Tag Archives: Guerra de Vietnam

El cazador

27 Feb

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Año: 1978.

Director: Michael Cimino.

Reparto: Robert De Niro, Christopher Walken, Meryl Streep, John Savage, John Cazale, George Dzundza, Chuck Aspegren, Rutanya Alda, Pierre Segui, Ding Santos.

Tráiler

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            El cazador se cierra con un grupo de amigos entonando en un bar, entre lágrimas, el God Bless America, “Dios bendiga a América”. Los fotogramas se habían abierto en una factoría acerera situada en un enclave rural de Pennsylvania, en un pueblo prácticamente anónimo del corazón mismo de los Estados Unidos, poblado por esos ciudadanos de a pie que conforman la argamasa del país. Sus protagonistas, paradójicamente, se apellidan Vronsky, Chevotarevich o Pushkov, pero cuando al segundo le preguntan si se trata de un apellido ruso, él lo niega. Es un apellido americano. Tan americano como el honrado trabajo que entregan cada día, como su sacrificio en defensa de un estilo de vida que no admite injerencias comunistas desde ningún rincón del mundo, como la pervivencia de la huella de la cultura india o como la canción pop que canta Frankie Valli, otro tipo de apellido en absoluto anglosajón.

Por eso, las tradiciones de la comunidad, la anécdota compartida en confianza en lugares totalmente corrientes y los códigos consuetudinarios que rigen sus relaciones poseen en El cazador una mayor relevancia y atención en el relato que los hechos bélicos, en este caso de la Guerra de Vietnam. Porque esa vivencia cotidiana y común, ese pequeño universo afectivo donde el deber patriótico es solo un elemento más, es lo que otorga a los Estados Unidos, territorio conformado por la amalgama de múltiples de ascendencias, carta de nación.

            En este sentido, El cazador no es una obra esencialmente crítica con el conflicto en el sureste asiático -un peliagudo asunto al que Hollywood comenzaba por entonces a asomarse de nuevo después de haber sido ampliamente derrotado por el crudo realismo de los informativos de televisión-, sino que la guerra ejerce como contrapunto terrible y como violento punto de giro de los vínculos de los protagonistas, que de la mano del diablo -quien por supuesto tiene acento extranjero- llegan a dejar atrás, hasta literalmente, a amigos, familia y en definitiva cordura.

Esa es su concepción del trauma nacional. Las atrocidades, que en realidad solo tienen el rostro del enemigo declarado, están expuestas no tanto desde una perspectiva pacifista, sino para mostrar ese sacrificio al que se somete la juventud estadounidense, que deja unas heridas tan profundas que alcanzan incluso el hogar mismo y que, por tanto, son extremadamente difíciles de sanar.

Es decir, que el horror de El cazador no es el horror moral de Apocalypse Now, que un año después hará estallar verdadera y definitivamente Vietnam en las pantallas de cine. Aunque, en cualquier caso, su aparición es angustiosa y enfermiza, huérfana de la humanidad más elemental, con escenarios asfixiantes y de extrema tensión -cuya lograda transmisión es fruto en parte del arduo esfuerzo físico y psicológico de los actores, que redondean escenas fijadas en la memoria colectiva del séptimo arte-, o nocturnos, viciados y sudorosos aún en la línea de trinchera. Su contraste es absoluto con las precedentes escenas de caza en unas montañas imponentes y hermosas, que regalan imágenes trascendentes con el acompañamiento de música sacra, donde los protagonistas conmemoran un acto reverencial, místico, que crea entre ellos una unión espiritual, elevados incluso sobre sus compañeros, que en su vulgaridad convierten la ceremonia en parodia.

