Archivo | julio, 2013

Doctor Bull

31 Jul

“Cuando hay un gran director, el guionista es claramente subsidiario de su personalidad y su punto de vista. El guionista se convierte entonces en un artesano, como el director de fotografía o el director artístico. Pueden aportar contribuciones, pero siempre a través de los ojos del director.”

Peter Bogdanovich

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Doctor Bull

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Doctor Bull

Año: 1933.

Director: John Ford.

Reparto: Will Rogers, Vera Allen, Marian Nixon, Howard Lally, Berton Churchill, Louise Desser, Andy Devine, Effie Ellser.

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            El concepto de ‘sabiduría campesina’ compone uno de los paradigmas fundamentales del cine de John Ford. Es el homenaje y la reivindicación del sentido común y los valores humanos residentes en el pueblo llano, definidos, propugnados y protegidos por virtudes tradicionales como la sencillez, la honestidad, la entrega generosa al prójimo y el distanciamiento prudente hacia las fugaces modas imperantes en cada momento.

Sería por su parte el popular cómico Will Rogers quien mejor personalizase este principio a lo largo de tres capítulos elaborados en colaboración con Ford y que parecen conformar una pequeña trilogía nostálgica y costumbrista: Doctor Bull, El juez Priest y Barco a la deriva.

             En este primer episodio, desde su modesto papel de médico rural -el doctor Bull del título-, Rogers se erige como auténtico pilar de una comunidad situada en el corazón mismo de los Estados Unidos. Una sociedad por tanto prototípica del país a la que, desde su estatus de eje vertebrador del relato, el buen matasanos sostiene y retrata con disimulo pero con clarividencia y profundidad gracias a su función activa como desprestigiada autoridad sanitaria, veterinario vacuno, psicólogo, consultor sentimental, mecánico improvisado,….

             La mirada cariñosa y sabia del doctor desvela con lucidez las manías y enfermedades que comenzaban a contagiar a una América abalanzada al progreso sin medida: la ganancia capitalista a cualquier precio, la modernización sin rostro humano, el elitismo excluyente y tiránico del acaudalado, la falsa, hipócrita y deformada moralidad o la hipocondría incurable e histérica y la dependencia de placebos que basen su efecto en el simple mantenimiento en marcha del motor del consumo, anticipo agrio y descarnado de los despiadados negocios farmacéuticos contemporáneos, inventores insaciables de patologías de nuevo cuño y remedios asociados tan cotidianos como cuantiosos e innecesarios.

             Por ello mismo, la figura humilde, racional y desenfadada de Bull, experto conocedor de los resortes que realmente importan en la vida, actúa todavía más a día de hoy con un agradecido y cálido efecto reconfortante, al mismo tiempo que decepciona y entristece su naturaleza irremediablemente crepuscular, vilipendiado injustamente por el sospechoso desinterés de su sacrificio diario y su desfasada llaneza, mesura y buena lógica –hecho similar a lo que sucede con el juez Priest de la siguiente, si bien ésta acabará por ser al final algo más complaciente con su protagonista-.

En definitiva, la relegación de la sensatez una condición marginal; otro de los despreciables síntomas de una nación cuyas decadentes males pertenecen más al ámbito de lo moral que al de lo físico.

             La finura, simpatía y humanidad del toque humorístico, apoyado en el peculiar genio y arrebatadora empatía de Rogers, favorecen por su parte la conservación de una película que constituye un saludable y atinado ejercicio de comedia y crítica social.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

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La diligencia

30 Jul

“Me llamo John Ford y hago películas del Oeste.”

John Ford

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La diligencia

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La diligencia

Año: 1939.

Director: John Ford.

Reparto: John Wayne, Claire Trevor, Andy Devine,  John Carradine, Thomas Mitchell, Louise Platt, George Bancroft, Donald Meek, Berton Churchill, Tim Holt, Tom Tyler.

Filme

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            En 1939, año de oro para el cine en general, el western, territorio por definición del séptimo arte, se hacía mayor de edad. Quién si no John Ford, tótem absoluto del género, sería el responsable de iniciarle definitivamente en su etapa adulta.

