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El secreto del libro de Kells

6 Mar

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Año: 2009.

Directores: Tomm Moore, Nora Twomey.

Reparto: Evan McGuire, Christen Mooney, Brendan Gleeson, Mick Lally, Liam Hourican, Paul Tylak, Paul Young, Michael McGrath.

Tráiler  

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          La etimología del verbo ‘ilustrar’ habla de iluminar, alumbrar, sacar a la luz. Incluso purificar con una especial intensidad. Ese es precisamente el tema de El secreto del libro de Kells, una película de animación, dibujada, que protagoniza un aspirante a ilustrador que mantiene viva la esperanza de que un humilde libro, elaborado con lo mejor de las cualidades humanas, pueda iluminar los tiempos oscuros en los que le ha tocado vivir: la Irlanda del siglo IX asediada por las razzias vikingas.

          Un contexto histórico que el relato aborda desde el conflicto entre la imaginación -la apertura al mundo mediante un entendimiento universal establecido a través del arte- y la cerrazón -las murallas, el enclaustramiento que da la espalda al mundo, ignorándolo ilusoriamente-. El contraste entre las tonalidades graves y cenicientas del poblado se contraponen a la claridad y el brillante cromatismo de un bosque en el que aún sobreviven las raíces paganas del país, de la tierra, arrinconadas por el cristianismo. El tercer elemento, los invasores, el Mal, son apenas sombras de ojos diabólicos.

          El estilo de la animación de El secreto del libro de Kells conecta con aquello a lo que homenajea: uno de los principales manuscritos ilustrados que ha sobrevivido desde la Edad Media, a lo que se suma el acervo cultural irlandés, su mitología y su simbología. Orgullosa y creativamente bidimensional, sin miedo a caer en una representación inusualmente abigarrada a consecuencia de ello. En la misma línea, el escenario queda poblado de siluetas hieráticas, compuestas por escasos trazos. En la manera en que cobran vida también se aprecian diferencias que distinguen personajes y roles, como se puede observar entre el estatismo monolítico del abad y la fluidez de movimientos del hada, espíritu romántico de la naturaleza.

El resultado posee enorme personalidad propia y un encomiable poder visual. Es, de hecho, el principal valor de una obra cuyo relato es quizás un tanto esquemático, quizás un tanto carente de profundidad o de densidad. Pero al fin y al cabo, es que esa iluminación, esa animación imaginada, es también el tema en sí mismo.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

Los viajeros de la noche

18 Feb

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Año: 1987.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: Adrian Pasdar, Jenny Wright, Lance Henriksen, Bill Paxton, Jenette Goldstein, Joshua John Miller, Tim Thomerson, Marcie Leeds.

Tráiler

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           Los viajeros de la noche es una película de mitologías mestizas, en la que la mística del vampiro, tanto en su vertiente violenta como en la romántica, se cruza con la del western estadounidense de los fueras de la ley, los rebeldes, los renegados y los forajidos que viven al margen de una sociedad cuyos códigos y convenciones no les atañen. Es decir, un microuniverso híbrido en el que una década después abundarán otras cintas, también de cierto culto cinéfago, como Abierto hasta el amanecer y Vampiros de John Carpenter.

           Dentro de esta reinvención, que acertadamente no se detiene a repasar todos los archiconocidos preceptos del canon vampírico -de hecho ni se cita el término-, el segundo largometraje de Kathryn Bigelow -quien rinde un pequeño tributo al Aliens: El regreso de su entonces pareja, James Cameron, de la que hereda buena parte del reparto- parece encontrar asimismo raigambre en el tema de los amantes a la fuga, con lo que dota de cierta poética melancólica a esa atmósfera nocturna y espectral que lo envuelve todo, a ese idilio amenazado de muerte -por el sol que pone fin a los sueños, por el precio de la noche, por la violencia de los compañeros, por la imposible conciliación de dos mundos-. En esta línea, juega con el componente sexual de la unión entre los dos enamorados. Primero, con esos equívocos iniciales, donde el comportamiento vampírico puede ser el de cualquiera de los dos, embelesados por el roce, por la tentación del cuello. Luego, con uno bebiendo del otro sensualmente, acercándose a la lujuria, mientras se escucha el pulso que se acelera.

