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Ator el Poderoso

14 Jun

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Año: 1982.

Director: Joe D’Amato.

Reparto: Miles O’Keeffe, Sabrina Siani, Edmund Purdom, Dakar, Ritza Brown, Laura Gemser, Olivia Goods, Nello Pazzafini, Jean Lopez.

Tráiler

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         Poderosa era la cabellera de los bárbaros del cine de los ochenta. Probablemente influidos por los héroes del heavy y el glam, el volumen de su melena lucía acorde a los tiempos. Quizás hoy risible, calculo que con una expresión semejante se analizarán en décadas futuras los degradados, rapados laterales, moños y crestas que, con orgullo, arrogancia y coquetería, exhiben los guerreros de las producciones históricas de la actualidad.

Ator el Poderoso es una de las primeras réplicas que se sucedieron tras el éxito de Conan el bárbaro. Y esta celeridad en su producción es una de las razones que provocan que sea una película donde apenas hay nada desarrollado, ya que el relato está compuesto por un armazón arquetípico con abundantes saqueos de la seminal obra de John Milius. No solo por el protagonista -un salvaje que se alza en contra del siniestro culto que domina a los pueblos del entorno, que únicamente cambia la serpiente por la araña- y su acompañante -solo una bella e independiente ladrona rubia, porque no hay más preparación para añadir a otros personajes-; sino también por algunas de las escenas que atraviesa la historia -el asalto a la aldea, las intenciones lascivas de la bruja-.

En paralelo, comparecen otros detalles que parecen tomados de la tradición judeocristiana -la profecía mesiánica- y grecolatina -el escudo y la hechicera que recuerdan, respectivamente, a la cabeza de Medusa empleada por Perseo y al episodio de los lotófagos de la Odisea homérica-.

         Huelga decir que toda la fuerza mitológica de Milius no está presente en Ator el Poderoso. Realizador especializado en el cine de género de serie Z e incluso en el filme erótico -hasta el punto de entremezclarlos en cintas como Emanuelle y los últimos caníbales u Holocausto porno-, Joe D’Amato no se molesta, o es incapaz, de disimular las carencias del proyecto, de modo que es imposible que, de tan birrioso, el terrible imperio del tirano imponga cualquier tipo de sensación de peligro a las aventuras de Ator. Por ello, languidecen y aburren de inmediato a merced de un libreto pobre y rodado, además, sin pulso narrativo alguno, con planos de acción por completo destensados. El verdadero y espeluznante enemigo.

         Nada más estrenarse Conan el destructor, D’Amato correría a filmar también su propia segunda parte, Ator 2: El invencible. Y, superando al modelo original, lanzaría una tercera, Ator: el guerrero de hierro, y hasta una cuarta, Ator: La leyenda de la espada de Graal.

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Nota IMDB: 3.

Nota FilmAffinity: 3,4.

Nota del blog: 2,5.

El techo

22 May

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Año: 1956.

Director: Vittorio de Sica.

Reparto: Gabriella Pallotta, Giorgio Listuzzi, Luciano Pigozzi, Gastone Renzelli, Maria Di Rollo, Maria Di Fiori, Angelo Visentin, Maria Sittoro, Emilia Martini, Giuseppe Martini.

Tráiler

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          El tratamiento amarillista del fenómeno de la okupación en el debate público oculta que dicho problema no es la enfermedad en sí -valga la metáfora-, sino un síntoma de una afección mayor -un sistema socioeconómico desequilibrado- que, además, tiende a agravarse por la vía de las políticas ultraliberales que precisamente acostumbran a defender los especuladores inmobiliarios. No se acude tanto a la Constitución española para recordar que la vivienda digna es un derecho recogido en ella.

