Tag Archives: Surrealismo

Perfect Blue

30 Oct

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Año: 1997.

Director: Satoshi Kon.

Reparto (V.O.): Junko Iwao, Rica Matsumoto, Shinpachi Tsuji, Masaaki Ôkura, Yôsuke Akimoto, Yoku Shioya, Hideyuki Hori, Emi Shinohara, Masashi Ebara, Kiyoyuki Yanada, Tôru Furusawa, Shiho Niiyama.

Tráiler

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         Los sueños del éxito crean monstruos. Roger Waters volcaba en The Wall sus traumas como estrella de la música, oprimido por la exigencia del público -entre otros-; el escritor Stephen King somatizaba su sensación de estar cautivo de sus propios fans en Misery. Tanto el disco como la novela serían luego trasladados al cine, consagrando su relevancia argumental y estética.

La protagonista de Perfect Blue sufre una triple esclavitud: la obsesión posesiva de sus admiradores como ídolo del J-Pop, la explotación a la que le somete su agencia de representación y la de ser objeto de deseo sexual -Satoshi Kon siempre muestra de fondo a una audiencia o a una masa exclusivamente masculina-. A ello habría que añadir una cuarta, que es la de una autoexigencia que se convierte, literalmente, en patológica.

         Esta última, que juega con el desdoblamiento de la protagonista en un döppelganger, y de la que se apropiaría en parte la posterior Cisne negro -no por nada, Darren Aronofsky ya había homenajeado escenas suyas en Réquiem por un sueño-, es la que fundamenta y a la vez desequilibra el thriller psicológico que plantea la obra. Es cierto que el cineasta japonés consigue extraer momentos angustiosos de esa sensación de estar encerrada en una espiral de locura que sufre la protagonista, pero esto se consigue en buena medida a través de trampas en el uso del punto de vista de la narración.

Demasiado ambicioso en su acumulación de capas, la construcción sucumbe bajo su propio peso, anulando en parte los interesantes planteamientos que se habían logrado establecer. Kon, proclive a explorar las tenues fronteras que separan lo real de lo surreal, riza el rizo de forma espectacular, sin duda efectista y quizás sorprendente en sus giros para algunos; pero se excede en el artificio.

         Concebida inicialmente como una película de acción real, tendría un remake en 2002 en este formato.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 5.

El planeta salvaje

5 Sep

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Año: 1973.

Director: René Laloux.

Reparto (V.O.): Jean Valmont, Eric Baugin, Jennifer Drake, Jean Topart, Yves Barsacq, Gérard Hernández.

Filme

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         Hay una subversión esencial que suele producirse en el cine de terror: el descabalgamiento del ser humano como especie dominante. El terror es un elemento consustancial a la vida. Es solo cuestión de perspectiva. Siempre hay un enemigo, un Otro. Incluso entre hermanos.

El planeta salvaje es una película de tiempos de los conflictos de descolonización y de la Guerra Fría; de concepción francesa pero producida en Checoslovaquia, tras el Telón de acero. Y, como toda obra de ciencia ficción, su argumento ejerce de espejo deformante en el que se refleja una realidad problemática. El filme, basado en la novela Oms en serie de Stefan Wul, narra los avatares de un joven que, en un planeta alienígena, se libra de sus dueños extraterrestres, los traags, que lo tenían de mascota, y las dificultades que atraviesa al integrarse en una comunidad de humanos silvestres, tratados como una plaga de alimañas.

         En síntesis, la premisa posee numerosos paralelismos, incluida la sugerencia posapocalíptica, con El planeta de los simios, un clásico que curiosamente también surge de inspiración gala. De este modo, en El planeta salvaje el punto de vista de ‘lo humano’ se puede trazar a través de dos perspectivas: el de la sociedad traag dominante y el de la sociedad humana sometida o perseguida.

A partir de este cambio de enfoque, de esta alternancia, y con unos personajes que se ajustan a una condición de representaciones simbólicas, la cinta abre un marco reflexivo acerca de la naturaleza humana y de la idea de civilización, especialmente en cuanto a los aspectos más sombríos de las mismas. Con todo, sus conclusiones no son absolutamente pesimistas y también se rescatan cualidades positivas, si bien sometidas a una noción final de eterno ciclo -a lo que contribuye sin duda la vigencia de su sentido crítico-.

         Pero quizás por encima de este contenido filosófico destaca el hipnotismo y el atractivo de la animación checa. Los fondos, elaborados como decorados rígidos, evocan una embriagadora atmósfera surrealista, próxima a Salvador Dalí, que se adereza con una banda sonora con fugas psicodélicas. Asimismo, las figuras están modeladas como si se tratasen de recortables de un juego infantil, lo que refuerza tanto la percepción minimizadora del hombre como, con su cierta ingenuidad, las desconcertantes sensaciones que provoca la estética. El dibujo, además, sirve para completar la construcción de las personalidades, puesto que el mayor detallismo de los rasgos de los humanos contrasta con la inexpresividad, y hasta el rictus soberbio remarcado por los contrapicados, que muestran los traags.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

El unicornio

29 Jun

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Año: 1975.

Director: Louis Malle.

Reparto: Cathryn Harrison, Therese Giehse, Joe Dallesandro, Alexandra Stewart.

Tráiler

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         En los setenta, década desencantada y paranoica, Alicia no podía ir a parar al país de las maravillas. A bordo de un Honda 600 Coupe, la Alicia de El unicornio arriba a una distópica campiña francesa azotada por una guerra sin cuartel entre hombres y mujeres. El tópico cinematográfico de la guerra de sexos trasladado al argumento de manera literal. Pero, antes, la joven había abierto el filme atropellando a un inocente y pacífico tejón en una escena que sienta el tono de esta fábula atípica -o visión profética- de Louis Malle, ubicada difusamente entre lo bucólico y lo inquietante, entre el cuento de hadas y el apocalipsis bíblico, entre el sueño y la pesadilla, entre lo ancestral y lo futurista. Después, guiada por el unicornio que hace las veces de conejo blanco, la obra se desarrollará en una insólita mansión -el apartado refugio del cineasta en el mundo real- donde los animales hablan, las ancianas maman leche y los gemelos de distinto género comparten nombre.

         Por momentos parece que Alejandro Jodorowsky se ha apoderado de los fotogramas, delirantes y dotados de un simbolismo abierto a amplias interpretaciones. Se diría intuir en ellos motivos religiosos de diversas extracciones -cristianos, con una cohorte de ángeles y querubines en un limbo extraño; hindúes merced a la decisiva pintura del Ramayana; del romanticismo pagano, con unas criaturas fantásticas que habitan una granja donde se canta la leyenda de Tristán e Isolda– desde los que parte una especie de pecado original que condena al enloquecido ser humano -el enfrentamiento entre hermanos, el enfrentamiento entre sexos-. O no. Es lo que tiene la escritura automática del surrealismo, para bien y para mal.

         Malle sumerge el relato en un estado hipnótico e irracional, cautivador pero, al mismo tiempo, subrepticiamente desasosegante. No hay sol ni sombra en su fotografía, donde la belleza del campo aparece húmeda y apagada por las nubes. Hay sensualidad y sexualidad en sus imágenes, imaginación y locura, candor y violencia, vida y muerte. El unicornio, pues, es tan desconcertante como sugerente.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

El hombre sin edad

22 Jun

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Año: 2007.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Tim Roth, Alexandra Maria Lara, Bruno Ganz, André Hennicke, Marcel Iures, Alexandra Pirici, Matt Damon.

Tráiler

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          El comienzo y el final de la filmografía de Francis Ford Coppola parecen tocarse a través de la experimentación y de la libertad creativa, marginal y casi, o aparentemente, indiferente a las consideraciones exteriores, si bien en este último trecho con el alivio económico de los prósperos viñedos californianos que posee el cineasta y empresario. Desde el estreno de Legítima defensa en 1997, diez años tardó en retomar la cámara el que, independientemente ya de lo que haga o deje de hacer, es uno de lo grandes titanes del cine contemporáneo -y eso en Estados Unidos, puesto que El hombre sin edad no llegó a España hasta 2012 y en formato DVD-. Y, después de esta dilatada espera, desconcertó con una película fragmentada y azarosa, recogida entre retazos de sueños, recuerdos e ilusiones, y fundada sobre profundas inquietudes filosóficas, religiosas e intelectuales.

El hombre sin edad se basa en la novela Tiempo de un centenario, del pensador e historiador rumano Mircea Eliade, pero el guion adaptado lleva, por derecho, la firma de Coppola. Desde los títulos de crédito y la introducción se pueden rastrear constantes presentes en su corpus. Los relojes como doliente símbolo de muerte de La ley de la calle, los océanos de tiempo atravesados para encontrar al ser amado de Drácula de Bram Stoker. Son las herramientas con las que se compone el drama del anciano profesor Dominic Matei, quien atravesado por un rayo en el Domingo de Resurreción de 1939, rejuvenece milagrosamente para, tal vez, poder completar la obra de su vida.

          Coppola sumerge el proceso sobrenatural en una textura onírica y ambigua, en la que se duda sobre la naturaleza del prodigio, sea concesión divina de una segunda oportunidad inesperada, sea frustrante condenación mitológica, sea alucinación póstuma, como el remordimiento del individuo que repasa su vida y ajusta cuentas consigo mismo que comparecía en la saga de El padrino. El curso inexorable del tiempo, la existencia que se escurre entre los dedos sin saber aprehenderla ni aprenderla, The End.

Entre hipermnesia iluminada, sueños lúcidos y dualidad psicológica y moral, Matei avanza hacia un dilema esencial, situado en la encrucijada entre la realización romántica o emocional y la realización intelectual o filosófica. El amor, el conocimiento. El sacrificio de la tragedia griega, el retrato de Dorian Grey, el eterno retorno, la metempsicosis, la filosofía oriental que subvierte la perspectiva y las concepciones occidentales acerca del tiempo y la materia. Cuestiones envueltas en un mundo igualmente inestable, al borde o abocado al abismo pero que, en cierta forma, parece conectado a la experiencia subjetiva del protagonista -su enfrentamiento con el doctor Rudolf y la sucesiva evolución de la guerra-.

          La poliédrica carga metafísica del argumento desemboca en lo que parecen ramales deshilvanados que se entremezclan con algunos problemas de coherencia narrativa, los cuales derivan en confusión fortuita y ocasional distanciamiento. El hombre sin edad es a ratos indagación existencial o ensayo reflexivo, a ratos cine de género, pero sin conjuntarse ambas partes demasiado bien.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 6,5.

Dhogs

22 May

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Año: 2017.

Director: Andrés Goteira.

Reparto: Melania Cruz, Antonio Durán ‘Morris’, Iván Marcos, Miguel de Lira, Carlos Blanco, María Costa, Alejandro Carro, Xosé López, Roi Gantas, Enrique Lojo, Milo Taboada.

Tráiler

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         Últimamente me ocurren dos cosas con el cine de corte ensayístico, y ambas están relacionadas con que cada vez me da más pereza enfrentarme a sus pretensiones vanguardistas. La primera es que su planteamiento teórico suele resultarme interesante para debatir en una terraza de bar, pero no para atender una hora y media a una pantalla fija -como poco-. La segunda, puede que en parte derivada de la anterior, es que me da la impresión de que ese contenido metalingüístico también se puede despachar en veinte o treinta minutos de metraje, que es lo que se tardaría -y siendo generosos- en sentar la premisa, en el supuesto de que el autor decida no ser dadivoso con el espectador -o cinematográficamente talentudo- e integrarla hábilmente en un relato que, incluso, pudiese funcionar con autonomía.

         Ópera prima de Andrés Goteira -escritor, director, montador-, abundantemente premiada por la academia gallega, Dhogs enfoca constantemente su cámara hacia una platea donde un grupo de espectadores contempla la acción y las reacciones de los personajes. Incluso hay tomas realizadas desde el propio patio de butacas. Desde la cuarta pared, por así decirlo. Los espectadores como parte de la película, tanto presuntamente pasiva como oficiosamente activa. Voyeurs tentados por el morbo, críticos que suben o bajan el pulgar como césares romanos, tiranos silenciosos que imponen sus apetencias a los personajes y sus vivencias. 

Y, ante ellos, Goteira expone las desventuras de una joven en apuros a través de tres episodios en los que, aparte de esta abrupta y consciente disociación entre los dos lados de la pantalla, el transcurso convencional de la narración -que además está compuesto con cuatro estereotipos apenas enhebrados y más simples que abstractos- se perturba o desactiva con tratamientos de sonido que parecen venir del mundo onírico de David Lynch y una estructura que recuerda en parte al Holy Motors de Leos Carax. También, por ejemplo, con ambientaciones e interpretaciones exageradas y recursos estilísticos discordantes como una cortinilla lateral en el caso del capítulo del desierto.

       Dado que la hipnosis cinematográfica esta rota de partida, la constante interpelación al auditorio resulta redundante, cada vez más explícita en su hincapié en subrayar los momentos más incómodos, violentos y sórdidos que retrata la presunta ficción que observa este púbico simbólico. Como significativamente decía la protagonista en cierta escena, a Dhogs le gusta provocar. Nos gusta que nos provoquen. Es divertido. El título juega con los vocablos ingleses ‘dogs’ y ‘hogs’, perros y cerdos: animales sumisos y obedientes, y animales sucios y perversos, respectivamente.

       La reflexión acerca del papel del espectador, de la turbia naturaleza que muestra como agente fingidamente pasivo de sus fantasías, podría haberse solventado en media hora. O en una discusión en la terraza de un bar. Pero es una opinión personal, insisto. Y quizás solo temporal.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 4,5.

Zama

8 Feb

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Año: 2017.

Directora: Lucrecia Martel.

Reparto: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Mariana NunesDaniel Veronese, Juan Minujín, Nahuel Cano, Carlos DefeoRafael Spregelburd.

Tráiler

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         Hay quien, como el cómic y serie Preacher, imagina el infierno como la revivencia continua e inagotable del instante más doloroso, humillante o desolador de la existencia. El tormento repetido hasta la monotonía de El prisionero, el eterno día de la marmota de Atrapado en el tiempo. Advierten los expertos de que la tendencia en el campo de la tortura ha descartado el martirio físico por un método mucho más sutil y tremendamente más efectivo: la privación sensorial absoluta, capaz de desmoronar o desfigurar hasta la mente más dura.

El corregidor Diego de Zama, funcionario letrado del rey de España, acumula los días en una remota costa del imperio, abandonada de cualquier necesidad, material o metafísica, que requiera la existencia humana. Las jornadas se suceden una tras otra; lánguidas, sofocantes, solo rellenas de moscas, crueldad y molicie. En este caso, la privación a la que se encuentra sometido Zama es existencial o espiritual, y se manifiesta en una constante frustración. Ambiciones enterradas a diez metros bajo el polvo, placeres inconsumados que se pavonean ante sus ojos.

La cineasta Lucrecia Martel, que adapta desde el guion la novela de Antonio Di Benedetto, lo ubica frente al mar, contemplando el horizonte con abatimiento de náufrago. Pero, en realidad, la historia de Zama es la de Sísifo trepando ladera arriba con una piedra en este caso ínfima, pero excepcionalmente pesada, hecha de vagas esperanzas. La vida, en ocasiones, es ardua espera de la nada.

         La directora argentina envuelve la mente agotada de Zama entre paños oníricos, en una de esas pesadillas densas y pegajosas que no contienen monstruo alguno, pero que perturban hasta el fondo del alma a quien la sufre, cuya consciencia torturada se mantiene entre el sueño difuso y la lucidez febril. Los sonidos amalgamados en un fondo compacto, la banda sonora que rehuye la armonía, los animales que se mueven por el escenario como personajes de fábula, los espectros que sobrevuelan el escenario, las frases hechas y desgastadas, los sinsentidos de una sociedad urbana tratando de arañar la selva descomunal.

         Una de las frustraciones de Zama se relaciona con la propia identidad, con el desarraigo entre una América a la que rechaza y una España que lo repudia. El fracaso de Zama y su identidad es el fracaso del colonialismo español en Latinoamérica, que Martel parece conectar a través de los siglos mediante de los terratenientes salteños de La ciénaga, sumergidos como zombis en otro vacío, en otro absurdo, que deriva en otro estupor, esta vez etílico.

Pero la desorientación de Zama quizás no sea una cuestión ibérica, pues también enlaza con otra exploración colonial surrealista de estreno reciente y cuño argentino, Jauja, protagonizada por expedicionarios daneses en el corazón de la Patagonia. Zama se reservará igualmente un capítulo final de aventura abstracta. Un adentramiento en un universo de fantasmas que, a pesar de mutar el tono de la narración y dotarlo de aparente acción, no es sino la prolongación por otros medios de un mismo absurdo existencial.

