Tag Archives: Triángulo amoroso

La puerta del cielo

20 Mar

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Año: 1980.

Director: Michael Cimino.

Reparto: Kris Kristofferson, Isabelle Huppert, Christopher Walken, John Hurt, Jeff Bridges, Sam Waterston, Brad Dourif, Geoffrey Lewis, David Mansfield, Richard Masur, Nicholas Woodeson, Mickey Rourke, Paul Koslo, Ronnie Hawkins, Terry O’Quinn, Joseph Cotten.

Tráiler

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         “¿Es que no te das cuenta?”, gimotea Bill, ya ebrio a perpetuidad. “Todo ha terminado”.

El malditismo alberga un atractivo hipnótico y extraño. El descalabro del talento, como si cayera víctima de una condena mitológica que castiga su orgulloso atrevimiento de intentar igualar la capacidad creativa de los dioses. En su desmoronamiento, La puerta del cielo, titánica superproducción, arrastraría consigo el porvenir de Kris Kristofferson como protagonista, la carrera como director de Michael Cimino, la independencia de la United Artist y, según las acusaciones tradicionales, el espíritu libre, contestarario y bullicioso del Nuevo Hollywood. Una de las grandes catástrofes del séptimo arte.

         En realidad, la historia de la filmación de La puerta del cielo parece emular, en parte, la que narra en sus fotogramas. El trabajo de Cimino, perfeccionista hasta la extenuación -presupuestaria y de tiempo de rodaje, a lo que se añaden excesos de todo pelaje en el plató e incluso de estafas a los mandamases en el arrendamiento de tierras propias- sería masacrado por la productora que, ejerciendo con mano firme su poder frente al artista, recortaría casi una hora la duración del metraje, hasta dejarlo en 149 minutos. No sería hasta más de tres décadas después cuando el italoamericano conseguiría estrenar una versión más acorde a su planteamiento inicial, con alrededor de dos horas y media de función -versión que es la que aquí se comenta-.

         La puerta del cielo recrea, con sus correspondientes licencias dramáticas, un episodio ocurrido a finales del siglo XIX en el estado de Wyoming: la conocida como la Guerra del Condado de Johnson, en la que la asociación de ganaderos local contrató a un pelotón de mercenarios para dar caza y muerte a una lista de 125 granjeros y ciudadanos que constituían un obstáculo para sus intereses.

Sobre este escenario, Cimino traza un recorrido que, a decir verdad, sigue en buena medida el itinerario de El cazador, la película que lo había consagrado en el olimpo de los nuevos, rebeldes y prodigiosos cineastas de los Estados Unidos. La ceremonia de graduación en Harvard con la que se abre la cinta es análoga a los rituales en los que se trazan los lazos de los protagonistas de la anterior. Es la ceremonia de iniciación antes de, como intuye aquí Bill, despeñarse en uno de los constantes y sangrientos traumas que podrían simbolizar el fin de la inocencia del país: la Guerra de Vietnam en una, un enfrentamiento homicida en la otra; ambas matanzas absurdas que, no obstante, forjan la identidad de una nación mestiza, de aluvión. El orden y el boato de los refinados valses en los jardines queda sepultado por el caos babélico del barrizal donde una miríada de inmigrantes son apaleados sin compasión mientras tratan de escapar desesperadamente de la miseria.

Del primero nace una profunda herida que aún polariza los Estados Unidos, con el otro, pretérito en términos cronológicos, se desenmascara la constitución de un sistema capitalista donde la depredación es el motor del crecimiento, donde la cacareada meritocracia que habilita para conquistar el propagandístico sueño americano es, en realidad, el dinero.

El sheriff James Averill reaparece entre los parias, ahora veinte años más viejo y más cansado, como una especie de misionero que, en lucha con su lacónico desencanto, renuncia a sus privilegios de clase para defender la justicia incluso en contra de los suyos -una dualidad en la que Bill también resurge como atormentado símbolo de una moral degradada-. Aunque, de vez en cuando, una foto en marco de plata todavía ejerce de recuerdo del mundo al que, a fin de cuentas, pertenece -como constatará la relativa incomprensión que, a la postre, se trasluce en sus negociaciones afectivas con la madame a la que da cuerpo Isabelle Huppert, por la que rivaliza contra otro ejemplo de clase trabajadora como es el matón con conciencia autónoma al que Christopher Walken entrega su profunda ambigüedad-. El epílogo certifica este destino discordante.

