a ellas desde fuera de los cauces de este sistema que, al fin y al cabo, está igualmente amañado.

         Hay un sentimiento de entretenimiento en toda la trama que se reconoce abiertamente y se abraza. Los estafadores hablan de sus planes bajo el término ‘play’, que es el mismo que se utiliza tanto para definir el acto de jugar como las obras de teatro. Y es que, en el fondo, todo lo que hacen es un teatrillo, una representación. Tanto de cara al malvado Doyle Lonnegan como para el público al otro lado de la pantalla, a quien se puede decir que también le está reservado algún truco propio del oficio.

La belleza, el encanto y la química de Robert Redford y Paul Newman también está ahí para satisfacernos, para darnos el gusto -y, por qué no, para deslumbrar al igual que lo hace la ayudante de un mago-. George Roy Hill, clásico sin sacrificar el halo romanticismo, se entromete lo justo para afinar la orquesta y que todo suene bien. Sabe que no le corresponde demasiada cuota de protagonismo y se dedica a plasmar con perfecto saber hacer -elegante saber hacer- el relato. A gestionarlo con pulso, a que la tensión de la intriga quede bien distribuida y no decaiga nunca. A salvaguardar la autenticidad tanto del complot de los buenos como de la película que nos regalan.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,6.

Nota del blog: 9.

Los bajos fondos

22 Abr

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Año: 1936.

Director: Jean Renoir.

Reparto: Jean Gabin, Louis Jouvet, Junie Astor, Suzy Prim, Vladimir Sokoloff, René Génin, Jany Holt, Robert Le Vigan, Maurice Bacquet.

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          Ambientada en la Rusia zarista del principios del siglo XIX, hay una universalidad en los conflictos humanos y sociales que captura Los bajos fondos, obra teatral de Maksim Gorki. Al menos, la suficiente para que Jean Renoir la adaptara en los años treinta, ubicándola en un país indeterminado que parece una Francia tomada por antropónimos rusos, y Akira Kurosawa la trasladara después al periodo Edo nipón, ambas con el mismo título. Además, en Japón ya constaba una apropiación de cine silente, a la que se añaden también, entre otras, versiones indias, chinas y finesas.

          Los bajos fondos retrata una sociedad degradada a partir del punto de vista de unos parias que malviven en un sórdido albergue. Este es un microuniverso en sí mismo donde el relato concentra a personajes que, más allá del realismo de su caracterización, desempeñan un papel simbólico: el noble decadente, el avaro de hipócrita sentimiento religioso, la mujer inmoral, la virgen pura.

A través de su historial y de sus vivencias, y después del contraste inicial con la alta sociedad de la que procede el barón caído en desgracia a causa de sus vicios, se constata un fatalismo social, prácticamente congénito, en el que apenas hay resquicios para la esperanza, que en el caso del protagonista, un ladrón de poca monta, se persigue a través de la conquista de la inocencia y el amor que representa la joven hermana de la posadera. Pero esta envaramiento conceptual y el consiguiente maniqueismo que en general posee el discurso provoca que su tragedia pierda emoción natural.

          La rigidez que se afloja si acaso, en destellos, como esa insólita e interesante relación de amistad entre el aristócrata y el caco, luego progresivamente abandonada, o como la invitación a soñar del viejo filósofo de la miseria. Igualmente, el lirismo de las imágenes de Jean Renoir mira con calidez y piedad a sus personajes principales. El protagonismo de Jean Gabin es análogo. Su forma de hablar -apenas un susurro- y de mirar -un soslayo entristecido- expresan con rotundidad esa melancolía irreparable. Una sensibilidad y una delicadeza que otorgan al filme relieve, textura, humanidad. La cual, de Maksim Gorki, conduce a Charles Chaplin.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Cuatro de infantería (Westfront 1918)

30 Mar

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Año: 1930.

Director: Georg Wilhelm Pabst.

