Tag Archives: Periodismo

Tierra en trance

1 Abr

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Año: 1967.

Director: Glauber Rocha.

Reparto: Jardel Filho, Glauce Rocha, Paulo Autran, José Lewgoy, Paulo Gracindo, Hugo Carvana, Danuza Leão, Joffre Soares, Flávio Migliaccio, José Marinho.

Tráiler

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            Arte, compromiso. En los años sesenta, el Cinema Nôvo se lanzaba a las calles de Brasil para dar testimonio de sus injusticias y contradicciones desde unas imágenes que trascendían la herencia del Neorrealismo italiano, paradigma de la conciencia social en el séptimo arte, para articular sus alegatos y denuncias también desde la experimentalidad estilística. Su idealismo se encontrará con el golpe de Estado militar de 1964 y la instauración de una dictadura castrense que se prolongaría por más de dos décadas.

Tres años después de esta Contrarrevolución, Glauber Rocha entregaba Tierra en trance, un manifiesto simbólico y visceral escrito en rabia y decepción. El protagonista, a quien suele considerarse un alter ego del cineasta, representa a la intelectualidad embarcada en crear la revolución en un prototípico país latinoamericano, Eldorado, en el que retrata con ambición los diferentes estratos de poder que determinan los designios de una nación violentada y empobrecida.

            Tierra en trance posee la inmediatez descarada y desaforada de la Nouvelle Vague francesa y el cine underground estadounidense, pero también, por momentos, el reflujo instintivo y alegórico del agitprop soviético y el Luis Buñuel alzado en rebelión contra las fuerzas reaccionarias que dominan a la sociedad. Con los fotogramas naciendo en una derrota, su estructura narrativa rompe con la linealidad para encabalgarse en los arrebatos de indignación, de romanticismo, de desencanto, de duda y de muerte del poeta-revolucionario.

Son fragmentos arrancados en crudo, todavía palpitantes, que hasta se arrojan contra el rostro del espectador, a quien interpela puntualmente desde una ruptura de la cuarta pared atronadoramente agresiva. Demasiado, incluso; ya envejecida tras el paso del tiempo, de igual manera que el relato se torna en exceso embarullado y confuso en mitad de las propias incertidumbres del pensador situado a uno y otro lado de la cámara, en errática crónica sentimental; engolado por la incontención y la altisonancia de su discurso.

            Las escenas de Tierra en trance, agitadas y de brusco montaje, muestran coléricas un país zarandeado por tradicionalistas iluminados, por políticos incapaces, por plutócratas inmorales, por una Iglesia desnortada, por un pueblo humillado sin voz ni voto, por un neocolonialismo económico que se erige en el auténtico monstruo en la sombra. Se adentran a dentelladas asimismo en reflexiones a propósito de la impotencia del arte para ofrecer soluciones o consuelo a las problemáticas sociales; acerca de la revolución quizás como expresión de amor, a tenor de la relación del poeta y su musa en el romance y el activismo.

            Censurada en Brasil por atentar contra el prestigio nacional, el apoyo del mundo del cine le permitiría concursar en el Festival de Cannes, donde se alzaría con el premio Fipresci.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

nota del blog: 6,5.

Territorio comanche

2 May

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Año: 1996.

Director: Gerardo Herrero.

Reparto: Imanol Arias, Carmelo Gómez, Cecilia Dopazo, Mirta Zecevic, Gastón Pauls, Bruno Todeschini, Natasa Lusetic, Ecija Ojdanic.

Tráiler

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           “Durante la época dura, en Sarajevo, a eso le llamaban ir de shopping. Se ponían el casco y los chalecos y se pegaban a una pared en la ciudad vieja, a oirlas venir. Cuando alguna caía cerca, iban corriendo y grababan la humareda, las llamas, los escombros. Los voluntarios sacando a las víctimas”. Territorio comanche traslada al cine la recopilación de reflexiones, nociones, atmósferas, anécdotas y pesares de las dos décadas como corresponsal de guerra, con siete participaciones en guerras civiles, que Arturo Pérez-Reverte había condensado en el libro del mismo título, escenificado en la Sarajevo asediada por los serbios en las Guerras yugoslavas de los noventa, la resurrección del monstruo en el satisfecho continente europeo. En torno al puente de Bijelo Polje.