Algo semejante puede entreverse en El techo, una película estrenada hace más de sesenta años que narra las desventuras de un joven matrimonio que, a causa de motivos financieros primero y políticos después, carece de una de los cimientos principales que les permitiría construir un hogar: un domicilio propio. El asunto de la crisis habitacional como expresión de la crisis económica y moral de posguerra ya había sido abordado por Vittorio de Sica y Cesare Zavattini en Milagro en Milán y Umberto D., y se rastrea asimismo en otras cintas neorrealistas como La tierra tiembla. Exportada por el milanés Marco Ferreri, su manifestación trazará incluso un hermanamiento con otro país mediterráneo, España, en El pisito -aquí son curiosas las réplicas de cine de asuntos inmobiliarios producidas a partir de la crisis de 2008, como Cinco metros cuadrados o Techo y comida-. Pero en Italia poseerá incluso una dimensión politicocriminal a raíz de obras como Las manos sobre la ciudad, aunque esta pertenece ya a principios de la década de los sesenta, con el milagro económico plenamente asentado.

          Se considera que De Sica cierra con El techo su periodo neorrealista, una corriente cinematográfica esencial en la historia del cine que, en cualquier caso, por aquel entonces agonizaba. Sus constantes, sin embargo, permanecen vigentes en la actualidad. El techo es un drama que quizás no alcance la apabullante intensidad emocional de Ladrón de bicicletas y Umberto D., pero su firmeza en su conciencia social y su sentimiento humano es innegable. De Sica y Zavattini desarrollan un sólido e íntimo retrato de los personajes y su entorno para, a partir de ahí, en su habitual rechazo de la frialdad argumental y expositiva aun a costa de sacrificar rigor naturalista, lograr que el espectador congenie con ellos y se sume a sus dificultades, así como que aprecie desde las entrañas tanto los obstáculos desplegados como las muestras de imprescindible solidaridad de clase.

Los avatares de Luisa y Natale se tornan de esta forma, en medio de una megalópoli que avanza hacia su progresiva deshumanización -el contraste con el pueblo de provincias, su paisaje urbano, los ruidos que la dominan-, en una auténtica cuestión de supervivencia, si no física al menos sí de la dignidad elemental. El desenlace, por lo engañoso de su apariencia, es contundente en este sentido.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

Keoma

1 May

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Año: 1976.

Director: Enzo G. Castellari.

Reparto: Franco Nero, Olga Karlatos, William Berger, Woody Strode, Orso Maria Guerrini, Joshua Sinclair, Antonio Marsina, Donald O´Brien, Leonardo Scavino, Gabriella Giacobbe.

Tráiler

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          Keoma es un western, pero podría estar ambientada indistintamente en un poblado europeo del año 1348 o en una comunidad de un mundo posapocalíptico. Su escenario, dominado por las ruinas y la desolación -material y moral-, se encuentra envuelto en una permanente nube de polvo donde las sombras del pasado se extienden hasta el presente y, más aún, marcan la ruta que se ha de seguir hacia un destino inapelable.

Una bruja shakesperiana lanza admoniciones al protagonista basándose en su turbulenta naturaleza, en el conflicto que cabalga siempre junto a él, tanto en su interior -la necesidad de encontrar un sentido a su existencia, las vías del amor y de la redención que se le insinúan- como en el exterior -su condición errante y marginal, manifestada en último término en el desprecio que le profesan sus tres hermanastros a causa de su origen mestizo-. La banda sonora, como si de un coro griego se tratase, comenta los avatares del héroe revelando su psicología.

          Keoma es un spaghetti western con notas de una trascendencia bíblica y alucinada, fronteriza incluso con el surrealismo en su empleo de los símbolos en contraste con la sordidez terrenal. Un Cristo que, tras llamar a revelarse contra el codicioso poder temporal, termina su calvario crucificado en una rueda de carromato -reminiscencias cristianas que, sumadas al protagonismo de Franco Nero, podrían trazar puntos de conexión con el célebre Django-.

