Tag Archives: Chantaje

Capricornio uno

2 Sep

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Año: 1978.

Director: Peter Hyams.

Reparto: Elliott Gould, James Brolin, Brenda Vaccaro, Hal Holbrook, Sam Waterston, O.J. Simpson, Karen Black, Telly Savalas, David Huddleston, James Karen, David Doyle, Robert Walden, Norman Bartold.

Filme

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          El director de asignaciones del periódico pone como ejemplo de periodismo de investigación a Carl Bernstein y Bob Woodward, quienes desvelaron el caso Watergate que terminaría llevándose por delante la presidencia de Richard Nixon, a la vez que reprocha a su reportero díscolo sus presuntas exclusivas acerca de un segundo tirador en el asesinato de John Fitzgerald Kennedy o sobre el paradero de Patty Hearst tras su secuestro por el Ejército Simbiótico de Liberación. Capricornio uno -que de hecho tiene en el elenco a Hal Holbrook, James Karen y Robert Walden, participantes un par de años atrás en Todos los hombres del Presidente– es una película de tiempos convulsos, de paranoia, mientras que, en ella, la prosperidad del American Way of Life queda manifestada por medio de un entorno tan estandarizado y aséptico como un Holiday Inn, que no deja de ser un decorado carente de personalidad y de verdadera calidez humana; una estéril emulación del confort producida en cadena.

          Sobre estas aguas turbulentas, Peter Hyams, en funciones de guionista y director, concibe un futuro inmediato en el que la llegada del ser humano a Marte no es sino un simple producto televisivo, grabado en un hangar secreto del ejército. Ni siquiera, como la célebre teoría sobre la llegada a la Luna, Stanley Kubrick estará ahí para otorgarle credibilidad a las imágenes. En realidad, el del programa Capricornio uno puede considerarse incluso un engaño barato, resuelto con un chantaje bruto y tres tomas de estudio.

Porque, en el fondo, los motivos que llevan a este aparatoso montaje ni siquiera son grandilocuentes, sino bastante miserables y, por ello, veraces: todo se trata de una maniobra de los lobbys implicados en la carrera espacial ante la amenaza de que los copiosos fondos destinados a ella queden reconducidos hacia asuntos terrenales, como las desigualdades sociales o la lucha contra el cáncer, por ejemplo. En la misma línea, el personaje sobre el que recae el papel de villano de la función es un tipo amable pero desesperado, cuyo idealismo y bonhomía han sido destrozados por los mazazos de los cálculos políticos. Interpretado por Holbrook, actor de aspecto nada amenazador, parece un hombre arrastrado por las circunstancias. Casi una víctima más.

          La introducción ya había deslizado subrepticiamente este apunte cercano a la sátira. La actitud despreocupada y bromista de los astronautas restaba épica al histórico acontecimiento, lo que se subrayará con el rápido, hábil y afilado retrato de los políticos invitados al palco de honor, que muestran una personalidad absolutamente corriente -gorrones, salaces, enredados en pequeñas cuitas-. El libreto contiene buenos retratos de caracteres y unos ingeniosos y trepidantes duelos dialéctivos entre los habitantes del mundillo de la prensa.

En cambio, Hyams -que posteriormente sí saldrá al espacio exterior en Atmósfera cero, la relectura cósmica de Solo ante el peligro, y 2010: Odisea dos, la continuación de 2001: Una odisea del espacioquizás no esté tan afinado a la hora de reflejar el atroz maquiavelismo de quienes mueven los hilos sin rastro de piedad. El plan de los conspiradores da la sensación de dejar muchos cabos sueltos, aunque es cierto que la improvisación es un rasgo mucho más habitual de lo que se presupone. Pero hay pistas demasiado forzadas, como la de Flat Rock, y sorprende la inconstante vigilancia que se practica sobre los hombres clave que pueden tirar por tierra el asunto.

En cualquier caso, Capricornio uno filtra una interesante crítica hacia la ruindad con la que se gestionan los proyectos públicos y sobre la capacidad manipulativa del cine y la televisión, medios de masas, para fijar una verdad conveniente. Curiosamente, en otra de sus incursiones en la ciencia ficción, Permanezcan en sintonía, Hyams dejará al ciudadano medio literalmente atrapado por la televisión.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Historias de Filadelfia

17 Abr

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Año: 1940.

Director: George Cukor.

