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La décima víctima

27 Feb

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Año: 1965.

Director: Elio Petri.

Reparto: Marcello Mastroianni, Ursula Andress, Elsa Martinelli, Luce Bonifassy, Massimo Serato, Milo Quesada, Salvo Randone.

Tráiler

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          No es extraño que uno de los primeros ejemplos de la caza del hombre convertida en pasión de multitudes -y no en afición reclusiva y solitaria, como eran las monterías del malvado conde Zaroff y parientes- provenga de Italia, territorio de origen de los juegos gladiatorios -y en buena medida de la denominada telebasura-. De hecho, esta distopía satírica de Elio Petri, autor de fuerte conciencia crítica, apunta parte de sus dardos hacia el concepto de ‘panem et circensis’ que se atribuye al narcotizante uso social de los entretenimientos de masas durante el Imperio romano, con cuyos vicios el director transalpino encuentra puntos en común en la sociedad de su época -y por extensión de la presente-.

          Antecedente por tanto de las numerosas variantes del entretenimiento futurístico violento -la antibélica The Gladiators, La carrera de la muerte del año 2000Rollerball, Roma, año 2072 D.C.: los gladiadoresPerseguido, Battle Royale, La isla de los condenados, Gamer, Los juegos del hambre…- La décima víctima se sumerge en un porvenir de aspecto inmediato en el que, con el presunto e incumplido objetivo canalizar la agresividad natural del ser humano, se organizan torneos de caza y huida a muerte entre concursantes de todo el planeta.

Si acudimos a la máxima de que las competiciones internacionales de fútbol son el sustitutivo contemporáneo de los antiguos enfrentamientos bélicos, bien vale remitirse de nuevo al caso particular de Italia por medio de las palabras de Winston Churchill, quien afirmaba que los italianos pierden guerras como si fuesen partidos de fútbol y disputan los partidos de fútbol como si fuesen guerras.

          Como ocurre en otras obras de la ácida filmografía de Petri -cuyos mejores resultados aparecen en cintas más apegadas a una realidad reconocible, caso de El asesinoLa clase obrera va al paraíso-, el realizador y guionista, que adapta aquí un relato corto de Robert Sheckley, parece quedarse limitado a una idea potente y original a la que no sabe conceder el vuelo necesario que se mantenga pujante a lo largo de todo el metraje, a pesar de exponer desde el libreto una serie de razonamientos que, desde la cáustica ironía, retratan el estado sociocultural de un Occidente de moral y humanidad corrompida, en el que se han desmoronado la intelectualidad -la literatura que se reduce al cómic, la alienación que provocan los medios de comunicación y el materialismo capitalista-, la familia -el divorcio rampante, la prostitución accesible, la promiscuidad con amantes sin rastro de amor, el arrinconamiento de los ancianos- y la espiritualidad -las creencias iluminadas en tiempos de la expansión del misticismo hippie y new age-.

          Son conceptos que están expuestos por acumulación, debido a que la narración carece de verdadera entidad y es incapaz de ir más allá del arrebato de rabia concienciada o de la curiosidad ingeniosa. El armazón narrativo que sostiene el discurso crítico hace aguas a causa de que la mecánica del juego de caza está presentada de forma ramplona en concepción y, especialmente, en estilo, por lo que una hipotética intención de distanciamiento se traduciría en falta de credibilidad. Lo mismo ocurre con la guerra de sexos que se establece entre las dos estrellas protagonistas, el nativo Marcello Mastroianni y la fastuosa invitada Ursula Andress, que muestran entre ellos una palmaria y desalentadora ausencia de química.

La conclusión, impuesta con torpeza desde la producción y que descabalga la pátina de surrealismo en giros de guion directamente inefables, termina por estropear este mecanismo que de base ya no funcionaba correctamente o, si acaso, lo hacía a tirones.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 5,5.

High-Rise

23 May

“La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases.”

