Tag Archives: Conspiración

Sodoma y Gomorra

20 Jul

Robert Aldrich juega con las cartas que recibe y se adentra en una visión mediterránea, ávida de pecados y lascivia, sobre el castigo bíblico para Sodoma y Gomorra. Para la primera parte del especial de Cine Archivo acerca del cineasta estadounidense.

.

Sigue leyendo

El caso Sloane

23 May

.

Año: 2016.

Director: John Madden.

Reparto: Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw, Alison Pill, Michael Stuhlbarg, Sam Waterston, David Wilson Barnes, Chuck Shamata, John Lithgow, Jake Lacy.

Tráiler

.

           El guion de El caso Sloane se cuida mucho de mencionar en sus líneas de diálogo las ansias de victoria que mueven a la protagonista: la estratega de un lobby que se comporta como una auténtica yonki de su trabajo -una yuppie de finales de los ochenta, una ‘workaholic’ en términos más recientes-. Miente, manipula y actúa compulsivamente para obtener aquello que desea, aquello que es lo único por lo que se siente gratificada.

El caso Sloane, pues, es principalmente la historia de una adicción y de los intentos de una adicta por regenerarse, enmarcados además en una batalla política que es en esencia moral: el enfrentamiento entre estos grupos de presión que habitan las cloacas aéticas y amorales -un eufemismo para referirse a conductas  inéticas e inmorales- de la política estadounidense, la más influyente del mundo, para desde esa larvada oscuridad reconducir las decisiones de los representantes del pueblo en dirección a sus intereses privados. En concreto, para regular o mantener intacta la permisiva normativa de adquisición de armas de fuego en el país, fuente de numerosas muertes violentas en los Estados Unidos –donde la tasa de mortalidad por esta causa equivale a 27 personas al día, según señalaba The New York Times en junio de 2016– y, al mismo tiempo, principio nacional defendido por la Segunda Enmienda a la constitución.

           Desde una mirada exterior, que es la de un director y sobre todo un guionista británicos -este último abogado de profesión y debutante en la escritura de libretos-, El caso Sloane se sumerge en tres fenómenos problemáticos de la idiosincrasia estadounidense. Un arco temático tripartito -la cultura del éxito convertida en obsesión, el soterrado poder de los lobbies, la adoración del arma de fuego- que mediante una equilibrada exposición garantiza la agilidad y el ritmo de una película de notable metraje -cerca de dos horas y cuarto- y que se desarrolla fundamentalmente a través de conversaciones. Éstas se encuentran marcadas por un perfil elaborado y torrencial que recuerda al de los guiones de Aaron Sorkin, aunque la estructura de la obra, que es puro thriller criminal, parece extraída -si bien con menor carga de ácida ironía- de un ‘heist film’ de otro guionista estrella, también posicionado intelectual y políticamente, como David Mamet, al estilo de una cinta enrevesada y llena de anticipaciones, giros y contragiros como El último golpe.

De hecho, tanto Sorkin como Mamet ya habían explorado la tramoya política estadounidense. El primero, con series como El ala oeste de la Casa Blanca -referencia fundamental en la materia- y The Newsroom -dos de sus actores aparecen aquí: Alison Pill y Sam Waterston-, así como con películas como La guerra de Charlie Wilson o El presidente y Miss Wade -simple base, eso sí, para una comedia romántica entre opuestos, esta vez una lobbista de la ecología y el mismísimo presidente del país-. El segundo, con largometrajes como Hoffa, un pulso al poder o La cortina de humo.

           El caso Sloane se une a esta corriente y presenta un argumento equiparable al que planteaba Lincoln con su discusión entre los medios y el fin respecto de una causa eminentemente justa -allí, la abolición de la esclavitud en el contexto de la Guerra de secesión-. Sin embargo, los resabios de optimismo capriano que pudieran albergar potencialmente las premisas que maneja El caso Sloane -ese concepto de redención del sistema a partir de la redención del individuo que lo sostiene- quedan empañados por la descripción de un entorno irremediablemente corrompido, donde, en lo tocante al lobby, el texto no se ahorra establecer comparativas un tanto efectistas con la prostitución.

