Tag Archives: Sátira

Green Fish

24 Ago

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Año: 1997.

Director: Lee Chang-Dong.

Reparto: Suk-kyu HanHye-jin ShimSeong-kun Mun, Kang-ho SongJae-yeong Jeong, Myung Gye-nam, Han Seon-kyu, Jung Jin-young, Ji-hye Oh.

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         En 1997, en plena fiebre asiática en los festivales internacionales, el hasta entonces profesor de instituto, novelista y guionista Lee Chang-Dong -que andando el tiempo llegará incluso a ser ministro de Cultura y Turismo de Corea del Sur- se pondrá por primera vez tras las cámaras para entregar Green Fish, una cinta con esquema de cine negro pero que, en realidad, es una tragicomedia cruel que arremete contra la sociedad y la familia coreana.

         Fundada sobre la premisa del ciudadano común enmarañado en una trama mafiosa -en concreto a través de la variante de la atracción irresistible por ‘la mujer del gángster’-, Green Fish comienza, de hecho, con un aspecto de comedia costumbrista en la que, inmediatamente después de trazar el círculo de su destino por medio de un encuentro casual y de un pañuelo rojo al viento, el humor -físico y conceptual- hunde en un inmisericorde patetismo al protagonista del filme, un joven recién licenciado del ejército, más bien inocentón y devorado por la desidia de su lánguida vida en los márgenes rurales de Seúl. Y lo hace con insistencia. Ni siquiera había sido lírico el vuelo de la prenda fetichista, apretujada contra su cara pasmada desde una toma subjetiva.

Esta será la constante que predominará durante la primera mitad de una obra poblada por criaturas fallidas, maltrechas y tristes, que vagan en pos de unos sueños -la chica, la reconciliación familiar, la cúspide de la pirámide criminal…- de los que, a la hora de la verdad, solo obtienen desilusiones, humillaciones y palizas. Porque incluso el jefecillo mafioso que acoge al chaval en su organización -dedicada a poco más que a chanchullos casi infantiles- es un hombre impotente y lamentable ante determinadas circunstancias, de igual manera que su contacto en la policía no será más que un inspectorucho al que hay que pagarle el favor de arreglarle los cuernos que su mujer le pone en brazos de un diácono. Por no entrar en la triste figura de la sufrida cantante a la que el argumento le reserva la función, o así, de femme fatale.

         Sin embargo, de forma un tanto inconstante -si bien los restos de comicidad satírica no desaparecerán incluso en los clímax más violentos, como muestra la escena del baño-, Lee Chang-Dong conduce luego el tono de Green Fish hacia terrenos más dramáticos y oscuros, que quizás, con todo, no sean sino otra expresión del absurdo que ahoga la vida de los personajes, en evidente contraste con el luminoso epílogo de la película, que posee de fondo un toque casi irreal, dada la situación que refleja. Antes, en cierto punto de la narración, el cineasta ya había abierto un claro soleado entre la nocturnidad y los agresivos neones rojos y verdes de la gran ciudad donde el protagonista busca a su objeto de deseo mientras lidia como puede con los encargos del hampa. Un claro de luz que se abre en su regreso a la familia -es una vuelta también al espacio campestre alejado de la corrupción moral urbana, al modo del noir clásico-, pero que aun así terminaba sumido entre nubes.

La razón es que, a partir de esta combinación de sarcasmo y de lamento, de acidez y amargura, Green Fish se debate en los conflictos de una profunda tensión familiar, producto de la desestructuración del entorno íntimo del protagonista a raíz probablemente de la muerte del padre, y del vacío de motivaciones que le hace encontrar nuevos referentes y trasladar sus firmes fidelidades hacia círculos menos aconsejables -la figura del capo como, literalmente, “hermano mayor”-. La resolución de esta dicotomía es la que asesta el golpe final al relato.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7,5.

Nuestro hombre en La Habana

11 Jul

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Año: 1959.

Director: Carol Reed.

Reparto: Alec Guinness, Maureen O’Hara, Burl Ives, Ernie Kovacs, Noël Coward, Ralph Richardson, Paul Rogers, Jo Morrow, Grégoire Aslan.

Tráiler

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         Espionaje internacional, contrición católica. Elementos a partir de los cuales se acostumbra a bosquejar las líneas maestras del corpus literario de Graham Greene. En esencia, también están presentes en Nuestro hombre en La Habana, solo que esta vez abordadas desde un punto de vista satírico. En especial el primero de estos pilares -presuntamente inspirado aquí, no obstante, por los procedimientos de un agente doble español al que Greene decía haber conocido en Portugal-.

La burla contribuye a contrarrestar el presunto glamour de una actividad dudosa, exaltada por unos tiempos de Guerra Fría en los que, aunque sea de reojo, el abismo se observaba siempre desde el filo. No por nada, en 1958, cuando se publica la novela, las aventuras del agente 007 creado por Ian Fleming llegaban a su sexto volumen. También posibilita reforzar el dolor y la tristeza que provocan las consecuencias de este juego funesto a las órdenes de poderes leviatánicos, indiferentes a la suerte del individuo.

A pesar de ser nominalmente una comedia, la adaptación de Nuestro hombre en La Habana transcurre desde una ensoñación tropical hasta una noche de planos torcidos y embriagados, oscuros y nerviosos. Sombrío expresionismo marca de Carol Reed, emparentado con la angulosidad y la tiniebla que había aplicado a otra aproximación anterior a Greene, la célebre El tercer hombre. Otra inmersión en el descalabro moral de unos tiempos desquiciados y confusos.

         Nuestro hombre en La Habana, pues, parece material escrito para el Alfred Hitchcock más travieso o para los hermanos Joel y Ethan Coen. La persona corriente a la que el azar o el infortunio enreda en una trama que, a priori, excede a sus capacidades naturales. El apocado señor Wordmold (Alec Guinness) es un gris vendedor de aspiradoras que queda atrapado entre las fuerzas subterráneas que enfrentan al mundo a una lucha a muerte. Pero igualmente, en un plano privado, es un varón de mediada edad asfixiado por su propio envejecimiento y su propia molicie existencial, condensadas principalmente en su relación con una hija caprichosa que está a punto de abandonar el nido familiar, ya quebrado por la desaparición de una esposa que, se entiende, huía de estos mismos terrores.

         En cierta forma, Nuestro hombre en La Habana es la revolución del tipo común contra estas fuerzas visibles u ocultas que juegan con él como un peón sobre el tablero de ajedrez, arrojándolo al enfrentamiento sin empacho alguno o sacrificándolo si es menester. Y en paralelo, por supuesto, es su alzamiento contra la vida misma que lo devora. Esta revolución, además, converge con la Revolución cubana, otra manifestación de este combate fratricida y sin cuartel, de este enloquecimiento histórico que baña en sangre y miedo a los individuos “torturables”, como observa el capitán Segura, ‘el Cuervo Rojo’, en su análisis social de la Cuba agónica del dictador Fulgencio Batista, exportable al resto del escenario internacional.

         Reed logra conservar la potencia destructiva de la combinación y confrontación de la corriente desmitificadora -el espía reducido a una vulgaridad circunstancial, la torpeza humana y práctica del reclutador, la estupidez de un alto mando que no sabe mirar un mapa, la irrisoria eficacia del espionaje en definitiva-, y la vertiente de denuncia del argumento -los crímenes que, con todo ello, se cometen a resultas de esta actividad, por falaz o absurda que sea-. En ella, podría aventurarse igualmente una lectura metalingüística acerca de la responsabilidad del escritor sobre los textos que crea, tanto o más cuando surgen de hechos y personas reales.

Pero, en cualquier caso, Nuestro hombre en La Habana se sostiene como una apasionada defensa del ciudadano de a pie frente a los necios y destructivos poderes fácticos que tratan de imponerse política o económicamente sobre su libertad, independencia y capacidad de amar al prójimo. De amar a un amigo, a una hija, a una pareja.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

La muerte de Stalin

25 Mar

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Año: 2017.

Director: Armando Ianucci.

Reparto: Steve Buscemi, Simon Russell Beale, Jeffrey Tambor, Michael Palin, Andrea Riseborough, Jason Isaacs, Dermot Crowley, Paul Whitehouse, Paul Chahidi, Rupert Friend, Olga Kurylenko, Paddy Considine, Adrian McLoughlin.

Tráiler

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         La epopeya gloriosa la escriben los vencedores; la épica lírica y romántica, los perdedores. La comedia, los bufones, que somos todos. Es decir, aquellos que no protagonizamos las mentiras anteriores. Hacen falta redaños y un frustrante ejercicio de madurez para asimilar que lo más probable es que nuestra existencia no sea suficiente para que los aedos canten los milagros de nuestros días, ni que miles de espectadores se conmuevan o inspiren contemplando la película de nuestra vida, como en cambio sí puede ocurrirles a quienes detentaron o detentan el poder y los privilegios, ya que son quienes se encargan -o al menos tratan- de escribir la Historia. Frente a ellos -que en su mayoría están hechos de la misma carne, los mismos huesos y la misma mierda que nosotros-, la sátira y parodia es nuestra primera línea de defensa y la principal arma de contraataque.

         El escocés Armando Ianucci lo tiene bien asumido, pues lleva años trabajando en un campo de batalla que ha tenido en la política su trinchera prioritaria. Ahí se encuadran el falso documental Clinton: His Struggle with Dirt, las series The Thick of It y Veep, y el largometraje In the Loop, una especie de prolongación del universo de The Thick of It. Así, después de someter a escarnio a las altas esferas británicas y estadounidenses, se lanza ahora a devorar a la Unión Soviética.

La diferencia salta a la vista respecto a las anteriores: este es un cadáver putrefacto y las detonaciones explosivas de su material cómico se oyen desde lejanos ecos del pasado. Resulta cómodo y sencillo ridiculizar a un leviatán al que se le conoce fundamentalmente por los tópicos, sean estos propagandísticos, verídicos o ambas cosas a la vez. La mordiente de la parodia, en consecuencia, es menor. E incluso no demasiado original, puesto que la esencia humorística de La muerte de Stalin puede equipararse a otras numerosas parodias acerca del totalitarismo. Del nazismo, por ejemplo, son legión, e incluso han contribuido a frivolizar a Adolf Hitler, las SS o la Whermacht hasta convertirlos en una especie de arquetipo de la cultura popular. En España puede citarse como muestra el perfil de twitter Norcoreano, ya fuera del cine, obviamente, pero emparentado con esta veta humorística -y puede que aquí con el mérito de su coexistencia con su caricaturizado, si bien queda el factor de la tremenda lejanía, que impone todavía una evidente barrera de fantasía exótica-.

En resumen, no es complicado revertir regímenes tan excesivos. En este sentido, a través del hilo narrativo -un tanto deslavazado-, un buen puñado de los chistes de La muerte de Stalin son bastante previsibles. Por ello, algunos de ellos se quedan sin punch y otros son hasta repetitivos. Aunque, con todo y ello, muchos otros no dejan de ser medianamente resultones.

         Lo que sí es más complicado, y este es uno de los méritos de la obra de Ianucci -arropado además por notables actores de comedia-, es conseguir desvelar que el terrible mago es, en realidad, un tipo corriente astutamente oculto detrás de una cortina. Que el torturador y el dictador son funcionarios y no monstruos extraordinarios; burócratas armados que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea, tal y como los describía, con tono bastante más pesaroso, Eduardo Galeano. La muerte de Stalin logra, pues, que se perciba la esencia humana, miserable y cainita en base a sus impulsos primarios -la supervivencia, la avaricia, la maldad retorcida en ciertos casos-, pero también carismática, de este esperpéntico politburó soviético, aun y cuando se le enfrenta puntualmente, pero sin paños calientes y dejando congelada toda sonrisa, contra las consecuencias del desaconsejable poder que acumulan en sus manos. Que son manos como las de cualquier hijo de vecino.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6,5.

Fe de etarras

12 Ene

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Año: 2017.

Director: Borja Cobeaga.

Reparto: Javier Cámara, Julián López, Gorka Otxoa, Miren Ibarguren, Ramón Barea, Luis Bermejo.

Tráiler

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         En El Quijote, la gran sátira humana de la literatura universal, Miguel de Cervantes deslizaba reflexiones desmitificadoras a propósito de como las novelas de caballerías obviaban pasajes de la vida ordinaria y sobre las necesidades fisiológicas de sus personajes, asuntos engorrosos en algunos casos pero tremendamente placenteros en otros, como la comida. Esas cuestiones que, en conclusión, componen la sangre y la carne de toda persona. Un aspecto fundamental e ineludible de la vida.

Fe de etarras es una película que habla de cuestiones terrenales. La música, el deporte, las incómodas servidumbres del trabajo, el sometimiento a las decisiones de la gente de poder, las relaciones de pareja… y sobre todo de comida. El pan nuestro de cada día. La única diferencia es que los protagonistas de Fe de etarras abordan estos temas desde una perspectiva singular, que es la que filtra su militancia en ETA. Su lista de superéxitos, pues, está liderada por las actuaciones del IRA y no saben cómo asimilar otros grupos de moda como el ISIS, que sienten advenedizos y prefabricados. El deporte marca una confrontación antagónica con ejércitos y uniformes propios de una guerra por otros medios. Por ausencia o por radicalidad, las órdenes de los jefes casan malamente con los deseos, los criterios y la realidad de sus subordinados. Un noviazgo informal tiene algo de estatuto de autonomía mal definido, inservible para solucionar problemas comunes. Y la comida -¡ah, la comida!- siempre era mejor antes, evidencia de un pasado idílico irremediablemente extraviado por la pérdida y destrucción de las tradiciones, de los ideales y de los presuntos paraísos de la infancia.

         En la escena introductoria de Fe de etarras, desarrollada alrededor de una mesa donde se apura un banquete, esta conversación gastronómica instaura con rotundidad unas nociones de tradición, identidad y nostalgia de un grupo humano reunido y arraigado entorno a los alimentos. Una aparente familia, por tanto, muy semejante a la que, más adelante, cantará y se emocionará junta con los goles de la selección española en el Mundial de fútbol de 2010; un concepto de unidad alrededor de un triunfo colectivo que ya había empleado precisamente otra comedia nacional, La gran familia españolaBorja Cobeaga y Diego San José llevan tiempo rondando el tema, desde su formación en Vaya semanita hasta la minimalista Negociador, pasando por el germen de serie que era Aupa Josu. En Fe de etarras, su sátira sobre la banda terrorista es ya frontal, con una mayor convencionalidad y una mayor sensación de libertad cómica que en Negociador, contenidamente respetuosa con el episodio histórico que abordaba.

El filme se basa en la premisa de que, por lo general, todo individuo debate su vida entre la necesidad de reforzar su autoestima dotando a sus acciones de una pátina de grandilocuencia y entre la tendencia al ridículo que predomina en una cotidianeidad que no entiende de los constructos épicos y las fantasías de grandeza que posee imaginario humano -enardecidas además por vehículos transmisores como el cine-. De esta paradoja es víctima cualquier hijo de vecino, pero también todo aquel que pretenda arrogarse un papel determinante, significativo o incluso providencial en el curso de la Historia.

         Pero, no obstante, con la debida perspicacia, talento y sentido de la humanidad, esta a priori humillante condición puede tornarse en una perspectiva liberadora en lo personal -saber reírse de uno mismo- y, además, en una violenta arma para combatir a quienes, de una forma u otra, pretendan tiranizar al prójimo otorgándose para sí más importancia de la cuenta. Una carcajada puede derribar al monstruo, cuyo poder depende en buena medida del miedo que infunde una imagen sublimada de diseño artificial. Hay ejemplos capitales en el séptimo arte, como El gran dictador o Ser o no ser. También otros recientes, como Four Lions, película que se atreve a hacer empáticos a un grupúsculo de desastrosos y entrañables yihadistas londinenses. Fe de etarras, decíamos, sigue esta línea para humanizar a otro comando terrorista, esta vez de ETA, y mostrar con ello las contradicciones, miserias y vacíos del gudari combatiente, al servicio de una causa difusa, paranoica y, en definitiva, esperpéntica.

En este sentido, el juego de contrastes con un albaceteño anarquista metido a etarra para satisfacer sus fantasías mamadas del cine es, aunque un tanto manida, la muestra más significativa de todo este discurso. Además, cuenta con la interpretación de Julián López, que con su desternillante candor sabe hacer buenas un puñado de intervenciones demoledoras, capaces de desmontar hasta el último resquicio teórico de la lucha de sus compañeros, pobres etarras de tristes traumas. En Fe de etarras también hay gags trillados, más forzados y menos inspirados, y algún personaje, como el de Miren Ibarguren, termina por quedarse algo accesorio. Pero en la película se conforma un conjunto relativamente equilibrado, que escruta las complejidades sin asumir de España renunciando al folclorismo simplificador de estrenos recientes como Ocho apellidos vascos o Cuerpo de élite, valiente así en sus intenciones críticas y honroso en su calado humano.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 6,5.

The Square

18 Dic

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Año: 2017.

Director: Ruben Östlund.

Reparto: Claes Bang, Elizabeth Moss, Dominic West, Terry NotaryLise Stephenson EngströmLilianne MardonChristopher Læssø, Marina Schiptjenko, Elijandro Edouard, Daniel Hallberg, Martin Sööder.

Tráiler

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         “Ayuda” o “socorro” es la palabra que más se pronuncia en The Square. Ruben Östlund tiene un mensaje sobre la sociedad contemporánea. Es un mensaje cáustico y diáfano, y el cineasta sueco sabe como sintetizarlo. De ahí que no necesitase 142 minutos para exponerlo, porque de tantas variaciones y ángulos que aplica, la tesis termina por quedar un tanto redundante, tanto o más cuando además, arribando al desenlace, el realizador también procederá a compendiarla en una secuencia -la presentación en el museo- y un discurso -el vídeo del móvil-. O incluso se aprecia deslavazada en su estructura narrativa, que a ratos se asemeja a una sucesión de sketches. Hay expertos que lo identifican, creo que con tino -aunque luego habría que debatir los matices-, con cierta tendencia del cine de autor actual.

         Inmisericorde azotador de los clichés, las poses y las convenciones destinadas a conservar la apariencia de civilización de la sociedad y a revestir de cierto prestigio del individuo ante sus semejantes, Östlund arremete en The Square contra una comunidad que considera salvaje e irracional, cuya presunta respetabilidad y raciocinio solo reside en aspectos externos y autocomplacientes como -en un rasgo especialmente nórdico pero no exclusivo- la corrección política.

El individualismo a ultranza, la persistencia del prejuicio y su filtración en microprejuicios, el egoísmo frente al prójimo, la tasación material como único valor reconocido… Son elementos que extrae de un colectivo amoral en el que sus unidades se han distanciado tanto entre ellas que el Otro -el diferente convertido en enemigo por la fuerza de la ignorancia- ya no es siquiera el extranjero, sino el vecino, el compañero de trabajo, el colega, el amante.

         El director y guionista aplica esta visión pesimista sobre las desigualdades económicas en la tierra del Estado del bienestar, el clasismo social, profesional o intelectual; el desprecio de los valores inmateriales, la incomprensión hacia quienes no cumplen los estándares, la ausencia de confianza en los otros, la insolidaridad… Y lo hace desde la sátira, resaltando la vergüenza ajena y el patetismo que supuran las vivencias de un hombre a priori ejemplar: conservador de museo, de posición acomodada, elegante y atractivo. Las miserias de la burguesía, por lo tanto, que se revelan a través de situaciones incómodas que despojan al protagonista de su honorabilidad, como ocurría en Fuerza mayor con los estereotipos y principios de masculinidad.

         Östlund muestra su talento en el manejo del humor negro, el tempo interno de la escena y su ambientación -el decorado, el color, especialmente el sonido…- para provocar estas sensaciones irritantes e hilarantes que, asimismo, sirven para trazar rimas y paralelismos en el desarrollo del relato, puesto que los gritos de auxilio pueden convertirse en una simple instalación artística -los ruegos que se oyen desde el portal reducidos a una grabación repetida; el chirrido de las sillas a punto de caer en momentos de acoso emocional…-.

Al mismo tiempo, la representación de la película en el entorno museístico también le sirve para reflexionar acerca de los límites del arte y del discurso artístico, de su validez, su compromiso o su vacuidad, y de su comunicación con el espectador al otro lado -o más bien dentro- de la propuesta exhibida, con guiños a la polémica performance de Oleg Kulik como hombre-perro en Estocolmo o la estafa del artista conocido como Pierre Brassau. El absurdo, en definitiva, que define la deshumanización en unos tiempos donde se entrecruzan las demandas neoliberales en pro de una ley de la jungla económica y el ascenso de tendencias políticas fundamentadas en el odio y la separación.

         Palma de oro en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Suburbicon

17 Dic

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Año: 2017.

Director: George Clooney.

Reparto: Noah Jupe, Matt Damon, Julianne Moore, Gary Basaraba, Tony Espinosa, Karemiah Westbrooke, Glenn Fleshler, Alex Hasell. Oscar Isaac.

Tráiler

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         Con su cine negrísimo a todo color, Suburbicon es incuestionablemente una obra de los hermanos Joel y Ethan Coen, firmantes del guion. Pero, en la frontalidad de su mensaje político, Suburbicon también es incuestionablemente una obra de George Clooney, actor, director, productor, rostro del compromiso sociopolítico de izquierdas del Hollywood actual y cofirmante del guion junto con su sempiterno aliado Grant Heslov -por su lado realizador de la igualmente coeniana, y muy decepcionante, Los hombres que miraban fijamente a las cabras-.

         De esta manera, Suburbicon se instala en la postal rockwelliana del American Way of Life de los años cincuenta para pintarlo todo de negro por medio de una farsa neonoir desbordada de humor color azabache que, en definitiva, expone ante la cámara el herrumbroso dorso que se oculta tras la fachada del cartel publicitario del país.

Pero asimismo, en un crescendo paralelo al que conduce la vorágine de escabrosos acontecimientos protagonizados por individuos comunes que planean tramas delictivas por encima de sus posibilidades, desde un segundo plano -aunque siempre bien enfocado, hasta el punto de reforzar la noción de que se trata de una idea inseminada artificialmente en un relato que quizás no sea de todo el suyo, a pesar de formar parte del mismo universo de violentas reacciones de imbecilidad- se muestran las dificultades de una familia afroamericana recién llegada al corazón del sueño americano y cuyos hostiles vecinos construyen un muro alrededor suyo. Esto es, una lectura del presente estadounidense tan sutil y elaborada como suena, acorde a los pronunciamientos del cineasta al respecto y puede que, por desgracia, no tan alejada del nivel de debate y acción que se lleva a cabo en la realidad.

         Suburbicon está narrada con un tono que recuerda inevitablemente a Fargo, si bien con una crueldad física casi más cercana a la desconcertante Sangre fácil, quizás porque, dentro de la caricatura, el retrato de los personajes es más decididamente áspero; quizás porque Clooney no mira a estas criaturas tan corrientes en su mezquindad con la extraña y comprensiva ternura con la que suelen hacerlo los hermanos, conscientes del fatalismo irreparable que pesa sobre sus actos. Los Coen, además, saben moverse mejor en las proximidades al cartoon. Esto no es óbice para que el filme resulte divertido y que, al mismo tiempo, perturbe por su agresividad.

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Nota IMDB: 5,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Un sol interior

21 Nov

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Año: 2017.

Directora: Claire Denis.

Reparto: Juliette Binoche, Xavier Beaubois, Nicolas Duvauchelle, Laurent Grévill, Alex Descas, Valeria Bruni Tedeschi, Gérard Depardieu.

Tráiler

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         “No existe ese príncipe azul de Walt Disney, ni el de ahora de las sombras de Grey“, afirmaba en una entrevista la actriz y escritora Mar Regueras. Uno de los estereotipos más frustrantes y nocivos de las fantasías románticas, potenciadas especialmente por el cine, es la idea de la realización amorosa predestinada y correspondida.

La protagonista de Un sol interior vaga por París hecha un paño de lágrimas en busca de su amor verdadero y definitivo. En su camino, tan solo se cruza con empresarios sinvergüenzas, artistas intensitos, oportunistas carroñeros, intelectuales pagados de sí mismos e idilios irremediablemente marchitos.

         Esta es la película romántica de Claire Denis, un género apenas transitado de forma frontal –Viernes noche– por esta cineasta con querencia por argumentos recios, hasta con un punto de sordidez. Y, en efecto, por medio de las peripecias de la despechada, fracasada y solitaria Isabelle (Juliette Binoche), tomadas de una novela de Roland Barthes, la directora y coguionista hace escarnio de las películas románticas al mismo tiempo que arremete contra los códigos que falazmente han implantado en la concepción amorosa extracinematográfica. 

Por el camino, invalida asimismo los consejos existencialistas de tres al cuarto e incluso, en el genial equívoco final -que por medio de su interesante inserción en los títulos de crédito se erige a la vez en resumen y anticipo de un relato inconcluso y acaso irredimible-, las teorizaciones psicoanalíticas del cortejo y el enamoramiento humano. Sin embargo, y a pesar de todo, pervive en ella una pequeña y cálida sensación de esperanza, quizás meramente ilusoria. 

         Un sol interior no es una película clemente hacia sus personajes, ni siquiera hacia una Isabelle inconstante, contradictoria y muy, muy despistada. Pero más cruel es en el retrato masculino, poblada por galanes lamentables, estúpidos, atolondrados o simplemente egoístas. Denis abre el filme con su protagonista al desnudo, aunque el contacto que la ofrece se asemeja más una embestida que una muestra de cariño o, cuanto menos, de deseo. La caricia -de haberla- es un sobeteo burdo, las conversaciones apenas transmiten nada y el desamparo de la mujer se acentúa poco a poco, encuentro a encuentro, desencanto a desencanto. 

El tono narrativo, de paladeable acritud y acidez, tarda un tanto en asentarse, por lo que la empatía hacia la función va en línea ascendente, toda vez que se comprende y se acepta el agreste y común ridículo en el que vive y se desespera Isabelle, que tiene rasgos perfectamente reconocibles para todo aquel que no sea un absoluto triunfador en los amores.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

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