Tag Archives: Sátira

La escapada

10 May

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Año: 1962.

Director: Dino Risi.

Reparto: Vittorio Gassman, Jean-Louis Trintignant, Catherine Spaak, Luciana Angiolillo.

Tráiler

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          El milagro económico italiano, exultante llegando a la década de los sesenta después de las penurias y las contriciones de posguerra, conduce a toda máquina un Lancia Aurelia B24 Spider, materialización del progreso industrial, tecnológico, energético y pecuniario del país. De copiloto viaja un ciudadano común de clase media, concienciado con sus deberes y con su responsabilidad social, aunque distanciado por igual de los nuevos ricos y del proletariado rural. Y, en un plano personal, a causa de este mismo sentido de la obligación y la necesidad, cohibido para la satisfacción de sus deseos más hedonistas y primarios.

        Dos años antes, La dolce vita empleaba ya el esquema de la odisea para descubrir y desnudar la sociedad italiana de su tiempo. En La escapada, Bruno (Vittorio Gassman) y Roberto (Jean-Louis Trintignant) se embarcan en una road movie que nace inesperadamente del vacío mágico de la Roma en Ferragosto para recorrer, con tono costumbrista y al son de los éxitos musicales del momento, el paisaje urbano y humano de una región en pleno éxodo vacacional.

        Aunque Bruno se mantiene un tanto más estereotipado, más adherido a sus funciones alegóricas, Dino Risi, que se había formado como psicólogo, consigue construir, plasmar y transmitir con gran credibilidad y potencia la naturaleza de Roberto y las emociones que atraviesa a lo largo del itinerario por las carreteras, los pueblos y los encuentros del país. Ahí aparece su incomodidad ante la presencia invasiva de su compañero de aventuras y el autocuestionamiento no solo por el modelo de triunfo social que supone este -que, irredimiblemente frívolo, se lanza y agarra cuanto se le antoja para dar cumplida cuenta de sus apetencias-, sino por las limitaciones y contradicciones que descubre en su propio carácter, a priori marcado por la responsabilidad y sobre todo la timidez. También su paulatina liberación desde las restricciones y el recelo inicial hasta el ulterior optimismo esperanzado con las vitalistas posibilidades que le ofrece el viaje.

Para aquellos que como Bruno “se pasen por ahí” los frescos históricos y sociales italianos, quizás de ese estudio de caracteres, cuya apreciación es más universal, provenga la resistencia en el tiempo de un filme de tan marcado contenido localista.

        La tragicómica convivencia -o podría decirse duelo- entre estos dos personajes antagónicos destila sentimientos enfrentados en el aspecto psicológico y, especialmente, en el idiosincrásico. El rechazo, la conexión, la prepotencia, la ternura, el descontrol, el gozo, el oportunismo, la conciencia, el machismo, el compromiso, la realización, la destrucción.

Con ello, Risi cuestiona tanto las aparentes bonanzas de la liberación económica y moral de este periodo de recién conquistada opulencia, como las pequeñas represiones internas que coartan el disfrute de la existencia de una forma de ser en exceso reconcentrada. Ambos, reflejos de una misma identidad nacional que avanza a velocidad irreflexiva, acometiendo ese ‘sorpasso’ histórico y automovilístico al que alude el título original, hacia un destino igualmente simbólico.

        La escapada se convertiría en un hito cultural de Italia.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7,5.

El otro lado de la esperanza

11 Abr

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Año: 2017.

Director: Aki Kaurismäki.

Reparto: Sherwan Haji, Sakari Kuosmanen, Simon Al-Bazoon, Ilkka KoivulaJanne Hyytiäinen, Nuppu Koivu, Niroz Haji.

Tráiler

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           Aki Kaurismäki es un desencantado con esperanza, aunque cada vez parezca que le cuesta más esfuerzo sostener esa línea de defensa terminal frente a las tendencias de la sociedad occidental, en los últimos tiempos sometidas a la destrucción de los equilibrios sociales a causa de la crisis económica -el hundimiento de la clase media, el nacimiento de redes de solidaridad popular, los crecientes desajustes nacidos de los privilegios y elitismos económicos-, los dilemas y paradojas de la convivencia multicultural -la aceptación del inmigrante, la competencia social, el choque de costumbres, la paranoia del terrorismo islamista- y la estridencia del resurgir de movimientos políticos de ultraderecha.

A pesar de que, con extraordinario juicio, el autor finlandés siempre cita a Charles Chaplin como el ideal del séptimo arte, su cine tiene algo de Buster Keaton. Y no solo en el estatismo de sus imágenes, análogo a la cara de palo de Keaton y utilizado con similares efectos cómicos, como si fuese una metáfora de su estoicismo frente a los vaivenes del porvenir. También porque, desde ese mismo estoicismo, sus personajes sacan fuerzas de la flaqueza y tratan de sobreponerse a las circunstancias que los asedian. Son serios en su naturaleza patética, pues la tienen asumida y, con técnica de expertos judocas, hasta la pueden utilizar en su favor.

           La situación social y geopolítica de Europa y el mundo no ha progresado en nada desde el estreno de El Havre hace seis años, último largometraje dirigido en solitario por Kaurismäki -entre medias se encuentra su respectivo episodio en la película coral Centro histórico– y en el que, con tierno optimismo, consideraba que aún podían obrarse milagros en un Viejo Continente cada vez más enfermo de insolidaridad -especialmente desde un punto de vista institucional-.

Así las cosas, Kaurismäki toma el pulso de nuevo al paciente y no lo encuentra en mejores condiciones; más bien al contrario. El drama de la emigración se ha recrudecido, incluso. En El otro lado de la esperanza, Khaled no llega a costas finesas solo en busca de un futuro mejor, sino que es refugiado de la guerra Siria. Y quienes lo hostigan en esta nueva tierra -aparte de la sempiterna Administración, deshumanizada hasta el ridículo- no son un vecino desaprensivo, como aquel que delataba al pequeño Idrissa por pura malicia, sino jaurías de neonazis entregados a una xenofobia sin cuento, totalmente lamentable en sus motivaciones. “¡Maldito judío!” le espetará uno de ellos en cierta escena dejando tras de sí la más negra muestra del lacónico y corrosivo sentido del humor del cineasta nórdico. Será porque, como observa uno de los refugiados iraquíes, conviene siempre tener una disposición alegre, puesto que a los tristes son los primeros a los que repatrian. Haremos bromas, pero bromas tristes; aunque solo sea por sobrevivir al desastre.

Quizás por todas estas cuestiones, el retrato humano que compone El otro lado de la esperanza posee menor grado de calidez, o de abierta ternura, que el que arrojaba la reconfortante El Havre. En Finlandia el sol luce menos que en la costa normanda.

           Pero, contra viento y marea, contra las soberanas palizas que traen consigo los acontecimientos, Kaurismäki, como haría Keaton, persevera. Maestro de la composición de atmósfera y tono narrativo, en El otro lado de la esperanza la melancolía fluye a ríos, impulsada por la decepción, si bien la corriente impacta ocasionalmente contra rocas o, mejor dicho, contra objetos absurdos anclados en el cauce, y que son dueños de una comicidad insospechada, que salpica y refresca momentáneamente. En El otro lado de la esperanza chocan entre sí la huida hacia adelante de Khaled y la huida hacia delante de sí mismo que emprende Wikström, un comercial de camisas hastiado de su trabajo y de su matrimonio, y que entrega al simple azar su reconversión en empresario de la hostalería. Otro desheredado de la tierra, por otros motivos distintos.

De esta forma, el filme traza un encuentro semejante al que protagonizaban el viejo limpiabotas Marcel Marx y el joven Idrissa, arrinconados en unos márgenes donde, rebelde, se ha conformado una especie de comunidad de parias, último refugio de los que no tienen nada. Aquí, esa comunidad se concentrará en un bar-restaurante de ánimo tan desorientado como su gerente, que solo pretende hallar su sitio en medio de toda esta farsa tragicómica.

“Amo Finlandia, pero si sabes cómo puedo salir de aquí, avísame”, dice Khaled. La felicidad es un derecho negado para un inmigrante, para un nativo y para un extranjero que desea naturalizarse. Es un problema todavía más grande, de orden universal, parece insistir el realizador y guionista, quien lleva décadas sumergido en las ruinas de la clase proletaria. Y, sin embargo, Kaurismäki no desiste de cerrar la función con una sonrisa, aunque esté bañada en amargura.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Mi gran noche

9 Abr

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Año: 2015.

Director: Álex de la Iglesia.

Reparto: Raphael, Pepón Nieto, Blanca Suárez, Carlos Areces, Jaime Ordóñez, Mario Casas, Marta Guerras, Marta Castellote, Tomás Pozzi, Hugo Silva, Carolina Bang, Carmen Machi, Luis Callejo, Santiago Segura, Carmen Ruiz, Enrique Villén, Ana Polvorosa, Luis Fernández, Antonio Velázquez, Terele Pávez, Daniel Guzmán, Toni Acosta, Eduard Casanova, Ignatius Farray.

Tráiler

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           Apenas median seis años entre El ángel exterminador y El guateque, estrenadas en 1962 y 1968, respectivamente. Pero, más allá de satisfacer sus pulsiones cinéfilas, Álex de la Iglesia parece exponer en Mi gran noche que la sociedad occidental -sea mexicana, estadounidense o española- apenas ha avanzado cuatro décadas después, ya que continúa siendo igual de absurda y padeciendo el mismo patetismo.

           Las variables coyunturales, no obstante, también afloran en este retrato de farsesca festividad de la España contemporánea, definida por uno de los eventos más casposos, falsos y desopilantes que sobrevive a gastos pagados generación tras generación: una gala de Nochevieja grabada en octubre y donde salen al escenario los protagonistas del presente nacional. Esto es, la precarización laboral, la rampante esclavización del ciudadano común, la sustitución de referentes morales por ídolos frívolos, la corrupción generalizada, la incultura del pelotazo, la degradación educativa, la desgraciada tramoya de la supuesta magia de la televisión que ya aparecía en Muertos de risa… Y, mientras, la ciudadanía queda reducida a simple figurante -aunque eso en el mejor de los casos, visto alguno de los ejemplos anteriores-.

           De la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría emplean una coralidad azconiana para recomponer este puzle que, como la fiesta que ejerce de decorado, parece asentarse en el pasado, el presente y probablemente el futuro. De esta manera, pueden encadenar una multitud de tramas sin que haya que decantarse por una en concreto que posea un mayor peso argumental y, por ende, exija un mayor desarrollo. Gracias a ello no aflora del todo uno de los principales defectos que acompañan a la trayectoria del director y guionista vasco: el agotamiento de un planteamiento ocurrente. Así las cosas, Mi gran noche resulta una película relativamente más equilibrada que otras como Balada triste de trompeta, si bien puede deberse asimismo a que en ningún momento alcanza cotas de genialidad -en la anterior los títulos de crédito, una obra maestra en sí misma, fijaban un listón inalcanzable para el resto del metraje-.

           En Mi gran noche se observan de nuevo detalles de notable comicidad -ese Raphael rebautizado como Alphonso y villanizado en un trasunto de Darth Vader, la casquivana estrella juvenil de la que Mario Casas saca buen partido- en tanto que otras no funcionan a igual nivel o no terminan de explotarse del todo ante la avalancha de idas y venidas del relato que, por momentos, parece aquejada de los mismos males que una gala de Nochevieja -o una Enrique Cerezo Pictures-; atropellada, sainetera, ciclotímica, inocua en su orgulloso exceso.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,1.

Nota del blog: 6,5.

El bar

26 Mar

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Año: 2017.

Director: Álex de la Iglesia.

Reparto: Blanca Suárez, Mario Casas, Carmen Machi, Secun de la Rosa, Jaime Ordóñez, Terele Pávez, Joaquín Climent, Alejandro Awada.

Tráiler

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            El bar tiene cosas de La comunidad, de Las brujas de Zugarramurdi y de Mi gran noche. Es una obra de Álex de la Iglesia, en definitiva, un cineasta que puede presumir de tener voz propia. Una voz marcada por la pasión volcánica, la cinefilia bien aplicada y una divertida visión farsesca de la España de hoy y de siempre. Y marcada también por la creación impulsiva y caótica, por la irregularidad y la ciclotimia. 

El bar, pues, parte de un esquema de cine de género, como Las brujas de Zugarramurdi, para encerrar a un heterogéneo colectivo en un espacio tan reducido como cotidiano donde, merced a las circunstancias extremas a las que conduce el absurdo -o la mezquindad, o la estupidez-,  despojarle de la careta de inocua vulgaridad y sacar a la luz la entraña pútrida que esconde esta recua de ciudadanos comunes, representación de la sociedad misma, al igual que ocurre en La comunidad o en Mi gran noche.

            Esta vez, la inspiración cinéfaga procede de la premisa del grupo de supervivientes que hace frente a la catástrofe apocalíptica -aquí el aparente contagio de una enfermedad devastadora- para luego descubrir que la mayor amenaza es el propio ser humano, como sostenía siempre George A. Romero en su primigenio cine de zombis.

Abundando en esta concepción cruelmente negativa, la idea se asienta además sobre un presente marcado por la paranoia del terrorismo global y las amenazas de plagas como la gripe A o el ébola, según el episodio de pánico colectivo que toque. Pero, sobre todo, se asienta sobre la España del aislamiento individual e individualista, de la insolidaridad, la desestructuración social, del fracaso de las relaciones afectivas, de la desorientación personal pagada con el alcohol, la ludopatía o cualquier otro vicio que se precie. 

            Tampoco estamos, no obstante, ante una película crítica, puesto que esta faceta aparece incluso a un grado menor de potencia que en Mi gran noche, que de por sí terminaba siendo bastante deslabazada en sus disparos a discreción. En su desarrollo argumental, El bar parece más interesada precisamente en la parodia de género a partir de estos estereotipos reconocibles e iberizantes.

La mezcla resulta en momentos ingeniosos y de estimable comicidad que, por desgracia, decaen progresivamente, rumbo a un desenlace hacia el que camina con más precipitación y menos chispa, lo que empuja las situaciones, huérfanas de esta particular mirada satírica, hacia un terreno más tópico. 

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

La décima víctima

27 Feb

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Año: 1965.

Director: Elio Petri.

Reparto: Marcello Mastroianni, Ursula Andress, Elsa Martinelli, Luce Bonifassy, Massimo Serato, Milo Quesada, Salvo Randone.

Tráiler

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          No es extraño que uno de los primeros ejemplos de la caza del hombre convertida en pasión de multitudes -y no en afición reclusiva y solitaria, como eran las monterías del malvado conde Zaroff y parientes- provenga de Italia, territorio de origen de los juegos gladiatorios -y en buena medida de la denominada telebasura-. De hecho, esta distopía satírica de Elio Petri, autor de fuerte conciencia crítica, apunta parte de sus dardos hacia el concepto de ‘panem et circensis’ que se atribuye al narcotizante uso social de los entretenimientos de masas durante el Imperio romano, con cuyos vicios el director transalpino encuentra puntos en común en la sociedad de su época -y por extensión de la presente-.

          Antecedente por tanto de las numerosas variantes del entretenimiento futurístico violento -la antibélica The Gladiators, La carrera de la muerte del año 2000Rollerball, Roma, año 2072 D.C.: los gladiadoresPerseguido, Battle Royale, La isla de los condenados, Gamer, Los juegos del hambre…- La décima víctima se sumerge en un porvenir de aspecto inmediato en el que, con el presunto e incumplido objetivo canalizar la agresividad natural del ser humano, se organizan torneos de caza y huida a muerte entre concursantes de todo el planeta.

Si acudimos a la máxima de que las competiciones internacionales de fútbol son el sustitutivo contemporáneo de los antiguos enfrentamientos bélicos, bien vale remitirse de nuevo al caso particular de Italia por medio de las palabras de Winston Churchill, quien afirmaba que los italianos pierden guerras como si fuesen partidos de fútbol y disputan los partidos de fútbol como si fuesen guerras.

          Como ocurre en otras obras de la ácida filmografía de Petri -cuyos mejores resultados aparecen en cintas más apegadas a una realidad reconocible, caso de El asesinoLa clase obrera va al paraíso-, el realizador y guionista, que adapta aquí un relato corto de Robert Sheckley, parece quedarse limitado a una idea potente y original a la que no sabe conceder el vuelo necesario que se mantenga pujante a lo largo de todo el metraje, a pesar de exponer desde el libreto una serie de razonamientos que, desde la cáustica ironía, retratan el estado sociocultural de un Occidente de moral y humanidad corrompida, en el que se han desmoronado la intelectualidad -la literatura que se reduce al cómic, la alienación que provocan los medios de comunicación y el materialismo capitalista-, la familia -el divorcio rampante, la prostitución accesible, la promiscuidad con amantes sin rastro de amor, el arrinconamiento de los ancianos- y la espiritualidad -las creencias iluminadas en tiempos de la expansión del misticismo hippie y new age-.

          Son conceptos que están expuestos por acumulación, debido a que la narración carece de verdadera entidad y es incapaz de ir más allá del arrebato de rabia concienciada o de la curiosidad ingeniosa. El armazón narrativo que sostiene el discurso crítico hace aguas a causa de que la mecánica del juego de caza está presentada de forma ramplona en concepción y, especialmente, en estilo, por lo que una hipotética intención de distanciamiento se traduciría en falta de credibilidad. Lo mismo ocurre con la guerra de sexos que se establece entre las dos estrellas protagonistas, el nativo Marcello Mastroianni y la fastuosa invitada Ursula Andress, que muestran entre ellos una palmaria y desalentadora ausencia de química.

La conclusión, impuesta con torpeza desde la producción y que descabalga la pátina de surrealismo en giros de guion directamente inefables, termina por estropear este mecanismo que de base ya no funcionaba correctamente o, si acaso, lo hacía a tirones.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 5,5.

El amargo deseo de la propiedad

15 Feb

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Año: 1973.

Director: Elio Petri.

Reparto: Flavio Bucci, Ugo Tognazzi, Daria Nicolodi, Mario Scaccia, Orazio Orlando, Salvo Randone.

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           El amargo deseo de la propiedad comienza conjugando el verbo haber entre susurros que no se sabe si son de éxtasis, de súplica o de oración. Forma el decorado una serie de máscaras teatrales que desde esta primera andanada, y con evidente sarcasmo, arraigan la obra en un escenario de tragedia griega que continúa luego con los soliloquios que rompen con la narración; aunque traza asimismo su parentesco con el distanciamiento dramático -siempre discutible- propugnado por Bertolt Brecht. El tono, en cambio, prolonga y complementa el de las furibundas obras de Elio Petri acerca de la impunidad de los poderes coercitivos del Estado (Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha) y la alienación del proletariado explotado (La clase obrera va al paraíso). Es decir, que el filme desarrolla una farsa incontrolada que en este caso apunta su cañón hacia el capitalismo materialista.

Digo cañón porque Petri no dispara con bala y tiros de precisión; lo hace con obuses y a bocajarro. De hecho, en apenas 20 minutos el filme ya ha acumulado sin freno una auténtica antología de ideas subversivas a propósito del tema, protagonizado por un monaguillo que pertenece al templo moderno de la moneda y que sufre una reacción alérgica al dinero sucio, lo que le empuja a cometer el sacrilegio de rebelarse contra el capital y sus símbolos litúrgicos -el billete- y lanzarse al terrorismo marxistamandrakista, focalizando su objetivo en un carnicero enriquecido sin escrúpulos, tan miserable que solo tiene dinero, y contra el que emprende una campaña de desplume no por acumular estos bienes ajenos, sino por despojarle de ellos a la víctima ejemplarizante.

           Petri despliega así una caricatura de Italia -una de las cunas de la cultura occidental contemporánea- sometida bajo un sistema que se funda a partir del latrocinio, piedra angular del orden social, de los mecanismos de poder y del funcionamiento de la maquinaria del país -incluso es fuente de trabajo, razón que en el presente sirve de argumento inexpugnable y que también anticipará la maliciosa Robocop 2 esta vez respecto del narcotráfico-. Una comunidad, en definitiva, donde se ha materializado la sustitución semántica y filosófica del verbo ser por el verbo tener; donde la posesión material se extiende a la posesión corpórea y hasta espiritual del prójimo.

           La denuncia -que en su título original contradice irónicamente la sentencia del pionero anarquista Pierre-Joseph Proudhon “la propiedad es un robo”- surge tan vigente entonces como ahora -se la podría comparar, por el uso de la sátira de armamento pesado, con la reciente El capital, firmada por otro de los paladines del cine de compromiso del Viejo Continente, el grecofrancés Costa-Gavras-. En este sentido, resulta desalentador comprobar la actualidad de un buen puñado películas del cine italiano de protesta de los años sesenta y setenta, como el citado retrato sociolaboral de La clase obrera va al paraíso, las corruptelas urbanísticas de Las manos sobre la ciudad o los tejemanejes del cuarto poder al amarillista servicio del status quo de Noticias de una violación en primera página.

Por desgracia, al igual que le ocurre a esta última, El amargo deseo de la propiedad renuncia a cualquier tipo de sutileza en su ataque frontal y, si bien prolija en contenido crítico, es tan tremenda en su exposición que se despeña por el precipicio del simplismo y la deformación radical. Termina por fatigar su feísmo estético, impronta -puede que involuntaria- del feísmo moral que recopila, ahogando con ello el impacto de sus embestidas.

           Tardaría ocho años en estrenarse en España.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 5.

Mike Bassett: England Manager

21 Oct

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Año: 2001.

Director: Steve Barron.

Reparto: Ricky Tomlyson, Amanda Redman, Bradley Walsh, Philip Jackson, Phill Jupitus, Dean Lennox Kelly, Robbie Gee, Geoff Bell, Martin Bashir, Pelé.

Tráiler

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           Desconfíen de los programas de telerrealidad en los que los famosos abren su vida cotidiana para mostrarse como uno de nosotros, simples plebeyos sin gloria ni millones. La esperanza de la humanidad se desvanecería definitivamente cuando viéramos a Superman sentado en el váter, luchando por evacuar el vientre. La realidad, insobornable destructora de fantasías e ilusiones, es uno de los elementos más corrosivos que existen. No hay apenas personalidades que resistan su embate demoledor; en especial en el cine, campo de sueños, la realidad sublimada. Incluso un superhéroe como el que protagonizaba Big Man Japan caía derrotado bajo sus mamporros, enguantados en una envoltura de falso documental. Pero no hace falta acudir a esta mitología contemporánea, patrimonio de la ficción, pues los dioses que habitan el día a día son otros que, por supuesto, resultan también susceptibles de perder su halo sobrehumano en esta misma batalla, decidida de antemano. Así lo probaba This is Spinal Tap, el mockumentary por excelencia, una cinta en la que se exponía a las claras cuán estúpidos podían ser los divos del rock. Mike Bassett: England Manager viene a confirmar la misma tesis sobre otro gremio endiosado, aunque paradójicamente menos cinematográfico: el de los futbolistas.

           Mike Bassett: England Manager recrea el ascenso a seleccionador inglés de un entrenador de provincias (Ricky Tomlyson), arrastrado por las circunstancias propias, la mezquindad ajena y la pobreza del fútbol de las islas. ‘Uno di noi’, ascendido al cargo que cada ciudadano lleva dentro, al menos en las conversaciones con sus cuñados, con sus amigotes en la barra del bar o en los comentarios de Marca. El deporte rey, pasión de multitudes, opio del pueblo, religión oficiosa, cuestión de estado; algo más importante que la vida o la muerte, que diría Bill Shankly, queda reducido de este modo a miserable carne de sátira.

           A medio camino entre el citado This is Spinal Tap y un episodio de Little Britain –literalmente, ya que la trama se rellena dificultosa e irregularmente hasta completar los casi 90 minutos que equivaldrían a un partido reglamentario-, el filme, dueño de un marcado carácter costumbrista, pasa revista a prototipos de futbolistas nativos –desde émulos de Vinnie Jones, ahora actor, hasta sosias de David Beckham-, a las rústicas maneras que los ingleses tienen de entender la filosofía de juego, al circo que rodea al espectáculo estrictamente deportivo –los tabloides, los hooligans- y, en consecuencia, a la sociedad que sustenta este fenómeno.

No tanto incisiva en su sátira cultural, que hubiera aportado un material de gran tonelaje ácido, Mike Bassett: England Manager es una película más centrada en la caricatura extensiva de personajes y atmósfera y, especialmente, en explotar la vis cómica de la histórica de un tipo corriente que se enfrenta a adversidades por encima de sus capacidades naturales.

Es decir, que, en paralelo a su vertiente sarcástica, la comedia juega paródicamente con los tópicos y estereotipos del cine deportivo, en concreto con las tramas de entrenadores carismáticos que, armando un equipo de despojos, alcanzan la gloria contra pronóstico y cumplen así, vicariamente, el sueño de épica para el que la mayoría de individuos cree que está destinado.

           Se trata por tanto de una línea temática ligera y un tanto superficial, algo repetitiva y localista, pero que ofrece asimismo puntos humorísticos simpaticones y contadas ideas de calado –la puerta de la sede del fútbol inglés dominada por los cubos de basura, el empleo de los versos de Rudyard Kipling, poeta del Imperio-. En el aspecto formal, la obra también se muestra inconstante en el uso de determinados recursos narrativos destinados a romper irónicamente la convencionalidad general –el formato de reportaje televisivo, la infografía-.

           Curiosamente transformado en héroe de culto debido a sus faltas humanas, el buen entrenador Bassett prolongaría su carrera con una serie de televisión y también estaba anunciada una secuela de sus aventuras, Mike Bassett: Interim Manager. No cabe duda que podría hallar nuevo material de inspiración en la realidad, que ofrece episodios superiores como el escándalo protagonizado por Sam Allardyce, de características no muy alejadas a este personaje. ‘Errare humanum est’.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,6. 

Nota del blog: 5,5.

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