De igual manera, la realización clásica de John Madden, eficiente y sin caer en una funcionalidad académica, ajusta el mecano articulado por Jonathan Perera para conferir credibilidad a las sorpresas que, en un gesto de honestidad con el espectador, anticipaba la protagonista con una declaración de intenciones inicial que interpelaba directamente al patio de butacas, mirando a la cara al público. Por ello, más rechinan otros elementos discursivos como la siempre evitable alegato final de conclusiones.

           Teleología, deontología y bien mayor, enzarzados en una vibrante intriga que orquesta y conduce, en solitario, una mujer de retrato complejo y ambiguo, y cuyos matices quedan excepcionalmente incorporados por Jessica Chastain, una de las mejores actrices de su generación -es llamativa la hornada de pelirrojas talentosísimas de Hollywood, en la que se encuentran también Amy Adams y Emma Stone-. La interpretación de Chastain devora la pantalla cuando habla, cuando maquina -únicamente rivalizada por el Mark Strong, otro actor de talla-. Pero destaca aún más por lo que calla, por cuando tiembla y se muestra frágil. Recordemos la marcada línea expiatoria de fondo.

.

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Watchmen

15 May

.

Año: 2009.

Director: Zack Snyder.

Reparto: Patrick Wilson, Malin Akerman, Jackie Earle Haley, Billy Cudrup, Matthew Goode, Jeffrey Dean Morgan, Carla Gugino.

Tráiler

.

           En cierta manera, tenía sentido considerar que el final de la década pasada era un periodo propicio para aventurarse en un proyecto cinematográfico basado en el colosal Watchmen de Alan Moore, calificado por algunos entendidos como el primer cómic de contenido intelectualmente adulto -habría que admitir y cuestionar, eso sí, la postura de superioridad moral que entraña dicha afirmación-. La reinvención del cine de superhéroes como mitología trágica y sustancial emprendida por Christopher Nolan con Batman Begins y en especial con la exitosa El caballero oscuro favorecía este adentramiento en un universo superheróico que comenzaba a superpoblarse a marchas forzadas y que insistía, mediante argumentos oscuros y tortuosos, en despojarse de su topiquísima etiqueta de pueril divertimento de marginales y solitarios.

Asimismo, el cómic también se había mostrado como un material enormemente atractivo y apto incluso para adaptaciones quasiliterales como la de Sin City (Ciudad del pecado) -por más que el creador de su original en papel, Frank Miller, se la pegara estrepitosamente apenas tres años después tratando de dirigir él mismo otro tebeo: The Spirit-. De hecho, es probable que la elección como director de Zack Snyder tenga relación con la popularidad del entintado sobre chroma que había empleado para llevar otra historia gráfica de Miller, 300, a la gran pantalla. Y, por otro lado, las aproximaciones al corpus de Moore –Desde el infierno, La liga de los hombres extraordinarios, V de Vendetta– igualmente habían copado protagonismo durante los años anteriores, si bien con saldo desigual.

           El tono de Watchmen es bastante menos grandilocuente que el taciturno Batman nolaniano, pero sus temas y subtextos aspiran igualmente a la complejidad y la enjundia. Su microcosmos alterna la sugerente fantasía ucrónica -unos perpetuos años ochenta bajo una semidictadura de Richard Nixon, con Vietnam como estado 51º de los Estados Unidos y al borde de convertir la Guerra Fría con la Unión Soviética en ardiente armagedón atómico- con una visión apesadumbrada y crepuscular del superhéroe, casi equivalente a lo que para la mitología de la mafia -otra familia capital del séptimo arte- había supuesto Tony Soprano sufriendo un ataque de ansiedad al contemplar la migración de los patos.

Ahora bien, antes de nada hay que entrar en aclaraciones: servidor es ajeno a la obra de Moore -que, siempre esquivo, calificaba de anticinematográfica la serie, aunque loó el guion de la presente como un tratamiento bastante aproximado a su creación-, Dave Gibbons y John Higgins. Mi posición es independiente del cómic, por lo que es susceptible de ser tachada como inválida para evaluar integralmente el filme. Hay quien, como el crítico Jordi Costa, señala que el salto al celuloide se lleva por delante ciertas sutilezas y juegos metalingüísticos inaprensibles para este nuevo soporte.