Reparto: Gustav Diessl, Hans-Joachim Möbis, Fritz Kampers, Claus Clausen, Jackie Monnier, Hanna Hoessrich, Else Heller.

Filme

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         La exigencia del espectador frente al relato bélico ha ido tendiendo hacia una creciente demanda de realismo que transcurre paralela a la evolución técnica del cine y, al mismo tiempo, a la lejanía del público respecto de la experiencia militar. En 1930, Cuatro de infantería se dirigía a gente que perfectamente podía haber vivido en primera persona el terror y la miseria de las trincheras. Que sabían de lo que se hablaba, que conocían esas violentas emociones que intentan expresarse.

         Obviamente, los medios de entonces no logran reproducir el impacto de la batalla para alguien acomodado en su butaca casi cien años después. Películas con intenciones inmersivas como 1917, también ambientada en la Primera Guerra Mundial, muestran que es inevitable que las pequeñas y aisladas explosiones del filme, y la teatralización con la que perecen los infortunados soldados, han quedado ya muy atrás. Es de reconocer que no se huele la pólvora ni estremece la herida sangrante del enfrentamiento a granadas, pistolas y bayonetas. Pero sí hiela la sangre la colección de gritos desesperados, patéticos y por ello realistas; de rostros desencajados, deformados por el horror; de fría muerte, de absurdo infierno, que Georg Wilhelm Pabst desencadena en el desenlace de su obra. Las ojeras de Claus Classen mientras exclama hurras sin sentido, retratadas en un desquiciado contrapicado, en un escenario de pesadilla -qué paisaje fantasmagórico y alucinado han proporcionado siempre las trincheras, qué juego de oscuridad ofrecen en los fotogramas del cineasta germano-, son memoria pura de la guerra.

         Para llegar allí, Pabst guía al espectador introduciéndolo en un grupo de soldados al que se retrata desde un punto de vista estrictamente humano. Juegan, ríen y aman hasta que, de improviso, un bofetón -sarcástico bofetón- les devuelve cruelmente a una realidad monstruosa. En sus tratos ingenuos con los lugareños franceses, es una escena quizás incluso idealiza. El esfuezo bélico es una atrocidad capaz de interrumpir, maleducadamente, las cosas importantes de la vida: la partida de cartas con los amigos, el polvo con la novieta.

Cuatro de infantería expone asimismo que la guerra no es sitio para héroes. Cuando se demandan voluntarios para salvar la patria, conviene apartar la mirada y no tentar a la suerte. Ni siquiera el enemigo posee gran entidad. Son franceses que parecen repeler agresivamente a unos invitados que se han hecho indeseables. Dada la época, posiblemente incida en esta idea que el único enemigo con el que se traba una lucha mortal cuerpo a cuerpo sea un hombre de rasgos africanos.

         Cuatro de infantería establece además un doble frente trágico. El primero está en la lejana y exótica Francia. El segundo, queda en casa. Los sacrificios son análogos en ambas, con la moral subastada para la supervivencia. Es lo que tratará de explicar la mujer de uno de los protagonistas, a la que se dibuja con un insólito esfuerzo comprensivo que redondea la firmeza pacifista del discurso. La guerra lo destroza todo, hasta el hogar que teóricamente se proclama defender. Tal vez la camaradería entre iguales -esto es, entre la carne de cañon- sea el último baluarte de una humanidad asediada por las bombas.

         Poco tiempo después, el ministro de propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels, despreciaría Cuatro de infantería considerándola un acto de cobarde derrotismo.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

Easy Rider (Buscando mi destino)

2 Mar

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Año: 1969.

Director: Dennis Hopper.

Reparto: Peter Fonda, Dennis Hopper, Jack Nicholson, Luke Askew, Luana Anders, Sabrina Scharf, Toni Basil, Karen Black, Warren Finnerty, Antonio Mendoza, Phil Spector.

