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Barbara

19 Nov

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Año: 2017.

Director: Mathieu Amalric.

Reparto: Jeanne Balibar, Mathieu Amalric, Vincent Peirani, Aurore Clément, Lionel Sorce.

Tráiler

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          Es probable que para acometer Barbara el actor y realizador Mathieu Amalric tomase buena nota del planteamiento y la dirección de Roman Polanski en La venus de las pieles, donde, a través de una ruptura metaficcional, la película engendraba dentro de sí, hibridándose y dialogando con ella, otra película.

Es grato que Amalric se atreva a buscar nuevas fórmulas para el biopic, género frecuentemente encajonado en la simple acumulación cronológica de hechos; aunque también debe reconocerse que el potencial de esta estructura tiene sus limitaciones, algunas de las cuales se manifestarán en esta aproximación a la vida de la icónica cantante Barbara, emprendida a través de la vivencia de la actriz que la encarna en el rodaje que contiene en su argumento este filme metacinematográfico.

          Barbara habla de la estrecha relación entre el cineasta y su musa inspiradora; su ambición, incluso egoísta y frustrante, de equiparar su arte con el alumbramiento o la resurrección; del poderoso influjo y la frágil intimidad de la artista carismática, sea esta música o actriz.

Por medio de la gramática cinematográfica, el estilo visual y la entonada interpretación de Jeanne Balibar -expareja de Amalric, otro elemento más del juego propuesto-, la realidad y la ficción, la experiencia existencial y creadora de ambas mujeres, se enfrenta, se mimetiza y se funde, en ocasiones prácticamente sin solución de continuidad. Ora se difuminan, ora se reflejan los límites entre los documentos sobre la vida de la cantante y su reproducción en una filmación inventada en la que, a su vez, se derriban las barreras entre la puesta en escena de Amalric en su función dual como director y director-personaje.

          De este modo, se obtiene una obra sugerente, que navega por momentos entre la ensoñación obnubilada por la musa y el fantaseo obsesivo o fetichista. Pero es también una cinta en la que el artificio está siempre presente. Notorio y restrictivo a su manera.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

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Claire’s Camera

17 Nov

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Año: 2017.

Director: Hong Sang-soo.

Reparto: Kim Min-hee, Jun Jin-young, Chang Min-hee, Isabelle Huppert.

Tráiler

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           Hong Sang-soo parece uno de esos cineastas que filma porque vive y vive porque filma. De obra con gran contenido metaficcional e inspiración autobiográfica, en La caméra de Claire el realizador surcoreano aprovecha su paso por la edición de 2016 del festival de Cannes para rodar un coqueto divertimento -apenas 70 minutos de duración, estrenado de manera prácticamente simultánea con The Day After y En la playa sola de noche– en el que aborda, con agradable sencillez e ironía, las vivencias de la empleada de una empresa de distribución de películas, su jefa, el director de cine con el que conforman un triángulo amoroso y, como elemento disruptivo que introduce un simpático toque de misterio en la trama, una profesora parisina de visita en la ciudad, cámara Polaroid en ristre.

           Con estos mimbres, de nuevo ambientados en un universo metacinematográfico, Hong trenza una historia en la que afloran elementos personales como su relación con la joven actriz Kim Min-hee -a la sazón protagonista-, la cual inserta en un retrato satírico de los caprichos románticos, entre inseguros, egoístas e hipócritas, del artista y, por extensión, de la tesitura de la mujer en una sociedad de arraigado componente machista. A ello se unen pequeñas chanzas en el juego entre la realidad exterior y la ficción interna, como esa “primera vez” de Isabelle Huppert en Cannes.

           Son elementos que se conjugan perfectamente con ese estilo entre naif y juguetón que se aprecia en muchas producciones de Hong, en las que la realidad -las situaciones cotidianas, el escenario a pie de calle invadido por la actividad urbana en curso- queda teatralizada desde una aproximación con un aire engañosamente ingenuo -los zooms notorios, la interpretación de los actores, los encuentros de los personajes y la forma en la que se expresan sus sentimientos-.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3. 

Nota del blog: 7.

120 pulsaciones por minuto

15 Nov

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Año: 2017.

Director: Robin Campillo.

