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La tierra tiembla

11 Ene

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Año: 1948.

Director: Luchino Visconti.

Reparto: Antonio Arcidiacono, Giuseppe Arcidiacono, Nelluccia Giammona, Agnese Giammona, Antonino Micaele, Salvatore Vicali, Maria Micaele, Rosario Galvagno, Lorenzo Valastro, Raimondo Valastro, Nicola Castorino, Rosa Costanzo.

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          “Pescatori siciliani”, indican los créditos como toda relación del elenco. Gente sencilla que realiza ante la cámara sus tareas cotidianas, comunicándose entre ellos en su idioma, el siciliano, la lengua del pueblo en esta región del Mezzogiorno empobrecido y humillado. La tierra tiembla, emblema del Neorrealismo italiano, se asienta sobre el verismo, si bien para extraer de él una lírica de la miseria, una épica de la marginalidad, un manifiesto políticosocial. Hay escenarios austeros, penosas fatigas, jerseys raídos e inmersión en las profundidades del hogar, al igual que hay composición de imágenes, búsqueda de la plasticidad, de la epopeya humana y de la emoción. Las viudas prematuras que contemplan estremecidas la indiferencia de los farallones, del mar que no cesa, de la naturaleza soberbia e imperturbable.

Financiada en parte por el Partido Comunista italiano, La tierra tiembla es rabia en 24 fotogramas por segundo, la indignación por un grupo humano, los Valastro, a los que el libreto somete a un calvario tremendista, destinado a convertirlos en mártires que inspiren la compasión del espectador y les haga partícipe de su mensaje: los parias de la tierra han de unirse para hacer frente a la explotación de los privilegiados.

          La tierra tiembla nace en una alborada y concluye en un anochecer. Es una historia eterna, proclama la introducción. Los remos que siguen paleando el agua después del rótulo de ‘Fine’, sumergidos en la absoluta oscuridad, parecen dar continuidad a esta idea a priori fatalista. Envuelto en este realismo estético, se rastrea un sentido de tragedia mitológica: cíclopes tiránicos, castigos prometeicos. 

Director y coguionista, Luchino Visconti -de sangre aristocrática norteña pero en aquel entonces comprometido con la izquierda comunista y sobre todo con el cine, hasta el punto de empeñar posesiones familiares para sacar adelante esta obra-, acompaña al mar a los pescadores, casi con el interés antropológico de un Robert Flaherty en las remotas islas de Arán. Aunque ese realismo marinero también lo había ensayado, con una intención más orientada hacia el espectáculo que hacia el retrato social, Howard Hawks en Pasto de tiburones.

          En La tierra tiembla, desde esta apariencia de documental se plantea un relato de ficción abiertamente maniqueo. La suya es una lucha entre dos bandos bien definidos, incluso estereotipados en su constitución para dar cabida a la patente crueldad de los mayoristas, dueños del capital y, por ende, de todo. La austeridad de la casa centenaria de los pescadores, la fastuosidad del banquete de los patrones; la natural belleza de los primeros, los rostros torcidos de los segundos; la generosa y abnegada voluntad de los trabajadores; la arrogancia ociosa de los fascistas apenas disimulados. 

La voz en off, en diáfano y culto italiano, es la que puntúa el discurso de la obra, aportando una dimensión poética a las acciones y subrayando su significado políticosocial. La tierra tiembla sangra las consecuencias de la mentalidad resignada y conformista de los apaleados, de la iniciativa individual y solitaria del emprendedor, de la de una clase sin conciencia de clase, de la dignidad como última e inexpugnable posesión.

          Subtitulado Episodio del mare, a la película deberían seguir otros dos capítulos, sobre la minería y sobre la agricultura, que nunca llegarían a realizarse.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 7,5.

Serpico

9 Ene

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Año: 1973.

Director: Sidney Lumet.

Reparto: Al Pacino, Tony Roberts, John Randolph, Cornelia Sharpe, Barbara Eda-Young, Jack Kehoe, Biff McGuire, Norman Ornellas, Allan Rich, Edward Grover, M. Emmet Walsh, Charles White.

