Tag Archives: Francia

En la ciudad de Sylvia

2 Jun

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Año: 2007.

Director: José Luis Guerín.

Reparto: Xavier Laffite, Pilar López de Ayala.

Tráiler

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           En Fraude, Orson Welles proponía como argumento potencial para una película “el arte de mirar a las mujeres”. El protagonista de En la ciudad de Sylvia, se aposta en la terraza de un café de Estrasburgo, anexo al conservatorio de música de la ciudad, y observa cuidadoso los rostros femeninos que le ofrece el paisaje, al mismo tiempo que traza líneas en su cuaderno tratando de dibujar el mapa de un recuerdo, que es ese mismo rostro de mujer que busca incansable desde su mesa, cambiando incluso de perspectiva, atento al detalle de belleza que esconde cada gesto trivial, a cada emoción que deslumbra fugaz ante sus ojos.

           Sin embargo, tampoco podría considerarse que el joven, ataviado con el uniforme de artista bohemio francés -tísico, camisa demodé abierta, cabello cuidadosamente descuidado…- y que parece influir en la película a través de su impulso creativo -¿recuerda a la musa o la modela y alumbra?-, detente el protagonismo de la cinta. José Luis Guerín, apasionado de los melodramas mínimos que esconden los rincones de las ciudades y las comunidades humanas -especialmente en sus denostados márgenes, alejados de la postal turística o cinematográfica-, compone una sinfonía urbana donde la inquietud casi obsesiva del muchacho representa una línea instrumental sonora, pero que se funde y armoniza con el conjunto de canciones que se palpan y se intuyen sobre el empedrado alsaciano, a través de su maremágnum de tipos humanos, arquitecturas, comercios, grafitis, sonidos, acentos, músicas, luces…

           En este sentido, probablemente En la ciudad de Sylvia podría haberse filmado en 40 minutos de metraje sin perder un ápice de su lirismo, su contenido o sus emociones. Y, de tan cuidado, este realismo poético se percibe en ocasiones como demasiado orquestado; un tanto artificioso en su plasmación deleitosamente hechizada.

Esto no significa necesariamente que sea un filme excesivo, o al que le sobre tiempo. Con delicadeza, y sin la cursilería que podría presuponerse en un planteamiento semejante, la obra invita a dejarse hipnotizar y mecer por las rimas, los pies quebrados y las cadencias de las imágenes de Guerín, que se pierden en un chico que se pierde tratando de reencontrarse con una chica, o con un concepto de amor y de belleza que permanece secreto en cada rincón de la vida cotidiana, deseoso de ser encontrado.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

Personal Shopper

20 May

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Año: 2016.

Director: Olivier Assayas.

Reparto: Kristen Stewart, Lars Eidinger, Sigrid Bouaziz, Nora von Waldstätten, Ty Olwin.

Tráiler

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          En cierto modo, Personal Shopper parece una pieza desgajada de Viaje a Sils Maria, la anterior película de Olivier Assayas, pues ambas está protagonizadas por la asistente personal de una celebridad -interpretada en ambos casos por Kristen Stewart, empeñada en cambiar su vitola de ídolo ‘teen’ por la de musa ‘arty’- y están dominadas por una sensación de pérdida y desorientación, que en este caso se encuentra directamente ligada con el duelo de la joven por el fallecimiento de su hermano gemelo, víctima de una cardiopatía congénita también presente en ella. 

          A través de este estado de luto, por el que la muchacha se encierra en París a la espera de confirmar su supuesto don como médium y comunicarse con el espíritu de su hermano, Assayas va planteando una serie de conflictos presentes en la sociedad contemporánea, los cuales proceden fundamentalmente de la colisión entre el materialismo exacerbado -el consumismo que canaliza la protagonista como encargada de compras ajenas, su servilismo laboral, las paradojas de las redes sociales entre la información y el aislamiento, las alusiones a relaciones sentimentales movidas exclusivamente por lo físico, las acciones supuestamente altruistas que esconden detrás un objetivo comercial…- y una necesidad espiritual insatisfecha -el simbólico contacto más allá de la vida, su rebelación contra lo prohibido incluso-.

No obstante, debido al duelo insuperable que experimenta la mujer, casi obsesivo -y además trabucado por los tics de Stewart-, el filme parece cuestionar asimismo la fijación exclusiva por lo inmaterial, que conduce igualmente a la alienación y convierte en fantasmas a sus relaciones más cercanas y emocionales -su novio, apenas un holograma que se manifiesta desde el ordenador-.