Tráiler

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         En el cambio de las décadas de los sesenta y setenta, los Estados Unidos afrontaban una profunda crisis de identidad en la que, entre otros factores como la lucha por los derechos civiles y la igualdad racial, la Guerra de Vietnam se estaba convirtiendo en una cuña que partía por la mitad una sociedad neurótica que no había estado tan polarizada desde la Guerra de secesión. Con huellas todavía visibles en el presente, medio siglo después, surgía entonces un intenso cuestionamiento de conceptos como el patriotismo, la libertad, las garantías individuales o la honestidad del sistema oficial. En este contexto, Easy Rider brotaría como una película radicalmente conectada con las pulsiones del momento, enraizada en esa contracultura que reinventaba las posturas tradicionales en cuanto a la estética, el lenguaje, la música, las drogas y, sobre todo, la mirada hacia el país. También, por supuesto, el cine, en el que nacía un Nuevo Hollywood.

         Los moteros que emprenden el viaje en Easy Rider son melenudos, han hecho fortuna con el trapicheo de cocaína y rechazan las comodidades burguesas que les puede ofrecer el American Way of Life, así como las esclavitudes de una vida corriente, con un reloj de pulsera como simbólica cadena opresora. Aunque el statu quo también los repudia a ellos por insubordinados, lo cierto es que entroncan con una esencia nacional ya olvidada o marchita. Son herederos del ‘hobo’ que se lanza al camino en busca de la última frontera virgen, que a su vez se emparenta con el jinete que avanza hacia el Oeste que busca su propio Destino manifiesto en el país de las oportunidades.

La road movie es una de las enseñas del periodo. Los caballos ahora son de acero. La carretera es el último territorio verdaderamente libre en una nación que ya no es nueva, que no está por construir, que muestra ya las corrupciones de la edad. “Este solía ser un país cojonudo”, lamenta el picapleitos en la deriva de su marasmo alcohólico, devorado por una desidia terminal. Porque, en realidad, Easy Rider es un recorrido por los Estados Unidos. De costa a costa. De Los Ángeles hasta Nueva Orleáns, donde el Destino manifiesto es el Mardi Gras. Es decir, el carnaval, que no es sino la fiesta de la subversión por antonomasia. Y donde las máscaras permiten vivir sin máscaras.

         Mientras sigue la ruta de gasolina y estupefacientes, Dennis Hopper rastrea símbolos. La bandera que ornamenta el casco y el depósito de la moto, las catedrales de piedra del Monument Valley, Paul Bunyan, los pueblecitos de los pioneros. Ahora, a ellos se unen las comunas hippies que tratan de llenar de flores y frutos el desierto; el rock que proclama que nacimos para ser buenos salvajes.

Solo el recorrido a través de los paisajes con la banda sonora de fondo ya valdría como justificación de la obra, que deja otros detalles estilísticos propios de la época como esas elipsis marcadas mediante un ‘parpadeo’ de planos o una escena lisérgica un tanto más anticuada. Entre medias, se intercalan encuentros que se exponen a través de esa mirada entre optimista y melancólica del Capitán América de Peter Fonda. También dan pie a un desarrollo que parece ligado al acid-western del periodo, pues el viaje se dirige hacia la pesadilla, hacia la muerte premonitoria. Trágica y violenta, como un estallido. Las utopías son asuntos venusianos.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

El americano impasible

24 Feb

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Año: 2002.

Director: Phillip Noyce.

Reparto: Michael Caine, Brendan Fraser, Do Thi Hai Yen, Tzi Ma, Pham Thi Mai Hoa, Holmes Osborne, Robert Stanton, Quang Hai, Ferdinand Hoang, Rade Serbedzija, Mathias Mlekuz.

