Tag Archives: Amistad

Zootrópolis

5 May

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Año: 2016.

Directores: Rich Moore, Byron Howard, Jared Bush.

Reparto: Ginnifer Goodwin, Jason Bateman, Idris Elba, Nate Torrance, Jenny Slate, J.K. Simmons, Bonnie Hunt, Don Lake, Octavia Spencer, Tommy Chong, Alan Tudyk, Raymond S. Pershi, Shakira.

Tráiler

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            El Óscar al mejor largometraje de animación de 2016 se lo llevó una fábula apegada al rabioso presente político, que debate sobre la diversidad de una sociedad, sobre los prejuicios asociados a ella y sobre la estrategia del miedo hacia el Otro que domina el escenario parlamentario actual, producto de la psicosis de un mundo multicultural, de relaciones cada vez más estrechas, y donde el reduccionista antagonismo de la Guerra Fría ha quedado sustituido por una renovada dicotomía donde el presunto enemigo se encuentra atomizado y ataca desde posiciones indetectables, como un lobo camuflado entre los corderos del rebaño. O, refiriéndonos a un caso aparente más local estadounidense, reflexiona acerca del ensanchamiento de las grietas entre la población caucásica y la afroamericana -e incluso latinoamericana o simplemente foránea, dada la criminalización emprendida por Donald Trump contra el inmigrante-, manifiesta en los episodios de violencia policial registrados recientemente.

            A tal punto, para construir este discurso concienciado de comprensión hacia el diferente, Zootrópolis, que recupera los clásicos animales antropomorfos de la factoría Disney -a los que se homenajea con profusión-, escoge un esquema de ‘buddy movie’ policíaca. Una base que precisamente había sido empleada para evidenciar y reparar el racismo subyacente de la comunidad del país norteamericano -o cuanto menos las confrontaciones de sus distintos estratos sociales- en filmes como En el calor de la noche, Límite: 48 horas, Arma letal, Danko: Calor rojo o, de nuevo desde la metáfora, Alien nación.

            Zootrópolis es menos sutil y algo más verbalizadora en su exposición del mensaje y la moraleja, que desgrana de forma sencilla aunque contundente gracias a una entretenida narración enhebrada a través de una investigación conspiranoica y donde confluye también un subtexto de corte tradicional disneyniano acerca de la libertad y el supuesto potencial de cada uno para materializar sus anhelos existenciales. Posee aciertos universales en la personificación de las especies -los perezosos como rostro del vilipendiado funcionariado público y su dominio del ritmo del gag-, pero por otro lado resulta menos sorprendente estilística y temáticamente que otros ejemplos de la audaz animación cinematográfica y televisiva contemporánea.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

El Havre

27 Abr

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Año: 2011.

Director: Aki Kaurismäki.

Reparto: André Wilms, Blondin Miguel, Kati Outinen, Jean-Pierre Darroussin, Elina Salo, Evelyne Didi, Quoc Dung Nguyen.

Tráiler

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          Aki Kaurismäki mira a Europa y la ve enferma. Enferma de insolidaridad, de represión, de racismo. Todos síntomas de un clasismo en el que una autoridad sin rostro -o con el rostro de sicarios estúpidos y brutales- vigila por los privilegios de unos pocos en detrimento de los muchos. No obstante, aunque con una extraña pátina de melancolía patética y vitriólica que podría atribuirsele a su origen finlandés, Kaurismäki parece invocar el espíritu de artistas del claroscuro humano, de la tragicomedia expresada a través de la pantomima absurda, como son Buster Keaton y Charles Chaplin, maestros de la sonrisa y la lágrima entendidas como partes indisociables e inseparables de la existencia del hombre.

          En El Havre, el cineasta reencuentra al Marcel Marx de La vida de bohemia residiendo junto a su esposa en la ciudad portuaria normanda, cuyas calles y casas parecen sacadas de un cuadro de Edward Hopper -influencia estética manifiesta igualmente en buena parte de la filmografía del autor-. A partir de ese decorado de aparente soledad, Kaurismäki agrega pinceladas de joie de vivre, de ternura, de sarcasmo paródico, satírico y entrañable, y de ilusiones reconfortantes, que, amalgamadas, componen la atmósfera agridulce, naif y lánguida que define el filme.

