Tag Archives: Infancia

El gigante de hierro

28 Jul

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Año: 1999.

Director: Brad Bird.

Reparto (V.O.): Eli Marienthal, Vin Diesel, Jennifer Aniston, Harry Connick Jr., Christopher McDonald, John Mahoney, M. Emmet Walsh.

Tráiler

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          Circulaba un chiste a propósito de Del revés (Inside Out): era la película en la que, definitivamente, Pixar había rizado el rizo con la premisa fundamental de la compañía de animación, quizás la más influyente y prestigiosa del cine contemporáneo y la que ha contribuido principalmente, a ojos de público y crítica -y con sus debidos matices y objeciones-, a que este género haya pasado a considerarse un asunto a compartir por niños y adultos en igualdad de condiciones. Así, si en Toy Story se había preguntado qué sucedería si los juguetes tuvieran emociones, en Bichos, una aventura en miniatura qué sucedería si los insectos tuvieran emociones, en Monstruos, S.A. qué sucedería si los monstruos tuvieran emociones, en Cars qué sucedería si los coches tuvieran emociones, en Wall·E qué sucedería si los robots tuvieran emociones… en esta última cinta el argumento ya pasaba a ser qué sucedería si las emociones tuvieran emociones.

“¿Qué ocurriría si un arma tuviese alma?” Esa fue la pregunta que Brad Bird, por entonces debutante en el largometraje animado y futuro miembro de la mesa creativa de Pixar, planteó a los ejecutivos de la Warner Brothers que, a finales de la década de los noventa, pretendían llevar al cine El hombre de hierro, un cuento que el poeta británico Ted Hughes había escrito para sus hijos. La esencia de la factoría ahora propiedad de Disney ya se encontraba en la cosmovisión de este director que se había curtido en las series televisivas Los Simpsons, El crítico y El rey de la colina. También había participado en proyectos englobados bajo la égida de Steven Spielberg, como el episodio Perro de familia de la serie Cuentos asombrosos -en la que se había ocupado del libreto y la dirección- o la película Nuestros maravillosos aliados, en la que había coescrito el guion.

          Este bagaje es patente en El gigante de hierro, que podría haber venido avalada perfectamente por el sello Amblin. A pesar de la ascendencia literaria antes citada, el relato, que cuenta con notables añadiduras de Bird, es claramente deudor de la icónica E.T., El extraterrestre. No solo por las muy semejantes líneas maestras que vertebran la historia -el visitante de los cielos acogido por un niño con carencias afectivas por la ausencia del padre, la comprensión humana de la inocencia infantil frente a la incomprensión y el miedo de los adultos-, que habían sido releídos ya en la citada Nuestros maravillosos aliados; sino también por detalles que completan la atmósfera sentimental y referencial del filme -la ambientación en el espacio rural de los Estados Unidos como corazón del país, el refugio y la expresividad social de la cultura popular, en este caso la ciencia ficción de serie B y los cómics de tiempos del red scare, repletos de invasiones alegóricas-.

          De este modo, El gigante de hierro explora una relación pura y honesta entre extraños que queda enmarcada en unos años cincuenta definidos por la paranoia anticomunista, enfervorecida después de que la Unión Soviética probase la bomba atómica en 1949 y su lanzamiento del primer satélite Sputnik en 1957; hechos que habían conducido a profecías tan apocalípticas y demenciales como la teoría de la destrucción mutua asegurada -el conflicto nuclear total entre ambas potencias que desencadenaría el fin del mundo-. En las imágenes, esta alarma candente de la Guerra Fría -exudada en el cine fantacientífico del periodo y en los cortos didácticos de Duck and Cover donde la tortuga Bert enseñaba a los niños a sobrevivir a una explosión nuclear-, contrasta agudamente, como lo hacía por aquel entonces, con la idealización del American Way of Life plasmada en el arte de Norman Rockwell, colorista, apacible y sonriente.