            Michel tiene la teoría de que al venado hay que matarlo de un único disparo. A Nick, el vietcong lo alcanzó en una pierna, pero no logró abatirlo. En El cazador, este retrato de la comunidad está atravesado por la desoladora impronta de una agonía trágica, que es la que impide que la herida que aflige a América logre sanar. Como se percibe en las notas elegíacas de la narración, es evidente que se ha perdido la inocencia -el conciliador Nick, amigo de sus amigos, comprensivo con los desaprensivos, pareja sonriente de la chica ideal-, aunque el dolor de la muerte aplazada niega la posibilidad de levantarse y emprender otra vez el camino, aun con las piernas mutiladas, aun este bagaje existencial que padece en común, cada uno a su manera, este pequeño mas simbólico grupo.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

La chaqueta metálica

27 Oct

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Año: 1987.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Matthew Modine, R. Lee Ermey, Vincent D’Onofrio, Arliss Howard, Kevin Major Howard, Adam Baldwin, Dorian Harewood, John Terry.

Tráiler

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          Apocalypse Now no era una película sobre la Guerra de Vietnam, sino que era la Guerra de Vietnam, insistía Francis Ford Coppola. Su textura alucinada abstraía el horror y transportaba a los personajes a un mundo casi alternativo, propio de una pesadilla nacida de la droga psicotrópica, de la malaria o de ambas. Su horror, pese a ser absolutamente inmersivo, posee esa distancia de separación, que es la que media entre la aberrante realidad y el sueño febril -y sin embargo siempre tan palpable y pegajoso, tan reconocible como producto del hombre-.

En La chaqueta metálica, Stanley Kubrick, autor de una enseña antibelicista como Senderos de gloria, se adentra en ese mismo horror de Vietnam. Pero, a pesar de un par de escenas nocturnas y gélidas en los barracones, acompañadas música de tétrico minimalismo, apenas registro sonoro -los puntos clave de la desolación moral de la obra-, el cineasta neoyorkino no concede al delirio de la masacre una entidad onírica, que se encuentre más allá de lo humano o de lo terrenal, que en cierta manera podría hasta verse como exculpatoria.

A partir de la novela de Gustav Hasford, veterano del conflicto, el cineasta dibuja una caricatura grotesca, semejante a la que se le podría ocurrir al recluta Bufón -periodista militar al igual que el autor del relato- con su pátina de humor negro y cínico con la que pasa por encima de los terribles hechos que presencia. Aunque esa caricatura tiene una firme base humana, que apunta a individuos infantilizados por un desvarío de épica y testosterona promocionado por intereses ajenos, incomprensibles e inescrutables; despersonalizados hasta encontrarse abandonados en medio de un juego o de una juerga que consiste en matar y follar.

          La estrategia puede considerarse oportuna, o cuanto menos a contracorriente, en vista de la reivindicación del excombatiente de Vietnam que se promulgaba desde la conservadora y belicista Administración de Ronald Reagan, impresa en fotogramas a través de multitud de filmes ambientados en el conflicto y donde destaca, en especial, la saga protagonizada por John Rambo y el uso que se realiza de su figura, transferida incluso al contexto coetáneo del Afganistán invadido por la Unión Soviética. Aunque, por otro lado, el muchacho estadounidense común mutado en ministro de la guerra también asomaba por el cine en otra cintas como Platoon, firmado por otro veterano, Oliver Stone.

En La chaqueta metálica, Kubrick corre el riesgo -y a mi juicio fracasa en buena medida- de que ese retrato satírico dote de una personalidad excesivamente deslumbrante a quien debería ser el mayor objeto de su crítica: un sistema castrense que basa su fuerza en la deshumanización del individuo, reducido a un impulso homicida que no cavila y que, por tanto no siente la duda ni el miedo. Porque lo que aniquila no es un fusil, sino un marine bien entrenado, con el corazón de piedra. Y ese sistema brutal está personificado precisamente por el autor de dicha sentencia, el sargento mayor Hartman (R.Lee Ermey, haciendo algo parecido a su anterior ocupación como instructor militar). Y resulta imposible no admirar su capacidad para encadenar insultos ingeniosos, por más que el director lo envuelva en un contexto absurdo y, en su presentación, lo siga a través de un escenario desangelado, frío, sin siquiera banda sonora.

La prueba es que, al igual que sucede con el Gordon Gekko de Wall Street, el sargento mayor Hartman es quien realmente ha dejado su impronta en la memoria colectiva del séptimo arte y se ha transformado en un icono no necesariamente negativo, sino más bien ‘cool’.