            La diligencia se erige entonces como hito fundamental en la travesía del cine del Oeste, ciclópeo punto de referencia a partir del cual deja de considerarse una simple atracción de feria, una recreación para el divertimento de un público poco exigente, y comienza a configurarse como un espacio universal en el que dirimir las luces y sombras del ser humano, un horizonte mítico donde exponer y diseccionar los grandes dilemas de la humanidad.

Puro arte, tragedia, filosofía.

            El espectáculo, no obstante, seguía ahí. A lo largo de su metraje, La diligencia mantiene como generador de tensión la amenaza invisible del apache sobre ese carruaje que sirve prácticamente de único escenario. Sin embargo, la verdadera fuerza del filme reside precisamente en el interior del modesto vehículo, donde un memorable conjunto de personajes, dibujados con minuciosidad de genio e interpretados por un reparto mayúsculo, descerrajan sentencias que hacen temblar los cimientos y las convenciones mismas del western, del cine y de la sociedad del momento.

            En este universo revolucionado y convulso que presenta Ford, nos encontramos con que el héroe es un forajido con sed de venganza, la heroína y modelo de virtud es una prostituta expulsada a la fuerza de la ciudad por una turbamulta de inmaculada devoción cristiana, mientras que el filósofo conocedor del alma humana no escruta la realidad por medio de libros y discusiones eruditas, sino a través del cristalino culo de una botella de whiskey a medio vaciar.

Por el contrario, ocupando el asiento de enfrente, los guardianes de la decencia no son más civilizados que el indio salvaje, los impolutos caballeros sureños son torturados rufianes que disparan por la espalda –sorprendente traición de Ford a su tópica Arcadia sureña, tantas veces añorada-, el sheriff navega por un proceloso mar de dudas y los banqueros airados exigen orden público y claman por la libertad de mercado para robar jornales ajenos a manos llenas –contundente avance de la crítica social que el cineasta hibernoestadounidense exprimirá aún con mayor compromiso y virulencia en Las uvas de la ira-.

            La inquietud provocada por el peligroso escenario que atraviesa la diligencia –el sobrecogedor y espectral Monument Valley que acabaría siendo coto privado del director-, la tormentosa y abisal vertiente intimista del relato y ese suspense sostenido que promete un clímax de violencia, romance y redención quedan uncidos por la mano de hierro y el guante de seda de Ford, maestro indiscutible en el arte de la narración.

Abrumadora complejidad expuesta con la máxima sencillez. Una mezcla de acción contenida y desatada confluyente en un crescendo de intensidad progresiva, un cúmulo imponente e inigualable de corrosivo azufre esparcido a puñetazos, delicado lirismo desbordado de sentimiento y combativos e incorruptibles ideales humanos.

            La diligencia, en definitiva, es una colosal piedra angular. Un clásico imperecedero.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 9,5.

Argo

29 Jul

“Ayatollah, no me toques la pirola.”

Siniestro Total (Ayatollah!)

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Argo

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Argo

Año: 2012.

Director: Ben Affleck.

Reparto: Ben Affleck, Bryan Cranston, John Goodman, Alan Arkin, Tate Donovan, Clea DuVall, Scoot McNairy, Kyle Chandler, Victor Garber.

Tráiler

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           Hollywood, fábrica de sueños, es un ser optimista por naturaleza. Acaso por esta razón, en esta época contemporánea de descrédito del espionaje y recrudecimiento de las tensiones y el antiamericanismo en Oriente Medio, la última edición pasada de los premios de la Academia favorecieron a Argo, donde la realidad supera a la ficción -heroísmo incluido-, en perjuicio de la otra gran contendiente, La noche más oscura (Zero Dark Thirty), la cual, en su descripción de la triunfal caza de Osama Bin Laden, Satán encarnado, dejaba por el camino un nada desdeñable reguero de torvas sombras y charcos pestilentes.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que Argo sea una mala película. Es tan solo la constatación de una posible tendencia anímico-política y el sumario de los sentimientos que despierta dicho filme.

