Tag Archives: Soledad

La conversación

16 Abr

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Año: 1974.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Gene Hackman, John Cazale, Allen Garfield, Frederic Forrest, Cindy Williams, Michael Higgins, Elizabeth McRae, Teri Garr, Harrison Ford, Robert Duvall.

Tráiler

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          La doble herencia o la dualidad que dominaba el Nuevo Hollywood, en el que confluía la épica cinematográfica estadounidense con el cine de autor a la europea, se manifiesta en La conversación, una película hosca, cenicienta e introspectiva con la que Francis Ford Coppola, uno de los principales nombres de esta corriente de renovación, cambiaba por completo de aires nada menos que entre El padrino y El padrino. Parte II. De hecho, el éxito comercial de la primera fue lo que le permitió financiar un proyecto que ya tenía planteado desde siete años atrás.

          Al igual que ocurriría con Brian DePalma y la posterior Impacto, sobre La conversación sobrevuela la sombra de Michelangelo Antonioni y su icónica Blow-Up (Deseo de una mañana de verano). La sospecha de un crimen sin cometer que surge, casi fortuitamente, de un registro material, esta vez sonoro, que es producto directo de la actividad de espionaje del protagonista, cuestión que aporta un giro esencial a este punto de partida referencial sobre las circunstancias de la percepción subjetiva y la capacidad del individuo para relacionarse con un entorno que solo puede percibir con las limitaciones y el condicionamiento de su óptica particular, inevitablemente fragmentada.

           En la apertura del filme, la cámara de Coppola traza un pausadísimo zoom que, poco a poco, desvelado por siniestros crujidos electrónicos, acecha sobre un objetivo concreto -un recurso en el que el acercamiento del plano aumenta paulatinamente la definición de aquello que se enfoca que luego se repetirá, en una insólita imagen, con el sacerdote oculto tras la celosía del confesionario-. La observación que asume el espectador queda huérfana de inocencia desde el principio. Es otro voyeur, otro espía.

La conversación también se inscribe en la paranoia y la inseguridad rampante enquistada en la psicología colectiva de los años setenta. En la decepción de una década marcada por la aniquilación de los ideales por medio de magnicidas, asesinos en serie iluminados, guerras interminables y corrupción política. Todo se sabe, todo se averigua. Hasta las triquiñuelas electorales del líder de la nación.

          Entre una luz plomiza ocasionalmente cruzada de agresivos haces rojos, entre una extraña arquitectura de interiores, Harry Caul (espléndido Gene Hackman) surge como un espía monomaníaco y reconcentrado que ni siquiera investiga las actividades de una pérfida potencia extranjera de la Guerra Fría, sino que le pagan para eviscerar trapos sucios, tramas internas y vidas íntimas que, para su remordimiento de buen cristiano, en ocasiones desemboca en víctimas de sangre.

En su naturaleza también se percibe esa influencia del autor italiano, pues es un tipo atenazado por la incomunicación, temeroso de exponer sus emociones -a pesar de que sí es capaz de sentir, aunque sea por delegación, a través de escuchar una de estas grabaciones que, sin embargo, trata de capturar con una innegociable y aislante frialdad profesional, simbolizada en su vestuario, en su cubículo, en sus encierros verbales-. De la misma forma, sus encuentros sexuales son decepcionantes, tristes, acordes al frío y a la atonía cromática que lo rodea.

          El filme explora un universo desolado y claustrofóbico que, como el plano inicial, estrecha progresiva aunque casi imperceptiblemente, con un ritmo narrativo templadísimo en su cadencia incesante pero anticlimática, el lazo -moral y atmosférico- que asfixia al protagonista.

Así, desde una concepción que termina por ser prácticamente kafkiana, se constata por un lado la absoluta vulnerabilidad del ciudadano común frente a un Gran Hermano indetectable o, quizás mejor dicho, de múltiples rostros. Pero, en realidad, estos múltiples rostros son uno solo: la cara del ser humano, dibujado desde esta perspectiva obsesivamente recelosa como un ente malvado. Los giros de guion del desenlace alimentan esta desconfianza absoluta, esta manifiesta incapacidad para juzgar al prójimo, esta privacidad inevitablemente expuesta, esta desasosegante desprotección -física, pero también sentimental- frente al mal que todo lo pudre.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 9.

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La última bandera

5 Mar

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Año: 2017.