          Filántropo desconfiado del género humano, antisistema que gusta de refugiarse en pequeñas comunidades idealizadas, director que rueda un presente rabioso y doliente con aspecto de pasado candoroso e inocente, Kaurismäki maneja con excelso talento el tono de este relato que gravita en torno a una tragedia terrible, la inmigración ilegal, que se ha transformado en una de las mayores vergüenzas de la historia contemporánea europea. Y habla de ella con una calidez sentimental que no renuncia a la reflexión crítica, con una huella de desilusión en la que, con todo, florecen detalles de asombrosa humanidad, inmunes a clases, fronteras y hastíos. En El Havre, el drama se entrevera con el humor, el desencanto con la esperanza.

Kaurismäki es un escéptico que todavía cree en milagros.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

El otro lado de la esperanza

11 Abr

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Año: 2017.

Director: Aki Kaurismäki.

Reparto: Sherwan Haji, Sakari Kuosmanen, Simon Al-Bazoon, Ilkka KoivulaJanne Hyytiäinen, Nuppu Koivu, Niroz Haji.

Tráiler

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           Aki Kaurismäki es un desencantado con esperanza, aunque cada vez parezca que le cuesta más esfuerzo sostener esa línea de defensa terminal frente a las tendencias de la sociedad occidental, en los últimos tiempos sometidas a la destrucción de los equilibrios sociales a causa de la crisis económica -el hundimiento de la clase media, el nacimiento de redes de solidaridad popular, los crecientes desajustes nacidos de los privilegios y elitismos económicos-, los dilemas y paradojas de la convivencia multicultural -la aceptación del inmigrante, la competencia social, el choque de costumbres, la paranoia del terrorismo islamista- y la estridencia del resurgir de movimientos políticos de ultraderecha.

A pesar de que, con extraordinario juicio, el autor finlandés siempre cita a Charles Chaplin como el ideal del séptimo arte, su cine tiene algo de Buster Keaton. Y no solo en el estatismo de sus imágenes, análogo a la cara de palo de Keaton y utilizado con similares efectos cómicos, como si fuese una metáfora de su estoicismo frente a los vaivenes del porvenir. También porque, desde ese mismo estoicismo, sus personajes sacan fuerzas de la flaqueza y tratan de sobreponerse a las circunstancias que los asedian. Son serios en su naturaleza patética, pues la tienen asumida y, con técnica de expertos judocas, hasta la pueden utilizar en su favor.

           La situación social y geopolítica de Europa y el mundo no ha progresado en nada desde el estreno de El Havre hace seis años, último largometraje dirigido en solitario por Kaurismäki -entre medias se encuentra su respectivo episodio en la película coral Centro histórico– y en el que, con tierno optimismo, consideraba que aún podían obrarse milagros en un Viejo Continente cada vez más enfermo de insolidaridad -especialmente desde un punto de vista institucional-.

Así las cosas, Kaurismäki toma el pulso de nuevo al paciente y no lo encuentra en mejores condiciones; más bien al contrario. El drama de la emigración se ha recrudecido, incluso. En El otro lado de la esperanza, Khaled no llega a costas finesas solo en busca de un futuro mejor, sino que es refugiado de la guerra Siria. Y quienes lo hostigan en esta nueva tierra -aparte de la sempiterna Administración, deshumanizada hasta el ridículo- no son un vecino desaprensivo, como aquel que delataba al pequeño Idrissa por pura malicia, sino jaurías de neonazis entregados a una xenofobia sin cuento, totalmente lamentable en sus motivaciones. “¡Maldito judío!” le espetará uno de ellos en cierta escena dejando tras de sí la más negra muestra del lacónico y corrosivo sentido del humor del cineasta nórdico. Será porque, como observa uno de los refugiados iraquíes, conviene siempre tener una disposición alegre, puesto que a los tristes son los primeros a los que repatrian. Haremos bromas, pero bromas tristes; aunque solo sea por sobrevivir al desastre.

Quizás por todas estas cuestiones, el retrato humano que compone El otro lado de la esperanza posee menor grado de calidez, o de abierta ternura, que el que arrojaba la reconfortante El Havre. En Finlandia el sol luce menos que en la costa normanda.