           El punto de partida de Watchmen es fascinante, y queda magníficamente consolidado por los títulos de crédito, donde el desencanto existencial de los personajes queda asimilado al desencanto colectivo de un país de sueños rotos o, peor, de sueños cumplidos de forma siniestramente literal. Los vigilantes, pues, son la esencia de la cosmogonía de los Estados Unidos. “Quis custodiet ipsos custodes?” se preguntaba Juvenal y se preguntan los habitantes de esta Nueva York siniestramente verosímil en su ambientación parafascista, conspiranoica y beligerante, ahogada en una lluvia apocalíptica.

A través de una trama de intriga, siempre con la amenaza presente -sea de la delincuencia generalizada, de la inestabilidad social, del complot contra los enmascarados o de la guerra nuclear-, las aceradas lecturas sociopolíticas se conjugan equilibradamente e incluso se incardinan con los apuntes acerca de la naturaleza humana que ofrece la exploración de unos personajes de cuidada tridimensionalidad, quienes pagan los reveses de su experiencia con desarraigo, soledad, cinismo, moralismo, maquiavelismo… La visión ‘divinizada’ de Doctor Manhattan y Ozymandias interesa en la misma medida que la visión terrenal de Búho Nocturno, fondón, miope e inmerso en un incómodamente apacible desencanto. Al fin y al cabo, se trata de nuevo de una madura destrucción de arquetipos, tanto históricos como de ficción.

           Es de suponer que la puesta en escena es hartamente deudora del papel. A la abundante referencialidad cultural del cómic, Snyder le suma una banda sonora trufada de canciones populares, empleadas en varias ocasiones con intenciones irónicas o contradictorias -el asesinato del Comediante, el Hallelujah de Leonard Cohen-, pero también algo sobadas. Afianzándose sobre la viñeta, con recursos que se aprecian influidos por la digitalización que ensayara Robert Rodriguez con Sin City, el realizador mantiene firme el ritmo narrativo, a pesar de ciertas caídas debidas a la notable extensión del metraje y a la barroca agitación de algunas secuencias marca de la casa. Según Costa, es una adaptación todo lo buena que podía ser.

.

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

Zootrópolis

5 May

.

Año: 2016.

Directores: Rich Moore, Byron Howard, Jared Bush.

Reparto: Ginnifer Goodwin, Jason Bateman, Idris Elba, Nate Torrance, Jenny Slate, J.K. Simmons, Bonnie Hunt, Don Lake, Octavia Spencer, Tommy Chong, Alan Tudyk, Raymond S. Pershi, Shakira.

Tráiler

.

            El Óscar al mejor largometraje de animación de 2016 se lo llevó una fábula apegada al rabioso presente político, que debate sobre la diversidad de una sociedad, sobre los prejuicios asociados a ella y sobre la estrategia del miedo hacia el Otro que domina el escenario parlamentario actual, producto de la psicosis de un mundo multicultural, de relaciones cada vez más estrechas, y donde el reduccionista antagonismo de la Guerra Fría ha quedado sustituido por una renovada dicotomía donde el presunto enemigo se encuentra atomizado y ataca desde posiciones indetectables, como un lobo camuflado entre los corderos del rebaño. O, refiriéndonos a un caso aparente más local estadounidense, reflexiona acerca del ensanchamiento de las grietas entre la población caucásica y la afroamericana -e incluso latinoamericana o simplemente foránea, dada la criminalización emprendida por Donald Trump contra el inmigrante-, manifiesta en los episodios de violencia policial registrados recientemente.

            A tal punto, para construir este discurso concienciado de comprensión hacia el diferente, Zootrópolis, que recupera los clásicos animales antropomorfos de la factoría Disney -a los que se homenajea con profusión-, escoge un esquema de ‘buddy movie’ policíaca. Una base que precisamente había sido empleada para evidenciar y reparar el racismo subyacente de la comunidad del país norteamericano -o cuanto menos las confrontaciones de sus distintos estratos sociales- en filmes como En el calor de la noche, Límite: 48 horas, Arma letal, Danko: Calor rojo o, de nuevo desde la metáfora, Alien nación.

