Tag Archives: Espionaje

La conversación

16 Abr

.

Año: 1974.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Gene Hackman, John Cazale, Allen Garfield, Frederic Forrest, Cindy Williams, Michael Higgins, Elizabeth McRae, Teri Garr, Harrison Ford, Robert Duvall.

Tráiler

.

          La doble herencia o la dualidad que dominaba el Nuevo Hollywood, en el que confluía la épica cinematográfica estadounidense con el cine de autor a la europea, se manifiesta en La conversación, una película hosca, cenicienta e introspectiva con la que Francis Ford Coppola, uno de los principales nombres de esta corriente de renovación, cambiaba por completo de aires nada menos que entre El padrino y El padrino. Parte II. De hecho, el éxito comercial de la primera fue lo que le permitió financiar un proyecto que ya tenía planteado desde siete años atrás.

          Al igual que ocurriría con Brian DePalma y la posterior Impacto, sobre La conversación sobrevuela la sombra de Michelangelo Antonioni y su icónica Blow-Up (Deseo de una mañana de verano). La sospecha de un crimen sin cometer que surge, casi fortuitamente, de un registro material, esta vez sonoro, que es producto directo de la actividad de espionaje del protagonista, cuestión que aporta un giro esencial a este punto de partida referencial sobre las circunstancias de la percepción subjetiva y la capacidad del individuo para relacionarse con un entorno que solo puede percibir con las limitaciones y el condicionamiento de su óptica particular, inevitablemente fragmentada.

           En la apertura del filme, la cámara de Coppola traza un pausadísimo zoom que, poco a poco, desvelado por siniestros crujidos electrónicos, acecha sobre un objetivo concreto -un recurso en el que el acercamiento del plano aumenta paulatinamente la definición de aquello que se enfoca que luego se repetirá, en una insólita imagen, con el sacerdote oculto tras la celosía del confesionario-. La observación que asume el espectador queda huérfana de inocencia desde el principio. Es otro voyeur, otro espía.

La conversación también se inscribe en la paranoia y la inseguridad rampante enquistada en la psicología colectiva de los años setenta. En la decepción de una década marcada por la aniquilación de los ideales por medio de magnicidas, asesinos en serie iluminados, guerras interminables y corrupción política. Todo se sabe, todo se averigua. Hasta las triquiñuelas electorales del líder de la nación.

          Entre una luz plomiza ocasionalmente cruzada de agresivos haces rojos, entre una extraña arquitectura de interiores, Harry Caul (espléndido Gene Hackman) surge como un espía monomaníaco y reconcentrado que ni siquiera investiga las actividades de una pérfida potencia extranjera de la Guerra Fría, sino que le pagan para eviscerar trapos sucios, tramas internas y vidas íntimas que, para su remordimiento de buen cristiano, en ocasiones desemboca en víctimas de sangre.

En su naturaleza también se percibe esa influencia del autor italiano, pues es un tipo atenazado por la incomunicación, temeroso de exponer sus emociones -a pesar de que sí es capaz de sentir, aunque sea por delegación, a través de escuchar una de estas grabaciones que, sin embargo, trata de capturar con una innegociable y aislante frialdad profesional, simbolizada en su vestuario, en su cubículo, en sus encierros verbales-. De la misma forma, sus encuentros sexuales son decepcionantes, tristes, acordes al frío y a la atonía cromática que lo rodea.

          El filme explora un universo desolado y claustrofóbico que, como el plano inicial, estrecha progresiva aunque casi imperceptiblemente, con un ritmo narrativo templadísimo en su cadencia incesante pero anticlimática, el lazo -moral y atmosférico- que asfixia al protagonista.

Así, desde una concepción que termina por ser prácticamente kafkiana, se constata por un lado la absoluta vulnerabilidad del ciudadano común frente a un Gran Hermano indetectable o, quizás mejor dicho, de múltiples rostros. Pero, en realidad, estos múltiples rostros son uno solo: la cara del ser humano, dibujado desde esta perspectiva obsesivamente recelosa como un ente malvado. Los giros de guion del desenlace alimentan esta desconfianza absoluta, esta manifiesta incapacidad para juzgar al prójimo, esta privacidad inevitablemente expuesta, esta desasosegante desprotección -física, pero también sentimental- frente al mal que todo lo pudre.

.

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 9.

Anuncios

La forma del agua

22 Feb

.

Año: 2017.

