Archivo | mayo, 2016

Lobo

30 May

“Todos somos viajeros en el desierto de este mundo, y lo mejor que podemos encontrar en nuestros viajes es un amigo honesto.”

Robert Louis Stevenson

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Lobo

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Lobo

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Año: 2014.

Director: Naji Abu Nowar.

Reparto: Jacir Eid Al-Hwietat, Hussein Salameh Al-Sweilhiyeen, Hassan Mutlag Al-Maraiyeh, Jack Fox.

Tráiler

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          Thomas Edward Lawrence, enrolado en el departamento de inteligencia militar británico en la Primera Guerra Mundial, canaliza en Oriente Próximo los anhelos nacionalistas árabes para embarcarse en una rebelión contra el anquilosado poder otomano. La gran aventura. La fusión de espectáculo e intimidad tan ansiada por el séptimo arte, forjada en fotogramas por David Lean en Lawrence de Arabia. Gloria, sacrificio y heroísmo, pasión y dilemas.

En Lobo, la irrupción de un ser venido de otro planeta –de Inglaterra en concreto- revoluciona la vida de Theeb, tercer hijo del fallecido jeque de una recóndita tribu beduina, para arrastrarlo a una odisea en la que, rodeado por un conflicto igual de extraño que este hombre pertrechado de objetos insólitos e intrigantes, descubre a sus ojos aún sin modelar el peso de la hermandad, de la compasión, de la venganza, de la vida, de la muerte. La pequeña aventura. La intimidad encajonada en un escenario tan vasto que apenas se aprecia, incomprensible, un nimio fragmento de él. Los descubrimientos y las experiencias interiores del protagonista, no obstante, no poseen en absoluto menor relevancia que las vividas por Lawrence en un lugar tan cercano y al mismo tiempo tan lejano.

          En Lobo, la maduración de un niño a través de un traumático rito iniciático de aventura y peligro queda emparejada a la extinción de una época que, como ocurre en el western, llega transportada por la vía del ferrocarril. El metraje, no en vano, arranca ante una tumba y se desarrolla con la muerte –física o alegórica- siempre presente, si bien velada la mayor parte de las veces –los bandidos, el conflicto global-. El empleo del paisaje y de las relaciones entre personajes también posee fuertes reminiscencias de los códigos del cine del Oeste, donde cobra especial ascendencia la magistral y decisiva, pero también itinerante y fugaz, figura del extraño; del hombre perdido en la frontera entre un mundo que ya no existe y otro al que no puede pertenecer.

Es, por tanto, una obra escenificada en un periodo concreto de la Historia, pero a la vez está construida desde cierta sensación de atemporalidad, como sucede en el propio western, pura mitología moderna.

          El filme muestra un notable talento en la contención para no dejarse arrebatar por el ciclópeo ambiente bélico del entorno y, asimismo, para mantener las emociones de los personajes implosivas pero palpitantes –tanto las positivas, de fidelidad, como las negativas, de violencia-. La premisa, aunque no especialmente original o sorprendente, está narrada con solvencia, por medio de unas imágenes con fuerza poética y trascendental donde destaca el manejo de la monumentalidad del desierto jordano.

          Nominada a la mejor película de habla no inglesa, donde caería derrotada ante la superior El hijo de Saúl.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

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Kill List

29 May

“¿Es usted un demonio? Soy un hombre. Y por lo tanto tengo dentro de mí todos los demonios.” 

Gilbert Keith Chesterton

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Kill List

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Kill List

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Año: 2011.

Director: Ben Wheatley.

Reparto: Neil Maskell, MyAnna Buring, Harry Simpson, Michael Smiley, Emma Fryer, Struan Rodger.

Tráiler

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           Si en su debut en el largometraje Ben Wheatley disfrazaba un argumento de thriller con ropajes de drama familiar despojando paradójicamente al relato de su disfraz cinematográfico, en Kill List prosigue amoldando a martillazos los géneros para ajustarlos a una sensibilidad particularísima e intransferible.