            Zootrópolis es menos sutil y algo más verbalizadora en su exposición del mensaje y la moraleja, que desgrana de forma sencilla aunque contundente gracias a una entretenida narración enhebrada a través de una investigación conspiranoica y donde confluye también un subtexto de corte tradicional disneyniano acerca de la libertad y el supuesto potencial de cada uno para materializar sus anhelos existenciales. Posee aciertos universales en la personificación de las especies -los perezosos como rostro del vilipendiado funcionariado público y su dominio del ritmo del gag-, pero por otro lado resulta menos sorprendente estilística y temáticamente que otros ejemplos de la audaz animación cinematográfica y televisiva contemporánea.

.

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

Gladiator

18 Ene

gladiator

.

Año: 2000.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Russell Crowe, Joaquin Phoenix, Connie Nielsen, Oliver Reed, Richard Harris, Djimon Honsou, Derek Jacobi, Ralf Moeller, Tomas Arana, David Schofield, John Schrapnel, Spencer Treat Clark.

Tráiler

.

            Convertida ya en clásico popular moderno, con sus incondicionales y sus detractores, Gladiator recuperaba y actualizaba al comienzo del milenio la fascinación del cine colosal de reconstrucción histórica que prácticamente se había perdido tras el desplome de los estudios de Samuel Bronston; del mismo modo que, presumiblemente respaldado por esta iniciativa exitosa, Piratas del Caribe: La maldición de la perla negra hará lo propio apenas tres años después con su respectivo subgénero -aunque a mi juicio con mucho menor calidad, sabor y empaque-.

            La alusión a las descomunales producciones de Bronston no es casual cuando, precisamente, el argumento de Gladiator saqueará sin pudor La caída del imperio romano, ambientada en idéntico periodo -la transición entre el césar intelectual Marco Aurelio y el césar vicioso Cómodo– y con semejantes premisas dramáticas inspiradas en relatos históricos, unos de naturaleza apócrifa y otros deformados por intereses de la historiografía de la época.

            El libreto se configura así a partir de una asequible historia de venganza situada en el marco de las conspiraciones palaciegas por el poder, la cual en su sencillez revela una raigambre casi propia del peplum europeo -Máximo Décimo Meridio llega a ser incluso un vengador enmascarado que busca resolver su conflicto mediante el duelo personal y directo-, combinada con la espectacularidad propia del kolossal, de fastuosos escenarios -si bien el CGI empleado se percibe ya caduco-, bulliciosas batallas de cruda violencia -hay cierta pasión hiperrealista por la víscera y el ralentí equiparable al desembarco de Normandía de la coetánea Salvar al soldado Ryan– y fornidas escenas de acción a espada.

Las concesiones de épica fácil a la platea vienen de la mano de proclamas heroicas -¿qué imbecilidad se querrá expresar con “fuerza y honor”, tan del gusto de cualquier valentón de medio pelo?-, las grandilocuentes arengas castrenses y las invocaciones de manual a la trascendencia de la existencia de cada individuo; irritante patrimonio del cine histórico contemporáneo y chuscas llamadas todas ellas a que el espectador, víctima de la desaforada tragicomedia de la adolescencia o pobre diablo destinado por lo general a gastar su existencia en cualquier currito insignificante -cosa que debidamente asumida no tiene nada de malo-, se sienta partícipe de la épica universal que se arroga esta aventura asombrosa que atraviesa los siglos. Recursos tópicos que, en demasiadas ocasiones, pretenden sustituir a debidas herramientas cinematográficas como la empatía de los personajes o la adecuada filmación de sus emociones y su traducción en actos.

