Tag Archives: Los Ángeles

Siete psicópatas

25 Oct

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Año: 2012.

Director: Martin McDonagh.

Reparto: Colin Farrell, Sam Rockwell, Christopher Walken, Woody Harrelson, Abbie Cornish, Linda Bright Clay, Zeljko Ivanek, Tom Waits, Long Nguyen, Olga Kurilenko, Harry Dean Stanton, Amanda Warren, Gabourey Sidibe, Michael Stuhlbarg, Michael Pitt.

Tráiler

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          Bickle a un lado, Kieslowski al otro. En medio, el dramaturgo, director y guionista Martin McDonagh se debate entre el cine estadounidense y el europeo mientras sostiene un borrador sobre siete psicópatas al que quiere conferir entidad como película. Siete psicópatas es, pues, una obra fuertemente metalingüística en el que el proceso de creación del cineasta imprime su eco en los propios acontecimientos que ocurren en pantalla, tanto al estilo de los delirios cinéfilos autoconstruidos y autoconscientes de Jean-Luc Godard, como al de Charlie Kaufman en Adaptation (El ladrón de orquideas), Spike Jonze mediante. Los avatares de la página en blanco dan para un thriller.

          Siete psicópatas posee esa atmósfera desmitificadora y de jugueteo con los códigos genéricos que definía Escondidos en Brujas, donde McDonagh daba una vuelta de tuerca más a aquella mezcla de conversaciones cotidianas, inopinadas reflexiones existencialistas, observación cinéfaga, contraste violento e incluso estructura levemente capitular que Quentin Tarantino había popularizado en la década de los noventa. Pero a diferencia del sampleador compulsivo de Knoxville, el irlandés es menos reverente hacia cualquier tipo de referencia y se abre en mayor medida a reflexionar acerca de cómo la ficción cinematográfica parece condicionar la vivencia de la realidad, modelándola a partir de unos conceptos y filtros románticos o épicos -antirrealistas y repletos de tópicos nocivos- que el séptimo arte ha hecho prácticamente universales. De ahí las notas melancólicas que se filtran entre una superficie de negrísimo humor.

          Así, entre la espectacularidad que reclama Hollywood y las inquietudes de trascender a través del arte identificadas con la idea de autoría europea -una dualidad sostenida con meritoria naturalidad y equilibrio-, McDonagh va entregando un filme divertido a la par que introspectivo, con notables dosis de creatividad y dotado de personalidad y carisma, para lo que cuenta además con la ayuda de un reparto entonado -hasta vuelve a demostrar que puede dirigir a compatriota Colin Farrell-.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

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Blade Runner 2049

9 Oct

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Año: 2017.

Director: Denis Villeneuve.

Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoecks, Mackenzie Davis, Robin Wright, Hiam Abbass, Carla Juri, Lennie James, Barkhad Abdi, Dave Bautista, Edward James Olmos, Sean Young.

Tráiler

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         Suelo asegurar que Blade Runner pertenece al top ten de mis películas favoritas. Igualmente, considero que se trata de uno de los grandes filmes de la historia del séptimo arte, ya que conjuga un fondo y una forma de extraordinaria calidad; entretenimiento, emoción, reflexión y lirismo; placer intelectual, placer estético y placer hedonista. El cine con mayúsculas, en definitiva. Al menos como yo lo siento.

Un punto de partida, pues, que se antoja virtualmente inalcanzable para una secuela, siquiera por el mero hecho de ser una continuación. Las comparaciones son injustas, se supone, pero no por ello dejan de ser pertinentes. Más allá de los previsibles guiños al original, Blade Runner 2049 es una obra íntimamente ligada a su antecesora, por más que, con acierto, sepa guardar cierta autonomía propia. Porque, obviando los presumibles objetivos de explotación económica que subyacen en el proyecto, también es verdad que el marco filosófico de la cinta de Ridley Scott -aquí codicioso productor ejecutivo- es lo suficientemente amplio y poliédrico como para soportar nuevas incursiones en este universo distópico, apesadumbrado, kafkiano y profundamente existencialista. Qué significa ser humano es una pregunta inagotable y eterna.