Enclavando la acción en un escenario terminal, donde un cacique terrible somete al territorio mediante una muerte enfermiza que de nuevo es tanto física como moral, Enzo G. Castellari desarrolla un relato áspero en el que, no obstante, irrumpen sonoros detalles visuales propios de esta libertina apropiación mediterránea del género -la comunión con el padre mediante balazos que descubren su figura, el emparejamiento de proyectiles y objetivos antes del duelo a muerte-, que se suman a otros sorprendentes recursos estilísticos como las elipsis que funden el ayer con el hoy sin solución de continuidad o un montaje que, en algunos momentos, es delirante hasta lo irreal.

          Inevitablemente irregular, a través de todo ello Keoma dibuja un círculo irrompible y viciado; un eterno retorno marcado por la ignominia y la masacre del débil que comprende tanto al mestizo en sí -la repetición de su historia particular, su envejecimiento aparente debido a la polvareda- como a una visión extremadamente agria de la historia de los Estados Unidos.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Paisà (Camarada)

12 Abr

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Año: 1946.

Director: Roberto Rossellini.

Reparto: Carmela Sazio, Robert van Loon, Dots Johnson, Alfonsino Pasca, Maria Michi, Joseph Garland Moore Jr., Harriet Medin, Renzo Avanzo, William Tubbs, Newell Jones, Elmer Feldman, Dale Edmonds, Roberto Van Loel, Cigolani.

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         Tras la ocupación; la liberación. “La historia del cine se divide en dos partes: antes y después de Roma, ciudad abierta“, proclamaba Otto Preminger. Pero Roma, ciudad abierta era solo el primero de los tres episodios en los que Roberto Rossellini filmaba la crónica humana del horror más aberrante jamás experimentado por la civilización.

El segundo es Paisà (Camarada), que reconstruye el avance de las tropas aliadas por Italia a través, por su parte, de seis episodios ordenados geográfica y cronológicamente -Sicilia, Nápoles, Roma, Florencia, los Apeninos Septentrionales, el delta del Po-. Solo en el último de ellos aparece un enfrentamiento bélico en sentido estricto, y es una escaramuza que no dejará letra alguna en los libros de historia, rodada sin apenas lograr aliento épico y que, para más inri, concluye con una derrota. La última bala de una guerra es siempre la más absurda, como sancionaba Samuel Fuller, combatiente en esta misma Segunda Guerra Mundial, en Uno rojo, división de choque.

         Por contradictorio que parezca, las historias que recoge Paisà parecen dominadas por la voluntad del encuentro en mitad de la barbarie, expresión de la resistencia de los valores universales del ser humano. El lechero que trata de hacerse entender con la muchacha que lo guía; la extraña amistad entre un soldado y un niño buscavidas; el romance cercenado por la despiadada necesidad de posguerra; la enfermera extranjera en busca del héroe etéreo que vivía en sus recuerdos; la reunión entre confesiones en un anómalo remanso de paz; la comunión de unas fuerzas heterogéneas que libran la batalla en defensa de unos mismos ideales y del sacrificio definitivo.

Son las corrientes optimistas que colisionan brutalmente contra la negrura de un filme doliente y desgarrado. Contra el fatalismo que se cierne sobre toda esperanza de amor; contra la violencia cainita e irracional que devora el país; contra la miseria y la muerte que trae consigo toda guerra.

        Son relatos de una total coherencia y un extraordinario equilibrio, expresados con una tajante y respetuosa austeridad que no es óbice para arrojar escenas absolutamente terribles, con una madurez reflexiva que huye del efectismo ternurista para entregar retratos auténticos, veraces y, por ello, todavía más conmovedores. Ejemplo meridiano es su mirada hacia el huérfano trágico, siempre fiel a la naturaleza del personaje, adulto a destiempo y a la fuerza, al que no se edulcora para convertirlo en un mendigo de lágrimas.

Rossellini observa, reflexiona y muestra. Y es la cercanía a la verdad que alcanzan sus imágenes la que propulsa las emociones, como propugnaban los cánones de ese Neorrealismo que, desde un punto de vista tan cinematográfico como moral, rastreaba por entonces la regeneración de una Italia hundida en una ruina material y espiritual.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8,5.