            Por fortuna, Gladiator consigue atesorar un protagonista de carisma, encarnado con rotundidad por un Russell Crowe que se ganaría aquí el estrellato, y articular a su alrededor una serie de tramas confluyentes que se siguen con interés -la evolución en la arena del protagonista, los desmanes en el trono del emperador, las intrigas para derrocarlo-, ayudadas por la presencia de secundarios que también poseen una personalidad viva -el torturado Cómodo de Joaquin Phoenix, la ambigua Lucila de Connie Nielsen, el taciturno Marco Aurelio de Richard Harris, el atractivo Próximo de Oliver Reed en su interpretación póstuma-.

            Ridley Scott hace buena la herencia de serie B de la narración y demuestra una agraciada capacidad de síntesis a la hora de retratar la identidad y las relaciones de los personajes implicados, a la vez que mantiene equilibrado el pulso entre la vertiente de acción guerrera y la de las confabulaciones políticas, que están expuestas con solidez y sin caer en esa puerilidad que sí domina las presuntas sentencias épicas antes citadas.

Apoyado por un buen diseño de producción y por importantes elementos auxiliares como la banda sonora de Hans Zimmer -muy recordada por sí misma-, el director británico consigue componer con imágenes potentes y vibrantes, enlazadas con afinado sentido del ritmo, un filme capaz de sumergir al público en esta fantasía tradicional y momentáneamente olvidada que, con la más loable de las intenciones, aspiraba a ofrecer un viaje maravilloso al público al otro lado de la pantalla. A hacer que, durante un modesto pero embriagador lapso de tiempo, se desvanezca de su aburrido y prosaico mundo para evadirse a universos paralelos repletos de emociones, peligros, prodigios e ilusiones.

.

Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 8.

Dos buenos tipos

28 Dic

null

.

Año: 2016.

Director: Shane Black.

Reparto: Russell Crowe, Ryan Gosling, Angourie Rice, Kim Basinger, Matt Boomer, Margaret Qualley, Yaya DaCosta, Keith David, Beau Knapp, Jack Kilmer.

Tráiler

.

            Una gloriosa playmate se hace carne y hueso ante los ojos asombrados de un adolescente pajillero. En la misma postura insinuante que en la revista que sostenía un momento antes, solo que herida de muerte y agonizante.

El Los Ángeles de Dos buenos tipos subvierte el sueño americano gracias a una sencilla introducción que, a su vez, presenta la trama que da lugar al filme: el asesinato de una serie de individuos pertenecientes a la industria californiana del porno de finales de los setenta, enredados en una trama delictiva que, herencia del cine negro tradicional, de tan enmarañada no parece tener más sentido que el de representar a una sociedad que está desquiciada mientras finge comportarse de acuerdo con las coordenadas establecidas por el sistema.

            Desde el blockbuster de apariencia comercial, Shane Black se erige en un nuevo francotirador contra el status quo, equiparable al sádico Paul Verhoeven de los años ochenta y noventa pero con un estilo más apegado a las convenciones del cine taquillero estadounidense, probablemente debido a que es un cineasta nacido y criado en el lugar. Su mejor ejemplo se encuentra en esa Iron Man 3 que, pese a ser dilapidada por los incondicionales del cómic original, arrojaba cáusticos dardos contra la política exterior del país, haciendo del villano -un trasunto indisimulado de Osama Ben Laden– una simple marioneta al servicio de los intereses espurios de la seguridad nacional, Patriotic Act mediante.

            En Dos buenos tipos todo se revela contra el prejuicio de partida. Ese que, basado en los férreos tópicos del conservadurismo rancio, protesta contra una juventud pervertida, tacha de frívolos a los concienciados antisistema y se carcajea hipócritamente de las presuntas desviaciones delimitadas por el moralismo de manual.

Este es el panorama contra el que se amotinan dos individuos marginales, desterrados del país de las oportunidades: un detective privado que carga con su hija preadolescente (Ryan Gosling) y un matón de tres al cuarto (Bud Spencer… digo Russel Crowe). Unidas sus fuerzas, protagonizan la clásica historia del primo que se subleva contra su destino natural y triunfa enfrentándose un sistema corrompido y que además juega con las cartas marcadas, favorecidos en este caso por la influencia redentora de una jovencita (Angourie Rice) que encarna con propiedad la auténtica rebeldía y esperanza del relato.