          Después del fundido a negro que divide el relato entre el proceso instrucción y la puesta en práctica sobre el campo de batalla, quizás tampoco termina de ser completamente efectivo el lavado de cerebro del recluta Bufón -su definitiva conversión en el John Wayne de Boinas verdes-, en exceso sostenido y escondido tras su guasa. Acaso Kubrick podría haber retratado la acción con un contrapunto de mayor crudeza, la cual no consigue obtener mediante los ralentís peckinpackianos y el lenguaje descarnado, pretendidamente ofensivo.

Sea como fuere, durante esta segunda mitad –un tanto más convencional y menos punzante en su expresión– los guerreros, perdidos en el absurdo marcial y moral, miran al espectador como si fuese un cuerpo moribundo, sometido a la cerrilidad de una institución, el Ejército, responsable de la eterna miseria del ser humano. Senderos de gloria ya lo había ubicado, en su desenlace, entre los rostros del público que asistía un infame y humillante cabaret. Aquí, en otro rotundo colofón, lo invita a marchar al son de la marcha de El club de Mickey Mouse, mientras avanza entre el olor a cadáveres y las llamas de una ciudad arrasada, y piensa en el polvo que echará al regresar a casa.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 7,5.

Kong: La Isla Calavera

12 Mar

Kong, la Isla Calavera

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Año: 2017.

Director: Jordan Vogt-Roberts.

Reparto: Tom Hiddelston, Brie Larson, Samuel L. Jackson, John Goodman, John C. Reilly, Corey Hawkins, John Ortiz, Tian Jing, Toby Kebbell, Shea Whigam, Jason Mitchell, Thomas Mann, Eugene Cordero, Marc Evan Jackson, Will Brittain.

Tráiler

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            Kong: La Isla Calavera, es, después del estreno de Godzilla en 2014, el segundo largometraje que integra la saga MonsterVerse, con la que la Warner Brothers recupera un buen puñado de monstruos de antaño para levantar una franquicia de ‘blockbusters’ con buenas perspectivas de rentabilidad -de hecho, el enfrentamiento entre ambas criaturas, que ya se había producido por primera vez en 1962, está emplazado de nuevo para 2020-.

            Como hiciera esta última en su resurrección del lagarto atómico -cuyo aspecto replicaba en buena medida el modelo clásico de la TohoKong: La Isla Calavera se inspira en la morfología de la marioneta animada por stop motion de la película primigenia de 1933 para dar forma digital al gorila, si bien los paralelismos con el original terminan aquí -y las diferencias empiezan, por cierto, en que se ha sextuplicado al menos las dimensiones del primate, más propias de los kaiju eiga japoneses y por tanto acorde a sus venideras peleas con el saurio gigante, al igual que su comportamiento-.

No aparecen, pues, ni la actriz Ann Darrow, ni el director de cine Carl Denham, ni el marinero Jack Driscoll. Kong: La Isla Calavera renuncia a la poética de la nostalgia. Prefiere la irreverencia de erigir y adorar a su propio dios, de tamaño y estrépito inigualable, coronado con épicas imágenes a contraluz, perfilado en poderosos fotogramas contra un atardecer sanguinolento o entre explosiones infernales -esa noción de monstruo-divinidad con la que, precisamente, Quentin Tarantino fantaseaba con aplicar un día a Godzilla-.

            El libreto -en el que Max Borenstein repite firma tras su parcheado guión de Godzilla, esta vez acompañado de Dan Gilroy y Derek Connolly, uno de los muchos responsables del argumento de Jurassic World– ancla la historia en las postrimerías de la Guerra de Vietnam, de donde se extrae a un pelotón soldados que custodian a la expedición científica a la Isla Calavera. Incluso uno de los pósteres promocionales del filme homenajea a Apocalypse Now. La razón es que, en lugar de una revisión de la naturaleza trágica del monstruo, el relato -que posee su propio coronel Kurtz, destruido y renacido en el Horror; así como un Marlow y un Conrad que parecen hacer referencia a la seminal El corazón de las tinieblas-, expone un mensaje metafórico acerca de la pueril, obsesiva y amenazadora capacidad de la política exterior estadounidense para inventar y combatir presuntos ogros, a menudo con resultados contraproducentes -despertar enemigos más reales y terribles-. También puede servir una lectura en clave ecologista a propósito de la voracidad destructiva del ser humano y su insaciable carácter depredador, claro.