Tráiler

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          La ‘Generación del compromiso’ nació como una corriente rebelde contra los opresivos Estados Unidos del mccarthismo operando desde esa especie de clandestinidad marginal que eran los platós de la televisión, desde donde más tarde irían saltando a la gran pantalla con un cine firmemente concienciado con las libertades y los derechos civiles, marcado por una mirada corrosiva ante las falencias del país. Es natural que, desde estas raíces, un director como Sidney Lumet -que no obstante había llegado al proyecto junto antes del comienzo del rodaje en sustitución de John G. Avildsen– comprendiese la lucha del agente Frank Serpico contra los corruptos cuerpos policiales de Nueva York.

De hecho, en una de las primeras enseñas de su filmografía, Doce hombres sin piedad, ya había incidido en el poder de la iniciativa particular del ciudadano con valores para cambiar un sistema malversado. Aunque en Serpico las conclusiones de esta batalla quijotesca no son tan meridianas, sino que poseen un pálpito pesimista: el biopic se estrenará un año después de que, a pesar de haber sido condecorado por su trabajo, el Serpico real abandonara la placa y se autoexiliara en Suiza.

          Serpico es una película rodada a pie de calle, en un sinfín de localizaciones neoyorkinas. De manera acorde a las claves del Nuevo Hollywood por entonces en auge, trata de capturar el nervio y la vibración de la ciudad que se mueve, que bulle en vidas y conflictos auténticos, pertenecientes al común de los vecinos. En esta línea, el filme muestra al protagonista como un hijo de su barrio, como un hombre de su tiempo. Como un tipo normal, no un guardián distanciado de la sociedad a la que teóricamente protege o, en el peor de los casos, un matón armado que hace y deshace a su antojo bajo una dispersa coartada de defensa del orden establecido.

          Basado en la biografía escrita por el periodista Peter Maas, Serpico es una película que, desde esta ambientación realista, casi cruda, reconstruye la degradación del sistema a través de la perversión, de muy variadas formas y a múltiples niveles, de unos de los primeros baluartes de la justicia y la seguridad de la ciudadanía. También matiza las posibilidades hagiográficas de la obra al retratar en paralelo -aunque con menos fuerza- la personalidad privada del individuo que se enfrenta al Leviatán; el sujeto cuya incorruptibilidad alcanza hasta un grado obsesivo, una cierta tentación autodestructiva. Es el precio de levantarse y plantarle cara a la infamia.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Heroína

7 Sep

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Año: 2005.

Director: Gerardo Herrero.

Reparto: Adriana Ozores, Javier Pereira, Carlos Blanco, María Bouzas, Luis Iglesia, César Cambeiro, Camila Bossa, Carlos Sante, Daniel Currás, Lois Soaxe, Alfonso Agra, Cándido Pazós.

Tráiler

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          Con independencia de los resultados, situar en el centro del protagonismo a las víctimas de la droga es más pertinente que nunca en unos tiempos en los que el gran narcotraficante, retratado con espurio romanticismo cinematográfico, amenaza con convertirse en un icono de la cultura pop, tal es el fenómeno provocado por las producciones de ficción y documentales inspiradas por la figura de Pablo EscobarEl patrón del mal, Narcos, Escobar: Paraíso perdido, Loving Pablo…-, sus alrededores –Barry Seal: El traficante, Señores de la droga, Alias JJ, la celebridad del mal…- y entornos análogos –El Chapo, El Señor de los cielos, El Chema, El capo – El amo del túnel, Cuando conocí al Chapo…-.

          En España, el ejemplo lo pone Fariña, recreación con abundantes licencias del ascenso y caída de los clanes del contrabando de droga en las rías gallegas en los años ochenta y principios de los noventa. Este es precisamente el marco en el que se mueve Heroína, largometraje que se basa en la biografía de Carmen Avendaño, fundadora y portavoz de Érguete, asociación ciudadana que desempeñó un papel esencial para el cambio de la perspectiva de la sociedad gallega hacia el narcotráfico y la drogadicción. Curiosamente, su marido está interpretado por el actor y humorista vilagarciano Carlos Blanco, que en Fariña encarna a Laureano Oubiña, el capo del hachís contra el que Avendaño ha protagonizado sus principales acciones y enfrentamientos, incluidos algunos tan recientes como el juicio por la demanda que Oubiña presentó contra la madre coraje por una supuesta vulneración de su derecho al honor a raíz de unas declaraciones de esta en las que lo acusaba de haber traficado con otros estupefacientes además de la resina de cannabis. El pasado julio de 2018, el juez eximió a Avendaño de toda culpa y desestimó que debiera de indemnizar al exnarco con el simbólico euro que le reclamaba por estos supuestos hechos.