Reparto: Arnaud Valois, Nahuel Pérez Biscayart, Antoine Reinartz, Adèle Haenel, Ariel Borenstein, Félix Maritaud, Aloïse Sauvage, Simon Bourgade, Médhi Touré, Catherine Vinatier, Théophile Ray, Saadia Bentaïeb

Tráiler

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          120 pulsaciones por minuto es una reivindicación del activismo en la que el pasado cercano -el comienzo de la década de los noventa- establece un diálogo firme con el presente, en el que el avance de los movimientos ciudadanos de protesta ha encontrado una decepcionante respuesta en la nueva primavera del nacionalismo ultraconservador, que en Francia se corresponde con la potencia del Frente Nacional, formación política que llegó a disputar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales galas de 2017

          120 pulsaciones por minuto reconstruye los pasos de la agrupación local de ACT UP, organización de acción directa para la concienciación sobre el virus del SIDA, el incentivo de investigaciones con resultados públicos y la actuación del Estado contra la expansión de una plaga desatendida por el carácter marginal de sus principales víctimas -homosexuales, drogadictos, prostitutas, extranjeros….-. Para ello, la película de Robin Campillo -que junto con el coguionista Philippe Mangeot bebe de sus propias experiencias- viaja desde lo general -la crónica del movimiento y sus actuaciones de presión- hasta lo particular -el romance de dos de sus miembros y la agonía de uno de ellos-.

En esta primera faceta, el director filma desde el realismo, aunque sin apostar por el estilo documental, con un discurso que es debidamente crítico pero que elude el victimismo y que muestra a una comunidad compleja, con sus debates y contradicciones internos. En este sentido, asimila con naturalidad el valor de la fiesta y del sexo, del disfrute vitalista, como otra forma más del compromiso del colectivo, que el guion trata igualmente de inscribir en la Historia mediante un paralelismo alusivo a las corrientes revolucionarias de 1848 que, en el país, dieron lugar a la instauración de la Segunda República Francesa. No obstante, también se percibe cierta redundancia que posteriormente conformará uno de los factores que contribuyen a desequilibrar el conjunto.

          En una determinada escena, ambientada bajo el influjo del crepúsculo parisino, uno de los personajes que se desgaja de este retrato coral, Sean (el argentino Nahuel Pérez Biscayart), hace mofa de la poesía elegíaca y, por extensión, de los clichés sentimentalistas del cine, esos que podrían atribuirse a aproximaciones al tema como Philadelphia, basadas en el impacto emocional. Pero, a pesar de ello, 120 pulsaciones por minuto también pretende reflejar el desgarro de una lucha que, literalmente, es a muerte.

Ahí es donde entra el juego esta segunda vertiente personal, que consigue acertados contrapuntos de dolor -la manifestación luctuosa tras la pérdida de otro compañero- y momentos que cosechan una notable intimidad -las confesiones en las que logra aislar a los amantes del ruido circundante-; además de que Campillo hace gala de talento narrador y expresivo en la introducción de los recuerdos -los flashbacks integrados en la secuencia en curso, sin abandonarla-. 

          La combinación de estas dos dimensiones encaja con adecuada complementariedad, aunque a la larga terminan por descompensarse un tanto, lo que se evidencia asimismo en el excesivo metraje de la función. Campillo, desde el dolor propio, trata de no recrearse en la tragedia, si bien tampoco consigue esa contundencia emocional que repudia de las obras populares de Hollywood, por lo que, en este aspecto, queda un poco entre dos aguas.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Oro

14 Nov

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Año: 2017.

Director: Agustín Díaz Yanes.

Reparto: Raúl Arévalo, José Coronado, Barbara Lennie, Óscar Jaenada, Antonio Dechent, Juan José Ballesta, Anna Castillo, José Manuel Cervino, Luis Callejo, Andrés Gertrúdix, Diego París, Juan Carlos Aduviri, José Manuel Poga, Josean Bengoetxea, Juan Diego.

