Tag Archives: Espionaje

El americano impasible

24 Feb

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Año: 2002.

Director: Phillip Noyce.

Reparto: Michael Caine, Brendan Fraser, Do Thi Hai Yen, Tzi Ma, Pham Thi Mai Hoa, Holmes Osborne, Robert Stanton, Quang Hai, Ferdinand Hoang, Rade Serbedzija, Mathias Mlekuz.

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         La llegada a las salas de El americano impasible se retrasó varios meses, e incluso estuvo cerca de pasar directamente al mercado doméstico, debido a que la productora, Miramax, temía que su argumento pudiera percibirse como “antipatriótico” en unos Estados Unidos traumatizados por los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Azares de la política internacional, su lanzamiento, finalmente, también estuvo a meses de coincidir con la invasión de Irak. No fueron pocos los que se trazaron comparaciones entre las estrategias del agente de la CIA de la película y las operaciones del país en Oriente Medio.

El americano tranquilo, un hombre de modales educados que pasea por el mundo con la bandera de su idealismo por delante, aparece en la plaza de Saigón donde se acaba de producir una terrible masacre. Observa los resultados de las bombas, detecta la huella de la sangre en sus zapatos y en su impecable traje blanco, se limpia y comienza a dar instrucciones a un subordinado. En la siguiente escena, la mancha de sangre permanece, indeleble, en la pernera de su pantalón. Daños colaterales. La versión de Phillip Noyce, con Christopher Hampton en el guion, devuelve la dimensión política al personaje diseñado por Graham Greene en su novela, y del que había sido lamentablemente despojado en la discreta adaptación que en 1958, apenas tres años después de su publicación, había estrenado Joseph L. Mankiewicz. Asimismo, la fidelidad al texto original no está reñida con la ampliación de su arco de acontecimientos casi una década más allá, puesto que, con ello, se plasma el devenir de los acontecimientos que ya podía vislumbrarse en ella.

         Así las cosas, el relato recobra la turbiedad moral propia del mundo del espionaje que retrata Greene, siempre con el peso de su bagaje personal. No solo por ese individuo de dos caras que pugna por abrir una tercera vía en Indochina entre la decadente Francia colonial y el emergente nacionalismo con injerencias comunistas que lideraba Ho Chi Minh desde el norte. También por la figura llena de arrugas y dobleces del reportero británico que, huido de Inglaterra quién sabe por qué motivos, se encuentra afincado en la capital asiática amancebado con una muchacha local. Cínico y descreído, representa en cierta manera una metáfora de ese viejo mundo imperialista que parasita los placeres exóticos y la juventud de allí donde para. Michael Caine hace maravillas con este periodista que, cuando decide dejar de mantenerse cómodamente al margen de todo, lo hace por motivos y con procedimientos en absoluto limpios.

         Es, por tanto, un duelo complejo el que se establece entre ambos caracteres, así como el que mantienen ellos mismos con sus luces y sus sombras. Noyce lo plasma con una formulación clasicista -incluso con algún tópico, como la forma en la que se expone la conspiración-, quizás por la influencia que podrían tener desde la producción Sydney Pollack y Anthony Minghella, que como directores habían firmado sendas cintas de aventuras, Memorias de África y El paciente inglés, que cumplían con este mismo patrón estético y estilístico.

La decisión, que también es capaz de entregar escenas de una tensión muy bien construida, permite que la narración desarrolle en todo momento los dilemas y resoluciones de los personajes -que, siguiendo con las lecturas alegóricas, emparejan hábil y poderosamente lo político con lo íntimo; el opio, el amor y la guerra que aparece en la presentación-; parte directa de un contexto histórico igual de convulso y tortuoso. La fotografía de Christopher Doyle, experto en filmar escenarios asiáticos con romanticismo, con Deseando Amar como cumbre, dota de textura a los fotogramas e invoca esa atmósfera colorista y sabrosa, pero brumosa y trágica, del Vietnam en dramática transformación de los años cincuenta y sesenta.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7,5.

El mensajero del miedo

22 Ene

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Año: 1962.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Frank Sinatra, Laurence Harvey, Angela Lansbury, James Gregory, Janet Leigh, Leslie Parrish, John McGiver, Khig Dhiegh, Henry Silva, Albert Paulsen.