Medea

22 Feb

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Año: 1969.

Director: Pier Paolo Pasolini.

Reparto: Maria Callas, Giuseppe Gentile, Laurent Terzieff, Margareth Clémenti, Massimo Girotti, Paul Jabara.

Tráiler

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           Opinión personal: las de Pier Paolo Pasolini son las únicas reconstrucciones históricas del cine que tienen autenticidad, aun con los anacronismos y las importaciones culturales que el artista italiano no solo muestra, sino que no desea camuflar -en Medea, por ejemplo, se rastrean sonidos que remiten al Japón y al Tibet; tradiciones de la Europa del Este, paisajes de la Turquía recóndita, la Siria antigua y la Pisa medieval…-. Lo hace con razón. Su visión del pasado se aleja de la fantasiosa épica del cartón piedra y los oropeles de Hollywood, herencia de los cánones del romanticismo sublimador, para en cambio observar atento y con sincera pasión las huellas antropológicas que aún perviven en el presente -sea en forma de ruinas, sea como costumbres, iconografías y tipos humanos sobrevivientes al paso de los siglos, hasta en los rincones marginales de Italia y la Europa occidental- y realizar a partir de ellas una recreación absolutamente fidedigna, levantada sobre el polvo de los caminos transitados durante siglos, sobre el adobe de las viviendas ancestrales, sobre los ritos que se hunden en las entrañas de la tierra.

           Medea completa el ciclo mítico antecedido por Edipo, el hijo de la fortuna; Teorema y Pocilga. Es, además, la única incursión como actriz de cine de la diva de la ópera por excelencia, Maria Callas, que encabeza el reparto junto a otro cuerpo extraño, Giuseppe Gentile, quien un año antes del estreno de la película había sido conquistado la medalla de bronce en triple salto en los Juegos Olímpicos de México. Son parte de la indiferencia que le producen a Pasolini los fundamentos y las convenciones del cine, que abarcan desde la elección de los rostros en pantalla -bellezas anticlásicas e imperfectas pero de natural y profundo magnetismo- hasta la exposición narrativa del relato, lo que en este caso puede apreciarse en el brusco montaje, en los reencuadres dentro de un mismo plano, en la inestabilidad de la puesta en escena, en decisiones desaliñadas como el sobreimpresionado para acotar un punto de vista imaginario u onírico…

           En la introducción del filme, el niño Jasón se queda dormido mientras el centauro Quirón le pone al corriente de su linaje y del componente mitológico de sus hazañas venideras y su sino -referidos no obstante como si de hechos corrientes se tratara-. Quizás convenga incluso conocer de antemano la historia que se cuenta. Pasolini reduce las fases y las acciones del mito a la abstracción, más interesado por el simbolismo de los procesos que sufre un personaje arrasado por la desesperación de no controlar su propio destino, desterrado en vida de sus creencias otrora firmes, azorado por dilemas colosales ante los que apenas puede intuir soluciones. Este es el descenso a los abismos de Medea, arrancada de su patria, repudiada luego en la absoluta ingratitud, huérfana de sus certezas, bárbara en tierra de extranjeros; despojada de su identidad, de su amor, de sus creencias.

           Pasolini contrapone la perspectiva racional y realista de Jasón a las tradiciones de un lugar donde los hombres asumen los mitos con literalidad a través de prácticas concretas. El contraste se repite luego en el regreso de los argonautas a Grecia, ante la mirada perdida y horrorizada de la maga, que sin embargo se somete a las usanzas que le son ajenas mediante un metafórico cambio de vestuario. Empero, los evidentes desequilibrios de la narración, derivados de la heterodoxa realización de Pasolini, provocan que las disquisiciones teóricas acerca de lo sagrado y de las desacralizaciones que comportan las evoluciones personales no queden del todo bien integradas y, en especial, afectan a la potencia con la que estalla definitivamente la tragedia. Que es, en definitiva, la tragedia de un mundo contemporáneo donde cualquier atisbo de espiritualidad ha quedado sepultado bajo la pujanza del materialismo y el pragmatismo.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

La tierra tiembla

11 Ene

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Año: 1948.