Director: Guillermo del Toro.

Reparto: Sally Hawkins, Doug Jones, Michael Shannon, Richard Jenkins, Octavia Spencer, Michael Stuhlbarg, David Hewlett, Nick Searcy, Nigel Bennett.

Tráiler

.

         Prácticamente desde el comienzo de su romance con en el séptimo arte, los monstruos del cine demostraron que el peso de su tragedia puede ser idéntico al de su propia monstruosidad. La criatura de Frankenstein acosada por la turbamulta anhelante de venganza, King Kong cayendo impotente bajo el embrujo fatal de la rubia. En ambas, la sociedad ‘normal’ es la auténtica aberración despiadada, como también lo serán, años después, los científicos que pugnarán por el amor de la doncella con el ser de la laguna negra en La mujer y el monstruo, que por su parte demostrará una delicadeza amorosa digna del caballero más refinado. El anfibio prehistórico de esta icónica obra de Jack Arnold -que no dejaba de ser otra reapropiación de King Kong y, profundizando más aún, del mito clásico de La bella y la bestia sirve una parte principal del imaginario a partir del cual Guillermo del Toro modela La forma del agua.

         El mexicano es uno de esos cineastas que entiende a las tinieblas como refugio contra la hostilidad de la sociedad exterior presuntamente civilizada y al monstruo como hermano, pues el temor hacia él no es sino otra muestra deformada del odio hacia el diferente. Hacia el que no encaja en los cánones de una comunidad pavorosamente estrecha y amenazadora frente a todo aquello que se salga de la norma establecida; que asome la cabeza por encima -o por un lado, o por debajo- de la masa aséptica y uniformada.

En una reacción semejante a la de la fantasía infantil en tiempos de la Guerra civil española de El laberinto del fauno, Del Toro ubica La forma del agua en otro periodo histórico de conflicto, la Guerra Fría, donde el desasosiego hacia el diferente se manifiesta en una paranoia colectiva -el denominado ‘red scare‘-. Una tensión omnipresente que, a su vez, dejó su eco en el cine fantástico del momento, poblado de invasores de todo cuño –La Guerra de los Mundos, La humanidad en peligro, La invasión de los ladrones de cuerpos…- , los cuales, a diferencia de lo que suele ocurrir en los blockbusters posteriores del género, desplegados en ante las capitales internacionales y los grandes símbolos nacionales, acostumbran a infiltrarse el considerado corazón de América: los pequeños pueblos anónimos del interior del país.

         En una idea que todavía retomaba a finales del siglo pasado El gigante de hierro -otra cinta perteneciente a la misma estirpe que la presente y con un entorno muy similar-, La forma del agua reivindica la capacidad del individuo para comprender al diferente, quien en definitiva es un ser que respira y siente como uno mismo, tanto o más cuando en el universo de Del Toro, decíamos, este comparte sensibilidad y naturaleza marginal con el protagonista -una muda, un homosexual, una mujer de color, tres proletarios…- y, por extensión, con el propio autor.

También como en El laberinto del fauno, el filme se embebe de la textura de los cuentos tradicionales, de la aparente ingenuidad de sus arquetipos narrativos que, en este caso, quedan puntualmente perturbados por la intromisión gráfica y directa del turbulento contexto histórico -las imágenes de televisión y los discursos de radio que anuncian los disturbios raciales estadounidenses o la crisis de los misiles cubanos-, de una violencia de incontenida sordidez o de la pulsión sexual, si bien esta última parece solo querer atentar contra el puritanismo dominante en este tipo de relatos -además de en muchas mentes de indignación cada vez más fácil-.

El trazado de los personajes responde, pues, a estas construcciones arquetípicas -la heroína predestinada aunque destronada por un hechizo, los escuderos temblorosos y cómicos, el malvado sin corazón, el caballero idealista, el secuaz torpe…-, de igual manera que la elaborada puesta en escena abunda en esta atmósfera fantasiosa desde la arquitectura, el color, la iluminación y los apartes oníricos o imaginados. Pero, siguiendo con la psicología de Del Toro, la sublimación romántica ocurre de nuevo a la inversa, lo que sirve para deslizar nuevos mensajes críticos hacia un sistema sociocultural aún vigente y, probablemente, reforzado. Mientras podría decirse que el villano habita en un cartel de Norman Rockwell -una soleada casa en los suburbios con una ama de casa turgente, dos hijos traviesos y un cadillac flamante-, el idilio entre la princesa sin reino y el príncipe sapo -o, mejor dicho, el sapo príncipe, ya que aquí no se reniega de esa identidad anómala o excéntrica- se desarrolla entre decorados oscuros, en apartamentos herrumbrosos o en salas de cine semiabandonadas.