            Es cierto que Argo alude sin ambages a ese acto de auténtico neocolonialismo que fue el derrocamiento por parte de Estados Unidos y Reino Unido del Primer Ministro de Irán Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente, y su sustitución por el Sha Reza Pahlevi, calificado en la cinta como el primer golpe que inicia una pelea en la que tan solo sangrará sin remedio, pese a los puntuales y llamativos daños colaterales, el sufriente pueblo iraní.

Pero también es verdad que la sensación general, extrañamente complaciente viniendo de parte de dos de los abanderados del ala izquierda de la industria como Ben Affleck y George Clooney –director y productor y productor ejecutivo respectivamente-, se corresponde más a las alegorías que ofician la apertura y el cierre del filme: un storyboard con apariencia de viñeta superheroica –inspirado por el falso filme empleado como engaño para la misión de rescate- y un significativo último plano que, aunque no importe revelar, dejaremos al visionado del lector.

Quizás se trate de una muestra de apoyo al admirado liderazgo de Barack Obamasu esposa Michelle sería de hecho quien descubriese desde la Casa Blanca la estatuilla a mejor película– ante la proximidad de un nuevo proceso electoral.

Ambas imágenes, junto a la repetición de la misma metáfora en diversos tramos del metraje –alusiones al cine de espías más popular e inverosímil, enfoques incluidos a fotografías de Roger Moore, el 007 en el momento en el que se sitúa la acción-, establece una equiparación directa del espía ‘basado en hechos reales’ con el arquetipo de héroe de acción característico de la ficción cinematográfica, todo ingenio, decisión, honestidad, atrevimiento y un pelín de tormento y duda interior, si bien siempre con un agradecido margen de redención.

            De cualquier modo, si dejamos de lado este romántico punto de vista de base -un fondo más que cuestionable, por mucho fundamento histórico y factual que pretenda tener-, Argo constituye un fornido y elegante thriller en el que su Affleck madura un paso más allá lo aprendido en sus solventes filmes previos, Adiós, pequeña adiós y The Town (Ciudad de ladrones), con los que conseguía ese reconocimiento crítico del que había carecido, con razón en la mayoría de casos, en el transcurso de su trayectoria como actor.

Por primera vez a uno y otro lado de la cámara, Affleck reconstruye uno de los episodios críticos de la política exterior estadounidense reciente: el secuestro entre 1979 y 1981 de un cuerpo de civiles, diplomáticos y militares norteamericanos en el Teherán bajo el régimen de los ayatolás -encumbrado al poder en 1979 de la mano de la Revolución iraní-, y que a la postre, sumado a algún que otro factor añadido, tendría consecuencias decisivas en la evolución política del país tales como la no reelección de Jimmy Carter para la presidencia, considerado blando e ingenuo en su actuación a nivel internacional.

            Una buena historia capturada en un buen guiontambién galardonado con un Oscar– sin perder un ápice de atractivo. Argo logra mantener el interés y el ritmo durante todo el filme. Paradójicamente, los preparativos de la acción terminan por resultar más seductores, originales y suculentos que la acción misma, la cual tampoco es en modo alguno despreciable, bien calculada, ágil y tensa. Ayuda a ello de manera inestimable el genio interpretativo de dos titanes como John Goodman y Alan Arkin, un estimulante diseño de producción y la sorna e irreverencia –no exenta de ternura y gigantesco amor propio, por supuesto- con la que Hollywood se mira a sí mismo.

            Así pues, Argo se erige en definitiva como una obra menos interesante en su lectura política –más bien blanca y un tanto patriotera- que como narración pura, con la que disfrutar de un relato bien contado y con todos los ingredientes necesarios –emoción, drama, humor, acción, estética nostálgica, orgullo nacional– para triunfar.

Exactamente lo que hizo.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Yo confieso

28 Jul

“Si Jesús volviera hoy a la Tierra, echaría las potas.”

Jesse Ventura

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Yo confieso

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Yo confieso

Año: 1952.

Director: Alfred Hitchcock.

Reparto: Montgomery Clift, Anne Baxter, Karl Malden, Brian Aherne, Roger Dann, O.E. Hasse, Dolly Haas.

