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Acto de violencia

24 Jun

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Año: 1949.

Director: Fred Zinnemann.

Reparto: Van Heflin, Robert Ryan, Janet Leigh, Phyllis Thaxter, Mary Astor, Berry Kroeger, Taylor Holmes.

Tráiler

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          “En la guerra pasaron muchas cosas que no entenderías. Ni yo mismo las entiendo”, confiesa un atribulado hombre, perseguido por el fantasma de su pasado, a su joven y asustada esposa.

Pronto se agotó la euforia por la victoria en la Segunda Guerra Mundial contra las fuerzas del Eje para dar paso a las tinieblas y las dudas. Al estrés postraumático. Los maltrechos soldados de Los mejores años de nuestra vida traducían en pañuelos y óscares las terribles cicatrices físicas y psicológicas que tardaban en sanar. Más allá de paranoias repetidas, como Venganza (Cornered)Gilda, germinaban otros casos, como los de La dalia azul o Callejón sin salida, donde los curtidos los veteranos descubrían que en casa solo les aguardaban otras formas violencia y muerte.

Acto de violencia también se organiza como un filme noir, e incluso en ocasiones como una película de terror -el empleo del sonido que precede a la amenaza, sobre todo cuando proviene del fuera de campo, remite directamente a este género-. Pero en realidad estas formas sirven para expresar un insondable drama personal, marcado por unos remordimientos que no desaparecen, por un horror privado que se aferra con afiladas garras a lo más profundo del alma.

          El  inicio de Acto de violencia es feroz. Un hombre, desastrado hasta la locura, se arrastra hasta empuñar una pistola y encerrarse en un viaje de punta a punta de los Estados Unidos. Con la mirada fija, ni siquiera duerme, solo mira hacia el horizonte, hacia su objetivo que, en contraste con él, es un prohombre de una pequeña comunidad que triunfa en su trabajo como contratista del sector de la construcción y que reside en una casa idílica, junto a su atractiva esposa y su bebé. Un sueño de vallas blancas. De ahí que la colisión entre ambas fuerzas antagónicas produzca una pesadilla nocturna de estremecedores sudores fríos.

No obstante, como decíamos, en el fondo de la narración subyace una tragedia íntima, la cual termina de aflorar a través de un contundente juego con los arquetipos y las caracterizaciones. De ahí la pesadilla se convierte en un tour de force para el protagonista, cuyo papel -social, dramático- está ya por completo descompuesto. Un verdadero calvario en el que lo atormentan unos pecados que trata torpemente de conjurar en un escenario cada vez más hostil, como si las verdaderas ruinas de la batalla se encontraran en el downtown de Los Ángeles, pobladas por auténticos supervivientes -el submundo lumpen- en medio de una sociedad desquiciada -la ridícula convención en el hotel-. La huella de su humana cobardía, la carrera contrarreloj contra la muerte que le viene, parecen prefigurar en parte otra obra dirigida por Fred Zinnemann, Solo ante el peligro.

          En este oscuro panorama que dibuja Acto de violencia, solo la figura femenina emerge como apunte de luminosa salvación. Aunque el camino desamparado del culpable le guía instintivamente hacia conceptos como la inmolación redentora, hacia batirse en duelo con su sombra. El desenlace, si bien acaso muestra una nota condescendiente propia de los tiempos, posee una agresividad que remonta en parte el cierto marasmo en el que se había adentrado el relato.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

El techo

22 May

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Año: 1956.

Director: Vittorio de Sica.

Reparto: Gabriella Pallotta, Giorgio Listuzzi, Luciano Pigozzi, Gastone Renzelli, Maria Di Rollo, Maria Di Fiori, Angelo Visentin, Maria Sittoro, Emilia Martini, Giuseppe Martini.

Tráiler

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          El tratamiento amarillista del fenómeno de la okupación en el debate público oculta que dicho problema no es la enfermedad en sí -valga la metáfora-, sino un síntoma de una afección mayor -un sistema socioeconómico desequilibrado- que, además, tiende a agravarse por la vía de las políticas ultraliberales que precisamente acostumbran a defender los especuladores inmobiliarios. No se acude tanto a la Constitución española para recordar que la vivienda digna es un derecho recogido en ella.

Algo semejante puede entreverse en El techo, una película estrenada hace más de sesenta años que narra las desventuras de un joven matrimonio que, a causa de motivos financieros primero y políticos después, carece de una de los cimientos principales que les permitiría construir un hogar: un domicilio propio. El asunto de la crisis habitacional como expresión de la crisis económica y moral de posguerra ya había sido abordado por Vittorio de Sica y Cesare Zavattini en Milagro en Milán y Umberto D., y se rastrea asimismo en otras cintas neorrealistas como La tierra tiembla. Exportada por el milanés Marco Ferreri, su manifestación trazará incluso un hermanamiento con otro país mediterráneo, España, en El pisito -aquí son curiosas las réplicas de cine de asuntos inmobiliarios producidas a partir de la crisis de 2008, como Cinco metros cuadrados o Techo y comida-. Pero en Italia poseerá incluso una dimensión politicocriminal a raíz de obras como Las manos sobre la ciudad, aunque esta pertenece ya a principios de la década de los sesenta, con el milagro económico plenamente asentado.

          Se considera que De Sica cierra con El techo su periodo neorrealista, una corriente cinematográfica esencial en la historia del cine que, en cualquier caso, por aquel entonces agonizaba. Sus constantes, sin embargo, permanecen vigentes en la actualidad. El techo es un drama que quizás no alcance la apabullante intensidad emocional de Ladrón de bicicletas y Umberto D., pero su firmeza en su conciencia social y su sentimiento humano es innegable. De Sica y Zavattini desarrollan un sólido e íntimo retrato de los personajes y su entorno para, a partir de ahí, en su habitual rechazo de la frialdad argumental y expositiva aun a costa de sacrificar rigor naturalista, lograr que el espectador congenie con ellos y se sume a sus dificultades, así como que aprecie desde las entrañas tanto los obstáculos desplegados como las muestras de imprescindible solidaridad de clase.

Los avatares de Luisa y Natale se tornan de esta forma, en medio de una megalópoli que avanza hacia su progresiva deshumanización -el contraste con el pueblo de provincias, su paisaje urbano, los ruidos que la dominan-, en una auténtica cuestión de supervivencia, si no física al menos sí de la dignidad elemental. El desenlace, por lo engañoso de su apariencia, es contundente en este sentido.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

La gran jornada

10 May

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Año: 1930.

Director: Raoul Walsh.

Reparto: John Wayne, Marguerite Churchill, Tyrone Power Sr., Ian Keith, Charles Stevens, Tully Marshall, David Rollins, Frederick Burton, El Brendel, Louise Carver, Russ Powell, Ward Bond.

Filme

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         Después de que la Paramount se negara a ceder a Gary Cooper para que protagonizase la producción, Raoul Walsh atravesaba ciertas dificultades para completar el casting de La gran jornada, una cinta de dimensiones épicas en honor de los pioneros que culminaron la senda de Oregón hacia el extremo Oeste del territorio. Fue en ese momento cuando descubrió a un joven de hombros anchos y caminar bamboleante que, empleado por el estudio Fox en el departamento de atrezzo, descargaba muebles de un camión como si pesasen como una pluma. El chaval había obtenido el trabajo gracias a la estrella de los westerns silentes Tom Mix, quien pagaba con ello el favor que debía a su entrenador de fútbol americano universitario por conseguirle entradas para los partidos. Además, ya había participado en una veintena películas como extra y en papeles ínfimos, algunas veces dirigido por un director, John Ford, con el que había trabado amistad. No obstante, figuraba acreditado en una sola de estas cintas, bajo el nombre de Duke Morrison, un seudónimo con el que encubría la ambigüedad unisex de su nombre de pila, Marion. Walsh le sugeriría cambiárselo por uno más viril y sonoro, como Anthony Wayne, nombre de general revolucionario. Pero a los jefes de la Fox les parecía que tenía unas reminiscencias demasiado italianas. La siguiente propuesta, ‘John Wayne’, resultaría la definitiva. Liderando el amplio reparto de esta recreación de la conquista del Destino Manifiesto, quedaría materializada así el nacimiento de la mayor estrella del género. Del hombre que calzará el sombrero vaquero y encarnará la moral del western en el cine como ningún otro lo hará. Aunque el proceso no se confirmaría definitivamente hasta nueve años más tarde, con La diligencia.