Pero, sobre todo, en lo que supone el tema esencial de la obra, el claustrofóbico clima de horror hacia el Otro se contrapone a la amistad entre un niño dueño de las virtudes más renombradas de la infancia -la candidez sentimental, la flexibilidad mental- y una criatura insólita que, desde el desconocimiento, acoge en su ser una inquietante dualidad -el benefactor, el destructor-. A partir de este último concepto, surge también una aproximación a otro arco tradicional en el cine infantil, como es el de la capacidad del individuo para modelar su futuro y su moral con independencia de las imposiciones del entorno.

          Vistos los componentes narrativos, es inevitable considerar que el El gigante de hierro es una película previsible, especialmente si se aborda desde una óptica adulta que ya experimentó en su momento su correspondiente porción de cine infantil. Por ello, donde destaca El gigante de hierro es en el calor, la simpatía y la emoción que, a pesar de este esquema predecible, es capaz de invocar su fondo desde una sincera sensibilidad.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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Verano 1993

1 Jul

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Año: 2017.

Directora: Carla Simón.

Reparto: Laia Artigas, Bruna Cusí, Paula Robles, David Verdaguer, Isabel Rocatti, Fermí Reixach, Montse Sanz, Berta Pipó.

Tráiler

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           Es encomiable cuando un cineasta apuesta por la sensibilidad sincera y no por el sentimentalismo para intentar transmitir emociones al espectador. Verano 1993 escoge esta primera opción para que las experiencias que vive la niña protagonista se comuniquen con la empatía del público que la contempla. El filme se acerca así a un episodio existencial traumático y lo relata, fundamentalmente, a partir de la relación entre la actuación y las imágenes, no de la palabra.

           Sin condescendencia, sin paternalismos y sin autoindulgencia, con el conocimiento de causa que implica este pedazo de exorcismo particular, en el que ficciona pedazos de su propia biografía, la catalana Carla Simón, que aborda su primer largometraje, compone los fotogramas con pericia estética y madurez sentimental para plasmar un dificultoso y conflictivo proceso de duelo, para componer un complejo retrato psicológico de una chiquilla que sufre, que desea, que vive.

Acompañadas de un gran trabajo de dirección de actores, tanto adultos como especialmente infantiles, las imágenes, asentadas sobre un naturalismo tratado con gusto pero no edulcorado o convertido en recuerdo romántico, contienen la pérdida sin digerir de Frida, el temor atenazador ante la muerte que embarga a la pequeña, la ausencia y el deseo de llenar de nuevo ese vacío de la orfandad recién impuesto; la culpabilidad, la rabia, el amor. Emociones en constante colisión que desembocan en reacciones instintivas y turbulentas, producto del caos y la confusión que la niña -que cualquier persona- padece ante el arduo trance del fallecimiento del ser amado, tanto o más cuando quien lo atraviesa no posee aún los mecanismos de supervivencia psicológica que se adquieren a través del mero hecho de vivir. Las lágrimas que no brotan.

           El duelo nunca puede plantear un escenario cómodo. Simón tampoco ensaya, no obstante, un ejercicio de hostil crudeza o crueldad, puesto que sería igualmente fingido. Por otro lado, escoge -o hereda- un escenario en apariencia contradictorio frente a un argumento en el que se trata de superar una profunda oscuridad interior: ese verano desbordado de luz, calor y colores que, en el cine, es campo abonado para los ritos de paso existenciales. Frida, pues, desarrolla una exploración doble: el constante aprendizaje propio de su edad y otra que, a priori, habría de pertenecer a un mundo más adulto, que aún no debería corresponderle.

           Pero Verano 1993 no descuida en modo alguno el dibujo de los vínculos familiares, ya que los personajes que rodean a Frida también poseen una personalidad trabajada y perfectamente veraz, con sus características propias que en algún caso parecen un tanto más tópicas -la burguesía catalana que encarna la abuela- pero que no por ello resultan plastificadas o irreales -aunque se le repudie, en la mayoría de situaciones con razón, lo cierto es que el cliché está más presente en la realidad que las construcciones intrincadas-.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8.