Director: Luchino Visconti.

Reparto: Antonio Arcidiacono, Giuseppe Arcidiacono, Nelluccia Giammona, Agnese Giammona, Antonino Micaele, Salvatore Vicali, Maria Micaele, Rosario Galvagno, Lorenzo Valastro, Raimondo Valastro, Nicola Castorino, Rosa Costanzo.

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          “Pescatori siciliani”, indican los créditos como toda relación del elenco. Gente sencilla que realiza ante la cámara sus tareas cotidianas, comunicándose entre ellos en su idioma, el siciliano, la lengua del pueblo en esta región del Mezzogiorno empobrecido y humillado. La tierra tiembla, emblema del Neorrealismo italiano, se asienta sobre el verismo, si bien para extraer de él una lírica de la miseria, una épica de la marginalidad, un manifiesto políticosocial. Hay escenarios austeros, penosas fatigas, jerseys raídos e inmersión en las profundidades del hogar, al igual que hay composición de imágenes, búsqueda de la plasticidad, de la epopeya humana y de la emoción. Las viudas prematuras que contemplan estremecidas la indiferencia de los farallones, del mar que no cesa, de la naturaleza soberbia e imperturbable.

Financiada en parte por el Partido Comunista italiano, La tierra tiembla es rabia en 24 fotogramas por segundo, la indignación por un grupo humano, los Valastro, a los que el libreto somete a un calvario tremendista, destinado a convertirlos en mártires que inspiren la compasión del espectador y les haga partícipe de su mensaje: los parias de la tierra han de unirse para hacer frente a la explotación de los privilegiados.

          La tierra tiembla nace en una alborada y concluye en un anochecer. Es una historia eterna, proclama la introducción. Los remos que siguen paleando el agua después del rótulo de ‘Fine’, sumergidos en la absoluta oscuridad, parecen dar continuidad a esta idea a priori fatalista. Envuelto en este realismo estético, se rastrea un sentido de tragedia mitológica: cíclopes tiránicos, castigos prometeicos. 

Director y coguionista, Luchino Visconti -de sangre aristocrática norteña pero en aquel entonces comprometido con la izquierda comunista y sobre todo con el cine, hasta el punto de empeñar posesiones familiares para sacar adelante esta obra-, acompaña al mar a los pescadores, casi con el interés antropológico de un Robert Flaherty en las remotas islas de Arán. Aunque ese realismo marinero también lo había ensayado, con una intención más orientada hacia el espectáculo que hacia el retrato social, Howard Hawks en Pasto de tiburones.

          En La tierra tiembla, desde esta apariencia de documental se plantea un relato de ficción abiertamente maniqueo. La suya es una lucha entre dos bandos bien definidos, incluso estereotipados en su constitución para dar cabida a la patente crueldad de los mayoristas, dueños del capital y, por ende, de todo. La austeridad de la casa centenaria de los pescadores, la fastuosidad del banquete de los patrones; la natural belleza de los primeros, los rostros torcidos de los segundos; la generosa y abnegada voluntad de los trabajadores; la arrogancia ociosa de los fascistas apenas disimulados. 

La voz en off, en diáfano y culto italiano, es la que puntúa el discurso de la obra, aportando una dimensión poética a las acciones y subrayando su significado políticosocial. La tierra tiembla sangra las consecuencias de la mentalidad resignada y conformista de los apaleados, de la iniciativa individual y solitaria del emprendedor, de la de una clase sin conciencia de clase, de la dignidad como última e inexpugnable posesión.

          Subtitulado Episodio del mare, a la película deberían seguir otros dos capítulos, sobre la minería y sobre la agricultura, que nunca llegarían a realizarse.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 7,5.

Una vida privada

5 Dic

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Año: 1962.

Director: Louis Malle.

Reparto: Brigitte Bardot, Marcello Mastroianni, Ursula Küble, Eleonora Hirt.