Director: Richard Linklater.

Reparto: Steve Carell, Bryan Cranston, Laurence Fishburne, J. Quinton Johnson, Yul Vazquez.

Tráiler

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          “Cada generación tiene su guerra”, sentencia uno de los protagonistas de La última bandera. Viendo la reciente The Punisher, en la que un veterano de Afganistán trata de saldar los pecados que lo atormentan aniquilando tramas mafiosas, me dio la impresión de que la serie parecía sacada de los años setenta. Tiene esa decepción, esa paranoia alimentada por el fin de la inocencia que trajeron consigo los magnicidios de la década anterior, la constatación del fracaso de la integración en un país de aluvión, la inseguridad social y la tumoración mortal de la Guerra de Vietnam. La posguerra de Afganistán e Irak -dos conflictos que uno no termina de saber si están sellados o continúan abiertos-, sumada a la presunta estrategia de lucha contra el terrorismo global, atomizado e indetectable -la cual abarca también un notorio y puede que premeditado asalto a las libertades civiles que encuentra su máxima expresión en la Patriot Act-; amén de la devastadora impronta de la crisis económica de 2008 y la decadencia industrial, laboral y neoimperialista asociadas, deja tras de sí una impronta análoga que el cine reproduce cada vez con mayor frecuencia.

En este sentido, La última bandera se mimetiza con El último deber, película de 1973 firmada por Hal Ashby, un auténtico francotirador especializado en operar desde los márgenes de todo. El esquema de road movie, la terrible contienda de fondo, la composición de sus tres personajes principales e incluso su estética; la reflexión desencantada sobre los Estados Unidos entre gotas de indagación existencialista. Quizás La última bandera incida en mayor medida en este último aspecto desde su punto de partida, que siguiendo con la comparativa constituiría una especie de continuación de la anterior. Un reencuentro de sus personajes, que son treinta años más viejos y, por tanto, portan nuevas cargas a sus espaldas, fruto de las complejidades de la vida. De hecho, la película de Richard Linklater se inspira en la secuela de la novela de la que partió aquel primer largometraje.

          Hay muchas deudas en estos tres tipos crepusculares, numerosas cicatrices que aún supuran y que cada cual trata de sanar a tientas, con su propia medicina improvisada -el alcohol, la religión, el recuerdo-. Cuentas sin saldar que proceden de la hoja de servicio castrense, aunque solo en la misma medida que de las elecciones vitales, por lo que estas aflicciones trascienden las implicaciones bélicas para equipararse a las del individuo cualquiera, y que es de donde surgen los momentos más humanos de la función; los más luminosos, los más taciturnos, los más conmovedores de un filme que avanza por la fuerza del diálogo, de la convivencia, de las interpretaciones de un reparto muy bien dirigido.

Pero, en cualquier caso, el hilo narrativo de este viaje pretende pone rostro a un soldado muerto que, literalmente, no tiene rostro. El caído anónimo, que llega a brazos de su padre.

          La última bandera posee un discurso crítico, decíamos. Con doloroso sarcasmo, se cuestiona la dialéctica del sacrificio patriótico y del homenaje heroico; se arremete contra el daño que produce toda guerra con indiferencia del bando en el que uno se encuentre; se explora en la necesidad del perdón y la redención; se explora la naturaleza del consuelo, distinta como distinta es la manera en la que cada persona asimila y gestiona el sufrimiento.

          Y el discurso es crítico, pero sus conclusiones apuntan hacia la reconciliación íntima y colectiva, expresada por medio de símbolos y valores -el uniforme, la bandera, la camaradería del ‘semper fi’-. Ambas vertientes constan, además, de su respectiva escena enfática que Linklater se podría haber ahorrado -la procaz transmisión de órdenes al escolta y la lectura de la carta-. Desde luego, esta reconciliación regeneradora no se refiere a las élites dirigentes, quienes personalizan los vituperios del mensaje -el tradicional reduccionismo del ‘mal del político’ que puede traerse a la conversación en cualquier lugar del mundo-. En consecuencia, el sistema en sí mismo queda más salvaguardado.

