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Serenata nostálgica

16 Nov

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Año: 1941.

Director: George Stevens.

Reparto: Cary Grant, Irene Dunne, Edgar Buchanan, Beulah Bondi, Ann Doran, Eva Lee Kuney.

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         La estructura narrativa de Serenata nostálgica parte de una idea preciosa: la crónica de una relación de pareja elaborada a partir de la memoria musical de una de sus partes. Al fin y al cabo, ¿quién no asocia determinadas canciones, determinadas melodías, a las distintas épocas de su vida?

La música es una de las artes más evocadoras de la existencia, incluso influida desde el cine. Ya saben, aquello de imaginar la banda sonora de nuestra propia biografía. De este modo, el filme se abre con dos imágenes meridianas: una fotografía de los protagonistas íntimamente entrelazados y un álbum de vinilos propiedad de un matrimonio literalmente “feliz”. Sin embargo, mientras suena una tonada que promete a ambos estar hechos “el uno para el otro”, desde el fondo de la escena irrumpe la mujer que, con tono lánguido, decreta el cese de la canción. Se rompe el romanticismo, ya no tiene validez. El rostro desalentado de Irene Dunne y sus planes de partir del lugar; un cuarto vacío donde permanece abandonada una muñeca. 

Serenata nostálgica, pues, arranca in extremis. Desde la tragedia, se ha de recomponer la felicidad pretérita y perdida. Desde donde no queda nada, dibujar el todo. La música, decíamos, será esta herramienta de exploración en el recuerdo. Tentada, la mujer devuelve el vinilo al gramófono; uno tras otro, cada cual anticipado por un objeto que invoca un episodio de este relato privado -una postal japonesa, unos patucos-. Y ella escucha, y rememora.

         Es cierto que este esquema, aunque moderno en su concepción y sus posibilidades, aún resulta un tanto rígido y sobre todo repetitivo, pues obliga a George Stevens a desconectar cada capítulo del pasado para devolverlo al desdichado presente de Julie. Algo semejante sucede con el retrato psicológico de la pareja y sus circunstancias, que no deja de tener la ingenuidad de un drama sentimental de principios de los años cuarenta que, además, tiene entre sus propósitos buscar decididamente la lágrima del espectador. O más bien espectadora, de acuerdo con los estereotipados gustos de la época. Quizás este perfil de público pueda entreverse en la caligrafía femenina con la que se escriben los títulos de créditos.

En fin, sea como fuere, también hay atrevimiento en Serenata nostálgica. De hecho, hay un uso de la elipsis que recuerda al celebérrimo ‘toque Lubitsch’ por las resonancias sexuales que deja impregnadas en el aire. Stevens había demostrado en la introducción del filme, descrita anteriormente, su capacidad para narrar desde lo visual, desde la puesta en escena. Si citábamos al respecto la habitación infantil -o también podemos aludir como antecedente la entrada de Cary Grant con una pila de discos en la cabina de reproducción que atiende Dunne para simbolizar su enamoramiento-, ahora nos referimos a otro habitáculo: el compartimento de un tren, a donde van a parar los protagonistas apenas minutos después de contraer matrimonio en un Nueva York henchido de entusiasmo por el Año Nuevo, que parece haber jaleado con cohetes y algarabía el beso con el que sellaban su promesa de una vida compartida. Apurados por la marcha del tren que los va a separar tres meses justo cuando acaba de casarse impulsivamente, Grant y Dunne cuchichean detrás de una puerta entrecerrada. Este plano entorpecido ya siembra un interés morboso, voyeurístico, en el que se destila deseo y pasión contenida, acrecentada por el creciente rumor de la locomotora que se apresta a salir. La tensión, y con ella la expectación, se mantiene durante largos minutos. La puerta se cierra. Nadie se ha marchado del camarote. Fundido a negro y la siguiente escena nace en un cartel que anuncia que se han recorrido 115 millas desde entonces. Ahora sí, los recién casados se despiden envueltos en un silencio absoluto y pudoroso. Esta insinuación abiertamente sexual es una inteligente transgresión del Código Hays, que luego se acompaña de detalles más ingenuos y ahora todavía más incomprensibles como que, en la futura vivienda familiar del pueblo de Rosalia, los dos duerman en la misma cama de matrimonio y no en lechos separados.

         Como ejemplifica esta secuencia que sigue de inmediato al impetuoso casamiento, el drama de Serenata nostálgica gravita en torno a las fuerzas que unen a Julie y Roger el uno con el otro, y a aquellas que los distancian cruelmente. Son elementos estos como las divergencias de temperamento entre ambos -la naturaleza irreflexiva de él, que se manifiesta en una travesura con una galletita de la fortuna y se confirma en sus múltiples reticencias y en su manejo de los asuntos profesionales y financieros-, la separación física de los amantes -el traslado a Japón- o sus dificultades emocionales, que esencialmente se concentran en un punto fundamental del relato: la paternidad.

Este último aspecto es el que conduce definitivamente a la historia de Julie y Roger al melodrama melifluo y desgarrado, marcado por un infortunio que incluso posee determinados tintes fatalistas, no solo por las premoniciones del postre chino -“se cumplirán tus sueños: un bebé”-, sino igualmente por la información que conocemos de antemano debido a ese comienzo in extremis y en ocasiones, recordemos, por las letras de las canciones que presiden cada segmento. De esta manera, la trama logra sobrevivir a su sentimentalista concepción, casi tendente al tremendismo, y siembra de una malvada intriga los obstáculos, aprietos y amenazas que experimentan Julie y Roger junto a la pequeña Trina, su hija adoptiva, que por otro lado sirve asimismo unas escenas cómicas a costa de estos padres primerizos que no son inoportunas, pero que tampoco terminan de encajar con naturalidad.

El suspense se resolverá de una forma sorprendentemente anticlimática; tanto que ni siquiera se recibe como un duro golpe -ya estábamos advertidos, insisto-, sino con una desaconsejable frialdad. Lo mismo ocurrirá por último con el impostado milagro navideño.

         Casualidades o no de la producción, Dunne poseía experiencia propia en el campo de la adopción, lo que según sus palabras convertía a Serenata nostálgica en una de sus obras favoritas. En cambio, Grant no sería padre hasta los 62 años, lo que puede explicar su torpeza para manejar a la pequeña que encarna a su hija, cosa que, no obstante, forma parte del personaje. La descarga humorística por la inversión de los papeles domésticos tradicionales entre hombre y mujer recae en un amigo de la familia, Applejack, una creación entreñable, reparador de máquinas y de compromisos íntimos, que Edgar Buchanan interpreta con un soberbio aplomo en su timidez. Beulah Bondi completa esta breve nómina de dignos y carismáticos secundarios dentro de un reparto donde destaca, por supuesto, la química entre Dunne y Grant, que ya venían de interpretar a un matrimonio en La pícara puritana y Mi mujer favorita, si bien esta vez encarnan un enlace común y corriente y no una pareja fantasiosa de la screwball commedy.

Podría computárseles un cuarto matrimonio, aunque en diferido, pues ambos protagonizarán la misma historia… pero por separado y en distintas películas: Tú y yo, en versiones de 1939 en el caso de Dunne y de 1957 en el de Grant. Su eficiencia en este cometido de encabezar una familia cualquiera, que incluye escenas de destinadas a su lucimiento como la de la apelación judicial, le valdrá a Grant la primera de sus dos únicas nominaciones al Óscar. Perderá ante el sargento York de Gary Cooper, más ajustado a la sensibilidad bélica del momento.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7. 

Nota del blog: 6,5.

Un asunto de familia

12 Nov

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Año: 2018.

Director: Hirokazu Koreeda.

Reparto: Jyo Kairi, Sakura Andô, Lily Franky, Kirin Kiki, Mayu Matsuoka, Miyu Sasaki.

Tráiler

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         Hirokazu Koreeda comienza a transitar entre la autoría especializada, que se manifiesta en variaciones que ofrecen distintos matices sobre un mismo tema que le obsesiona -en este caso la manera en la que se fundan y perpetúan los lazos familiares-, y el apoltronamiento en una zona de confort -la redundancia en una materia que le es grata y rentable como cineasta-.

Como su propio título avanza, Un asunto de familia reincide en esta exploración de las filiaciones y fidelidades que componen la argamasa de este núcleo de cálido y afectuoso que, al menos en teoría, es el hogar; un marco reflexivo en la que el realizador se mueve también por un confeso interés personal. Y, en su filmografía, apenas hay espacio para la familia convencional. En este caso, es un auténtico puzle cuyas heterogéneas piezas se han encajado entre ellas de forma prácticamente voluntaria, si bien a partir de un denominador común marcado por una condición marginal que les viene impuesta por las circunstancias, pero sobre todo por la naturaleza de la sociedad.

         Koreeda ya había indagado en cintas como Nadie sabe en la desestructuración del Japón contemporáneo, que acostumbra a encontrar sus principales víctimas en los colectivos más débiles: los niños. Este espíritu de denuncia se recupera aquí con la ‘adopción’ de la hija de un matrimonio que convive en el maltrato y el desamor, aunque se extiende a todo el grupo de trileros que comparten techo bajo los auspicios de una anciana viuda poco menos que repudiada por los suyos, amenazada además por la presión urbanística del barrio, que da un impulso literal a esta idea de desplazamiento forzoso. Desde este enfoque, pues, el discurso dramático invita también a cuestionar los modelos y los prejuicios socioeconómicos.

         El tokiota es un autor que siente aprecio hacia sus criaturas, y no duda en mostrarlo para tratar de que el espectador se contagie de él. Su mirada es cariñosa, comprensiva y cercana a los personajes, dotada de una ternura tiznada ocasionalmente de simpático humor blanco que contrasta, un poco a lo Chaplin, con las posibilidades trágicas del argumento en el que viven.

Es cierto que, desde la dirección y el guion, por lo general suele contener con relativa solvencia el potencial tremendista de estas premisas melodramáticas, pero también es verdad que, en el último tramo de su obra, la finura en el retrato sociológico cae en detrimento de la apuesta emocional. En sus textos recientes puede apreciarse una tendencia a la simplificación y al efectismo que, a veces, deriva en chantajes y trampas, como ocurría de forma flagrante en De tal padre, tal hijo con el desequilibrio entre las dos familias antagonistas en su aproximación al dilema moral que compartían por igual. En Un asunto de familia, esto ocurre en que, a pesar de que Koreeda deja asomar una sombra verdaderamente truculenta en el pasado de los protagonistas, en el relato solo los enfrenta a las consecuencias que podrían considerarse moralmente positivas de sus actos, con una entonación justificatoria de discutible aceptabilidad.

         Palma de oro en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 6,5.

Viaje al cuarto de una madre

5 Nov

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Año: 2018.

Directora: Celia Rico Clavellino.

Reparto: Anna Castillo, Lola Dueñas, Pedro Casablanc.

Tráiler

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         Viaje al cuarto de una madre parece configurarse como una de esas películas que se comportan como un pedazo palpitante de vida. Una captura indiscreta que observa la maravilla de la cotidianeidad para, desde la sensibilidad, extraer de ella su lirismo oculto, su emoción esencial, su trascendencia existencial.

Viaje al cuarto de la madre es una obra de íntimo realismo, cuya gramática no es tan cruda, por ejemplo, como la del naturalismo de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, sino que en cierta manera muestra intención de tender más hacia la calidez poética, de sentimiento contenido, de Yasujirô Ozu, el gran maestro de los vínculos familiares: de sus raíces y su forjado, de su pérdida y su transformación. Con todo, Ozu significa establecer un referente demasiado elevado: su profundidad formal, emocional y trascendental queda lejos de lo que aquí se alcanza -que no es en absoluto desdeñable-.

         Compuestos ambos por Celia Rico Clavellino -debutante en la dirección de largometrajes-, tanto el drama como la expresión visual de Viaje al cuarto de una madre apuestan por una sencillez verista, a partir de la cual se construye un retrato fidedigno de las dos protagonistas y de su relación, perfectamente respaldadas por los trabajos de Lola Dueñas y Anna Castillo, quienes desarrollan una imprescindible química. De ahí surge el principal baluarte de la función: la intimidad que transmite la cinta, los encuentros y desencuentros privados de un relato que se hace fuerte entre las paredes de la casa familiar -de maravillosa ambientación en objetos y costumbres-, entre los pequeños gestos, que se convierten en expresivas declaraciones, recogidos por la cámara con el mismo cariño que contienen ellos mismos.

         El núcleo hogareño, de confortables trazos frente a los inhóspitos o desconocidos exteriores, es de donde parten todos los caminos dramáticos del filme, dada la estrecha convivencia física y afectiva de las dos mujeres, paralela además a la ausencia profunda y lacerante que se percibe en este espacio: la del esposo, la del padre.

Viaje al cuarto de una madre no es tanto un filme sobre el encuentro de una madre y una hija, sino sobre su separación inevitable, marcada por los ritmos de la existencia, abismalmente traumática como el gran cambio, la gran tragedia emocional, que representa para las dos partes implicadas. El salto que hay que dar, aunque afuera haga frío. Por ello, la realizadora sevillana se adentra en ella desde ambos puntos de vista, que se relevan a partir de un giro de guion asentado sobre ese conflicto contemporáneo que atañe a una generación perdida por las circunstancias socioeconómicas.

De nuevo, se trata de asuntos que se abordan desde la estricta y verosímil sobriedad, desde la que extrae una compleja pátina de sensaciones: amargura, sí, aunque también insondable amor. Pero, respecto de la evolución del duelo por la viudedad, la sencillez de Rico Clavellino quizás se torne un tanto más simple en su concepción.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

Matar a un hombre

2 Nov

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Año: 1956.

Director: Andrew V. McLaglen.

Reparto: James Arness, Angie Dickinson, Emile Meyer, Robert J. Wilke, Harry Carey Jr., Michael Emmet, Don Megowan.

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          “Los 400.000 dólares están esperando, solo hay que entrar y cogerlos”, asegura el jefe. “¿Y si no va bien?”, plantea el secuaz. El protagonista duda. La chica duda. Un tintero se derrama sobre el plano que describe el banco a asaltar y la ruta de huida. Matar a un hombre es uno de esos westerns de serie B que no tienen un segundo que perder. Sobre la base de los códigos y arquetipos del género, sienta de un plumazo el conflicto, la trama y los antagonismos. La introducción se resuelve en cinco minutos, con absoluta economía pero sin perjuicio expresivo, dado los elementos comunes que el espectador conoce.

          Matar a un hombre es un western en el que el protagonista ha de recobrar su honor mancillado a través de la venganza, si bien esta no es una cuestión limpia porque implica entre medias a una mujer ambigua -una composición forzada que termina por desdibujar al personaje, algo parecido a lo que en general le sucede al desenlace del drama- y porque se interpone narrativamente, en una de las principales señas de distinción del filme, el punto de vista de dos secundarios: un experimentado sheriff y su ingenuo ayudante. Todos los participantes, cabe decir, replican con idéntico laconismo y causticidad.

Así, en concordancia con el historial equívoco del antihéroe, las dobleces del relato, guionizado por el especialista en el género Burt Kennedy, también se prolongan a través de la figura de un pistolero de peculiares rasgos zen, que gusta de habitar en parajes de paz, en melancólica quietud, hasta que es reclamado para sembrar la muerte, pues la lleva en la sangre. Por momentos, incentivado por la presencia común de Angie Dickinson, uno recuerda el esquema de traición y vendetta de la posterior A quemarropa.

          Beneficiado por la formación práctica que pudo absorber gracias a ser hijo del legendario secundario fordiano Victor McLaglen -asisitó al propio John Ford en El hombre tranquilo y a William Wellman en El infierno blanco, Escrito en el cielo, El rastro de la pantera y Callejón sangriento-, Andrew V. McLaglen debuta en la dirección resolviendo con corrección y clasicismo -aunque sin alardes y sin saber sacar partido o disimular del todo la pobreza de medios- las urgencias de una producción de apenas nueve días de rodaje.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6,5.

Quién te cantará

29 Oct

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Año: 2018.

Director: Carlos Vermut.

Reparto: Najwa Nimri, Eva Llorach, Carme Elías, Natalia de Molina.

Tráiler

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         Dos mujeres atrapadas. El éxito y el fracaso como fronteras antojadizas y, sobre todo, dudosas. Lila y Violeta, dos nombres que designan prácticamente el mismo color. Resuenan ecos de Persona y Mulholland Drive en la relación privada de las protagonistas de Quién te cantará: una diva que ha perdido la memoria y una madre cuya vida hace aguas. Su melodrama tiene asimismo un deje almodovariano en su posmodernidad pop y su fascinación por la tragedia de alma femenina. Pero el conjunto es un pedazo más del universo de Carlos Vermut, que sigue madurando como un joven autor con voz propia y reconocible, definida a través de elaboradas apuestas cinematográficas.

         En Quién te cantará las personalidades de las dos mujeres, que de por sí tienen mucho de constructo ficticio, se emparentan y se difuminan a través de constantes simetrías de texto y de puesta en escena. Desde esta dualidad permanente se trasluce un minucioso trabajo en la articulación de la estructura argumental y en la correspondiente composición de las imágenes, con lo que puede pesar la sensación de ser una película cerebral, algo efectista en su insólita asociación de dos existencias angustiadas, y que incluso su dimensión simbólica y el discurso aparejado es en ocasiones un tanto evidente o no especialmente complejo, con la turbulenta relación maternofilial como ejemplo más notorio.

Son rasgos que ya estaban presentes en Magical Girl, pero Quién te cantará muestra a mi juicio progresos para atenuar la frialdad que puede derivarse de este detallismo de la autoría. Podría decirse que Vermut se adentra en un mayor clasicismo. No guarda tanto las distancias hacia sus personajes. Encuadra, desencuadra y deja fuera de campo; aproxima la cámara y siente su tacto, recorre su piel y descubre, íntimo, lo que miran, cómo miran y qué perciben.

         El cineasta madrileño expresa con gran fuerza visual y narrativa las aflicciones de sus criaturas: el peso de la fama que emana de un retrato que parece sacado de la señora de Rebeca frente a la pureza transitoria de la retratada; lo caprichoso y lo banal del triunfo; la ausencia de romanticismo que también posee la vida del fracasado; la profunda cicatriz que deja la frustración de la vocación y las ilusiones;  la marca análoga que procede de vivir sin estar de acuerdo con uno mismo; la proyección de la imagen personal en modelos ajenos; la construcción de personajes para adecuarse a las relaciones con los otros y los deseos impuestos por estos… Es decir, los fundamentos de la identidad, de quién somos de verdad cada uno cada uno, y de si esta cuestión capital está en nuestras manos o no.

         En un movimiento que es igualmente útil para disimular los equilibrios del libreto, Vermut dota a la atmósfera de una textura por momentos onírica, que a pesar de esa atención a lo sensitivo no es exactamente real, sino casi propio de un encantamiento que puede romperse con solo pronunciar el hechizo. De ahí mana el hipnotismo y el misterio de esas personalidades que, de tan interrelacionadas, parece que van a colisionar la una contra la otra. Y de este territorio también se extraen las lecturas más oscuras acerca de la naturaleza de ambas, como madres y como hijas, como fuerzas creadoras incluso -de vida, de arte-. Para ello, la elección del reparto es acertada, con ese aire etéreo de Najwa Nimri en contraste con la potencia de la mirada de Eva Llorach -un descubrimiento-, o la elegancia de la veterana Carme Elías en contradicción con la violencia posadolescente de Natalia de Molina.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Burning

22 Oct

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Año: 2018.

Director: Lee Chang-dong.

Reparto: Yoo Ah In, Jun Jong-seo, Yeun Steven, Seung-ho Choi, Seung Geun Moon.

Tráiler

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         Es curioso. El debut de Lee Chang-dong en el largometraje, Green Fish, arrancaba como una especie de trama de cine negro, con triángulo amoroso incluido, para terminar componiendo un drama familiar. Por su parte, Burning, el último filme de Lee hasta la fecha, comienza como si se tratase de un drama romántico, en su modalidad de frustrante triángulo amoroso, para desembocar solapadamente en una intriga criminal. Además, como en Poesía -la película con la que el cineasta coreano iniciaba ocho años de silencio cinematográfico que concluyen con la presente-, esta variación aparece de entre la nada, como si estuviera latente, inadvertida a causa de las características de la sociedad contemporánea. De aspecto más naturalista en aquella, de aire un tanto más literario en esta, pero en ambos casos sin ceñirse de forma estricta a una atmósfera de género -lo que por otro lado podría otorgarle una sensación de narración dispersa o alargada en su conjunto-. Y todo ello teniendo en cuenta que estamos ante una cinta basada en un relato corto de Haruki Murakami y en el que se citan, con intención, a William Faulkner y El gran Gatsby.

         Hay un halo ambiguo, equívoco o hasta fantasmagórico en todo lo que acontece en Burning. El protagonista, que es un aspirante a escritor al que prácticamente solo se le ve redactar una petición a un juzgado y que muestra serias dificultades para expresar sus sentimientos profundos, actúa como un pagafantas enamoradizo y timorato cuando hay afirmaciones que lo sitúan como un presunto abusón de instituto. O al menos eso le recrimina su objetivo romántico, una joven surgida inesperadamente de su pasado, embellecida por el bisturí, de comportamientos caprichosos o erráticos y, de acuerdo con los suyos, propensa al embuste. Entre ambos irrumpirá el definitivo agente del suspense: un guapo y rico de revista -su perfilado de base bordea la caricatura- al que se presenta ya desde la duda, primero en cuanto a su relación con la chica -la fluctuante conversación telefónica en la furgoneta- y luego, a ojos del protagonista despechado, como sospechoso de asesinato en serie, nada menos.

Según admite el atribulado muchacho, el mundo es un lugar absolutamente misterioso. Un mundo donde, para demostrar que algo no encaja a nivel global, gobiernan tipos como Donald Trump.

       En consecuencia, el punto de vista del protagonista tampoco es limpio. Está enturbiado por el pasajero destello de vida que lo ha deslumbrado en la habitación de su amada, del complejo que surge del enfrentamiento de clases, de su anhelo de dar rienda suelta a su capacidad de fabular, de su ofuscación amorosa, de ese poder del deseo que puede incluso transformar una fantasía pasional en realidad psicológica privada… Pero también de indicios supuestamente objetivos que, diseminados calculadamente por la trama, siembran una desazón casi obsesiva en el investigador y la incertidumbre en el espectador.

De ahí que, quizás al estilo de La aventura, el retrato existencial y mental del personaje se combine sutilmente con un enigma de extraña tensión sostenida. Porque, al fin y al cabo, su impotencia para esclarecer qué es lo que no encaja en todo esto, es la nuestra propia.

       Premio Fipresci en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

Cold War

14 Oct

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Año: 2018.

Director: Pawel Pawlikowski.

Reparto: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Borys Szyc, Agata Kulesza, Cédric Kahn, Jeanne Balibar.

Tráiler

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          Antes de que entren al vetusto palacete donde tendrá lugar la audición, el comisario político encargado de organizar la selección de un cuerpo de cantantes y bailarines de música tradicional polaca proclama que el folk del país es la expresión, fundamentalmente, del sufrimiento y la humillación del pueblo polaco, que incluso entona entre lágrimas sus canciones alegres.

El folk puede entenderse como la manifestación inmaterial de un sentimiento o de una psicología colectiva, modelado y decantado a través de siglos de historia común. En el romance de Wiktor y Zula conviven, primero, esa sensación de derrota irreparable y, segundo, una noción de identidad nacional asociada. La resistente cultura que trata de resurgir con orgullo de entre las ruinas y las cenizas de la atrocidad; las alusiones a “nuestra” lengua y a los modelos raciales ideales; la nueva sumisión a un poder colonizador reflejada la mirada avergonzada de la responsable artística; la despersonalización en el exilio, el retorno en busca de una patria inexistente o simplemente imposible…

          Pawel Pawlikowski recupera la memoria de su familia e, inspirado en la relación de sus padres, entre otras fuentes, ofrece un retrato emocional del pasado reciente de su país. Pero a pesar de los violentos vaivenes de la relación, entreverados con el contexto político que los rodea y empuja, Cold War es un filme muy contenido, que no se deja llevar por la turbulencia del fondo -tanto o más si se tiene en cuenta este profundo componente personal del relato-, hasta el punto de que en ocasiones, por más que se siempre se agradezca la renuncia a efectismos sentimentaloides, parece quedarse un poco corto de intensidad, de que el ardor interior y exterior en el que bullen los personajes no termina de estallar y agitarle a uno.

          El cineasta compone con solvencia la personalidad de Wiktor y Zula, bien interpretados por Tomasz Kot y sobre todo por una carnal y poderosa Joanna Kulig. Y envuelve su intermitente idilio en una estilizada factura visual, donde la lírica belleza de las imágenes también coexiste con ese blanco y negro apagado de los fotogramas, de estricto formato estrecho, muchas veces descentrados, lavados por la gélida nieve, sumidos en la oscuridad de la noche, imbuidos de una atmósfera de soledad, de tristeza, siempre presente, incluso en sus instantes de luz. Como en las lágrimas que velan las melodías de amor de los campesinos polacos.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7,5.

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