           Kill List es una obra mutante, en lo temático, en lo formal y en lo genérico. Arranca como una prolongación estilizada de ese universo expuesto en Down Terrace, donde arquetipos populares del séptimo arte –allí una familia mafiosa, en este caso un asesino a sueldo-, padecían una existencia de lo más vulgar, inmersos en inquietudes cotidianas que resultan por completo antiépicas. De este modo, el filme amanece entre discusiones matrimoniales, conflictos de paternidad y crisis laborales; una argamasa de problemas íntimos que, a su vez, se enmarcan en un mundo en guerra literal –Iraq– y alegórica –el descalabro económico y el desempleo rampante-. Es decir, la realidad cruda.

Sin embargo, de nuevo dosificando información a cuentagotas, el drama se transforma en una intriga criminal en la que, al estilo de cintas como Código del hampa, los propios sicarios pisan un terreno misterioso, que desvela paulatinamente una siniestra cara oculta de la sociedad contemporánea donde ni siquiera las criaturas despiadadas y amorales tienen la supervivencia asegurada.

Comienza así a advertirse claves fantásticas que incomodan la presunta convencionalidad que pudiera tener la película, anunciadas por frases fuera de contexto, repeticiones alucinadas, un registro sonoro inquietante y una ferocidad implacable en el registro de una violencia, el cual no parece tener sentido incluso dentro de las tareas propias de la profesión del protagonista.

Los símbolos, aparecidos como elementos disgregados y disonantes –el grabado tras el espejo, el pacto de sangre, los agradecimientos-, se tornan poco a poco en admoniciones, al son que marca una historia que se adentra en una atmósfera sensorial y argumental incómoda, asfixiante, pesadillesca. La realidad, por mucho que insista la apariencia del escenario, ya no se reconoce como tal. Los sudores fríos se han materializado de forma perturbadora.

           El proceso de reconstrucción de este hombre anodino y desorientado –como definirá el guion en un diálogo- es exigente en su progresión hacia el abismo, porque deja pocos asideros a donde agarrarse tanto en su desconcertante evolución fílmica como en sus repulsivas lecturas acerca del apocalipsis moral del sistema –arriesgando a racionalizar a tientas, se podría interpretar en ella desde la depredación clasista estimulada por el turbocapitalismo hasta la aceptación tácita de la violencia doméstica por parte de la comunidad-.

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Nota IMDB: 5,6.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6,5.

Sombras

28 May

“Cineastas como John Cassavetes siempre me han motivado bastante porque en ningún caso intentaron hacerse un hueco en el mercado, hacían cine solo porque necesitaban expresarse.”

Jim Jarmusch

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Sombras

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Sombras

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Año: 1959.

Director: John Cassavetes.

Reparto: Ben Carruthers, Lelia Goldoni, Hugh Hurd, Anthony Ray, Dennis Sallas, Tom Reese, David Pokitillow, Rupert Crosse.

Tráiler

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          Quizás mostraba menos arrogancia artística que la Nouvelle Vague francesa y menos voluntad de compromiso que el Free Cinema británico -y quizás por ello también es menos popular en este presente actual tan dado al olvido-, pero, igual que ellos, la escena cinematográfica estadounidense poseía en el cambio entre los cincuenta y los sesenta una corriente revolucionaria y vanguardista que, desde los márgenes del sistema –artístico y social- pugnaba por volcar patas arriba lo establecido –en lo artístico y en lo social-, y por regenerar la salud y la pureza de un séptimo arte viciado por el conformismo y la complacencia hacia sí mismo y hacia el público.

El actor neoyorkino John Cassavetes se arrogaría la bandera de este cine underground norteamericano. Sombras, su debut al otro lado de las cámaras –y en la escritura de guiones y la edición-, será calificado por algunos estudiosos como el nacimiento del cine independiente en el país de Hollywood. Cabe empezar a describirla por el final: “el filme que usted acaba de ver es una improvisación”, revelan los créditos de cierre. A partir de un esquema argumental de base, Cassavetes, secundado por compañeros de clase, amigos y voluntarios en el equipo de realización y el reparto, deja fluir los diálogos al ritmo de la calle, que es el que aporta este grupo heterogéneo y desacomplejado de gente que comparten con el creador su deseo de hacer tábula rasa con el cine y, además, los medios necesarios para tal fin.

