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Tucker, un hombre y su sueño

9 Oct

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Año: 1988.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Jeff Bridges, Joan Allen, Martin Landau, Frederic Forrest, Mako, Christian Slater, Lloyd Bridges, Elias Koteas, Nina Siemaszko, Jay O. Sanders, Dean Goodman, Dean Stockwell.

Filme

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         Pocas cosas hay más frustrantes que despertar de un gran sueño. Que lo soñado -sustancia sublime, evanescente y frágil- entre, derrotado de antemano, en conflicto con la crudeza material de la realidad. Francis Ford Coppola lo sabe. Su pasión, el cine, es el lenguaje de los sueños. Y Coppola es uno de los creadores que más grande se ha atrevido a soñar en este arte, hasta el punto de que su Corazonada se rompiese en mil pedazos en el suelo, llevándose consigo a su propia productora, Zoetrope. Es por tanto evidente el paralelismo entre el cineasta y el emprendedor Preston Tucker, quien defiende su idea visionaria del automóvil contra la oligarquía que, dinero y poder mediante, agarra la sartén por el mango.

         Tucker, un hombre y su sueño es una defensa del romanticismo, de la necesidad de luchar por el impulso de genialidad que surge de las entrañas en contra de los dictámenes de un sistema amañado para perpetuar los privilegios de una élite anquilosada, que sustituye el arrojo emprendedor de los pioneros -elemento nuclear de la forja del país- por una producción en serie, mecanizada, alienante y sin capacidad de imaginación más allá del simple y frío rédito económico. Hay hasta un deje freudiano en el hecho de que sea el senador interpretado por Lloyd Bridges el principal muro contra el que choca el empresario encarnado por Jeff Bridges. Matar al padre.

Con el optimismo en la capacidad del individuo de redimir a toda una sociedad que pudiera tener una fábula de Frank Capra, Coppola -apoyado en el respaldo financiero de su amigo George Lucasdirige la epopeya de Tucker como si se tratase de una comedia alocada de los años cuarenta en la que, poco a poco, se van infiltrando detalles de tragedia, ligados estos a la crítica socioeconómica y que tratan de minar el entusiasmo incombustible del protagonista, enturbiando así el concepto mismo del sueño americano. Por instantes, Tucker, un hombre y su sueño recuerda a aquella sátira cruel que dirigirán posteriormente los hermanos Coen en El gran salto.

         El autor italoamericano abraza sin tapujos toda la artificiosidad del lenguaje cinematográfico, patente en especial en las elaboradas elipsis que se despliegan a partir de un imponente trabajo de puesta en escena. El ritmo narrativo, aparejado a la vitalidad torrencial de Tucker, es trepidante hasta el delirio. La combinación, en busca de la épica, puede caer en el exceso, e incluso en cierta frialdad que afecta a la posibilidad de que el espectador se una incondicionalmente a Tucker en su duelo suicida y desesperado, como ocurre asimismo con el trabajo de Bridges.

Pero, a pesar de esta invocación, el fracaso comercial de la cinta no permitiría a Coppola exorcizar, por el momento, sus demonios particulares.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6,5.

El viaje fantástico de Simbad

7 Oct

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Año: 1973.

Director: Gordon Hessler.

Reparto: John Phillip Law, Tom Baker, Caroline Munro, Douglas Wilmer, Martin Shaw, Kurt Christian, Takis Emmanuel, David Garfield, Aldo Sambrell, Grégoire Aslan, Robert Shaw.

Tráiler

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          El destino es el leit motiv de El viaje fantástico de Simbad, un elemento sobrehumano capaz de igualar al héroe y al villano, guiados ambos por su sino trascendental pero, en cualquier caso, no exentos de poder para influir en su camino por medio de sus acciones.

Probablemente de ahí mane una de las grandes virtudes del relato: ese malvado trágico que, en una actitud digna de absoluta empatía, paga un precio de terribles sufrimientos y sacrificios personales para tratar de dar cumplimiento a sus sueños. Un anhelo que, precisamente, manifiesta el protagonista para seguir las premoniciones que se le aparecen desde una dimensión onírica.