         La escala de La gran jornada es monumental. Los movimientos humanos e incluso animales que acontecen ante la cámara de Walsh son vastísimos, encuadrados en escenarios naturales imponentes y fotogramas trascendentes -el cielo iluminando el camino hacia el horizonte- para expresar la magnitud de una epopeya que, al mismo tiempo, el cineasta recoge con un poderoso realismo, como ejemplifica la escena del tortuoso cruce del río. La expresión de la muerte, en su crudeza y solemnidad, se encuentra a idéntica altura.

Son en definitiva elementos estéticos que otorgan sentido de la aventura al filme. También le confieren modernidad, acompañados de otros detalles de la producción como es el uso de auténticos nativos americanos en el reparto. Y, siguiendo esta línea hasta entrar en el argumento, destaca asimismo que no son estos, sino el propio hombre blanco, quien representa una de las mayores amenazas en este relato histórico, a pesar del clímax bélico que, hacia el final, parece responder más a unas tópicas imposiciones del espectáculo cinematográfico que a la naturaleza misma de la narración.

         Pese a estrenarse en 1930, Walsh rechaza por tanto anclarse en la simplificación estilística que podía percibirse en este periodo donde el sonido continuaba asentándose en detrimento de la antigua narración puramente visual del cine mudo -del que conserva aspectos estéticos como la estrambótica caracterización de un villano con el que Tyrone Power Senior acometía su única interpretación hablada-. El director aprovecha este avance técnico -a veces de manera sorprendente, como la introducción de humor acústico por medio de las habilidades bucales de Russ Powell, utilizadas para desmontar el falso romanticismo de uno de los antagonistas-, pero elabora igualmente el lenguaje formal avanzando en el empleo de la profundidad de campo. Contrasta en cambio el escaso empleo de los planos cortos, y eso que las tramas melodramáticas -la venganza y el romance como estímulos humanos que contribuyen a impulsar la conquista- tienen una notable incidencia en el libreto.

Son estos retazos más ingenuos, parejos a los chistes de suegras que se dejan caer de vez en cuando -aunque por parte de un personaje verdaderamente curioso, que parece traspasar el estereotipo de extranjero cómicamente corto de luces para cobrar unos determinados y disfrazados rasgos de bufón pícaro-.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7,5.

Gracias a Dios

22 Abr

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Año: 2019.

Director: François Ozon.

Reparto: Melvil Poupaud, Denis Menochet, Swann Arlaud, Éric Caravaca, François Marthouret, Bernard Verley, Aurélia Petit, Julie Duclos, Josiane Balasko, Hélène Vincent, François Chattot, Stéphane Brel, Amélie Daure, Martine Erhel, Frédéric Pierrot.

Tráiler

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          Uno de los objetivos del colectivo de víctimas del padre Bernard Preynat, pedófilo confeso, es hacerse escuchar y mantener la atención por parte de una sociedad a la que, en primer lugar, sus testimonios estremecen, pero enseguida también incomodan. Con el juicio todavía sin celebrar, el estreno de Gracias a Dios, y más aún, su reconocimiento con el Gran Premio del Jurado en el festival de Berlín, es sin duda un espaldarazo tremendamente sonoro para esta asociación que lucha por la justicia no solo contra crímenes por el momento sin castigo, sino igualmente contra una red de abusos sistemática, semejante a la que denunciaba otro premiado filme reciente, Spotlight, que encuentra amparo en los estratos de poder en los que se mueve la Iglesia católica.

