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El león duerme esta noche

30 Abr

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Año: 2017.

Director: Nobuhiro Suwa.

Reparto: Jean-Pierre Léaud, Pauline Etienne, Jules Langlade, Adrien Cuccureddu, Adrien Bianchi, Louis Bianchi, Romain Mathey, Mathis Nicolle, Coline Pichon-Le Maître, Emmanuelle Pichon-Le Maître, Rafaèle Gelblat, Lou-Ann Mazeau-GuéguenMaud WylerArthur Harari, Isabelle Weingarten.

Tráiler

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         A Jean-Pierre Léaud lo quieren muerto. La muerte de Luis XIV y El león duerme esta noche, las dos últimas películas estrenadas en España y protagonizadas por el icono vivo de la Nouvelle Vague, eterno alter ego de François Truffaut al otro lado de la pantalla, gravitan en torno a la muerte que acecha. Pero El león duerme esta noche no es una película angustiada, ni que afronte la proximidad del último suspiro desde una perspectiva de afectado melodramatismo. Por el momento, Léaud no agoniza en ella. Sus actos y sus pensamientos tampoco sugieren temor ni tristeza ni resignación.

La muerte está presente a su lado, pero como está presente a lo largo de toda la existencia, pues no puede haber lo uno sin lo otro, como reflexiona repetidamente el propio actor en su papel de actor que explora sus ruinas y sus fantasmas ciertos.

         Léaud vaga por los escenarios cálidos y floreados de la Costa Azul francesa, henchidos de vida, con su innegociable estampa de hombre desorientado, a quien parece que han soltado de improviso en el set de rodaje y no sabe muy bien dónde se encuentra, qué tiene que hacer y hasta quién es. Al personaje le sienta bien este despiste, este azoramiento. Dado que tampoco podría haber obtenido de él otra cosa, entiendo que esta sería la intención de Nobuhiro Suwa, que declara que el excéntrico Léaud fue lo que le dio fuerza para regresar a la dirección nueve años después del estreno de su último filme y siete desde su último cortometraje.

La premisa se reafirma con las interpretaciones del amplio elenco infantil, una nueva representación de la vitalidad estival que acompaña al protagonista en sus regresiones al encuentro de un pasado -el amor perdido por la muerte- que también puede ser, al mismo tiempo, un sendero que aventure su futuro -el final de su historia-.

Los niños, decíamos, no dan la impresión de estar dirigidos en absoluto, sino abandonados a su juego de hacer películas, con su anárquica creatividad liberada. Su torrencialidad y su búsqueda de la maravilla, de hecho, anulan las posibilidades góticas del caserón donde transcurre la mayor parte del relato, incluso a pesar de que ellos mismos lo reconocen rápidamente como una casa encantada, con sus escaleras rechinantes, sus estatuas estrambóticas y sus telas espectrales. Sus andanzas como cineastas silvestres dejan algún detalle simpático, pero tampoco terminan de consolidarse como un aspecto demasiado interesante, del mismo modo que al drama del huérfano le falta pulido.

Probablemente, El león duerme esta noche trata de esto, de esta mirada intuitiva, desinhibida y natural hacia la vida, hacia la muerte. Una muerte a la que se ha de ver llegar sin dramatismos. Con los ojos abiertos, por tanto, parece decir Suwa.

         Quizás con el prejuicio del origen del realizador, esta sensibilidad que no entiende el más allá como un espacio estanco, sino comunicado con la realidad física a través de un juego de espejos, recuerdos, ensoñaciones y presencias, posee un influjo oriental que se impone, o cuanto menos se hibrida, con la voluptuosidad veraniega de la localización. Al respecto de la indagación en el eco del pasado, de la manifestación del pasado como guía seminal del porvenir, en definitiva, esta idea podría asociarse con la ascendencia de la añorada Juliette sobre los fotogramas, pues su aparición, la belleza que impregna a alguno de los planos más cuidados de la obra, es literalmente un acto de iluminación -las velas en la noche, el sol que se filtra por las ventanas, los reflejos cristalinos del lago-.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

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Isla de perros

23 Abr

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Año: 2018.

