Tag Archives: Chantaje

Terciopelo azul

21 Mar

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Año: 1986.

Director: David Lynch.

Reparto: Kyle MacLachlan, Isabella Rossellini, Dennis Hopper, Laura Dern, Dean Stockwell, George Dickerson, Hope Lange, Brad Dourif, Jack Nance, Priscilla Pointer, Frances Bay, Dick Green.

Tráiler

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          En Lumberton todas las televisiones emiten una película de intriga. Una escena en la que un hombre avanza empuñando una pistola, otra en la que asciende sigiloso por unas escaleras. El joven Jeffrey descubre una oreja cercenada y en su rostro se ilumina el deseo del misterio, la tentación irresistible de una femme fatale en azul y rojo, todo contrastes escarpados, que canta Blue Velvet con voz de terciopelo. Qué director de musicales sería David Lynch. Desde la chica del radiador de Cabeza borradora hasta Rebekah del Río llorando en el Club Silencio de Mulholland Drive, pasando por Julee Cruise en Twin Peaks: fuego camina conmigo. Inmersiones en la última capa del subconsciente, de la alucinación absoluta. El material más puro de los sueños, de las pesadillas, sigue las notas de una canción hipnótica. Dennis Hopper entrando en erupción con el amable falsete de Roy Orbison en In Dreams.

          Lynch se adentra en el corazón de América y muestra que su propio corazón es, a su vez, un nido de insectos ponzoñosos. Prefigurando el universo de Twin Peaks, el autor se adentra en el envés de la postal, en el míster Hyde del ciudadano corriente, en el reverso oscuro del sueño. La cara oculta de América es escabrosa, coprolálica, enfermizamente violenta y sexualizada. “Creo que ya no estamos en Kansas”, dice sin decir esta Dorothy. Los anhelos profundos que se agazapan, al acecho, detrás de la represión de las convenciones sociales de una cultura esencialmente puritana. Pero, por su parte, el pozo de sordidez también tiene su propio dorso desconocido, y este se define por la inocencia, por la noble fidelidad que se encuentra amenazada por un mal sublimado. El mundo tras la cortina de terciopelo azul.

          La intriga a la que se enfrenta el joven Jeffrey es tan exagerada e irónica como el idilismo con el que, previamente, se había caracterizado a este pueblecito cualquiera de los Estados Unidos. La realidad es un elemento difuso, e incluso despreciado, en el cine onírico de Lynch. Siempre hay un elemento discordante en el escenario, sea evidente, velado o atmosférico. La manguera a punto de reventar, el vecino que pasea al perro de noche con gafas de sol, gente que asegura gustarle beber Heineken, las esquinas oscurecidas de los fotogramas, la capa de sonido desapacible que domina el apartamento de la mujer, mostrando su naturaleza inestable e inquietante. Las pulsiones sexuales sufren mil transformaciones, con distinto grado de perturbación, en apenas minutos. El terrible villano le advierte al héroe digno “eres como yo”.

          Terciopelo Azul parece trazar un recorrido circular de regeneración. La ruptura de un denso hechizo, una salida de la pesadilla para recuperar el sueño. La manifestación de ambos, decíamos, está cubierta por un idéntico velo de ficción, de impostura. Como en un cuento moral, como en un anuncio publicitario. Azul o rojo, todo es dual, todo está abruptamente enfrentado con su opuesto. Un muñeco de petirrojo que aprisiona un insecto en su pico.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 9,5.

Comando

25 Ene

comando

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Año: 1985.

Director: Mark L. Lester.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Rae Dawn Chong, Dan Hedaya, Vernon Wells, Bill Duke, David Patrick Kelly, Alyssa Milano, James Olson.

Tráiler

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          No es una cuestión relacionada con su trapacero guion, producto de la apuesta por la mano dura frente a la amenaza exterior propia del Hollywood bajo la Administración de Ronald Reagan y también rico en frases lapidarias características de este cine de acción hipertrofiado de los ochenta. Es un asunto de realización. Es interesante observar como las películas de objetivos estrictamente comerciales y diseño de saldo también experimentan una necesaria evolución formal. Mientras que las películas de John McTiernan aún sobreviven con suficiencia, los productos de otros directores menos hábiles parecen haber sido rodadas hace cien años.

          Es el caso de Comando, en la que Mark L. Lester conduce tras las cámaras las aventuras contarreloj de un exmilitar de élite (Arnold Swarzenegger, rey de este fornido microuniverso) que ha de salvar a su hija de las garras de los insurgentes latinoamericanos que la han secuestrado -hombres de la pérfida República de Val Verde, también presente en Depredador y La jungla 2: Alerta roja-. 

El factor ideológico es meridiano: el peligro de los comunistas en el patio trasero de los Estados Unidos, los traidores infiltrados en casa, su mezquindad para atacar a los inocentes desprotegidos, esa necesidad de apostar por la mano dura incluso a nivel individual, con un ‘one army man’ tipo el John Matrix de ésta, el John Rambo que reparaba las dudas de Vietnam en la menos atribulada segunda parte de su saga particular o el mayor Scott McCoy que en hora y media erradicaba el terrorismo árabe en Delta Force.

          Pero de nuevo, más allá de estos delirios belicistas del periodo -que se pueden tomar en serio o a mofa como parte de las mil fantasmadas que trufan la función-, la principal flaqueza de Comando es lo mal que está filmada. La acción se percibe rígida, con coreografias escasamente fluidas y pobremente montadas que podrían ser el equivalente al tosco cartón piedra del cine histórico de décadas atrás. Pesa demasiado la influencia de la saga Bourne en el rodaje de este tipo de secuencias y la correspondiente percepción de realismo por parte del espectador. Su comparación con cualquier película reciente de Jason Statham -gran guardián contemporáneo de las esencias del género- desnuda la obsolescencia formal de esta obra en la que, a modo de curiosidad, el bueno de Chuache demuestra su versatilidad como intérprete: si ya había encarnado a la versión adulta de Jorge Sanz en Conan el bárbaro, aquí actúa como si fuese el padre de Alyssa Milano, quien por entonces tenía 12 años.

          En su momento se proyectó una continuación, finalmente descartada por la falta de interés de Schwarzenegger en retomar el papel. El material desechado se reciclaría precisamente en la entrega inaugural de Jungla de cristal, otro icono del cine de acción ochentera que, sin embargo, goza de la distinción de estar protagonizado por un antihéroe más frágil, más humano y con 100 kilos menos de músculo y esteroides -el objeto al que precisamente rinde pleitesía Comando en la presentación del gigante austriaco, herencia alucinada del culto nacionalsocialista al físico que sería inmortalizado en fotogramas por Leni Riefenstahl-.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5.

Nota del blog: 3,5.

El camino de Cutter

13 Abr

“Hay una cosa difícil de perdonar, que es la impunidad: que la gente cometa atrocidades y queden impunes.”

Luis Tosar

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El camino de Cutter

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El camino de Cutter

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Año: 1981.

Director: Ivan Passer.

Reparto: Jeff Bridges, John Heard, Lisa Eichorn, Ann Dusenberry, Stephen Elliott.

Tráiler

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            Maneja mimbres atractivos El camino de Cutter. Una intriga en la que un nihilista veterano de Vietnam decide vengarse de “todos los hijos de puta del mundo”, impunes gracias a su posición en lo alto de la pirámide plutócrata. Una evocación de la sensibilidad del cine negro de los años cincuenta con sus perdedores irredentos, sus descapotables, la mugre de la ciudad y el desengaño frente a un sistema injusto diseñado para favorecer a los de siempre.

Señas inconfundibles de un género que, desde este neonoir de los ochenta, se complementan con una visión todavía más cruda de la sordidez que domina el fin del sueño americano, especialmente manifiesta en los tiempos turbios de posguerra –sea la Segunda Guerra Mundial, sea Vietnam– donde se constata que el sacrificio en aras de unos presuntos ideales es una simple falacia de nuevo a la medida de la recua de bastardos que parten el bacalao.

            Sin embargo, bajo la dirección del checoslovaco Ivan Passer, un argumento interesante de inicio y unos personajes carismáticos terminan perdiendo garra bajo el peso de escenas alargadas en exceso y un pulso narrativo desmayado. La rebelión contra todo que emprende este tullido, metido a detective por puro rencor en el caso del asesinato sexual de una muchacha, se ahoga en vertientes melodramáticas que no consiguen explotar su potencial –el triángulo amoroso- y en parlamentos que redundan una y otra vez sobre ideas ya abordadas.

Se desaprovecha además el buen trabajo de John Heard y Jeff Bridges como estos dos amigos envueltos en una relación tortuosa, autodestructiva y malsanamente fiel que sirve para desgranar paulatinamente la cara negra de los Estados Unidos; un país que es todo imagen publicitaria, desde su desigual sociedad hasta su misma historia –el trato a los indios- o su autoproclamada naturaleza como tierra prometida, sea en el aspecto económico o el afectivo.

            Hay desencanto y melancolía en El camino de Cutter, y se aprecia complejidad y contradicciones en las criaturas que la sufren, embarcados en una perpetua huida –de su maltrecha realidad, del compromiso, de sus sentimientos,…-. Pero estas buenas condiciones previas quedan enterradas en un cierto aburrimiento que ni siquiera consigue rescatar un desenlace sugerente en su arrebatado y obsesivo delirio, por fin atronadora y coherente muestra de viveza acorde al espíritu del protagonista.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 4.

Quemar después de leer

3 Abr

“La estupidez es infinitamente más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene sus límites, la estupidez no.”

Claude Chabrol

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Quemar después de leer

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Quemar después de leer

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Año: 2006.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Frances McDormand, George Clooney, John Malkovich, Brad Pitt, Tilda Swinton, Richard Jenkins, Elizabeth Marvel, Oleg Krupa, J.K. Simmons.

Tráiler

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            “¡Aquí parece que follan todos con todos!”, exclama perplejo un oficial de la CIA cuando trata de explicarle a su superior el tremendo embrollo en el que se ha convertido la trama de Quemar después de leer. “Vuelve a informarme cuando algo de esto tenga sentido”, le responde su jefe, todavía más desconcertado ante estos hechos y la conexión que, aparentemente, parece encadenarlos a lo largo de una espiral delirante.

Da cuerpo a Quemar después de leer ese recurrente efecto bola de nieve coeniano que, a partir de una mezquindad nimia, desencadena una tormenta de consecuencias que sobrepasa en mucho las capacidades de aquellos que se ven arrastrados por ella. Es decir, esa misma situación que, entre otros, en Sangre fácil convertía un supuesto ejercicio de suspense criminal en comedia absurda con una venganza por cuernos como semilla, que en Fargo conducía a la perdición a un inútil vendedor de coches que intentaba librarse de la asfixia de su suegro secuestrando inocentemente a su propia cónyuge o que en El gran Lebowski zarandeaba al pobre Nota de un lado a otro de Los Ángeles, en medio de una trama hitchcockiana, en busca de una alfombra que daba ambiente a la casa.

Un artefacto que, en definitiva, va rotando paulatinamente hasta apuntar ese mismo absurdo desmitificador hacia la esencia de los Estados Unidos, en esta ocasión concentrados bajo la sombra de otro icono más: las oficinas de la Agencia Central de Espionaje en Langley, Virginia. Y, a la par, los cáusticos hermanos se embarcan en el desmantelamiento del thriller de espías empleando para ello sus propias armas –la ambientación, la música, los retorcidos giros de guion-.

            Esta vez, el precipitante que incendia por completo la anodina vida de los personajes es la obsesión de Linda Litzke (Frances McDormand), la solterona empleada de un gimnasio local, por realizarse varias operaciones de cirugía estética. Un deseo trabado por la falta de dinero que choca de frente con la frustración y el alcoholismo del recién despedido agente de codificación en el sector balcánico Osborne Cox (John Malkovich), plasmado en unas memorias sobre sus misiones en la CIA que, caprichos del destino y de los cineastas, acaban en manos de una panda de merluzos.

En el núcleo de Quemar después de leer residen por tanto conceptos como el culto al cuerpo, el infantilismo del pensamiento positivo, la avidez materialista, la egolatría burguesa, la falacia del matrimonio o el desengaño frente a la cultura del éxito,… a través de los cuales se caricaturiza este modelo de sociedad americana construida sobre la idiocia, tan peligrosa para uno mismo como para sus semejantes –como ejemplifica el apocado responsable del gimnasio (Richard Jenkins), a priori el más sensato, impulsado incluso por ideales nobles como el amor, y a la postre el más patético de todos, por ser el más apegado a la realidad y en el que más se puede reconocer el espectador medio-.

            Aunque también trabajados al detalle, sus resultados, en cualquier caso, distan mucho de la pluscuamperfecta El gran Lebowski, donde todo funcionaba con precisión de relojería. La comedia de enredo se enreda en el exceso y se mete en un atolladero de donde sale con muchísimas dificultades, provocando que el equilibrio humorístico y argumental del filme se resienta a pesar de los esfuerzos de su estelar elenco. El incendio desatado se enfría en las idas y venidas de los personajes y el punch cómico de la película pierde fuelle, ahogado un tanto por el cúmulo de locuras e insensateces soportado. Incluso el humor negrísimo del cierre irrumpe ya demasiado a contrapié, dadas las circunstancias.

             “¿Qué coño hemos aprendido, Palmer?”, se termina interrogando el alto mando de la CIA, también abrumado por la violencia vitriólica y descontrolada de la trama.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

Flores de otro mundo

24 Mar

Relatos de amor, soledad y necesidad en la frontera entre hombres y mujeres. Flores de otro mundo para la sección de estrenos en dvd de Cinearchivo.

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El desconocido

11 Oct

“…y ya de paso entro en cuatro oficinas de cuatro multinacionales que yo me sé y, eh, sin especular ¿eh? No quedaría nadie vivo. Y después secuestro al presidentazo de un bancazo de estos y… me-me-me cagaría en la puta. Hacerle sufrir. Torturarle. Y luego, sacar la recortada y… ¡pum! ¡Por fin! ¡Libre! ¡Desnudo! Y toda la gente ahí ‘aaaay… Está loco, pero es encantador. Le queremos’.”

Albert (Murieron por encima de sus posibilidades)

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El desconocido

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El desconocido

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Año: 2015.

Director: Dani de la Torre.

Reparto: Luis Tosar, Javier Gutiérrez, Paula del Río, Marco Sanz, Elvira Mínguez, Fernando Cayo, Goya Toledo, Antonio Mourelos, Ricardo de Barreiro, María Mera, Luis Zahera.

Tráiler

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            La violencia en los tiempos de las preferentes y del cénit kafkiano del terrorismo institucional-corporativo contra el individuo desamparado, al que se le puede despojar de un plumazo de ahorros, vivienda, trabajo y dignidad para, además, alentarle luego con pitorreo con un par de eslóganes de pensamiento positivo para que los clave en su muro de Facebook. Trabaje precariamente, que conocerá mundo. Emprenda, que experimentará la adrenalina de la aventura económica en la ruleta del turbocapitalismo.

            Dentro de una obra cómicamente subversiva como Relatos salvajes -tan argentina como universal-, el episodio Las ratas –prolongado asimismo por el mítico Bombita– arrojaba contra la cara del espectador alelado a una lúcida heroína con moral de western que sabía cuál era la única manera de atajar de raíz el insoportable e incesante atropello. En un mundo de villanos, es deber del ciudadano responder con idéntica violencia contra los desmanes del poder, erigido en mafia con sonrisa de ortodoncia, educación de colegio privado, traje diplomático y gomina de hormigón.

El protagonista de El desconocido (Luis Tosar) es víctima y, a su vez, es verdugo –dentro de esa difusa ambivalencia en la que se dirimen los asuntos morales de esta sociedad absolutamente desorientada cuando los valores no son cuantificables, ni se someten a balances de cuentas-. Tan víctima, decíamos, como el viejo Ebenezer Scrooge cuando es asustado por los fantasmas de las navidades pasadas. Tan verdugo como él, quintaesencia del potentado capitalista de la Revolución industrial. Y, por el contrario, su antagonista en el filme es verdugo y, expuesto con la debida empatía, o con otro punto de vista del libreto –acaso semejante al del de Murieron por encima de sus posibilidades-, podría haber sido el héroe que quizás merezca esta Gotham contemporánea y cotidiana de fuera de los fotogramas.

            El desconocido es un ejercicio de acción con coartada social en el cual un frío vendedor de derivados tóxicos se adentra con su coche, acompañado de sus hijos, en un cuento moral narrado desde un teléfono móvil por una voz que le reclama, en compensación por sus fechorías, el pago íntegro de sus ahorros familiares. El discurso social confluye –por desgracia diluido- con una estructura popular en la que resulta imposible no citar Speed: Máxima potencia, clásico noventero del género, o incluso otras cintas de escenario prácticamente fijo y negociación intensa como Última llamada o Buried (Enterrado).

            En contraposición al solvente pulso que demuestra el monfortino Dani de la Torre en su debut en el largometraje –a pesar del abuso de los movimientos de cámara, casi contraproducentes en su pretensión de imprimir tensión a las imágenes-, el guion, cargado con algún que otro tópico insustancial –la crisis familiar- y una buena ración de lugares comunes, no resulta tan potente en la explotación de esta valiosa idea crítica que conduce a la moraleja final, cuyo jugo deja la sensación de quedar desaprovechado.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

El hombre que nunca estuvo allí

17 Jun

“La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido.”

William Shakespeare

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El hombre que nunca estuvo allí

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El hombre que nunca estuvo allí

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Año: 2001.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Billy Bob Thornton, Frances McDormand, Michael Badalucco, James Gandolfini, Katherine Borowitz, Jon Polito, Scarlett Johansson, Richard Jenkins, Tony Shalhoub.

Tráiler

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            Si el Meursault de El extranjero mataba a un hombre porque hacía calor, el Ed Crane de El hombre que nunca estuvo allí, esposo cornudo, barbero consumido por la desidia de una existencia que no comprende, siempre a remolque de las circunstancias adversas que se mofan de él, acabará con la vida de un hombre por una vaga ambición de emprender un negocio de tintorería en seco.

A emulación de la opus magna de Albert Camus, El hombre que nunca estuvo allí es el retrato que Joel y Ethan Coen -tipos vitriólicos e irreverentes contra todo y contra todos- realizan del hombre moderno, alienado por el absurdo que le condena a ser un pelele patético en manos del destino, concepto capital de ese cine negro en el que los cineastas decidirán inscribir el filme. La obra goza de una soberbia fotografía en blanco y negro que recupera la estética noir de finales de los años cuarenta, lo que se extiende a la poderosísima voz en off con la que Cane (acertado Billy Bob Thornton) relata su serie de desventuras, las cuales, en lugar de hacerle escapar de su perenne estupor, tan solo consiguen apretar cada vez más y más la soga que su infortunio innato tiende alrededor de su pescuezo.

            Por supuesto, los Coen aplicarán a las hechuras del género una idéntica falta de respeto a la que profesan a sus desdichadas criaturas. El argumento y los personajes rezuman ironía involuntaria, bien manifiesta, bien a través de pequeños, desconcertantes e iconoclastas detalles insertos en el guion, la ambientación, la trama o el estilo narrativo –con el caso palmario del asesinato en cuestión, apenas una interrupción en un monólogo interno a pesar de ser un teórico punto climático y determinante en el devenir de la historia-.

Pero las gotas de despiadada sátira no actúan destruyendo el fondo trágico del relato por medio de la perversión de sus códigos y sus convenciones, sino que, por el contrario, lo acentúa. El ridículo, de nuevo, recae sobre los abrumados hombros de los personajes que avanzan a tientas por los fotogramas, tratando de agarrarse a mentiras propias y ajenas para no caer bajo la rueda de unos hados que conducen ciegos, demenciales e ininteligibles. “Los hechos no tienen sentido”, juzgará el petulante abogado Freddy Riedenschneider (Tony Shalhoub), embebido de las teorías acerca del principio de incertidumbre de Werner Heisenberg.

            El hombre que nunca estuvo allí narra la caída del individuo que trata de sacar la cabeza sobre la muchedumbre aborregada pero que se despeña después de descubrir que los pilares sobre los que asienta sus convicciones y que consideraba firmes e incuestionables son, en realidad, simples invenciones falaces. Ni el sueño americano de una vida acomodada en los tranquilos suburbios es tan feliz como se anuncia en las postales, ni la pureza redentora es tan pura, ni la verdad siquiera es admisible o libera de los problemas, ni la redención es en absoluto posible.

Encadenado a la perturbación provocada por ese nimio desvío, fruto de una ambición que probablemente tampoco deseaba seriamente, Crane da tumbos por la pantalla al son que le marcan sus creadores, que al mismo tiempo juegan traviesos con el espectador confundiéndole en una maraña en la que acaso uno solo puede elucubrar dónde se encuentra la realidad o si todo el asunto pertenece al campo la imaginación, duda que quedaría introducida por el capítulo de la mujer de Crane y el vendedor de suelos asfaltados. ¿Se trata de un flashback? ¿Es parte del filme o punto exterior y real desde donde se crea el filme?, como planteaba José Luis Hurtado en Miradas de Cine. ¿Tienen sentido los hechos que experimenta Crane? ¿De qué manera, o en qué dimensión? ¿Es la película una mentira más dentro de un mundo de mentiras?

“Nuestra mirada lo cambia todo, lo que ha ocurrido no existe”, prosigue Riedenschneider obnubilado por su propia labia.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8,5.

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