         Es el monstruo romántico, como King Kong y como el Drácula de Francis Ford Coppola, solo que esta vez conquistado desde el punto de vista de la compañera a priori corriente -aunque con falso contador de cuentos omnisciente que, de manera significativa, advierte acerca del carácter subjetivo de la verdad de lo que se cuenta-. Un rol este desde el que Sally Hawkins contribuye decisivamente a sostener la credibilidad y la entidad de una narración sencilla con todas las consecuencias.

Es, por tanto, la necesidad de abrazar sin temor el misterio, de atreverse a explorar nuestro mundo soñado, de amar al otro.

.

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Los espías

8 Nov

.

Año: 1928.

Director: Fritz Lang.

Reparto: Willy FritschRudolph Klein-RoggeGerda Maurus, Lupu Pick, Lien Deyers, Paul Hörbiger, Fritz Rasp, Louis Ralph.

.

         Si El doctor Mabuse es una de las películas que contribuyen a dar forma al cine policíaco, Los espías, obra seis años posterior y de nuevo firmada por Fritz Lang y Thea von Harbou, ayudará en cambio a poner los cimientos del cine de espionaje.

         Como en la primera, en Los espías habrá un extravagante archivillano -encarnado además por el mismo actor, Rudolph Klein-Rogge-, que pretende dominar el mundo -sabe Dios para qué- al estilo del Fantômas de Louis Feuillade, cuyos seriales basados en literatura criminal pulp suelen apuntarse como influencia del filme. Su argumento también está empapado de la paranoia del periodo entreguerras y de la potencial expansión del comunismo bajo la órbita de la Unión Soviética.

El guion de Von Harbou plantea un relato maniqueo en el que el héroe, el espía número 326 (Willy Fritsch), es un galán enfrentado conspirador oculto, de apariencia omnipresente y omnipotente, con aspecto estrafalario y que se guarece en un cuartel general de geometrías escherianas -comedida muestra de las ambiciones de Lang de grandes escenarios negadas a causa del fracaso comercial de Metrópolis-, a los mandos de una cohorte de asesinos enmascarados, sabandijas sudorosas y mataharis salaces, todos de amenazadores nombres eslavos y en pugna contra la integridad germánica -apoyada por el estoico y honorable Japón-. 

Por otro lado, que el siniestro malvado emplee un banco como tapadera de sus ambiciones totalitarias, unido a la ascendencia euroasiática de su entramado, podría entenderse quizás como una nueva reivindicación de la vía alemana frente a las imposiciones del capitalismo y del comunismo que Von Harbou había expuesto precisamente en Metrópolis.

         El de Los espías es, además, un villano impotente y dependiente de los cuidados de una intimidante enfermera sordomuda. Porque, en concordancia con esta ingenuidad consustancial, el enfrentamiento entre el Bien y el Mal se lleva al apartado romántico con la disputa de los servicios y el amor de la agente rusa Sonya Baranilkowa (la interesante Gerda Maurus).

En la cinta comparece el imaginario de este universo de gadgets insólitos, hombría caballeresca, sociedades secretas y planes retorcidos. Esquemática en su fondo, Lang impulsa las imágenes dotándolas de una textura adecuadamente fantasiosa, desasosegante en la sensación de peligro constante, opresiva en el uso de la arquitectura y, por momentos, sugerentemente exótica y surrealista. Lírica incluso en la subtrama nipona y en su particular desenlace, violento y patético a la par. Y todo ello ensamblado en un montaje enérgico, que aporta dinamismo a la narración y virulencia a la acción, rebajando la oxidación producida por el paso del tiempo.

         En paralelo, de la filmación de Los espías quedan anécdotas acerca de la controvertida personalidad del cineasta, como la afirmación de que disparó un arma de fuego con munición real para estimular la reacción asustada de los protagonistas.

.

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6,5.

Munich

10 Jul

.

Año: 2005.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler, Ayelet Zurer, Geoffrey Rush, Mathieu Amalric, Michael Lonsdale, Valeria Bruni Tedeschi, Marie-Josée Croze.

Tráiler

.