Siguiendo en parte esta línea, Los viajeros de la noche puede leerse igualmente como una fábula moral en la que un joven arrogante e imprudente -un joven, en definitiva- se adentra en una crucial experiencia en la que coquetea con la perdición -los efectos de la conversión se reflejan como si se tratase de un síndrome de abstinencia, como de hecho llegan a sospechar algunos personajes-.

           En cualquier caso, el guion de Los viajeros de la noche no tiene mucho vuelo más allá de la iniciación del protagonista en esta nueva realidad y los dilemas que se le plantean. Y, cuando le conviene, fuerza a su antojo la lógica del relato en general y de la escena en particular. Por ello, la película va perdiendo poco a poco el colmillo hasta rematar en un desenlace cogido entre alfileres.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 4,5.

Spider-Man: Un nuevo universo

26 Ene

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Año: 2018.

Directores: Bob Persichetti, Rodney Rothman, Peter Ramsey.

Reparto (V.O.): Shameik Moore, Jake Johnson, Hailee Steinfeld, Mahershala Ali, Brian Tyree Henry, Luna Lauren Velez, Lily Tomlin, John Mulaney, Kimiko Glenn, Nicolas Cage, Kathryn Hahn, Liev Schreiber, Chris Pine, Zoë Kravitz.

Tráiler

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         Cualquiera que haya seguido el catálogo de Cartoon Networks, Adult Swim y alguna otra compañía puede haber llegado a la conclusión de que estamos atravesando la edad de oro de la animación. No solo por la audacia con la que su trasfondo aborda la sociedad contemporánea -la fidedigna Clarence y las familias disfuncionales; Steven Universe llevando a otro nivel su sensible actualización de los debates sobre la identidad, la familia y las relaciones-, sino también por su originalidad de impronta posmoderna –Hora de aventuras, Tito Yayo, Gravity Falls-, que puede incluir un jugoso manejo de referencias –Historias corrientes, Rick y Morty-. Y otro tanto es su arrolladora creatividad estética –El asombroso mundo de Gumball, una auténtica maravilla visual capaz de mezclar con fluidez, en un mismo universo, la animación tradicional, el stop-motion, las marionetas y actores con el rostro dado la vuelta y con ojos de pega en la barbilla-. Hasta series algo más formulaicas como Teen Titans Go! -reedición de bajo saldo, según reconoce ella misma, de la anterior Teen Titans– dejan detalles verdaderamente sorprendentes y se atreven a jugar con la metaficción mediante recursos conceptuales y formales -casi siempre de la mano de Control Freak, un personaje armado con un mando a distancia que encarna tanto al espectador como a un fanático pasado de rosca, y con frecuencia con sonoro sarcasmo contra la serie precedente y, en general, contra todo el género superheroico-. De hecho, a la par que Spider-Man: Un nuevo universo, explorarán satíricamente su propia multidimensión en un largometraje.

         Construida a partir de ese concepto del Spider-Verso desarrollado previamente en cómic, Spider-Man: Un nuevo universo es parte de toda esta corriente, con un salto a la gran producción cinematográfica vinculado a esa factoría de blockbusters que es la Marvel. Y, al mismo tiempo, es perfectamente fiel a la naturaleza del personaje: un adolescente cualquiera que, de repente, puede alzarse contra el Mal que detecta en la sociedad. Al fin y al cabo, la historia de Miles Morales es la misma que la de Peter Parker, como expresan de hecho esas realidades paralelas que convergen en su mundo. Descubrir las nuevas habilidades, conocer que un gran poder entraña una gran responsabilidad, sobreponerse a los problemas personales para derrotar al villano.

         A través de estos universos alternativos fundidos en uno solo, Spider-Man: Un nuevo universo despliega un sugerente juego de texturas y formas de animación que desprende amor por las páginas del tebeo, los fotogramas del cine y -explícito ya rizando el meme en la escena poscréditos- hasta el encanto vintage de los dibujos de los sesenta.

Erigido en protagonista sobre el resto de personas-araña, Miles Morales, por su parte, es lector y héroe, todo uno. Así pues, desde esta perspectiva metaficcional, el filme también revisa, retuerce y renueva a su gusto los códigos propios del cómic, la televisión y el cine -otros tres universos paralelos habitados por Spider-Man- utilizando se esa irreverente autoconsciencia pop y cinéfila a la que por otro lado son tan aficionadas las películas de la Marvel y que, en cualquier caso, se integra perfectamente en el desarrollo convencional del relato.

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Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

El último gran héroe

23 Ene

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Año: 1993.

Director: John McTiernan.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Austin O’Brien, Charles Dance, Robert Prosky, Anthony Quinn, Tom Noonan, Bridgette Wilson-Sampras, Frank McRae, F. Murray Abraham, Art Carney, Mercedes Ruehl, Toru Tanaka, Danny DeVito, Ian McKellen.

Tráiler

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          En El moderno Sherlock Holmes, Buster Keaton encarnaba a un desdichado proyeccionista que, milagros del surrealismo, conseguía adentrarse en la pantalla de cine para materializar sus fantasías mientras que luego, de vuelta a la realidad exterior, utilizaba los códigos aprendidos del cine como guía para actuar en ella. Aunque sin plasmarlo con esta literalidad -que volverá a tener gloriosos y emocionantes ejemplos como La rosa púrpura de El Cairo-, son los cineastas cinéfilos de la Nouvelle Vague quienes considerarían que el espectador podía elevarse a la categoría de protagonista de unas películas con las que lograba abandonar, por un mágico instante, su anodina vida cotidiana. Un salto cualitativo en el cine que reflexiona sobre sí mismo. La puerta abierta para una posmodernidad en la que ver y hacer cine son, en ocasiones, vertientes de un mismo juego. Quentin Tarantino es probablemente el autor que recogería esta herencia con mayor entusiasmo, con una apuesta todavía más decidida por los géneros populares, recombinándolos y recomponiéndolos a su antojo en su particular mesa de mezclas.

El último gran héroe también se adscribe a este territorio, donde al devoto se le concede el deseo de sumergirse de lleno en la experiencia a la que hasta ahora solo accedía de una forma delegada, a través de compartir las emociones de los personajes, e incluso, gracias a su condición de iniciado, tener en su mano la llave para resolver los entuertos y peligros que se le proponen en este juego en primera persona.

Y esta carta de amor al cine de evasión, en su categoría de películas de acción ochenteras y noventeras -podrían añadírsele gotas de las aventuras juveniles de la Amblin y de juegos de rol como Dragones y mazmorras-, está plasmada con las mismas técnicas y premisas que se homenajean, satirizan y analizan, llevadas a cabo, con plenitud de poderes, por sus propios artífices, como un Arnold Schwarzenegger que se metería a fondo en la producción y un John McTiernan que dirige con ironía pero sin cinismo, ambos dando una lección de cómo reirse de uno mismo y, a la vez, reivindicar un oficio que tampoco es capaz de hacer cualquiera con el éxito que ellos logran alcanzar. El tributo prima sobre la vocación y la agudeza ensayística, obviamente.

          Es decir, que El último gran hombre es una metaficción que se adentra en la entraña del cine popular sin mirarlo por encima del hombro, sin traicionarlo falsariamente desde la pedantería artística o las ínfulas ególatras que, por ejemplo, podría aplicar un presuntuoso onanista como Jean-Luc Godard, quien, por mucho que declare su pasión por él en algunos títulos de crédito, se ama a sí mismo por delante y a costa de cualquier otra cosa. En cambio, El último gran héroe eviscera las fantasmadas de este universo con sus propias leyes físicas y dramáticas pero guardándole el respeto que se merece, encomiando su poder para extraernos de nuestras penurias cotidianas y regalarnos un viaje a lo asombroso, por chusca que, en verdad, sea esta maravilla. Sin la profundidad humana y sentimental de las obras de Buster Keaton o Woody Allen, pero sin asomo de esnobismo y con un festival de guiños y cameos muy simpáticos de encontrar.

          Claro que cuando Jack Slater tiene que desarrollar sus dotes de héroes en la ‘realidad’ fuera de los fotogramas no es esta una realidad cruda, antiépica, como la que vivimos día a día, que desactivaría por completo unas habilidades que un guionista de saldo y un jefe de efectos especiales ha convertido en sobrehumanas. Pero es que tampoco hace falta que Michael Haneke o Albert Serra desciendan de sus torres intelectuales para reprendernos -o provocarnos- acerca de que estamos divirtiéndonos con una violencia frívola o con personajes un poco ridículos. Porque todos somos como Danny Madigan, que a sus 12 años sabe perfectamente que las explosiones que revientan bloques enteros, los tiroteos a bordo de descapotables o los chistes lapidarios forman parte de unas convenciones que, evidentemente, nada tienen que ver con lo que nos puede ocurrir en una jornada de oficina, yendo al súper a hacer la compra o quedando con los amigos a tomar unas cañas. Es parte de un juego que disfrutamos en mayor o medida, según cada cual, pero en el que todos conocemos las normas.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 8.

El despertar de una nación

21 Ene

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Año: 1933.

Director: Gregory La Cava.

Reparto: Walter Huston, Franchot Tone, Karen Morley, C. Henry Gordon, David Landau, Arthur Byron, Dickie Moore.

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          A comienzos del milenio, el escritor Harold Bloom, uno de los intelectuales más influyentes de su país, sostenía que los Estados Unidos se habían convertido en “una teocracia emergente” en la que cada presidente, y cada candidato presidencial, defiende su creencia religiosa como una virtud impepinable que, luego, se ve recompensada por un electorado con sorprendentes niveles de credulidad. El siempre afilado y concienciado Aaron Sorkin lo sintetizaba en la escena inaugural de The Newsroom, en la que el periodista interpretado por Jeff Daniels, adalid del pensamiento crítico, rebatía la idea de que Estados Unidos “es el mejor país del mundo” argumentando que solo lidera tres ránkings globales, entre ellos el de “número de adultos que creen que los ángeles son reales” -los otros son el porcentaje de población encarcelada y el de gasto militar, por cierto-. En la misma línea, Margaret Atwood consideraba que, si el país norteamericano derivaba en una dictadura, la religión constituiría su piedra angular, como de hecho refleja en su serie literaria El cuento de la criada. “Fue un despertar”, declaraba tras la victoria electoral de Donald Trump en 2016 Richard B. Spencer, una de las cabezas de esa denominada ‘derecha alternativa’ que reciclaba el ultraconservadurismo de raíz machista, xenófoba y supremacista en un movimiento en cierta manera ‘chic’, moderno y revitalizado, admitido en el juego político y social contemporáneo.

          La imagen utilizada por Spencer coincide con el título en español de El despertar de una nación, en la que, tras sufrir un accidente automovilístico que lo deja en coma, un presidente recién elegido experimenta una conversión trascendental comparable a la de San Pablo y su caída del caballo. Cambiará así su frivolidad pretérita, rayana en una indiferencia criminal, por una actitud de liderazgo encaminada a resolver con enconada determinación los males que asaltan el país -el desempleo, el crimen mafioso, el hambre y la miseria-. Y, más aún, el mundo entero -la escalada belicista internacional-. Hay un detalle de realización mediante el cual se plasma sensorialmente esta milagrosa transformación: entre música de pífanos, una suave corriente entra por la ventana, meciendo las cortinas y cambiando la luz de la estancia, que se proyecta sobre el rostro del protagonista convaleciente, iluminándolo. El título original del filme es Gabriel Over the White House. La secretaria del presidente lo explicitará en un diálogo en el que describe este cambio providencial comparándolo con el encuentro del Arcángel Gabriel y el profeta Daniel.

Al personaje lo interpreta nada menos que Walter Huston, un actor con una presencia tan presidencial que ya había encarnado en dos ocasiones anteriores a Abraham Lincoln, cuyo busto y cuya pluma la película sitúa en el Despacho Oval. ‘Abe el Honesto’, uno de los mantras que dominan la política estadounidense. El hombre sencillo y honesto. El que no recurre a palabrería para aportar soluciones, el que no engaña con trucos arteros de burócrata. Una utopía fantasiosa que confunde sinceridad con simplonería.

          El despertar de una nación se estrena en 1933, con la Gran Depresión azotando los Estados Unidos y provocando un efecto en cadena en el resto del planeta que tensionará la política del Periodo de Entreguerras. Ese mismo año, Adolf Hitler es elegido canciller imperial. Es un tiempo con hambre de cirujanos de hierro que extirpen los tumores de la nación. Cuando el presidente de El despertar de una nación declara el estado de crisis y anula los poderes de un parlamento corrompido, apelando a los espíritus y principios fundacionales de la nación, sus detractores advierten de que está dando paso a una dictadura. Pero Jud Hammond tiene a Dios con él, y bajo el impulso de su “locura divina” corregirá los renglones torcidos de la política de “los cuerdos” que han propicidado “la catástrofe”, el colapso de la democracia americana. Alcanzar un acuerdo con el proletariado arrasado por la falta de oportunidades a través de la creación de un ejército patriótico, acabar con la opresión del hampa sacando los tanques a las calles, negociar con puño firme las deudas suscritas por los países europeos. Francisco Franco también proclamaba ser caudillo por la gracia de Dios. In God we trust. Gott mit uns.

Vista desde el presente, El despertar de una nación aparece como una idealizada y enérgica curiosidad. Pero, por todo lo anterior, es una curiosidad tremendamente siniestra. Ambigua en el mejor de los casos.

Para ello, pongamos una analogía más actual. De apariencia campechana e ignorantona, George W. Bush llevaba una vida disoluta, marcada por el alcohol, hasta que, a los 40 años, gracias a la influencia de su esposa y del reverendo evangélico Billy Graham, vio la luz y, según explicaba un amigo suyo, “dijo adiós al Jack Daniels para dar la bienvenida a Jesucristo”. Llegó a asegurar que Dios era su filósofo de cabecera mientras hablaba del “eje del mal” y de “cruzada” contra el terrorismo, rodeado de un personal con las mismas convicciones religiosas que él y abriendo la puerta de la Casa Blanca a los grupos de estudio de la Biblia. También afirmaba haber leído más de una decena de biografías de Abraham Lincoln. “Me conduce una misión de Dios. Dios me dijo ‘George, ve y lucha contra esos terroristas en Afganistán’. Y lo hice. Y luego Dios me dijo ‘George, ve y termina con la tiranía en Irak’. Y lo hice”, declaraba en una entrevista a The Guardian.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 4.

Cuando los dinosaurios dominaban la tierra

11 Ene

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Año: 1970.

Director: Val Guest.

Reparto: Victoria Vetri, Robin Hawdon, Patrick Allen, Drewe Henley, Sean Caffrey, Magda Konopka, Imogen Hassall, Patrick Holt, Carol Hawkins.

Tráiler

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         A mediados de la década de los sesenta, a la Hammer le dio por explotar un filón consistente en turgentes mujeres prehistóricas en apuros entre alimañas antediluvianas y, peor aún, hombres primitivos con tremebundas pelucas y barbas postizas. El bikini de piel de Raquel Welch en Hace un millón de años -en realidad un remake de la producción estadounidense de 1940 del mismo nombre– se había convertido en un icono pop automático que se intentaría replicar en Mujeres prehistóricas -explícito título a cargo de Michael Carreras, guionista en la anterior-; Cuando los dinosaurios dominaban la tierra y Criaturas olvidadas del mundo -de nuevo con el tándem formado por Don Chaffey en la dirección y Carreras en el libreto-.

         Cuando los dinosaurios dominaban la tierra, en concreto, se basa en un planteamiento del que J.G. Ballard sentó las bases y Val Guest terminó de dar forma, si bien posee elementos similares respecto de la primera entrega de esta especie de serie exploitation -el antagonismo entre una tribu violenta que mora en las ásperas montañas y otra más tolerante que habita la más apacible costa, el inevitable amor prohibido entre dos representantes de ambas cosmovisiones-, e incluso de la segunda -la enconada enemistad entre rubios y morenos-.

Para heredar la despampanante lubricidad de Welch, la productora británica volvería a confiar en una norteamericana, Victoria Vetri, cuyas curvas la habían convertido en playmate del mes en septiembre de 1967. El estilismo volvería a realzarlas con un sugerente sujetador de piel un par de tallas por debajo de lo recomendable. La escasez material de la prehistoria, evidentemente. No obstante, de interpretación limitadísima y personaje algo pánfilo, no alcanza la presencia de la bolivianoestadounidense.