Director: Wes Anderson.

Reparto (V.O.): Bryan Cranston, Koyu Rankin, Liev Schreiber, Edward Norton, Bob Balaban, Bill Murray, Jeff Goldblum, Kunichi Nomura, Akira Takayama, Greta Gerwig, Scarlett Johansson, Frances MacDormand, Akira Ito, Harvey Keitel, F. Murray Abraham, Tilda Swinton, Ken Watanabe, Yoko Ono, Courtney B. Vance.

Tráiler

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          Las posibilidades casi ilimitadas de la animación, donde las leyes de la física no suponen una barrera, se ajustan como un guante al cine de Wes Anderson, el cual pertenece a un universo abiertamente subjetivo que parece encontrarse ubicado entre el recuerdo y la fabulación ensimismada. Su estética refinadísima, su pasión por el color, su textura naif… Un artificio orgullosamente deliberado que, en consecuencia, halla un perfecto vehículo de expresión en las detallistas maquetas y las marionetas a las que se insufla vida por medio del stop-motion.

Y asimismo, dentro de este patio de recreo particular, el marco fantasioso e imaginativo de la animación permite que el vehemente tributo a la sensibilidad y la pureza de la inmadurez que, en contraste con la crueldad de los códigos de comportamiento adulto, caracteriza el punto de vista del cineasta texano, no desbarre en ñoñería, infantilismo y amaneramiento autocomplaciente, como en ocasiones ocurre en sus filmes protagonizados por niños grandes, incomprendidos y marginados a causa de su naturaleza anómala y resistentemente tímida, afectiva y soñadora -y, por tanto, refugiados a duras penas en sí mismos-.

Fantástico Sr. Fox fue el primer indicio; Isla de perros es la confirmación.

          Isla de perros es un cuento repleto de fascinación por el arte y la estética japoneses en el que tiene lugar un relato de rebeldía y humanidad en tiempos de tribalismo, intolerancia y odio; uno de los principales temas del cine de los ultimísimos años.

El diseño de producción es una auténtica preciosidad. El aspecto, la expresividad y la ternura de las figuras; el nivel de elaboración y perfeccionismo de los decorados y las miniaturas; la grata fisicidad artesana de los efectos visuales, la plasticidad de los movimientos y el montaje; las distintas mezcolanzas de la animación -mediante muñecos o tradicional, en el caso de las imágenes retransmitidas por pantallas-, los guiños devotos a la magistral filmografía de Akira KurosawaEl ángel borracho, El perro rabioso, Los siete samuráis, Yojimbo (El mercenario)…- con alientos incluso del ‘kaiju eiga‘ y también de Hayao Miyazaki en su sentido de los valores morales y de la dignidad de quien no se doblega ante la iniquidad dominante…

Anderson ha volcado en ello todo su entusiasmo de creador, probablemente, en una idea acorde con la esencia de su obra, como un niño encantado con su juguete. Y con su juguete construye una maravilla formal donde contar la historia que quiere contar.

          Es cierto también que este fervoroso recargamiento puede saturar el ritmo narrativo de una película que, no obstante, mantiene durante el metraje al completo la simpatía, la originalidad y el cariño con el que está realizada. Es decir, que Anderson comparte amistoso el juguete gracias a la cuidada definición y el carisma de las personalidades -caninas y humanas- que protagonizan la historia, de su combinación de comicidad y corazón; de sus travesuras con el lenguaje para paradójicamente redondear la magia inmersiva del cuento; de su hábil equilibrio entre el viaje de aventura y (auto)conocimiento y la protesta concienciada ante un futuro que parece haber comenzado ayer.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

The Florida Project

19 Feb

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Año: 2017.

Director: Sean Baker.

Reparto: Brooklynn Prince, Bria Vinaite, Willem Dafoe, Christopher Rivera, Valeria Cotto, Mela Murder, Josie Olivo, Caleb Landry Jones, Aiden Malick, Edward Pagan.

Tráiler

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         Los protagonistas de The Florida Project residen en un castillo medieval de estridente color morado, a unos pasos de un desopilante mercado de fruta con forma de media naranja o de una tienda de regalos con la colosal efigie de un mago. Sean Baker ubica la historia en un escenario de fantasía, pero esta es una fantasía cutre, el reverso low-cost del Disneyworld cuya sombra domina todo este artificioso paraje. Incluso la fantasía, pues, esta restringida para los marginales. Las princesas pobres no comen perdices.

         The Florida Project emplea una ambientación cercana a la irrealidad -la arquitectura alucinada, el cromatismo desaforado, la luz exultante- con el objetivo de, paradójicamente, reflejar un pedazo crudo de realidad social. Amante de las criaturas a las que la sociedad ‘de bien’ procura dar de lado y ocultar en guetos de todo tipo, Baker escoge el punto de vista de una niña que crece, libre y salvaje, bajo el sol del verano, que es la época en la cual, en la vida y en el cine, los críos queman sus etapas evolutivas. Las imágenes surgen inmediatas, luminosas, anárquicas; moviéndose al ritmo infatigable de los chavales y dando forma así, en un relato que casi es un encadenado de viñetas, a la perspectiva hiperactiva y eufórica desde la que observan el mundo y se lo comen por los pies.

Es una mirada infantil que, por tanto, tiene todo el idilismo del verano -las vacaciones, las aventuras, el buen tiempo, las nuevas amistades…-, lo que resulta en un desbordante vitalismo. Pero, al mismo tiempo, esta mirada contrasta con la consciencia adulta de la situación que la rodea, cuyas amenazas se van manifestando a medida que el argumento se torna más narrativo para encaminarse a un desenlace dramático.

En consecuencia, tampoco quiere decir esto que el de Baker sea un retrato idealizado de la niñez, sino que goza de bastante naturalidad y frescura, amparado por unas interpretaciones infantiles perfectamente dirigidas. Es decir, como si no hubiesen recibido ninguna instrucción previa, sino que estuviesen jugando en el barrio, obedeciendo a aquella máxima que decía Clint Eastwood sobre que los niños son actores natos, pues viven interpretando o imitando roles constantemente. Y al frente de ellos está la sorprendente Brooklyn Prince, cabeza de un reparto marcado, en su mayor parte, por la falta de experiencia en el medio. Así, decíamos, Moonee no es una niña encantadora, por más que sea una muchacha con un tremendo encanto. Escupe y eructa por afición, tiene la boca como una cloaca y perpetra trastadas que coquetean con el delito. Con la debida distancia entre ambas, su tratamiento personal, afectivo y circunstancial no me parece demasiado diferente al de la protagonista de la reciente Verano 1993. Son, a su manera, otras lágrimas que están ahí y que, por unas razones determinadas, no brotan.

         Combinada con la personalidad de la madre -stripper y superviviente, abordada sin frivolizar con el morbo emocional o sexual de la situación-, esta composición del personajes -cariñosa, entregada pero sin concesiones- le sirve a Baker, realizador y guionista junto a su habitual compañero Chris Bergoch, para abundar en reflexiones acerca de los modelos de paternidad, de familia e incluso de vida que impone una sociedad estrictamente coercitiva -la omnipresencia del helicóptero policial, la intensidad de su zumbido en secuencias climáticas de estrés- para aquellos que no pueden, o no quieren, alcanzar los estrechos márgenes que marcan sus convenciones.