Tráiler

          Es un lugar común, pero no por ello deja de ser cierto -si bien supongo que el asunto no es demasiado diferente a lo que ocurre en otros países-. España no concilia bien con su historia, ora idealizada como enseña de su destino trascendental como nación, ora repudiada exactamente por esta misma utilización patriotera y su ensalzamiento de unos valores rancios y caducos. La visión épica del pasado crea monstruos de muy diverso tipo. Quizás por ello no abunden los relatos acerca de episodios como la conquista del Nuevo Mundo, un periodo espinoso por las implicaciones políticas que, con evidente descontextualización, se le otorgan desde el presente; pero realmente interesante desde el prisma del sentido aventurero -piénsenlo: el anuncio de un descomunal territorio por completo desconocido y el atrevimiento de lanzarse a descubrir qué maravillas u horrores puede contener-. No abundan al menos al estilo y la cantidad de las reconstrucciones históricas procedentes de Hollywood o Reino Unido, vara de medir popular en lo que al cine-espectáculo se refiere.

          En Oro, Agustín Díaz Yanes repite, tras la calamitosa Alatriste y aquí con un texto inédito, en su aproximación al corpus del escritor y exreportero bélico Arturo Pérez-Reverte; un tipo que precisamente, y se esté de acuerdo con él o no -en este blog se tira por lo segundo-, no le teme a la polémica -todo lo contrario- para encarar, entre otros temas, la historia del país. También es verdad que, en su escrito de presentación, el filme trata de mediar contexto -o de disculparse- por el conjunto humano que protagonizará la función: hombres toscos y altivos, agresivos y sin escrúpulos, que encarnan cierta naturaleza varonil por la que el literato acostumbra a manifestar cierta querencia -en ocasiones bastante trasnochada al pretender trasplantarla de la mera fantasía a la realidad contemporánea-. Sobra. En primer lugar porque una película, o cualquier otra creación artística, no ha de tener en sus obligaciones la de dar ejemplo o fomentar ningún mensaje ideológico o social -otra cosa es que así lo desee-, tanto o más cuando se le exige forzar el anacronismo garganta abajo de los personajes –hay artículos sobre esta cuestión-. Y, en segundo, porque el de Oro está lejos de ser un canto a las hazañas de los antepasados. Si esta es la gloria de la conquista, bastarda gloria es.

En ese sentido, Oro recuerda a la olvidada La conquista de Albania, cinta generosamente sufragada por el Gobierno de Euskadi en virtud de las recién cedidas competencias presupuestarias de la Transición y que invitaba a pensar a priori en el enaltecimiento de un capítulo de expansión internacional del Reino de Navarra medieval –el acometido por la Compañía blanca en las costas del Adriático-, pero que, sin embargo, se transformaba andando los fotogramas en una antiepopeya delirante e irracional, similar por tanto a la de Aguirre, la cólera de Dios. Y, de hecho, Oro comparte con la referencial obra maestra de Werner Herzog la ambientación selvática equinoccial y la composición de los expedicionarios, calcada a la de Pedro de Ursúa por el curso del río Marañón en busca de la ciudad de El Dorado -hechos que también serían abordados por Carlos Saura en la excesivamente contenida El Dorado-. Aunque, fundamentalmente, queda ligada a ella a través de una acertada presentación en la que se muestra a una cohorte de hombres condenados, encadenados como galeotes a una aventura ilógica y tremebunda, fracasada de antemano. A un camino hacia el absurdo y la muerte.

          En conclusión, Oro posee el mismo sino que Aguirre, la cólera de Dios. En cambio, el trayecto que escoge para avanzar hacia él es completamente opuesto. Se aleja de la abstracción hacia la que tendía la alemana, onírica y alucinada, y encara la ruta por la vía de lo terrenal, de lo físico. La de Díaz Yanes es una cinta de supervivencia -con resabios de western-; un trayecto de desesperación embuchada y escondida entre actitudes de hosca hombría y que, en persecución de una vil riqueza material -el oro-, se dirime entre el lodo, el sudor y la sangre. Conceptos que se remiten literalmente a otras descripciones de Pérez-Reverte, que ha visto trinchera y, en su novela El húsar, resumía la batalla en “barro, sangre y mierda”.