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         “Un poco de humor, Zilkov, siempre un poco de humor”, aconseja constantemente el psiquiatra Yen Lo a su atribulado enlace soviético en Nueva York mientras afinan los cables de su arma humana definitiva: un veterano de la Guerra de Corea, condecorado con las máximas distinciones, que, después de un intenso lavado de cerebro, se convierte en un títere en sus manos comunistas.

El humor convierte al monstruo en un ser de carne y hueso, y por tanto lo hace más terrible. También desnuda el trágico patetismo que se esconde detrás de las acciones humanas, envueltas en un devenir de los acontecimientos en el cual los intentos de ordenar el caos mediante razones, ideas y valores son simples lazos que tratan de atrapar un absurdo inasible.

         El mensajero del miedo es un thriller de una nueva era, en la que John Fitzgerald Kennedy construía un Camelot prometido para limpiar la corrupción con la que el macarthismo había mancillado al autoproclamado país de la Libertad. Pero es un tiempo, no obstante, en el que la Guerra Fría se agitaba con virulencia y la inquietud por el enemigo quintacolumnista, aunque no tan exacerbada, continuaba vigente en la psicología colectiva. Haciendo palanca en esta tensión solapada, el filme apunta como ese antagonista encubierto a un héroe de historial aparentemente intachable para, según arrecia la paranoia, desvelar cuáles son los verdaderos detractores de las libertades sociodemocráticas. El tono abiertamente satírico con el que Richard Condon escribía su novela reaviva hoy sus llamas cuando en Estados Unidos intentan dilucidar las conexiones de su palurdo presidente, Donald Trump, con la Rusia del no menos tosco Vladimir Putin.

Con independencia de lo grave o superficial que sea esta relación entre ultranacionalistas alfa, merece la pena revisar los vínculos que comparte el trumpismo con el iselinismo, que es el estilo político que, en El mensajero del miedo, abandera ‘Big John’ Iselin, estridente senador con aspiraciones vicepresidenciales que, aún por entonces, emulaba los desafueros anticomunistas, chabacanos y etílicos del inefable Joseph McCarthy. La campechana e inepta vulgaridad que desprende James Gregory es magnífica.

         Iselin es otra de las piezas que convergen en una trama verdaderamente enrevesada, con algunos principios y cabos tan forzados como ese flechazo de una atractiva pasajera por un compañero de cabina neurasténico y sudoroso, aunque bien vale darlo por bueno solo con tal de llegar a una delirante conversación entre vagones, con un insólita partenaire femenina rebosante de ingenio -no recuerdo demasiados ejemplos de este arquetipo con semejante agudeza en el manejo a bocajarro del comentario absurdo- en la que la Janet Leigh demuestra, además, una extraordinaria capacidad cómica -e interpretativa-.

Este sentido del humor, que tanto defiende el doctor Yen Lo, contribuye a acrecentar la sensación de delirio que envuelven las pesadillas del comandante Marco (Frank Sinatra), que se van tornando desconcertantemente ciertas. Tan ciertas y probables, tan absurdas, como la vida real, donde las imágenes son todavía más torcidas, sombrías y borrosas que las que compone John Frankenheimer.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

El espía que surgió del frío

2 Ene

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Año: 1965.

Director: Martin Ritt.

Reparto: Richard Burton, Claire Bloom, Oskar Werner, Peter Van Eyck, Cyril Cusack, Rupert Davies, Sam Wanamaker, George Voskovec, Michael Hordern, Robert Hardy.

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          “¿Qué demonios crees tú que son los espías?¿Filósofos moralistas que calibran todo lo que hacen contra la palabra de Dios o de Karl Marx? No lo son. Son un atajo de desdichados, escuálidos bastardos como yo. Hombres insignificantes, borrachos, invertidos, papanatas. Funcionarios que juegan a vaqueros para dar brillo a sus precarias vidas.”