Manifiesto comunista (Karl Marx y Friedrich Engels)

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High-Rise

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High-Rise

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Año: 2015.

Director: Ben Weathley.

Reparto: Tom Hiddelston, Jeremy Irons, Sienna Miller, Luke Evans, Elisabeth Moss, James Purefoy, Keeley Hawkes, Peter Ferdinando, Sienna Guillory, Reece Shearsmith, Enzo Cilenti, Augustus Prew, Dan Renton Skinner, Louis Suc.

Tráiler

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            High-Rise es la primera adaptación literaria de Ben Wheatley, un autor que, aliado en la escritura de historias con su pareja sentimental, Amy Jump, tiene como seña de identidad la demolición de los géneros cinematográficos como herramienta con la cual diseccionar, a golpe limpio, las aberraciones que proliferan en la sociedad contemporánea: enfermiza, aturdida y fundamentalmente patética.

            Recuperada en el túnel del tiempo desde los años setenta, cuando la novela fue publicada por uno de los adalides de la distopía inminente, J.G. Ballard, el relato de High-Rise sirve como profecía realizada en la actualidad –o más bien como atropello repetido- de una sociedad extremadamente clasista que se estratifica a partir de la posesión material, convertida en un culto cuasi religioso, y que combate con enconada violencia para conservar o conquistar su privilegios.

Para mantenerse o ascender por estos escalones sociales que, aquí, quedan simbolizados explícitamente por un rascacielos: una de esas formas arquitectónicas que ejercían de punta de lanza de la planificación urbana con intenciones sociológicas, territorio donde se abarcarían desde las teorías de la ciudad radiante de Le Corbusier hasta las del espacio defendible de Oscar Newman –punto central, por cierto, de la reciente y estupenda serie Show Me a Hero-.

            Se trata por tanto de un tema perfectamente ajustado a la sensibilidad sádica y satírica de Wheatley, tanto o más cuando su nacionalidad británica le pone en contacto directo con un sistema de clases especialmente estricto e impermeable, incardinado a su vez en ese elitismo de corte capitalista que, a raíz de la crisis, ha intensificado la ya ostensible brecha entre ricos y pobres, llevándose a la clase media por delante en esta diferenciación ampliada.

Precisamente el protagonista de High-Rise, el fisiólogo Robert Laing (Tom Hiddelston), podría ejercer de representante de esta casta que se encuentra a medio camino entre los frívolos y acaudalados habitantes de los pisos superiores y los bulliciosos y menos boyantes moradores de las primeras plantas, todos ellos mezquinos y egoístas por igual, y ambos desconectados a la par de la realidad dentro de este edificio autosuficiente, desligado del resto de la urbe e incompleto en todos sus aspectos.

El cineasta no muestra especial preferencia –o clemencia- por ninguna de las partes implicadas en el conflicto que estalla por el propio peso de una organización flagrantemente injusta por naturaleza y, además, por convicción ideológica, ya que absolutamente todo, desde el ser humano hasta los ideales utópicos, son mercancía degradada, objeto con precio marcado. Las pontificaciones de la Thatcher, uno de los grandes monstruos políticos de la segunda mitad del siglo XX, así lo subrayan.

            El filme ahonda en la deshumanización fomentada por el materialismo exacerbado, como otras de esas alegorías coetáneas de tiempos de recesión y precariado, caso de la audaz Juegos sucios. La progresiva y agresiva alucinación de su argumento no hace sino manifestar la absurda situación de base, que es aquella afincada en la realidad exterior al rascacielos, a la pantalla de cine, al patio de butacas.

La ferocidad desbocada de Wheatley, autor sin concesiones, inyecta en los fotogramas un caos lisérgico de imágenes con enorme potencial simbólico y brutalidad discursiva; un barroquismo asfixiante y destructivo encuadrado en una estética setentera que es a la vez pasado y futuro. Pero este enfebrecido voltaje argumental y formal también supone que la obra sea un tanto irregular en su desarrollo, con tendencia a provocar fatiga en el espectador, atiborrado de miseria y patetismo -cuestión por otro lado que acecha a la mayor parte de la filmografía del director-.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6,5.

Desafío total

2 May

“Servidor se confiesa seguidor de Philip K. Dick, quizás por ello me he convertido en un trastornado.”

Antonio Gasset

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Desafío total

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Desafío total

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Año: 1990.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Rachel Ticotin, Ronny Cox, Sharon Stone, Michael Ironside, Mel Johnson Jr., Marshal Bell, Michael Champion, Dean Norris.

Tráiler

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           Paul Verhoeven aterrizó en Hollywood desde Holanda para, por méritos propios, conquistar alguna de las imágenes más icónicas de la ciencia ficción del cambio entre los ochenta y los noventa merced a títulos como la actualísima Robocop o Desafío total –ambas, de hecho, carne de remake en la fiebre del último lustro por remozar para el presente las obras de culto del periodo-. Son los beneficios de hacer valer su personalidad excesiva pero subyugante, lo que desde su posición de asalariado al servicio de los estudios podía desembocar tanto en la reconstrucción del siglo XVI europeo como una fantasía sucia, sexualizada y apocalíptica –Los señores del acero– como para instituir un subgénero que encontraría aquí su edad de oro –Instinto básico– o, en el peor de los casos, descabalgar en espectáculos desaforados de erotismo y solapada ironía –Showgirls– o remakes igualmente desopilantes –El hombre sin sombra-.

           Aunque se trate de una cuestión más localista –y más en concreto futbolera-, solo créditos iniciales de Desafío total ya ofrecen un punto de excitación para parte del público español, conducidos como están por esa partitura de Jerry Goldsmith –por cierto, tan difícil de diferenciar de la genial composición de Basil Poledouris para Conan el bárbaro– que luego se apropiaría Canal + y sucesivos para las previas de El partidazo del Plus. Dejando esta anécdota de lado, Desafío total es una de las adaptaciones más populares al cine de la obra de Philip K. Dick, el torturado escritor que somatizaba en relatos de ciencia ficción los males existenciales que aquejaban al hombre posmoderno y que, además, tan buenos resultados regalaban en el séptimo arte –Blade Runner sin ir más lejos, una de las mejores películas de la historia-.

Bajo los dominios de la Carolco -productora responsable de otras popularísimas cintas del momento como las sagas de Rambo y Terminator y a la que el propio Verhoeven contribuiría a liquidar con el descalabro económico de Showgirls-, el cineasta neerlandés reemplazaría al canadiense David Cronenberg, primera opción para adaptar el relato corto Podemos recordarlo por usted al por mayor, para construir con él un filme de acción violento e imaginativo en el que Arnold Schwarzenegger se mete en el papel de ciudadano común –con más de cien kilos de hipertrofia muscular, eso sí- transformado por las delirantes circunstancias en héroe a la fuerza –ese tópico clásico que fundamenta buena parte del poder cautivador de la ficción para el consumidor-, embarcado en una misión para salvar Marte y que se desarrolla siempre entre la realidad y la imaginación onírica.

El bueno de Chuache ya había probado fortuna diversificando su trabajo como héroe de acción hacia el campo de la ciencia ficción en la citada Terminator, en Depredador y en Perseguido, y repetiría luego duelo contra el Destino con El fin de los días, El sexto día, la dramática Maggie y, por supuesto, con el resto de la saga del ciborg T-800, quizás en una reproducción de ese antepasado de los fornidos salvadores ochenteros de la humanidad que era Charlton Heston, protagonista por su parte en las apocalípticas El planeta de los simios, El último hombre… vivo y Cuando el destino nos alcance. Como curiosidad, el venidero ‘Gobernator’ podría haber ampliado incluso su historial en el género con el propio Verhoeven de haber entrado en el traje de Robocop, que finalmente se calzaría el más liviano Peter Weller.

           Desafío total viaja a un futuro expresado estéticamente por el opresivo brutalismo arquitectónico y en el que la experiencia vital acostumbra a acometerse en diferido, puesto que los recuerdos –y por tanto la realidad personal y circundante- se pueden comprar en formato virtual en lugar de gozarlos o padecerlos en primera persona -premisa que bien podría trasladarse a los muros de las redes sociales contemporáneas, donde parece que se vive de cara a los demás en vez de por uno mismo-.

Es decir, que bajo las gruesas capas de entretenimiento puro subyace una de esas reflexiones existencialistas sobre la identidad tan del gusto del literato estadounidense, acompañada además de un retrato satírico del sistema ultraliberal capitalista de la época –la organización plutocrática y neocolonialista de Marte-, semejante al que podía apreciarse también, precisamente, en Robocop, con Ronny Cox como villano compartido.

           El juego psicológico sobre el que avanza haciendo equilibrios la trama no siempre encaja a la perfección –la estructura argumental es demasiado voluminosa como para sostenerse sobre tanta ambigüedad-, pero sí se mantiene en pie con solvencia para sustentar una función divertida, narrada con pulso férreo y con una potente plasmación visual.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7.

Robocop 3

28 Abr

“Hollywood está cada vez más dirigido por contables, no por realizadores.”

Jessica Lange

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Robocop 3

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Robocop 3

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Año: 1993.

Director: Fred Dekker.

Reparto: Robert John Burke, Remy Ryan, Jill Hennessy, Nancy Allen, CHH Pounder, John Castle, Robert DoQui, Judson Vaughn, Daniel von Bargen, Stephen Root, Felton Perry, Bradley Withford, Rip Torn, Mako.

Tráiler

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           Hay ocasiones en las que la primera escena sirve para augurar el porvenir de la película. Robocop 3 se abre con uno de esos anuncios que engrandecían a sus dos precedentes. No obstante, en su contenido no se aprecia su gloriosa ironía destructiva, sino que simplemente se limita a presentar, por contraposición, el escenario de la función, que ha avanzado en su lectura apocalíptica hasta sumergirse en las garras de un totalitarismo plutocrático que, eso sí, es bastante atrevido teniendo en cuenta la época y el lugar de su estreno.

En este sentido, y aparte de por factores logísticos como el hundimiento de la productora Orion, este sustrato contestatario contra los mandamientos del ultraliberalismo en boga sería uno de los motivos por los que, pese a rodarse en 1991, la cinta no llegaría a las salas estadounidenses hasta dos años después.

           Agotada prácticamente la historia y con la intención de obtener las últimas migajas de rentabilidad a bajo coste, Robocop 3 aparece como una producción residual de la que pueden dar buena cuenta la ausencia de Peter Weller en el protagonismo -que había renunciado para embarcarse en un proyecto de mayor prestigio como la adaptación de David Cronenberg de El almuerzo desnudo– y el hecho de que incluso la segunda de a bordo, Nancy Allen, ya bastante relegada en el segundo episodio, acepte comparecer en pantalla solo con la condición de tener un papel breve, apenas testimonial.

El filme tampoco goza de un director de renombre, como Paul Verhoeven o Irving Kershner, puesto que asume las riendas de la realización Fred Dekker, a quien se encarga seguir los pasos de la serie de televisión animada que había surgido en 1988 tras el éxito de la entrega inaugural. El apunte es significativo: Robocop 3 será la única de la trilogía en ser calificada con la categoría PG-13 americana en vez de la más restrictiva R.

           En efecto, aunque sobreviven puntuales chispazos de humor negrísimo en la historia de nuevo pergeñada por el historietista Frank Miller, el papel principal de una niña en la trama revela esta intención de extender el producto hacia un mercado más amplio y familiar, vinculado asimismo a un argumento absolutamente convencional -aparte de la reseñable reivindicación antineocon antes aludida, con una imagen de los desahucios por intereses económicos que de nuevo resulta bastante actual-.

El libreto recupera con indecisión los dilemas morales del héroe para conducirlos a la nada y, además, se perciben en él ciertas intenciones de aprovechar el rebufo de la taquillera y valorada Terminator 2: El juicio final, con su propio T-1000 ‘Made in Japan’.

           Sin embargo, las constantes vitales definitorias de la saga flaquean hasta el desmayo y la película se hunde con el carisma bajo mínimos, carente casi por completo de la personalidad y el encanto gamberro de sus antecesoras.

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Nota IMDB: 3,9.

Nota FilmAffinity: 3,5.

Nota del blog: 3,5.

Robocop 2

27 Abr

“Vivimos en un régimen de ocupación por parte de las multinacionales.”

Víctor Érice

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Robocop 2

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Robocop 2

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Año: 1990.

Director: Irvin Kershner.

Reparto: Peter Weller, Nancy Allen, Dan O’Herlihy, Belinda Bauer, Tom Noonan, Gabriel Damon, Willard E. Pugh, Felton Perry, Jeff McCarthy, Galyn Görg, Stephen Lee.

Tráiler

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           Los villanos de Robocop 2, que son una mezcla de dos de los terrores absolutos de la nación como Charles Manson y Pablo Escobar, cuelgan indistintamente en su guarida pósteres de la Madre Teresa de Calcuta y de Oliver North, uno de los altos mandos del Ejército estadounidense más siniestros de los de por sí siniestramente militaristas años ochenta, implicado en el turbulento escándalo Irán-Contra. Pero el verdadero Malo con mayúsculas es un ejecutivo blindado en su rascacielos de acero y dólares, miembro respetable de la élite de la sociedad, patriota que hace avanzar el país a golpe de iniciativa privada y dueño de una megaempresa que andando el metraje se revestirá con simbología y vestuario corporativos de ecos filonazis. Un campeón de la economía, en definitiva, que luce en el escritorio de su suntuoso despacho una fotografía con Ronald Reagan, adalid del ultraliberalismo de la década.

           Robocop 2 se hace fuerte atrincherada en una de las virtudes de su predecesora: su mala leche, disparada con brutalidad inmisericorde contra todo, y además reflejada en buena medida a través del electrodoméstico entonces hegemónico -el televisor- y de la herramienta definitoria de este sistema de vida -la publicidad-. Robocop 2 es una ciencia ficción que no renuncia a su esencia de serie B, sino que la potencia para no tomarse demasiado en serio a sí misma a la vez que, parapetada desde su posición dominante, dispara mil dardos envenenados contra la sociedad norteamericana coetánea, en este periodo regida por el neoconservadurismo más recalcitrante, aético y violento.

Es decir, un contexto socioeconómico perfectamente aplicable a nuestros días. La justificación de la conveniencia del tráfico de drogas por parte del cabecilla de la organización criminal, amparándose en la cantidad de puestos de empleo que genera, no puede ser más actual, digna de cualquier mandato de la troika, al igual también lo sería ese concepto de privatización total del espacio urbano.

           De este modo, el argumento deja de lado el paradigma de la criatura de Frankenstein que asomaba en la primera entrega, aunque a cambio se detectan rastros de King Kong en la desopilante presentación del segundo modelo del ciborg -por completo satíricos, eso sí-. Y lo hace para, por el contrario, travestida de negra farsa, centrarse en propinar palos a diestro y siniestro: a la tiranía del yuppie y la cultura del éxito económico sobre todas las cosas, a la plutocracia impuesta con mano de seda por las grandes corporaciones, al delirio de la tecnología para fines bélicos o represivos, a la dirigencia política encantada de asociarse cínicamente con hampones de todo pelaje a cambio de un par de monedas de plata, a los males de la revolución digital, a la decadencia industrial norteamericana, a la destrucción del equilibrio medioambiental, a la corrupción del concepto de libertad, al adormecimiento del espíritu crítico por medio de la corrección política radical, al paradigma del macho alfa como vigilante autónomo del orden,…

Nada queda a salvo de la mira láser de Robocop 2. El guion es una bola de demolición anárquica -e incluso un tanto ambigua en ocasiones; al reputado historietista Frank Miller no se le podrá acusar de izquierdista precisamente-, lo que la convierte a mi parecer en una obra muy divertida, más allá de su relativamente convencional trama policíaco-futurística.

           Para que vean que no dan puntadas sin hilo, la resolución empresarial del desenlace no es más que una trasposición de la forma en la que la administración Reagan, acosada por la polémica, se desharía del teniente coronel North.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 4,6.

Nota del blog: 6,5.

Los últimos días

23 Abr

“El cine español actual es cada vez más accesible para el resto del mundo.”

Sasha Grey

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Los últimos días

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Los últimos días

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Año: 2013.

Directores: David Pastor, Àlex Pastor.

Reparto: Quim Gutiérrez, José Coronado, Marta Etura, Leticia Dolera, Iván Massagué.

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            Cuando recuerdo mi formación como historiador, me da por teorizar sobre la crónica del momento presente. Y, entonces, llego a la conclusión de que el punto de inflexión decisivo del comienzo del milenio, por capacidad de influencia sobre la sociedad global, no es tanto los atentados terroristas del 11-S y su reordenación de las estrategias geopolíticas del mundo posterior a la Guerra Fría, sino la crisis económica estallada en 2008 –o como quieran ustedes calificarla- y los subsiguientes movimientos de neoconservadurismo económico y el ‘liberalicidio’ resultante.

De ahí que considere reseñable que, en una película por otro lado discreta como Los últimos días -este ejemplo del nuevo blockbuster español que mira desacomplejadamente hacia los referentes del otro lado del charco, por más que muchos de ellos estén bien caducos, eso sí-, la corriente del cine catastrófico americano posterior a los atentados contra las Torres Gemelas encuentre su reflejo directo en un escenario igualmente catastrófico pero donde, por el contrario, la marca de la Bestia parece asociarse a esa España acosada por los terribles y muy violentos efectos de la recesión.

            Siguiendo esta idea, si allí los momentos climáticos de destrucción reproducen con aproximada fidelidad las escenas mostradas por televisión en vivo y en directo –sobre todo la caída de los símbolos del imperio entre nubes de polvo y cadáveres reventados, ante el sacrificio de los pequeños ciudadanos y profesionales que mantienen viva la llama del Bien-, en la presente estas imágenes del trauma se asimilan a situaciones más cotidianas: la amenaza flotante del desempleo que ronda a un grupo de trabajadores, las estaciones de metros atestadas de cuerpos hundidos en la miseria, las tensiones interraciales e interclasistas en torno a las posesiones materiales, las frases tipo “con la que está cayendo” sumadas a indicaciones políticas frente a la calamidad orientadas a que los ciudadanos “sigan trabajando y comprando”, o, en la alegoría agorafóbica que construye los fundamentos del relato, la imposibilidad de escapar de una cárcel/oficina que, sin remedio, castra o vampiriza la existencia exterior a la misma del individuo común –el panda como logo y como muñeco-.

          Este aspecto es sin duda el más interesante de Los últimos días –aunque también le fija una fecha de caducidad, esperemos-. Luego, el filme resulta bastante más tópico en la expresión ritual del Acabose –la aniquilación necesaria de símbolos como el dinero o las hostias católicas, la orgullosa ciudad tomada por la naturaleza rediviva-, así como en su faceta de cine de supervivencia –los caracteres antagónicos obligados a cooperar, aquí muestra además de estas dos clases sociales contrapuestas pero hermanadas e incluso reconciliadas por el desastre- y, en especial, en su vertiente de acción posapocalíptica, con poca alma y originalidad.

Es de agradecer que el ritmo narrativo se encuentre sostenido con solvencia por los hermanos Pastor y que apenas un puñado secuencias queden realmente ridículas –la guerra en los grandes almacenes como ejemplo palmario-.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 5.

