Aquiles y la tortuga

2 Ago

“Lo más lento jamás será alcanzado en la carrera por lo más rápido, pues es forzoso que el perseguidor llegue primero al punto del que partió el perseguido, de suerte que es forzoso que el más lento lleve siempre alguna ventaja.”

Zenón de Elea

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Aquiles y la tortuga

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Año: 2008.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Takeshi Kitano, Yûrei Yanagi, Reikô Yashioka, Kanako Higuchi, Kumiko Asô.

Tráiler

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            Algo debió de sucederle a Takeshi Kitano tras Zatoichi, el mayor éxito de taquilla de su carrera, una estupenda cinta de chambara clásico con el tamiz de su prisma particular y que en principio había renunciado a dirigir.

A partir de ahí, Kitano encadena una trilogía metalinguística, aurorreflexiva y semibiográfica, iniciada por Takeshis’, en la que al más puro estilo felliniano se desdoblaba (o deconstruía) en los fotogramas para cuestionarse sobre los extraños mecanismos de la fama y el éxito; continuada por Glory to the Filmmaker!, un filme sobre la (falta de) inspiración y la creatividad, y culminada por Aquiles y la tortuga, donde con la excusa de una de sus mayores aficiones, la pintura –con una producción propia que frecuentemente aparece adornando la escena de sus películas-, abunda en la investigación introspectiva sobre la creación artística, al que se suma la exploración de las finas líneas que separan pasión y obsesión, éxito y fracaso, necesidad y deseo.

             La biografía de un perdedor que no nació para serlo es el escalpelo elegido por Kitano para el análisis. Un hombre con talento, ganas y recursos económicos para triunfar en aquello en lo que estaba destinado al que un golpe de infortunio convierte en esclavo de una pasión transformada casi en condena.

Organizada a modo de fábula de tres actos, Aquiles y la tortuga comienza con una lucha infantil por los sueños cuya ternura recuerda, si bien sin alcanzar nunca, como el Aquiles de la paradoja de Zenón, a aquella pequeña gran joya que era El verano de Kikujiro. La importancia de la suerte en la vida, de creer. Le sigue el proceso de maduración, una mezcla de desorientación, toma de influencias mal entendida y frustraciones que se acentúan cada vez más hasta llegar a la madurez –donde Kitano toma ya las riendas del personaje-, en la que la confusión es total, el desprecio ajeno y el fracaso propio se transforman en incompresión y sinrazón y, solo alejándose para recobrar la perspectiva del cuadro en conjunto, se logra retomar el camino de una vida errada.

             Pese al hilo de continuidad, refrescantes cameos de míticos de los repartos del realizador tokiota y los aromas y detalles que recuerdan o logran recuperar por momentos tiempos mejores, Aquiles y la tortuga resulta una película un tanto descompensada y errabunda en sus cambios de ritmo y tono, entre los que ese aroma de fábula sencilla y de entrañable pesimismo se va reconduciendo hacia el estrambote y el humor absurdo y negrísimo de Kitano, que puede resultar tan agridulce y melancólico en una ocasiones como desaforadamente salvaje en otras –nada más ver el patetismo con el que aparece la muerte, el símbolo de cada etapa que el artista quema en su evolución-.

En su origen está el ensimismamiento, la dispersión y posiblemente el hastío de un cineasta al que este arte, que tan bien se le ha dado y tan buenos ratos ha ofrecido, parece que ya no le llena.

Y el espectador lo echa en falta.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

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2 comentarios to “Aquiles y la tortuga”

  1. Joan 29 agosto, 2015 a 10:57 #

    Buen artículo. Pero a Takeshi no hay que intentar comprenderlo, sino verlo y disfrutarlo. Hay varios reportajes en el que explica su punto de vista sobre el arte y el porqué de su cambio al filmar.
    Si vas a hacer este tipo de artículos, seria mejor que te apoyaras en más fuentes.
    Saludos

    • elcriticoabulico 30 agosto, 2015 a 15:35 #

      Hola Joan,

      Según le leí en alguna entrevista, Kitano alude para justificar este cambio introspectivo y reflexivo al desencanto ante las presiones que sentía por parte de los espectadores para repetir una misma fórmula y ante el propio cine, un arte que no siente exactamente como propio (o al menos no en exclusiva), y que se une, claro, a su natural afición por explorar las posibilidades y recovecos de este mismo arte. La misma reacción rebelde que le lleva a filmar después, con bastante retranca, Outrage, su retorno al cine criminal violento. También cabría aquí la discusión si, de cara a analizar una película, hay que empaparse de las declaraciones del director acerca de su obra o, simplemente, ceñirse a lo que la obra en crudo transmite. En cualquier caso, un tipo particular, Kitano, dueño de un cine tan particular como interesante. Totalmente de acuerdo con que hay que verlo y disfrutarlo (cosa que suelo hacer) más que analizarlo racionalmente.

      Un saludo y bienvenido al blog.

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