Esta concepción física está adecuadamente asimilada a los parlamentos del libreto, descarnados, recios y con un atractivo empleo del lenguaje de época -circunstancia esta última realmente infrecuente-, así como a la selección de rostros del reparto -otra virtud que también poseía La conquista de Albania– y a una exposición seca y concisa. Con ello, Díaz Yanes logra modelar una jugosa atmósfera patibularia, amoral y destructiva, en la que se tiene la sensación de que ni siquiera se avanza por el laberinto de una jungla que aprieta y donde, por ende, lo único que cuenta es salvar un pellejo que poco o nada vale. Así las cosas, eran innecesarios regodeos como el tópico fanatismo del sacerdote, las proclamas folclóricas -los enfrentamientos regionales y la loa a los hermanos en armas-, el testicular duelo a pecho descubierto o que Raúl Arévalo y Óscar Jaenada exageraran el gesto.

          Oro brilla en cuanto sitúa la épica a la altura de la mugre, en cuanto su relato de violencia primaria y desencantada no se avergüenza de inclinarse a la recuperación de una virilidad de otro tiempo. Que, en este caso, no es la histórica del siglo XVI, sino la cinematográfica de la década de los setenta, tan ruda como desesperanzada -aunque carezca de su aliento sentimental y elegíaco-.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 7,5.

Amante por un día

10 Nov

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Año: 2017.

Director: Philippe Garrel.

Reparto: Esther Garrel, Louise Chevillotte, Éric Caravaca, Paul Toucang, Félix Kysyl.

Tráiler

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          Aparte del nostálgico blanco y negro de la fotografía, y de esa voz en off de tono neutro tan inconfundiblemente francesa, que en su omnisciencia hasta se sobrepone a las conversaciones de los personajes, Amante por un día posee evocaciones del cine de Éric Rohmer en las geometrías del romance que dibuja, repletas de triángulos conflictivos, círculos constantes y líneas convergentes, tangenciales y paralelas. Pero, especialmente, recuerda a Rohmer en el aspecto de que los protagonistas son seres inconstantes y contradictorios, ni honestos ni mentirosos, y que no son capaces -o incluso ni siquiera pretenden realmente- de cumplir aquello que afirman con rotundidad acerca de un tema tan complejo, volátil e inabarcable como es el amor.

          Una veinteañera despechada, su padre profesor universitario que ha reencontrado el amor en una de sus estudiantes y ésta última chica, que disfruta de la carta libre de una relación abierta, dan vueltas y vueltas alrededor de los conceptos de enamoramiento, fidelidad y realización romántica. Con elegancia y sin ánimo de desacreditar con crueldad a sus criaturas, ni de ofrecer tampoco categóricas lecciones existenciales, Philippe Garrel contrapone los rectos ensayos de la teoría contra los problemáticos laberintos de la práctica, a la vez que construye con delicadeza los vínculos de complicidad, lealtad y cooperativismo que existen o se crean entre los protagonistas. El cineasta participa en la firma del guion junto a su pareja, Caroline Deruas -treinta años menor que él-; una colaboradora de cabecera como Arlette Langmann, experta en el terreno, y otro clásico como Jean-Claude Carrière. Hay conocimiento de causa.

En su expresión, se trata de una película de aliento lírico pero también generosa en diálogo, y que posee ese aire de distanciamiento un tanto estirado y artificioso que a veces afectaba a la Nouvelle Vague. Teniendo en consideración el cine galo -supongo que sobre todo sus retratos de la burguesía local-, hay quien ironiza con que es que los franceses sienten así.

          Esquiva al tópico, Amante por un día desarrolla un relato en el que las mujeres -las mujeres jóvenes- aspiran a desempeñar un rol activo en sus amoríos y, más aún, en el dominio de su sexualidad, si bien, como es natural, no siempre sepan hacia dónde dirigirla y por qué. Ni falta que hace; la torpeza es una constante en las relaciones sentimentales humanas. En este sentido, su confusión es semejante a la de sus pares masculinos, con la diferencia de que la postura de estos es de un simplismo autoengañoso -los acuerdos, las negociaciones y los ultimátums que establecen para con sus amantes- o es simplemente cínica -el seductor empedernido-. Pero, al menos, ellas parecen adquirir consciencia de que el amor es un estado de imbecilidad transitoria. Aunque todos podamos caer en sus redes, lo queramos o no.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

Siempre llueve en domingo

1 Nov

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Año: 1947.

Director: Robert Hamer.

Reparto: Googie Withers, Patricia Plunkett, Edward Chapman, Susan Shaw, David Liney, John Slater, Sydney Tafler, Betty Ann Davies, Jimmy Hanley, John Carol, Alfie Bass, Jack Warner, John McCallum.