          A juego, y anticipando la tendencia que se consolidará con la llegada del Nuevo Hollywood años después, en busca de un realismo fresco y renovador, Cassavetes se lanza con su cámara portátil de 16 milímetros a las aceras de una Nueva York que, desde sus métodos de guerrilla urbana, fomentados por la carencia de permisos de rodaje, ofrece un escenario natural idóneo; caótico e inimitable por cualquier trabajo de estudio. El escenario perfecto donde liberar el desarrollo del relato, que se adentra entonces en el ambiente juvenil, nocturno y jazzístico –otra improvisación por definición- de la gran ciudad. Parajes semejantes a los que Jack Kerouac, bardo de la libertad, cantaba en la referencial En el camino. No obstante, Sombras, que es libre hasta de sí misma, también critica al beatnick reducido en moda del momento, en sensación limpiada, envasada y comercializada para su consumo burgués.

“Si eres tú mismo, no puedes sufrir daño alguno”, sostiene la protagonista femenina convirtiendo en suya una de las máximas defendidas por Cassavetes en su vida. La personalidad contestataria e independiente de esta veinteañera, uno de los tres hermanos que vertebra la narración –concepción familiar que parece alegórica: ninguno pertenece a la misma raza, dada la ascendencia étnica de los intérpretes-, será otro de los puntos de rebelión de la película, que se atreve a retratar sin tapujos una relación sexual no intermediada por el matrimonio y en la que la mujer desempeña un papel fundamental en el asunto.

Su caso se inserta en el entramado de angustias y desencantos existenciales que domina el drama, extendidas por medio de cada hermano hacia el terreno artístico, romántico o simplemente vital.

          Orgullosamente imperfecta –o no tanto, puesto que tras la mala acogida de los primeros pases en 1957 y 1958, Cassavettes la reconstruiría de nuevo al año siguiente-, himno generacional y manifiesto cinematográfico por encima de todo, a Sombras, como le ocurre por lo general a las obras rompedoras y pioneras, también le afecta el paso del tiempo, que ha interiorizado, imitado, reinterpretado, superado, recuperado y reformulado sus innovaciones un buen puñado de veces.

          La confirmación de esta nueva ola norteamericana llegaría en las costas de Italia, merced al premio de la crítica conquistado en el festival de Venecia.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Down Terrace

26 May

“Caga el Rey, caga el Papa y en este mundo de mierda de cagar nadie se escapa.”

Proverbio español

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Down Terrace

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Down Terrace

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Año: 2009.

Director: Ben Wheatley.

Reparto: Robin Hill, Robert Hill, Julia Deakin, David Schaal, Kerry Peacock, Tony Way, Mark Kempner, Michael Smiley, Gareth Tunley.

Tráiler

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            Tony Soprano recogiendo el periódico a la puerta de casa, en bata, desgreñado, con legañas y a punto de sufrir un ataque de ansiedad ante la visión de un pato en su jardín. Es una de las imágenes icónicas de la televisión (y de la ficción) contemporáneas; el punto de inflexión definitivo de un arquetipo que se desmorona bajo montañas de basura cotidiana. El rey de la mafia: uno de nosotros, movido por las mismas pulsiones antiépicas y unos problemas vitales que, si no idénticos, al menos sí son reconocibles por el común de los mortales. La destrucción final de una figura de tremendo atractivo popular que, desde el cénit romántico de El padrino, se había visto ya erosionada por obras insólitas –y sin pizca de comicidad- como El confidente.

            Por fuerza, después de Tony Soprano, el gánster de cine no puede ser el mismo ni recibir el tratamiento de antaño. El británico Ben Wheatley así lo entiende y en Down Terrace, su debut en el largometraje, aplica una nueva vuelta de tuerca al proceso de derribo insertando a sus mafiosos en una realización de desmitificadora estética documental –aspecto urgente y desordenado, con movimientos de cámara de apariencia inmediata y natural, enfoques y planos irregulares, cortes de montaje abruptos, gran presencia del sonido ambiente,…-. Como si se tratase de una emulación del corrosivo mockumentary This is Spinal Tap, en resumen.