           Pero, contra viento y marea, contra las soberanas palizas que traen consigo los acontecimientos, Kaurismäki, como haría Keaton, persevera. Maestro de la composición de atmósfera y tono narrativo, en El otro lado de la esperanza la melancolía fluye a ríos, impulsada por la decepción, si bien la corriente impacta ocasionalmente contra rocas o, mejor dicho, contra objetos absurdos anclados en el cauce, y que son dueños de una comicidad insospechada, que salpica y refresca momentáneamente. En El otro lado de la esperanza chocan entre sí la huida hacia adelante de Khaled y la huida hacia delante de sí mismo que emprende Wikström, un comercial de camisas hastiado de su trabajo y de su matrimonio, y que entrega al simple azar su reconversión en empresario de la hostalería. Otro desheredado de la tierra, por otros motivos distintos.

De esta forma, el filme traza un encuentro semejante al que protagonizaban el viejo limpiabotas Marcel Marx y el joven Idrissa, arrinconados en unos márgenes donde, rebelde, se ha conformado una especie de comunidad de parias, último refugio de los que no tienen nada. Aquí, esa comunidad se concentrará en un bar-restaurante de ánimo tan desorientado como su gerente, que solo pretende hallar su sitio en medio de toda esta farsa tragicómica.

“Amo Finlandia, pero si sabes cómo puedo salir de aquí, avísame”, dice Khaled. La felicidad es un derecho negado para un inmigrante, para un nativo y para un extranjero que desea naturalizarse. Es un problema todavía más grande, de orden universal, parece insistir el realizador y guionista, quien lleva décadas sumergido en las ruinas de la clase proletaria. Y, sin embargo, Kaurismäki no desiste de cerrar la función con una sonrisa, aunque esté bañada en amargura.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

A propósito de Elly

10 Mar

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Año: 2009.

Director: Asghar Fahradi.

Reparto: Golshifteh Farahani, Shahab Hosseini, Taraneh Alidoosti, Merila Zare’i, Mani Haghighi, Peyman Moaadi, Ra’na Azadivar, Ahmad Mehranfar, Saber Abar.

Tráiler

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           En la vida sucede un poco como en el deporte: basta con sacar al individuo de su zona de confort -la victoria, la tranquilidad- para encontrarse con su naturaleza aplicada, ajena a cualquier discurso teórico preestablecido. En la derrota, en la situación extrema o estresante, se conocen aspectos ignotos, y tremendamente reales, de las personas. La mezquindad como reacción desesperada ante el desconcierto que produce la adversidad parece, además, un rasgo universal que no reconoce razas, culturas o religiones.

           En este sentido, el planteamiento de la iraní A propósito de Elly recuerda a una hábil mezcolanza de una obra referencial de Michelangelo Antonioni, La aventura, con una de las enseñas de Dogma danés, Celebración. La explicación es que el filme somete a un grupo de presuntamente honorables ciudadanos de clase media a un encierro en el que un factor traumático -una acusación de abusos sexuales en la escandinava; aquí una dramática desaparición, al igual que en la italiana- desvencija el marco de relaciones que se daba por garantizado entre estos mismos protagonistas.

           Su estilo narrativo, no obstante, renuncia al ensimismamiento autocomplaciente de Antonioni y rebaja el tono de farsa teatralizada de la película de Thomas Vinterberg para, por su parte, anclarse en mayor medida en el realismo, que además apuesta por una gramática clásica en su plasmación cinematográfica, la cual no descuida tampoco los rasgos más ligados al cine de género, caso del magnífico sostenimiento del suspense o la composición de una atmósfera determinada -la agitada confusión durante el rescate, la claustrofobia de los interiores-. La crueldad de su discurso, pues, no queda enfatizada por el vitrolo que arrojaba la cinta danesa -aunque cierta actitudes parezcan en ocasiones un tanto exageradas-, pero es igualmente venenosa y dibuja con rotundidad, madurez y talento un crescendo asfixiante.

           Asediada por las olas batientes del Caspio, que con su ensordecedora omnipresencia espolean progresivamente la tensión emocional y de la intriga de la función, la descomposición de la burguesía -“clase media universitaria”, especifica el director- se manifiesta en situaciones de violencia implícita y explícita. De miserables intercambios de reproches, de deudas que se aprovechan a saldar en medio del fragor del caos, de juicios apresurados que rellenan con torpeza e injusticia los vacíos insoportables para la mente, de razonamientos egoístas que abogan por el sálvese quien pueda pisoteando los cuerpos que sea necesario.

El elemento del prójimo desconocido no se refiere a la Elly epónima, invitada a una fiesta a la que no pertenece, sino que, a la par que muta el relato, se gira y apunta acusatoria y significativamente contra la comunidad de amigos, impotentes como colectivo. Las citadas pulsiones se vinculan en su mayoría a un sentir particular de cada personaje, pero también desnudan al mismo tiempo una serie de nocivos condicionantes sociales, algunos particulares del lugar y con menor interés fuera de las fronteras persas -la cuestión de la potencial infidelidad, quizás no tanto la persistente subordinación de la figura femenina- y otros reconocibles como pertenecientes a la condición humana.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

T2: Trainspotting

4 Mar

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Año: 2017.

Director: Danny Boyle.

Reparto: Ewan McGregor, Jonny Lee Miller, Ewen Bremner, Robert Carlyle, Anjela Nedyalkova, Shirley Henderson, Kelly Macdonald, James Cosmo.

Tráiler

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            En una escena de esta segunda parte de Trainspotting, Renton, Spud y Sick Boy homenajean la memoria del finado Tommy. Y este último, que siempre fue el cínico del grupo y en ese momento afirma no sentir nada con el acto de recuerdo, le termina reprochando a Renton que haya regresado a Edimburgo para hacer una visita turística de su infancia; vana nostalgia. Pero se lo recrimina a Renton por delegación, evidentemente, porque el destinatario es el espectador cobijado en su butaca. Ese que, probablemente, haya reverenciado la primera Trainspotting como un hito generacional de su juventud noventera y haya repetido el monólogo inicial y final del propio Renton asumiéndolo como una declaración vital propia, mientras de fondo atruena el Lust for Life de Iggy Pop.

            Los revivals acostumbran a esperar ciclos de veinte años con el fin de que se caldeen las pertinentes evocaciones y el cliente cultive su propio patrimonio para gastarlo en los juguetes que le retrotraigan a tiempos pasados, como en el cine podría ejemplificar esas películas emparentadas que son American Graffiti -rodada en los setenta para exaltar a la juventud de los cincuenta- y Movida del 76 (Jóvenes desorientados) -rodada en los noventa para exaltar a la juventud de los setenta-, así como, en estos años de atrás, la sobreexplotación comercial de todo lo relacionado con los ochenta en una réplica que, como dijo aquel, parece durar más que la década original.

Pero, al contrario de lo que sugiera su promoción y momento de estreno, T2: Trainspotting no es tanto una obra nostálgica como una obra sobre la nostalgia.

            La secuela se escruta a sí misma ante el espejo y entonces aflora todo el desencanto que en la anterior quedaba sepultado bajo la autocondescendencia pop, alimentado ahora además por el derrumbe económico y sobre todo social y moral posterior a la crisis de 2008, y por el aislamiento derivado de la sobreabundancia de información y la preeminencia de las redes sociales en las relaciones.

No sé si T2: Trainspotting es una cinta más madura -a mi juicio no termina de serlo-, pero sí es más honesta al admitir que las elecciones existenciales, sean amoldarse a los deseos/imposiciones pequeñoburguesas de la sociedad de consumo, sean embarcarse en una rebeldía marginal propulsada por psicotrópicos prohibidos, tienen unas posibilidades parecidas de conducir a la misma sensación de vacío y alienación.

A lo largo del metraje no cesan de entrometerse imágenes no solo de la posadolescencia, sino de la niñez de los protagonistas, para expresar este lamento por los sueños rotos, en un naufragio del que, quizás, tan solo emerjan los lazos personales -los que se entrecruzan entre los personajes, los del público hacia ellos, viejos amigos-.

           Supongo que es una postura que puede descolocar a algún incondicional, dado que traiciona en buena medida el espíritu de la apertura del díptico de Trainspotting para, en cambio, cerrarlo desde una mirada más alejada de los personajes, con un halo dominado con mayor contundencia por el pesimismo vital. Es una cierta mirada externa que, por ejemplo, puede detentar la scort Veronika -quien precisamente desaprueba el culto al pasado- o incluso Spud, que en su función de cronista improvisado va transformándose en una encarnación de Irvine Welsh, creador literario de este universo -y que de nuevo realiza un cameo como el traficante Mickey Forrester, venido a más-.

En este sentido, Spud, el yonki más querido por su propensión -aquí prolongada- a meterse en humillantes líos escatológicos, profundiza en la transgresión del simple guiño cómplice, puesto que a través de sus escritos la película narra y comenta a su antecesora, complementándola con un epílogo en el que, gracias a esa visión autoreflexiva, se abunda en los matices de algunos de los protagonistas, tornándolos más complejos y, acaso también, menos aceptables -el rol de víctima de Spud, la agresividad de Begbie, a quien aun así se le concede una pequeña oportunidad de redimirse de cara a la galería-.

           Son ideas loables, interesantes. Porque, por más que el relato todavía se guarde en la manga unas cuantas ocurrencias de pícaros encantadores y desesperados, renuncian a aprovecharse de esa nostalgia de la juventud para enfrentarse a ella con arrojo.

Por desgracia, la adaptación de John Hodge -o el Porno de Welsh, que no he leído- no sabe desarrollarlas con solvencia, ni Danny Boyle logra encontrar el tono adecuado para exponerlas. De este modo, la trama criminal ligada a Begbie, destinada a romper y llevar a un desenlace las divagaciones psicológicas, afectivas y empresariales de Renton y Sick Boy, no tiene claro a qué aferrarse en medio de la tragicomedia y termina por hundirse en el ridículo, además con un ritmo bastante empantanado.

“¿Cuándo se jodió todo, George Best?”, sobrevuela T2: Trainspotting como interrogante alegórico y omnipresente.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6.

Trainspotting

3 Mar

trainspotting

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Año: 1996.

Director: Danny Boyle.

Reparto: Ewan McGregor, Ewen Bremner, Jonny Lee Miller, Kevin McKidd, Robert Carlyle, Kelly Macdonald, Peter Mullan, James Cosmo, Eileen Nicholas.

Tráiler

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           Cinta generacional para los chavales criados en los años noventa y principios de los dosmiles -como Terminator 2: el juicio final, La lista de SchindlerForrest Gump, Pulp Fiction, Cadena perpetuaSeven o American History X entre otras, tan comentadas y compartidas en los pasillos del instituto-, Trainspotting supo aunar el eterno desencanto de la juventud del periodo -idéntica a la que otrora, y sin salir de las islas británicas, habían reflejado obras desalentadas como Sábado noche, domingo mañana-, junto con la fascinación por las drogas y la marginalidad contestataria frente a las imposiciones de una sociedad incomprensiva respecto al diferente -como es todo adolescente que se precie, en definitiva-, una estética ajustada a las fórmulas y gustos del momento -la proximidad al videoclip mediante una trabajada sección musical y cortes ágiles de montaje- y, además, unos personajes carismáticos: Renton, Sick Boy, Spud, Tommy y Begbie; tipos inmersos en mil desventuras rebosantes de sentido cinematográfico que implicaban desmadre con sustancias tabú, placeres y problemas con las chicas; estimulantes situaciones de riesgo y autodestrucción, conversaciones cinéfilas, melómanas y futboleras; rebeldía y libertad atolondrada, y a la vez una denuncia dramática que por su parte también queda rebajada por la comicidad de los aprietos escatológicos en los que se ven envueltos nuestros antihéroes favoritos.

           Sin la conciencia crítica que ostentaban pese a todo sus posibles antecedentes de los Angry Young Men -caso de la citada Sábado noche, domingo mañana o Alfie o, mejor dicho, con la conciencia disuelta por las ansias de alardeo crápula y glamour cinematográfico, Trainspotting se deja llevar por la simpatía de sus protagonistas y convierte su patetismo -la adicción a la heroína y todas las tragedias que ello conlleva- en travesuras con encanto, renunciando a cualquier distanciamiento reflexivo o desmitificador en favor de una plasmación visual y psicológicamente atractiva -el narrador ocurrente, la música arrolladora, festiva o con un punto sarcástico allà Scorsese; una puesta en escena dinámica, de estimulantes colores, angulaciones y ritmo que se salen de lo tradicional…-. Rasgos formales que, a la postre, resultarían bastante influyentes y serían profusamente empleados y desgastados en los años venideros.

