Tag Archives: Infancia

Las niñas

6 Sep

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Año: 2020.

Directora: Pilar Palomero.

Reparto: Andrea Fandós, Natalia de Molina, Zoe Arnao, Julia Sierra, Francesca Piñón, Ainara Nieto, Carlota Gurpegui, Elisa Martínez, Neus Pàmies, Mercè Mariné.

Tráiler

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           Las niñas arranca con una canción muda, enmarcada en fotogramas de fomato prácticamente cuadrado. Es el relato de una niña que todavía ha de desarrollar su propia voz en un contexto de estrecheces -las dificultades que atraviesa junto a su madre- y opresiones -las férreas pautas morales de un colegio de monjas de la Zaragoza de principios de los años noventa-. El de Celia es un mundo en ebullición, donde las preguntas sobre el niño Jesús colisionan con el descubrimiento de los omnipresentes mensajes -biológicos, sociales, comerciales- acerca del sexo; las muñecas con los cigarrillos; el núcleo familiar con el círculo de amistades. La niña en vías de marcharse y la joven en ciernes.

           Las niñas es de esas películas sobre la maduración infantil que dependen, en gran medida, de la calidad de su realismo. Guionista y directora, Pilar Palomero demuestra estimable capacidad para el recuerdo auditivo y ambiental para recrear este espacio particular, así como talento para dar cuerpo y personalidad a los personajes, identificables con arquetipos juveniles pero sin que se desplomen en el cliché, encarnados asimismo por un correcto elenco de actrices. También incide en el reconocimiento y el -siempre chantajista- guiño a la nostalgia a través de los objetos de época.

           En cierto punto, da la sensación de que la película se va a quedar en esa recreación, en esa reproducción memorística, pero su armazón dramático y emocional se va desplegando progresivamente. Celia está harta, y tiene fundadas razones para ello, tanto o más cuando se encuentra atravesando una etapa tremendamente peliaguda, de enorme y potencialmente catastrófica presión social. De ahí manan conflictos como la separación y el acercamiento a la figura de la madre, primero con un plano secuencia que desvela una ausencia dolorosa que la abandona en un espacio de aspecto penitenciario y luego con una comprensión y un conocimiento mutuos que, con inteligencia, se mide más en gestos que en palabras.

En esos momentos, Palomero suele acercar la cámara a la piel de las protagonistas, como uniéndose al abrazo, a la caricia. Es una mirada que presta atención a los detalles para asimilarse y definir a los personajes, tal y como ocurre al comienzo, con esa comparativa de trenzas y peinados que resulta tan expresiva para colocar todo en su sitio. En la misma línea, el primero plano del rostro cobra gran relevancia, como atestigua ese conmovedor cierre con el que culmina el retrato de esta niña en busca de su propia voz.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Los ángeles perdidos

4 Sep


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Año: 1948.

Director: Fred Zinnemann.

Reparto: Ivan Jandl, Montgomery Clift, Jarmila Novotna, Aline MacMahon, Wendell Corey, Leopold Barkowski, Claude Gambier.

Tráiler

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         Los ángeles perdidos comienza desde un tono de documental ficcionado en el que, con una formulación un poco primaria, una voz en off explica la tragedia de millones de niños huérfanos o separados de sus padres a causa de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. ¿Es la relectura hollywoodiense de los principios del Neorrealismo italiano que buscaba la reconstrucción moral de la sociedad de entre las ruinas materiales del conflicto? El capítulo napolitano de Paisà (Camarada) y Alemania, año cero también apostaban por un protagonista infantil. Pero, a pesar de las fuertes similitudes temáticas y argumentales, quizás podría decirse que Los ángeles perdidos quiere acercarse más al sentimentalismo de Bambi -a la que cita- que a la crudeza de Roberto Rossellini, que precisamente es más emocionante por su cercanía a la verdad con el empleo de los aderezos justos. El contexto es lo suficientemente terrible como para, además, reforzarlo con recursos y efectismos literarios tradicionales, que son los que se desarrollan una vez concluida esa introducción informativa y de denuncia, que sirve de intermediario de testimonios pavorosos.

         Solo el rostro de los críos que bajan del tren -un excelente trabajo de selección y caracterización- posee ya la suficiente potencia trágica como para sustentar toda una obra que, de nuevo en contacto con esas pretensiones realistas, recorre el desmoronado armazón de una Alemania ocupada por las fuerzas aliadas. Su amontonamiento en vagones de carga, el apilamiento de los cuerpos, es un recuerdo desoladoramente vívido del Holocausto. En este escenario, Los ángeles perdidos propone el milagroso reencuentro entre un niño y su madre como símbolo de la regeneración de un país y de un mundo que ha perdido su humanidad embebido en odio y sinrazón.