En esta línea, la presentación de personajes y situaciones no dista de cualquier intromisión cruda en la realidad, puesto que, en una primera instancia, el carácter de los seres que deambulan ante la cámara, encajonados en una modesta casa familiar de provincias, apenas revela nada de su vida fuera de este refugio.

Tipos como nosotros. Esto es, preocupados por prosaicas minucias, con relaciones anodinas entre ellos, vulgares de intelecto, mezquinos cuando toca y también cuando no, apegados a unas humildes aficiones para aligerar la carga de los días, insatisfechos con las pequeñeces a las que les ha encadenado el destino, provistos de apenas un par de sueños que sobreviven entre el marasmo, fatigados por la incertidumbre de un futuro que se presume igualmente intrascendente pero que ni siquiera la falta de perspectiva puede ayudar a intuir. La amenaza del nihilismo, que convierte en patético cualquier intento de insuflarle épica o tragedia a una vida condenadamente normal.

Es de suponer que también hay parte de invención artística en este dibujo tan grisáceo y terrenal, pero su ajuste a la sensación de realidad es excelente, ayudado por el buen hacer de actores como Robert Hill y Julia Deakin.

            Down Terrace es sarcástica, pero no se abona a la parodia de trazo grueso, una forma de humor que, por lo general, es cobarde en su simpleza y parasitismo, y que, sobre todo, termina por reducir en mucho la capacidad destructiva del planteamiento. El guion incluye en su desarrollo muchas de los tópicos argumentales que caracterizan al género, con sus tramas retorcidas por la mortal combinación de desconfianza y la violencia, precipitadas además por individuos neuróticos. Sin embargo, la contención mantiene a raya los excesos a los que tienta el argumento y su ácida reversión satírica, aunque Wheatley no siempre le aguanta el pulso a la apuesta. Sucede en la plasmación de un punto climático, los asesinatos, donde se rompe esta cáustica austeridad documental para adoptar un estilo más cinematográfico por así decirlo, evidente en el empleo de la música –casi registro sonoro en sentido estricto- o en la gramática de los fotogramas. Un desafío que, por ejemplo, desde otro tono narrativo y acerca de otro cliché –el asesino en serie-, sí conseguía sostener con admirable (y desagradable) entereza Jaime Rosales en Las horas del día.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 7,5.

El último hurra

24 May

El Príncipe, reescrito por John Ford. La política ideal, el populismo honesto y la melancolía del fin de una época. El último hurra para la sección de cine clásico de Bandeja de plata.

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High-Rise

23 May

“La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases.”

Manifiesto comunista (Karl Marx y Friedrich Engels)

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High-Rise

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High-Rise

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Año: 2015.

Director: Ben Weathley.

Reparto: Tom Hiddelston, Jeremy Irons, Sienna Miller, Luke Evans, Elisabeth Moss, James Purefoy, Keeley Hawkes, Peter Ferdinando, Sienna Guillory, Reece Shearsmith, Enzo Cilenti, Augustus Prew, Dan Renton Skinner, Louis Suc.

Tráiler

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            High-Rise es la primera adaptación literaria de Ben Wheatley, un autor que, aliado en la escritura de historias con su pareja sentimental, Amy Jump, tiene como seña de identidad la demolición de los géneros cinematográficos como herramienta con la cual diseccionar, a golpe limpio, las aberraciones que proliferan en la sociedad contemporánea: enfermiza, aturdida y fundamentalmente patética.

            Recuperada en el túnel del tiempo desde los años setenta, cuando la novela fue publicada por uno de los adalides de la distopía inminente, J.G. Ballard, el relato de High-Rise sirve como profecía realizada en la actualidad –o más bien como atropello repetido- de una sociedad extremadamente clasista que se estratifica a partir de la posesión material, convertida en un culto cuasi religioso, y que combate con enconada violencia para conservar o conquistar su privilegios.