En 1962 se estrenaba Agente 007 contra el Dr. No. “Bond, James Bond”, decía el atractivo y viril Sean Connery desde su impecable esmoquin, rodeado de un ambiente sofisticado, con chicas preciosas, destilados selectos y juegos de azar para el disfrute de los sentidos, amén del pinchazo estimulante de la amenaza sentida en la nuca. John Le Carré, miembro del servicio secreto británico, publicaba El espía que surgió del frío un año después. Éxito de ventas, en 1965 llegaría a la gran pantalla bajo la dirección de Martin Ritt, realizador estadounidense con marcado compromiso social que había sufrido en sus carnes la intolerancia política que, durante la Guerra Fría, también se hacía fuerte en el primer mundo, presunto defensor de las libertades civiles y democráticas. En El espía que surgió del frío, la ambigua trama de espionaje es un entretenido pretexto, un macguffin destinado a ahondar en las miserias humanas, en la naturaleza corrompida de la especie. Otra trampa como la que Alec Leamas, el protagonista, trata de tender a sus rivales tras el Telón de acero.

          A diferencia de la primera aventura de 007, El espía que surgió del frío se abre en la noche, en la humedad, en la gelidez. Densa fotografía en blanco y negro. Luctuosa partitura que apenas asoma entre el silencio. Su primera escena es una espera angustiada que remata en violenta tragedia. El tono de la narración será, pues, amargo, desesperado incluso por el remordimiento, por la imposibilidad de ver una salida, o siquiera un respiro, en un mundo ahogado en esa amoralidad que, hablando en plata, es eufemismo de inmoralidad. Un mundo donde el amor o la compasión no tienen cabida. Tampoco los ideales.

          Richard Burton, que bien sabía qué hacer con un personaje de etílicas sombras autodestructivas, concentra en su mirada fija ese desencanto alienado, esa rabia latente y ese fatalismo insoslayable, al tiempo que participa, consciente o inconscientemente, de los grandes planes geoestratégicos que lo emplean como peón. Como los viejos detectives de novela, trata de enrocarse en su gabardina, en la bebida y en su cáustico cinismo para no revelar su interior sentimental y malherido.

Las evoluciones de Leamas en la intriga dejan tras de sí un retrato inmisericorde que iguala a ambos contendientes por la dominación global. Las mil batallas internas que se libran en nombre de falsos credos, su despiadada mezquindad, la vocación homicida contra el prójimo, el gran poder que aplasta para perpetuarse a toda costa. Entre los escenarios, apenas se pueden intuir ciertas posibilidades bucólicas en un paseo campestre donde la colaboración fingida parece camaradería auténtica. El paternal aspecto de Cyril Cussack ya podía inducir a engaños. Los paisajes son inhóspitos, barridos por el viento, adornados con siniestras piezas de caza. El desenlace se ubica en un muro que nació como ruina.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

Ronin

7 Nov

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Año: 1998.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Robert De Niro, Jean Reno, Natascha McElhone, Stellan Skarsgård, Skipp Sudduth, Jonathan Pryce, Sean Bean, Féodor Atkine, Jan Tríska, Michael Lonsdale.

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         Tanto el título -de reminiscencias al código inmutable y al fatalismo del guerrero japonés- como la ambientación -París y la Costa Azul- parecen querer inscribir a Ronin en una nostalgia por el polar francés, esa apropiación del noir donde abundan sensaciones como el estoicismo del delincuente que no puede vencer a un destino que juega con las cartas marcadas, la asunción de su soledad marginal, la melancolía de su condición crepuscular… todas ellas agravadas por el estricto cumplimiento de un canon de conducta propio, imperturbable.

Precisamente, uno de los grandes temas de Ronin es la necesidad de este código moral, de esta fidelidad a unos ideales determinados dentro de un mundo política y moralmente enloquecido, donde el fin de la Guerra Fría no ha traído quietud a las tensiones internacionales, sino que ha dinamitado las certezas hasta entonces existentes, reflejadas en dos contrincantes antagónicos bien delimitados.

         El argumento del filme se asienta sobre el golpe criminal que ha de preparar y perpetrar un heterogéneo equipo de despojos errantes de este conflicto que, durante décadas, se libró en gran medida de forma subterránea. Ya se ha cegado la alcantarilla donde moraban y luchaban las ratas, ahora instaladas en la superficie, sin tener a qué asirse tras la caducidad de los conceptos antes defendidos sin cuartel, desconcertadas y desorientadas por su necesidad de asimilarse al individuo común.

John Frankenheimer, cineasta surgido de la comprometida Generación de la televisión y que venía de un periodo de franca decadencia artística, dibujaría a partir un guion prácticamente reescrito por David Mamet -que firmaría bajo el pseudónimo de Richard Weisz tras negarse la productora a otorgarle acreditación principal en el libreto- no un ‘heist film’ con tintes de cine de espías, sino el feroz combate de unos individuos abandonados contra un mundo hostil en el que ya nada es reconocible, en el que las fronteras -políticas, morales- se han diluido por completo.

         Este entorno gélido y nocturno le sirve a Frankenheimer para combinar el pulso cinético -la intriga en torno al golpe, el misterio tras el mcguffin del maletín, las espectaculares persecuciones de artesanal fisicidad…- con el dramático -la dinámica interna del grupo, las relaciones de confrontación y lealtad; los conflictos íntimos por la existencia, la duda o la renuncia a esos valores fundamentales y definitorios de uno mismo-. De esta manera, la trama -la consecución de la misión, la supervivencia entre la constante amenaza- adquiere lecturas existencialistas. La espera es también parte del ritmo narrativo, templado con sabiduría y contención.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Capitán América: El soldado de invierno

14 Jul

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Año: 2014.

Directores: Anthony Russo, Joe Russo.

Reparto: Chris Evans, Scarlett Johansson, Anthony Mackie, Samuel L. Jackson, Robert Redford, Sebastian Stan, Maximiliano Hernández, Frank Grillo, Cobie Smulders, Emily VanCamp, Toby Jones, Hayley Atwell.

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         En la tercera entrega de las aventuras de Iron Man, el superhéroe que configuró la marca cinematográfica de Marvel, el correspondiente villano, un terrorista iluminado y oriental que respondía al nombre de El Mandarín, se revelaba finalmente como un truco de distracción promovido por poderes fácticos en la sombra, más reales y terribles. Aunque la remodelación de este personaje desconcertaría e irritaría a los fanáticos del cómic original -espacio artístico secundario a estas alturas de la industria-, la maniobra de Shane Black serviría para dotar al blockbuster de un acidísimo contenido crítico respecto de la política exterior estadounidense.

Siguiendo esta línea subversiva, Capitán América: El soldado de invierno sitúa al protagonista, que no deja de ser un veterano de la Segunda Guerra Mundial, en un thriller de espionaje ambientado en la paranoia posterior al 11-S, el espionaje masivo de la Agencia Nacional de Seguridad y la vulnerabilidad de la información privada de los usuarios de internet y las redes sociales en todo el mundo. Sus lecturas, a pesar de cierta ambigüedad final en la comisión de investigación -un apunte hacia las posibilidades de corrección del sistema, el reciclaje parcial de las manzanas sin pudrir en las viejas instituciones a las que precisamente se aludía, la defensa del superhéroe vigilante que no obstante queda desterrado al margen de lo establecido-, son tremendamente contundentes: el siglo XXI como un libro digital abierto al poder y del que éste se sirve para espolear el fascismo que se esconde en medidas presuntamente patrióticas que defienden, cueste lo que cueste, conceptos como la seguridad nacional. Y, frente a ello, propone recuperar el espíritu honesto y entregado de la mitificada ‘mejor generación’, cuya memoria, como parece indicar la enfermedad de la anciana agente Carter, pende al borde de su desaparición definitiva.

         De este modo, Capitán América: El soldado de invierno trasciende el sencillo espectáculo superheroico de su primer capítulo para combinar un entretenido ejercicio de intriga -de giros bastante previsibles, en cualquier caso- con una mirada crítica que aporta discurso y mensaje a la diversión palomitera, la cual esta vez queda ligada a unas escenas de acción que no poseen el corte clasicista de Capitán América: El primer vengador, sino que toman la cinética dinámica y el nervio inquieto del estilo coreográfico de las artes marciales mostrado, como ejemplo popularizador, en El caso Bourne.

Por tanto, la cinta conecta con esa sensación de desencanto y conspiranoia, capaz de emparentar los turbulentos años setenta con este comienzo del milenio, que también barniza otro producto Marvel como es la serie The Punisher. Se podría decir que, en cierta forma, Capitán América: El soldado de invierno está casi más cerca de Los tres días del Cóndor -sirva de conexión la presencia en el reparto de Robert Redford, uno de los adalides de la izquierda hollywoodiense- que de una película de superhéroes al uso, tal es la desprotección que muestra el supersoldado Steve Rogers frente a una compleja trama que, a priori, sobrepasa sus capacidades, como si se tratase prácticamente de otro individuo común.

Y, al igual que en Los tres días del Cóndor, el aspecto íntimo de la película -la deuda, la redención y la duda-, aporta un elemento dramático menos interesante que lo anterior.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Nuestro hombre en La Habana

11 Jul

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Año: 1959.

Director: Carol Reed.

Reparto: Alec Guinness, Maureen O’Hara, Burl Ives, Ernie Kovacs, Noël Coward, Ralph Richardson, Paul Rogers, Jo Morrow, Grégoire Aslan.

Tráiler

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         Espionaje internacional, contrición católica. Elementos a partir de los cuales se acostumbra a bosquejar las líneas maestras del corpus literario de Graham Greene. En esencia, también están presentes en Nuestro hombre en La Habana, solo que esta vez abordadas desde un punto de vista satírico. En especial el primero de estos pilares -presuntamente inspirado aquí, no obstante, por los procedimientos de un agente doble español al que Greene decía haber conocido en Portugal-.

La burla contribuye a contrarrestar el presunto glamour de una actividad dudosa, exaltada por unos tiempos de Guerra Fría en los que, aunque sea de reojo, el abismo se observaba siempre desde el filo. No por nada, en 1958, cuando se publica la novela, las aventuras del agente 007 creado por Ian Fleming llegaban a su sexto volumen. También posibilita reforzar el dolor y la tristeza que provocan las consecuencias de este juego funesto a las órdenes de poderes leviatánicos, indiferentes a la suerte del individuo.

A pesar de ser nominalmente una comedia, la adaptación de Nuestro hombre en La Habana transcurre desde una ensoñación tropical hasta una noche de planos torcidos y embriagados, oscuros y nerviosos. Sombrío expresionismo marca de Carol Reed, emparentado con la angulosidad y la tiniebla que había aplicado a otra aproximación anterior a Greene, la célebre El tercer hombre. Otra inmersión en el descalabro moral de unos tiempos desquiciados y confusos.

         Nuestro hombre en La Habana, pues, parece material escrito para el Alfred Hitchcock más travieso o para los hermanos Joel y Ethan Coen. La persona corriente a la que el azar o el infortunio enreda en una trama que, a priori, excede a sus capacidades naturales. El apocado señor Wordmold (Alec Guinness) es un gris vendedor de aspiradoras que queda atrapado entre las fuerzas subterráneas que enfrentan al mundo a una lucha a muerte. Pero igualmente, en un plano privado, es un varón de mediada edad asfixiado por su propio envejecimiento y su propia molicie existencial, condensadas principalmente en su relación con una hija caprichosa que está a punto de abandonar el nido familiar, ya quebrado por la desaparición de una esposa que, se entiende, huía de estos mismos terrores.

         En cierta forma, Nuestro hombre en La Habana es la revolución del tipo común contra estas fuerzas visibles u ocultas que juegan con él como un peón sobre el tablero de ajedrez, arrojándolo al enfrentamiento sin empacho alguno o sacrificándolo si es menester. Y en paralelo, por supuesto, es su alzamiento contra la vida misma que lo devora. Esta revolución, además, converge con la Revolución cubana, otra manifestación de este combate fratricida y sin cuartel, de este enloquecimiento histórico que baña en sangre y miedo a los individuos “torturables”, como observa el capitán Segura, ‘el Cuervo Rojo’, en su análisis social de la Cuba agónica del dictador Fulgencio Batista, exportable al resto del escenario internacional.

         Reed logra conservar la potencia destructiva de la combinación y confrontación de la corriente desmitificadora -el espía reducido a una vulgaridad circunstancial, la torpeza humana y práctica del reclutador, la estupidez de un alto mando que no sabe mirar un mapa, la irrisoria eficacia del espionaje en definitiva-, y la vertiente de denuncia del argumento -los crímenes que, con todo ello, se cometen a resultas de esta actividad, por falaz o absurda que sea-. En ella, podría aventurarse igualmente una lectura metalingüística acerca de la responsabilidad del escritor sobre los textos que crea, tanto o más cuando surgen de hechos y personas reales.

Pero, en cualquier caso, Nuestro hombre en La Habana se sostiene como una apasionada defensa del ciudadano de a pie frente a los necios y destructivos poderes fácticos que tratan de imponerse política o económicamente sobre su libertad, independencia y capacidad de amar al prójimo. De amar a un amigo, a una hija, a una pareja.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

El beso mortal

9 Jul

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Año: 1955.

Director: Robert Aldrich.

Reparto: Ralph Meeker, Maxine Cooper, Gaby Rodgers, Cloris Leachman, Albert Dekker, Nick Dennis, Wesley Addy, Paul Stewart, Mort Marshall, Jack Lambert, Jack Elam, Strother Martin, Marian Carr, Fortunio Bonanova, Percy Helton.

Tráiler

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         En El beso mortal, el detective privado Mike Hammer no se atiene a los viejos códigos de honor que, tras su mueca de hastiado cinismo, respetaban Sam Spade o Philip Marlowe. Mike Hammer (perfecto Ralph Meeker) avanza con sonrisa suficiente y métodos canallescos en una Los Ángeles enrarecida, a la que saca provecho desde sus contactos con las alcantarillas de la ciudad y a través de estratagemas y acciones por momentos inmorales. Desde el filo mismo de la muerte, la chica a la que rescata lo describe como un tipo pagado de sí mismo, que en las relaciones se limita a recibir y nunca a dar. Mantiene a su secretaria y amante prácticamente prostituida para sacar adelante bochornosos casos de adulterio, en realidad negociados como un chantaje.

Este dudoso antihéroe es, en manos de Robert Aldrich, un cuerpo extraño dentro de un cine negro que evoluciona a la par, entre escenarios crudos, planos cerrados sobre los rostros, picados y contrapicados, imágenes oblicuas, entorpecidas, oscuras o acechantes, y otras rupturas formales como unos títulos de crédito montados a la inversa enmarcados en una desapacible combinación de líricos lamentos musicales y descarnados gimoteos.

         Los rótulos, decíamos, avanzan al revés, como también equivocados parece que están los arquetipos femeninos, con la anticanónica belleza de Maxine Cooper como contrapunto de lucidez y sacrificio del protagonista; la femme fatale con la aparente estupidez -¿intencional, involuntaria?- que proporciona la interpretación de Gaby Rodgers, o la víctima inocente que, independiente y contestataria, escruta con afilado tino el alma de su fortuito compañero de desventura. El erotismo que despiertan es físico, basado en el contacto directo, en las feromonas irresistibles del sudor.

El villano es, igualmente, una sombra refinada sometida a un desenlace desarmante. Pero el mayor revés lo recibe el detective, cuya fantasía de tipo duro se derrumba superado por los acontecimientos, que lo convierten en un agente mortífero para propios y extraños, y por el contexto, que lo minimiza. 

Desbocado ya en la frontera del cine de terror, el desenlace estrenado originalmente en los Estados Unidos -opuesto al que se enviará a otros países y revisado definitivamente en 1997- era todavía más inclemente hacia él. La Comisión Kefauver tacharía El beso mortal como una película “diseñada para corromper a los jóvenes espectadores”.

         Llevando el argumento desde el submundo mafioso hasta el periodo del temor rojo y la paranoia maccarthista -de donde surgían asimismo otras piezas del género alegóricas o directas como Pánico en las calles, Manos peligrosas o su anterior World of Ransom-, Aldrich desmontaba el noir clásico para entregar una película de un hipnotismo febril, pesadillesco, tremendamente sugestivo. Está trenzado por medio de una narración enrevesada en la que en ocasiones resulta arduo trazar las líneas de las relaciones entre personajes y trama, y a partir de ahí se compone el retrato de una sociedad desorientada y moralmente degradada, de ambiciones narcisistas, espurias y violentas. Mike Hammer, pues, no era más que el mejor de entre ellos. Y, a la vez, un don nadie impotente ante las fuerzas destructivas hacia las que conduce la leviatanesca dinámica que lo rodea.

Desde el mismo título, El beso mortal desprende un hedor apocalíptico que afecta a la historia, primero, y a la lectura metacinematográfica después. Estamos a solo tres años de que Orson Welles entregue Sed de mal, célebremente señalada por Paul Schrader como el fin de los tiempos del cine negro.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

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