Esta intención -salpimentada además con ideas desbordantes de mala baba como la inutilidad y el absurdo de cualquier sacrificio marcial- le confiere a Kong: La Isla Calavera mayor personalidad de la que tenía la insípida Godzilla. Un plantel de actores con carisma -para interpretar personajes en su mayor parte carentes de él o cuanto menos compuestos con un par de trazos- completa el saldo de virtudes de una cinta que, por otro lado, no tiene demasiada fortuna en el manejo del humor verbal -en cambio algunas jocosas elipsis visuales sí merecen atención-, mientras que determinadas escenas tampoco destacan por su verosimilitud interna.

            Kong: La Isla Calavera ofrece así un divertimento ligero y rápido -una decisión en ocasiones acertada ante el riesgo de haber caído en una excesiva petulancia difícil de equilibrar con la esencia de la narración-, que avanza a buen ritmo, dejando a su paso algunos detalles con jugo y que, principalmente, sabe cuando debe descartar la mitomanía.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

El cielo y la tierra

24 Nov

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Año: 1993.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Hiep Thi Le, Tommy Lee Jones, Haing S. Ngor, Joan Chen, Thuan Le, Dustin Nguyen.

Tráiler

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           El cielo y la tierra es una película que parece encontrarse en medio de dos corrientes del cine hollywoodiense: la reivindicación de los combatientes de la Guerra de Vietnam desplegada desde el belicista mandato de Ronald Reagan –a la que Oliver Stone contesta desde su antiimperialismo militante- y la admiración por el misticismo budista y oriental que se diría aflora cinematográficamente en la década de los noventa –Pequeño Buda, Kundun, Siete años en el Tíbet,…-. El controvertido cineasta neoyorkino, que completaba con ella su trilogía crítica sobre el conflicto en el sureste asiático –le anteceden Platoon y Nacido el cuatro de julio-, desarrolla así una narración sobre la que convergen ambos vectores gracias al punto de vista del relato, que pertenecerá a Le Ly Hayslip, vietnamita afincada en los Estados Unidos y autora de dos libros de memoria sobre sus experiencias y sentimientos a uno y otro lado del océano Pacífico, del Este y Oeste.

           El filme indaga en la dificultad para cicatrizar las heridas abiertas por la guerra –el matrimonio intercultural, expresión última de esta voluntad de conciliación entre civilizaciones- y apuesta por la vía espiritual como manera de abordar este camino circular de sanación y regeneración de la protagonista.

Pero lo hace con una cursilería atroz, que parte desde un primer momento desde las tópicas estampas bucólicas con las que se pretende reflejar la milenaria idiosincrasia superviviente del oprimido Vietnam rural –presuntamente auténtico por su costumbrismo y esoterismo de manual occidental de autoculpabilidad- y prosigue luego a lo largo de un melodrama que adopta las formas de un cuento de princesas destrozado por los embates de una realidad inmisericorde hacia los inocentes, desprovista de finales felices. Y donde, además, la pastelosa banda sonora no deja nunca de sonar y subrayar un pretendido lirismo y trascendencia que nunca es tal.

           Incluso su visión antimaniquea del enfrentamiento –dos monstruos que con crueldad se esfuerzan en poblar cementerios donde ya no habrá enemigos- se antoja incluso ingenua, o simplemente burda, a causa del tono del relato, que hace hincapié en la humillación de un pueblo y la noción kármica de la vida individual y la Historia universal. Su vergüenza es nuestra vergüenza.

En consecuencia, el sentimentalismo ahoga las emociones y siembra el desapego hacia las desgarradoras vivencias sufridas por la mujer, que son las de dos países al mismo tiempo, enfrentados y encontrados, íntimos y extraños, heridos y culpables.

         Con todo, El cielo y la tierra aporta encolerizados apuntes, de abundante moralismo por otro lado, que denuncian el papel de los Estados Unidos en la lucha y, sobre todo, siguiendo la línea emprendida por Nacido el cuatro de julio –donde el antagonista que llevaba al desastre al soldado Kovic era precisamente era la América de postal rockwelliana- cuestionan a la sociedad norteamericana en general, presentada a ojos de Le Ly, mediante un potente juego de contraste conceptuales y gramáticos, como una nación de gordos infantiloides dueños de neveras obscenamente inmensas.

          Fuera de categoría queda el ridículo recurso, inexplicable ya en el momento del estreno, de hacer que los nativos se comuniquen entre ellos en inglés con acento local.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 3.

Nacido el cuatro de julio

27 Oct

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Año: 1989.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Tom CruiseKyra Sedgwick, Caroline Kava, Raymond J. Barry, Frank Whaley, Jerry Levine, Willem Dafoe, Tom Berenguer.

Tráiler

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           Después de consagrarse como una de las principales voces críticas del Hollywood del final del milenio con Platoon, Oliver Stone, un cineasta firmemente posicionado contra la tendencia imperialista de los Estados Unidos contemporáneos, continuaba con su revisión crítica de la Guerra de Vietnam con Nacido el cuatro de julio, segunda entrega de una serie que se convertiría más tarde en trilogía merced a El cielo y la tierra.

           Si en la primera había echado mano de sus propias memorias bélicas de veterano, en esta ocasión Stone recurre a otro punto de vista que, curiosamente, acerca aún más su objetivo a la primera persona. Así, el director y guionista neoyorkino traslada a la pantalla las experiencias traumáticas del excombatiente Ron Kovic –cuyo relato ya habían tanteado William Friedkin y Al Pacino una década atrás- para ofrecer un nuevo matiz sobre este horror absurdo que representó la guerra en el sureste asiático.

Un escalpelo afilado por la muerte y la sinrazón por medio del cual diseccionar la esencia de una nación guerrera que se encuentra casi en permanente estado de lucha, en constante enfrentamiento contra unos enemigos frente a los que encuentra justificaciones insoslayables –la Segunda Guerra Mundial– o bastante más dudosas –Vietnam dentro de la Teoría del dominó que caracterizará varios de los puntos calientes de la Guerra Fría; la inminente Guerra del Golfo, apenas un año posterior al estreno de la película-.

           Nacido el cuatro de julio recompone el recorrido de Kovic entre los distintos círculos del infierno que, paradójicamente, parten de un engañoso paraíso: el de la América idílica e idealista, familiar y amable, orgullosa del soldado, admirada por una supuesta gloria marcial que ya se advierte turbia desde el primer desfile, y que cría a generaciones enteras para sacrificarlas en los lodos de su insaciable maquinaria bélica, al servicio de un poder corrompido y deshumanizado –el cual, en un avance de la filmografía de Stone, alcanzará su punto álgido personificado en la figura del presidente Richard Nixon-.

De este modo, el filme contrapone la postal del sueño prometido contra la miseria escatológica de la pesadilla; el elogio del soldado noble y valiente del Boinas verdes de John Wayne contra la muerte y el caos indiscriminados de la refriega verdadera; la noción romántica del heroísmo individual contra el patetismo de la realidad movida por intereses terrenales; la alta política con la vida del ciudadano común al que se exige derrochar una épica carente de sentido, supuestamente predestinado por los designios falaces que esgrime la filosofía del país.

           La historia de Kovic -interpretado por un poco convincente Tom Cruise, luego nominado al Óscar y cuya elección para el papel se entiende no obstante como una parte más de la postal bucólica del planteamiento inicial; esto es, como revisión del Maverick de Top Gun (Ídolos del aire)-, es la de un hombre cualquiera zarandeado por esta terrible dicotomía y por los acontecimientos que lo atropellan.

Y funciona por tanto como una exposición de los males de la cuestionable política exterior estadounidense y, en cierta manera, como un camino de redención personal -y deseablemente nacional- en el que la progresiva adquisición de conciencia y compromiso por parte del protagonista viene a simbolizar una odisea de vuelta a casa.