           Pero, no obstante, el filme trata de lanzar andanadas elementales contra la sociedad de consumo escocesa -versión ‘mísera’ de la opulenta sociedad inglesa, por ejemplo, y más o menos equiparable a la del resto de países de Europa-, y con ello contra la inmoralidad inherente que sustenta sus principios, la vacuidad existencial a la que conduce su escala de valores y las adicciones admitidas culturalmente que alivian sus penurias -el alcohol, el juego, los barbitúricos…- Así pues, un tanto al estilo de esa Norteamérica atiborrada de pastillas legales que retrataba otra novela/película de culto juvenil de la década, El club de la lucha. Es, en resumen, el toque de desobediencia civil, familiar e incluso personal que engancha sin remedio a cualquier carácter en proceso de autoconocimiento y autodefinición que tenga respeto hacia sí mismo.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

Moonlight

2 Mar

moonlight

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Año: 2016.

Director: Barry Jenkins.

Reparto: Alex R. Hibbert, Ashton Sanders, Trevante Rodhes, Naomi Harris, Mahershala Ali, Janelle Monáe, Jaden Piner, Jharrel Jerome, André Holland.

Tráiler

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           Primera producción íntegramente negra -y de temática LGBTI- en ganar el Óscar a la mejor película, Moonlight fue la triunfadora –con el archiconocido momento de suspense final– en una ceremonia que, en uno de los habituales actos de contrición de la Academia estadounidense, se volcó en esta ocasión con la comunidad afroamericana después de las acusaciones del ‘Oscar So White’ de la edición anterior y de la legitimación política de la xenofobia que supuso la elección en la presidencia del país del magnate Donald Trump. En esta tesis se puede incluir igualmente la estatuilla a mejor actor para Mahershala Ali, primer musulmán en obtener este galardón en el apartado interpretativo.

           Obra teatral en su origen a la que se suman añadiduras privadas del director y guionista Barry Jenkins -cuya propia madre sufrió la adicción a las drogas durante su infancia en Miami-, Moonlight, heredera del cine negro de autores como Charles Burnett o Spike Lee, explora los márgenes de la sociedad norteamericana a través de la reconstrucción íntima y social de un individuo que concita en su biografía asuntos todavía -o más que nunca- candentes y problemáticos, como la raza, la identidad sexual, la violencia congénita de la cultura de los Estado Unidos o la falta de oportunidades que sufren determinados colectivos, apartados de la presunta meritocracia que proclama enarbolar la nación. Un individuo atrapado, en definitiva, y que anhela conquistar su derecho a la libertad personal, simbolizada por la apertura del mar frente al concentrado espacio urbano.

           Las herramientas del filme, aunque firmemente comprometidas y también afectuosas hacia sus personajes, tienden más al tópico que a la profundidad a causa de la tosca composición psicológica del protagonista y sus circunstancias, expuestas en tres actos cuyos títulos representan la evolución del muchacho por medio de su nombre -Little, Chiron, Black- y que están cortados estos por traumas decisivos a los que les siguen elipsis temporales. No obstante, destaca el manejo de la tensión íntima del joven, con el denominador común de sus silencios y el bien empleado lenguaje gestual de los tres actores que lo encarnan, adecuadamente contenidos.

La plasmación visual, dominada por primeros planos que se concentran en los procesos emocionales de los personajes, posee momentos creativos y de grata expresividad en la puesta en escena de un argumento donde, por el contrario, la presencia de elementos recurrentes y otros abordados con ligereza resta tridimensionalidad al discurso, si bien apunta conflictos de interés a partir de la ambigüedad del traficante o, indagada a medio camino, de la madre.

           Por este motivo, la narración se mantiene en pie durante las dos primeras fases del metraje, pero en la definitiva, llamada a provocar la catarsis dramática, el salto psíquico y existencial se produce de forma demasiado brusca, lo que tiene como consecuencia que el segmento no termine de resultar todo lo creíble que debiera, tanto o más cuando, aparte del melodramático relato sentimental, existen en la cinta esas citadas pretensiones de conciencia y denuncia.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

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