La figura del manager del motel (Willem Dafoe), que ejerce de una especie de sheriff solitario venido de algún lugar exterior a este reducto a saber por qué causas -se sugiere el conflicto familiar- y asimilado ya al entorno, devotamente entregado a las necesidades de esta pequeña comunidad que lo atormenta y aprecia a partes iguales, ofrece una muestra de entrañable dignidad a través de su trato íntimo, directo y comprensivo con los habitantes de esta pensión dejada de la mano de dios.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota de blog: 7,5.

Roma

16 Feb

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Año: 1972.

Director: Federico Fellini.

Reparto: Federico Fellini, Peter Gonzales Falcon, Stefano Mayore, Franco Magno, Marne Maitland, Pia de Doses, Renato Giovannoli, Gore Vidal, Ana Magnani.

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         “Roma me ha creado y yo la recreo como en un juego de espejos”. En la obra de Federico Fellini, la inclusión de su propio apellido a modo de coda de sus películas está plenamente justificada. Su cine parte desde una percepción o desde una cosmovisión innegociablemente subjetiva -aunque no avara hacia el espectador, al que se tiene en cuenta respeta como observador invitado-. En esta línea, la Roma de Fellini no es un documento que pretenda realizar un homenaje fidedigno a la ciudad milenaria, al modo de las sinfonías urbanas de los años veinte y treinta, sino un canto personal y sentimental que recrea una localización casi mitológica, reconocible pero erigida con el material con el que se construyen los sueños, los deseos, las pasiones, la melancolía de un pasado -e incluso un presente- que es, al mismo tiempo, real y fabulado.

“Cada uno debe hacer lo que quiera”, explica desde el interior de su película el cineasta a unos jóvenes politizados. Es una frase que, a partir la perspectiva irónica que maneja el autor -sintetizada por el “¡imbéciles!” que por su parte, sin más razón que la de tocar las narices, un conductor le dedica a él y a su equipo de rodaje-, ejerce de manifiesto, de justificación y de disculpa.

         En este sentido, Roma presenta una variación en la senda de La dolce vita en el sentido de que, con un procedimiento semejante a la de aquella, viaja por el escenario a través de distintos capítulos los cuales, en conjunto, conforman un retrato impresionista, caleidoscópico y complejo de una ciudad que, en sí misma, es un modo de vida, una psicología colectiva, una manera de entender y afrontar la existencia. Por ello, Roma también anticipa a Amarcord (Mis recuerdos), un año posterior, en su concepción como crónica sublimada que registra e inmortaliza en fotogramas una pequeña mitología contemporánea, con sus hitos históricos, sus deidades de derribo y sus caóticos campos elíseos.

Pero, en mayor medida que esta última, la estructura de Roma es volátil y anárquica, briosa y necesariamente irregular -hay escenas como la del teatro o la del desfile de moda eclesiástica que son deslumbrantes por momentos, pero quizás resultan demasiado alargadas-. Un maremágnum constituido por retazos y bosquejos que navegan entre el ayer -distintos periodos de los años treinta bajo la dictadura fascista de Benito Mussolini– y el ahora -los comienzos de los años setenta revolucionarios en lo social y lo político-, amalgamados por su sentido circense, onírico y expansivo de la vida, y por la suntuosidad del estilo cinematográfico con el que lo plasma.

         La Roma de Fellini, por tanto, es un centro del universo eterno y frágil, antiquísimo y vanguardista, soñado y pesadillesco, vodevilesco y artístico, pío y pecaminoso, maternal y voluptuoso… Fellini observa y recuerda, homenajea y satiriza, se mimetiza y se refleja en ella. Y compone así un fresco amantísimo y, sobre todo, fascinante.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

Los demonios

31 Ene

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Año: 2015.

Director: Philippe Lesage.

Reparto: Édouard Tremblay-Grenier, Vassili Schneider, Sarah Mottet, Laurent Lucas, Pascale Bussières, Victoria Diamond, Yannick Gobeil-Dugas, Alfred Poirier, Bénédicte Décaty, Pier-Luk Funk.

Tráiler

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         El primer amor es una de las fantasías recurrentes de la ficción, por lo general construido desde una psicología adulta embebida de nostalgia que, además, acostumbra a ambientarla en verano, la estación del año que parece destinada a concentrar los ritos iniciáticos de la humanidad. Ahí está Verano del 42 como ejemplo diáfano en el cine, o la reciente Call Me by Your Name como muestra de la pervivencia de su éxito.

Los demonios se adentra en este tópico, pero su visión no es en absoluto idealizada. El primer amor del pequeño Felix es un asunto inconcreto, tremendamente confuso y que se afronta desde una exploración sin referentes aceptables. A tientas, repleta de incógnitas, de dudas e incluso de miedo. Por tanto, ni siquiera sus sentimientos poseen ese romanticismo cristalino que tradicionalmente se le atribuye al tema.

         La honestidad de Philippe Lesage está fuera de todo cuestionamiento. Su filme se asienta sobre la verosimilitud para que el espectador se reencuentre con emociones quizás perdidas en el olvido o que, probablemente, hayan mutado a causa de estos clichés literarios y cinematográficos que influyen en el subconsciente colectivo, así como por la noción de que cualquier tiempo pasado fue mejor, otra falacia más.

El director y guionista canadiense, debutante en el largometraje de ficción, asienta la cámara a la altura de los ojos de Felix y, desde esta perspectiva, observa con él el mundo que le rodea, prácticamente en plano subjetivo. En especial, orienta su mirada hacia las relaciones adultas, a través de las cuales perfila esta aproximación que no es tanto al amor, en un sentido naif e infantilizado, como realmente al despertar sexual.

         Lesage introduce la cuestión desde la aparición en pantalla de un cuerpo desnudo, casi gratuito y por ello igual de sorprendente para el niño y para el público. A partir de ahí, se dibuja la tensión sexual del protagonista y su respuesta a los impulsos que nacen en su interior. El misterio y la inquietud del descubrimiento laten en los fotogramas, a través de esta investigación torpona y en ocasiones humillante o dueña de remordimientos también desnortados, de nuevo producto de una falta de educación -o una mala educación- procedente del entorno -los padres que anticipan el potencial fracaso afectivo de todo enamoramiento, los adolescentes todavía tan despistados como él mismo-.

         Dentro de esta confrontación entre niñez y sexualidad, el cineasta considera oportuno ensayar una desviación hacia los delitos de pederastia, una alusión a los monstruos que habitan la realidad, que son siempre más terribles que los de las películas de terror. Pero Lesage no gestiona adecuadamente ese cambio del punto de vista, hasta entonces y posteriormente tan ligado a los ojos de Felix. Por esta causa, la subtrama encaja en el metraje entre chirridos, como una añadidura un tanto artificiosa y desde luego menos lograda, o menos interesante, que las vivencias y los sentimientos del personaje principal. De su maduración, en definitiva.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

La vida de Calabacín

22 Dic

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Año: 2016.

Director: Claude Barras.

Reparto (V.O.): Gaspar Schlatter, Sixtine Murat, Paulin Jaccoud, Michel Vuillermoz, Raul Ribera, Estelle Hennard, Elliot Sanchez, Lou Wick, Brigitte Rosett, Natacha Koutchoumov.

Tráiler

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          La vida de Calabacín juega con contrastes de una estremecedora atrocidad. Detrás de la dulzura de su colorista stop motion y la ternura de su asimilación de la cosmovisión infantil, se esconde una muestra de las peores abominaciones de la sociedad. Perversiones que, además, se ceban con la parte más vulnerable de la misma: el niño. La inocencia segada por el horror, como ejemplifica el terrible Simon, quizás el personaje más completo de la película. Los enormes y expresivos ojos de las marionetas presentan siempre un cerco oscuro; una sombra triste, aterrada.

          Con la colaboración en el guion adaptado de Céline Sciamma -experta en adentrarse en las colosales dificultades que se sufren en las primeras etapas de la existencia-, La vida de Calabacín no se centra sin embargo en la victimización de sus protagonistas o en lanzar recriminaciones cargando las tintas de la sordidez, ni tampoco recurre al chantaje para robar emociones al espectador. En el internado luce el sol y los responsables del centro son personas comprometidas, entregadas y amables. 

La reacción, pues, surge de manera natural, y con notable intensidad, no en el relato de las crueldades adultas, casi aludidas de pasada o bajo unas ligeras formas de bruja de cuento -la tía de Camille-. Surge a lo largo del proceso de recomposición afectivo que rige el argumento. Ante el redescubrimiento por parte del espectador de pilares esenciales no siempre presentes o universales, pues no dependen de uno solo -las mil variaciones que posee la familia y que en absoluto están relacionadas con cuestiones genéticas o sanguíneas-.

          Y todo esto ocurre, de nuevo, sin reconcentrar ideas o mensajes, con la misma autenticidad y franqueza con la que los niños observan su entorno, lo asimilan y comprenden, y tratan de capearlo de la mejor manera posible. Con su candidez innata, con el sentido de la maravilla y de la fabulación aún sobreviviente; con humor, con amor. Con la tenue e instintiva esperanza en que haya un final feliz en la conclusión del cuento.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

Suburbicon

17 Dic

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Año: 2017.

Director: George Clooney.

Reparto: Noah Jupe, Matt Damon, Julianne Moore, Gary Basaraba, Tony Espinosa, Karemiah Westbrooke, Glenn Fleshler, Alex Hasell. Oscar Isaac.

Tráiler

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         Con su cine negrísimo a todo color, Suburbicon es incuestionablemente una obra de los hermanos Joel y Ethan Coen, firmantes del guion. Pero, en la frontalidad de su mensaje político, Suburbicon también es incuestionablemente una obra de George Clooney, actor, director, productor, rostro del compromiso sociopolítico de izquierdas del Hollywood actual y cofirmante del guion junto con su sempiterno aliado Grant Heslov -por su lado realizador de la igualmente coeniana, y muy decepcionante, Los hombres que miraban fijamente a las cabras-.

         De esta manera, Suburbicon se instala en la postal rockwelliana del American Way of Life de los años cincuenta para pintarlo todo de negro por medio de una farsa neonoir desbordada de humor color azabache que, en definitiva, expone ante la cámara el herrumbroso dorso que se oculta tras la fachada del cartel publicitario del país.

Pero asimismo, en un crescendo paralelo al que conduce la vorágine de escabrosos acontecimientos protagonizados por individuos comunes que planean tramas delictivas por encima de sus posibilidades, desde un segundo plano -aunque siempre bien enfocado, hasta el punto de reforzar la noción de que se trata de una idea inseminada artificialmente en un relato que quizás no sea de todo el suyo, a pesar de formar parte del mismo universo de violentas reacciones de imbecilidad- se muestran las dificultades de una familia afroamericana recién llegada al corazón del sueño americano y cuyos hostiles vecinos construyen un muro alrededor suyo. Esto es, una lectura del presente estadounidense tan sutil y elaborada como suena, acorde a los pronunciamientos del cineasta al respecto y puede que, por desgracia, no tan alejada del nivel de debate y acción que se lleva a cabo en la realidad.

         Suburbicon está narrada con un tono que recuerda inevitablemente a Fargo, si bien con una crueldad física casi más cercana a la desconcertante Sangre fácil, quizás porque, dentro de la caricatura, el retrato de los personajes es más decididamente áspero; quizás porque Clooney no mira a estas criaturas tan corrientes en su mezquindad con la extraña y comprensiva ternura con la que suelen hacerlo los hermanos, conscientes del fatalismo irreparable que pesa sobre sus actos. Los Coen, además, saben moverse mejor en las proximidades al cartoon. Esto no es óbice para que el filme resulte divertido y que, al mismo tiempo, perturbe por su agresividad.

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Nota IMDB: 5,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

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