          En un París lánguido y triste, de cielos plomizos, suelos mojados y mansiones solitarias, el cineasta despliega esta suma de pulsiones y deseos contradictorios, desbordando la percepción y la mente de una protagonista cada vez más confundida en su transitar entre dos mundos y, sobre todo, consigo misma. Esta duplicidad se expresa por medio de una trama que, desde el drama intimista, avanza topándose con elementos del terror sobrenatural y el thriller, entre los fantasmas psicológicos de Ingmar Bergman y el violento desquiciamiento de Brian De Palma, dibujando una evolución para la que recurre a soluciones discutibles aunque acordes con el discurso general -las extensas y fatigantes conversaciones por mensaje de móvil- y un juego con el misterio, el subconsciente y, en definitiva, la abstracción y el cripticismo siempre abierto a interpretaciones y ambigüedades.

          Tras los abucheos en la sala, cosecharía el premio a la mejor dirección en el festival de Cannes, compartido con Cristian Mungiu por Los exámenes.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6,5.

El Havre

27 Abr

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Año: 2011.

Director: Aki Kaurismäki.

Reparto: André Wilms, Blondin Miguel, Kati Outinen, Jean-Pierre Darroussin, Elina Salo, Evelyne Didi, Quoc Dung Nguyen.

Tráiler

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          Aki Kaurismäki mira a Europa y la ve enferma. Enferma de insolidaridad, de represión, de racismo. Todos síntomas de un clasismo en el que una autoridad sin rostro -o con el rostro de sicarios estúpidos y brutales- vigila por los privilegios de unos pocos en detrimento de los muchos. No obstante, aunque con una extraña pátina de melancolía patética y vitriólica que podría atribuirsele a su origen finlandés, Kaurismäki parece invocar el espíritu de artistas del claroscuro humano, de la tragicomedia expresada a través de la pantomima absurda, como son Buster Keaton y Charles Chaplin, maestros de la sonrisa y la lágrima entendidas como partes indisociables e inseparables de la existencia del hombre.

          En El Havre, el cineasta reencuentra al Marcel Marx de La vida de bohemia residiendo junto a su esposa en la ciudad portuaria normanda, cuyas calles y casas parecen sacadas de un cuadro de Edward Hopper -influencia estética manifiesta igualmente en buena parte de la filmografía del autor-. A partir de ese decorado de aparente soledad, Kaurismäki agrega pinceladas de joie de vivre, de ternura, de sarcasmo paródico, satírico y entrañable, y de ilusiones reconfortantes, que, amalgamadas, componen la atmósfera agridulce, naif y lánguida que define el filme.

          Filántropo desconfiado del género humano, antisistema que gusta de refugiarse en pequeñas comunidades idealizadas, director que rueda un presente rabioso y doliente con aspecto de pasado candoroso e inocente, Kaurismäki maneja con excelso talento el tono de este relato que gravita en torno a una tragedia terrible, la inmigración ilegal, que se ha transformado en una de las mayores vergüenzas de la historia contemporánea europea. Y habla de ella con una calidez sentimental que no renuncia a la reflexión crítica, con una huella de desilusión en la que, con todo, florecen detalles de asombrosa humanidad, inmunes a clases, fronteras y hastíos. En El Havre, el drama se entrevera con el humor, el desencanto con la esperanza.

Kaurismäki es un escéptico que todavía cree en milagros.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

Los chicos terribles (Les enfants terribles)

8 Mar

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Año: 1950.

Director: Jean-Pierre Melville.

Reparto: Nicole Stéphane, Edouard Dermithe, Renée Cosima, Jacques BernardJean Cocteau.

Tráiler

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           Tras su rotundo debut en la dirección de largometrajes, El silencio del mar, Jean-Pierre Melville continuaría su trayectoria con Los chicos terribles, otro relato que construye y condensa un microcosmos particular en una sola estancia -por más que se trate de varias, en realidad es siempre la misma reproducida en distintos espacios-, habitada por unos pocos personajes que desarrollan entre sí estrechas relaciones en las que, el roce propiciado por la cercanía física -y paulatinamente emocional-, provoca el desencadenamiento de pulsiones procedentes de la profundidad de su espíritu.

Si en aquella tomaba como inspiración una historia corta de Vercors, en la presente acomete la popular novela homónima de Jean Cocteau, de cuya adaptación se encarga el propio artista, el cual sea arroga la voz del relato incluso de forma literal, puesto que suyo es el papel de narrador omnisciente y ‘suyo’, en un metafórico sentido amoroso, es uno de los protagonistas: Edouard Dermithe. En una muestra más de su dominio sobre la película, una ilustración firmada por él también servirá para componer el póster promocional de la producción.

           Quizás por esta omnipresencia autoral, el filme parece no poder despegarse de su origen literario ni de las obsesiones de su polifacético creador. El particular lirismo de la letra en negro sobre blanco no logra traspasarse al blanco y negro de la fotografía, firmemente sujeto por una tiránica voz en off que coloniza el desarrollo del relato cinematográfico pese al esfuerzo de Melville en la composición del encuadre, con una realización que posee instantes y movimientos de una audacia que permiten situarla como ascendente directa de la venidera Nouvelle Vague.

           No obstante, Los chicos terribles no alcanza el hipnotismo de un cuento contemporáneo, hechizante y siniestro, sino que sus personajes aparecen como monigotes artificiosos -e insoportables- que, intermediados por interpretaciones horrendamente teatrales y sobreactuadas, se mueven a partir de impulsos y represiones amorales y provocadoras -la homosexualidad, el incesto-, dentro de un universo reconcentrado y excluyente que conduce por consiguiente a la inserción en el relato de una dimensión trágica y puede que también distanciada -el parlamento de la hermana acerca de ser tan repulsiva que hasta el drama “la expulse”-, las cuales en todo caso parecen mal trenzadas y prolongan la precedente impostura de la obra.

Son conceptos de fondo que, a pesar de suponer entonces una drástica ruptura con los cánones que por ejemplo predominaban en el habitualmente mojigato cine estadounidense, hoy se perciben bastante envejecidos. El paso del tiempo no ha favorecido en absoluto a Los chicos terribles.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 5.

La tortuga roja

17 Ene

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Año: 2016.

Director: Michael Dudok de Wit.

Tráiler

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          Las creaciones del estudio Ghibli entroncan con sentimientos universales, independientemente de que en sus imágenes perviva un evidente sustrato nipón en su cosmovisión y su mitología, si bien amalgamado en algunas ocasiones con imaginarios procedentes de otros lugares y otros tiempos.

Una concepción universal, pues, que en La tortuga roja se materializa por primera vez en la producción, ya que el guion del holandés Michael Dudok de Wit, director de cuatro cortometrajes previos -entre ellos Padre e hija, con el que conquistó la atención de la legendaria productora- quedó bajo la supervisión de Isao Takahata, cofundador de Ghibli y firmante de obras como La tumba de las luciérnagas o El cuento de la princesa Kaguya.

          En La tortuga roja se percibe una coherencia temática y estilística con la casa japonesa, derivada de la manera de retratar la comunión entre el hombre y una naturaleza sacralizada, de la entrañable ternura que producen los elementos secundarios -los cangrejos, que bien podrían equivaler a los duendes del polvo de Mi vecino Totoro y de la sencillez con la que profundiza en asuntos trascedentales como la necesidad del otro, la unión familiar y, en resumen, los ciclos de la existencia -estos quizás, por poner alguna objeción, un tanto agolpados en el metraje-. Sustanciales pilares temáticos desgranados, por otro lado, desde un estilo narrativo próximo al cuento tradicional en su convivencia de realidad y fantasía como parte de un mismo todo, de la propia existencia humana -los eventos prodigiosos, las ensoñaciones particulares, lo cotidiano y lo extraordinario, lo físico y metafísico reflejados ambos en los detalles de la animación-.

Pero además, en paralelo, aunque acorde con el espíritu artesanal del estudio, se percibe asimismo su raigambre europea en unas líneas de dibujo claras, gratas y expresivas que remiten a Hergé.

          Carente de diálogos, la película expone con extraordinario lirismo la vida de un náufrago bendecido con una mujer por las fuerzas sobrenaturales que moran la isla donde se encuentra atrapado -también bajo su ambigua y caprichosa influencia-. Es una sinfonía delicada, que destaca por la sensibilidad con la que, desde el humilde minimalismo, compone esta conmovedora aventura emocional y espiritual. Poderosamente combinada con la música para acentuar los clímax dramáticos de la función -en este sentido, cierra astutamente el filme con un contundente crescendo final-, se devuelve  la imagen la capacidad para expresar sentimientos que calan con enorme fuerza.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

La ley del mercado

16 Dic

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Año: 2015.

Director: Stéphane Brizé.

Reparto: Vincent Lindon, Karine de Mirbeck, Matthieu Schaller.

Tráiler

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         La procesión va por dentro. En lugar de gritar proclamas indignadas contra el atropello de la persona por parte de una sociedad secuestrada por el balance de resultados, imposición de la crisis económica, La ley del mercado calla. Denuncia y golpea mediante el silencio. Un silencio de dientes apretados, que atruena en irritación contenida, en rebeldía latente, en rabia a flor de piel.

