Tag Archives: Falso culpable

Muñecos infernales

27 May

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Año: 1936.

Director: Tod Browning.

Reparto: Lionel Barrymore, Maureen O’Sullivan, Frank Lawton, Rafaela Ottiano, Henry B. Walthall, Grace Ford, Robert Greig, Pedro de Cordoba, Arthur Hohl, Lucy Beaumont.

Tráiler

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         La venganza es un asunto tortuoso en el cine de Tod Browning, un especialista en contraponer las anomalías estéticas frente a las auténticas deformidades, que son las morales.

         En Muñecos infernales -una cinta mucho más próxima al cine fantástico que al de terror a pesar de las sugerencias de su título-, un hombre que todavía parece distinguir perfectamente el bien del mal -sus reproches a los planes de los científicos desquiciados de los que no obstante se aprovecha- pretende inmolarse en una venganza monomaníaca contra los compañeros de negocio que lo traicionaron y enviaron a la Isla del Diablo.

El personaje, interpretado por Lionel Barrymore, comienza teniendo un tratamiento muy cercano al de un villano al uso, tal es el maquiavelismo de su sed de sangre. El delirante plan que traza, sirviéndose de los seres miniaturizados que le proporciona el experimento de la pareja de investigadores, va adquiriendo tintes enfermizos y surrealistas, de pura extravagancia. Al igual que el ventrílocuo de El trío fantástico, el sujeto ultrajado se traviste de amable abuelita para ejecutar su vendetta con inexorable sangre fría, solo en contraste con el profundo amor que profesa y expresa hacia su anciana madre y su joven hija, cuyo repudio marca el signo de la tragedia en el relato, así como una semilla de redención personal.

         Lo grotesco del argumento hace que en muchos momentos la lógica se tambalee y que de lo insólito se pase a lo incrédulo y lo desmedido, de igual manera que determinadas caracterizaciones -en especial la ‘mad doctor’ con peinado a lo novia de Frankenstein- parecen pertenecer a otros tiempos y resultan demasiado exageradas. El sentido visual de Browning sostiene la película con notas románticas, eróticas y oníricas, donde la perversidad se confunde con la liberación. Aparecen conceptos tremendamente subyugantes como la atroz condena autoinfligida por los propios pecados, la cual ya estallaba arrolladoramente en obras como Garras humanas y sobre todo Más allá de Zanzíbar; aunque el atrevimiento en su resolución -y el impacto- es aquí menor, endulzado y fláccido, contradictorio con lo enfermizo de la construcción de historia y caracteres.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6.

Juez Dredd

15 May

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Año: 1995.

Director: Danny Cannon.

Reparto: Sylvester Stallone, Diane Lane, Armand Assante, Rob Schneider, Max von Sydow, Jürgen Prochnow, Joanna Miles, Joan Chen, Scott Wilson, Ewen Bremner.

Tráiler

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         Conviene tener cuidado con lo que se desea. Danny Cannon quería que actores de talla internacional se incorporaran a su proyecto de convertir Juez Dredd en una película intemporal, “en el Ben-Hur de las adaptaciones de cómic”. En pago, recibió a Sylvester Stallone para liderar el reparto. Sly, en la cumbre de su popularidad y por completo desconocedor de la historieta en cuestión, terminaría amoldando el filme a sus apetencias, dentro de una constante disputa en la que Cannon, recién llegado al sistema hollywoodiense, poco podía decir. De hecho, quedaría excluido del rodaje de las escenas de posproducción.

John Wagner, padre del juez Dredd junto al español Carlos Ezquerra, confesaría años más tarde que la historia resultante, tallada a martillazos de comedia y acción por parte de Stallone, poco o nada tenía que ver con su concepto original. Cannon juró que jamás volvería a dirigir a una estrella.

         Juez Dredd se presenta como una distopía en la que la Justicia trata de sobreponerse al caos desde una perspectiva dual que alcanza su máxima expresión en el proyecto Jano, que precisamente recibe el nombre del dios romano de las dos caras. A partir de ahí se establece como trasfondo argumental una lucha por el poder entre rigoristas draconianos y moralistas compasivos, lo que se traduce en primer plano en los apuros de Dredd, injustamente proscrito por el sistema que defiende, y su enfrentamiento contra el antagonista, Rico, movilizado por un jerifalte con tentaciones de mano dura fascista.

Es decir, que el filme posee una base rica, violenta y potencialmente compleja que, sin embargo, queda reconducida bajo el puño de hierro de Stallone hacia un simple vehículo de lucimiento dominado por la adrenalina para todos los públicos y un humor que, de tan infantil -mención especial para el secundario palizas destinado a servir de presunto alivio cómico-, parece incluso paródico.

         Esta decisión confiere un tono al filme que conduce al ridículo un buen puñado de planos, líneas de guion e interpretaciones -en concreto, aparte de la de Sylvester “yo soy la ley” Stallone, la de un psicótico Armand Assante y su kurtziano personaje, quien en su guerra contra el crimen hasta el último extremo ha abrazado abiertamente el horror moral-. En paralelo, el aceleramiento del relato, que hasta llega a dejarse por el camino partes de la narración -¿qué pasa con esos clones?-, impide que pueda asentarse cualquier poso reflexivo -que abarca por supuesto la naturaleza del propio Dredd como policía, juez y verdugo plenipotenciario-, a la vez que reduce a meros detalles algunas muestras críticas como ese laboratorio totalitario oculto dentro de la Estatua de la Libertad -un uso torcido del símbolo que se puede apreciar en otros futuros alternativos más logrados, como 1997: Rescate en Nueva York-.

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Nota IMDB: 5,5.

Nota FilmAffinity: 4,1.

Nota del blog: 4,5.

El blues de Beale Street

3 Feb

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Año: 2018.

Director: Barry Jenkins.

Reparto: KiKi Layne, Stephan James, Regina King, Teyonah Parris, Colman Domingo, Michael Beach, Aunjanue Ellis, Brian Tyree Henry, Finn Wittrock, Ed Skrein, Emily Rios, Pedro Pascal, Dave Franco, Diego Luna.

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          Esta vez nominado al Óscar al mejor guion adaptado -que se suma a otras dos candidaturas en las categorías de banda sonora y de actriz secundaria para Regina King-, El blues de Beale Street confirma a Barry Jenkins como una de las voces más respetadas del cine del compromiso  afroamericano después de las tres estatuillas obtenidas por Moonlight, primera producción íntegramente negra y de temática LGBTI en ganar el premio de la academia estadounidense a la mejor película -además de alzarse con los galardones al mejor actor de reparto y también a mejor libreto no original-.

          En El blues de Beale Street, Jenkins traslada a la pantalla una novela de su escritor de cabecera, James Baldwin, a quien precisamente se recuperaba hace un par de años en el documental I Am Not Your Negro, donde se recogía su visión de la historia del movimiento afroamericano y que, curiosamente, estuvo presente de aquella gala de los Óscars que consagró al cineasta miamense. Esta firme conciencia del literato y activista recorre aquí la historia de amor de dos jóvenes, Tish y Fonny, de modo que el desarrollo de su romance -narrado con una estructura no lineal que resulta dinámica, atractiva y natural gracias al excelente dominio del montaje- queda atravesado por los múltiples obstáculos que les impone una sociedad amañada en su contra. A través de ellos se configura un discurso de denuncia contra el racismo sistemático -y endémico, dados sus ecos en la actualidad- que detecta en el país norteamericano.

          El blues de Beale Street es una película dominada por los planos cortos en aras de lograr el contacto íntimo con el drama de los personajes. Lo consigue con delicadeza y pudor, sin ser invasiva ni exhibicionista, y con una predominancia absoluta del rostro como unidad expresiva, incluso confrontado directamente contra el espectador. Jenkins demuestra sensibilidad, lirismo y creatividad para ensalzar el romanticismo de la historia, de igual manera que alcanza un elevado grado de emoción, esta demoledora, en escenas como la del diálogo con el amigo recién salido de la cárcel. Porque la película también presta una notable atención a la composición humana de los caracteres secundarios y de su perspectiva frente al conflicto que viven, cada uno desde sus particularidades. Con todo, acusa cierta sobreactuación en algunas situaciones, como la del policía o, de forma aún más evidente, la de la madre de él, esta lastrada asimismo por unas interpretaciones demasiado tópicas y afectadas.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 8.

El cabezazo

1 Ago

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Año: 1979.

Director: Jean-Jacques Annaud.

Reparto: Patrick Dewaere, France Dougnac, Jean Bouise, Paul Le Person, Michel Aumont, Maurice Barrier, Gérard Hernandez, Corinne Marchand, Michel Fortin, Bernard-Pierre Donnadieu, Robert Dalban, Dorothée Jemma.

Tráiler

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         En España, se conoce como ‘Ley Beckham‘ a una modificación del año 2005 de la Ley del impuesto sobre la renta ideada para reducir de manera ostensible la carga tributaria a la que el Estado somete a los altos patrimonios de los profesionales extranjeros establecidos en el país. Su dominio popular, como indica el apodo, proviene de su asociación con los multimillonarios fichajes de futbolistas ‘galácticos’, la cual generó también observaciones críticas en torno al grado de consentimiento social y político del que gozan las estrellas de este deporte. Aunque cabe decir que, obviamente, el cambio normativo no era más que un traje a medida para altos ejecutivos.

“Tenemos que ganar el domingo; el resto no me importa. Tengo que tratar con once imbéciles para calmar a 10.000”, advierte el presidente del pequeño club de fútbol de provincias alrededor del cual gira la comedia francesa El cabezazo, estrenada en 1979. Encarnación también de los poderes fácticos de la ciudad, dueño de la principal fábrica de la región y hombre de referencia en los asuntos locales, su procedimiento bien puede servir de ejemplo de esta consideración de favor que la sociedad reserva para sus héroes deportivos -para desconsuelo de los nostálgicos del “odio eterno al fútbol moderno”-… si bien siempre en beneficio último de los potentados.

         Con un libreto firmado por François Veber, El cabezazo, no obstante, tampoco centra su atención en esta dimensión crítica que, aunque a fin de cuentas termina siendo la parte más divertida -“¡se gana a través del odio!”-, quedará desplazada por lo que termina constituyendo una obra de humor cada vez más negro en el que el antihéroe protagonista se apoya en la fugacidad de este estatus privilegiado -obtenido mediante dos goles en un sorprendente partido de la Copa de Francia, inspirado por la hazaña del En Avant de Guingamp en esta competición en 1973- para descerrajar una enconada venganza hacia aquellos que, antes de este episodio, lo mantenían apartado en la marginalidad más absoluta. Esto es, un acto de rebeldía un tanto al modo de La soledad del corredor de fondo; una vendetta que recuerda igualmente a la que llevaba a cabo, de forma por completo involuntaria, el bonachón señor Pignon de La cena de los idiotas, otra obra de la pluma de Veber.

         En su desarrollo, El cabezazo posee unos macabros gags sobre violaciones expuestos con dudoso gusto y de resultados desconcertantes, pero que en cualquier caso anticipan la rabia furibunda hacia la que va tendiendo su desenlace, a cuyo punch cómico le pesan un tanto los años, embotando su filo humorístico en gran medida y que, reconozcámoslo, hacen de su protagonista un tipo bastante antipático.

Además, en su crescendo, el guion tampoco duda en dejar de prestar atención a detalles inverosímiles en los engranajes de fondo de la trama, si bien, por el contrario, destaca el realismo que al menos transmite el partido de fútbol -figura como asesor del filme el legendario Guy Roux y el encuentro lo disputan jugadores de su Auxerre y del Troyes-, un hecho no demasiado frecuente en el cine, dada la mala relación que guardan entre ellas estas dos pasiones de multitudes.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 5,5.

Policía Python 357

23 Ago

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Año: 1975.

Director: Alain Corneau.

Reparto: Yves Montand, François Périer, Simone Signoret, Stefania Sandrelli, Mathieu Carrière.

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          Una de las cualidades más sugerentes del universo del cine negro es la de que, en ocasiones, su tensión dramática procede de obligar al espectador a asimilarse a un protagonista cuyos actos se encuentran guiados o se ven arrastrados no por virtudes heroicas o inspiradoras, sino por una acre ambigüedad moral o, directamente, por un proceso de degradación personal acorde al miserable mundo en el que sobrevive. No hay amanecer más sucio y ceniciento que el que, paradójicamente, cierra Policía Python 357. Y es el patetismo de los personajes el que nos ha conducido hasta él.

          Policía Python 357 escoge un título con nombre de revólver y sabor pulp y, siguiendo esta línea, durante la introducción del filme, en la que el montaje equipara la preparación de un desayuno con la puesta a punto del arma epónima, se presenta a un hombre en cuya cotidianeidad se encuentra instalada la muerte.

Sin embargo, como parece indicar el coro tétrico que un repentino corte transforma la música diegética en extradiegética, esta concisión y sequedad noir inicial es parcialmente engañosa, puesto que las promesas de violencia expeditiva y cruda que sugiere semejante apertura no terminarán luego de concretarse, más allá de para despertar cierta conexión con el ascetismo del individuo reducido a su tarea letal de El silencio de un hombre. Pero, eso sí es cierto, la fatalidad acompañará los pasos del inspector Ferrot durante el resto del metraje, fotografiado en escenarios nocturnos o en tonalidades frías.

          Lo que ocurre es que, en el argumento de la película, los asuntos policiales colisionan y se funden -no siempre con el mejor de los equilibrios- con un melodrama romántico otoñal, configurando con ello el caldo de cultivo para ese patetismo antes citado -el imposible amor de senectud, la humillación del hombre rocoso a los pies de la femme fatale-.

Una sensación incómoda, de punzante pesimismo -en ocasiones de cierto toque misógino, rebajado no obstante por la desorientación absoluta de los participantes masculinos, evidente en comparación con la matriarca que interpreta con gran dignidad Simone Signoret-, que además irá en crescendo toda vez que la extraña rivalidad romántica se canalice trágicamente en un proceso policial que, a partir de la inclusión del tópico del falso culpable, es al mismo tiempo investigación y huida.

          De ese duelo consciente o inconsciente, y de ese doble filo constante, procede la progresiva crispación de la trama, espoleada además por las desconcertantes decisiones de dos hombres otrora poderosos y cuya ineptitud afectiva, estimulada a su vez por la decadencia física que experimentan, ha situado ahora al límite. La vulnerabilidad y la desesperación que transmiten Yves Montand y François Périer en su carrera contrarreloj contribuye a demoler con mayor fuerza sus respectivos arquetipos, que conducen a un final tremendamente hosco incluso en las posibilidades de redención que permite.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

El asesino

17 Mar

el-asesino

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Año: 1961.

Director: Elio Petri.

Reparto: Marcello Mastroianni, Salvo Randone, Micheline Presle, Cristina Gaioni.

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          “Podría haber sido cualquiera”, repiten recurrentemente los personajes de El asesino esgrimiendo la frase tanto a modo de excusa como a modo de acusación. En efecto, la intención de Elio Petri es apuntar indiscriminadamente su mazo de juez hacia todo habitante de Italia -y por extensión de Occidente-, argumentando que, al contrario que sucederá con el omnipotente inspector de homicidios de Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha, son individuos merecedores de toda desconfianza. No es casual que, en una escena de interrogatorio, el flexo hostigador no apunte hacia el protagonista, sino que parezca romper la cuarta pared para clavar su inquisitivo y deslumbrante haz de luz en los ojos del espectador congestionado al otro lado del fotograma.

          Hasta entonces guionista y auxiliar de dirección, Petri tomaba por fin las riendas de un proyecto cuya base ideará junto a Tonino Guerra y que emplea una coartada policíaca -el asesinato de una mujer- como herramienta con la que desnudar las circunstancias, la inmoralidad y la mezquindad del burgués italiano, que aquí posee el rostro formal y elegante de Marcello Mastroianni. Y, tras contemplar ante el espejo semejante cuerpo en cueros, el realizador novel asumirá que el tono farsesco es el que mejor le conviene al asunto. De hecho, será la clave que predomine a lo largo de su comprometida carrera como director.

          El asesino somete a examen a su protagonista a través de una indagación en tiempo presente -su asunción de sus numerosas y variopintas culpabilidades- en la que hábilmente se intercalan delatores testimonios provenientes del pasado, de la memoria culpable. Se compone así una semblanza que es personal y social al mismo tiempo, puesto que los comportamientos descritos son también producto de la acción o cuanto menos de la mentalidad colectiva -la maquiavélica corrupción como forma de entender el negocio o la promoción en la comunidad, la nueva legitimación del fascismo, la volubilidad del juicio público, la carencia de empatía hacia el prójimo-.

          De esta manera, y aunque quizás le queda por compensar un punto más de profundidad dentro del aun así poliédrico y agrio desencanto que subyace en la narración, la acidez del humor de El asesino corroe uno por uno los disfraces de respetabilidad que esconden a un ente caricaturesco, patético en su indefendible miseria moral.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Vorágine

22 Nov

Otto Preminger bajo el retrato de Laura Hunt. Vorágine, ordalía de una esposa alienada para el especial del terrible austríaco en Cinearchivo.

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