Zebraman

10 Abr

“No soy fan de los superhéroes. Si un tío es invulnerable, ¿qué gracia tiene?”

Armie Hammer

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Zebraman

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Zebraman

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Año: 2004.

Director: Takashi Miike.

Reparto: Shô Aikawa, Kyôka Suzuki, Atsuro Watabe, Naoki Yasukôchi, Yoshimasha Mishima, Makiko Watanabe, Yui Ichikawa, Kôen Kondô, Ren Ôsugi.

Tráiler

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            Japón posee una de las ficciones más feraces y con mayor tradición en el universo de los superhéroes, históricamente muy ligado a la recuperación del orgullo nacional y militar destruido por la traumática derrota de la Segunda Guerra Mundial –la aparición del monstruo destructor- e incluso, paradójicamente, plasmada también desde la asunción de esos símbolos negativos para regenerarlos en su propio favor –el posterior carácter benefactor de Godzilla como ejemplo palmario-. Una tendencia que, de nuevo, será revertida en tiempos postmodernos más escépticos y desencantados –como en Big Man Japan, donde el presunto héroe salvador era en realidad la aberración destructiva, desnudado con el desmitificador realismo del (falso) documental-.

            Zebraman pertenece ya a este periodo donde la figura heroica se encuentra deformada por el desgaste y, por ende, puede ser atacada en sus flaquezas –los tópicos y las convenciones sobre los que asentaba su gloria pasada-, empleando la parodia a modo de palanca con la que agrandar las grietas de su infortunio presente. Las intenciones del filme, no obstante, no son tanto las de demoler esta estatua colosal como la de reciclar el arquetipo, en un proceso bastante semejante al que se ha producido en este Hollywood contemporáneo ahíto de superhéroes grandilocuentes y donde, desde los dioses de tragedia griega ofrecidos por Christopher Nolan, se ha dado el relevo al hombre común y desenfadado de los Iron Man, Guardianes de la Galaxia y, recientemente, todavía en un paso más allá, Deadpool.

El recorrido que traza Zebraman nace de las tokusatsu –películas o, en este caso, teleseries de fantasía, ciencia ficción, y acción que tienen en los efectos especiales su razón de ser, como podrían ser Ultraman, Bioman o los Power Rangers– para, mediante su caricaturización, regresar de nuevo a la calidez de su seno, nostálgica y realizadora frente a la frialdad y la hostilidad del mundo interior. Y es que el guion de la obra camina paralelo a los guiones sobre los que se construía la imaginaria Zebraman, serie de culto para el protagonista, al estilo del conocimiento del cine de terror que les servía a los personajes de Scream 2 para predecir los movimientos del villano a fuerza de clichés identificados por el fan, o de la traviesa alegoría acerca de la construcción y el disfrute de este mismo género en La cabaña del bosque.

            Dentro del alucinado, no demasiado coherente y a ratos un poco espeso argumento del filme –un pusilánime maestro de escuela que lucha contra una invasión alienígena en Yokohama travistiéndose con el traje del héroe televisivo de su infancia-, confluyen numerosos elementos clásicos –el desencanto de la vida adulta, el agresivo patetismo de la cotidianeidad; la familia encontrada, el descubrimiento del destino personal-. Mimbres dramáticos fundacionales –el disfraz como verdadera identidad, en resumen- que hallan un interesante punto de distinción gracias a su encauzamiento y desarrollo gracias a esta lectura metalingüística que, a la postre, se erige en una defensa de la necesidad existencial de ese estado de ilusión transitoria, pero absolutamente poderosa e incluso inspiradora, que es capaz de insuflar la ficción.

Un universo mágico que, de este modo, imprime su huella sobre la anodina realidad a través de la voluntad entusiasta del fan y donde, como insisten a decirle al héroe improvisado de la función, “todo es posible”.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

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