En los Estados Unidos, donde el puritanismo idiosincrásico de su cultura también cala en la obediencia de la corrección política, los espíritus disidentes suelen respetar unas líneas rojas bien delimitadas. Una especie de discrepancia desde la fidelidad de raíz. En este tema concreto, que gravita alrededor de las contradicciones propias de un país que se autoproclama defensor de a libertad y que sin embargo es una nación guerrera y en la que la batalla se ha tornado hasta cuestión comercial, se reproduce una paradoja que ya se percibía antaño en cineastas como John Ford, esquinados pero con inquebrantable fe en los valores nacionales -e incluso con una nostálgica también presente en la obra de Linklater, si bien de forma más modulada-, perceptible así en producciones de ambientación militar como Fort Apache. El saludo solemne se le niega al coronel, pero se le regala con honor al soldado raso, al ciudadano de a pie, que a fin de cuentas es, fundamentalmente, sobre quien se habla y a quien se habla en La última bandera.

En este sentido, la amargura y la rabia del ácrata Ashby era más firme y profunda.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota de blog: 7,5.

Zama

8 Feb

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Año: 2017.

Directora: Lucrecia Martel.

Reparto: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Mariana NunesDaniel Veronese, Juan Minujín, Nahuel Cano, Carlos DefeoRafael Spregelburd.

Tráiler

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         Hay quien, como el cómic y serie Preacher, imagina el infierno como la revivencia continua e inagotable del instante más doloroso, humillante o desolador de la existencia. El tormento repetido hasta la monotonía de El prisionero, el eterno día de la marmota de Atrapado en el tiempo. Advierten los expertos de que la tendencia en el campo de la tortura ha descartado el martirio físico por un método mucho más sutil y tremendamente más efectivo: la privación sensorial absoluta, capaz de desmoronar o desfigurar hasta la mente más dura.

El corregidor Diego de Zama, funcionario letrado del rey de España, acumula los días en una remota costa del imperio, abandonada de cualquier necesidad, material o metafísica, que requiera la existencia humana. Las jornadas se suceden una tras otra; lánguidas, sofocantes, solo rellenas de moscas, crueldad y molicie. En este caso, la privación a la que se encuentra sometido Zama es existencial o espiritual, y se manifiesta en una constante frustración. Ambiciones enterradas a diez metros bajo el polvo, placeres inconsumados que se pavonean ante sus ojos.

La cineasta Lucrecia Martel, que adapta desde el guion la novela de Antonio Di Benedetto, lo ubica frente al mar, contemplando el horizonte con abatimiento de náufrago. Pero, en realidad, la historia de Zama es la de Sísifo trepando ladera arriba con una piedra en este caso ínfima, pero excepcionalmente pesada, hecha de vagas esperanzas. La vida, en ocasiones, es ardua espera de la nada.

         La directora argentina envuelve la mente agotada de Zama entre paños oníricos, en una de esas pesadillas densas y pegajosas que no contienen monstruo alguno, pero que perturban hasta el fondo del alma a quien la sufre, cuya consciencia torturada se mantiene entre el sueño difuso y la lucidez febril. Los sonidos amalgamados en un fondo compacto, la banda sonora que rehuye la armonía, los animales que se mueven por el escenario como personajes de fábula, los espectros que sobrevuelan el escenario, las frases hechas y desgastadas, los sinsentidos de una sociedad urbana tratando de arañar la selva descomunal.

         Una de las frustraciones de Zama se relaciona con la propia identidad, con el desarraigo entre una América a la que rechaza y una España que lo repudia. El fracaso de Zama y su identidad es el fracaso del colonialismo español en Latinoamérica, que Martel parece conectar a través de los siglos mediante de los terratenientes salteños de La ciénaga, sumergidos como zombis en otro vacío, en otro absurdo, que deriva en otro estupor, esta vez etílico.

Pero la desorientación de Zama quizás no sea una cuestión ibérica, pues también enlaza con otra exploración colonial surrealista de estreno reciente y cuño argentino, Jauja, protagonizada por expedicionarios daneses en el corazón de la Patagonia. Zama se reservará igualmente un capítulo final de aventura abstracta. Un adentramiento en un universo de fantasmas que, a pesar de mutar el tono de la narración y dotarlo de aparente acción, no es sino la prolongación por otros medios de un mismo absurdo existencial.

         De poderosa atmósfera alucinada, esta variación aporta frescura a una obra que juega sus bazas abogando por una postura hostil y desafiante, pues esecialmente contiene como único aliciente sumergirse en el marasmo y el hastío de Zama y compartir con él su condena interminable. La decisión de que el espectador ha de sentir en sus carnes el anquilosamiento que domina a los personajes por medio de padecer su propia cuota de aburrimiento -o semejante- acostumbra a ser reivindicada desde autores que buscan trasgredir los límites convencionales de la expresión cinematográfica; pero no encuentro que sea una opción acertada, puesto que el lenguaje del cine, empleado con talento y sensibilidad, es suficientemente versátil y elocuente como para transmitirlo perfectamente al público sin necesidad de abrumarlo en la desidia. Porque, con frecuencia, la consecuencia es la limitación del interés de la película.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

Wonderstruck. El museo de las maravillas

10 Ene

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Año: 2017.

Director: Todd Haynes.

Reparto: Oakes Fegley, Millicent Simmonds, Julianne Moore, Jaden Michael, Michelle Williams, Tom Noonan, Cory Michael Smith, James Urbaniak.

Tráiler

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          Basada en una novela de Brian Selznick -también firmante de otro libro cinéfilo llevado a la gran pantalla en La invención de Hugo-, Wonderstruck, que en su título en España agrega la coda de El museo de las maravillas, podría ser un cuento tradicional, como podría ser una cinta producida por Amblin, como podría ser un melodrama del periodo silente. Pero Wonderstruck es una película de Todd Haynes, en la que se respira por tanto las constantes de su filmografía y se aprecia la elegancia y la sofisticación narrativa del autor angelino.

          Como dos ríos que confluyen hasta desembocar a un océano común, el filme desarrolla las historias de dos muchachos, una ambientada en la década de los años setenta y otra en la de los veinte, y las  hace dialogar y comunicarse a través de delicadas elipsis y ecos temáticos: la ausencia o el abandono familiar, la sensibilidad excepcional, la discapacidad condicionante -que de hecho es una afección real en el caso de la intérprete Millicent Simmonds-, la búsqueda personal que conduce a la impresionante gran ciudad…

Sin apenas diálogo, todo imágenes y sensaciones asociadas, cada una de ellas está capturada con una fotografía acorde al periodo en el que se escenifica, que en el segundo caso posee el añadido de la ausencia de sonido como reflejo de la percepción de la niña protagonista. No se trata, sin embargo, de una estricta reproducción o imitación formal del cine mudo -aquí cobraría pleno sentido la definición de la actriz, directora e investigadora Carlota Frisón acerca de un “cine sordo”-, salvo excepciones como el empleo de la sombra como factor inquietante o alguna escena concreta de interiores con evidente decorado.

          Pero, en cualquier caso, la conexión fundamental entre estas corrientes paralelas se establece a través de una subyugante y hermosa transmisión del sentido del asombro, de la fascinación de ambos niños a la hora de adentrarse en un universo colmado de, precisamente, maravillas que se guardan en una institución, el museo, que no siempre es lo suficientemente apreciada. El arte, la ciencia, la cultura… La pasión por la belleza, por el conocimiento y por los prodigios por descubrir que se manifiesta asimismo a partir de la capacidad de observación, la imaginación y la creatividad de la mente infantil, todavía indómita y escasamente sujeta a las convenciones pragmáticas de la sociedad adulta, que aparece conflictiva y, sobre todo, frustrada.

          Con maestría, y sin perder la sutileza que le caracteriza, aunque quizás con mayor frontalidad emocional que en otros ejemplos de su obra, Haynes hace que este estado de embriaguez prácticamente stendhaliano que embarga la perspectiva de los niños, a uno u otro lado del tiempo, desemboque en un desenlace que, a pesar del estilo más clásico de la narración, roza por pleno derecho el relato de fantasía, la manifestación espiritual, la revelación existencial.

La legitimidad que posee este clímax quasimetafísico, unida a la originalidad y el candor de los dioramas con los que se expresa una recapitulación que de otro modo podría haber resultado demasiado textual, permite que esta apuesta de elevado riesgo en su entramado argumental lleno de equilibrios y en su consecuente búsqueda de las emociones sea, efectivamente, conmovedora.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 8,5.

Un sol interior

21 Nov

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Año: 2017.

Directora: Claire Denis.

Reparto: Juliette Binoche, Xavier Beaubois, Nicolas Duvauchelle, Laurent Grévill, Alex Descas, Valeria Bruni Tedeschi, Gérard Depardieu.

Tráiler

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         “No existe ese príncipe azul de Walt Disney, ni el de ahora de las sombras de Grey“, afirmaba en una entrevista la actriz y escritora Mar Regueras. Uno de los estereotipos más frustrantes y nocivos de las fantasías románticas, potenciadas especialmente por el cine, es la idea de la realización amorosa predestinada y correspondida.

La protagonista de Un sol interior vaga por París hecha un paño de lágrimas en busca de su amor verdadero y definitivo. En su camino, tan solo se cruza con empresarios sinvergüenzas, artistas intensitos, oportunistas carroñeros, intelectuales pagados de sí mismos e idilios irremediablemente marchitos.

         Esta es la película romántica de Claire Denis, un género apenas transitado de forma frontal –Viernes noche– por esta cineasta con querencia por argumentos recios, hasta con un punto de sordidez. Y, en efecto, por medio de las peripecias de la despechada, fracasada y solitaria Isabelle (Juliette Binoche), tomadas de una novela de Roland Barthes, la directora y coguionista hace escarnio de las películas románticas al mismo tiempo que arremete contra los códigos que falazmente han implantado en la concepción amorosa extracinematográfica. 

Por el camino, invalida asimismo los consejos existencialistas de tres al cuarto e incluso, en el genial equívoco final -que por medio de su interesante inserción en los títulos de crédito se erige a la vez en resumen y anticipo de un relato inconcluso y acaso irredimible-, las teorizaciones psicoanalíticas del cortejo y el enamoramiento humano. Sin embargo, y a pesar de todo, pervive en ella una pequeña y cálida sensación de esperanza, quizás meramente ilusoria. 

         Un sol interior no es una película clemente hacia sus personajes, ni siquiera hacia una Isabelle inconstante, contradictoria y muy, muy despistada. Pero más cruel es en el retrato masculino, poblada por galanes lamentables, estúpidos, atolondrados o simplemente egoístas. Denis abre el filme con su protagonista al desnudo, aunque el contacto que la ofrece se asemeja más una embestida que una muestra de cariño o, cuanto menos, de deseo. La caricia -de haberla- es un sobeteo burdo, las conversaciones apenas transmiten nada y el desamparo de la mujer se acentúa poco a poco, encuentro a encuentro, desencanto a desencanto. 

El tono narrativo, de paladeable acritud y acidez, tarda un tanto en asentarse, por lo que la empatía hacia la función va en línea ascendente, toda vez que se comprende y se acepta el agreste y común ridículo en el que vive y se desespera Isabelle, que tiene rasgos perfectamente reconocibles para todo aquel que no sea un absoluto triunfador en los amores.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

Madame Hyde

18 Nov

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Año: 2017.

Director: Serge Bozon.

Reparto: Isabelle Huppert, Adda Senani, Romain Duris, José García, Roxane Arnal, Angèle Metzger.

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          En realidad, la dualidad del doctor Jekyll y Míster Hyde que expone el relato de Madame Hyde no apunta tanto hacia la protagonista -una maestra hundida en el fracaso y la mediocridad que tras un accidente de laboratorio se transforma ocasionalmente en un cuerpo incandescente- como hacia la sociedad francesa, representada a partir de un tremebundo sistema escolar. Es la Francia de la libertad, igualdad y fraternidad que colisiona violentamente contra la Francia de la marginación mediante el banlieue, la asmietría de oportunidades y la renuncia a la respuesta integrada de su multiculturalismo. La Francia presidida por un director de instituto de discurso petulante, inconexo y vacío que, en su tremenda torpeza e insensibilidad -amén de por su estética extravagante-, parece un villano de dibujos animados.

          Debajo de su esencia de comedia absurda, guiada por una Isabelle Huppert perfecta en la encarnación de una mujer anodina repleta de ira contenida y que ni siquiera parece hallar el camino cuando es tocada por lo extraordinario –cosechó premio en el festival de Locarno-, Madame Hyde oculta venenosos dardos en contra de un sistema que también disfraza su monstruosidad con ropajes vulgares, aceptados desde argumentaciones elitistas, mezquinas, conformistas.

El filme también posee detalles hilarantes en su presentación de la naturaleza y las circunstancias de la profesora -el material con el que se conforma la personalidad-, así como en su juego con el tópico del docente carismático que motiva y redime a las ovejas descarriadas, aquí de la mano de una renovada energía que es, literalmente, incendiaria. Porque la búsqueda de la fórmula de la enseñanza es el otro pilar maestro de la cinta.

          Pero el desarrollo de Madame Hyde es cuanto menos desconcertante. No por los hechos sobrenaturales o simplemente excéntricos que rompen con el verismo ligeramente caricaturizado de su retrato sociocultural, o por la transgresión de los códigos de géneros como el drama social y el fantástico -el filme ni es ni quiere ser lo uno o lo otro… y es los dos al mismo tiempo-, sino porque la narración de Serge Bozon -que arrastra e ironiza con su propio trauma como exprofesor de filosofía- avanza dando bandazos, de forma dispersa, confusa e incluso contradictoria, con vocación anticlimática, casi desinteresada por el aspecto interior de los personajes y muy irregular en cualquier otra lectura que pueda hacerse de ella.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6.

Porto

16 Oct

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Año: 2016.

Director: Gabe Klinger.

Reparto: Anton Yelchin, Lucie Lucas, Paulo Calatré, François Lebrun.

Tráiler

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          Porto, en principio, iba a ser una película ambientada en Atenas. Probablemente, las ruinas clásicas de la capital griega podrían estimular la idea de la eternidad del amor, y de su valor como esencia fundamental de la humanidad, de la vida, a través de un simbolismo semejante al que empleaba Roberto Rossellini con los cuerpos petrificados de Pompeya en Te querré siempre. No obstante, los avatares de la producción trasladarían el escenario de rodaje a las calles de Oporto. Escoger la melancolía hermosa y apagada del país de la saudade tampoco semeja una mala opción para ambientar la historia de un breve encuentro que, sin embargo, condiciona el tiempo presente, futuro e incluso pasado de sus protagonistas.

          Por medio de la fragmentación de la linea temporal de la narración -distribuida en tres capítulos rashomonianos y también troceada y recompuesta desordenadamente en cada uno de ellos-, Porto consigue trazar esta citada sensación de eternidad romántica, de su influencia total y absoluta en el curso la existencia humana, como un círculo inagotable e irrompible. De tal modo, el director y guionista Gabe Klinger presenta la reunión maravillosa, prácticamente predestinada, de dos almas solitarias albergadas por dos seres rotos, gemelos complementarios. Y, en paralelo, confronta este descubrimiento ideal con el camino pretérito y venidero que han recorrido y recorrerán ambos alejándose del trastornador centro de gravedad que supone este instante mágico, decisivo y breve.

Con ello, aun en sus momentos de luminosidad, la película consigue desprender multitud de emociones encontradas -el amor realizador, la esperanza de vislumbrar al fin el sentido de la existencia, las frustrantes represiones de las circunstancias, la angustia ante la incapacidad de controlar plenamente la propia vida, la desesperación ante la pérdida…-. En cierta manera, su felicidad recuerda a la conmovida alegría, ya bañada por la tristeza de la pérdida inexorable, que Lou Reed imprimía en Perfect Day. También, por supuesto, se rastrea la pista de otros breves encuentros del cine, como la referencial obra de David Lean y, en especial, al clásico moderno Antes del amanecer, de Richard Linklater, foco de atención del cineasta brasileño en su anterior documental Double Play: James Benning and Richard Linklater y uno de los nombres que aparecen listados en los agradecimientos, junto a otros modelos de inspiración como Chantal Akerman o Manoel de Oliveira.

          Klinger, a pesar de sus evidentes deudas, consigue mantener una personalidad propia dentro de este romance sublimado -y hasta con toques oníricos-, despegado del sencillo realismo con el que el director texano capturaba su emocionante y a priori fugaz idilio perfecto de Jesse y Céline sobre las aceras de Viena -de nuevo la vieja y romántica Europa-. La fotografía queda dominada por un filtro nostálgico, de colores crepusculares y textura vintage. Aunque en ocasiones cercana al ejercicio de estilo de un director debutante con afán de exhibir talento -lo que resta emoción natural-, la cámara del brasileño permanece atenta a rincones marginales y pequeños lugares, fracciones desgajadas de la postal y de un retrato personal que se irá completando y adquiriendo pleno sentido a medida que se exponen las piezas del puzzle, siempre a la par de la colisión afectiva de Mati y Jake. Un choque que, en su último tercio, en el que parece plantearse una exposición un tanto más objetiva, se construye ya con una gramática y una estética más sobrias.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7,5.

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