Para mantenerse o ascender por estos escalones sociales que, aquí, quedan simbolizados explícitamente por un rascacielos: una de esas formas arquitectónicas que ejercían de punta de lanza de la planificación urbana con intenciones sociológicas, territorio donde se abarcarían desde las teorías de la ciudad radiante de Le Corbusier hasta las del espacio defendible de Oscar Newman –punto central, por cierto, de la reciente y estupenda serie Show Me a Hero-.

            Se trata por tanto de un tema perfectamente ajustado a la sensibilidad sádica y satírica de Wheatley, tanto o más cuando su nacionalidad británica le pone en contacto directo con un sistema de clases especialmente estricto e impermeable, incardinado a su vez en ese elitismo de corte capitalista que, a raíz de la crisis, ha intensificado la ya ostensible brecha entre ricos y pobres, llevándose a la clase media por delante en esta diferenciación ampliada.

Precisamente el protagonista de High-Rise, el fisiólogo Robert Laing (Tom Hiddelston), podría ejercer de representante de esta casta que se encuentra a medio camino entre los frívolos y acaudalados habitantes de los pisos superiores y los bulliciosos y menos boyantes moradores de las primeras plantas, todos ellos mezquinos y egoístas por igual, y ambos desconectados a la par de la realidad dentro de este edificio autosuficiente, desligado del resto de la urbe e incompleto en todos sus aspectos.

El cineasta no muestra especial preferencia –o clemencia- por ninguna de las partes implicadas en el conflicto que estalla por el propio peso de una organización flagrantemente injusta por naturaleza y, además, por convicción ideológica, ya que absolutamente todo, desde el ser humano hasta los ideales utópicos, son mercancía degradada, objeto con precio marcado. Las pontificaciones de la Thatcher, uno de los grandes monstruos políticos de la segunda mitad del siglo XX, así lo subrayan.

            El filme ahonda en la deshumanización fomentada por el materialismo exacerbado, como otras de esas alegorías coetáneas de tiempos de recesión y precariado, caso de la audaz Juegos sucios. La progresiva y agresiva alucinación de su argumento no hace sino manifestar la absurda situación de base, que es aquella afincada en la realidad exterior al rascacielos, a la pantalla de cine, al patio de butacas.

La ferocidad desbocada de Wheatley, autor sin concesiones, inyecta en los fotogramas un caos lisérgico de imágenes con enorme potencial simbólico y brutalidad discursiva; un barroquismo asfixiante y destructivo encuadrado en una estética setentera que es a la vez pasado y futuro. Pero este enfebrecido voltaje argumental y formal también supone que la obra sea un tanto irregular en su desarrollo, con tendencia a provocar fatiga en el espectador, atiborrado de miseria y patetismo -cuestión por otro lado que acecha a la mayor parte de la filmografía del director-.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6,5.

Espías desde el cielo

22 May

“No se puede decir que la civilización no avanza… De hecho, en cada guerra te matan de una manera diferente”

Will Rogers

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Espías desde el cielo

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Espías desde el cielo

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Año: 2015.

Director: Gavin Hood.

Reparto: Helen Mirren, Aaron Paul, Alan Rickman, Phoebe Fox, Barkhad Abdi, Jeremy Northam, Richard McCabe, Monica Dolan, Iain Glen, Babou Ceesay, Kim Engelbrecht, Aisha Takow.

Tráiler

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            Es de los pocos ejercicios académicos de los que tengo un recuerdo medianamente completo, y es porque era el tema principal del primer examen que suspendí en mi carrera de estudiante. Fue en la primera evaluación de Ética de 4º de la ESO y, además, lo suspendí a lo grande. Sin paliativos. El ejercicio en cuestión –éste en concreto, o al menos uno bastante aproximado– pedía elaborar un razonamiento moral a partir de un texto de José Ortega y Gasset, que a su vez tomaba un fragmento de la tragedia Troilo y Cressida de William Shakespeare, y en el que dos figuras mitológicas de la Guerra de Troya, Héctor y Troilo, discutían sobre la posibilidad de entregar a Helena a lo aqueos para salvar a su patria de la destrucción en ciernes.