Tráiler

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           Aunque el elemento religioso católico había conformado un elemento -no demasiado trascendente- en anteriores obras de Alfred Hitchcock, en Yo confieso alcanzan su grado máximo de exposición dado que será la mirada de un clérigo desde la cual el espectador se acerque una vez más al hecho criminal -auténtico centro de gravedad de la cinematografía del cineasta inglés-, bajo la modalidad del falso culpable, también frecuente en su trayectoria.

           Después de adquirir en la década anterior los derechos de la obra teatral Nos deux consciences, firmada por el dramaturgo franco-canadiense Paul Anthelme, Hitchcock pudo finalmente llevarla a la pantalla tras acordar con la Warner Brothers, reticente al proyecto, el rodaje de otra película posterior a modo de compensación: la futura Falso culpable.

Trasladando la acción a Quebec, el único territorio de Norteamérica en el que los religiosos aún vestían sotana –hecho decisivo en la trama-, Yo confieso recorre el calvario de un sacerdote (Montgomery Clift) atrapado entre el secreto de confesión del asesino y la persecución policial y social sufrida como principal acusado del homicidio.

           El filme comienza con un espectacular ejercicio de ambientación, favorecido por el rotundo blanco y negro de la fotografía de Robert Burks; un escenario lóbrego destinado a dar cabida a una turbulenta marejada de secretos y pecados, atrapados sin remedio entre barreras de todo tipo.

Expuesto a la luz por la amenaza terrible, injusta y cierta de la condena, el argumento propone el violento choque entre los deberes sentimentales y cívicos de los protagonistas y los diferentes códigos que coartan y oprimen su actuación, como la estricta regulación católica que sepulta la vía de escape del cura o las imposiciones sociales que cercenan la intervención salvífica de la amante de juventud del protagonista (Anne Baxter), una mujer atrapada en un matrimonio postizo pero irrompible e inviolable.

           Tamaño material de derribo no explota con la intensidad que debiera. El via crucis del padre Logan parece más un martirio autoinfligido en un deseo inconcreto, sobreactuado y casi obsesivo de expiar viejos pecados de guerra o de amor. El asunto es que, ante la rígida interpretación de Clift –actor de método y vida tumultuosa, cosas que disgustaban especialmente a Hitchcock-, su relación con Baxter -sustituta de la sueca Anita Björk, sin el beneplácito del director-, resulta gélida cuando debía convertirse en ardiente, justificando su considerable peso en la historia.

            Como consecuencia, las dos vertientes del relato quedan desangeladas, sobre todo en lo que respecta al análisis introspectivo del protagonista; algo que el realizador británico parece de tratar de rectificar mediante el empleo de simbolismos visuales que en ocasiones acaban por resultar un tanto obvios y empachosos, como aquella caminata de Clift, en la cima de su tormento, bajo una estatua de Cristo cargando con la cruz.

Curiosamente, ese mismo interior abrumado por la duda, la culpa y el deseo de redención sí consigue en cambio plasmarse con conmovedora fuerza en el caso de la esposa del asesino, impulsada por la excelente interpretación de Dolly Haas, importante actriz de la industria cinematográfica alemana previa a la Segunda Guerra Mundial. 

            Aunque en su día cargó con la etiqueta de ser un “Hitchcock menor”, sería revalorizada años más tarde por la crítica francesa de la Nouvelle Vague.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 6,5.

La noche más oscura (Zero Dark Thirty)

27 Jul

“El americano es un personaje esencialmente demócrata. Incluso cuando comete errores, los hace creyendo defender la democracia.”

Jules Dassin

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La noche más oscura (Zero Dark Thirty)

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La noche más oscura

Año: 2012.

Director: Kathryn Bigelow.

Reparto: Jessica Chastain, Jason Clarke, Kyle Chandler, Edgar Ramírez, Jennifer Ehle, Joel Edgerton, Fares Fares, Mark Strong, James Gandolfini.

Tráiler

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            El cine es una emanación de la sociedad. En el recién estrenado nuevo milenio, películas como La red social, El capital o La noche más oscura bien podrían diagnosticar esa misma sociedad contemporánea o, cuanto menos, exponer los hechos que construyen y dan sentido a su contexto particular.