          Heroína, pues, aborda la problemática desde la perspectiva del drama social y familiar, puesto que el recorrido que sigue la protagonista en su lucha contra los capos -condensados aquí en un trasunto de Sito Miñanco responsablemente desprovisto de cualquier tipo de carisma- entremezcla la valentía pública e inspiradora, con la tragedia y el sacrificio personal. Poco más que correcta en lo argumental y académica en lo formal -apenas destaca un ocasional realismo urbano-, en ninguna de sendas vertientes se trata de una cinta que alcance una excesiva profundidad o intensidad, respectivamente.

Navegando entre ambas, el filme se queda entre dos aguas. Heroína prescinde de efectismos, pero tampoco logra agarrarle a uno por las solapas e inyectarle indignación o desgarro en la sangre. ¿A los buenos les cuesta fascinar el doble de trabajo que a los malos? Es posible que también sea una razón.

          Con libreto de Ángeles González-Sinde, Heroína muestra la tolerancia e incluso la connivencia social e institucional que, según suele recalcar Avendaño, predominaba durante el surgimiento de Érguete, aunque, en el balance general, a la película le falta complejidad para ampliar el foco sobre el fresco del que formaban parte las actuaciones del colectivo de madres y padres contra la droga.

Probablemente esto se deba al esfuerzo que destina a los citados conflictos familiares que experimenta la mujer -al menos interpretada con convicción por Adriana Ozores-, ya que a fin de cuentas Heroína tiende a desarrollar, esencialmente, un relato acerca del amor incondicional que una madre vuelca sobre su hijo, contra viento y marea, frente a todas las circunstancias. Pero el coste privado de esta rebelión naufraga en la simplicidad de las composiciones psicológicas y los diálogos que surgen de ellas.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6.

Un oso rojo

28 Mar

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Año: 2002.

Director: Israel Adrián Caetano.

Reparto: Julio Chávez, Soledad Villamil, Agostina Lage, René Lavand, Luís Machín.

Tráiler

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         Uno de los asuntos capitales del western es la dignidad. Con frecuencia, recobrar la dignidad olvidada es la única recompensa posible para el antihéroe westerniano, errante a través de una sociedad presuntamente civilizada en la que ya no tiene cabida. La prosperidad sedentaria o la felicidad del núcleo familiar estable son premios irremediablemente vedados. De ahí que el alejamiento hacia el horizonte o la inmolación altruista sean desenlaces propicios para sus desventuras. Una especie de triunfo dentro del triunfo imposible, pero igualmente de derrota dentro de la victoria. Raíces profundas es la obra que sintetiza el paradigma. El éxito reciente de películas como Drive prueba la vigencia que aún posee su intenso potencial dramático.

         Un oso rojo también asienta su relato sobre estos cánones y estos arquetipos, si bien su protagonista no es un eterno forastero, sino que su viaje proviene de un origen concreto: la cárcel. Aunque cabe reconocer que la mirada con la que Jean Arthur recibía a Alan Ladd en Raíces profundas dejaba flotando la idea de que Shane tampoco era precisamente un extraño, lo que iguala las cosas. Neonoir argentino de los turbulentos tiempos del corralito, Un oso rojo asume los códigos del género para eviscerar la miseria de un país -de hecho el empleo de los símbolos nacionales, aquí el himno, es similar al que hará cierto cine negro americano posterior al 2008, como ocurre en Mátalos suavemente, Dolor y dinero o Comancheríay exponer su influencia condenatoria sobre segmentos vulnerables de la sociedad, en este caso la familia de este asaltador que ha encontrado como pater familias sustitutorio a otro individuo con idéntica falta de futuro a la de él mismo.

Pese a los atisbos de redención que impone el relato, Adrián Caetano, director y guionista, no hace víctimas a los hombres, cuya naturaleza está teñida por el claroscuro, y sí a las mujeres -madre e hija, secuestradas por el infortunio-. Con todo, en este bosquejo de duelo de machos, Caetano enfatiza -probablemente con excesivo celo- la superioridad paternal, viril e incluso moral del expresidiario.

         El filme posee esa cierta melancolía lacónica del polar francés, así como un pesimismo propio del cine criminal de la Gran Depresión, otro instante de desconcierto económico en el que la verdadera violencia no proviene de los individuos que tratan de sobrevivir en el arroyo con todos los medios a su alcance, lícitos o ilícitos, sino del contexto social que los ahoga. La reutilización de preceptos del cine negro se extiende a los símbolos visuales, como las vallas que, desde la puesta en escena, insisten en separar al protagonista de aquellos a los que quiere.