He nacido, pero…

31 May

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Año: 1932.

Director: Yasujirô Ozu.

Reparto: Tomio Aoki, Hideo Sugawara, Tatsuo Saitô, Mitsuko Yoshikawa, Seiichi Katô, Takeshi Sakamoto, Shôichi Kofujita, Seiji Nishimura.

Tráiler

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            En 1933, una película, King Kong, elevaba el cine a la categoría de octava maravilla del mundo; le proclamaba como el arte de lo extraordinario. En 1932, otra película, He nacido, pero… demostraba, casi en paralelo y sin contradicción alguna, que los episodios corrientes y universales de la existencia de un individuo común también pueden erigirse en un sujeto extraordinariamente cinematográfico. La capacidad de observación, la madurez reflexiva y la sensibilidad humanística del cineasta Yasujirô Ozu así lo hace posible. Desde el espectáculo de la fantasía hasta la exploración silente del interior humano, todo es cine.

            Autor particularísimo que se resistía a abandonar el cine mudo, Ozu se amolda humildemente a la categoría del “cuento para adultos”, asimilado a la perspectiva de los niños protagonistas -prolongada por la posición de la cámara a baja altura-, para narrar desde una cálida y lírica sencillez formal uno de los grandes cataclismos que toda persona experimenta a lo largo de su vida: el traumático descubrimiento de que nuestro padre no es el mejor del mundo y que, por añadidura, nosotros tampoco conquistaremos el universo, tal y como habíamos creído en nuestra infantil inocencia.

            El director y guionista conduce el argumento desde la excusa de la adaptación de estos dos hermanos al pueblo suburbial de Tokio al que se han trasladado junto a sus progenitores, lo que implica dificultades como su inserción en los grupos de chavales nativos y en el nuevo colegio en el que están matriculados. Este contexto temático, que de por sí entraña conflictos peliagudos e igualmente decisivos para el futuro existencial de sus actores, le permite a Ozu establecer un juego entre las jerarquías que se conforman en el microcosmos de los niños -los abusones, los secuaces, los vasallos, los cobardes, los pícaros, los líderes colectivos…- y las jerarquías que dominan el microcosmos adulto, esta vez vinculadas a la actividad laboral. Una conexión que, de hecho, Ozu evidencia en algunas elipsis concretas, las cuales consolidan una correspondencia entre las injusticias que subyacen en cada una de estas estratificaciones, con atropellos y humillaciones análogas.

La coexistencia en sociedad, pues, conlleva asumir que las derrotas, las decepciones y los sacrificios forman parte de del hecho de estar vivo.

            No significa esto que He nacido, pero… desarrolle una visión pesimista del asunto, y desde luego tampoco trágica o melodramática, sin explotar y plastificar las emociones de manera exhibicionista, en busca de la identificación obvia, inmediata y superficial. El filme asume este aspecto negativo aunque ineludible con la misma naturalidad, incluso más cómica que dramática, con la que disfruta de las distracciones, las perrerías, las bromas, las rabietas, el compañerismo, los hallazgos y los aprendizajes de los niños, que están retratados con una sabiduría y una autenticidad insólita en un entorno habituado al tópico, al amoldamiento deformante de la mirada adulta, sea esta idealizadora o paternalista. Desde el desengaño hasta la ilusión, todo es vida. Todo es cine.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 9.

Moonlight

2 Mar

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Año: 2016.

Director: Barry Jenkins.

Reparto: Alex R. Hibbert, Ashton Sanders, Trevante Rodhes, Naomi Harris, Mahershala Ali, Janelle Monáe, Jaden Piner, Jharrel Jerome, André Holland.

Tráiler

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           Primera producción íntegramente negra -y de temática LGBTI- en ganar el Óscar a la mejor película, Moonlight fue la triunfadora –con el archiconocido momento de suspense final– en una ceremonia que, en uno de los habituales actos de contrición de la Academia estadounidense, se volcó en esta ocasión con la comunidad afroamericana después de las acusaciones del ‘Oscar So White’ de la edición anterior y de la legitimación política de la xenofobia que supuso la elección en la presidencia del país del magnate Donald Trump. En esta tesis se puede incluir igualmente la estatuilla a mejor actor para Mahershala Ali, primer musulmán en obtener este galardón en el apartado interpretativo.