Tráiler

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         La llegada a las salas de El americano impasible se retrasó varios meses, e incluso estuvo cerca de pasar directamente al mercado doméstico, debido a que la productora, Miramax, temía que su argumento pudiera percibirse como “antipatriótico” en unos Estados Unidos traumatizados por los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Azares de la política internacional, su lanzamiento, finalmente, también estuvo a meses de coincidir con la invasión de Irak. No fueron pocos los que se trazaron comparaciones entre las estrategias del agente de la CIA de la película y las operaciones del país en Oriente Medio.

El americano tranquilo, un hombre de modales educados que pasea por el mundo con la bandera de su idealismo por delante, aparece en la plaza de Saigón donde se acaba de producir una terrible masacre. Observa los resultados de las bombas, detecta la huella de la sangre en sus zapatos y en su impecable traje blanco, se limpia y comienza a dar instrucciones a un subordinado. En la siguiente escena, la mancha de sangre permanece, indeleble, en la pernera de su pantalón. Daños colaterales. La versión de Phillip Noyce, con Christopher Hampton en el guion, devuelve la dimensión política al personaje diseñado por Graham Greene en su novela, y del que había sido lamentablemente despojado en la discreta adaptación que en 1958, apenas tres años después de su publicación, había estrenado Joseph L. Mankiewicz. Asimismo, la fidelidad al texto original no está reñida con la ampliación de su arco de acontecimientos casi una década más allá, puesto que, con ello, se plasma el devenir de los acontecimientos que ya podía vislumbrarse en ella.

         Así las cosas, el relato recobra la turbiedad moral propia del mundo del espionaje que retrata Greene, siempre con el peso de su bagaje personal. No solo por ese individuo de dos caras que pugna por abrir una tercera vía en Indochina entre la decadente Francia colonial y el emergente nacionalismo con injerencias comunistas que lideraba Ho Chi Minh desde el norte. También por la figura llena de arrugas y dobleces del reportero británico que, huido de Inglaterra quién sabe por qué motivos, se encuentra afincado en la capital asiática amancebado con una muchacha local. Cínico y descreído, representa en cierta manera una metáfora de ese viejo mundo imperialista que parasita los placeres exóticos y la juventud de allí donde para. Michael Caine hace maravillas con este periodista que, cuando decide dejar de mantenerse cómodamente al margen de todo, lo hace por motivos y con procedimientos en absoluto limpios.

         Es, por tanto, un duelo complejo el que se establece entre ambos caracteres, así como el que mantienen ellos mismos con sus luces y sus sombras. Noyce lo plasma con una formulación clasicista -incluso con algún tópico, como la forma en la que se expone la conspiración-, quizás por la influencia que podrían tener desde la producción Sydney Pollack y Anthony Minghella, que como directores habían firmado sendas cintas de aventuras, Memorias de África y El paciente inglés, que cumplían con este mismo patrón estético y estilístico.

La decisión, que también es capaz de entregar escenas de una tensión muy bien construida, permite que la narración desarrolle en todo momento los dilemas y resoluciones de los personajes -que, siguiendo con las lecturas alegóricas, emparejan hábil y poderosamente lo político con lo íntimo; el opio, el amor y la guerra que aparece en la presentación-; parte directa de un contexto histórico igual de convulso y tortuoso. La fotografía de Christopher Doyle, experto en filmar escenarios asiáticos con romanticismo, con Deseando Amar como cumbre, dota de textura a los fotogramas e invoca esa atmósfera colorista y sabrosa, pero brumosa y trágica, del Vietnam en dramática transformación de los años cincuenta y sesenta.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7,5.

Jojo Rabbit

27 Ene

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Año: 2019.

Director: Taika Waititi.

Reparto: Roman Griffin Davis, Thomasin McKenzie, Scarlett Johansson, Taika Waititi, Sam Rockwell, Rebel Wilson, Alfie Allen, Stephen Merchant, Archie Yates.