Un oso rojo no es una cinta en absoluto sorprendente, pues. Pero sí es una cinta que asimila bien sus herencias, que está narrada con solvencia y que cuenta con la participación de actores de mucha entidad como Julio Chávez, cuya presencia en el plano es descomunal, o Soledad Villamil, que ofrece un perfecto contrapunto de sentido trágico y también, a su propia manera, de fuerza.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

La tía Tula

11 Dic

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Año: 1964.

Director: Miguel Picazo.

Reparto: Aurora Bautista, Carlos Estrada, Carlos Sánchez Jiménez, Mari Lali Cobo, Irene Gutiérrez Caba, Laly Soldevilla, Enriqueta Carballeira, Paul Ellis, José María Prada.

Tráiler

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         Poco había avanzado la sociedad española entre 1907, fecha en la que Miguel de Unamuno escribe La tía Tula -que no se publicará hasta catorce años después- y 1964, fecha de estreno de su adaptación cinematográfica. Más bien al contrario. La tragedia de amor maternal y virginal del emblemático personaje podía quedar ahora, de manera todavía más turbulenta, envuelto en un maremágnum de machismo autoritario, represiones sexuales contra la mujer y religiosidad formal al servicio de un régimen tiránico, retrógrado, violento y férreamente patriarcal.

La tía Tula reconstruye el entorno nocivo para la mujer que representaba el franquismo, orgulloso potenciador de las esencias más reaccionarias de la cultura española; un aspecto en el que, por ejemplo, ya había indagado con crudeza Juan Antonio Bardem en Calle Mayor. Retratada con tanta mesura como rotundidad por el debutante Miguel Picazo, en esta atmósfera asfixiante vive Tula, una soltera que pretende mantener su autonomía y su dignidad frente a los embates del hombre -sus pretendientes, su cuñado-, a la vez que desea cumplir con el anhelo maternal que siente ante sus sobrinos.

         Comedido en su desarrollo pero cargado de electricidad estática, el relato juega con esa confrontación, azuzada por las pulsiones sexuales que afloran en la estrecha convivencia en el apartamento familiar y manifestadas en el carácter predatorial del macho de la casa, sobre el que recae un retrato fundamentalmente negativo, culminado con una agresión animal.

Frente a la naturaleza instintiva y primaria de Ramiro (Carlos Estrada, con una adecuada combinación de físico dominante y expresión anodina), infantilizado incluso por momentos, se opone la entereza maternal y piadosa, aunque estricta e inflexible, de Tula (Aurora Bautista, estrella de las producciones de posguerra y de gran presencia en los fotogramas). Uno se ocupa de las reprimendas por las transgresiones eróticas del hijo, la otra de calmar las necesidades sentimentales de la hija. Y, entre medias de ellos, restallan elementos religiosos -el sororato, la figura de la Virgen como madre también inmaculada-, lo que provoca cierta ambigüedad en la protagonista -la inmediata sustitución de su difunta hermana con la alimentación del sobrino y el arreglo de la chaqueta de su cuñado; su ascendencia y sus alusiones eróticas; la indecisión entre las dos vías que le plantea la situación, las dudas acerca de sus motivaciones, la preeminencia de su concepción subjetiva frente a las imposiciones de la realidad, la mirada cambiante hacia Ramiro-. Además, una ambivalencia semejante a la de Tula se observa en la independencia que muestran las integrantes del círculo femenino, felices y activas en la ausencia de los hombres aunque con el matrimonio, el emparejamiento y el sexo también como motivos centrales de sus conversaciones e inquietudes, con el velo añadido de la Iglesia como fondo de esta asociación.

De este contraste se genera un contacto explosivo entre ambos, incómodos al compartir el encuadre, distanciados en ocasiones, violentos en la aproximación. Se trata de una confrontación idéntica a la que se da a través del vestuario, en el choque del negro luctuoso de Tula en el blanco y negro de los fotogramas, que recuerda al del Neorrealismo y el cine italiano, repleto de mujeres fuertes que tratan de redimir a la sociedad e, igualmente, de figuras femeninas acosadas por el machismo mediterráneo.

         Los avatares sentimentales de Tula conservan su fuerza en el presente. Si bien sus aspiraciones de virtuosismo religioso son ya caducas, su defensa del respeto hacia sí misma y de su autosuficiencia no pierde vigencia en un contexto familiar y sexual cambiante pero que, por desgracia, mantiene como común denominador una posición de la mujer todavía no plenamente igualitaria.

Pieza clave del Nuevo Cine Español, sometida a la tijera de la censura por su contenido contrario a la doctrina moral y política, La tía Tula sería galardonada en el festival de San Sebastián con el premio al mejor director y a la mejor película de habla hispana.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Blade Runner 2049

9 Oct

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Año: 2017.

Director: Denis Villeneuve.

Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoecks, Mackenzie Davis, Robin Wright, Hiam Abbass, Carla Juri, Lennie James, Barkhad Abdi, Dave Bautista, Edward James Olmos, Sean Young.

Tráiler

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         Suelo asegurar que Blade Runner pertenece al top ten de mis películas favoritas. Igualmente, considero que se trata de uno de los grandes filmes de la historia del séptimo arte, ya que conjuga un fondo y una forma de extraordinaria calidad; entretenimiento, emoción, reflexión y lirismo; placer intelectual, placer estético y placer hedonista. El cine con mayúsculas, en definitiva. Al menos como yo lo siento.

Un punto de partida, pues, que se antoja virtualmente inalcanzable para una secuela, siquiera por el mero hecho de ser una continuación. Las comparaciones son injustas, se supone, pero no por ello dejan de ser pertinentes. Más allá de los previsibles guiños al original, Blade Runner 2049 es una obra íntimamente ligada a su antecesora, por más que, con acierto, sepa guardar cierta autonomía propia. Porque, obviando los presumibles objetivos de explotación económica que subyacen en el proyecto, también es verdad que el marco filosófico de la cinta de Ridley Scott -aquí codicioso productor ejecutivo- es lo suficientemente amplio y poliédrico como para soportar nuevas incursiones en este universo distópico, apesadumbrado, kafkiano y profundamente existencialista. Qué significa ser humano es una pregunta inagotable y eterna.

         De este modo, Blade Runner 2049 hereda, prolonga y confronta, casi de forma especular, la duda existencialista de Deckard, esta vez a través de la figura del ‘blade runner’ K (Ryan Gosling). De la mano de un guion que no teme explicitar determinados giros de la trama, desaparece prácticamente la ambigüedad en la asunción de las cuestiones ontológicas del relato: si en los sucesivos remontajes de Blade Runner se estimulaba el misterio acerca de la naturaleza de Deckard, hombre o pellejudo, la introducción de esta impulsa al espectador a que se identifique con la máquina; con su vida vaciada, huérfana de motivaciones. Ejecutar una función ajena, ingerir nutrientes, desactivarse. Repetir. Más robots que los robots.

         En Blade Runner 2049 permanece la megalópolis global sumida en una llovizna eterna y apocalíptica -ahora también bruma y desierto-, pero los lemas cambian y se reajustan a la evolución de la sociedad, de sus dilemas y sus inquietudes. Tan humanos como usted lo desee. Le dirá todo lo que usted quiere oír. La nueva Rachel de Blade Runner 2049 es un holograma erótico con los ultrasensuales rasgos de Ana de Armas y que parece desarrollar los sentimientos más intensos que se mostrarán en pantalla. El argumento incorpora así la cada vez más estrecha vinculación entre ser humano, tecnología y vida virtual que, desde el cambio de milenio, y en especial con el desarrollo de las redes sociales como vía de relación interpersonal, viene explorando hartamente la ficción. De Matrix a Her, pasando por los escenarios inmediatos que plantea la serie Black Mirror.

         Y se conserva el paralelismo y las lecturas religiosas del relato, aludidos igualmente sin reparo. El reino de los cielos, Dios padre, ángeles custodios y ángeles caídos; Raquel y su prodigio; un mesías en medio de la liberación de nombre José. En este apartado se incluye el villano de la función, que termina por quedar bastante desdibujado dentro de un conjunto que, por otro lado, tampoco posee una capacidad de transmisión de gran impacto. Se loa el milagro que constituye la vida en sí misma y se proponen complementos al recuerdo y la empatía como vigas maestras de la existencia consciente y plena. En concreto, se abunda en elementos subjetivos y sentimentales: sentirse amado, sentirse deseado, sentirse especial; la fragilidad frente a la extinción, la entrega altruista a unos ideales trascendentes, el alumbramiento de decisiones en el libre albedrío.

         Buena parte de los defectos de Blade Runner 2049 son computables a una exposición que se hipertrofia hasta el punto de quedar un tanto dispersa, irregular y destensada tanto en discurso como en emoción. Denis Villeneuve, director de elevadas ambiciones, ofrece una puesta en escena elaboradísima en su juego con la geometría, el color, el espacio la sombra y la luz. De ella emergen algunos planos y secuencias hipnóticos, significativos e impresionantes, aunque otros tantos excesivos y sobrecargados. La atmósfera está fundada adecuadamente desde este aspecto visual, si bien este no es el único ingrediente que ha de tener la composición. El realizador canadiense es un portentoso creador de imágenes. Él lo sabe, lo que en ocasiones, como en la presente, deriva en la autocomplacencia. En una tendencia al esteticismo que descuida el pulso narrativo, la faceta de contador de historias que también ha de satisfacer todo gran cineasta.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

Amistad

22 Feb

amistad

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Año: 1997.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Djimon Hounsou, Matthew McCounaghey, Morgan Freeman, Anthony Hopkins, Nigel Hawthorne, David Paymer, Pete Postlethwaite, Stellan Skarsgard, Razaak Adoti, Chiwetel EjioforAnna Paquin, Pedro Armendáriz Jr., Tomás Milián, Jeremy Northam, Geno SilvaJohn Ortiz.

Tráiler

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           Amistad comienza en una terrible tormenta y se cierra en un apacible atardecer. Steven Spielberg -que retornaba al cine ‘adulto’ después de facturar la segunda entrega de Parque Jurásico, y de nuevo escogiendo como argumento una ignominiosa lacra de la Historia de la humanidad-, acude a su vena capriana para reconstruir el amotinamiento y juicio de los esclavos africanos trasportados en la goleta española La Amistad. Es decir, que recrea un suceso histórico traumático que, más allá de la fidelidad a los hechos, permite exponer reflexivamente las desviaciones que se producen en el sistema sociopolítico de los Estados Unidos para, posteriormente, celebrar la fuerza de los valores morales que sostienen al país de la libertad y su consiguiente capacidad para subsanar estas corrupciones puntuales y regenerar su camino como guía de mundo libre.

Unos valores estos que, además, se declaran inherentes al ser humano, universales a su naturaleza independientemente de su raza o su lengua, tal y como evidenciará el discurso concluyente -puesto al servicio exclusivo del mensaje del filme, ya que es incoherente con el marco legal abordado-. En esta línea, el posicionamiento concienciado de los personajes encuentra su antagonista en tiranos infantiles y plutócratas irracionalmente egoístas; ambas figuras soberbias que se creen con dominio de todo cuanto existe.

           De este modo, en Amistad aflora la dualidad moral de la especie, invitando tanto a la revisión crítica de sus impulsos como a la inspiración por sus virtudes positivas y su idealismo irreductible, que arraigan también en su espiritualidad innata -el hombre que guía su propio destino mirando al cielo; la influencia ética y esperanzadora de la religión-. Un campo abonado para las emociones que Spielberg explaya con su talento cinematográfico, rico en planos significativos, pero también con el abuso de una banda sonora que parece extraída de muchas, muchas décadas atrás, en especial en los pasajes enardecedores que se corresponden con la aparición en pantalla del expresidente, congresista y letrado John Quincy Adams (Anthony Hopkins).

Su interés en desmontar el posible maniqueismo del filme -los prosaicos métodos del abogado que interpreta Matthew McConaughey, las absurdas disputas del territorio carcelario entre los africanos y la presencia de la esclavitud en su lugar de origen; el tortuoso razonamiento del abolicionista blanco, el juez católico…- no evita que aparezca cierto grado de sentimentalismo y de moralina que restan verdadera densidad y potencia dramática al alegato -amén del evidente chauvinismo-.

           Por otro lado, adivinado entre el discurso que protagoniza este gran tema de la película, a través de la alusión a la importancia de la historia de fondo en la defensa de un juicio o de la relevancia crucial del punto de vista del narrador de los hechos, Spielberg se reserva para sí en la obra una referencia directa al cine en su papel de transmisor de relatos, así como a la utilidad filosófica de esta función.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

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