           Obra teatral en su origen a la que se suman añadiduras privadas del director y guionista Barry Jenkins -cuya propia madre sufrió la adicción a las drogas durante su infancia en Miami-, Moonlight, heredera del cine negro de autores como Charles Burnett o Spike Lee, explora los márgenes de la sociedad norteamericana a través de la reconstrucción íntima y social de un individuo que concita en su biografía asuntos todavía -o más que nunca- candentes y problemáticos, como la raza, la identidad sexual, la violencia congénita de la cultura de los Estado Unidos o la falta de oportunidades que sufren determinados colectivos, apartados de la presunta meritocracia que proclama enarbolar la nación. Un individuo atrapado, en definitiva, y que anhela conquistar su derecho a la libertad personal, simbolizada por la apertura del mar frente al concentrado espacio urbano.

           Las herramientas del filme, aunque firmemente comprometidas y también afectuosas hacia sus personajes, tienden más al tópico que a la profundidad a causa de la tosca composición psicológica del protagonista y sus circunstancias, expuestas en tres actos cuyos títulos representan la evolución del muchacho por medio de su nombre -Little, Chiron, Black- y que están cortados estos por traumas decisivos a los que les siguen elipsis temporales. No obstante, destaca el manejo de la tensión íntima del joven, con el denominador común de sus silencios y el bien empleado lenguaje gestual de los tres actores que lo encarnan, adecuadamente contenidos.

La plasmación visual, dominada por primeros planos que se concentran en los procesos emocionales de los personajes, posee momentos creativos y de grata expresividad en la puesta en escena de un argumento donde, por el contrario, la presencia de elementos recurrentes y otros abordados con ligereza resta tridimensionalidad al discurso, si bien apunta conflictos de interés a partir de la ambigüedad del traficante o, indagada a medio camino, de la madre.

           Por este motivo, la narración se mantiene en pie durante las dos primeras fases del metraje, pero en la definitiva, llamada a provocar la catarsis dramática, el salto psíquico y existencial se produce de forma demasiado brusca, lo que tiene como consecuencia que el segmento no termine de resultar todo lo creíble que debiera, tanto o más cuando, aparte del melodramático relato sentimental, existen en la cinta esas citadas pretensiones de conciencia y denuncia.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

El verano de Kikujiro

20 Ene

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Año: 1999.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Yasuke Sekiguchi, Takeshi Kitano, Akaji MaroThe Great Gidayû, Rakkyo IdeYûko Daike.

Filme

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           No por casualidad creador del legendario concurso televisivo conocido en España como Humor amarillo, Takeshi Kitano parece entender la vida entre la crueldad y el juego, como una mezcla de fatalismo desilusionado en el que, paradójicamente, el hastío hacia este destino funesto se rebela para estallar en una aparente regresión a la infancia, manifestada en un curioso recreo lúdico en el que, con todo, sigue palpándose esa sensación de vacío y de muerte propia de la concepción existencial nihilista y estoica que exudan el autor japonés y sus criaturas. A la espera de la Parca, los yakuzas de Kitano matan el tiempo con entretenimientos pueriles, como se recoge en la playa de Sonatine o en las tramposas apuestas de Brother. Una combinación de ingenuidad, angustia y violencia, en definitiva, que desprende una profunda sensación de tristeza.

           El verano de Kikujiro abunda en la exploración de este contraste, el cual procede directamente de la relación entre sus dos protagonistas antagónicos pero idénticos: un chaval abandonado por su madre y el adulto gorrón y miserable, con presunto historial mafioso, que le acompaña en el viaje de su búsqueda (el propio Kitano recuperando su vena humorística).