Tráiler

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         Taika Waititi ya había parodiado monstruos en Lo que hacemos en las sombras, mientras que sus principales largometrajes, Boy y Hunt of the Wilderpeople, a la caza de los ñumanos combinaban asimismo, en mayor o menor proporción, asuntos turbios con un tenaz sentido del humor. En consecuencia, Jojo Rabbit, una sátira tan tierna como negra sobre una infancia en la Alemania nazi, es coherente con el corpus que va construyendo el cineasta neozelandés.

         La película nace de una idea y una estructura sencillas -más cercanas al cuento surrealista que a obras con sentido de la trascendencia como pudieran ser terribles comedias en ‘en tiempo real’ como El gran dictador o Ser o no ser-, mediante las cuales se intenta ridiculizar al ogro bien reduciéndolo a un nivel cotidiano -es decir, como ocurría con los vampiros de Lo que hacemos en las sombras-, bien dando la vuelta a su mitología, que en buena medida también procede del cine.

Así, de primeras, se da la vuelta a las filmaciones de la propaganda nazi empleando el contraste de la versión germana del I Want to Hold Your Hand de The Beatles -avance de la manida utilización de una banda sonora pop-. Este gag ya plantea una cuestión peliaguda en tiempos de revitalización de la extrema derecha: presentar a Adolf Hitler como ídolo, aclamado por sus fans, a la par que ejerce de recurso cómico central como delirante amigo imaginario del protagonista. Al igual que lo encumbró en su momento, el cine ha contribuido a transformarlo posteriormente en un archivillano de folletín o en una caricatura recurrente, con la banalización, la glamourización y la despenalización que ello conlleva. A modo de paréntesis relacionado, no está de más recordar la responsabilización y hasta el arrepentimiento de distintos cómicos que consideran que su trabajo contribuyó primero a normalizar y a hacer aceptable, y luego a favorecer su imagen pública y su escalada al poder, de políticos como Jacques Chirac en su día o, en esta actualidad de reconcentración heterófoba y crispación, de Donald Trump o Jair Bolsonaro.

         Volviendo a Jojo Rabbit, el cuidado diseño de producción es, en la misma línea, cálido y agradable a la vista, por momentos emparentable, por así decirlo, con un cruce entre el cromatismo de Jean-Pierre Jeunet -menos cruel e intenso- con el puntillismo decorativo de Wes Anderson -menos naif y milimetrado-. En consonancia, los inadaptados moradores de este escenario -de nuevo, personajes acordes a la sensibilidad del neozelandés- logran tener carisma, como ejemplifica ese capitán Klenzendorf de Sam Rockwell que no por relativamente desdibujado deja de ser condenadamente efectivo e inspirador.

Lo cierto es que Waititi se muestra hábil desde la dirección y el guion -tomado de la novela El cielo enjaulado, de Christine Leunens– para sortear el arriesgado inconveniente antes enunciado -aunque no tanto en la interpretación, de tono casi invariablemente humorístico y a la que quizás le hubiera sentado mejor un progresivo cambio de registro-. A partir de ese desarrollo un tanto tópico -aunque simpático- de la historia de amistad entre diferentes, los golpes emocionales se esparcen bien calculados y se asestan con potencia, con lo que el paisaje se va tornando ceniciento y trágico -los cuervos de mal agüero de la Gestapo, la ciudad de colores ahora apagados, las ruinas y la miseria…- al mismo tiempo que la criatura aterradora deja de aparecerse como un monstruo -la salida de la cueva, la bajada por las escaleras- y va dulcificando su presencia en el plano -el vestuario, la expresión corporal-.

         Jojo Rabbit no exhibe una mordiente crítica que sea particularmente rabiosa -su visionado es más bien amable en este sentido-, pero al menos Waititi es agudo al observar que, en la fascinación por el hombre fuerte que viene a defendernos de los otros, muchos no dejan de ser desorientados y frustrados niños de 10 años con necesidad de formar parte de un grupo. Aunque, para otros tantos, tal vez sea tratarlos con indebida indulgencia.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

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