         De este modo, Blade Runner 2049 hereda, prolonga y confronta, casi de forma especular, la duda existencialista de Deckard, esta vez a través de la figura del ‘blade runner’ K (Ryan Gosling). De la mano de un guion que no teme explicitar determinados giros de la trama, desaparece prácticamente la ambigüedad en la asunción de las cuestiones ontológicas del relato: si en los sucesivos remontajes de Blade Runner se estimulaba el misterio acerca de la naturaleza de Deckard, hombre o pellejudo, la introducción de esta impulsa al espectador a que se identifique con la máquina; con su vida vaciada, huérfana de motivaciones. Ejecutar una función ajena, ingerir nutrientes, desactivarse. Repetir. Más robots que los robots.

         En Blade Runner 2049 permanece la megalópolis global sumida en una llovizna eterna y apocalíptica -ahora también bruma y desierto-, pero los lemas cambian y se reajustan a la evolución de la sociedad, de sus dilemas y sus inquietudes. Tan humanos como usted lo desee. Le dirá todo lo que usted quiere oír. La nueva Rachel de Blade Runner 2049 es un holograma erótico con los ultrasensuales rasgos de Ana de Armas y que parece desarrollar los sentimientos más intensos que se mostrarán en pantalla. El argumento incorpora así la cada vez más estrecha vinculación entre ser humano, tecnología y vida virtual que, desde el cambio de milenio, y en especial con el desarrollo de las redes sociales como vía de relación interpersonal, viene explorando hartamente la ficción. De Matrix a Her, pasando por los escenarios inmediatos que plantea la serie Black Mirror.

         Y se conserva el paralelismo y las lecturas religiosas del relato, aludidos igualmente sin reparo. El reino de los cielos, Dios padre, ángeles custodios y ángeles caídos; Raquel y su prodigio; un mesías en medio de la liberación de nombre José. En este apartado se incluye el villano de la función, que termina por quedar bastante desdibujado dentro de un conjunto que, por otro lado, tampoco posee una capacidad de transmisión de gran impacto. Se loa el milagro que constituye la vida en sí misma y se proponen complementos al recuerdo y la empatía como vigas maestras de la existencia consciente y plena. En concreto, se abunda en elementos subjetivos y sentimentales: sentirse amado, sentirse deseado, sentirse especial; la fragilidad frente a la extinción, la entrega altruista a unos ideales trascendentes, el alumbramiento de decisiones en el libre albedrío.

         Buena parte de los defectos de Blade Runner 2049 son computables a una exposición que se hipertrofia hasta el punto de quedar un tanto dispersa, irregular y destensada tanto en discurso como en emoción. Denis Villeneuve, director de elevadas ambiciones, ofrece una puesta en escena elaboradísima en su juego con la geometría, el color, el espacio la sombra y la luz. De ella emergen algunos planos y secuencias hipnóticos, significativos e impresionantes, aunque otros tantos excesivos y sobrecargados. La atmósfera está fundada adecuadamente desde este aspecto visual, si bien este no es el único ingrediente que ha de tener la composición. El realizador canadiense es un portentoso creador de imágenes. Él lo sabe, lo que en ocasiones, como en la presente, deriva en la autocomplacencia. En una tendencia al esteticismo que descuida el pulso narrativo, la faceta de contador de historias que también ha de satisfacer todo gran cineasta.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

Knight of Cups

28 Ago

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Año: 2015.

Director: Terrence Malick.

Reparto: Christian Bale, Cate Blanchett, Natalie Portman, Wes Bentley, Brian Dennehy, Imogen Poots, Antonio Banderas, Freida Pinto, Teresa Palmer, Isabel Lucas, Jason Clarke, Armin Mueller-Stahl, Clifton Collins Jr., Ryan O’Neal, Joe Manganiello, Ben Kingsley.