          El de El viaje fantástico de Simbad -segunda entrega de la trilogía sobre el legendario marinero de Las mil y una noches confeccionada por Ray Harryhausen, quince años después de Simbad y la princesa– muestra a un aventurero más pícaro y arrojado, en constante búsqueda de la última frontera, de la experiencia más grandiosa posible, de la emoción y la gloria. Enfrente, queda un antagonista taciturno y oscuro, que ni siquiera se comporta de forma terrible hacia su entorno, sino que se esfuerza, se consume y pugna penosamente para alcanzar la meta final. John Phillip Law y Tom Baker, respectivamente, cumplen a la perfección con sus papeles. En especial el último, a quien su interpretación le abriría las puertas para convertirse en el cuarto Doctor Who.

          El viaje fantástico de Simbad posee un libreto posiblemente más consistente que el de su predecesora -a pesar de guiños a la época como ese jovenzuelo de pelo afro y gusto por el hachís y los instrumentos de cuerda que trata de ejercer de alivio cómico- y, de nuevo, las criaturas de Harryhausen cautivan la imaginación y maravillan, con ejemplos como esa hipnótica y terrible diosa Kali. Aunque más físico todavía es el poderoso erotismo que despierta Caroline Munro, enfundada en sus sensuales trajes de seda.

En cambio, la realización de Gordon Hessler es chapucera, cercana por momentos a un producto de televisión de escaso presupuesto, con horripilantes planos, zooms y tomas inestables. Un trabajo a punto de desmontar la sugerente fantasía oriental que, aun con todo, logra invocar la función.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Simbad y la princesa

4 Oct

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Año: 1958.

Director: Nathan Juran.

Reparto: Kerwin Mathews, Kathryn Grant, Torin Thatcher, Richard Eyer, Alfred Brown, Harold Kasket.

Tráiler

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         Los monstruos se mueven en Dynamation. Sus movimientos titilantes y amenazadores, de una fisicidad imponente y terrible, escarban en la misma médula de la pesadilla, que no es precisamente un espacio realista, sino un mundo inquietante donde todo está sublimado en negativo, en el que la irrupción de elementos ilógicos revienta en mil pedazos los límites del confort que proporciona lo conocido, lo cotidiano, lo lúcido. Es una sensación que los cíclopes de Simbad y la princesa me dejaron impresa a fuego en las profundidades de la imaginación. Su furia, su violencia, su desesperación, sus bramidos.

         Con Simbad y la princesa, proyecto largamente acariciado, Ray Harryhausen, mago de los efectos especiales, ensayaba un giro esencial en su carrera al dejar atrás las aventuras de ciencia ficción para, en cambio, priorizar la recreación de leyendas y cuentos de la literatura universal. De hecho, esta será la primera entrega de sus hazañas sobre el intrépido marino de Las mil y una noches, a la que seguirán El viaje fantástico de Simbad y Simbad y el ojo de tigre -aparte de ese Simbad en Marte que quedaría por el camino-. Es, además, su exploración definitiva de las posibilidades del cromatismo sobre sus criaturas, puesto que es la primera película totalmente en color en la que participa.

         Aunque originalmente titulada El séptimo viaje de Simbad, el argumento toma elementos del tercero -el cíclope- y el quinto -el roc- para desarrollar esta lucha entre el bien y el mal que enfrenta al noble marinero frente al siniestro hechicero Sokurah y su ambición de poseer la lámpara maravillosa, que se halla en la misteriosa isla de Colosa. Es decir, un relato de mimbres clásicas e incluso ingenuas, como se percibe en algunas inconsistencias del guion, supeditado al avance dinámico de la trama, o en la construcción arquetípica del villano -¿cuál es su motivación última en realidad?-, el cual cuenta con la teatralidad a juego de Torin Thatcher.

A partir de ello, el filme desarrolla un poderoso sentido de la aventura y de la fantasía, impulsado, por supuesto, por la creatividad de Harryhausen para diseñar e insuflar vida a sus criaturas, aunque sin que la narración quede sometida por completo a su exhibición, como ocurre en algunas ocasiones. Nathan Juran -que ya había dirigido otra cinta con efectos del británico, El monstruo de otro planeta, y que repetirá de nuevo en La gran sorpresa– mantiene firme el pulso narrativo y Bernard Herrmann suma una atractiva y briosa banda sonora a un conjunto encantador.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Rams (El valle de los carneros)

2 Oct

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Año: 2015.

Director: Grímur Hákonarson.

Reparto: Sigurður Sigurjónsson, Theódór Júlíusson, Charlotte Bøving, Jon Benonysson, Gunnar Jónsson, Þorleifur Einarsson, Sveinn Ólafur Gunnarsson.

Tráiler

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          Con alguna avanzadilla previa como De caballos y hombrespremio Nuevos realizadores en el festival de San Sebastián-, el cine islandés pareció lanzarse a la conquista del mundo en 2015, año en el que se estrenaron tres películas que disfrutaron de una destacada y reconocida trayectoria internacional: Corazón gigantemejor actor en la Seminci de Valladolid y mejor actor y película en el festival de Tribeca-; GorrionesConcha de oro en San Sebastian– y Rams (El valle de los carneros)Espiga de Oro y mejor nuevo director en Valladolid y coronada en la sección Un certain regard en el festival de Cannes-.

          Rams (El valle de los carneros) es el recorrido entre dos muestras de profunda ternura, de amor insondable. En la apertura, Grímur Hákonarson recoge con delicadeza y calidez el cariño con el que el protagonista se relaciona con sus carneros y ovejas. Palabras hermosas, caricias suaves, intimidad absoluta. A partir de ahí establece su contrario en el primer encuentro con su hermano y antagonista. Un gesto seco sin palabras. Incluso de espaldas, sin cruzar la mirada. Los animales como intermediarios para expresar ideas y emociones, incluso la fidelidad a un apellido, a un linaje, a una sangre.

Podría asignársele una nota bíblica a la enemistad franternal que centra Rams. Los hermanos enfrentados por un odio enquistado, el carnero citado como un ser magnífico, salvador y padre de la patria; la plaga apocalíptica que parece castigar la iniquidad de los personajes, el paisaje sobrehumano de Islandia. El desenlace que se resuelve en una escalada de épica íntima.

          Grímur Hákonarson relata la rivalidad con fotogramas cuidados, aprovechando el imponente escenario natural pero también la gratificante geografía física de sus actores, que aprotan la sobriedad y la naturalidad que requiere el filme. Además, deja detalles poderosos, como el viaje en excavadora. Con ello, se sostiene con solvencia narrativa y emocional este argumento sencillo, quizás no excesivamente sorprendente -más allá de lo que aporta el componente localista-, aunque desde luego contundente y eficaz, contado con buen gusto y sin caer en estridencias.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

La ley del hampa

30 Sep

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Año: 1960.

Director: Budd Boetticher.

Reparto: Ray Danton, Karen Steele, Warren Oates, Robert Lowery, Jesse White, Elaine Stewart, Simon Oakland.

Tráiler

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         Hay una corriente nostálgica en el cine criminal de serie B de los años cincuenta en el que se busca reinstaurar la agilidad y violencia que tenía el género en los treinta, su periodo de configuración definitiva y, a la postre, primera edad de oro bajo el reinado de las grandes figuras de la mafia de tiempos de la Ley seca, que veían esculpida en fotogramas su condición de leyendas populares.

Este ejercicio de añoranza se plasma en La ley del hampa, desde la estética de la ambientación hasta la fotografía de tono vintage de Lucien Ballard, pasando por los cánones narrativos de unos relatos protagonizados por implacables tipos duros, escaladas furibundas contra el sistema legal y alternativo, y lujos arrancados a punta de humeante revólver -o de metralleta-. Así las cosas, más que la reconstrucción de la vida criminal de Jack ‘Legs’ Diamond, La ley del hampa es la reconstrucción de una manera de hacer y de mirar el cine. Es significativo que la versión española del título recupere el que, también en español, tenía la fundacional película de Josef von Sternberg.

         En parte, esta puede ser la explicación de que, en puridad, el retrato psicológico del personaje sea bastante plano -además de que la interpretación de Ray Danton tampoco le consigue aportar matices, a pesar de la elegancia con la que se mueve en el escenario-. Lo importante es que Legs Diamond arrolla con todo a su paso, perfectamente presentando en una introducción que lo inserta, junto a su convaleciente y frágil hermano, en una jungla de asfalto que ignora la piedad hacia quienes moran en sus calles. Donde el resto mira el cadáver, distraído, el hombre sobresaliente sabe desmontar el mecanismo que le puede proporcionar su ascenso a la cima.

Las acciones de Diamond son radicalmente lógicas, matemáticas. Por lo tanto, variables intangibles como la moral o el amor no entran en sus cálculos. Modelos de evidente éxito y prestigio como Arnold Rothstein lo avalan. Exactamente igual que el neoliberalismo más fundamentalista, insistente promotor del ilusorio sueño americano. La exposición de Budd Boetticher es tan precisa como nervuda, tanto en la composición del plano, expresivo sobre los personajes, como para sintetizar el relato y dotarlo de ritmo.

         Sin embargo, a pesar de la gallardía y la apostura de la que se inviste a Diamond -imperturbable en su media sonrisa de superioridad, avispado y seductor en su maquiavelismo-, el filme lo trata de una forma tan despiadada como sus propios procedimientos. A cada avance, le devuelve un guantazo, incluso con cierto sarcasmo. Se burla de él cuando se jacta de que nunca lo pondrán entre rejas, cuando saca la cabeza como guardaespaldas, cuando le tienden una trampa que no se había olido… La inevitable caída que contiene estos cuentos de ascensos fulgurantes, remedos de la hibris de Ícaro, seguirá por tanto estas mismas pautas.

La crepuscularidad que expone La ley del hampa es la muerte del romanticismo, tanto de la profesión criminal -el aburrido sindicato del crimen- como, en un arrebato moralista no demasiado afortunado, de la vida personal -el solitario que, después de perder por completo de vista los objetivos que inicialmente motivaban su carrera, regresa al punto de partida humillado y maltrecho-. Quizás a esta falta de reverencia responde también la frialdad del perfil de Legs Diamond, que quedaría convertido en un psicópata sin ambages de glamour, psicologistas o sociológicos; monomaníaco y narcisista. Su conquista del mito colisiona con la última exhortación del inspector al chaval en la calle.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

Ad Astra

24 Sep

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Año: 2019.

Director: James Gray.

Reparto: Brad Pitt, Tommy Lee Jones, Liv Tyler, Donald Sutherland, Ruth Negga, Donnie Keshawarz, Kimberly Elise, Loren Dean, Sean Blakemore, Bobby Nish.

Tráiler

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          En cuanto la ciencia ficción cinematográfica se hizo adulta -con 2001: Una odisea del espacio, según reza el tópico- los viajes hacia las profundidades del universo se transformaron, en realidad, en un recorrido que se repliega hacia uno mismo, hacia el hogar, hacia lo íntimo, hacia la terrible incógnita que supone existir; como trataba de explicar con elogiado rigor científico pero enrevesada coartada argumental y sobre todo frialdad emocional la reciente Interstellar, donde la epopeya del protagonista en pos de hallar el remedio para la agonía del ser humano terminaba, literalmente, en la casa familiar, en un regreso al origen, en el redescubrimiento de la propia vida. En la serie documental Nuestro planeta, los astronautas participantes coinciden en cavilar que, precisamente, abandonar ese útero cósmico que es la Tierra y observarlo desde millones de millas de distancia le otorga a uno una nueva perspectiva de todo.

          Ad Astra prosigue por este camino espiritual. En cierta manera, James Gray -director y coguionista- traza una variación de su anterior Z. La ciudad perdida, que ya era una búsqueda interior que se canalizaba hacia una búsqueda exterior, enmarcada en aquella ocasión en la inmensidad de la selva amazónica. De hecho, en la presente se encuentra más justificada la cita a El corazón de las tinieblas, que el cineasta esgrimía como fuente de la que bebía la precedente, en la cual el tormento del personaje parecía, en cambio, emparejarse más con la mancha interna, invisible pero indeleble de otra creación de Joseph Conrad, Lord Jim. Siguiendo esta línea, el empleo de la voz en off, reflexiva, torturada y existencialista, recuerda a la del capitán Willard de Apocalypse Now, la más célebre adaptación de la novela del marino y escritor, si bien entremezclada con resonancias del estilo de Terrence Malick en cuanto a este recurso -siendo este último más poético-.

Así pues, en Ad Astra, el cosmonauta Roy McBride (Brad Pitt) utiliza como propulsor su insondable vacío afectivo para lanzarse en una persecución suicida, obsesiva, del tótem del padre -probablemente la gran constante que atraviesa la filmografía de Gray-, oculto entre los anillos de Neptuno y posible foco de una amenaza catastrófica que apunta contra la Tierra. A bordo de la nave Cefeo -obviamente, una referencia otro progenitor a quien no le tiembla el pulso para sacrificarlo todo, como también lo sería Eve a ese complemento fundamental que acaba con la soledad del individuo en la vastedad del orbe-, a medida que McBride avanza por el espacio se adentra en su examen de conciencia y va hollando mundos cada vez más desolados y oscuros. Gray expone la tragedia desde la paradoja: el objetivo de la misión que encadena a padre e hijo, y por la que dejan atrás cualquier vínculo humano e incluso moral, es el contacto con la vida inteligente que pueda morar más allá de los confines del sistema solar.

          En este drama de hombres desgarrados en mil pedazos, pura carcasa desamparada, pura víscera en calmada desesperación, los planos donde vibra su delicada belleza son aquellos que contemplan el sencillo roce de unas manos, la vulnerabilidad, el auxilio y la protección que emana de un amor sincero, orgánico, esencial. Es decir, el núcleo de la honda y sentida reivindicación emocional que contiene el relato. El sentimiento como fuerza tangible, cierta -como exponía, con mucha mayor torpeza, Christopher Nolan en su filme-. Primordial.

Por esta misma razón chirría la verbalización de las conclusiones, el subrayado final del mensaje, que hasta se diría que simplifica la evolución íntima del protagonista o que remarca su previsibilidad.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

Quien a hierro mata

23 Sep

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Año: 2019.

Director: Paco Plaza.

Reparto: Luis Tosar, Xan Cejudo, Ismael Martínez, Enric Auquer, María Vázquez, Dani Currás, Rebeca Montero, María Luisa Mayol, Xoel Fernández, César Valdés.

Tráiler

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         Las adicciones son crónicas. Es posible regatearlas o contenerlas, pero no desaparecen. La exposición a una posible recaída es de por vida. El narcotráfico en la costa gallega y la tragedia que arrastra toda una generación perdida son el telón de fondo tras Quien a hierro mata, película en la que Paco Plaza aparca el terror y el fantástico para, a partir de un guion ajeno por primera vez -firmado por Juan Galiñanes y Jorge Guerricaechevarría-, armar un thriller impulsado por una tragedia en espiral, que se enrosca eternamente en sí misma.

         El regreso del pasado, la resurrección del trauma, es por tanto el leit motiv que encajona al protagonista, un hombre ejemplar -un enfermero cargado de buen hacer y por tanto de empatía, en vísperas de estrenar paternidad en un matrimonio feliz- sobre el que, de improviso, resurge la sombra de una pena a duras penas entreolvidada. El odio se acumula, en el odio se recae, el odio consume.

La descomposición psicológica del personaje, enfrentado directa y encarnizadamente a la personificación sus males -reducida para mayor contraste a apenas un despojo penoso-, se combina con la trama convergente del alijo, inscrita con mayor pureza en el thriller y destinada a sembrar intriga en el desenlace que le aguarda al enfermero -aunque también posee, en sí misma, una agradecida desesperación, más afortunada que detalles pasados de rosca como las gemelas chinas y esa escena del almacén-.

En paralelo, el empaque, la rotundidad y los matices de Luis Tosar se enfrenta en la misma medida a la aceleración y la sobreactuación de sus antagonistas, si bien no es impedimento para que los individuos que estos encarnan posean autenticidad. De hecho, ofrecen material jugoso para el lucimiento mediante el exceso, como ocurre con la comentada interpretación de Enric Auquer.

         Las dos vertientes colaboran para engrasar una narración que funciona mejor cuando se adentra en las oscuridades picológicas que cuando se encamina, en ocasiones con decisiones un tanto forzadas, hacia la resolución moral de esta tragedia personal y criminal.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

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