          Gracias a Dios es cine combativo que elabora la crónica del proceso iniciado contra Preynat, incluida la constitución de esta asociación en la que los afectados pueden hallar un cobijo y un altavoz para dar a conocer su caso y hacer fuerza contra el depredador sexual y el sistema que lo protege. Es una película que aborda el asunto desde una posición concienciada y crítica que se expresa de manera directa. Esto puede incluso costarle finura o sutileza en algunos aspectos, como por ejemplo el tratamiento de personajes secundarios o antagónicos -bien es cierto que uno de los detalles más estridentemente rotundos, la declaración pública del entonces cardenal Philippe Barbarin de que “gracias a Dios que son hechos que ya han prescrito”, lo sirve la historia real-; pero no por ello cae en el amarillismo.

La narración se desarrolla sin dejarse llevar por truculencias epatantes, más apegada al trance íntimo y a la labor social que realizan sus protagonistas. No busca impactar para conmover; el tema ya es suficientemente lacerante por sí mismo. Apenas sugiere la explosión de unas agresiones perturbadoras y deja hablar a los personajes. En esta línea, François Ozon se decanta por tanto por un estilo sobrio y elegante que, ajustado a su misión notarial, no acapara más atención de la debida.

          La cinta focaliza su potencia en la construcción de distintos puntos de vista -tres de ellos preeminentes- para, a través de los cuales, tratar de componer una mirada matizada y en cierto modo caleidoscópica que otorgue un contexto amplio y aporte diferentes perspectivas psicológicas a unos acontecimientos tan escabrosos que, treinta años después, permanecen lejos de cicatrizar. Es decir, que en lugar de concentrar los efectos de los abusos en un solo personaje principal, Gracias a Dios registra, aunque tenga que ser de manera sucinta, las diversas. profundas y traumáticas secuelas que una atrocidad de este tipo produce sobre sus damnificados -el desamparo, la soledad, la culpa, las neurosis, las desviaciones conductuales, las incapacitaciones sociales, la dificultad para revelar los hechos, la liberación mediante la palabra y el resarcimiento…-. En paralelo, y probablemente de forma más superficial, expone las reacciones de su círculo íntimo, dividido a grandes trazos entre cómplices y víctimas colaterales.

          Gracias a Dios es cine que, consciente de su fuerza, da fe de unos incidentes execrables para explicar, emocionar, presionar y movilizar al ciudadano y a la sociedad al otro lado de los fotogramas. De hecho, la defensa de Preynat -aquí interpretado por Bernard Berley, curiosamente el Jesús de La vía láctea– intentó retrasar el estreno para evitar su potencial influencia.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Dolor y gloria

15 Abr

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Año: 2019.

Director: Pedro Almodóvar.

Reparto: Antonio Banderas, Asier Flores, Penélope Cruz, Asier Etxeandia, César Vicente, Julieta Serrano, Leonardo Sbaraglia, Nora Navas, Raúl Arévalo, Pedro Casablanc, Susi Sánchez, Cecilia Roth, Julián López, Rosalía.

Tráiler

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          “El arte es autobiográfico, del mismo modo que la perla es la autobiografía de la ostra”, que decía Federico Fellini. Y Pedro Almódovar, un autor que acostumbra a fundir su personalidad en su arte, a hibridar su vida con el cine, quizás firme su obra más felliniana en Dolor y gloria, que es, en cierto modo, un compendio de sus pulsiones e inquietudes cinematográficas y privadas.