         Adherida a la vida cotidiana de su protagonista -un operario fabril que siente en sus carnes el drama del desempleo y la voluntaria incapacidad de un sistema diseñado para hacer negocio a costa del prójimo-, La ley del mercado no reclama la empatía del espectador a través del sentimentalismo, el dramatismo o el tremendismo al que se presta el argumento -o incluso los burla mediante una heladora elipsis-; decisión que algunos podrían identificarlo como una falta de intensidad del relato.

Pero lo cierto es que, mirando con atención, la espalda de Vincent Lindon –mejor actor en Cannes-, cada vez con el rostro menos visible para la cámara, transmite una electrizada carga de hastío que va in crescendo a lo largo de su recorrido por las oficinas de (des)empleo, las humillaciones a las que se somete para arrodillarse ante el insaciable Dios del beneficio (ajeno) y la garita de vigilante de seguridad que, en el mejor de las situaciones posibles, dicen, le ha tocado habitar. Unas escenas, estas últimas, en las que se palpa en el cuerpo propio los retortijones de estómago, la angustia moral y el estrés emocional que sufre un personaje muy humano en su zozobra.

         Otra de las virtudes invisibles de La ley del mercado es su habilidad para ponernos en la mirada del protagonista en otro aspecto igualmente harto desagradable: el proceso para aprender a sospechar de los pares. Las cámaras del supermercado no son solo para controlar al cliente, sino también, en especial, al trabajador.

Por el contrario, no es esta una historia donde comparezca una personalización del Mal, al estilo de las más explícitamente combativas obras de Ken Loach, incombustible abanderado del cine de compromiso europeo. No irrumpen en sus fotogramas plutócratas enriquecidos a costa del proletariado, políticos clasistas y corrompidos, o sindicalistas traidores. Como mucho gente que muestra un egoísmo vulgar; insensible e insolidaria. En La ley del mercado, el paisaje humano está compuesto de individuos que, presionados cada uno por sus circunstancias particulares, asume su desesperación como buenamente pueden.

Y que, en su desesperación, gritan en silencio.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7.

Una vida

28 Nov

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Año: 2016.

Director: Stéphane Brizé.

Reparto: Judith Chemla, Jean-Pierre Darroussin, Yolande Moreau, Swann Arlaud, Nina Meurisse, Clotilde Hesme, Alan Beigel, Finnegan Oldfield

Tráiler

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           Es tentador trazar un paralelismo a través de casi dos siglos al enfrentar los argumentos de las dos últimas obras de Stéphane Brizé, La ley del mercado y Una vida, para constatar con ello la infinita prueba de resistencia que el individuo afronta contra las circunstancias y contra las imposiciones de la sociedad a la que pertenece. Si en el primer caso el protagonista desarrolla una lucha para mantener su dignidad humana frente a un sistema contemporáneo que lo reduce a simple cifra o pieza de reemplazo, en el segundo la protagonista trata de prevalecer frente a las exigencias conservadoras que definen a la sociedad del siglo XIX, en especial en lo referente al rol femenino.

           En Una vida, una joven francesa se pregunta sobre el sentido de la existencia mientras encadena una incesante serie de contrariedades, infortunios y sinsabores derivados todos de los férreos códigos sociales que coartan sin piedad los anhelos, instintos y emociones de las personas sometidas a su monstruosa falacia -la tragedia sentimental y vital es, de hecho, una infamia que se hereda y transmite de generación en generación-.

           Encajonada en unos fotogramas de formato prácticamente cuadrado, la biografía de Jeanne (Judith Chemla) se narra desde su florecimiento primaveral -su retorno del convento donde ha pasado su infancia recibiendo educación- hasta el otoño de sus días. El filme, que adapta un texto de Guy de Maupassant, captura como se marchita su vitalidad juvenil a lo largo de un matrimonio desgraciado, una maternidad turbulenta y una decadencia física inexorable.

Brizé recorre los capítulos de su vida empleando con maestría las elipsis y reflejando apropiadamente los estados de ánimo de la mujer por medio del juego con la luminosidad del escenario, el uso de localizaciones interiores o exteriores, y la ubicación de la acción en una determinada estación del año. Gracias a estos recursos estéticos, el realizador y coadaptador articula una narración fluida en la que se percibe con expresividad y lirismo el sufrimiento y la ocasional alegría que experimenta Jeanne, toda recuerdos soleados y porvenires tormentosos.

           Pero, como le suele sucede a los dramones decimonónicos, sean victorianos o franceses -al menos en mi caso particular, admito que me resulta un periodo un tanto repelente en su estética y sus recurrentes angustias aristocráticas-, el tremendismo, por innecesariamente redundante y empachoso, termina ahogando la película en su tramo final, enredada en el regodeo con la desgracia familiar de la desdichada Jeanne.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

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