Tráiler

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         Ser uno de los directores más influyentes del presente siglo no le garantiza a Terrence Malick la distribución internacional de sus producciones, al menos en España. Y, más aún, uno diría que esta capacidad inspiradora de su estilo -marcado por una personal e irrenunciable manera de narrar y de entender el relato cinematográfico- está haciendo mella en un prestigio puesto ahora en tela de juicio con creciente frecuencia. La voz de un autor en entredicho.

Por ello, valoro la fidelidad hacia sí mismo, hacia su cosmovisión y su sensibilidad, que el texano mantiene en Knight of Cups, indiferente hacia el cuestionamiento o incluso hacia la ridiculización, elemento altisonante cada vez más habitual en una crítica ávida de atención dentro de un mundo con la concentración limitada a unos 140 caracteres. Ni me fatiga ni me molesta reencontrarme con los ecos recurrentes de su personalidad, ya que creo que pocos cineastas han sabido mirar como él la naturaleza, trazar con su precisión y su lirismo un mapa de recuerdos.

         Precisamente los recuerdos componen una etapa más de Knight of Cups, pues el filme trata de componer, con evidente ambición, el viaje existencial de un individuo en pos quién sabe si de la felicidad, del destino, de la trascendencia, del sentido de la propia vida o de qué cosa.

Malick aborda el asunto desde una espiritualidad humanista. El punto de vista es el del príncipe que ha partido al encuentro de un tesoro pero que, en el curso de la aventura, ha perdido la memoria sobre su meta, sobre su propósito. A pesar de las parábolas recurrentes y de la invocación de una voz paterna trascendente, la religiosidad del discurso está algo menos acentuada que en anteriores obras. Malick tampoco abunda en profundidad en sus impresiones ni, desde luego, pretende formular respuestas a semejantes interrogantes, más allá de una sentida preferencia por la esencia realizadora del amor correspondido o compartido -un universo en sí mismo con gran ascendencia sobre el corpus del autor-.

         Las intenciones y las palpitaciones de Knight of Cups, por tanto, no están demasiado alejadas de El árbol de la vida. De hecho, la presente podría complementarse con el documental Voyage of Time: Life’s Journey para completar la inmensidad abordada por aquella. Es decir, otra muestra de que el autor no renuncia a sus constantes existenciales y cinematográficas, a las inquietudes que desvelan su mente y su arte. Aunque, por otro lado, la abstracción de su exposición cinematográfica va en aumento y el largometraje renuncia a la narración aristotélica para sumergirse en cambio en un cúmulo de retazos tan enmarañados como el camino recorrido y por recorrer; en los bosquejos de una búsqueda a tientas. La lectura que efectúa, no obstante, tampoco es enconadamente críptica.

El personalismo radical de Malick no es elitismo. No voluntariamente, en todo caso.

         Knight of Cups parte de un autodesconcimiento, de una situación de desorientación absoluta, de una llamada al despertar de la autoconsciencia -el terremoto-, para emprender una odisea que atraviesa los capítulos de una vida. Un nuevo comienzo donde todo es posible, en referencia a uno de los mitos fundacionales de los Estados Unidos.

Knight of Cups escudriña en rincones íntimos -vacíos interiores, traumas familiares sin cicatrizar, el vínculo familiar y la enseñanza transmitida, fracasos afectivos, aventuras incompletas, banales exploraciones hedonistas, frustraciones románticas, conexiones emocionales puras, resonancias místicas…- y también en circunstancias o escenarios externos -la sociedad del aislamiento a través de la hiperexhibición, el caos de la megalópolis, el culto a la estética, los disfraces del individuo, el materialismo, la comercialización de todo, las necesidades que acucian hasta en la vida del anacoreta que ha logrado contemplar la vida contemporánea desde fuera, como si se tratase de una maqueta a escala; la confusión entre realidad y representación en el juego social, manifiesta en encadenamiento de paisajes urbanos con decorados de cine…-. La inasible abundancia de temas, de piezas de este puzle irresoluble, deja cierta sensación de que se pasa de soslayo por muchos de ellos.