Tráiler

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          Desde que desarrolló consciencia de sí mismo, el cine, como espectáculo popular de masas, ha indagado en su condición de industria que obtiene su eterna juventud, su eterna capacidad de fascinación, a través de succionar la belleza, lo extraordinario, de los seres humanos integrados en los engranajes de su maquinaria. Especialmente de las mujeres, cuyo atractivo físico es uno de sus principales pilares de atracción, aunque con una fecha de caducidad pavorosamente reducida.

En una escena de Como plaga de langosta, dirigida por un experto en desmontar el sueño americano como el británico John Schlesinger, un guía turístico relata con entusiasmo cómo la actriz Peg Entwistle, de 24 años y desesperada por la falta de oportunidades en el despiadado mundo de las películas, se precipitó desnuda desde las icónicas letras de Hollywood para luego agonizar una semana hasta su muerte en 1932. A modo de espejo, en la ficción tampoco faltan ejemplos de muy diverso pelaje y calidad, de décadas atrás y de fecha muy reciente, a propósito del precio de la fama y la crueldad que el entorno del cine le reserva a mujeres que, en breve tiempo, terminan reducidas a juguetes rotos: Espejismos, Hollywood al desnudo, El crepúsculo de los dioses, La rubia fenómeno, La diosa, ¿Qué fue de Baby Jane?, La rebelde, El valle de las muñecas, Postales desde el filo, La muerte os sienta tan bien, Scarlet Diva, Mulholland Drive, El congreso, Map to the Stars… Aunque alguno de los anteriores están inyectadas de grandes dosis de experiencias personales, también los hay literalmente biográficos, como Jean Harlow: La rubia platino, sobre la desastrosa vida personal de Jean Harlow; el turbulento retrato familiar que Queridísima mamá hace de Joan Crawford en su etapa de decadencia; Frances que recuperaba la trágica figura de Frances Farmer, la serie Feud que precisamente se adentra tras las bambalinas de ¿Qué fue de Baby Jane?, o el puñado de filmes, telefilmes y series que retratan las luces y sombras de la vida de Marilyn Monroe, paradigma de la estrella maldita.

“Traté de ser lo más bella posible, y aun así me veía fea. Me resultaba tremendamente difícil mostrar quién era yo. Tenía miedo de no llevar la vida que la gente esperaba que tuviese”, confesaría Brigitte Bardot respecto de su retirada del ‘show bussines’ antes de cumplir los 40 años. Bailarina, modelo, actriz, cantante y escritora; icono erótico, popularizadora del cuello Bardot, del bikini, del moño Bardot y de la pose Bardot; inspiración pictórica para Andy Warhol, musa en la primera canción de Bob Dylan, rostro oficial de Marianne, el símbolo nacional de la libertad y la razón de la república francesa; galardonada con la Legión de honor de Francia -que rechazaría-, encarnación del feminismo libre por su rebelde instintividad según Simone de BeauvoirBrigitte Bardot es una de esas estrellas que trascienden la pantalla y pasan a formar parte de la mitología contemporánea, de los dioses y héroes que invoca la cultura colectiva. Sin embargo, como siempre, hay una persona detrás de la leyenda. “Si no hubiera tenido los animales para cuidarlos, creo que rápidamente hubiera parado de disfrutar mis días, como Marilyn o como Romy Schneider”, declararía el icono vivo sobre esta funesta relación con la fama no deseada que puede proporcionar el celuloide, que es el material con el que se inmortalizan los mitos modernos.