En síntesis, el eje de la disputa versaba sobre si el valor de una vida humana se podía someter a un juicio subjetivo –es decir, que el valor de esa vida humana sea el que cada cual le otorgue según su entendimiento- o si, por el contrario, la existencia de una persona posee en sí misma una estimación objetiva, ostentada por derecho e inexpugnable frente a los argumentos de las partes implicadas en el debate.

            Espías desde el cielo es la reformulación de este planteamiento del filósofo madrileño, donde  la argiva Helena queda sustituida por una niña keniata con un puesto de pan anexo a la vivienda donde un grupo de terroristas de Al-Shabab preparan un nuevo atentado suicida, de ejecución inminente, y que está siendo vigilado por las fuerzas conjuntas de Reino Unido y Estados Unidos a través de un dron, con orden de eliminar a los objetivos a bombazos.

Estamos por tanto ante un filme de cuartos cerrados, de diálogo y no de acción, al estilo de Doce hombres sin piedad o Punto límite, este último dueño asimismo de una guerra de despachos donde, al igual que en la presente, comparecen importantes dosis de patetismo político-burocrático. Qué lejos queda a estas alturas de Historia la guerra directa y presuntamente heroica, de acuerdo con los cantos épicos tradicionales, a la que reverenciaban desafueros como Black Hawk derribado, por citar un ejemplo en el que se comparta escenario y prácticamente situación geopolítica y, más aún, sobre hechos de apenas hace una veintena de años.

            El suspense de Espías desde el cielo, por tanto, proviene de negociaciones y eventos estáticos, del esfuerzo intelectual en sumarse, quedamente, al debate propuesto por los personajes. A estos efectos, la administración de la tensión y el pulso narrativo que luce Gavin Hood son espléndidos –era la única tarea que prácticamente le competía como director, tratándose como se trata de una película de guion, firmado aquí por el relativamente desconocido Guy Hibbert, escritor más acostumbrado a prodigarse en telefilmes y series de televisión que en largometrajes para la gran pantalla-.

            Este mencionado patetismo puntual de los dirigentes civiles -insuflado sin duda por este periodo de desafección política global-, es quizás uno de los tópicos que maculan ligeramente la por otro lado destacable madurez de la obra, con casos evidentes como la amigable familia de la cría, la izquierdista enfurruñada –a la que sin embargo Monica Dolan acaba otorgando dignidad humana como personaje- o el jefe de Estado norteamericano expeditivo –la óptica del relato es británica, cabe recordar-. Aunque, claro, no olvidemos que los estereotipos del cine se alimentan de un poso de innegable realidad, y viceversa.

Y también es posible que la película tenga ciertas concesiones buenistas para con los militares, dado que los incidentes bélicos recientes inclinan a pensar que, en el campo de batalla extracinematográfico, los remilgos para adoptar decisiones críticas en las campañas de acción no son tan pronunciados -en especial en el terreno de los bombardeos con drones, donde la distancia física parece tender a crear una distancia moral-. Pero incluso así se diría que el libreto quiere introducir un matiz a partir de la extracción y el objetivo estrictamente universitario de este piloto virtual interpretado por Aaron Paul.

            La cinta, pues, presenta un loable equilibrio en los puntos de vista enzarzados en esta polémica terrible, a la que se agregan además elementos que apuntalan las complejidades del fondo de escenario, como los mecanismos jurídicos que se imponen sobre las resoluciones marciales, las consecuencias de la imagen en toda situación que acontezca en estos tiempos -sea como elemento de influencia legítima o amarillista sobre la sociedad occidental, sea como espita que detona la creación de nuevos sublevados estimulados por el trauma vívido y cercano- o la difuminación de los frentes combatientes en una guerra atomizada y casi imprevisible –los occidentales que se unen a la yihad como respuesta a su alienación existencial, los antiguos foráneos asimilados que forman parte integral e indisociable de la metrópolis-.

            De este modo, a la vez que desarrolla un thriller bélico realmente entretenido, Espías desde el cielo provee un poderoso material de debate para la salida de la sala que, a fin de cuentas, redondea las virtudes de su conjunto.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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