            De igual modo que en su anterior En tierra hostil (The Hurt Locker), producida durante el punto álgido de la Guerra de Irak, Kathryn Bigelow, primera mujer galardonada con el premio Oscar a la mejor dirección, se aferra una vez más en la actualidad más rabiosa y candente para dar forma a su obra, de nuevo con el apoyo de Mark Boal en el guion.

El trasfondo no es otro que la caza, captura y homicidio de Osama Bin Laden, enemigo público número uno, ideólogo y alma espiritual de uno de los hechos más decisivos de la Historia reciente: los atentados del 11 de septiembre contra el World Trade Center de Nueva York, corazón mismo de los Estados Unidos, saldados con cerca de 3.000 muertes.

Dada su fecha de estreno, próxima a los comicios presidenciales en el país norteamericano, tal coincidencia no se libraría de acusaciones de oportunismo, electoralismo y asesoramiento improcedente desde el ámbito gubernamental, toda vez que dicho acontecimiento sería una de las banderas de éxito izadas por la administración Obama, quien por cierto disfruta en el filme de una imagen a grandes rasgos favorable.

            La negra cicatriz arrancada en el mismísimo rostro de América es la que, precisamente, compone el génesis duro y conmovedor que desencadena la acción de la película, de inmediato respondido con frías escenas de tortura en uno de los centros de detención secretos de la CIA. Causa-efecto.

No obstante, el saldo de la ecuación queda por ver, tanto en la cinta como en la realidad.

            El discurso de La noche más oscura es en general no tanto argumentativo como expositivo. En principio no se juzgan los métodos, sino que se presentan en crudo dentro de los capítulos atravesados durante el proceso de búsqueda, procedimientos en paralelo los efectos de los cambios de política, legitimados –la infame tesis de las armas de destrucción masiva, la cuestión moral de la tortura- y al mismo tiempo contrapesados –la responsabilidad por la inacción, la posibilidad de obtener un triunfo decisivo-.

Corresponde entonces al espectador cuestionarse sobre si el resultado final encuentra justificación.

            La narración, profusamente documentada, se ajusta a la verosimilitud como objetivo prioritario, lo que da lugar a un estilo riguroso, próximo en ocasiones a la recreación documental –hasta el punto de que desafinan situaciones más peliculeras, como la zafia presentación de la protagonista ante la plana mayor de la CIA-, con escasa presencia incluso de la minimalista banda sonora de Alexandre Desplat -muy semejante a su por otro lado magnífica partitura de Syriana, de temática pareja a ésta-.

            Es así un relato casi notarial que adopta el punto de vista de la agente Maya (Jessica Chastain, toda convicción). Maya aparece entonces como un samurái criado específicamente para dicha tarea por medio del trauma –como la nación al completo- y el exhaustivo entrenamiento, sin más motivaciones y dimensión afectiva o emocional que todo aquello que concierna a su obsesiva persecución –aparte de la obstinación, la ambición y una contenida desesperación ante los reveses, en última instancia el principal resorte que la inspira es el de la venganza personal-. Maya es la caza.

Fallidos y obsoletos los métodos de la Guerra Fría –la corrupción mediante el dólar, el gran arma del capitalismo-, queda otro de los rasgos americanos por excelencia, la iniciativa particular, como camino hacia una victoria dudosa, difusa, parcial pero en todo caso simbólica. A fin de cuentas, la ardua y cruenta investigación se resuelve casi en un metafórico cuerpo a cuerpo entre la pertinaz agente -fiel devoradora de hamburguesas y Coca Cola, pelirroja, pálida, frágil y terca- y el monstruo indetectable e inexpugnable –barbado, de execrables costumbres, oculto en un fortín entre mujeres cubiertas de velos-.

Un recurso argumental de tendencia bastante más populista y en cierto modo contradictorio con el atinado estilo y tono mantenido hasta entonces.