A partir de la herencia chapliniana del argumento (El chico), que también asume parte de la fina observación de la infancia de un maestro compatriota como Yasujirô Ozu (Buenos días) y es equiparable a premisas populares de convivencia y contaminación entre inocencia infantil y corrupción adulta (Viento en las velas, Un mundo perfecto, León, el profesional…), El verano de Kikujiro recorre también este camino particular de Kitano en el que el dolor por la ausencia familiar compartida colisiona contra la prolija creatividad del cineasta en la invención de pasatiempos, componiendo así un canto a la paternidad masculina en una función con apenas mujeres relevantes -si acaso por ausencia- y que se alza contra la desestructuración familiar y la alienación del individuo en la sociedad nipona.

           Con ternura y calidez, pero también inflexible hacia las humanas flaquezas de los personajes -gran material cómico por otro lado-, Kitano organiza el filme como un álbum de recortes que va encadenando los pasos de este padre e hijo improvisados. Estos se plasman a través de escenas trazadas desde la esencia del cartoon y el slapstick, entreveradas con particulares fugas oníricas y detalles fantásticos asimilados a la mente del niño así como con rasgos característicos de la gramática de Kitano, caso del expresivo dominio de la elipsis, cortada con imágenes estáticas. Un conjunto al que se suma la armonización que propicia la delicada banda sonora de Joe Hisaishi.

El autor japonés potencia extraordinariamente este universo lírico, naif, lacerante y desencantado, de cuya sensibilidad y simpatía consigue extraerse, no obstante, sensaciones más optimistas e inspiradoras de lo habitual en su filmografía y en las que la imaginación y la comprensión surgen como valores fundamentales a partir de los cuales construir la existencia.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 9.

Beasts of No Nation

22 Jun

“Vivimos en un mundo que a veces es mucho peor que cualquier cosa que podamos imaginar.”

David Lynch

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Beasts of No Nation

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Beasts of No Nation

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Año: 2015.

Director: Cary Joji Fukunaga.

Reparto: Abraham Atta, Idris Elba, Emmanuel Nii Adom Quaye, Teibu Owusu Achcampong, Annointed Wesseh, Kobina Amissah-Sam, Ama K. Abebrese, Frances Weddey.

Tráiler

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           No hay mayor contraste posible para expresar la dualidad moral del ser humano que enfrentar la pureza de la infancia contra la abyecta ferocidad de la guerra. El sacrificio de los inocentes, víctimas de la maldad acumulada por un cuerpo adulto que ha perdido de vista, hasta las últimas consecuencias, los valores innatos de buen salvaje rousseauniano que se les presume a los niños.

Si bien la fórmula más habitual, campo abonado para el pañuelo moquero, es la de introducir al pequeño en un ambiente bélico para convertirlo en víctima sacrificial –y acaso redentora, mediante un martirologio de Cristo redivivo-, también hay obras que le incluyen como parte activa en el conflicto, yendo un paso más allá en el retrato de esas contradicciones entre la esencia de vida que ha de encarnar la infancia –el futuro, el goce, la maravilla- y la crudeza a la que le enfrenta la degradada naturaleza humana –la violencia contra el prójimo, la muerte, el horror moral-. Ambas soviéticas y ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, ahí dejan su ejemplo La infancia de Iván y Masacre: ven y mira.

Pero quizás este conflicto específico, dadas sus características y su lejanía temporal, no es el más favorable para capturar la sensibilidad actual a propósito de la figura del niño soldado. Más reciente en el estreno y la ambientación, cabría mencionar la mexicana Voces inocentes, relato autobiográfico del guionista Óscar Torres acerca de su reclutamiento por el ejército gubernamental de El Salvador en su lucha contra el FMLN. También Alias María, en Colombia. Sin embargo, la perspectiva euro-anglocéntrica vincula este problema especialmente con África, sobre todo por el dominio público de las correrías de señores de la guerra como el ugandés Joseph Kony y su Ejército de Resistencia del Señor. En el cine, este particular ya ha sido abordado frontalmente por cintas como la liberiana Johnny Mad Dog: Los niños soldado, la alemana Heart of Fire o la canadiense Rebelde (Rebelle), nominada al Óscar a la mejor película de habla no inglesa. Este tema sería el escogido por Netflix para continuar con su consolidación como productora y distribuidora de prestigio.