         Cimino expone este cruce de caminos en plena forja de los Estados Unidos mediante imágenes que muestran un Oeste tan sucio como pictórico, tan realista como poético, tan violento como sobrecogedor, tan revisionista como épico. Megalómana hasta la ensoñación romántica, las elaboradas composiciones flirtrean con el esteticismo, puede que en ocasiones a costa de una mayor limpieza narrativa, dentro de las posibilidades que ofrece el rescate del montaje del director. La monumentalidad del paisaje está lacerada por esa irreparable noción del fin de los tiempos. La mezcla es turbulenta e hipnótica, imperfecta y terriblemente apasionada. Agónica y maldita por necesidad.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8,5.

El beso del asesino

11 Mar

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Año: 1955.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Jamie Smith, Irene Kane, Frank Silvera.

Tráiler

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          “Mi problema es que me tomo la vida demasiado en serio”. Un púgil con la mandíbula de cristal, una bailarina de pago y el mafiosete que se enseñorea de la joven. Después de Fear and Desire (Miedo y deseo), Stanley Kubrick, que aún no llegaba a los 30 años, emprendía su estreno ‘oficial’ como director de cine con El beso del asesino, en el que se sumerge en una trama movida por los códigos esenciales del noir a los que procede a aplicar una mirada personal.

Producción mínima, todavía estaría financiada por allegados y particulares, y escrita -por última vez- a partir de un guion original, si bien su compra por parte de United Artist impondría un cambio en el desenlace -es el precio que pagaría Kubrick para obtener capital para su siguiente filme, Atraco perfecto-.

          La historia de El beso del asesino se recrea a través de un flashback que, a pesar de ello, da paso a una intrincada estructura que incluye una breve escena onírica y otras recreaciones del pasado -entre ellas, una de la chica y otras vivencias de esta, lo que rompe con la lógica del punto de vista del relato-. Pero este libreto de concepción elemental queda potenciado por el talento expresivo de Kubrick, también a cargo de una fotografía en blanco y negro de rotundas sombras.

El cineasta empareja así a los dos perdedores, cuyos caminos y cuyas vidas confluyen delicadamente en el plano y en las secuencias por medio del montaje y la puesta en escena. Las pírricas pensiones donde cada uno observa disimuladamente al otro, su salida coordinada, los preparativos antes de la batalla. La sonrisa tierna leyendo la carta familiar y la muñeca que preside la cama de ella, en contraste con la sordidez y la violencia del cuadrilátero y del club de baile. Su miseria, su soledad, su frustración, su huida desesperada. Autor que cosechará cierta fama de frío y cerebral, Kubrick invoca con fuerza ese romanticismo improbable, así como la fragilidad de dos criaturas hostigadas por el peligro de una gran ciudad sucia, sombría y deshumanizada, que retrata a pie de calle, en escenarios reales, vivos, caóticos. Reflejará esa ambigüedad y esa incertidumbre situando el amanecer del romance en la estampa de un ocaso.

          El empleo de la música despierta igualmente sensaciones raras. Aparte del contrapunto festivo que ofrece ante una intriga doliente y desesperada, uno nunca termina de saber si es diegética o extradiegética. Ese juego -o error- con los puntos de vista o la ruptura de la regla de los 180 grados acrecientan este extrañamiento. El duelo entre maniquíes, entre falaces representaciones humanas, sigue está línea con una escena barnizada de un cierto poso surrealista, con otro factor insólito como, en este caso, la ausencia de énfasis por parte de la banda sonora. Esta atmósfera es aún más pronunciada cuando Gloria Price -“el precio de la gloria”, encarnada por la escritora y periodista Irene Kane- cuenta su tragedia personal, expresada en una irreal e hipnótica escena de ballet.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Sinónimos

6 Mar


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Año: 2019.

Director: Nadav Lapid.

Reparto: Tom Mercier, Quentin Dolmaire, Louise Chevillotte, Uria Hayik, Olivier Loustau, Yehuda Almagor.

Tráiler

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          Yoav renace simbólicamente en una bañera de París. Sinónimos puede entenderse como un filme de fugas. Fuga de un país, fuga de uno mismo. El joven israelí, empeñado en renunciar a su pasado y ser francés de pura cepa, arrastra un trauma -privado, nacional- que parece conducirle al autodesprecio y con el que lidia mediante un proceder visceral y enloquecido. Por lo visto, Nadav Lapid, director y guionista de la obra, vuelca una importante carga personal en las experiencias de Yoav en la metrópoli gala -cuyo retrato, extensible quizás a toda Europa, tampoco es misericorde-.

          El cineasta despliega una narración caótica hasta lo deslavazado, con episodios y situaciones que, en muchos casos, no conducen a ningún lado -ni en términos de relato ni, prácticamente, de significado-. Comparecen insertos delirantes que provocan que Sinónimos navegue entre lo veraz y lo fabulado. Por momentos, resulta averiguado complicar qué está contando, qué se pretende con todo ello. Se podría considerar un reflejo el propio protagonista, quien, profundamente sumido en su desarraigo y su enajenación, tampoco evoluciona más allá del punto de partida. Tiene parte de concepto abstracto, al igual que, en buena medida, sus compañeros de aventura. De ahí que dos horas de película semeje un volumen desmesurado para lo que se expone.

          En paralelo, hay tomas impetuosas hasta la exageración. El plano puede mutar asimismo hacia una inestable cámara en mano que ofrece un falso punto de vista subjetivo, porque luego evidencia a las claras que la mirada no es la del protagonista, sino la del operador. Puntualmente, ocurre algo similar con la música. Como en La profesora de parvulario -donde esta decisión parecía tener más sentido-, Lapid no solo no tiene inconveniente, sino que propicia la desenmascaración del artificio que hay detrás de los fotogramas, fomentando una distancia que entra en contradicción directa con otras escenas donde la apuesta es por una plasmación rotunda y física. No solo por la impulsividad que logra manifestar Tom Mercier encarnando a Yoav -que además somete a su cuerpo al frío, el hambre y la degradación-, sino también por la proximidad que le adosa ocasionalmente, como si estuvieran a punto de liarse a besos o a golpes, a otros habitantes de este mundo extraño, entre naturalista y alucinado.

          Conquistaría el Oso de oro y el premio de la crítica internacional en el festival de Berlín.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

El americano impasible

24 Feb

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Año: 2002.

Director: Phillip Noyce.

Reparto: Michael Caine, Brendan Fraser, Do Thi Hai Yen, Tzi Ma, Pham Thi Mai Hoa, Holmes Osborne, Robert Stanton, Quang Hai, Ferdinand Hoang, Rade Serbedzija, Mathias Mlekuz.

Tráiler

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         La llegada a las salas de El americano impasible se retrasó varios meses, e incluso estuvo cerca de pasar directamente al mercado doméstico, debido a que la productora, Miramax, temía que su argumento pudiera percibirse como “antipatriótico” en unos Estados Unidos traumatizados por los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Azares de la política internacional, su lanzamiento, finalmente, también estuvo a meses de coincidir con la invasión de Irak. No fueron pocos los que se trazaron comparaciones entre las estrategias del agente de la CIA de la película y las operaciones del país en Oriente Medio.

El americano tranquilo, un hombre de modales educados que pasea por el mundo con la bandera de su idealismo por delante, aparece en la plaza de Saigón donde se acaba de producir una terrible masacre. Observa los resultados de las bombas, detecta la huella de la sangre en sus zapatos y en su impecable traje blanco, se limpia y comienza a dar instrucciones a un subordinado. En la siguiente escena, la mancha de sangre permanece, indeleble, en la pernera de su pantalón. Daños colaterales. La versión de Phillip Noyce, con Christopher Hampton en el guion, devuelve la dimensión política al personaje diseñado por Graham Greene en su novela, y del que había sido lamentablemente despojado en la discreta adaptación que en 1958, apenas tres años después de su publicación, había estrenado Joseph L. Mankiewicz. Asimismo, la fidelidad al texto original no está reñida con la ampliación de su arco de acontecimientos casi una década más allá, puesto que, con ello, se plasma el devenir de los acontecimientos que ya podía vislumbrarse en ella.

         Así las cosas, el relato recobra la turbiedad moral propia del mundo del espionaje que retrata Greene, siempre con el peso de su bagaje personal. No solo por ese individuo de dos caras que pugna por abrir una tercera vía en Indochina entre la decadente Francia colonial y el emergente nacionalismo con injerencias comunistas que lideraba Ho Chi Minh desde el norte. También por la figura llena de arrugas y dobleces del reportero británico que, huido de Inglaterra quién sabe por qué motivos, se encuentra afincado en la capital asiática amancebado con una muchacha local. Cínico y descreído, representa en cierta manera una metáfora de ese viejo mundo imperialista que parasita los placeres exóticos y la juventud de allí donde para. Michael Caine hace maravillas con este periodista que, cuando decide dejar de mantenerse cómodamente al margen de todo, lo hace por motivos y con procedimientos en absoluto limpios.

         Es, por tanto, un duelo complejo el que se establece entre ambos caracteres, así como el que mantienen ellos mismos con sus luces y sus sombras. Noyce lo plasma con una formulación clasicista -incluso con algún tópico, como la forma en la que se expone la conspiración-, quizás por la influencia que podrían tener desde la producción Sydney Pollack y Anthony Minghella, que como directores habían firmado sendas cintas de aventuras, Memorias de África y El paciente inglés, que cumplían con este mismo patrón estético y estilístico.

La decisión, que también es capaz de entregar escenas de una tensión muy bien construida, permite que la narración desarrolle en todo momento los dilemas y resoluciones de los personajes -que, siguiendo con las lecturas alegóricas, emparejan hábil y poderosamente lo político con lo íntimo; el opio, el amor y la guerra que aparece en la presentación-; parte directa de un contexto histórico igual de convulso y tortuoso. La fotografía de Christopher Doyle, experto en filmar escenarios asiáticos con romanticismo, con Deseando Amar como cumbre, dota de textura a los fotogramas e invoca esa atmósfera colorista y sabrosa, pero brumosa y trágica, del Vietnam en dramática transformación de los años cincuenta y sesenta.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7,5.

Hannah y sus hermanas

15 Ene

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Año: 1986.

Director: Woody Allen.

Reparto: Mia Farrow, Michael Caine, Barbara Hershey, Dianne Wiest, Woody Allen, Max von Sydow, Carrie Fisher, Maureen O’Sullivan, Lloyd Nolan, Sam Waterston, Tony Roberts, Julie Kavner, Daniel Stern, Richard Jenkins, Julia Louis-Dreyfuss, John Turturro.

Tráiler

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         En Hannah y sus hermanas la vida parece dar círculos y círculos entre cena de Acción de Gracias y cena de Acción de Gracias. Una espiral de rituales, convenciones y repeticiones entre las que se escurren los días, hasta que a uno le diagnostican un cáncer y se queda mirándole de frente a la eternidad. Woody Allen toma como lejano punto de partida la obra teatral Las tres hermanas, de Antón Chéjov; se deja influir por su admirado Ingmar Bergman con la estructura narrativa de Fanny y Alexander o el intelectual emocionalmente miope de Max von Sydow, y liga todo desde esa perspectiva particular donde las tribulaciones de la existencia se evisceran desde el humor, incluso con la añoranza por el absurdo de los hermanos Marx.

         El cineasta neoyorkino contrapone distintos puntos de vista -y hasta las reflexiones interiores frente a las acciones físicas- para ensayar un nuevo acercamiento a las relaciones sentimentales de un grupo de personajes que se concentra alrededor de una figura clave, Hannah (Mia Farrow), a quien la cierta idealización de su retrato no le garantiza tampoco una recompensa cierta, tales son las inconstancias de la vida y, en especial, de los afectos humanos. De hecho, transposición de la propia actriz y por entonces pareja de Allen, el apartamento de Farrow ofrece parte de los decorados de la producción, de igual modo que su madre, Maureen O’Sullivan, encarna a su madre en la ficción y sus hijos adoptivos deambulan por la escena como extras.

         Manejada con coherencia y desde una sencillez que le aporta una encomiable naturalidad al argumento, esta óptica múltiple va enriqueciendo distintas facetas de esta exploración de los inciertos caminos del amor y el desamor, del éxito y el fracaso, de la realización y de la infelicidad; al mismo tiempo que resulta una arquitectura ligera, acorde a la equilibrada combinación de drama y comedia con la que se desarrolla el relato, análogo a esos matices con los que se dibuja el día a día. La reflexión, la intimidad y la angustia vital no riñen con la carcajada y la fluidez.

A ello contribuye asimismo la matizada construcción de los personajes y las interpretaciones de un reparto a la altura, con sendos premios Óscar para Michael Caine y Dianne Wiest -aparte del de guion original para Allen, que también estaba nominado como director-.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8.

Una gran mujer (Beanpole)

18 Nov

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Año: 2019.

Director: Kantemir Bagalov.

Reparto: Viktoria Miroshnichenko, Vasilisa Perelygina, Andrey Bykov, Igor Shirokov, Konstantin Balakirev, Kseniya Kutepova, Olga Dragunova, Timofey Glazkov.

Tráiler

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         Iya trabaja en un hospital del Leningrado un año posterior a la Gran Guerra Patria, la victoria de los aliados sobre el nazismo. El catálogo de combatientes destrozados, física y mentalmente, parece extraído de Los mejores años de nuestra vida, el clásico hollywoodiense que homenajeaba a los hombres que regresaban de la batalla y a lo que se habían dejado en ella. No era, desde luego, el primer filme en explorar el estrés postraumático del soldado. De la Primera Guerra Mundial figuraban ya enseñas como Sin novedad en el frente o Remordimiento, esta última de hecho reinterpretada en la reciente Frantz, demostración de la vigencia de un trauma que se perpetúa y renueva con cada conflicto armado. La oposición popular a la Guerra de Vietnam, y su consiguiente presencia en el cine, probablemente haya dejado el mayor puñado de ejemplos de ello. Pero, por lo general, son obras que tratan de averiguar qué ve el guerrero trastornado con esa característica “mirada de las mil yardas”. Qué mella ha dejado en su cuerpo el horror absoluto. Son menos, pues, la que abordan el asunto desde un punto de vista femenino.

La periodista y escritora Svetlana Alexiévich -premio Nobel de Literatura de 2015 y relanzada al público por la adaptación de su estremecedor libro Voces de Chernóbil en la elogiada serie Chernobyl-, recogía en La guerra no tiene nombre de mujer la primera de sus recopilaciones de testimonios que, desde una perspectiva polifónica extraída a partir de entrevistas particulares, reconstruyen una tragedia común, en este caso el papel de las mujeres rusas en la Segunda Guerra Mundial. Una gran mujer -poco atinada retitulación española de un Dylda que, a grandes rasgos, viene a significar “larguirucha”- está inspirada en una de esas memorias de posguerra.

         Una gran mujer hurga en el vacío que queda tras la victoria, incluso a pesar de ella. La muerte y la esterilidad -es decir, la pérdida y la imposibilidad de regenerar una vida despedazada, con sus cicatrices y secuelas perfectamente visibles- son las constantes que encadenan en una turbia y tóxica relación a dos excompañeras del frente que comparten espacio en una Leningrado fantasmagórica, en ruinas materiales y espirituales. El soberbio empleo del color -la conjunción de las gamas de verde y de rojo, entreveradas con los dorados- es esencial no solo para componer pictóricamente el plano, sino también para saturar la atmósfera del relato y para expresar la personalidad y las emociones de las protagonistas. La belleza de secuencias como la del juego infantil -la calidez que envuelve la ternura que une a Iya y el pequeño Pashka- colisionará con la estrechez del espacio que, en ocasiones, encierra a Iya y Masha, asediadas por desconchones, sombras y frío.

         Los contrastes afloran igualmente en el turbulento retrato de estas dos mujeres, desafiando la comodidad de un espectador que se enfrenta a una psicología descompuesta por las inefables crueldades de la guerra, interpretada con precisión por Viktoria Miroshnichenko y Vasilisa Perelugina, quienes con su fragilidad y su obcecación encarnan, respectivamente, sendas manifestaciones de un trauma idéntico. Las deudas y fidelidades que las entrelazan espolean la angustiosa intensidad de este drama de interiores, narrado con una cadencia deliberada y excesivamente parsimoniosa.

         Premio a la mejor dirección y premio Fipresci en la sección Un Certain Regard del festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Los cuentos de Hoffmann

31 Jul

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Año: 1951.

Directores: Michael Powell, Emeric Pressburger.

Reparto: Robert Rounseville, Robert Helpmann, Moira Shearer, Leonid Massine, Pamela Brown, Ludmilla Tcherina, Anne Ayars, Frederick Ashton, Mogen Wieth.

Tráiler

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          El talento no entiende de géneros ni de filias a priori. Los cuentos de Hoffmann, un musical que traslada a la gran pantalla la ópera homónima de Jacques Offenbach, es una de las principales inspiraciones que deslumbraron a George A. Romero, padre de las películas de zombies tal y como se las entiende hoy en día, para sentir en su interior la vocación del cine. Además, la restauración de la cinta, que incorpora metraje perdido, corre a cargo de Martin Scorsese.

Lo cierto es que, en consonancia con la historia que refiere -la fabulosa recreación de las sobrenaturales desventuras amorosas del artista-, Los cuentos de Hoffmann posee cierta ascendencia en el terror, manifiesta visualmente en los colosales y retorcidos decorados propios del expresionismo alemán; en los trucajes y la exagerada caracterización de los personajes a juego; en el tétrico cromatismo de los palacios venecianos del segundo acto, en la isla que parece sacada de una pintura de Arnold Böcklin del tercero… Incluso el villano del prólogo y el epílogo, Lindorf, es un ser siniestro que se mueve arrastrando una especie de cola y que, en especial, es la única criatura rigurosa e inquietantemente silente de un auténtico ‘composed film’. Es decir, de una película guiada por la música, compuesta esta en primer lugar para subrayar su carácter predominante. Apegada a su raíz operística y alejada a la par de las convenciones narrativas más tradicionales del cine, Los cuentos de Hoffmann es una función exclusivamente cantada, con las evidentes dificultades dramáticas que ello conlleva.

          Michael Powell y Emeric Pressburger -que venían además de acusar el intervencionismo de los productores Alexander Korda, Samuel Goldwyn y David O. Selznick en sus estrenos precedentes- llevan por tanto hasta sus últimas consecuencias una querencia artística personal que era ya perfectamente palpable en su diseño de los números de ballet de Las zapatillas rojas. Los cuentos de Hoffmann aprovecha los recursos propios del cine -el montaje para alternar planos, el movimiento de estos y su distribución en escenas, la creatividad de la escenografía, los efectos especiales…- para llevar un paso más allá a la ópera. Aunque todavía acuse estatismo, tampoco es simple ópera filmada, de igual manera que el cine no ha de ser simple teatro filmado. Los fotogramas están henchidos de estética expresionista, pero al mismo tiempo de un intenso colorido cercano a los dibujos animados de Disney que refuerza la sensación de irrealidad que embriaga los relatos del atribulado y melancólico Hoffmann. Powell y Pressburger transmiten pasión, hirviente inventiva, todo el amor que se le niega al protagonista.

El citado Lidorf, además, hereda una característica presente en otras obras de The Archers, como es la encarnación de una constante en un único rostro. Si Deborah Kerr simbolizaba el amor y el entendimiento a través de los tiempos entre los hombres enfrentados de Vida y muerte del coronel Blimp, Robert Helpmann induce aquí un efecto contrario, el de la perdición de toda esperanza romántica, a lo largo de los diferentes escenarios que recorre el infortunado Hoffmann. Es la representación de una noción de destino irreparable, en definitiva.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

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