         Rodada con un estilo más clásico de lo habitual en Stone –Óscar al mejor director-, a veces su ambición expansiva se torna en redundancia, pero también consigue propinar golpes duros y certeros en su discurso antibelicista y en su cuestionamiento de la naturaleza de los Estados Unidos.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

El ex-preso de Corea

17 May

“El estado natural del hombre no es la paz sino la guerra.”

Immanuel Kant

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El ex-preso de Corea

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El expreso de Corea.

Año: 1977.

Director: John Flynn.

Reparto: William Devine, Linda Haynes, Tommy Lee Jones, Luke Askew, Lawrason Driscoll.

Tráiler

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            La Guerra de Vietnam, como todas las guerras, no acabó con la firma de la paz entre los bandos contendientes. Si atendemos a los fotogramas de los años siguientes a 1973, de Vietnam retornan el Travis Bickle de Taxi Driver, el Lander de Domingo negro, el Luke Martin de El regreso y los sencillos muchachos de El cazador. Incluso yendo más lejos, hasta la belicista, militarista y ultrapatriótica era Reagan, también John Rambo. Heridas abiertas; hombres con la guerra y solo la guerra en las entrañas; neuróticos perturbados por el horror.

            El mayor Charles Rane de El ex-preso de Corea pertenece a esta especie. En el avión que aterriza en San Antonio, después de su liberación de los campos de concentración y tortura del Viet Cong, no vuelven ni él ni sus acompañantes. Solo sus cuerpos. Carcasas huecas, rellenas de pólvora, violencia y napalm. La interpretación de William Devine, un tipo de rostro poco agradable, todo dientes prominentes y entrecejo fruncido, se ajusta con rigor a esa cadavérica parquedad expresiva. Frío, de movimientos maquinales, automáticos. Un tanto más exagerado y menos natural resulta en cambio el hieratismo afectivo de su compañero eventual, el joven Johnny Vohden de Tommy Lee Jones.

Rane, como el torturado Bickle, es también hijo de la pluma de Paul Schrader, particularísimo guionista que no quedaría demasiado satisfecho con los resultados finales del texto, que tildaría de toscos y parafascistas.

            El ex-preso de Corea –incomprensible retitulación del Rolling Thunder original, quizás a rebufo de la exitosa El expreso de medianocheparece configurarse como un drama acerca del trauma posbélico del combatiente. Sin embargo, por medio de un duro y repentino golpe de efecto, un tanto forzado en su verosimilitud –lo innecesario del asesinato, la profusión de detalles revelados en la cara del protagonista-, la película se torna definitivamente en un agrio thriller fronterizo que, más que de venganzas, es de violencia pura y primaria.

El vaciado emocional de Rane así lo dicta, por mucho que se escude en la presunta conservación de un último hálito de amor paternofilial. Su mente, desesperada y desquiciada, en realidad ansía recobrar su vigilancia marcial. La brutalidad, otrora empleada como remedio para garantizar su supervivencia como prisionero, se ha convertido en droga.

            John Flynn aporta su sequedad característica a la realización de la cinta. Una sobriedad espartana y una narración directa y sin concesiones que se ajusta a la perfección a los parámetros tonales y sentimentales de la obra. Filme decepcionado y sombrío, El ex-preso de Corea explora por el camino la cicatriz monstruosa e indeleble que la barbarie marca a fuego en el hombre, condenada a ser reproducida una y otra vez –el padre de Vohden, veterano de la Segunda Guerra Mundial que se niega a comprar productos japoneses, justificado por su rencor eterno-.

El ex-preso de Corea no ensalza la lucha, no reivindica el sacrificio del soldado, no denuncia emocionalmente a la sociedad que ha avanzado hacia adelante sin esperarle o que lo desprecia abiertamente. Únicamente expresa, y con desatada crudeza, el rastro de violencia que la guerra, entendida como un proceso continuo y nunca concluido, deja tras de sí.

            Un thriller granítico, rotundo y meritorio.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

Nixon

3 Dic

“Están tratando de crucificar sin piedad a Richard Nixon, pero cuando se escriba la historia de este periodo, el caso Watergate no será más que una nota al pie de página.”

John Wayne

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Nixon

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Nixon.