         De poderosa atmósfera alucinada, esta variación aporta frescura a una obra que juega sus bazas abogando por una postura hostil y desafiante, pues esecialmente contiene como único aliciente sumergirse en el marasmo y el hastío de Zama y compartir con él su condena interminable. La decisión de que el espectador ha de sentir en sus carnes el anquilosamiento que domina a los personajes por medio de padecer su propia cuota de aburrimiento -o semejante- acostumbra a ser reivindicada desde autores que buscan trasgredir los límites convencionales de la expresión cinematográfica; pero no encuentro que sea una opción acertada, puesto que el lenguaje del cine, empleado con talento y sensibilidad, es suficientemente versátil y elocuente como para transmitirlo perfectamente al público sin necesidad de abrumarlo en la desidia. Porque, con frecuencia, la consecuencia es la limitación del interés de la película.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

Los límites del control

15 Sep

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Año: 2009.

Director: Jim Jarmusch.

Reparto: Isaach de Bankolé, Alex Descas, Jean-François Stévenin, Óscar Jaenada, Luis Tosar, Paz de la Huerta, Tilda Swinton, Yûki Kudô, John Hurt, Gael García Bernal, Hiam Abbass, Bill Murray.

Tráiler

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           Aunque el protagonista podría pasar por un pariente de su homólogo de Ghost Dog: el camino del samurái -el asesino a sueldo ultraprofesional que varía el ascetismo del arquetipo melvilliano con inclinaciones hacia el misticismo oriental-, Los límites del control es una película que recuerda más a Dead Man o incluso a Flores rotas en el sentido de que desarrolla un viaje abstracto hacia el interior del personaje, hacia un universo subconsciente y existencialista que posee trazos oníricos y metaficcionales, especialmente cinéfilos.

           Los limites del control encadena su acción, primordialmente estática, mediante una serie de repeticiones y rimas que se establecen a través del encuentro de un hombre con una misión -o un hombre que es una misión, tal es el dibujo maquinal del personaje con sus rutinas, sus ‘cambios de piel’ y su impasibilidad absoluta- y el resto de individuos implicados en la trama, los cuales, desde su naturaleza conceptual y su respectivo diálogo -prácticamente monólogo, ya que la interacción entre ellos es sui generis-, ofrecen pistas que encaminan al desenlace de este jeroglífico que es tanto de intriga cinematográfica -puro mcguffin- como, en efecto, existencial -los aforismos, las parábolas y las reflexiones en las que se insiste directa o indirectamente; su incorporación literal por el sicario con la deglución de las notas-.

Un trayecto en el que se depuran las ideas temáticas para conducirlas al lienzo en blanco. ¿Que Jim Jarmusch podría ahorrarse renglones de este estribillo de situaciones y cavilaciones reiteradas? Pues probablemente también.

           Los límites del control es una exploración metafísica, pues, en la que se perciben reminiscencias de David Lynch -el pictoricismo de las imágenes, los ensayos cromáticos, el surrealismo, los juegos con el reflejo figurado-, del A quemarropa de John Boorman -la estilización de los estereotipos, el empleo de la geometría urbana y la iluminación, la cadencia onírica de las escenas- e incluso del libertinaje metarreferencial de Jean-Luc Godard -los guiños velados o explícitos, las alusiones a los códigos que rigen el cine y que se integran automáticamente en la propia dinámica del filme-.

La obra se mueve entre no lugares, entre localizaciones marginales y entre colores átonos, alejado de la postal pero atento a las posibilidades que ofrece el diseño arquitectónico y los espacios de ciudades como Madrid y Sevilla. Hasta en la representación de elementos folclóricos como el flamenco, Jarmusch consigue burlar el pintoresquismo de su mirada extranjera y dotarla de brío y potencia, perfectamente asimilada a la atmósfera del conjunto. Porque, por así decirlo, la exploración de Los límites del control acontece en una realidad alternativa -el plano subconsciente que predomina- y al mismo tiempo hiperrealista -los rincones ocultos, vivos y habitualmente despreciados por los cánones cinematográficos, tendentes a la sublimación romántica de lo mundano-.

           Los límites del control, si bien no tan redonda como otras muestras de su filmografía, es misteriosa e hipnótica, otra atractiva y coherente pieza que compone reconocible cosmos del cineasta estadounidense.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7,5.

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