            En todo caso, a pesar de esa premisa de distanciamiento narrativo que domina la mayor parte del filme, La noche más oscura sabe mantener vivo el interés a lo largo de esa minuciosa cacería y extraer de su relato una lograda tensión, patente en especial en ese fibroso clímax de la Operación Gerónimo escrito mediante cámaras de visión nocturna y negrura, todo nervios, expectativa, chapuza y, por fin, un maremágnum de emociones encontradas entre la confusión, el vacío, el alivio y la euforia.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

Movie 43

26 Jul

“Los humoristas somos como los ginecólogos: trabajamos donde los demás se divierten.”

Moncho Borrajo

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Movie 43

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Movie 43

Año: 2013.

Director: James Gunn, Peter Farrelly, Will Graham, Griffin Dunne, Elizabeth Banks, Brett Ratner, Bob Odenkirk, Steven Brill, Steve Carr, Rusty Cundieff, James Duffy, Patrik Forsberg.

Reparto: Kate Winslet, Hugh Jackman, Naomi Watts, Liev Schreiber, Jeremy Allen White, Anna Faris, Chris Pratt, Kieran Culkin, Emma Stone, Richard Gere, Kate Bosworth, Justin Long, Jason Sudeikis, Uma Thurman, Kristen Bell, Christopher Mintz-Plasse, Chloë Grace Moretz, Gerald Butler, Seann William Scott, Johnny Knoxville, Halle Berry, Stephen Merchant, Terrence Howard, Elizabeth Banks, Josh Duhamel.

Tráiler 

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            Este hijo cultural de los noventa convivió durante sus momentos de adquisición del uso de razón (o pérdida, según se mire) con el auge de la comedia de los hermanos Farrelly, el paso adelante en el caca-culo-pedo-pis de la comedia gamberra norteamericana con respecto a su nacimiento en los últimos setenta y madurez en la década de los ochenta.

Quiero decir que, se quiera o no, del mismo modo que ese tío que abochorna al resto de parientes repitiendo los mismos chistes guarros en cada cena de Navidad y uno no sabe si adora o le repele, las ocurrencias escatológicas y la incorrección inmadura de los Farrelly forman parte de la familia. Un tío al que ya desde hace algún tiempo las generaciones recientes marginan e ignoran. Un anciano bufón gastado, olvidado y triste, sin el favor de la corte.

            No obstante, irreductible y guerrera, Movie 43 aún recoge la herencia de los Farrelly entremezclándola y adaptándola a sensibilidades y temáticas contemporáneas en mortal alianza con otros longevos supervivientes de la comedia estadounidense, caso del humor absurdo-costumbrista de los sketches del Saturday Night Live, y otros iconos actuales de dicho universo, tales como caras conocidas procedentes de la vulgar renovación de los legendarios ZAZ –toda esa serie de recientes tropelías paródicas acabadas en ‘Movie’- y algún que otro descendiente de la factoría Appatow.

            Es así una auténtica batalla de salvajadas y estrellas que recuerda a aquellas películas corales de la commedia alla Italiana o, con mayor precisión, al Made in USA de John Landis. El zapeo de aquella es aquí sustituido por la navegación en Internet con el fin dar cabida a una cabalgata de rostros cotizados y respetadísimos, embarcados todos ellos con absoluto desparpajo y asombrosa falta de pudor en una serie de pequeños cortometrajes que se ensamblan por medio de aplicar con brocha gorda una serie de clasiquísimos ganchos infalibles: sexo, vergüenzas fisiológicas y lenguaje sucio y explícito.

Caca-culo-pedo-pis.

Humor de vieja escuela, superado ampliamente, de inofensiva capacidad transgresora, por ello rancio y aburrido en muchos casos, pero descerrajado de nuevo sin complejos, a lo bruto, con entusiasmo juvenil y directo al grano. Como si fuese la primera vez.

             Movie 43 podría calificarse como una recopilación incesante de clímax provenientes de este tipo de filmes incontenidos y cerriles. Como sucede con toda obra coral, la irregularidad preside esta auténtica prueba de resistencia. El asunto es que la juerga comienza por todo lo alto, con el ínclito Peter Farrelly a los mandos del duelo entre tipos tan serios como Kate Winslet y Hugh Jackman -que no por groserísimo y repulsivo es menos descacharrante-, y con una hilarante visión de la educación en el hogar, tan racional y humana ella, firmada por Will Graham y protagonizada por Liev Schieber y Naomi Watts.