          Ejercicio franco y honesto de autoficción -concepto con el que él mismo juguetea pícaramente-, Dolor y gloria parece componerse de pequeños retazos, de fragmentos seminales que pudieran aflorar en películas. Son retales que el cineasta manchego, que roza ya los 70 años con un poco de congoja, va repescando de su biografía, de su filmografía, de sus reflexiones, de sus remordimientos, de sus dudas, de sus miedos…

Transfigurado en un Salvador Mallo con la cara de Antonio Banderas pero con la estética inconfundible del director, en una etapa de desorientación, ante él se van apareciendo los fantasmas del pasado, que parecen somatizarse en afecciones presentes. Y trata de lidiar con ellos con la torpeza y la intuitividad con la que lo haríamos cualquiera -se podría añadir aquí un apunte bergmaniano al felliniano por los puntos de conexión con Fresas salvajes en esa mirada de recapitulación, incluso con sus análogos recursos expresivos-. Desde esa noción melodramática que le caracteriza, pero con una agradecida serenidad y, por qué no, también con un perceptible poso de luminosidad.

Puede entenderse por tanto que rodar una obra de semejantes características supone un acto terapéutico, como suele hacer otro autor de marcadísima identidad personal y creativa como Lars von Trier con sus propias neurosis.

          “No es mejor el actor que llora, sino el que contiene las lágrimas”, asegura Mallo-Almodóvar. Hay un compromiso y una sinceridad absolutos en esta apertura y autoexploración, que, a pesar de esta naturaleza visceral, se realiza no obstante desde una contención soberbia. A partir de ella se consiguen momentos muy hermosos y muy emotivos. La forma en la que se mira a la madre -el calor, la seguridad, la ternura, ese aura arcádica…-; la conexión del recuerdo con las distintas manifestaciones de la belleza, no solo artística -los brotes populares de genio que se entremezclan con el fetichismo hacia esos ídolos de universos fantásticos que son las estrellas de Hollywood, los cuadros y los libros como compañía necesaria-, sino también física -el poder vital del deseo-.

          Almodóvar demuestra una gran sensibilidad para retratar cómo se conforma y aflora la personalidad a través de esta construcción básica, de estos cimientos fundamentales que permanecen incólumes en el tiempo. Y que siguen palpitantes como la primera vez. La sexualidad que desprende el reencuentro del amor de toda la vida, el redescubrimiento de un pedazo de memoria que irrumpe como un precioso resto de un naufragio que llega a la orilla.

Además, dentro de una película que cuidadosa y elegantemente se pliega sobre sí misma, la expresión de todo ello -la manera de gestionarlo para Almodóvar, en definitiva- es puro cine.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Todo sobre mi madre

5 Abr

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Año: 1999.

Director: Pedro Almodóvar.

Reparto: Cecilia Roth, Antonia San Juan, Penélope Cruz, Marisa Paredes, Candela Peña, Eloy Azorín, Rosa María Sardà, Fernando Fernán Gómez, Toni Cantó, Carlos Lozano, Cayetana Guillén Cuervo, Fernando Guillén.

Tráiler

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          Un tranvía llamado Deseo ejerce como leit motiv espiritual de Todo sobre mi madre. El texto de Tennessee Williams es uno de esos dasaforados dramones sureños, reconcentrados, sudorosos y de psicología opresiva marca de una casa a la que particularmente encuentro ajena y difícil aguantar. Todo sobre mi madre es todo eso y más, con relaciones de pareja tóxicas, paternidades cercenadas, travestidos que se prostituyen, novicias embarazadas y con sida, lesbianas atrapadas en el amor-odio, Alzhéimer y otros desgarros familiares. Un melodrama abiertamente tremendista y a todo color, como si lo firmase un Douglas Sirk que se ha salido del eje.

Además, sus constantes trágicas están marcadas con claridad: la delgada línea que media entre la vida y la muerte; la interrelación de ambas con la maternidad como centro de gravedad trascendental; el renacimiento con el regreso al origen y la enmienda de una historia de constantes idas y vueltas; las teatralizaciones que demanda la vida en sociedad… Y, sin embargo, todo funciona.

          Pedro Almodóvar consigue una de sus películas más celebradas vaciándose, con evidentes notas personales -el escritor que escribe directamente sobre el fotograma-, en un derroche de expresividad narrativa y emocional.