Toda vez que se conoce la situación y localización de ambos extremos, la trama no oculta -o no puede ocultar- unas cartas que apuntan hacia una necesaria esperanza. Dentro de sus idas y venidas, el recorrido de Los ángeles perdidos es previsible, de modo que se invierte atención dramática en describir las relaciones interpersonales que se recomponen después de la barbarie -el joven soldado con el niño desamparado, la mujer desolada con los huérfanos-, así como en las vallas que, en muchas ocasiones, se erigen ante la mirada del niño y que incluso se manifiestan inconscientemente en sus dibujos.

         En este sentido, es importante el trabajo de los actores, desde el debutante Montgomery Clift, quien en su primera película –Río Rojo se rodaría antes pero estrenaría después- ya cosecharía una nominación al Óscar, hasta la conmovedora sobriedad de la checa Jarmila Novotna. Y, como en este tipo de producciones, buena parte del peso recae en la empatía que es capaz de generar el pequeño protagonista, aquí un Ivan Jandl que destaca en su vulnerabilidad y ternura, en la expresión de ese horror incomprensible, de esa situación inhumana, que zarandea, aturde y destruye su infancia.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

El viaje de Chihiro

13 Jul

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Año: 2001.

Director: Hayao Miyazaki.

Reparto (V.O.): Rumi Hiiragi, Miyu Irino, Mari Natsuki, Akio Nakamura, Ryūnosuke Kamiki, Yumi Tamai, Bunta Sugawara, Takashi Naito, Yasuko Sawaguchi.

Tráiler

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         Aseguraba Hayao Miyazaki que El viaje de Chihiro es una reacción contra una ficción infantil y juvenil que percibía frívola y alienante. El viaje de Chihiro es el relato del viaje iniciático que emprende una niña de 10 años inmersa en pleno cambio traumático -la adolescencia, la mudanza- que ha de valerse por sí misma para entrar en la edad adulta. Al igual que la Alicia que se adentra en el país de las maravillas -o, en una influencia local, la protagonista de Un pueblo misterioso más allá de la niebla de Sachiko Kashiwaba-, la de Chihiro es una odisea al otro lado del espejo en el que la madurez le permita recuperar y ser digna de su propio nombre, reducido a un simple número por un encantamiento. La conquista de la propia identidad.

Su adentramiento en un mundo olvidado de dioses y espíritus, ubicado en un lugar recóndito al que ni siquiera un flamante 4×4 puede llegar, sigue la llamada de los elementos, que ella aún es capaz de sentir desde su percepción todavía no contaminada por la ceguera de sus mayores. Es un microcosmos en el que Miyazaki despliega una extraordinaria imaginación, basada asimismo en un folclore que, por su parte, también amenaza con perderse en la nada, en el olvido, quizás como el reino de Fantasía de La historia interminable, al que solo puede salvar la capacidad fabuladora de un niño. Al fin y al cabo, no todos somos ya capaces de ver a un vecino como Totoro.

         Esta profusión de referencias a la tradición cultural japonesa no es en absoluto un inconveniente para la comprensión y el disfrute de la historia, dado que también tiene mucho del viaje quintaesencial del héroe -…que aquí destaca por su antiheroismo, por sus habilidades y su aspecto del todo corrientes-. Son asuntos eternos y universales, intrínsecos al ser humano, escenificados desde esa identificable personalidad del cineasta a través de un intrigante y sorprendente mundo que se rige por una magia sobrehumana, sí, pero también por elementos reconociblemente terrenales, cotidianos; todo ello integrado con perfecta coherencia, estimulándose recíprocamente.

En este recorrido, pues, aparecen valores vinculados a una visión crítica de la sociedad contemporánea, como la contaminación medioambiental -el deformado dios del río-, el consumismo desenfrenado -la voracidad de los padres y del Sin Cara- o el materialismo obsesivo -la codicia del oro, su putrefacción cuando uno es consciente de que ha perdido algo verdaderamente precioso-. Son parte de los desafíos a los que debe hacer frente Chihiro, quien desde su humanidad es, como muchos de los héroes de Miyazaki, la humilde encargada de redimir simbólicamente a sus semejantes.

         El viaje de Chihiro es una experiencia delicada y compleja, impactante e inspiradora, fascinante y emotiva. Su aventura no está infantilizada con condescendencia ni juega con el cinismo de conceder constantes guiños cómplices al público adulto, de la misma manera que su conciencia y su espiritualidad se conjugan con el rechazo de la moralina barata. Asume la mirada de la protagonista con rotunda honestidad y madurez. Chihiro se enfrenta a dificultades que no regatean los aspectos más ásperos o terribles de la vida -desde la necesidad del esfuerzo hasta la violencia y la muerte-, como tampoco lo hace con los más gratificantes -la amistad, la dignidad, la empatía, la bondad, la autorrealización-. Y su viaje es el nuestro.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 10.