Para la otra parte del espectáculo, los monstruos, se recurriría a un modelaje y stop-motion semejante al canonizado por el maestro Ray Harryhausen -comparecen un par de plesiosaurios, un chasmosaurus, un rhamphorhynchus, un megalosaurius de interpretación vintage, unas babosas colosales y varios cangrejos gigantes que podrían pasar por ancestros de los de La isla misteriosa-, así como, puntualmente, un varano y un caimán disfrazados.

         Con estos ingredientes elementales y un presupuesto inferior al que lucía Hace un millón de años -con todo, los efectos especiales cosecharían una nominación al Óscar-, Guest se las ingenia para enhebrar una aventura sencilla pero sostenida con buen pulso, tanto o más si se tiene en cuenta que los diálogos son en un lenguaje inventado en el que apenas se emplea un puñado de voces -aprender el idioma, que es perfectamente posible en la hora y media de metraje, puede ser otro juguete para divertirse-.

Del relato, hay apartados particularmente desafinantes -las pequeñas escenas cómicas- y herramientas tan básicas como forzadas -ese megalosaurius con el don de la oportunidad-, pero también se atreve a introducir reflexiones críticas acerca de la propagación y el contagio del fanatismo en un contexto de pánico colectivo que responde a la consciencia de la vulnerabilidad ante la desgracia y lo desconocido. El espectacular paisaje canario constituye además un decorado estimulante y épico para este tebeo en movimiento y a todo color.

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Nota IMDB: 5,2.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 6,5.

Aquaman

25 Dic

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Año: 2018.

Director: James Wan.

Reparto: Jason Momoa, Amber Heard, Patrick Wilson, Willem Dafoe, Nicole Kidman, Yahya Abdul-Mateen II, Temuera Morrison, Michael Beach, Dolph Lundgren, Sophia Forrest, Graham McTavish, John Rhys-Davies, Djimon Hounsou, Julie Andrews.

Tráiler

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         Aquaman, mestizo entre humano y atlante, está llamado a ser el puente de unión entre dos mundos -el marino y el terrestre- que en realidad son uno solo -el planeta Tierra-. También se lo podría reclamar como punto de acercamiento en esa disyuntiva entre DC -el tormento interior aparejado a la oscuridad exterior- y Marvel -el superhéroe desenfadado y autoconsciente-, porque sus chascarrillos macarras de descastado, opuestos a los delirios genocidas de su hermanastro de sangre pura, priman sobre sus remordimientos por la desaparicion de su madre, divinidad trágicamente encadenada a las servidumbres de su condición superior.

         Los ingredientes dramáticos de Aquaman, así como su trasfondo crítico -ecologismo, multietnicidad, belicismo- son apenas alusiones que se encuentran por completo licuadas dentro de una vorágine de tópicas intrigas palaciegas -con una estrategia tremendamente cuestionable por parte de los pacifistas, en vista de la cruenta guerra que llevan a cabo para dar un golpe de Estado que establezca cierta concordia-. En su transcurso, siguiendo una de las ramas tradicionales del viaje del héroe, el marginal debe descubrir y revelar su inesperada naturaleza mayestática.

         La narración avanza sin tregua y sin dejar poso alguno en una sucesión de imágenes orgullosamente horteras, hasta lo confuso o lo ininteligible por esa falta de textura tangible, de difuminación por chroma del diseño de producción. Por momentos, entre coloridos imposibles, efectos cuestionables y ritmos intrépidos, Aquaman se acerca a un videoclip de música techno de principios de los dosmiles. Cuando la acción parece desarrollarse de manera más física, como el duelo en un patio siciliano entre Aquaman y Black Manta -un pobre villano de relleno-, se percibe cierto feísmo o cutrez próxima al tokusatsu -es decir, ese género fantástico japonés del que nacen cosas como Power Rangers-.

En parte, esta suicida desinhibición kitsch le aporta un punto entrañable -ese combate gladiatorio de serie B con un pulpo a los timbales, medusas por focos y cartas de presentación propias de la MMA- que se combina con la presencia carismática de Jason Momoa.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 4.

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