Año: 1995.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Anthony Hopkins, Joan Allen, James Woods, J.T. Walsh, Paul Sorvino, E.G. Marshall, Mary Steenburgen, Bob Hoskins, Powers Boothe, Dave Hyde Pierce, Ed Harris.

Tráiler

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             Nixon, el hombre obsesionado con presentarse ante Dios como ‘Honest Dick’ –Dick, el honesto, sobrenombre que la Historia atribuye a otro presidente, Abraham Lincoln– y que finalmente sería recibido a las puertas de Pedro Botero con el menos laudatorio ‘Tricky Dicky’ –Dicky, el tramposo-. Un año después de su muerte, Oliver Stone, cineasta del compromiso político, firmemente orillado en su discurso hacia posiciones antiimperialistas y críticas con la historiografía oficial, recuperaba la figura de Richard Nixon, uno de los presidentes más controvertidos de la historia de los Estados Unidos, para realizar un nuevo ensayo acerca de las relaciones entre el individuo y el poder.

            El hijo de una familia pobre y piadosa, el enconado anticomunista de su irrupción en la arena política, el hombre hecho a sí mismo que caía derrotado ante el niño bonito porque le sudaba demasiado el bigote por televisión, el cadáver político que resucita a fuerza de voluntad, el realista pragmático que gobierna con feroz determinación durante una de las épocas más tumultuosas del país, el líder oscurantista y viciado que sucumbirá por el mayor escándalo político de la Historia contemporánea estadounidense.

            Nixon escruta y se sumerge en las sombras del personaje público y de la persona, del político y del ser humano, al mismo tiempo que trata de denunciar las aberraciones enquistadas en la sociedad y la política norteamericana. Lo que podría ser la confirmación del sueño americano en el ámbito de la política, un ascenso heroico a la cúspide cimentado sobre el puro esfuerzo y la superación personal, se convierte en cambio en un descenso a los infiernos en virtud de un desgraciado pacto con el diablo. Un diablo que, opina Stone, es el corazón mismo del sistema: la democracia más poderosa del mundo desfigurada hasta ser una fiera salvaje y desbocada, construida sobre la muerte y no sobre la felicidad de sus integrantes.

Estamos entonces ante Richard Nixon, un individuo torturado por sus complejos íntimos que solo desea redimirse y ser amado en la victoria pero que ni siquiera es el vencedor cuando gana las elecciones presidenciales, preso y esclavo de facto de poderes superiores, intangibles y despiadados. Estamos también ante Richard Nixon, una figura trágica que cae en el pecado de la soberbia desmedida –la hybris griega que nublaba a los poderosos y les conducía irremisiblemente a la perdición- y que, de tanto caminar por su borde, al final es tragado por el abismo.

            El retrato, monumental y minucioso, alcanza momentos de gran intensidad –personalmente encuentro muy atractivo el estilo de montaje de Stone para desgranar la biografía del personaje y hacer aflorar de manera vibrante la tensión emocional de ciertas escenas climáticas-, si bien, en contrapartida, esa desmesura característica provoca que en ocasiones la película caiga en la caricatura.

Aparte de dudosas elecciones como la superficial semblanza de J. Edgar Hoover y de algún que otro célebre secundario, la leve cursilería en la recreación de los dramas de la infancia del protagonista, la materialización de sus fantasmas personales o esa especia de viaje astral reservado para su colapso político, físico y mental; el principal daño que aqueja al filme es que la inconmovible postura ideológica de Stone implica en algunos momentos reducir a Nixon a poco más que una especie de Ricardo III contrahecho y paranoide.

Por otro lado, la desmesurada extensión del metraje provoca la progresiva pérdida de dinamismo del filme, debido así mismo a que el polémico cineasta neoyorkino acaba por resultar un tanto machacón en la exposición de su idea acerca de la acción destructora que el poder ejerce sobre el individuo.

            Además de por medio de esta película tan interesante como irregular, Stone registrará los avatares políticos de Nixon y del gigante norteamericano con mayor densidad de datos, mayor concreción y agilidad e idéntico punto de vista dentro de su recomendable serie documental La historia no contada de los Estados Unidos, recientemente estrenada.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

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