El filme regala una profunda admiración, piedad, simpatía y comprensión hacia los personajes y sus vivencias, en su lucha contra un constante dolor de fondo del que, no obstante, logran arrancar fulgurantes momentos de vitalidad y, por qué no, de felicidad rebelde. Aunque un mérito en absoluto inferior hay que atribuírselo a la labor del manchego como director de actores, puesto que el elenco, capitaneado por la argentina Cecilia Roth, está magnífico.

          Esta combinación de fuerza expositiva e interpretativa logra dar consistencia, autenticidad y capacidad conmovedora a un relato construido con estos mimbres a priori tan exagerados. Gracias a ello uno puede entrar a formar parte de esa pequeña comunidad de mujeres víctimas de los avatares de la existencia; de esa sororidad constituida informalmente, con una mujer con necesidad de rehacerse como hilo de unión, hasta conformar esa tribu imprescindible para sobrevivir con calor humano y dignidad. Frente a ella, los hombres se antojan seres caprichosos, fallidos, infantiles o, en el mejor de los casos, fantasmas involuntarios.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

La bestia humana

22 Mar

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Año: 1938.

Director: Jean Renoir.

Reparto: Jean Gabin, Simone Simon, Fernand Ledoux, Julien Carette, Jacques Berlioz, Blanchette Brunoy, Jean Renoir.

Tráiler

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          Jacques Lantier lleva la tragedia dentro; corre por su sangre corrompida. Irrumpe en pantalla en una larga secuencia que recorre la línea férrea a toda máquina, invadida por un ruido infernal. Desde un poderoso y vibrante naturalismo, Jean Renoir -que adapta la novela homónima de Émile Zola–  revela el estado psicológico del conductor de tren, con el destino marcado de antemano por unos terribles impulsos heredados.

Esta verosimilitud de la puesta en escena, sin énfasis épicos o líricos más allá de su fuerza visual innata, se propaga en el reflejo de situaciones cotidianas, pertenecientes a una intimidad doméstica aquí desarrollada paradójicamente en un no-hogar como son los aposentos donde reposan los ferroviarios en tránsito, y donde se muestran unas vivencias, unas relaciones y unos sentimientos corrientes -si bien no por ello carentes de intensidad-, propios de la clase trabajadora, del individuo de a pie. Pero el autor francés también ofrece una meridiana ruptura estilística durante el comienzo del romance entre dos amantes igualados en su herencia infortunada, que mutila cualquier tipo de porvenir amoroso -en tanto implique un componente sexual, parece abundar el relato-. Esta tendencia se exagerará incluso en una mirada conjunta que se pierde en la ensoñación del horizonte, de un futuro compartido que no puede ser sino tan manifiestamente irreal como la estampa que protagonizan.

          De esa imposibilidad de amar nace el melodrama de La bestia humana, la melancolía irreparable que domina los ojos de Jean Gabin, enseñoreándose de un papel que dominaba con rotundidad. La emoción perturbadora. La película es igualmente comprensiva hacia su locura; trata de explicarla y se apiada de ella, lo que refuerza el sentido trágico de las acciones en las que, voluntaria o involuntariamente, se embarca el personaje. Sobre todo cuando el retrato de la sociedad de su tiempo es profundamente crítico y pesimista. Los ciudadanos presuntamente normales, incluso respetables, también cargan con la tara de la brutalidad contra el prójimo -el clasismo, los abusos de diversa índole, la violencia homicida-, aunque ellos ni siquiera cuentan con la excusa de la influencia congénita. Hay por tanto pinceladas de cine negro en el argumento del filme, evidentes en ese apunte de femme fatale.

          Pero, en cualquier caso, la esencia de La bestia humana es dramática. Dentro de ese fresco social, la mujer aparece eternamente maltratada, siempre a merced de un dueño, zarandeada por las apetencias de los hombres. Esa bestial ausencia de amor, esa inhumanidad, es pues extensible a toda la especie. Así las cosas, la negrura de la cinta no está demasiado alejada de la posterior La regla del juego y la decadencia moral de una Francia ya decididamente contaminada por un pestilente clima prebélico.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

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