Tráiler

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          ‘Kitchen sink films’, películas del fregadero de la cocina. Este será uno de los sobrenombres que recibe la corriente del Free Cinema, que irrumpirá a finales de los años cincuenta clamando por la restauración de la realidad, la autenticidad y el compromiso en un cine británico adocenado y burgués. Sin embargo, este grupo de Angry Young Men no partía de la nada. El documental de corte social poseía un profundo arraigo en las islas y, además, algunas producciones de décadas anteriores se habían afirmado ya sobre el empedrado húmedo de las aceras del país, entre sus pubs y sus fábricas, para trazar historias con las que el ciudadano común pudiera identificarse. Siempre llueve en domingo, por ejemplo, transcurre precisamente en buena medida en la cocina de una ama de casa que atiende la comida dominical, friega y zurce los calcetines de su esposo al mismo tiempo que oculta en el dormitorio a un preso fugado en recuerdo de su antiguo amor.

          Es decir, que en este modulado melodrama social y criminal de loes estudios Ealing -propulsores de un estilo realista-, heredado de una novela de Arthur La Bern -también escritor del Frenesí que adaptará Alfred Hitchcock-, se combina la ambientación cruda con el cliché cinematográfico para componer una especie de retrato coral, entre el costumbrismo y el ‘spiv film’ -el cine criminal del estraperlo de posguerra, de alientos tan crudos como líricos-, del que se extrae unas conclusiones que aspiran al verismo en su pesimista galería de personajes resignados a la rutina, escarmentados por el hecho de que elementos arquetípicos que acostumbran a engendrar las historias del cine -la pasión del romance, la adrenalina de la delincuencia- son en verdad desalentadoramente corrientes e improductivos. El contexto podría equipararse, a su manera, al neorrealismo menos estricto de Vittorio de Sica.

          Pese a estos recursos clásicos de la ficción -el forajido a la huida, el idilio dramáticamente mutilado, los triángulos amorosos-, la película ofrece, paradójicamente, un relato siempre apegado a la cotidianeidad de la clase trabajadora que puebla en East End londinense posterior a la Segunda Guerra Mundial, con sus aprietos ordinarios y sus relajos triviales, tan mundanos, intrascendentes o hasta decepcionantes como que, en efecto, siempre llueva en domingo. Al contrario que otros ejemplos más noir de la época, como Larga es la noche, más próxima al realismo poético francés, la participación del prófugo en los acontecimientos es prácticamente un mcguffin destinado a impulsar los sentimientos reprimidos del principal personaje femenino. Atenta a los ritmos y a la vida de las calles, la esencia romántica del séptimo arte solo pertenece a los pósters que cuelgan en la pared de las habitaciones de las jovencitas.

          A partir de ahí, Siempre llueve en domingo desarrolla una narración coral en la que trata de exponer un discurso moralista que se configura mediante una gradación ética de los personajes -la ambigüedad, la hipocresía, la atracción por la vida fácil como recurso de escape de la pobreza, la honestidad y el esfuerzo…- que se plantea incluso en el seno de una familia alrededor del cual gravita la acción y de otros núcleos secundarios -los judíos Hyams-. Hay una irregularidad en el recorrido y una previsibilidad de este cúmulo de subtramas, que no obstante queda suplido por su madura falta de condescendencia, por esa notable atmósfera general, en definitiva, adolorida y fatigada por la dura labor de la semana, desengañada por las crudezas de una vida que en absoluto es de cine.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

La chaqueta metálica

27 Oct

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Año: 1987.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Matthew Modine, R. Lee Ermey, Vincent D’Onofrio, Arliss Howard, Kevin Major Howard, Adam Baldwin, Dorian Harewood, John Terry.

Tráiler

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          Apocalypse Now no era una película sobre la Guerra de Vietnam, sino que era la Guerra de Vietnam, insistía Francis Ford Coppola. Su textura alucinada abstraía el horror y transportaba a los personajes a un mundo casi alternativo, propio de una pesadilla nacida de la droga psicotrópica, de la malaria o de ambas. Su horror, pese a ser absolutamente inmersivo, posee esa distancia de separación, que es la que media entre la aberrante realidad y el sueño febril -y sin embargo siempre tan palpable y pegajoso, tan reconocible como producto del hombre-.

En La chaqueta metálica, Stanley Kubrick, autor de una enseña antibelicista como Senderos de gloria, se adentra en ese mismo horror de Vietnam. Pero, a pesar de un par de escenas nocturnas y gélidas en los barracones, acompañadas música de tétrico minimalismo, apenas registro sonoro -los puntos clave de la desolación moral de la obra-, el cineasta neoyorkino no concede al delirio de la masacre una entidad onírica, que se encuentre más allá de lo humano o de lo terrenal, que en cierta manera podría hasta verse como exculpatoria.

A partir de la novela de Gustav Hasford, veterano del conflicto, el cineasta dibuja una caricatura grotesca, semejante a la que se le podría ocurrir al recluta Bufón -periodista militar al igual que el autor del relato- con su pátina de humor negro y cínico con la que pasa por encima de los terribles hechos que presencia. Aunque esa caricatura tiene una firme base humana, que apunta a individuos infantilizados por un desvarío de épica y testosterona promocionado por intereses ajenos, incomprensibles e inescrutables; despersonalizados hasta encontrarse abandonados en medio de un juego o de una juerga que consiste en matar y follar.

          La estrategia puede considerarse oportuna, o cuanto menos a contracorriente, en vista de la reivindicación del excombatiente de Vietnam que se promulgaba desde la conservadora y belicista Administración de Ronald Reagan, impresa en fotogramas a través de multitud de filmes ambientados en el conflicto y donde destaca, en especial, la saga protagonizada por John Rambo y el uso que se realiza de su figura, transferida incluso al contexto coetáneo del Afganistán invadido por la Unión Soviética. Aunque, por otro lado, el muchacho estadounidense común mutado en ministro de la guerra también asomaba por el cine en otra cintas como Platoon, firmado por otro veterano, Oliver Stone.

En La chaqueta metálica, Kubrick corre el riesgo -y a mi juicio fracasa en buena medida- de que ese retrato satírico dote de una personalidad excesivamente deslumbrante a quien debería ser el mayor objeto de su crítica: un sistema castrense que basa su fuerza en la deshumanización del individuo, reducido a un impulso homicida que no cavila y que, por tanto no siente la duda ni el miedo. Porque lo que aniquila no es un fusil, sino un marine bien entrenado, con el corazón de piedra. Y ese sistema brutal está personificado precisamente por el autor de dicha sentencia, el sargento mayor Hartman (R.Lee Ermey, haciendo algo parecido a su anterior ocupación como instructor militar). Y resulta imposible no admirar su capacidad para encadenar insultos ingeniosos, por más que el director lo envuelva en un contexto absurdo y, en su presentación, lo siga a través de un escenario desangelado, frío, sin siquiera banda sonora.

La prueba es que, al igual que sucede con el Gordon Gekko de Wall Street, el sargento mayor Hartman es quien realmente ha dejado su impronta en la memoria colectiva del séptimo arte y se ha transformado en un icono no necesariamente negativo, sino más bien ‘cool’.

          Después del fundido a negro que divide el relato entre el proceso instrucción y la puesta en práctica sobre el campo de batalla, quizás tampoco termina de ser completamente efectivo el lavado de cerebro del recluta Bufón -su definitiva conversión en el John Wayne de Boinas verdes-, en exceso sostenido y escondido tras su guasa. Acaso Kubrick podría haber retratado la acción con un contrapunto de mayor crudeza, la cual no consigue obtener mediante los ralentís peckinpackianos y el lenguaje descarnado, pretendidamente ofensivo.

Sea como fuere, durante esta segunda mitad –un tanto más convencional y menos punzante en su expresión– los guerreros, perdidos en el absurdo marcial y moral, miran al espectador como si fuese un cuerpo moribundo, sometido a la cerrilidad de una institución, el Ejército, responsable de la eterna miseria del ser humano. Senderos de gloria ya lo había ubicado, en su desenlace, entre los rostros del público que asistía un infame y humillante cabaret. Aquí, en otro rotundo colofón, lo invita a marchar al son de la marcha de El club de Mickey Mouse, mientras avanza entre el olor a cadáveres y las llamas de una ciudad arrasada, y piensa en el polvo que echará al regresar a casa.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 7,5.

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