         Malick acompaña el periplo con su tradicional steadicam, liberada a un movimiento constante cuyo ritmo queda modulado por el estado emocional, muy próxima a los personajes y a su línea de mirada -a escasa altura, por ejemplo, en las evocaciones infantiles-. Son planos personales y casi cerrados por momentos, pero al mismo tiempo elaborados con gran angular, que genera un efecto de ojo de pez en los fotogramas. Siempre dotados de contenido, más allá de la belleza.

En concordancia con el soliloquio inicial acerca del viaje del peregrino hasta alcanzar el Paraíso, desarrollado bajo la apariencia de un sueño, el elemento onírico se infiltra en las escenas para sublimar los encuentros que experimenta el protagonista, perceptible en la constitución contemplativa de las escenas, en la cadencia amortiguada de las conversaciones, reducidas a su esencia, aisladas del entorno, potenciadas por la voz interior que se manifiesta a través de la voz en off, otro de los elementos característicos del director norteamericano. Esta recitación interna es preponderante sobre el diálogo -abandonado a la improvisación de los actores, según la información del rodaje- y su expresión es más poética o metafísica que explícita o explicativa, con la pretenciosidad y el riesgo que ello conlleva.

         Malick no engaña a nadie, ni quiere hacerlo. Él invita a quien lo desee a sumarse a su búsqueda, que es eterna e inagotable. A echar un vistazo sin guía y sin facilidades; pero con tesón y con sentimiento. Con la honestidad de quien es respetuoso consigo mismo, independiente frente a las consideraciones del resto.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 7,5.

L.A. Confidential

23 Jun

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Año: 1997.

Director: Curtis Hanson.

Reparto: Russell Crowe, Guy Pearce, Kim Basinger, Kevin Spacey, James Cromwell, Danny DeVito, David Strathairn, Ron Rifkin, Graham Beckel.

Tráiler

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          En la última escena de L.A. Confidential, previa al prólogo que cierra definitivamente la función, uno de los personajes principales se mira en el espejo. Es la imagen reflejada de un hombre que, según el ángulo desde el que se mire, es un héroe o un villano.

L.A. Confidential está vertebrada por esta estructura especular a través de la cual se ofrece el retrato en negativo de la tierra prometida, de la fábrica de los sueños. El moho que mancilla el dorso de las letras del cartel de Hollywood. Desde la sarcástica descripción que un periodista amarillo hace de la ciudad en la introducción de la película, el relato muestra una cara B social y policial marcada por la violencia, la inmoralidad y la desesperación. Es la diferencia entre las películas -entre la propaganda- y la realidad.

No obstante, esta última procede de una de las novelas del L.A. Quartet con el que James Ellroy hacía crónica novelada de los callejones oscuros del Los Ángeles de las décadas cincuenta -como en este caso- y sesenta, fundadas todas ellas sobre abundantes hechos documentados que el guion del presente filme, firmado por Brian Helgeland, admirador del literato, entreteje con solvencia a través de una narración verdaderamente entretenida que no olvida la construcción de caracteres, si bien el peso de la función se decantará hacia la intriga pura a medida que se avanza hacia el desenlace.

          Esta dicotomía entre ficción y realidad hollywoodiense -que arroja por tanto una lectura acerca de la doble moral de la sociedad estadounidense y su irreparable decadencia- se sirve aun así por medio de una atmósfera tradicional de cine negro, rodada desde una realización clásica aunque no amaneradamente nostálgica, ajustada pues a una sensibilidad propia y contemporánea, lo que se percibe en elementos como la iluminación o el montaje. De este modo, a esta coctelera ‘neonoir’ se agregan detectives atropellados por el paso a procedimientos más científicos -el ambicioso y resbaladizo policía que interpreta Guy Pearce podría encontrar ciertas equivalencias con J. Edgar Hoover-; tramas mafiosas con heroína de por medio, prostitución con meretrices que imitan a las estrellas del séptimo arte -otro reflejo oscuro más-, odio racial y variadas corruptelas institucionales.

          Sobre este cieno en descomposición, L.A. Confidential entrecruza tres vertientes de redención personal de tres modelos de policías -el bruto honesto, el ambiguo moralista, el cínico arrepentido- que convergen además en un vértice femenino que, forzosamente, encarna en sí misma esta dualidad que domina el discurso.

Lynn Bracken, la prostituta que se parecía a la trágica Verónica Lake, es la figura con mayor magnetismo de la obra y supondría además la recuperación para la gran pantalla, por todo lo alto –Óscar a la mejor actriz secundaria incluido– de Kim Basinger. Lo insólito de su elección -una actriz ya madura, de mayor edad que sus pretendientes- y el buen trabajo de Basinger -cautivadoramente melancólica, serena y fuerte ante las crueldades del juego- redondean la excepcionalidad del personaje.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7.7.

Nota del blog: 7,5.

Mulholland Drive

9 Jun

Hollywood a través del espejo, a campo abierto por el subconsciente de una actriz que sueña en la fábrica de los sueños, acosada por las Furias vengadoras. Incursión en el cine moderno para Bandeja de Plata.

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Cobra, el brazo fuerte de la ley

23 Mar

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Año: 1986.

Director: George P. Cosmatos.

Reparto: Sylvester Stallone, Brigitte Nielsen, Brian Thompson, Reni Santoni, Andrew Robinson, Lee Garlington, Art LaFleur.

Tráiler

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           Un psicópata aparca su moto en la plaza de minusválidos y se atrinchera en un supermercado, tomando como rehén a la clientela aunque sin mayor objetivo que provocar una masacre a golpe de fusil. El detective a cargo de la operación trata ingenuamente de dialogar con él. Su superior, consciente de lo desesperado de la situación, aboga por medidas desesperadas, ante la insistente objeción del anterior. “Llama a Cobra”, ordena. A bordo de su coche de diseño, con una placa donde se lee “AWSOM” (“increíble”), el agente Cobretti se planta en el escenario. Sin despojarse de las gafas de sol y con una cerilla colgando de la comisura del labio, Cobretti irrumpe en el local, se autoproclama el “remedio” contra la “plaga” del crimen y ejecuta al agresor con los certeros disparos de su pistola, personalizada con el dibujo de una cobra.

           El detective que se opone a los violentos métodos de Cobra está interpretado por Andrew Robinson, que en 1971 había debutado en el cine encarnando al sanguinario asesino en serie Scorpio que ponía en jaque a la San Francisco de Harry Callahan ‘el Sucio’. En Cobra, el brazo fuerte de la ley, Robinson, que personalmente se declara pacifista, ejerce de nuevo -aunque en un plano distinto- como enervante figura antagónica de esta reactualización del arquetipo de policía-vigilante que se arroga las funciones de juez sumario y verdugo del sistema, en esta ocasión con el cuerpo hipertrofiado de Sylvester Stallone, quien asume en paralelo las labores de guionista a partir de una novela de Paula Gosling que sería adaptada con mayor fidelidad menos de una década después, en Caza legal. El compañero de fatigas de Cobretti, desencantado como él, recae en Reni Santoni, que ya había aprendido lecciones de desengaño en las ropas del aprendiz hispano de Callahan. Otra vez el icono.

           Cobra, el brazo fuerte de la ley adopta tintes de futurismo fantástico para aferrar sus garras en el clima político de los Estados Unidos de los años ochenta, sometido bajo las doctrinas de mano dura de la Administración Reagan contra la delincuencia y el enemigo internacional comunista, prácticamente parte de un mismo eje del mal dentro de una cosmovisión puerilmente maniquea pero con un gran calado en la mentalidad colectiva del momento -y cuya tóxica herencia continúa palpándose en la actualidad, con creciente potencia-.

La apertura del filme registra con voz apocalíptica el cómputo de crímenes que se suceden en el país cada minuto, desde robos hasta violaciones, desde asaltos hasta asesinatos. Silueteadas en negro en contraste con un amanecer rojo que parece sacado del imaginario de John Milius -otro autor clave del periodo y también participante en Harry, el sucio como guionista-, surgen las fuerzas de la oscuridad, que se organizan en una secta alimentada por la atrocidad y el holocausto de ciudadanos inocentes. El hacha y el martillo cruzados. El Mal absoluto, un ejército de las sombras que recorren las calles de un Los Ángeles degradado por el vicio, marcado por la noche, el neón y la corrupción de la carne, componiendo un escenario donde bien podría patrullar Travis Bickle al volante de su taxi.

Es tal la deformación sórdida/épica del presente norteamericano que la cinta parece adentrarse en la distopía australiana de Mad Max, salvajes de la autopista, donde la horda de moteros posatómicos en la que se integraba El jinete nocturno queda aquí comandada por El carnicero nocturno, un ser que habita el averno en el que se está transformando la sociedad -el duelo entre llamas- y que afila sus armas con delectación lasciva, perpetuamente bañado por el sudor que segrega su mente febril.

           En las producciones de la Cannon de Menahem Golan y Yoram Globus -los primos israelíes que propulsarían la extensión cinematográfica de las draconianas premisas políticas de Reagan-, los villanos sudan copiosamente, lo que revela al mismo tiempo la maldad incuestionable de sus actos -como los árabes que secuestran un avión de pasajeros en Delta Force– y la cobardía de su naturaleza, que percibe inferior a la del héroe guerrero de turno -sea Chuck Norris, sea Stallone-. Barbárico, el malvado de Cobra, el brazo fuerte de la ley aplica su tiranía con el filo de un cuchillo, sin la noble limpieza que proporciona el arma de fuego -y más si está tatuada con una serpiente-. Tanto el terrorista como el demente afirman estar fundando un Nuevo Mundo, en una revolución que exige víctimas sacrificiales.

           Cobra, que como Callahan opera fuera del sistema para regenerar el sistema -la Justicia que desampara al inocente, las fuerzas del orden que sucumben a la corrupción, la disolución de los valores tradicionales manifestada en una inseguridad rampante donde no hay amigos…- es un cirujano de hierro que lleva un paso más allá la tradición del antihéroe que calzó el rostro de Clint Eastwood y que se emparenta asimismo con el civil comprometido con la corrección, ojo por ojo, de las desviaciones delictivas de la comunidad, por su parte representado por el Charles Bronson de El justiciero de la ciudad y derivadas.

Son dos sagas de referencia que, significativamente, seguían vivas en la década, si bien el modelo había mutado hasta generar una estirpe de superhombres esculpidos con esteroides; montañas de músculos que parten cuellos, agujerean malhechores y espetan jocosas sentencias. Stallone, uno de los reyes de este territorio que entonces se encontraba en su apogeo cinematográfico e ideológico, ofrece su mejor colección de miradas bovinas en lo que considera una apropiación del héroe impasible, de vuelta del horror y, por tanto, capaz de emplear los procedimientos del horror frente a los contraproducentes remilgos del orden convencional -por su parte, igualmente utilizados en su favor por los propios facinerosos-. La última línea de defensa del status quo son aquellos que pueblan sus márgenes más recónditos, tipos en la frontera de la moral. La brigada zombi, la apodan.

           Obviando el parafascismo del discurso, el disfrute de Cobra, el brazo fuerte de la ley procede de su delirio, marcado por la colisión del rojo y el negro, la alucinación paranoide y su manifestación psicótica. La enajenación eufórica de la obra quedaría cercenada en buena medida por la mandamás Warner Brothers, que eliminaría imágenes y secuencias especialmente truculentas con el objetivo de burlar calificaciones de exhibición restrictivas. Los recortes de metraje afectarían también a la edición de la película, cuyo montaje muestra transiciones atropelladas, y se llevarían consigo porciones de argumento.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,6.

Nota del blog: 6.

La ciudad de las estrellas (La La Land)

16 Ene

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Año: 2016.

Director: Damien Chazelle.

Reparto: Emma Stone, Ryan Gosling, John Legend, Rosemarie DeWittFinn Wittrock, J.K. Simmons.

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          Uno de los pilares fundamentales del Hollywood dorado, degradada su popularidad por la evolución en las mudables apetencias del público, el género musical, al igual que western, con el que comparte trayectoria de apariencia decadente, resurge periódicamente en la actualidad ofreciendo ejemplos un tanto aislados pero que, en algunos casos, conquistan el beneplácito de la taquilla y de los galardones oficiales (Moulin Rouge, Chicago, Los miserables…).

A la espera de que materialice estos vaticinios favorables, La ciudad de las estrellas (La La Land), última resurrección del musical, llega a las salas respaldada por la vitola de ser una de las favoritas en la carrera de los Óscar, récord en los Globos de oro mediante, si es que eso significa algo o tiene alguna importancia.

          Ambientada en un Hollywood atemporal -la acción es contemporánea, el diseño de producción remite a décadas pasadas, sus protagonistas poseen aspiraciones anacrónicas de ser divas y músicos de jazz a la vieja usanza y sobrevuela el escenario el brillo del glamour de los grandes estudios y las sombras que proyectan las estrellas inmortales-, La La Land es una película que logra funcionar con autonomía respecto de su bien medida nostalgia y de sus posibles referencias genéricas -quizás por desconocimiento de un particular, cabría consultar otros artículos con mayor experiencia en este campo– para elevarse por derecho propio y alcanzar esa aludida magia que factura -al menos si creemos en sus máximas publicitarias- la fábrica de los sueños.

Los sueños precisamente -como no podía ser de otra manera- son los que fundamentan esta historia de presuntos perdedores en busca de su destino en la tierra de las oportunidades -Hollywood, redundando el eslogan nacional de los Estados Unidos-. Un esquema que, por otro lado, el director y guionista Damien Chazelle ya ensayaba en Whiplash, donde comparecía empero revestida de un ambiguo mensaje moral.

          En cualquier caso, se apreciaba en aquella una fuerza visual que aquí se confirma a través de unos números donde la espectacularidad de las coreografías, de exuberante movimiento y colorido, se conjuga con un montaje vibrante y unos planos secuencia rotundos y fluidos, perfectamente integrados en la dinámica de la acción, virtuosamente elaborados pero sin rechinar en el mero exhibicionismo formal dentro de un género que, por definición, maneja el artificio como herramienta con la que alcanzar un universo diferente al que habita el espectador. Es decir, para transportarlo a un nuevo mundo de emociones y vivencias transformadas en pura música existencial, exaltadas por el palpitar del ritmo y la melodía.

A tal fin, la canción que escoge La La Land -una de entre la miríada de fragmentos personales que componen la sinfonía de Hollywood, según indica el atasco en el que se abre deslumbrantemente el filme- es impecable, pues sabe conjugar humor y drama, melancolía e ilusión, a partir de una encantadora base de romance que queda definitivamente potenciada gracias a la excelente química de Emma Stone y Ryan Gosling, a la que a buen seguro ayuda sus anteriores colaboraciones en Crazy, Stupid, Love y Gangster Squad (Brigada de élite).

Su coprotagonismo es un acierto de cásting, puesto que, aparte de intérpretes talentosos -en especial la primera, infravalorada actriz-, saben cómo resultar muy humanos, muy cercanos al espectador, sin perder un ápice de su carisma cinematrográfico. A un servidor, pasando a un plano estrictamente privado, le son dos actores simpáticos, lo cual también contribuye al propósito de compartir los anhelos e inquietudes, esperanzas y desencantos, que atraviesan a lo largo de una narración que si bien posee algún ligero altibajo -no cabe duda de que es difícil mantener el pulso que arranca a revoluciones tan altas- logra culminar su apuesta con un broche adecuado por su imaginación y su emoción.

          Como buen musical, domina La La Land un reconfortante tono vitalista, pero tampoco confunde optimismo con ingenuidad y sabe relativizar tanto los triunfos como los fracasos que encadenan la experiencia de sus personajes. A fin de cuentas, los sueños influyen y remueven nuestro interior, pero se evaporan entre los dedos si intentamos asirlos. Y alcanzar la cumbre partiendo de la llanura suele requerir un sacrificio, sostiene la función.

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Nota IMDB: 8,8.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 8.

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