         Sería interesante una sesión doble con La lista de Schindler y Munich, dos películas pertenecientes a la versión ‘seria’ y ‘adulta’ de un autor que en su conciencia cinematográfica siente el peso del apodo de Rey Midas de Hollywood y trata de subvertirlo a partir de un cierto compromiso social que le lleva a sumergirse en capítulos problemáticos de la historia contemporánea. En este caso, bien valdría enfrentar su relato del Holocausto, en el que homenajea su ascendencia judía, con su revisión de las consecuencias que aparejan las decisiones del joven Estado de Israel, que, al mismo tiempo, son en buena medida fruto del hecho anterior. “Otra vez judíos perseguidos y asesinados en Alemania”, lamenta el personaje que representa a la primera ministra israelí, Golda Meir, cuando analiza el secuestro y asesinato de los atletas de la delegación hebrea en la olimpiadas de 1972 en Munich.

         El juego con los paralelismos y las oposiciones, de hecho, es una constante en la película de Spielberg. A la relación de nombres de los caídos, se contrapone la relación de nombres de los palestinos convertidos en objetivos de los servicios secretos. Al dolor de la familia de los secuestrados ametrallados, se contrapone el dolor de la familia de los secuestradores abatidos. Al asalto de la villa olímpica muniquesa, todo titubeos e incertidumbre en los terroristas, se contrapone el asalto a los cuarteles de Beirut, todo determinación y eficacia homicida por los soldados israelíes. A los progresos del protagonista en su misión se contrapone el descubrimiento al detalle del incidente que da al lugar a esta gélida y tenebrosa explosión de violencia.

Bañada por el pesimismo y la oscuridad moral del cine de espionaje de los sesenta y setenta -equiparable además al contexto internacional contemporáneo de lucha contra el yihadismo global-, Munich describe la destrucción del presunto héroe anónimo, un individuo cualquiera a quien, en nombre del patriotismo y la sangre, se le entrega la misión de regenerar ojo por ojo el bienestar de una nación sufriente y que busca legitimaciones en su traumático itinerario histórico. Así, desde un enrolamiento convencido en un Israel soleado, en el que forma parte de una comunidad humana sonriente y hermanda al compartir el pan entorno a la mesa, el filme se adentra progresivamente en unos escenarios sombríos, confusos y decepcionantes donde las certezas se diluyen a la par que despiertan los fantasmas morales e incluso las dudas pragmáticas.

         Spielberg narra con habilidad expresiva y con endemoniado sentido del ritmo -porque este thiller de 164 minutos es entretenidísimo- la remontada por sus particulares meandros del Mekong que, como si fuese el capitán Willard de Apocalipse Now, emprende Avner (Eric Bana), con inaudita parada incluida en una hacienda francesa inesperadamente idílica y propicia para la reflexión distanciada sobre la misión, al igual que ocurría en la versión Redux de la obra maestra de Francis Ford Coppola. Aunque aquí ni siquiera hay un totémico Kurtz al final del camino. En ella no hay iluminación lisérgica, ni despertar, ni concienciación. Pero el absurdo y la desesperación son muy parecidos.

         Munich funciona mejor cuanto más cruda e inhóspita es, puesto que los deslices verbalizadores o de desgarrado lirismo simbólico que arroja de tanto en tanto parecen accesorios y obvios. Sintetiza mejor mediante la acción que mediante la reflexión. A medida que corre hacia adelante, Munich va materializando ese alejamiento del concepto de hogar que, en principio, centra la motivación de los personajes. Se revela su artificialidad en su aspecto, en los acentos de sus gentes, en sus personalidades y costumbres heterogéneas, en su ser.

El descorazonador patetismo de los asesinatos -que comienzan con el fusilamiento torpe y lamentable de un intelectual y concluyen con un agresivamente frío y sórdido acribillamiento de una mujer-, la debilidad de las excusas que sustentan la masacre en curso o el desmoronamiento progresivo de cualquier certeza a nivel personal, moral o político son suficientemente demoledoras para dibujar por sí solas este arco hacia la oscuridad que recorre un Avner que comienza su andadura como un atlético y comprometido padre de familia para degradarse progresivamente en un cadáver vaciado física y espiritualmente, semejante al niño Florya Gaishun de Masacre: ven y mira que barría el horror del frente oriental de la Segunda Guerra Mundial y, aun así, todavía conservaba los redaños de humanidad para diferenciar el bien del mal ante el retrato mismo del enemigo. La precisión con la que se ejecutan los primeros encargos se disuelve igualmente en escenas desconcentradas, donde esta vez la intriga no precede tanto de la tensión del mecano activado, sino de los temores que arrecian durante la tarea letal.