           La plataforma de entretenimiento audiovisual en streaming adquiría así los derechos de Beasts of No Nation, un proyecto en el que el cineasta Cary Joji Fukunaga llevaba trabajando más de un lustro, auspiciado ahora, definitivamente, por el prestigio crítico cosechado con la serie True Detective -que, a su modo, era otro viaje inmersivo en la descomposición moral del hombre contemporáneo-.

Basada en una novela superventas del nigeriano Uzodinma Iweala, Beasts of No Nation captura el viaje al infierno de un niño de un país anónimo del África subsahariana al que las circunstancias arrastran al frente de batalla. La estética escogida por Fukunaga para componer en imágenes la narración de Iweala, adaptada por él mismo, tampoco diferirá en exceso del refinamiento estilístico mostrado en la serie de la HBO, puesto que la pesadilla febril en la que se va sumergiendo el argumento alcanza un grado de elaboración onírica semejante, incluso con recursos formalistas como el coloreado de los fotogramas. A partir de ahí se establece una virulenta confrontación entre la violencia física y psicológica del relato -cristalizada en el correspondiente aunque puntual y contenido grafismo que manan algunas secuencias- y la persistencia enconada de la mirada infantil.

El viaje, de hecho, parte de una situación en la que el filme, salvando las distancias, se esfuerza en asimilar la vida de este niño en territorio neutral con la del espectador occidental, enfatizada a través de elementos como la calidez familiar, las convicciones éticas cristianas, el reflejo divertido de las inquietudes y procesos mentales típicos de su etapa vital, o por detalles ‘civilizados’ que quieren separar el escenario del costumbrismo regionalista, caso de la creencia ingenua del chaval de que los leones solo habitan en los zoológicos. Esta intención de crear una empatía completa entre el ignorante hombre blanco y el sufriente protagonista, a priori tan distante de su contexto cotidiano por localización geográfica como por situación sociopolítica, se refuerza con el empleo de la voz en off con la que el crío verbaliza los sentimientos que despierta en él esta experiencia traumática -este descenso forzado a los infiernos-, subrayando el tono moral del discurso.

           El catalizador de esta espiral demencial y alucinada es la figura carismática, iluminada y barbárica del Comandante, líder anónimo de una facción rebelde que encuentra en el secuestro de niños la base de su batallón. No obstante, su irrupción se percibe pareja inicialmente al resto de monstruos que pueblan el tablero de juego, a espaldas del interés de los países dominantes del orbe o, en el peor de los casos, bajo su anuencia y respaldo –con todo, no vayamos a abusar de criticismo, el personaje foráneo que comparece con mayor claridad ante la cámara tiene de rasgos chinos-.

La influencia a uno y otro lado de la pantalla de este Kurtz nativo, alejado de los vapores lisérgicos y metafísicos de los setenta, terrible por su verosímil proximidad a citados modelos reales como Joseph Kony, es uno de los factores más poderosos de Beasts of No Nation, gracias a la habilidad del realizador para imponer su hechizo sobre el escenario, esté o no presente en él. Aunque, obviamente, aquí la pieza clave es la imponente presencia física de Idris Elba. Aun así, el debutante Abraham Atta no se ve arrastrado por la arrolladora contundencia del líder del reparto y consigue que su protagonista combine, conmovedoramente, dulzura y dureza en sus gestos.

           Hay ocasiones en las que se echa en falta una pizca más de concreción, ya que el metraje queda un tanto descompensado, sobre todo en un tramo final, cuando la campaña se desploma bajo el peso de su propia irracionalidad e inaceptabilidad a la manera de la epopeya de Aguirre, la cólera de Dios o de su emulación coppoliana en Vietnam –resuenan ecos distantes entre las trincheras de la paupérrima mina de oro y el puente de Do Lung-. Un segmento donde, esta vez, parece perderse un tanto la fuerza precedente, pese a ser más proclive para haber abundado en este concepto de enajenación alucinada.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

La ley del Talión

15 Jun

“Como cinéfilo, he investigado en la historia de los premios y ha habido películas y cineastas excelentes que jamás han sido designados ni siquiera candidatos.”

Curtis Hanson

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La ley del Talión

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La ley del Talión

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Año: 1956.

Director: Delmer Daves.

Reparto: Richard Widmark, Felicia Farr, Tommy Rettig, Susan Kohner, Stephanie Griffin, Ray Stricklyn, Nick Adams, Carl Benton Reid, Douglas Kennedy, George Mathews, James Drury.

Filme

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            Por momentos, La ley del Talión es como una de esas películas juveniles de piratas con niños inocentes en la que el grupo de muchachos, a través de una salvaje aventura por los límites de la vida y de la moral, aprenden las enseñanzas que les transmite un individuo en los márgenes de lo establecido, repudiado por sus prejuiciosos congéneres, y que, de este modo, les ensancha la mente liberándoles de las barreras impuestas por un sistema cerrado. Y viceversa, claro.

Aquí, ese pirata queda transformado en un forajido acusado de triple asesinato que, por si fuera poco, ha vivido desde la infancia adoptado por una tribu comanche, empapándose de su cultura, asimilándola y haciéndola suya. Es resumen, los perfectos descendientes de los peregrinos del Mayflower que, en una epopeya inolvidable, colisionan y se mestizan con la esencia natural, indómita, libérrima del nuevo continente. La construcción mítica de América.

           No obstante, en el argumento comparecen asimismo mimbres característicos del cine del Oeste, como la idea de segunda oportunidad ligada al terreno sentimental. Es decir, la familia (re)encontrada; un paradigma que –de forma un tanto forzada debido el apego inmediato que disfrutará- experimenta por su parte el protagonista, Comanche Todd (Richard Widmarck). Es este una herida supurante, atormentada por insondables secretos solo insinuados por su encarnizado adversario, y que encuentra en esta caravana de santos, mujeres y niños una oportunidad de redención un tanto al estilo de los sombríos y contradictorios personajes que encarnaba James Stewart en sus colaboraciones westernianas con Anthony Mann.

De igual manera, a pesar de lo que podría sugerir el primer párrafo, el relato de La ley del Talión no es en absoluto edulcorado, ni tampoco complaciente hacia la figura del hombre blanco, conquistador del territorio y forjador glorioso de la nación. El metraje se abre con un homicidio seco, enfundado en una mirada de odio de Widmark, actor ambiguo, que se pierde en los laberintos de un territorio inabarcable y sobrecogedor. En pocos minutos, habrá dado muerte con idéntica rotundidad a otros dos representantes de la presunta justicia, uno de ellos a cuchillada limpia, sin aderezos que atemperen la hosca agresividad de la escena. Y, en correspondencia, el retrato del sheriff perseguidor es rocoso, casi propio del spaghetti western en su ferocidad prosaica y visceral.

La realización de Daves, se entiende, es despiadada y tremendamente elocuente: mientras los forasteros rezan, los nativos, familiarizados con la hostilidad de este lugar donde son solo una mota de polvo en mitad del desierto indomeñable, comen.

           Este es el choque sobre el que se sostiene la relación de intercambio momentáneo, afectivo y existencial entre el cuatrero y los retoños de los iluminados que, confiados en la bondad de un Dios que no parece existir en estas tierras duras, atraviesan un territorio que lleva la muerte sellada en su nombre. Aunque la crudeza inicial se atempera a lo largo de esta contaminación mutua, el relato de supervivencia conserva un notable vigor, en el que confluyen sin perjuicio esta suma de conceptos antibélicos y humanísticos.

En comparación con la potencia de la narración visual anterior, el discursivo epílogo judicial planta un inadecuado colofón a la obra, preparado para verbalizar explícitamente lo que el filme había expuesto ya con sobrada claridad.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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