Reparto: Katharine Hepburn, Cary Grant, James Stewart, Ruth Hussey, John Howard, Virginia Weidler, Mary Nash, John Halliday, Roland Young, Henry Daniell.

Tráiler

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         En 1940, Katharine Hepburn llevaba un tiempo arrastrando la etiqueta de veneno para la taquilla de cine. Buscando refugio sobre las tablas del teatro, había triunfado protagonizando Historias de Filadelfia en Broadway, merced a un papel que su amigo Philip Barry había cosido a su medida, tomando el patrón de su personalidad independiente, decidida a romper las convenciones de género de la época, hasta el punto de resultar un tanto antipática o distante para aquellos que se sentían amenazados por su determinación transgresora. Luego, su amante por aquel entonces, Howard Hughes, compraría para ella los derechos de la obra a fin de llevarla a la gran pantalla. Además, Hepburn conseguiría un relativo control de la producción y rodearse así de gente de confianza, caso George Cukor y Cary Grant, con los que había trabajado en múltiples ocasiones anteriores. James Stewart redondearía una apuesta masculina destinada también a guardarse las espaldas en cuanto al gancho popular del proyecto se refiere.

         En efecto, Historias de Filadelfia es una comedia sofisticada de alta sociedad donde, a partir de un cuadrángulo amoroso, se pone bajo la lupa la personalidad de una mujer que, según algunos de sus pretendientes escarmentados, pertenece a una nueva estirpe, las “doncellas casadas americanas”, definidas por su orgullo, arrogancia y altivez respecto de sus deberes para con sus maridos -es decir, lo opuesto a lo que posteriormente se denominará en el guion “actuar con naturalidad” o “como un ser humano”-. El célebre plano introductorio expone la situación de un vistazo: la protagonista parte en dos los palos de golf de su esposo mientras lo fulmina con la mirada desde lo alto de la escalera. Desde este punto de partida, el libreto pone en marcha una guerra de sexos que se dedica a minar la posición de Hepburn -generalmente situada por encima de sus compañeros en el encuadre- para, adentrándose en una exploración más íntima a medida que avanza el relato, descubrir que, en el fondo, es una chiquilla vulnerable que necesita amor verdadero, no adoración reverente.

         De haberlas, las afirmaciones sobre la modernidad temática de Historias de Filadelfia convendría ponerlas, pues, entre comillas. Al fin y al cabo, los juegos con los clichés hablan directamente a la sociedad de un tiempo concreto, expuesto por tanto al paso de los años y a los cambios de sensibilidad social -y humorística-. Aquí, las posiciones iniciales de autonomía y autorrespeto femenino quedan en entredicho a cambio de unos cruces de insinuaciones pícaras y sentimentales que son el material con el que se construye el enredo, siguiendo los patrones de ese subgénero denominado ‘comedy of remarriage’, que en aquella época tenía bastante tirón, con Grant como estandarte masculino -y acompañado de Hepburn ya en ejemplos previos como La fiera de mi niña-.

Los líos de acciones y de intercambios verbales se suceden a buen ritmo, con algunas muestras de chispeante ingenio. La química entre Hepburn y Grant estaba sobradamente probada, pero destaca igualmente la afinidad que la estrella luce con Stewart, en especial en una escena nocturna y climática. A pesar de que él mismo consideraba que su elección para el personaje no era demasiado adecuada, el bueno de Jimmy también demuestra que tiene talento para encarnar a cínicos desencantados y para hipar una borrachera.

         En cualquier caso, Hepburn lograría reconducir su carrera cinematográfica, nominación al Óscar incluida.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

Terciopelo azul

21 Mar

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Año: 1986.

Director: David Lynch.

Reparto: Kyle MacLachlan, Isabella Rossellini, Dennis Hopper, Laura Dern, Dean Stockwell, George Dickerson, Hope Lange, Brad Dourif, Jack Nance, Priscilla Pointer, Frances Bay, Dick Green.

Tráiler

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          En Lumberton todas las televisiones emiten una película de intriga. Una escena en la que un hombre avanza empuñando una pistola, otra en la que asciende sigiloso por unas escaleras. El joven Jeffrey descubre una oreja cercenada y en su rostro se ilumina el deseo del misterio, la tentación irresistible de una femme fatale en azul y rojo, todo contrastes escarpados, que canta Blue Velvet con voz de terciopelo. Qué director de musicales sería David Lynch. Desde la chica del radiador de Cabeza borradora hasta Rebekah del Río llorando en el Club Silencio de Mulholland Drive, pasando por Julee Cruise en Twin Peaks: fuego camina conmigo. Inmersiones en la última capa del subconsciente, de la alucinación absoluta. El material más puro de los sueños, de las pesadillas, sigue las notas de una canción hipnótica. Dennis Hopper entrando en erupción con el amable falsete de Roy Orbison en In Dreams.