         El filme fue ampliamente repudiado por sectores de opinión de Israel y Estados Unidos por la versión comprensiva que se ofrecía del Septiembre Negro palestino y la desconfianza acerca de los procedimientos de contraterrorismo israelíes, a pesar de que, extrañamente, se excluyen capítulos que a priori concuerdan con exactitud con el tono apesadumbrado de la obra como el asesinato por error de un camarero marroquí en Noruega, confundido con el ambicionado Alí Hassan Salameh.

.

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

Ser o no ser

30 Jun

.

Año: 1942.

Director: Ernst Lubitsch.

Reparto: Jack Benny, Carole Lombard, Robert Stack, Stanley Ridges, Sig Ruman, Felix Bressart, Lionel Atwill, Tom Dugan, Charles Halton.

Tráiler

.

          En el prólogo de Ser o no ser, Adolf Hitler invade Polonia. Lo hace a título personal y, en verdad, interpretado por un actor secundario de una compañía teatral de Varsovia. Pero, unas pocas escenas después, la invasión se torna auténtica y terrible, esta vez protagonizada por la Luftwaffe y la Wehrmacht. En Ser o no ser hay un constante juego entre la realidad y la ficción, ambas partes interrelacionadas y recíprocamente influyentes de un mismo conjunto. La ficción se transforma sorprendentemente en realidad y la realidad se desarrolla como una representación de ficción. Otro de los secundarios de la troupe sueña con enunciar el célebre monólogo del judío Shylock para luego recitarlo desde un dolor real y en un alegato moral real, y en último término declamarlo por fin en una actuación que es, al mismo tiempo, fingida y auténtica.

Ernst Lubitsch combate al monstruo desde las armas de las que dispone -el cine, la interpretación ficcionada de la realidad-, que pese a no poder ser decisivas para cambiar el curso del conflicto, al menos sirven para clamar eternamente por la dignidad de la especie. De hecho, son armas que también había empleado, si bien en sentido contrario, el enemigo, con Leni Riefenstahl como principal maestra de ceremonias.

          La risa, la comedia, siempre ha sido un acto de rebeldía; una herramienta contestataria contra cualquier tipo de opresión o de injusticia, aun a riesgo de ser considerada de mal gusto por su búsqueda del desconcierto y la incomodidad -caso este que ocurrió tras el estreno en 1942, con escaso éxito entre el público y la crítica-. Así pues, la risa es tremendamente cáustica en cuanto a que, desde el uso de la máscara carnavalesca, desvela la otra máscara -las falaces leyes sociales, naturales o divinas presuntamente legitimadores- mediante la cual, con absoluta seriedad, el poder establecido trata de ocultar su ridiculez y salvaguardar sus privilegios. 

Aquí está el nazismo es probablemente el mayor monstruo engendrado por la historia de la humanidad. Un abominación terrible y destructiva. Pero si uno pierde el miedo que inflige -una de las garantías de su capacidad de dominación-, puede señalar sus vergüenzas y reírse de ellas, pues el monstruo es, por desgracia, tan humano como sus víctimas. En el ataque al déspota intocable reside la sublime virtud de la parodia, un subgénero cómico frecuentemente humillado en el cine al utilizarse de forma perversa y cobarde para dejar en evidencia arriesgados intentos de transgresión artística.

          En lo más crudo de la Segunda Guerra Mundial, dos maestros de la comedia y del humanismo, Charles Chaplin y Ernst Lubitsch, tuvieron la osadía de reírse en directo del monstruo, a su cara. De maniatarlo en una caricatura y destruir su aura de magnificencia. De arrebatarle el cetro de poder desde la irreverencia. Si El gran dictador descubría el antídoto en el sentimiento, en una insospechada ternura, Ser o no ser lo halla en el ingenio, en la inteligencia. La trama en la que se ve inmerso este grupo de actores polacos para salvar su país de los invasores alemanes y de los traidores nativos está ligada a su habilidad para improvisar, propia del oficio, a su pericia para salir triunfante de todo atolladero y poner la capacidad creadora del hombre por encima de cualquier otra consideración.