           La fotografía plomiza y la iluminación tenebrosa de los fotogramas, cernidos sobre una ciudad mortuoria y fantasmagórica, se asimila al desencanto pesimista del periodista y escritor, con gotas de cinismo autoprotector y cierta voluntad ecuánime en el rescate de los restos humanos bajo las ruinas del horror. Hombre que siempre ha procurado cultivar y defender bien su personaje público, esa es la composición a partir del cual se modela a su alter ego, aquí caracterizado sobre Imanol Arias, y, con sus variaciones personales, a su visceral compañero de fatigas bélicas, un homenaje a José Luis Márquez que por su parte asume Carmelo Gómez, sempiterna cámara al hombro. Sin embargo, es una ambiciosa presentadora recién llegada (la argentina Cecilia Dopazo) la que detenta el punto de vista del relato, puesto que su condición de novata con pretensiones frente a estos perros tristes y viejos es la que ofrece las condiciones ideales para, a través de la pantalla, introducir al espectador, virgen en estas lides, en lo más crudo de un conflicto que, como todos los conflictos, es sinrazón, barbarie, caos, abuso y miseria.

           Por su credibilidad y viveza, la captura de la acción bélica en la que se mueven este circo ambulante de reporteros de guerra -la tensión, la amenaza y la fatiga e impotencia moral que se respira- ofrece una de las principales virtudes de la cinta.

Territorio comanche también puja por trasladar la convivencia, las motivaciones y las turbias cicatrices detrás de este grupo de seres perdidos y encontrados, obsesivamente inmersos en un cometido que ni siquiera tienen la certeza de que sirva para algo, para ese objetivo que no es tanto cambiar la tragedia como conocerla, desenmascararla y comprenderla -y eso por aquel entonces, ya que ahora probablemente se les pueda considerar una especie extinta-. Para este propósito, que probablemente fuese uno de los principales intereses de la prosa de Pérez-Reverte, el filme compone con solidez la superficie pero no logra rascar mucho más allá de ella, no termina de extraer el calado o la entidad que se puede intuir en el material de base, lo que hace cojear un tanto al conjunto, lastrado asimismo por decisiones artísticas poco pulidas, como el uso de la banda sonora que termina por rematar negativamente la estridencia de una especie de escena climática que tiene lugar llegando al desenlace.

Algo semejante ocurre con las deliberaciones y exposiciones acerca de la impotencia del observador y de la función del periodismo en la guerra, del papel de los medios -los domingueros contra los que gusta arremeter ferozmente al cartaginés, que a buen seguro hubiera arrojado más artillería de mortero sobre ellos- y en consecuencia del espectador que los alimenta; cuestión que se queda en un buen apunte -que puede que tampoco sea poca cosa-.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6,5.

Los archivos del Pentágono

29 Ene

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Año: 2017.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Meryl Streep, Tom Hanks, Bob Odenkirk, Sarah Paulson, Tracy Letts, Bradley Whitford, Bruce Greenwood, Matthew Rhys, Allison Brie, Carrie Coon, Jesse Plemons, David Cross, Michael Stuhlbarg.

Tráiler

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         No semeja casualidad que, en un presente en el que el presidente de los Estados Unidos ha encontrado en la prensa uno de los principales objetivos de sus invectivas públicas, Steven Spielberg reivindique el papel y la dignidad del periodismo como cuarto poder del Estado retrotrayéndose a otra administración, la de Richard Nixon, que estuvo igualmente caracterizada por su tendencia a la autocracia y su confrontación con los medios de comunicación, cuyas investigaciones, de hecho, destaparon tramas ilícitas que terminaron conduciendo al fin de su mandato en medio de un escandaloso proceso de impeachment.

         Con guiño final incluido al caso Watergate -conservado en fotogramas para la posteridad por Todos los hombres del presidente-, Los archivos del Pentágono se sumerge en una caza periodística -la salida a la luz de unos informes confidenciales acerca de la preparación, la declaración y el desarrollo de la traumática Guerra de Vietnam– que el libreto va enhebrando a través, por un lado, de la persecución de dicha información y, principalmente, del dilema personal de la directora de The Washington Post, Katharine Graham, a partir del cual se aborda otro tema por desgracia hoy candente como es el de la sumisión femenina en un mundo estrictamente masculino, cuyas conclusiones también concienciadas llegan incluso a subrayarse.

         A menudo, el director dispondrá y hasta contrapondrá estas dos vertientes por medio de un montaje paralelo, lo que refuerza el vigor de una intriga y una tensión que posee múltiples facetas: la historia periodística pura en su sacrosanta labor de control del poder, la disputa entre la verdad oficial, las presuntas obligaciones de Estado y la necesidad de transparencia; la discusión entre la dimensión de servicio público de la cabecera y su dimensión economicoempresarial; la intromisión de lo privado en el deber público de la profesión…

Aparte de contribuir a que el ritmo, propio de un thriller, nunca decaiga, son elementos que ayudan a componer un retrato amplio, atento a la significación histórica pero también a las personas que forman parte e influyen decisivamente el episodio -de nuevo la fuerza del individuo como agente activo del cambio social, una premisa manifiesta en las anteriores La lista de Schindler, Amistad o El puente de los espías, si descontamos la posición privilegiada de Abraham Lincoln en Lincoln-. Todo ello permite asimismo trascender su ubicación temporal concreta para, como decíamos, hacerse tangible en la actualidad, si bien sin abonarse tampoco a lecturas catastrofistas del sistema, por más que este tipo de fallas y corruptelas parezcan ser endémicas en la estructura y procedimiento político del país.

         Spielberg maneja con gran habilidad el pulso narrativo, exponiendo el relato desde un estilo clásico que, no obstante, no cae en la excesiva corrección o academicismo que, por ejemplo, lastraba el potencial de la premiada Spotlight, otra reivindicación reciente de la importancia de una prensa libre, comprometida y de calidad. La realización es discreta, fielmente apegada a lo que cuenta, pero el cineasta sabe expresarse con enorme elocuencia y transmitir mediante la puesta en escena y la construcción de atmósfera las sensaciones, vibraciones y conflictos que experimentan sus personajes -que como en Lincoln dependen más del verbo y lo intelectual que de la acción-, aunque también deja en el desenlace soluciones más manidas en su afectado entusiasmo, cuyo envejecimiento se acentúa además por el uso de la meliflua banda sonora de John Williams.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

La dolce vita

18 Oct

Un descenso a los infiernos de fiesta en fiesta, de amanecer en amanecer bailando la conga al son de Pérez Prado. La dolce vita, Los inútiles también pueden camuflarse en la metrópolis, entre ambientes de pretendido glamour.

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Spotlight

23 Dic

spotlight

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Año: 2015.

Director: Tom McCarthy.

Reparto: Michael Keaton, Mark Ruffalo, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery, Brian d’Arcy James, Stanley Tucci, Jamey Sheridan, Billy Crudup, Neal Huff, Len Cariou.

Tráiler

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          No me gusta el corporativismo incondicional, por lo que no seré yo quien defienda al periodismo coetáneo. Sin embargo, encuentro oportuno -aunque temo que finalmente irrelevante- que el seductor escenario de los Óscar pusiese bajo sus poderosos focospremio a la mejor película y al mejor guión original a una obra como Spotlight, que en entronca con las grandes odas cinematográficas al periodismo idealista como columna fundamental de la sociedad, garante de su salud democrática.

          Spotlight reconstruye el (re)descubrimiento, investigación y publicación de un reportaje decisivo para arrojar a la luz pública el diabólico sistema con el que la Iglesia católica escondía y protegía a la manada de depredadores sexuales de menores que ejercía el sacerdocio en el estado de Massachussets, muestra localizada de una perversión global.

A buen seguro habiendo tomado nota del deshonesto redactor que interpretase en la quinta temporada de The Wire, Tom McCarthy, director y guionista del filme -en este último apartado junto con Josh Singer-, recobra su incipiente prestigio en la realización, damnificado tras haberse puesto a las órdenes de Adam Sandler en Con la magia en los zapatos, y desarrolla el argumento con un estilo clásico, concentrado en exponer de forma amena y responsable el proceso periodístico que conduce al conocimiento por parte de la sociedad de una tumoración oculta a sus ojos, a fin de que pueda ser extirpada o, por decirlo con suavidad, corregida.

          El argumento se aleja sin embargo de la complacencia y prueba su madurez al redistribuir la responsabilidad de la problemática entre el conjunto de la comunidad, no focalizando el caso como una anomalía exclusiva de un ente putrefacto, la Iglesia, fácilmente condenable debido a su descrédito contemporáneo. Sin estridencias pero con eficiencia, Spotlight dibuja el contexto del que surge esta enfermedad, alimentada e inmunizada por un colectivo de moral selectiva, clasista en la aplicación de los derechos, la compasión e incluso la atención más elementales. Es decir, lo que en derecho penal quedaría bajo la denominación de cómplice necesario del delito.

En cambio, otros subtextos presentes en la historia, como la crisis de fe que comporta este hallazgo que no se desea ver, están retratados con menor profundidad y potencia, protagonizado además en este particular por un Mark Ruffalo que aborda su personaje, caracterizado por un toque de excentricidad, de una manera un tanto más tópica y destemplada que el resto de un elenco solvente.

          De igual manera, entre tanta corrección expositiva se echa en falta cierta atmósfera que proporcione densidad a la narración. Que la haga vibrar, que infunda mayor carisma a un filme no obstante entretenido, comprometido y equilibrado.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

La voz de la primera plana

21 Abr

“El periodismo es grande. Cada periodista ¿no es un regulador del mundo, si lo persuade?” 

Thomas Carlyle

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La voz de la primera plana

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La voz de la primera plana

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Año: 1952.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Gene Evans, Mary Welch, Herbert Heyes, Bela Kovacs, Forrest Taylor, Don Orlando, J.M. Kerrigan, Dee Pollock, George O’Hanlon, Stuart Randall, Hal K. Dawson.

Tráiler

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           Cocinero antes que fraile, sentimental anacrónico e irreparable, Samuel Fuller rememora en La voz de la primera plana sus antiguas motivaciones como periodista para regalarle a la profesión –literalmente, ya que empeñaría de forma suicida su capital en el rodaje para nunca recuperar la inversión- un reportaje filmado, repleto de romanticismo, en el que loa los valores fundacionales y esenciales del cuarto poder.

           Los periodistas de La voz de la primera plana –conocida frecuentemente por su título original, Park Row, referencia al barrio neoyorkino considerada la cuna del periodismo americano- surgen así como un puñado de hombres duros, determinados y talentosos, con las uñas, el rostro y la sangre manchados de épica tinta negra y dueños del mismo espíritu arrojado y emprendedor que los pioneros que forjaron la nación americana.

De hecho, el diario Globe que recupera la dignidad para este maltratado mundillo se construye al modo de lo que suponía el Ejército en algunas obras de John Ford. Esto es, como una representación de los propios Estados Unidos, acogiendo en su seno a los líderes naturales e incluso providenciales de la comunidad –se reparten ciertos toques de sabor místico durante el metraje-, los sabios dominadores de la experiencia existencial, los pobres y honestos individuos sin recursos y el sinfín de nacionalidades distintas que confluyen en esta tierra de aluvión, alrededor de los cuales, unificándoles en solidaridad y comunión, se invoca la figura de los padres próceres de la patria, en este caso Benjamin Franklin, patrón y santo de los periodistas –y prácticamente todo empresario del lugar-.

           Ambientada en uno de los (eternos) periodos de transición del periodismo –en concreto el subsiguiente a la irrupción de las líneas editoriales más aguerridas y sensacionalistas de Joseph Pulitzer y en el que la técnica prosigue su evolución hacia métodos más mecanizados-, La voz de la primera plana plantea un conflicto maniqueo entre el nuevo periodismo –que en realidad pasa por remodelar respetuosamente la decorosa tradición ajustándola a unos nuevos tiempos que exigen nuevas variaciones, algunas de ellas inevitablemente espurias– frente al periodismo de trazo grueso y salpicón de sangre; un debate incesantemente ligado al desarrollo del sector, tanto ayer como, ya sabrán, hoy.

           Este duelo es una de las mayores flaquezas de la película, puesto que, por puro apasionamiento, Fuller escribe un enfrentamiento en el que resulta complicado justificar la motivación y los procedimientos de la antagonista, y menos de la manera en la que propone el director y guionista, tiznada de misoginia y un tanto pueril.

Un aspecto este que empaña el ardor romántico vertido sobre la aventura de este grupo de héroes que, al igual que el cineasta que los alumbra, se empeña sin miramientos en pos de un sueño evanescente, en persecución obsesiva de una idea. Aquella que, con profundo sentido y compromiso humano, encauza el buen curso de la sociedad. Que da sentido a la vida misma.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

El gran salto

30 Mar

“Me encanta la integridad de los hermanos Coen. No pueden dejar de ser originales.”

Josh Brolin

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El gran salto

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El gran salto

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Año: 1994.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Tim Robbins, Jennifer Jason Leigh, Paul Newman, Charles Durning, John Mahoney, Jim True-Frost, Bruce Campbell, Bill Cobbs, Harry Bugin.

Tráiler

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            Desde los infiernos del Hollywood de los años treinta hasta las cumbres empresariales del Nueva York de los cincuenta, los hermanos Coen prosiguen con su ‘tour’ de demolición de las postales de América al mismo tiempo que se recrean en su aprendizaje técnico. El gran salto sería como si los Looney Tunes se hubiesen apoderado de una de esas fábulas caprianas en las que el hombre común, argamasa de la nación, consigue a fuerza de bonhomía y perseverancia redimir la corrupción que ha mancillado el país de la libertad y las oportunidades.

            Los personajes de El gran salto son dibujos animados vivientes que se mueven por un maravilloso decorado a juego, y como tal actúan –en el sentido asimismo de la sobreactuación de los protagonistas y la severa economía expresiva del antagonista-. De este modo, los Coen, feroces revisores del aparato propagandístico estadounidense, realizan una caricatura del sueño americano a través de la figura de un ingenuo patán (Tim Robbins) que recorre la escalera del éxito de un plumazo, impulsado eso sí por la codicia artera del gran capital (Paul Newman), titiritero que maneja los hilos y, en realidad, pergeña estos sueños que caen siempre en su favor.

Es decir, que se cuestiona aquí ese concepto puramente loterístico del premio para quien se esfuerza o tiene talento, dentro de la sección Juan Nadie/ama de casa inventores cuya vigencia se puede observar en la reciente Joy -que por su parte tiene cierto tratamiento irónico en su formulación telenovelística-. Una premisa escéptica que los Coen les sirve para plantear unos cuantos conceptos incisivos acerca del funcionamiento habitual del capitalismo, basado en la depredación del prójimo, en la falta de escrúpulos excusada bajo peregrinos conceptos bélicos y en el simple engaño del primo mediante una publicidad adecuadamente elaborada.

            En otro plano, los Coen secuestran otro género cinematográfico con El gran salto, en este caso el melodrama de corte social, para llevarlo a su guarida y despedazarlo a golpe de sátira, engalanándolo paródicamente de ínfulas de tragedia cósmica –los destinos, las maldiciones, el karma, la lucha del Bien contra el Mal, el deus ex machina literal-.

El gran salto es una película autoconsciente que se narra incluso a sí misma, reconociéndose en los tópicos sobados de esta clase de relatos, apuntándolos con el dedo y, paradójicamente, apoyándose en ellos para ganar altura cómica y crítica. Si bien no andan especialmente duchos en la dirección del elenco –a Robbins y a Jennifer Jason Leigh les falta finura-, en cambio sí se muestran inspirados a la hora de desarrollar esa imaginativa puesta en escena del filme, síntesis de su capacidad para componer visualmente no solo los gags humorísticos, muchos de ellos fieles herederos del slapstick, sino para articular también la atmósfera y la narración de la obra.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

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