          Lynch se adentra en el corazón de América y muestra que su propio corazón es, a su vez, un nido de insectos ponzoñosos. Prefigurando el universo de Twin Peaks, el autor se adentra en el envés de la postal, en el míster Hyde del ciudadano corriente, en el reverso oscuro del sueño. La cara oculta de América es escabrosa, coprolálica, enfermizamente violenta y sexualizada. “Creo que ya no estamos en Kansas”, dice sin decir esta Dorothy. Los anhelos profundos que se agazapan, al acecho, detrás de la represión de las convenciones sociales de una cultura esencialmente puritana. Pero, por su parte, el pozo de sordidez también tiene su propio dorso desconocido, y este se define por la inocencia, por la noble fidelidad que se encuentra amenazada por un mal sublimado. El mundo tras la cortina de terciopelo azul.

          La intriga a la que se enfrenta el joven Jeffrey es tan exagerada e irónica como el idilismo con el que, previamente, se había caracterizado a este pueblecito cualquiera de los Estados Unidos. La realidad es un elemento difuso, e incluso despreciado, en el cine onírico de Lynch. Siempre hay un elemento discordante en el escenario, sea evidente, velado o atmosférico. La manguera a punto de reventar, el vecino que pasea al perro de noche con gafas de sol, gente que asegura gustarle beber Heineken, las esquinas oscurecidas de los fotogramas, la capa de sonido desapacible que domina el apartamento de la mujer, mostrando su naturaleza inestable e inquietante. Las pulsiones sexuales sufren mil transformaciones, con distinto grado de perturbación, en apenas minutos. El terrible villano le advierte al héroe digno “eres como yo”.

          Terciopelo Azul parece trazar un recorrido circular de regeneración. La ruptura de un denso hechizo, una salida de la pesadilla para recuperar el sueño. La manifestación de ambos, decíamos, está cubierta por un idéntico velo de ficción, de impostura. Como en un cuento moral, como en un anuncio publicitario. Azul o rojo, todo es dual, todo está abruptamente enfrentado con su opuesto. Un muñeco de petirrojo que aprisiona un insecto en su pico.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 9,5.

Comando

25 Ene

comando

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Año: 1985.

Director: Mark L. Lester.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Rae Dawn Chong, Dan Hedaya, Vernon Wells, Bill Duke, David Patrick Kelly, Alyssa Milano, James Olson.

Tráiler

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          No es una cuestión relacionada con su trapacero guion, producto de la apuesta por la mano dura frente a la amenaza exterior propia del Hollywood bajo la Administración de Ronald Reagan y también rico en frases lapidarias características de este cine de acción hipertrofiado de los ochenta. Es un asunto de realización. Es interesante observar como las películas de objetivos estrictamente comerciales y diseño de saldo también experimentan una necesaria evolución formal. Mientras que las películas de John McTiernan aún sobreviven con suficiencia, los productos de otros directores menos hábiles parecen haber sido rodadas hace cien años.

          Es el caso de Comando, en la que Mark L. Lester conduce tras las cámaras las aventuras contarreloj de un exmilitar de élite (Arnold Swarzenegger, rey de este fornido microuniverso) que ha de salvar a su hija de las garras de los insurgentes latinoamericanos que la han secuestrado -hombres de la pérfida República de Val Verde, también presente en Depredador y La jungla 2: Alerta roja-. 

El factor ideológico es meridiano: el peligro de los comunistas en el patio trasero de los Estados Unidos, los traidores infiltrados en casa, su mezquindad para atacar a los inocentes desprotegidos, esa necesidad de apostar por la mano dura incluso a nivel individual, con un ‘one army man’ tipo el John Matrix de ésta, el John Rambo que reparaba las dudas de Vietnam en la menos atribulada segunda parte de su saga particular o el mayor Scott McCoy que en hora y media erradicaba el terrorismo árabe en Delta Force.

          Pero de nuevo, más allá de estos delirios belicistas del periodo -que se pueden tomar en serio o a mofa como parte de las mil fantasmadas que trufan la función-, la principal flaqueza de Comando es lo mal que está filmada. La acción se percibe rígida, con coreografias escasamente fluidas y pobremente montadas que podrían ser el equivalente al tosco cartón piedra del cine histórico de décadas atrás. Pesa demasiado la influencia de la saga Bourne en el rodaje de este tipo de secuencias y la correspondiente percepción de realismo por parte del espectador. Su comparación con cualquier película reciente de Jason Statham -gran guardián contemporáneo de las esencias del género- desnuda la obsolescencia formal de esta obra en la que, a modo de curiosidad, el bueno de Chuache demuestra su versatilidad como intérprete: si ya había encarnado a la versión adulta de Jorge Sanz en Conan el bárbaro, aquí actúa como si fuese el padre de Alyssa Milano, quien por entonces tenía 12 años.

          En su momento se proyectó una continuación, finalmente descartada por la falta de interés de Schwarzenegger en retomar el papel. El material desechado se reciclaría precisamente en la entrega inaugural de Jungla de cristal, otro icono del cine de acción ochentera que, sin embargo, goza de la distinción de estar protagonizado por un antihéroe más frágil, más humano y con 100 kilos menos de músculo y esteroides -el objeto al que precisamente rinde pleitesía Comando en la presentación del gigante austriaco, herencia alucinada del culto nacionalsocialista al físico que sería inmortalizado en fotogramas por Leni Riefenstahl-.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5.

Nota del blog: 3,5.

El camino de Cutter

13 Abr

“Hay una cosa difícil de perdonar, que es la impunidad: que la gente cometa atrocidades y queden impunes.”

Luis Tosar

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El camino de Cutter

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El camino de Cutter

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Año: 1981.

Director: Ivan Passer.

Reparto: Jeff Bridges, John Heard, Lisa Eichorn, Ann Dusenberry, Stephen Elliott.

Tráiler

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            Maneja mimbres atractivos El camino de Cutter. Una intriga en la que un nihilista veterano de Vietnam decide vengarse de “todos los hijos de puta del mundo”, impunes gracias a su posición en lo alto de la pirámide plutócrata. Una evocación de la sensibilidad del cine negro de los años cincuenta con sus perdedores irredentos, sus descapotables, la mugre de la ciudad y el desengaño frente a un sistema injusto diseñado para favorecer a los de siempre.

Señas inconfundibles de un género que, desde este neonoir de los ochenta, se complementan con una visión todavía más cruda de la sordidez que domina el fin del sueño americano, especialmente manifiesta en los tiempos turbios de posguerra –sea la Segunda Guerra Mundial, sea Vietnam– donde se constata que el sacrificio en aras de unos presuntos ideales es una simple falacia de nuevo a la medida de la recua de bastardos que parten el bacalao.

            Sin embargo, bajo la dirección del checoslovaco Ivan Passer, un argumento interesante de inicio y unos personajes carismáticos terminan perdiendo garra bajo el peso de escenas alargadas en exceso y un pulso narrativo desmayado. La rebelión contra todo que emprende este tullido, metido a detective por puro rencor en el caso del asesinato sexual de una muchacha, se ahoga en vertientes melodramáticas que no consiguen explotar su potencial –el triángulo amoroso- y en parlamentos que redundan una y otra vez sobre ideas ya abordadas.

Se desaprovecha además el buen trabajo de John Heard y Jeff Bridges como estos dos amigos envueltos en una relación tortuosa, autodestructiva y malsanamente fiel que sirve para desgranar paulatinamente la cara negra de los Estados Unidos; un país que es todo imagen publicitaria, desde su desigual sociedad hasta su misma historia –el trato a los indios- o su autoproclamada naturaleza como tierra prometida, sea en el aspecto económico o el afectivo.

            Hay desencanto y melancolía en El camino de Cutter, y se aprecia complejidad y contradicciones en las criaturas que la sufren, embarcados en una perpetua huida –de su maltrecha realidad, del compromiso, de sus sentimientos,…-. Pero estas buenas condiciones previas quedan enterradas en un cierto aburrimiento que ni siquiera consigue rescatar un desenlace sugerente en su arrebatado y obsesivo delirio, por fin atronadora y coherente muestra de viveza acorde al espíritu del protagonista.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 4.

Quemar después de leer

3 Abr

“La estupidez es infinitamente más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene sus límites, la estupidez no.”

Claude Chabrol

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Quemar después de leer

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Quemar después de leer

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Año: 2006.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Frances McDormand, George Clooney, John Malkovich, Brad Pitt, Tilda Swinton, Richard Jenkins, Elizabeth Marvel, Oleg Krupa, J.K. Simmons.

Tráiler

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            “¡Aquí parece que follan todos con todos!”, exclama perplejo un oficial de la CIA cuando trata de explicarle a su superior el tremendo embrollo en el que se ha convertido la trama de Quemar después de leer. “Vuelve a informarme cuando algo de esto tenga sentido”, le responde su jefe, todavía más desconcertado ante estos hechos y la conexión que, aparentemente, parece encadenarlos a lo largo de una espiral delirante.

Da cuerpo a Quemar después de leer ese recurrente efecto bola de nieve coeniano que, a partir de una mezquindad nimia, desencadena una tormenta de consecuencias que sobrepasa en mucho las capacidades de aquellos que se ven arrastrados por ella. Es decir, esa misma situación que, entre otros, en Sangre fácil convertía un supuesto ejercicio de suspense criminal en comedia absurda con una venganza por cuernos como semilla, que en Fargo conducía a la perdición a un inútil vendedor de coches que intentaba librarse de la asfixia de su suegro secuestrando inocentemente a su propia cónyuge o que en El gran Lebowski zarandeaba al pobre Nota de un lado a otro de Los Ángeles, en medio de una trama hitchcockiana, en busca de una alfombra que daba ambiente a la casa.

Un artefacto que, en definitiva, va rotando paulatinamente hasta apuntar ese mismo absurdo desmitificador hacia la esencia de los Estados Unidos, en esta ocasión concentrados bajo la sombra de otro icono más: las oficinas de la Agencia Central de Espionaje en Langley, Virginia. Y, a la par, los cáusticos hermanos se embarcan en el desmantelamiento del thriller de espías empleando para ello sus propias armas –la ambientación, la música, los retorcidos giros de guion-.

            Esta vez, el precipitante que incendia por completo la anodina vida de los personajes es la obsesión de Linda Litzke (Frances McDormand), la solterona empleada de un gimnasio local, por realizarse varias operaciones de cirugía estética. Un deseo trabado por la falta de dinero que choca de frente con la frustración y el alcoholismo del recién despedido agente de codificación en el sector balcánico Osborne Cox (John Malkovich), plasmado en unas memorias sobre sus misiones en la CIA que, caprichos del destino y de los cineastas, acaban en manos de una panda de merluzos.

En el núcleo de Quemar después de leer residen por tanto conceptos como el culto al cuerpo, el infantilismo del pensamiento positivo, la avidez materialista, la egolatría burguesa, la falacia del matrimonio o el desengaño frente a la cultura del éxito,… a través de los cuales se caricaturiza este modelo de sociedad americana construida sobre la idiocia, tan peligrosa para uno mismo como para sus semejantes –como ejemplifica el apocado responsable del gimnasio (Richard Jenkins), a priori el más sensato, impulsado incluso por ideales nobles como el amor, y a la postre el más patético de todos, por ser el más apegado a la realidad y en el que más se puede reconocer el espectador medio-.

            Aunque también trabajados al detalle, sus resultados, en cualquier caso, distan mucho de la pluscuamperfecta El gran Lebowski, donde todo funcionaba con precisión de relojería. La comedia de enredo se enreda en el exceso y se mete en un atolladero de donde sale con muchísimas dificultades, provocando que el equilibrio humorístico y argumental del filme se resienta a pesar de los esfuerzos de su estelar elenco. El incendio desatado se enfría en las idas y venidas de los personajes y el punch cómico de la película pierde fuelle, ahogado un tanto por el cúmulo de locuras e insensateces soportado. Incluso el humor negrísimo del cierre irrumpe ya demasiado a contrapié, dadas las circunstancias.

             “¿Qué coño hemos aprendido, Palmer?”, se termina interrogando el alto mando de la CIA, también abrumado por la violencia vitriólica y descontrolada de la trama.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

Flores de otro mundo

24 Mar

Relatos de amor, soledad y necesidad en la frontera entre hombres y mujeres. Flores de otro mundo para la sección de estrenos en dvd de Cinearchivo.

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