Los díálogos y las reacciones fluyen veloces, no hay un segundo que perder si se quiere derrotar al tirano. Hasta la realización de Lubitsch, maestro de la elipsis, el fuera de campo y el decir sin decir, parece más directa y sobria que nunca. Carole Lombard, que había probado sobradamente su rapidez para la réplica en la screwball comedy, encarna al único contrapunto femenino de la obra, que no encuentra par alguno en el enemigo alemán y que, por tanto, simboliza el diferenciador humano del bando polaco, a la vez que podría simbolizar paralelamente la nación ultrajada y en peligro. Frente a la “blitzkrieg” que ansía el renegado de su pueblo, ella reacciona al instante para proponer un deliberado “asedio lento”. La chispa de la sagacidad es su escudo frente a la muerte, porque Ser o no ser contiene un trasfondo terrible que incluso se manifiesta en la superficie en alguno de sus gags visuales -los soldados que saltan del avión-, que redoblan el impacto de la lucidez deslumbrante del texto.

“Hitler solo es un hombre con un bigotito”, exclama Lubitsch desde su campo de batalla.

.

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,5.

Nota del blog: 9.

El hombre de las mil caras

10 Oct

el-hombre-de-las-mil-caras

.

Año: 2016.

Director: Alberto Rodríguez.

Reparto: Eduard Fernández, José Coronado, Carlos Santos, Marta Etura, Mireia Portas, Luis Callejo, Alba Galocha, Christian Stamm, Enric Benavent, Philippe Rebbot, Emilio Gutiérrez Caba.

Tráiler

.

           Ahí va un tópico de la historiografía: la Historia la escriben los vencedores. O, como poco, los poderosos. Por ello es interesante la visión alternativa que, sobre determinados periodos del occidente contemporáneo, narra el cine negro, género enfocado a pie de callejón, desde las alcantarillas de la sociedad.

           Después de las notables Grupo 7 y La isla mínima, Alberto Rodríguez prolonga su reconstrucción de la España reciente con El hombre de las mil caras. Una historia del país que explora la tramoya detrás de la mitificación y el triunfalismo que arrastran consigo hitos como la Transición, la consolidación política y económica dentro del escenario internacional y la presentación de su nuevo y lavado rostro ante el mundo -los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo de Sevilla-.         

La controvertida figura del espía Francisco Paesa sirve pues para enhebrar una serie de problemáticos capítulos de finales de los ochenta y principios de los noventa Eta, los Gal y principalmente el caso Roldan– a través de los cuales se dibuja un fresco tremendamente turbio de España. La mezquindad y la traición son los rasgos predominantes de un tablero en el que cada pieza juega a título individual, lo que paradojicamente compone un marco coherente en su ruindad y su miseria moral. El retrato sociopolítico no lo protagonizan malvados ultra inteligentes, como fabula la serie House of Cards -versión irrisoriamente épica de un mundillo movido por cuestiones mucho más vulgares y lamentables-. A lo sumo, son tipos que se pasan de listos. Yo solo hice lo mismo que todos“, se excusa Luis Roldán –exdirector de la Guardia Civil, exministro del Interior en potencia y rostro de la corrupción en España- mientras se desmorona entre lágrimas, insistiendo en que no es un villano, sino un hombre normal.         

           Rodríguez mantiene un sólido pulso en el relato, con la trama bien engrasada en su intriga y sus giros, aunque en el aspecto formal apuesta por aplicar tics populacheros que parecen innecesarios e incluso inconvenientes.

El director sevillano se decanta así por recursos espectaculares y, si bien no están carentes de jugosa ironía, otro estilo más sobrio o frío -el tradicional en el cine clásico de espías, cabe decir- le hubieran conferido mayor amargura a esta maraña de vicios y podredumbres que recoge el filme. Excelente Eduard Fernández.

.

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

Desafío total

2 May

“Servidor se confiesa seguidor de Philip K. Dick, quizás por ello me he convertido en un trastornado.”

Antonio Gasset

.

.

Desafío total

.

Desafío total

.

Año: 1990.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Rachel Ticotin, Ronny Cox, Sharon Stone, Michael Ironside, Mel Johnson Jr., Marshal Bell, Michael Champion, Dean Norris.

Tráiler

.

           Paul Verhoeven aterrizó en Hollywood desde Holanda para, por méritos propios, conquistar alguna de las imágenes más icónicas de la ciencia ficción del cambio entre los ochenta y los noventa merced a títulos como la actualísima Robocop o Desafío total –ambas, de hecho, carne de remake en la fiebre del último lustro por remozar para el presente las obras de culto del periodo-. Son los beneficios de hacer valer su personalidad excesiva pero subyugante, lo que desde su posición de asalariado al servicio de los estudios podía desembocar tanto en la reconstrucción del siglo XVI europeo como una fantasía sucia, sexualizada y apocalíptica –Los señores del acero– como para instituir un subgénero que encontraría aquí su edad de oro –Instinto básico– o, en el peor de los casos, descabalgar en espectáculos desaforados de erotismo y solapada ironía –Showgirls– o remakes igualmente desopilantes –El hombre sin sombra-.

           Aunque se trate de una cuestión más localista –y más en concreto futbolera-, solo créditos iniciales de Desafío total ya ofrecen un punto de excitación para parte del público español, conducidos como están por esa partitura de Jerry Goldsmith –por cierto, tan difícil de diferenciar de la genial composición de Basil Poledouris para Conan el bárbaro– que luego se apropiaría Canal + y sucesivos para las previas de El partidazo del Plus. Dejando esta anécdota de lado, Desafío total es una de las adaptaciones más populares al cine de la obra de Philip K. Dick, el torturado escritor que somatizaba en relatos de ciencia ficción los males existenciales que aquejaban al hombre posmoderno y que, además, tan buenos resultados regalaban en el séptimo arte –Blade Runner sin ir más lejos, una de las mejores películas de la historia-.

Bajo los dominios de la Carolco -productora responsable de otras popularísimas cintas del momento como las sagas de Rambo y Terminator y a la que el propio Verhoeven contribuiría a liquidar con el descalabro económico de Showgirls-, el cineasta neerlandés reemplazaría al canadiense David Cronenberg, primera opción para adaptar el relato corto Podemos recordarlo por usted al por mayor, para construir con él un filme de acción violento e imaginativo en el que Arnold Schwarzenegger se mete en el papel de ciudadano común –con más de cien kilos de hipertrofia muscular, eso sí- transformado por las delirantes circunstancias en héroe a la fuerza –ese tópico clásico que fundamenta buena parte del poder cautivador de la ficción para el consumidor-, embarcado en una misión para salvar Marte y que se desarrolla siempre entre la realidad y la imaginación onírica.

El bueno de Chuache ya había probado fortuna diversificando su trabajo como héroe de acción hacia el campo de la ciencia ficción en la citada Terminator, en Depredador y en Perseguido, y repetiría luego duelo contra el Destino con El fin de los días, El sexto día, la dramática Maggie y, por supuesto, con el resto de la saga del ciborg T-800, quizás en una reproducción de ese antepasado de los fornidos salvadores ochenteros de la humanidad que era Charlton Heston, protagonista por su parte en las apocalípticas El planeta de los simios, El último hombre… vivo y Cuando el destino nos alcance. Como curiosidad, el venidero ‘Gobernator’ podría haber ampliado incluso su historial en el género con el propio Verhoeven de haber entrado en el traje de Robocop, que finalmente se calzaría el más liviano Peter Weller.

           Desafío total viaja a un futuro expresado estéticamente por el opresivo brutalismo arquitectónico y en el que la experiencia vital acostumbra a acometerse en diferido, puesto que los recuerdos –y por tanto la realidad personal y circundante- se pueden comprar en formato virtual en lugar de gozarlos o padecerlos en primera persona -premisa que bien podría trasladarse a los muros de las redes sociales contemporáneas, donde parece que se vive de cara a los demás en vez de por uno mismo-.

Es decir, que bajo las gruesas capas de entretenimiento puro subyace una de esas reflexiones existencialistas sobre la identidad tan del gusto del literato estadounidense, acompañada además de un retrato satírico del sistema ultraliberal capitalista de la época –la organización plutocrática y neocolonialista de Marte-, semejante al que podía apreciarse también, precisamente, en Robocop, con Ronny Cox como villano compartido.

           El juego psicológico sobre el que avanza haciendo equilibrios la trama no siempre encaja a la perfección –la estructura argumental es demasiado voluminosa como para sostenerse sobre tanta ambigüedad-, pero sí se mantiene en pie con solvencia para sustentar una función divertida, narrada con pulso férreo y con una potente plasmación visual.

.

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7.

A %d blogueros les gusta esto: