Tag Archives: Triángulo amoroso

Una hora contigo

27 Abr

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Año: 1932.

Director: Ernst Lubitsch.

Reparto: Maurice Chevalier, Jeanette MacDonald, Genevieve Tobin, Roland Young, Charles Ruggles, Josephine Dunn.

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          Una hora (y cuarto) con Ernst Lubitsch siempre es un placer.

Es cierto que en la actualidad, en unos cuantos detalles, la estereotipación de los personajes de Una hora contigo, enzarzados en una guerra de sexos con hasta cinco vértices implicados, posiblemente no pasara el filtro censor de los tribunales populares de las redes -aunque hay detalles que ridiculicen en parte el arquetipo de seductor masculino que encarna el precisamente mujeriego Maurice Chevalier, un infiel natural torpemente contenido, que llama cobardía al respeto conyugal y que se despide de su esposa para atender a una atractiva paciente femenina como quien se va a la guerra-.

Pero merece la pena dejarlos aparte, entendiendo que se trata de una comedia de principios de los años treinta, para disfrutar de la agilidad cómica de la obra, que hereda recursos del teatro -la ruptura de la cuarta pared con soliloquios que establecen una complicidad directa con el espectador- y que se sitúa en un periodo donde imagen y sonido aún están aclimatándose pero que, con todo y ello, prueba una vez más el talento del cineasta alemán para narrar mediante la fuerza expresiva, literal o sugerida, de la puesta en escena, en la que se juguetea hábil y coquetamente con los prejuicios y las presuposiciones del púbico.

          En cualquier caso, es necesario reconocer el mérito de unas chispeantes lineas de guion, con una velocidad y un punch realmente meritorios, que mantienen viva y fresca Una hora contigo, ayudado por el atrevimiento moral y la picardía sexual que se disfrutaba los tiempos previos al Código Hays. La sofisticación del filme abarca por tanto las insinuaciones eróticas y los hilarantes caretos de Chevalier. Además, el ritmo del diálogo está perfectamente imbricado en el carácter musical del filme a través de recitaciones sincopadas que introducen las canciones, que aquí no suelen tener el fastuoso despliegue coreográfico que mostrarán en futuras cintas como La viuda alegre, de nuevo con Lubitsch dirigiendo a la pareja Chevalier-MacDonald y con Samson Raphaelson en la redacción del libreto.

          Esta era la segunda vez que Lubitsch llevaba al cine la pieza de Lothar Schmidt, que tribula acerca de los enredos entre un hombre felizmente casado y la salaz mejor amiga de su media naranja, cazadora de hombres. Aunque, a decir verdad, en principio su cometido era la supervisión del proyecto y solo llegó a la silla de dirección por, entre otros problemas de producción, el enfrentamiento entre el astro francés -a quien ya había dirigido entonces en El desfile del amor y El teniente seductor– y George Cukor, que no obstante permanecerá en el set de rodaje, acreditado luego como ayudante de realización, no sin antes desarrollar una tensa disputa con la Paramount.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

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Al despertar el día

4 Abr

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Año: 1939.

Director: Marcel Carné.

Reparto: Jean Gabin, Jacqueline Laurent, Arletty, Jules Berry.

Tráiler

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         Algo ocurre con los remakes de las películas de Jean Gabin, porque tanto los productores de Argel como de Noche eterna trataron de destruir, afortunadamente sin éxito, todas las copias de las originales Pépé le Moko y Al despertar el día, respectivamente.

         Estandarte del realismo poético francés, Al despertar el día envuelve la tragedia afectiva y criminal de François (Gabin), un hombre cualquiera, en una atmósfera de sombras y luces que acarician su rostro, que aportan sentido romántico a unas imágenes que, paradójicamente, buscan asimismo el retrato urbano, con decorados que simulan estar a pie de calle y de fábrica, con sonidos procedentes de la realidad cotidiana que se inmiscuyen en la escena.

Iniciada por una apertura de música luctuosa, sumergida en tonalidades melancólicas y dolientes, y coronada por una composición final de abierto onirismo -el cuerpo tumbado, la niebla que lo arropa, el espejo roto-, la película transcurre entre la opresión psicológica del presente -el protagonista asediado en su habitación- y las circunstancias que aportan contexto a su situación, expresadas por medio del recuerdo.

         La hábil alternancia de los flashbacks -innovadora para la época y aún resistente por pleno derecho- recompone un misterio con dos vértices, equivalentes al rostro de Gabin, que siempre muestra “un ojo alegre y otro triste”. Por un lado, dos mujeres antagónicas; por el otro, un extrañísimo personaje con el que se cierra una especie de cuadrado amoroso.

En el primer caso, Al despertar el día trasciende la tradicional oposición entre la joven inocente y redentora, y la femme fatale que induce al pecado y a la perdición, pues las dos mujeres están modeladas desde la dignidad a pesar de la presentación antitética de ambas -escenarios bucólicos o cuanto menos de esperanzadora intimidad frente a un espectáculo de baja estofa y un desnudo explícito-. En el segundo, arroja a la pantalla a un embaucador particularísimo, una criatura sorprendente y enmarañada sobre la que solo una cosa se percibe cierta: su influjo malicioso, condenatorio. Con él también se juega con la contradicción, ahora respecto de François. Mientras el obrero aparece rudo, físicamente imponente y pretendidamente digno, en lo bueno y en lo malo; su rival es refinado y está dotado de una soberbia labia, por más que su naturaleza sea abiertamente ambigua e incluso impúdicamente patética.

         Con historia de Jacques Viot y adaptación de Jacques Prévert, entre el lirismo de los fotogramas también destaca la composición de personajes. Una chiquilla que, debido a su dura ascendencia, acepta las mentiras a cambio de una migaja de amabilidad; una mujer curtida por las mil batallas de la vida y dueña de una consciencia que no se deja engañar por la engañosa belleza de la narración; un hombre torturado por los engaños amorosos que, a su vez, no se aclara entre dos aguas.

Además, todos ellos se enmarcan en un retrato social desencantado, que expone a la masa como un hervidero de chismes infundados, de buitres a la espera del morbo, hasta desafortunados en sus gestos de solidaridad. De hecho, el Gobierno de Vichy censuraría la obra acusándola de ser “desmoralizante”.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

Una pistola al amanecer

14 Mar

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Año: 1956.

Director: Jacques Tourneur.

Reparto: Robert Stack, Virginia Mayo, Ruth Roman, Raymond Burr, Donald McDonald, Alex Nicol, Carleton Young, Leo Gordon, Regis Toomey.

Tráiler

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          Cínicos, trileros, filibusteros, rencorosos y obsesivos. Una pistola al amanecer se abre con un tiroteo y se cierra con uno de los “te quiero” más patéticos y en consecuencia demoledores del western. En su camino, deja un reguero de personajes ambiguos o equívocos, enzarzados en una disputa traumática, la Guerra de secesión estadounidense, que parece tener poco sentido en el remoto Colorado a medio conquistar.

Sumergidos en un escenario y una atmósfera envenenados, surgen individuos que sirven solamente a una causa estrictamente egoísta, que disfrazan sus apetencias personales con banderas patióticas, que rezan por conveniencia, que o poseen o aniquilan.

          Dada la confianza y la precisión con la que se maneja en los tiroteos el protagonista -un sureño que declara fidelidad únicamente a su persona y si acaso al dinero-, Una pistola al amanecer es un filme que concentra su violencia en el terreno psicológico y moral.

De igual modo, el conflicto bélico se equipara a un doble duelo amoroso, en el que el solitario beso que aparecerá en pantalla es robado y Jacques Tourneur, director cuyos amplios conocimientos visuales están curtidos en el terror y el noir de serie B, lo expone envuelto en espesas sombras. Es una de las mejores muestras de su talento para componer el malsano clima de la obra, a medio camino entre las tonalidades deslumbrantes del Technicolor y las tinieblas que dominan la narración y, particularmente, el interior de las criaturas que lo habitan.

          La tradicional visión romántica del combatiente sureño contrasta con la postura de Owen Pentecost, con el misterio de su convencido individualismo, que trasluce a través de la peculiar forma de mirar de Robert Stack. Enfrente, las tropelías unionistas se asignan a unas tropas irregulares que, a su vez, encuentran su contraposición de la nobleza marcial del coronel y el capitán que operan encubiertos, como un ejemplo más de las duplicidades y trucos que guardan bajo la manga los participantes en el drama.

En esta línea, el libreto contiene trazas de la tradición trágica del western, con una apropiación del mito de Edipo que, en manos de este pistolero en azarosa búsqueda de redención pero arrastrado por las circunstancias ajenas, adquiere un turbulento matiz consciente y prácticamente suicida, remachado con sentencias tremebundas en el diálogo: “Cuando aprenda a disparar me llenará el cuerpo de plomo y me ahorrará el trabajo de suicidarme”. La palabra es un arma arrojadiza en el desarrollo de un triángulo amoroso entre el nihilista en trémulo despertar de la conciencia, la inocente recién llegada y una tercera mujer de carácter que, asumiendo cualidades también míticas, procura forjar el destino propio y de quien la rodea.

          En el apresurado desenlace es donde más se perciben las urgencias de la producción, si bien las conclusiones aciertan a ser tan discordantes, espinosas e inciertas como el planteamiento, lo que dota de un sabor melancólico y profundamente amargo al filme.

De esta manera, las resoluciones y los cabos sueltos, especialmente en la faceta amorosa, resultan más descorazonadoras que decepcionantes, al quedar suspendidos sobre un espeluznante y triste vacío.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Las zapatillas rojas

28 Feb

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Año: 1948.

Directores: Michael Powell, Emerich Pressburger.

Reparto: Anton Walbrook, Moira Shearer, Marius Goring, Léonide Massine, Albert Bassermann, Esmond Knight, Robert Helpmann, Ludmila Tchérina, Eric Berry.

Tráiler

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         Origen no ha inventado nada con sus estratos de realidad múltiples y convergentes. Las zapatillas rojas es un ballet cinematográfico-operístico que, a su vez, reproduce sobre las tablas figurada y literalmente el ballet de idéntico nombre, inspirado en el cuento homónimo de Hans Christian Andersen, el cual, en una tercera profundización, traspasa los límites del escenario y se transforma, durante un acto de cuarto de hora de pura magia visual, en un ballet en sí mismo, desligado del espacio y el tiempo de la narración.

A través de estos tres niveles de representación, Michael Powell y Emerich Pressburger -este último también firmante del guion-, encadenan sendos juegos con la ambición y la maldición del talento; con el enfrentamiento en contradicciones internas entre las ambiciones y los deseos; con el poder y el amor -que, en cierta manera, es otra forma de poder-.

         Intermediados por Jack Cardiff en la dirección de fotografía, The Archers despliegan su torrencial sentido del color para insuflar un aliento de cuento tradicional, cercano a lo fantástico, a este triángulo amoroso -un motivo muy presente en su filmografía- que se dirime al son de la música, impelido por los pasos de la danza. Una tragedia romántica y artística más grande que la propia vida que estalla en Technicolor de tres tiras.

         Este relato sencillo, que conduce a una conclusión demasiado brusca, queda así ensalzado por la imaginación y el talento visual de los cineastas. Powell y Pressburger exaltan las revoluciones fabulosas, oníricas y pesadillescas de la historia, las cuales trascienden plasmadas a través de una percepción por momentos alterada, que transgrede lo posible y se adentra en lo misterioso, lo sobrenatural.

De ahí extraen la verdadera potencia del filme; la esencia de la disyuntiva y del hechizo mítico y trágico al que se enfrentan sus personajes, condenados a vagar en las soledades de una sombra sin amor, a escoger entre la rutilante luz del éxito escénico y la realización sentimental. Un conflicto desesperado, prácticamente irracional, planteado desde un prisma puramente sensorial, y por tanto mucho más sugerente que sus cuitas y resoluciones terrenales.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota de blog: 7,5.

Hombres errantes

21 Feb

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Año: 1952.

Director: Nicholas Ray.

Reparto: Robert Mitchum, Susan Hayward, Arthur KennedyArthur Hunnicutt, Frank Faylen, Walter Coy, Carol Nugent, Maria Hart, Lorna Thayer, Burt Mustin.

Tráiler

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         Una de las grandes tragedias que acostumbra a abordar el western ambientado en tiempos recientes es el de la frontera agotada, la ausencia de una nueva tierra prometida donde el desheredado pueda todavía materializar el sueño americano. Los protagonistas de cintas centradas en el mundo del rodeo como Hombres errantes o El rey del rodeo tratan de encontrar esta última frontera, el destino donde han de cumplirse los sueños, en los ocho segundos de montura sobre el caballo bronco o sobre el toro brahman, lo que significa que ahora las opciones disponibles para el descastado son morir deslomado trabajando la tierra o morir desnucado en una mala caída del animal.

Sin embargo, firmadas por autores poéticos, melancólicos y sentimentales, cada uno a su manera y desde su propio anacronismo, ambas cintas describen en realidad un repliegue al hogar. Después de una odisea de desvíos y aventuras sin par, quizás el antihéroe deba desandar el camino para hallar el destino verdadero que lo aguarda.

         En Hombres errantes, Nicholas Ray ubica a su protagonista, Jeff McCloud (Robert Mitchum), en un escenario solitario, derrotado y azotado por el viento tempestuoso. Su regreso al punto cero, su casa natal, refleja también un montón de ruinas que se pudren en un paraje cada año más seco, más yermo, más desolado. En esta ocasión, el retorno al paraíso se revela falso, imposible, desesperanzado. A partir de esta introducción, el camino de McCloud se une y se confronta con el del joven matrimonio compuesto por Louise (Susan Hayward) y Wes Merritt (Arthur Kennedy), peón de rancho y aprendiz de jinete de rodeo con el anhelo de fundar una explotación propia mediante la cual burlar su ascendencia como hijo del arroyo -otra vez el sueño americano que se renueva de generación en generación-.

         El contraste entre ambos personajes masculinos parece trazar, en cierto modo, una discusión entre el materialismo y el romanticismo como caras opuestas de la cultura estadounidense. Entre el emprendedor canónico y el ‘hobo‘ contracultural, entre el ambicioso que levanta naciones y el aventurero que se echa a la carretera para fascinarse con lo que le entregue la vida. Pero especialmente este último, encarnado por McCloud, resulta una figura un tanto más ambigua en sus motivaciones, las cuales llevan al argumento a componer un latente triángulo amoroso.

La mirada con la que Ray retrata el rodeo tampoco es romántica, ni se diría que añore unos tiempos pasados que, bien sabe, no fueron mejores. Hay secuencias briosas, de extracción documental gracias a su filmación en rodeos auténticos, pero la adrenalina de los embates no trata de ensalzarse con lirismo.

         A la vez, se establece entre los dos hombres una relación de maestro y aprendiz de evolución previsible en su función como señalizador de los peligros que aguardan detrás de la soberbia cegadora, a pesar de las admoniciones que la historia arroja en forma de tipos marcados y de mujeres abandonadas. Frente a estas andaduras más trilladas del relato -e incluso un tanto forzadas en su disposición-, el libreto, remodelado en buena medida por el propio director, deja a su paso frases poderosas, de filo tajante y precisas en su retrato de individuos y de circunstancias. 

Ray, cineasta de honda humanidad y conocedor de las fragilidades que entraña la existencia, admite la duda sobre los estereotipos de hombres duros, y se encarga de que personajes-guía como el viejo Booker Davis (Arthur Hunnicutt), molido a palos en mil batallas, expresen sus precauciones ante cada bravata. El miedo y la duda travestidos de arrogancia y arrojo. Las figuras realmente fuertes son las femeninas, acosadas de palabra y de facto en un mundo machista; una situación semejante a la que estallará dos años más tarde en Johnny Guitar.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Claire’s Camera

17 Nov

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Año: 2017.

Director: Hong Sang-soo.

Reparto: Kim Min-hee, Jun Jin-young, Chang Min-hee, Isabelle Huppert.

Tráiler

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           Hong Sang-soo parece uno de esos cineastas que filma porque vive y vive porque filma. De obra con gran contenido metaficcional e inspiración autobiográfica, en La caméra de Claire el realizador surcoreano aprovecha su paso por la edición de 2016 del festival de Cannes para rodar un coqueto divertimento -apenas 70 minutos de duración, estrenado de manera prácticamente simultánea con The Day After y En la playa sola de noche– en el que aborda, con agradable sencillez e ironía, las vivencias de la empleada de una empresa de distribución de películas, su jefa, el director de cine con el que conforman un triángulo amoroso y, como elemento disruptivo que introduce un simpático toque de misterio en la trama, una profesora parisina de visita en la ciudad, cámara Polaroid en ristre.

           Con estos mimbres, de nuevo ambientados en un universo metacinematográfico, Hong trenza una historia en la que afloran elementos personales como su relación con la joven actriz Kim Min-hee -a la sazón protagonista-, la cual inserta en un retrato satírico de los caprichos románticos, entre inseguros, egoístas e hipócritas, del artista y, por extensión, de la tesitura de la mujer en una sociedad de arraigado componente machista. A ello se unen pequeñas chanzas en el juego entre la realidad exterior y la ficción interna, como esa “primera vez” de Isabelle Huppert en Cannes.

           Son elementos que se conjugan perfectamente con ese estilo entre naif y juguetón que se aprecia en muchas producciones de Hong, en las que la realidad -las situaciones cotidianas, el escenario a pie de calle invadido por la actividad urbana en curso- queda teatralizada desde una aproximación con un aire engañosamente ingenuo -los zooms notorios, la interpretación de los actores, los encuentros de los personajes y la forma en la que se expresan sus sentimientos-.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3. 

Nota del blog: 7.

Amante por un día

10 Nov

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Año: 2017.

Director: Philippe Garrel.

Reparto: Esther Garrel, Louise Chevillotte, Éric Caravaca, Paul Toucang, Félix Kysyl.

Tráiler

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          Aparte del nostálgico blanco y negro de la fotografía, y de esa voz en off de tono neutro tan inconfundiblemente francesa, que en su omnisciencia hasta se sobrepone a las conversaciones de los personajes, Amante por un día posee evocaciones del cine de Éric Rohmer en las geometrías del romance que dibuja, repletas de triángulos conflictivos, círculos constantes y líneas convergentes, tangenciales y paralelas. Pero, especialmente, recuerda a Rohmer en el aspecto de que los protagonistas son seres inconstantes y contradictorios, ni honestos ni mentirosos, y que no son capaces -o incluso ni siquiera pretenden realmente- de cumplir aquello que afirman con rotundidad acerca de un tema tan complejo, volátil e inabarcable como es el amor.

          Una veinteañera despechada, su padre profesor universitario que ha reencontrado el amor en una de sus estudiantes y ésta última chica, que disfruta de la carta libre de una relación abierta, dan vueltas y vueltas alrededor de los conceptos de enamoramiento, fidelidad y realización romántica. Con elegancia y sin ánimo de desacreditar con crueldad a sus criaturas, ni de ofrecer tampoco categóricas lecciones existenciales, Philippe Garrel contrapone los rectos ensayos de la teoría contra los problemáticos laberintos de la práctica, a la vez que construye con delicadeza los vínculos de complicidad, lealtad y cooperativismo que existen o se crean entre los protagonistas. El cineasta participa en la firma del guion junto a su pareja, Caroline Deruas -treinta años menor que él-; una colaboradora de cabecera como Arlette Langmann, experta en el terreno, y otro clásico como Jean-Claude Carrière. Hay conocimiento de causa.

En su expresión, se trata de una película de aliento lírico pero también generosa en diálogo, y que posee ese aire de distanciamiento un tanto estirado y artificioso que a veces afectaba a la Nouvelle Vague. Teniendo en consideración el cine galo -supongo que sobre todo sus retratos de la burguesía local-, hay quien ironiza con que es que los franceses sienten así.

          Esquiva al tópico, Amante por un día desarrolla un relato en el que las mujeres -las mujeres jóvenes- aspiran a desempeñar un rol activo en sus amoríos y, más aún, en el dominio de su sexualidad, si bien, como es natural, no siempre sepan hacia dónde dirigirla y por qué. Ni falta que hace; la torpeza es una constante en las relaciones sentimentales humanas. En este sentido, su confusión es semejante a la de sus pares masculinos, con la diferencia de que la postura de estos es de un simplismo autoengañoso -los acuerdos, las negociaciones y los ultimátums que establecen para con sus amantes- o es simplemente cínica -el seductor empedernido-. Pero, al menos, ellas parecen adquirir consciencia de que el amor es un estado de imbecilidad transitoria. Aunque todos podamos caer en sus redes, lo queramos o no.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

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