          Una vida privada es una confesión y una advertencia de una actriz en el auge de su carrera pero que ya había tenido notorios coqueteos con el suicidio, tal era la carga personal que arrastraba consigo a causa de su celebridad. Se trata de un proyecto semibiográfico que reconstruye la vida íntima de Jill, una joven francesa a la que el azar y los desengaños existenciales conducen a la fama cinematográfica y a la consiguiente destrucción de su intimidad, con infaustas consecuencias. El ascenso al éxito, la adoración y la repulsión como objeto de deseo; el escándalo, la soledad en medio de la masa enfervorecida, la desesperación…

Las constantes vitales de Bardot se encuentran recogidas en un filme que, no obstante, posee cierta aura de irrealidad, que dota a la protagonista de la textura de una heroína de ópera o de folletín romántico, retratada en escenas breves que se encadenan con una marcada puntuación de fundidos a negro -en cierto momentos próximos a la pesadilla, con el escenario influido por neones de colores estridentes- o incluso de imágenes congeladas -por lo general, instantes más felices-; aparte de los paralelismos que se trazan en el tramo final de la función entre la tragedia sobre las tablas y la tragedia fuera de ellas. De hecho, la apertura ofrecía ya un aire bucólico igualmente fabuloso. BB resplandece por el efecto de la luz primaveral. Así, su imagen, su rostro, irán apagándose a medida que se suceden los avatares de su vida pública. El primer plano de una Bardot agotada, llorosa, burdamente maquillada y sumida en densas sombras en su frustrante regreso al refugio del hogar; el predominio de la noche y sus luces estridentes y artificiales en Ginebra; el encierro en angustiosos interiores en contraste con la monumentalidad de la villa de Spoleto.

Una vida privada abunda -de forma un tanto redundante- en la hipocresía de una sociedad que tanto eleva a la joven a la categoría de madonna como la rebaja a la de puta, tal es la maldición que lleva a esta princesa de cuento a quedar encerrada, literalmente, en las estancias más recónditas de un palacio medieval, asediada hasta extremos grotescos -que no exagerados-. El resultado de este tour de force es un estallido lírico, casi un sacrificio el cual aparece plasmado de una forma realmente curiosa y sugerente, exaltación de las premisas de fondo y de estilo antes señaladas.

          La patente brevedad de las escenas y la fragmentación del relato, que parece cortado a tijeretazos, revela asimismo el desorden desde el que se gestaba el proyecto, que Louis Malle comenzó a rodar sin que el libreto de Jean-Paul Rappeneau estuviese todavía ultimado. El director, además, desconfiaba de partida del argumento. Con todo, la querencia por la anarquía y la experimentación que había demostrado en Zazie en el metro podía servirle como campo de entrenamiento fílmico para lidiar con un caos involuntario. Sea como fuere, la irregularidad formal -la desaparición de la voz en off inicial, la formulación más clásica de la transición entre escenas a partir del traslado a Italia- termina por provocar cierta incoherencia narrativa en Una vida privada.

Pero más difícil se lo iba a poner al realizador galo la escasa química entre BB y su partenaire masculino, el italiano Marcello Mastroiani, producto de una mala relación personal que obligaría a dejar en la sala de montaje “casi todas” las “embarazosas” secuencias de ternura entre ambos, tal y como referiría posteriormente Malle, que consideraría a Una vida privada el arranque de un periodo artístico prolongado por ¡Viva María! y El ladrón de París que lo convertiría en un marginado en cuestiones de prestigio crítico al dibujar estas obras una trayectoria “en direcciones muy distintas” a las de la Nouvelle Vague y que, aseguraba, lo convertía en un cineasta fastidiosamente inclasificable.

Aunque Malle no calificará Una vida privada como una experiencia por completo negativa, ya que, de acuerdo con sus palabras, aprendería a tomar distancias y a hallar la emoción de las historias de manera más natural desde la filmación en Spoleto, en la que procuró liberarse de las presiones de un potencial fracaso y disfrutar del trabajo.

        Por su parte, BB volvería a sumergirse un año después con El desprecio en un nuevo capítulo sobre los escarnios de la cara B del séptimo arte y, como curiosidad, poco después se interpretaría a sí misma, esta vez bajo su propio nombre, en Querida Brigitte -donde ejerce de inspiración existencial de un bohemio e idealista profesor encarnado por James Stewart– y en Masculino, femenino.

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Nota IMDB: 5,6.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6.

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