Capitanes intrépidos

5 Jun

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Año: 1937.

Director: Victor Fleming.

Reparto: Freddie Bartholomew, Spencer Tracy, Lionel Barrymore, Melvyn Douglas, John Carradine, Mickey Rooney, Charles Grapewin, Sam McDaniel, Oscar O’Shea.

Tráiler

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         Para empezar, un dato: Capitanes intrépidos tiene el honor de ser la película con la que más he llorado en mi vida. De hecho, recuerdo bastante bien aquel berrinche, y eso que yo tendría menos de diez años. Desde entonces no la había vuelto a ver. Y, un cuarto de siglo después, el viejo Manuel es aún capaz de ponerme un nudo en la garganta. Supongo que, de niños, la mayoría somos un poco pescaditos y, en mayor o menor medida, necesitamos la presencia decisiva de un adulto que, con cariño, comprensión y paciencia, nos rescate del ensimismamiento infantil para mostrarnos las maravillas del vasto mundo que nos espera más allá de nuestro ombligo e inocularnos la alegría de una vida sana por fuera y por dentro. Un padre, un maestro, un referente. Aprender a vivir, en definitiva.

         Capitanes intrépidos fundamenta su fuerza, su valor, en conseguir que fructifique, inspire y conmueva esa relación entre el niño pijo y el rudo marinero. Hay que reconocer que en gran parte se debe a la convicción de Freddie Bartholomew, al sentimiento y la verdad que alberga su forma de mirar a un Spencer Tracy que es todo carisma, pero que también luce un dudoso acento portugués y gestualidad caricaturesca, al borde de pasarse de la raya y naufragar en esa molesta estereotipación del extranjero latino o mediterráneo. De contagioso vitalismo, Manuel es el personaje principal del barco en el que se enrola a la fuerza el pequeño, irritante y triste Harvey. Es, en cualquier caso, una goleta dotada con una soberbia tripulación, comandada por Lionel Barrymore y con John Carradine, Charles Grapewin y Mickey Rooney entre sus integrantes. El respeto hacia la personalidad de cada cual, bien definida, permite que el relato no caiga en la sensiblería.

         El texto original procede de Rudyard Kipling, un hombre que sabía conectar con el espíritu de la aventura, que es un universo que entronca directamente con la mirada infantil, que por naturaleza ha de estar abierta y atenta a asombros y descubrimientos, en contraste con un sentir adulto que, como se manifiesta en el ritmo cotidiano del padre de Harvey, se encuentra pautado al milímetro por un cúmulo de descorazonadoras y en el fondo irrelevantes obligaciones materiales.

Desde un elegante clasicismo, Victor Fleming da cuerpo a estas figuras que, cada una con sus carencias y sus potenciales, tratan de encontrar su rumbo. Aunque cualquier barco se pilota mejor acompañado, con gente de confianza que oriente con la brújula y ayude a desplegar las velas. Las imágenes manifiestan esa experiencia estimulante en el mar, repleta de sorpresas y recompensas, al mismo tiempo que encuentra espacio para estrechar el plano en torno a las los dos protagonistas, reservándolos un pequeño y cálido rincón en el que desarrollar un intercambio de profundas enseñanzas y honestas emociones.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

Mamá es boba

4 Mar

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Año: 1997.

Director: Santiago Lorenzo.

Reparto: José Luis Lago, Faustina Camacho, Eduardo Antuña, Cristina Marcos, Ginés García Millán, Juan Antonio Quintana, Adrián Gil, José Luis Baringo.

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         Estoy convencido de que era Fernando Fernán Gómez el que aseguraba que lo que verdaderamente define a España como pueblo no es la envidia, sino la crueldad. Tal premisa sería válida para caracterizar, a grandes rasgos, el universo creativo en el que se mueve Santiago Lorenzo, que primero empezó en el cine y luego, a partir de un guion no cuajado en película –Los millones-, recalculó el rumbo hacia la novela.

Después de dirigir un puñado de cortos, Lorenzo se lanzaría al largometraje con Mamá es boba, aunque sin variar un ápice los parámetros en los que se movía: absoluta independencia y, como pago, una carestía de medios que se deja ver en una factura técnica más bien cochambrosa, en especial en las pistas de sonido y la incesante banda sonora. Un feísmo que, pese a las severas limitaciones que impone, es acorde a los personajes que retrata, al escenario donde se mueven, al argumento que los aprisiona. De hecho contiene, infiltrados, repentinos arrebatos surrealistas que potencian esta desconcertante sensación de extrañeza.

         Mamá es boba se enclava en un lugar a priori improbablemente cinematográfico, Palencia, como representación de la pequeña ciudad de provincia dejada de la mano de Dios y despreciada por el poder establecido, que reside en las grandes capitales y desdeña la España vaciada donde, precisamente, Lorenzo ambientará su último texto, Los asquerosos, pura resistencia rebelde que, como este filme, atenta con bombas de racimo contra la “mochufa” que pretende encarnar las virtudes de la sofisticación. Así pues, los directivos de televisión desplazados a la Castilla profunda a abrir TeleAquí para pegar un pelotazo chanchullero son mucho más lamentables que aquellos “paletos” de los que se ríen a mandíbula batiente. Hasta el punto de que Lorenzo termina por recargar en exceso la caricatura. Pero, además, Mamá es boba es al mismo tiempo una imagen de los arranques de la telebasura y del escarnio público del friki, sea este civil o famoso.

         Lo cierto es que hay muchas cosas que no están demasiado bien medidas en esta farsa negrísima, que escarba con saña en los ridículos inexorables de la vida cotidiana y enuncia juicios terribles pero que, a la vez, es extrañamente tierna, protagonizada por unos tipos cualquiera que sufren los embistes de unos poderes fácticos que los utilizan a su antojo, sin escrúpulo alguno, corrompiendo sus espíritus ingenuos con promesas de bisutería y oropeles.

Frente a ellos, Lorenzo, que demuestra oído y talento para capturar y reproducir registros orales, contrapone como figura de madurez y dignidad a un niño torturado por el bullying -como lo había sido él mismo en su condición de chaval autónomo y diferente- pero tremendamente estoico en su aparente fragilidad. Esta voz, que fruto de la descompensación se antoja incluso desaprovechada, es la que más se asemeja a la voz narradora de la que Lorenzo sacará notable provecho desde la literatura.

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Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

Alemania, año cero

21 Feb

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Año: 1948.

Director: Roberto Rossellini.

Reparto: Edmund Moeschke, Ernst Pittschau, Barbara Hintz, Franz-Otto Krüger, Alexandra Manys, Erich Gühne, Jo Herbst, Christl Merker, Inge Rocklitz, Hans Sangen.

Tráiler

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         La guerra son las ruinas. La cámara de Roberto Rossellini las recorre en Berlín con una objetividad pasmosa, con un simple trávelling al que nada más le hace falta. El cine no puede inventar un decorado más terrible que la cicatriz abierta de una ciudad destruida por la artillería, casa por casa. El escombro, de tan terrible, semeja hoy el escenario de una película distópica -cuando probablemente no debiera, pues es memoria vigente-. El paisaje humano que retrata con idéntica crudeza, también.

         El cineasta italiano, de luto personal por la muerte prematura de su hijo Romano, no cierra su Trilogía de la guerra antifascista con el fin de la guerra. Los cañonazos retumban todavía en las fachadas de las otrora orgullosas sedes del poder nazi. Por las arcadas resuenan los ecos de los discursos del odio, emparejados en siniestra danza con las letales consecuencias que acarreaban. La lucha del hombre contra el hombre se acomete todavía en sus calles, donde la humanidad no ha retornado aún. La herencia de la barbarie sigue viva, envenenando mortalmente el presente.

         En Roma, ciudad abierta, Rossellini ya rastreaba los resquicios de solidaridad, empatía y, por lo tanto, esperanza que restaban a duras penas en un país, el suyo, también arrasado por el fascismo. Esa voluntad de reencuentro, de reconstrucción, afloraba asimismo, vulnerable pero resistente, en Paisà (Camarada). Paradójicamente, Alemania, año cero es la más desesperanzada de las tres. Esta vez, la inocencia quebrada, a la que incluso se prohibe literalmente el juego, es la protagonista absoluta del relato. A través de sus ojos, endurecidos por el sacrificio impuesto en pos de la supervivencia de los seres queridos, Rossellini, igualmente a cargo del libreto, retrata a un colectivo que, en manos de la desesperación, reproduce en lo moral la ruina que le circunda.

         Alemania, año cero despliegua un excepcional dibujo de una sociedad reducida a la depredación, la carroñería y el oportunismo, impelida por un impulso de supervivencia que se sobrepone a cualquier otro valor. La crudeza con la que se manifiesta, desde el primero al último de sus habitantes, es desoladora. En contraste, el melodrama familiar con el que conduce los avatares del pequeño Edmund no está ni mucho menos tan logrado, a pesar de la fuerza con la que expresa la presión de su psicología obligada a cumplir cometidos impropios de su edad, deformada a martillazos por la degeneración de una ideología aberrante. Condenada.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7,5.

Jojo Rabbit

27 Ene

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Año: 2019.

Director: Taika Waititi.

Reparto: Roman Griffin Davis, Thomasin McKenzie, Scarlett Johansson, Taika Waititi, Sam Rockwell, Rebel Wilson, Alfie Allen, Stephen Merchant, Archie Yates.

Tráiler

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         Taika Waititi ya había parodiado monstruos en Lo que hacemos en las sombras, mientras que sus principales largometrajes, Boy y Hunt of the Wilderpeople, a la caza de los ñumanos combinaban asimismo, en mayor o menor proporción, asuntos turbios con un tenaz sentido del humor. En consecuencia, Jojo Rabbit, una sátira tan tierna como negra sobre una infancia en la Alemania nazi, es coherente con el corpus que va construyendo el cineasta neozelandés.

         La película nace de una idea y una estructura sencillas -más cercanas al cuento surrealista que a obras con sentido de la trascendencia como pudieran ser terribles comedias en ‘en tiempo real’ como El gran dictador o Ser o no ser-, mediante las cuales se intenta ridiculizar al ogro bien reduciéndolo a un nivel cotidiano -es decir, como ocurría con los vampiros de Lo que hacemos en las sombras-, bien dando la vuelta a su mitología, que en buena medida también procede del cine.

Así, de primeras, se da la vuelta a las filmaciones de la propaganda nazi empleando el contraste de la versión germana del I Want to Hold Your Hand de The Beatles -avance de la manida utilización de una banda sonora pop-. Este gag ya plantea una cuestión peliaguda en tiempos de revitalización de la extrema derecha: presentar a Adolf Hitler como ídolo, aclamado por sus fans, a la par que ejerce de recurso cómico central como delirante amigo imaginario del protagonista. Al igual que lo encumbró en su momento, el cine ha contribuido a transformarlo posteriormente en un archivillano de folletín o en una caricatura recurrente, con la banalización, la glamourización y la despenalización que ello conlleva. A modo de paréntesis relacionado, no está de más recordar la responsabilización y hasta el arrepentimiento de distintos cómicos que consideran que su trabajo contribuyó primero a normalizar y a hacer aceptable, y luego a favorecer su imagen pública y su escalada al poder, de políticos como Jacques Chirac en su día o, en esta actualidad de reconcentración heterófoba y crispación, de Donald Trump o Jair Bolsonaro.

         Volviendo a Jojo Rabbit, el cuidado diseño de producción es, en la misma línea, cálido y agradable a la vista, por momentos emparentable, por así decirlo, con un cruce entre el cromatismo de Jean-Pierre Jeunet -menos cruel e intenso- con el puntillismo decorativo de Wes Anderson -menos naif y milimetrado-. En consonancia, los inadaptados moradores de este escenario -de nuevo, personajes acordes a la sensibilidad del neozelandés- logran tener carisma, como ejemplifica ese capitán Klenzendorf de Sam Rockwell que no por relativamente desdibujado deja de ser condenadamente efectivo e inspirador.

Lo cierto es que Waititi se muestra hábil desde la dirección y el guion -tomado de la novela El cielo enjaulado, de Christine Leunens– para sortear el arriesgado inconveniente antes enunciado -aunque no tanto en la interpretación, de tono casi invariablemente humorístico y a la que quizás le hubiera sentado mejor un progresivo cambio de registro-. A partir de ese desarrollo un tanto tópico -aunque simpático- de la historia de amistad entre diferentes, los golpes emocionales se esparcen bien calculados y se asestan con potencia, con lo que el paisaje se va tornando ceniciento y trágico -los cuervos de mal agüero de la Gestapo, la ciudad de colores ahora apagados, las ruinas y la miseria…- al mismo tiempo que la criatura aterradora deja de aparecerse como un monstruo -la salida de la cueva, la bajada por las escaleras- y va dulcificando su presencia en el plano -el vestuario, la expresión corporal-.

         Jojo Rabbit no exhibe una mordiente crítica que sea particularmente rabiosa -su visionado es más bien amable en este sentido-, pero al menos Waititi es agudo al observar que, en la fascinación por el hombre fuerte que viene a defendernos de los otros, muchos no dejan de ser desorientados y frustrados niños de 10 años con necesidad de formar parte de un grupo. Aunque, para otros tantos, tal vez sea tratarlos con indebida indulgencia.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

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