A partir de ahí, se suceden escenas menos ingeniosas, envejecidísimas, unas todavía simpáticas, algunas con un buen punch y otras intrascendentes, dispuestas a arrasar como Atila ‘supuestos’ tabúes contemporáneos como la coprofilia, la mujer convertida en objeto o la menstruación.

             Un desenfadado regreso al pasado, en definitiva, que con la debida condescendencia y la imprescindible afición al estilo, es aún capaz de arrancar un buen par de carcajadas. Y de desesperar por completo, en otros casos.

 

Nota IMDB: 4,4.

Nota FilmAffinity: 3,9.

Nota del blog: 6.

Un verano con Mónica

21 Jul

“Harriet Andersson es uno de esos raros ejemplares resplandecientes de la jungla cinematográfica.”

Ingmar Bergman

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Un verano con Mónica

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Un verano con Mónica

Año: 1952.

Director: Ingmar Bergman.

Reparto: Harriet Andersson, Lars Ekborg, John Harryson.

Filme

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            El amor de verano pertenece solo al verano. Extender la sensación de euforia propia de este romance ligero y evasivo, refrescante y sanador más allá del estío no es más que ilusión e ingenuidad. Aunque duela, toda persona lo sabe. En Un verano con Mónica, Ingmar Bergman, que bien conocía los procesos emotivos que atraviesa el ser humano en su desarrollo vital, lo deja meridianamente claro mediante de una desarmante mirada sostenida a través de la cuarta pared que hace estallar por fin la ingente desilusión acumulada a lo largo del metraje. Es cuando Harriet Andersson clava sus insondables ojos azabache en el desprevenido espectador, como escupiéndole a la cara “tú lo sabías, yo lo sabía e incluso él lo sabía. Entonces… ¿de qué te sorprendes, gilipollas?”.

           Un verano con Mónica condensa en tres meses el análisis de una relación amorosa que bien podría equivaler a aquellas que ocupan una vida por completo, con su respectivo comienzo luminoso, su auge apasionado y su acre decadencia. Es, además, el conflicto entre dos formas de entender la vida y el amor: la prosaica de él, cuyos sueños se reducen a ligarse y hacer feliz a la chica que le gusta, y la fantasiosa de ella, quien concibe y compara su existencia en función de las ficticias enseñanzas que extrae de los melodramas de Hollywood.

Desde una postura más realista y cotidiana, alejada de sus proverbiales indagaciones antropológicas y trascendentales, Bergman perfila con precisión a sus dos amantes, hijos del desmoronamiento de la institución  familiar, la incomunicación, la soledad, el acoso machista y la alienación laboral. Gotas de cine social que contribuyen a dar aliento a ese clima gélido y desapacible del Estocolmo de principios de los cincuenta, el cual tan solo puede aclararse, aunque sea de manera temporal, con una improvisada huida en barca a través del reconfortante y salvífico calor estival.

Un caso de rebelión por medio del amor que, no obstante, uno sabe desde el comienzo, dado el desequilibrio en la entrega, las motivaciones y la vulnerabilidad de sus partes, que tendrá una resolución hiriente.

            Y logra sus propósitos, puesto que el relato consigue despertar esperanzas, alegrar el gesto y participar del tierno romance entre los dos desorientados adolescentes. Es fácil enamorarse de la esplendorosa Harriet Andersson, rezumante de sensualidad, seducción y desparpajo juvenil. La cuidada evolución y la veracidad del relato contagia del mismo modo esas emociones contradictorias y pesimistas que experimenta la pareja con el paso del tiempo, somatizadas incluso en la puesta en escena –de soleada e idílica a cada vez más sucia y desastrada, con el inserto de notas propias del cine de terror ya en la secuencia del retorno a la capital sueca- y en el cambio de la apariencia física de los protagonistas.

            Filme decisivo en la trayectoria de Bergman, supondría su reconocimiento definitivo por parte de la crítica internacional.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8.

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