            Sin desbocarse en el sustancioso absurdo de lo que podría ser la fundamental El gran Lebowski o la sociológica Puro vicio, Dos buenos tipos despliega su arsenal con notable simpatía y solidez, alzada por la vis cómica de Gosling y Crowe allá donde la función amenaza con estancarse en su juego de equilibrios entre su respeto hacia los cánones de la buddy movie -que Black prácticamente reglamentó con el libreto de Arma letal y su innata voluntad subversiva.

.

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

Suburra

27 Dic

suburra

.

Año: 2015.

Director: Stefano Sollima.

Reparto: Pierfrancesco Favino, Elio Germano, Greta Scarano, Alessandro Borghi, Adamo Dionisi, Giulia Gorietti, Claudio Amendola.

Tráiler

.

           De espaldas, contraído ante la Cruz en las sombras de su soledad, el Papa confiesa a uno de sus asistentes que su renuncia es inminente. En la ciudad, un parlamentario romano celebra su escalada triunfal con una orgía de putas y drogas duras. En el averno de la marginal Ostia, un gánster local despedaza a mazazos a un propietario que se niega a cederle su debida cuota al Poder. La noche atruena y se descompone en diluvio sobre la capital de Italia, mientras los intertítulos pregonan el Apocalipsis cercano. El retiro de Benedicto XVI, el golpe de Estado tecnócrata de noviembre de 2011, el ‘bunga bunga’ y las velinas, la Mafia Capitale.

En su insolente inmoderación, Suburra parece el reverso definitivamente tétrico y chabacano de la corrupción existencial que, con ansias de trascendencia, plasmaba Paolo Sorrentino en La gran belleza, aunque en este caso volcada furiosamente sobre la vertiente política y mafiosa del país, una misma cosa toda vez que se retroalimentan y se legitiman recíprocamente. Podría pasar también por una versión berlusconizada del cine criminal de Michael Mann en su manejo de los espacios urbanos bajo el dominio de la noche, el hechizo onírico de la iluminación fluorescente y los eufóricos crescendos musicales de reminiscencias ochenteras. El contraste entre la estilización de los planos, el contrapunto estéticamente hortera de los decorados y los personajes, y la sordidez física y moral de las acciones que acontecen en ellos, provocan el surgimiento de imágenes de un extraño poder hipnótico.

           Pero, en puridad, la película se encuentra a la estela de obras como Gomorra -sintetización periodística, cinematográfica y televisiva de la podredumbre estructural del Belpaese, manifiesta en las regiones meridionales bajo el yugo de un Estado alternativo que adopta diferentes apelativos territoriales: Camorra, ‘Ndrangheta, Cosa Nostra…- Roma Criminal -esta vez, filme y serie basada en el narcotráfico de los setenta y ochenta-. De hecho, el director, Stefano Sollima, firma diez capítulos de la primera serie y los veintidós que componen la segunda. En la presente, al estilo de Las manos sobre la ciudad, clásico del cine italiano del compromiso, la excusa es una operación inmobiliaria para convertir el degradado puerto capitalino en una despampanante Las Vegas mediterránea.

           La cinta compone un mosaico coral en el que explayar la corrupción endémica y el castigo divino que, consideran los autores, se cierne sobre ella, al modo de la lluvia que reclamaba el enajenado Travis Bickle para limpiar las calles de un Nueva York posVietnam sumido en la decepción política y moral, también entre infernales luces de neón. Y, al mismo tiempo, se diría que Suburra quiere trazar el camino de una sublevación ciudadana que simboliza esta necesaria regeneración colectiva, desde los bajos fondos laziales hasta el Palacio Chigi. En su trayecto, deja un puñado de fotogramas exaltados y poderosos, paradójicamente siempre al borde del ridículo. No admite término medio en su apreciación; al igual que este país de excesos idiosincrásicos, que el Mediterráneo en su conjunto, que la Europa del liberalicidio que fusila a la ética. Lo hortera y lo desaforado es parte del mensaje, de la esencia del panorama que se representa.

El político que, desde lo alto de sus exclusivas estancias, orina impunemente hacia la calle.

.

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

A %d blogueros les gusta esto: