Tag Archives: Francia

Día de fiesta

27 May

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Año: 1949.

Director: Jacques Tati.

Reparto: Jacques Tati, Guy Decomble, Paul Frankeur, Santa Relli, Maine Vallée, Delcassan, Roger Rafal, Jacques Beauvais.

Tráiler

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         Después de entregar un par de cortos, Jacques Tati decidiría dar el salto al largometraje con Día de Fiesta, que en parte es una ampliación de uno de estos primeros ensayos cómicos, Escuela de carteros. Así pues, el torpe y bonachón cartero François -interpretado por el propio director- ejercerá de figura central e improvisado -y cariñosamente ridiculizado- pilar de la comunidad concentrada en torno a un pueblecito francés, Sainte-Sévère-sur-Indre, que es donde el cineasta en ciernes había capeado la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, el grueso del reparto lo conformarán sus lugareños.

         Día de fiesta prefigura la comedia de Tati. Hay una fuerte raigambre en el slapstick del cine mudo, donde el dominio de la habilidad física, el tempo del gag y el trasfondo absurdo conspiran para hacer reventar la carcajada. Es un humor propiciado por un personaje que nunca parece saber bien dónde se encuentra, estampa que Tati perfeccionará, incluso con una sorprendente utilización del espacio arquitectónico, con el señor Hulot.

Son ambos prototipos característicos de un mundo en extinción, que amenaza con sucumbir bajo el empuje de una átona, insensible y deshumanizada modernidad. Frente a los tiempos propios del rural -el paso de la anciana, las ocas del camino, el cliclo de las estaciones y de la fiesta anual del pueblo- se contrapone el parisino motorizado o, en último término, la delirante proyección sobre el correo postal estadounidense que, a la postre, motivará una desternillante apoteosis final en su apropiación a la francesa. Hay un leve tono de melancolía crepuscular en la mirada de Tati. Pero este surge sin perjuicio de un poderoso vitalismo, de una joie de vivre contra viento y marea que resulta tremendamente contagiosa.

         Parte de las ocurrencias de Tati, probablemente las más creativas, bien podrían emparentarse con esta alegría eufórica, con este esplendor que proviene de un verano luminoso, de una cosecha generosa, de un día de fiesta. Los relinchos de los caballos de madera anticipan que esta no es una jornada cualquiera, que todo puede pasar en ella, que hay un halo mágico que envuelve el ambiente. Siguiendo con este empleo surrealista del sonido, la conversación entre los amantes, elevada por los diálogos de película que se solapan, confirman esta sensación única. La vida sublimada.

         Filmada en color más una copia de seguridad en blanco y negro, los problemas en la postproducción obligaron a estrenar esta última versión. En los noventa, Día de Fiesta sería restaurada con el cromatismo que Tati la había concebido.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Crónica negra

20 May

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Año: 1972.

Director: Jean-Pierre Melville.

Reparto: Alain Delon, Richard Crenna, Catherine Deneuve, Riccardo Cucciolla, Michael Conrad, Paul Crauchet, Simone Valère, André Pousse.

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         Un coche avanza con tranquilidad por una calle vacía. Los cortes de montaje, súbitos y fulminantes, asestan profundos y oscuros tajos a la imagen. Al fondo, las formas de una ciudad, siluetas azuladas sumidas en la bruma, se pierden en la abstracción. Suena una música suave que procede del interior del vehículo, pero las olas baten con ferocidad contra los espigones, pugnando por acallarla. Espera. La lluvia se desploma contra el parabrisas. El letrero del banco se ilumina y dos de los hombres se apean y entran. Espera. Varios transeúntes imprevistos acceden a la sucursal y los hombres se intercambian una mirada. El cajero sospecha. Un tercer ocupante del coche, casi conminado por la mirada dura del chófer, también acude al banco. El dominio de la tensión, de la inquietud y de la agonía están expresados con implacable rotundidad en la apertura de Crónica negra, el filme con el que un coloso, Jean-Pierre Melville, ponía el colofón inesperado a su obra, poco antes de que un infarto se lo llevara a la tumba.

         Un lacónico fatalismo impregna el filme. Es el mismo que impregnaba su anterior El círculo rojo, donde los personajes están condenados de antemano. En esta, todos parecen ser conscientes de cómo funciona la partida, sin necesidad de explicaciones. Ni al espectador ni a ellos mismos. La velada amistad entre el comisario y el ladrón. El vértice femenino en el que convergen, conformando un ambiguo triángulo que se traza con miradas. La esposa que barrunta el destino de su marido. Este que también olfatea lo inexorable. Pero, ¿qué otra cosa puede hacerse que jugarla? La poesía de Melville no se recita canturreando. La vida es el rostro de Paul Crauchet.

         Estoicos y melancólicos, los ladrones preparan con rectitud y precisión el golpe. La tensísima ejecución de Melville, con suspense en tiempo real, consigue hacer olvidar el empleo de unas maquetas hoy difícilmente admisibles. En paralelo, el policía, -con el rostro/máscara de Alain Delon a su servicio, después de haber estado al otro lado de la línea de la ley en El silencio de un hombre y El círculo rojo– patrulla una ciudad sumida en la nocturnidad y el vicio, con sus valores morales degradados -también hay conservadurismo en la perspectiva que lo refleja, es verdad-. Hasta Papá Noel forma parte del complot. Los compañeros también conspiran contra nosotros, con sus propios intereses, como los directores que prefieren lucir en la prensa que culminar un trabajo bien hecho. La comisaría es un edificio prácticamente surrealista, cuyas líneas parecen plegadas, torcidas, líquidas, mientras en su interior se sugiere un interrogatorio a mamporros.

         En Crónica negra, el vencedor se aleja dejando atrás el arco del triunfo, cada vez más distante en el retrovisor.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

Los bajos fondos

22 Abr

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Año: 1936.

Director: Jean Renoir.

Reparto: Jean Gabin, Louis Jouvet, Junie Astor, Suzy Prim, Vladimir Sokoloff, René Génin, Jany Holt, Robert Le Vigan, Maurice Bacquet.

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          Ambientada en la Rusia zarista del principios del siglo XIX, hay una universalidad en los conflictos humanos y sociales que captura Los bajos fondos, obra teatral de Maksim Gorki. Al menos, la suficiente para que Jean Renoir la adaptara en los años treinta, ubicándola en un país indeterminado que parece una Francia tomada por antropónimos rusos, y Akira Kurosawa la trasladara después al periodo Edo nipón, ambas con el mismo título. Además, en Japón ya constaba una apropiación de cine silente, a la que se añaden también, entre otras, versiones indias, chinas y finesas.

          Los bajos fondos retrata una sociedad degradada a partir del punto de vista de unos parias que malviven en un sórdido albergue. Este es un microuniverso en sí mismo donde el relato concentra a personajes que, más allá del realismo de su caracterización, desempeñan un papel simbólico: el noble decadente, el avaro de hipócrita sentimiento religioso, la mujer inmoral, la virgen pura.

A través de su historial y de sus vivencias, y después del contraste inicial con la alta sociedad de la que procede el barón caído en desgracia a causa de sus vicios, se constata un fatalismo social, prácticamente congénito, en el que apenas hay resquicios para la esperanza, que en el caso del protagonista, un ladrón de poca monta, se persigue a través de la conquista de la inocencia y el amor que representa la joven hermana de la posadera. Pero esta envaramiento conceptual y el consiguiente maniqueismo que en general posee el discurso provoca que su tragedia pierda emoción natural.

          La rigidez que se afloja si acaso, en destellos, como esa insólita e interesante relación de amistad entre el aristócrata y el caco, luego progresivamente abandonada, o como la invitación a soñar del viejo filósofo de la miseria. Igualmente, el lirismo de las imágenes de Jean Renoir mira con calidez y piedad a sus personajes principales. El protagonismo de Jean Gabin es análogo. Su forma de hablar -apenas un susurro- y de mirar -un soslayo entristecido- expresan con rotundidad esa melancolía irreparable. Una sensibilidad y una delicadeza que otorgan al filme relieve, textura, humanidad. La cual, de Maksim Gorki, conduce a Charles Chaplin.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Cuatro de infantería (Westfront 1918)

30 Mar

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Año: 1930.

Director: Georg Wilhelm Pabst.

Reparto: Gustav Diessl, Hans-Joachim Möbis, Fritz Kampers, Claus Clausen, Jackie Monnier, Hanna Hoessrich, Else Heller.

Filme

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         La exigencia del espectador frente al relato bélico ha ido tendiendo hacia una creciente demanda de realismo que transcurre paralela a la evolución técnica del cine y, al mismo tiempo, a la lejanía del público respecto de la experiencia militar. En 1930, Cuatro de infantería se dirigía a gente que perfectamente podía haber vivido en primera persona el terror y la miseria de las trincheras. Que sabían de lo que se hablaba, que conocían esas violentas emociones que intentan expresarse.

         Obviamente, los medios de entonces no logran reproducir el impacto de la batalla para alguien acomodado en su butaca casi cien años después. Películas con intenciones inmersivas como 1917, también ambientada en la Primera Guerra Mundial, muestran que es inevitable que las pequeñas y aisladas explosiones del filme, y la teatralización con la que perecen los infortunados soldados, han quedado ya muy atrás. Es de reconocer que no se huele la pólvora ni estremece la herida sangrante del enfrentamiento a granadas, pistolas y bayonetas. Pero sí hiela la sangre la colección de gritos desesperados, patéticos y por ello realistas; de rostros desencajados, deformados por el horror; de fría muerte, de absurdo infierno, que Georg Wilhelm Pabst desencadena en el desenlace de su obra. Las ojeras de Claus Classen mientras exclama hurras sin sentido, retratadas en un desquiciado contrapicado, en un escenario de pesadilla -qué paisaje fantasmagórico y alucinado han proporcionado siempre las trincheras, qué juego de oscuridad ofrecen en los fotogramas del cineasta germano-, son memoria pura de la guerra.

         Para llegar allí, Pabst guía al espectador introduciéndolo en un grupo de soldados al que se retrata desde un punto de vista estrictamente humano. Juegan, ríen y aman hasta que, de improviso, un bofetón -sarcástico bofetón- les devuelve cruelmente a una realidad monstruosa. En sus tratos ingenuos con los lugareños franceses, es una escena quizás incluso idealiza. El esfuezo bélico es una atrocidad capaz de interrumpir, maleducadamente, las cosas importantes de la vida: la partida de cartas con los amigos, el polvo con la novieta.

Cuatro de infantería expone asimismo que la guerra no es sitio para héroes. Cuando se demandan voluntarios para salvar la patria, conviene apartar la mirada y no tentar a la suerte. Ni siquiera el enemigo posee gran entidad. Son franceses que parecen repeler agresivamente a unos invitados que se han hecho indeseables. Dada la época, posiblemente incida en esta idea que el único enemigo con el que se traba una lucha mortal cuerpo a cuerpo sea un hombre de rasgos africanos.

         Cuatro de infantería establece además un doble frente trágico. El primero está en la lejana y exótica Francia. El segundo, queda en casa. Los sacrificios son análogos en ambas, con la moral subastada para la supervivencia. Es lo que tratará de explicar la mujer de uno de los protagonistas, a la que se dibuja con un insólito esfuerzo comprensivo que redondea la firmeza pacifista del discurso. La guerra lo destroza todo, hasta el hogar que teóricamente se proclama defender. Tal vez la camaradería entre iguales -esto es, entre la carne de cañon- sea el último baluarte de una humanidad asediada por las bombas.

         Poco tiempo después, el ministro de propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels, despreciaría Cuatro de infantería considerándola un acto de cobarde derrotismo.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

Sinónimos

6 Mar


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Año: 2019.

Director: Nadav Lapid.

Reparto: Tom Mercier, Quentin Dolmaire, Louise Chevillotte, Uria Hayik, Olivier Loustau, Yehuda Almagor.

Tráiler

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          Yoav renace simbólicamente en una bañera de París. Sinónimos puede entenderse como un filme de fugas. Fuga de un país, fuga de uno mismo. El joven israelí, empeñado en renunciar a su pasado y ser francés de pura cepa, arrastra un trauma -privado, nacional- que parece conducirle al autodesprecio y con el que lidia mediante un proceder visceral y enloquecido. Por lo visto, Nadav Lapid, director y guionista de la obra, vuelca una importante carga personal en las experiencias de Yoav en la metrópoli gala -cuyo retrato, extensible quizás a toda Europa, tampoco es misericorde-.

          El cineasta despliega una narración caótica hasta lo deslavazado, con episodios y situaciones que, en muchos casos, no conducen a ningún lado -ni en términos de relato ni, prácticamente, de significado-. Comparecen insertos delirantes que provocan que Sinónimos navegue entre lo veraz y lo fabulado. Por momentos, resulta averiguado complicar qué está contando, qué se pretende con todo ello. Se podría considerar un reflejo el propio protagonista, quien, profundamente sumido en su desarraigo y su enajenación, tampoco evoluciona más allá del punto de partida. Tiene parte de concepto abstracto, al igual que, en buena medida, sus compañeros de aventura. De ahí que dos horas de película semeje un volumen desmesurado para lo que se expone.

          En paralelo, hay tomas impetuosas hasta la exageración. El plano puede mutar asimismo hacia una inestable cámara en mano que ofrece un falso punto de vista subjetivo, porque luego evidencia a las claras que la mirada no es la del protagonista, sino la del operador. Puntualmente, ocurre algo similar con la música. Como en La profesora de parvulario -donde esta decisión parecía tener más sentido-, Lapid no solo no tiene inconveniente, sino que propicia la desenmascaración del artificio que hay detrás de los fotogramas, fomentando una distancia que entra en contradicción directa con otras escenas donde la apuesta es por una plasmación rotunda y física. No solo por la impulsividad que logra manifestar Tom Mercier encarnando a Yoav -que además somete a su cuerpo al frío, el hambre y la degradación-, sino también por la proximidad que le adosa ocasionalmente, como si estuvieran a punto de liarse a besos o a golpes, a otros habitantes de este mundo extraño, entre naturalista y alucinado.

          Conquistaría el Oso de oro y el premio de la crítica internacional en el festival de Berlín.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

Los confines del mundo

26 Feb

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Año: 2018.

Director: Guillaume Nicloux.

Reparto: Gaspard Ulliel, Lang Khê Tran, Guillaume Gouix, Gérard Depardieu, Vi Minh Paul, Hiep Nguyen, Anthony Paliotti, Jonathan Couzinié, Kevin Janssens.

Tráiler

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         Clint Eastwood logró sacarle mucho partido al personaje del vengador de ultratumba, muy explotado por la ficción pulp. Lo había conocido de la mano de Sergio Leone en Por un puñado de dólares y lo había vuelto a encarnar en su regreso a los Estados Unidos con la italianizada Cometieron dos errores. Luego, lo aprovecharía como director en Infierno de cobardes, El fuera de la ley y El jinete pálido. Incluso el desenlace de Sin perdón, puro terror gótico, lo retomaba.

El soldado Robert Tassen vuelve a la vida desde la fosa común donde los japoneses apiñan cadáveres vietnamitas y galos durante los estertores de la Segunda Guerra Mundial, que es también la génesis de otra agonía, la del Imperio francés en una Indochina que se subleva ante los colonizadores. Renace entre sangre y vísceras, dejando tras de sí su identidad, inscrita en su chapa identificativa y su documentación. Los confines del mundo narra la odisea de un hombre vaciado, simple carcasa en la que ya solo alberga rencor y sed de venganza.

         Guillaume Nicloux sumerge la Guerra de Indochina en fotogramas húmedos, de colores deslavados entre el verde cegador de la jungla. A juego, los personajes parecen representar una historia de fantasmas, que es la que lleva desde ese hombre retornado del más allá hasta un enemigo sin rostro, sin cuerpo y prácticamente sin presencia alguna. En contraste se expone la explicitud de la violencia y del sexo, expresados de forma gráfica.

         Hay múltiples imágenes e ideas en el fondo de Los confines del mundo -el declive colonial, el entendimiento imposible tanto entre extraños como entre propios-, pero no terminan de concretarse. El soldado Tassen se diluye en una atmósfera que no consigue manifestar con la suficiente expresividad su interior obsesivo y atormentado, en el que la mujer y el padre herido se apuntan como un verdadero renacimiento como ser humano, como resarcimiento de una deuda de vida.

El relato muestra el absurdo de su odisea circular. Pero esa tendencia a la abstracción queda desvaída desde una cierta frialdad, desde una distancia antipática y no exactamente efectiva.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 5,5.

La vida de Émile Zola

3 Feb

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Año: 1937.

Director: William Dieterle.

Reparto: Paul Muni, Joseph Schildkraut, Gale Sondergaard, Gloria Holden, Donald Crisp, Henry O’Neill, Louis Calhern, Robert Barrat, Harry Davenport, Robert Warwick, Gilbert Emery, Walter Kingsford, Grant Mitchell, Morris Carnovsky, Florence Roberts, Vladimir Sokoloff.

Tráiler

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         En La forma de lo que vendrá, publicada en 1933, H.G. Wells pronosticaba un futuro inmediato condicionado por un extensísimo conflicto bélico -presentimiento acertado de la Segunda Guerra Mundial– en el que, no obstante, España se mantenía al margen gracias a la influencia en pro de la paz y en contra de las ideologías del odio por parte de intelectuales como José Ortega y Gasset -a quien había conocido personalmente- o Miguel de Unamuno -a quien defendería después de que muriera en torturado conflicto consigo mismo-. Aunque esta última predicción estuviese rematadamente errada -al final España sería la primera en dar cuerpo a este clima bélico protagonizando una guerra civil con toda esa virulencia fratricida que el escritor inglés no veía tan acentuada en el país-, la posición de Wells sirve para ejemplificar la relevancia de los pensadores y de las personas de cultura para calibrar y advertir sobre la deriva moral de la sociedad, un debate candente en una actualidad marcada por el relativismo -moral, histórico- y en la que el debate público se encuentra más vulgarizado que democratizado -las posiciones estridentes tienden a quedar sobrerrepresentadas- de la mano de las redes sociales o, en el ámbito público, las tertulias entre opinólogos para todo.

En la coda de La vida de Émile Zola, se describe al literato francés como “un momento de la conciencia del ser humano”. El filme reconstruye la acción suicida y a contracorriente que Émile Zola acometió, poniendo en juego su propia persona, en defensa del capitán Alfred Dreyfuss, procesado y condenado por alta traición en un consejo de guerra sin garantía alguna y que, en el fondo, revelaba el profundo antisemitismo de la Europa del periodo -cuestión esta última, por desgracia, atemperada desde el aparato de producción-. Así pues, la película muestra la intervención de Zola -Paul Muni, con su habitual e intensa convicción- en el caso Dreyfuss como la culminación épica y definitiva de un recorrido biográfico marcado por el compromiso con el ser humano y con la verdad frente a cualquier forma de poder -imperio, república…- y frente a las injusticias de la sociedad, que William Dieterle presenta en una París sucia, brutal y despiadada a través de escenas tan hondamente demoledoras como la del suicidio en el Sena. El novelista revolucionario queda emparejado, de esta forma, con el intelectual comprometido.

         La vida de Émile Zola es por tanto el reflejo de esta lucha por sacar a la luz lo feo, lo desagradable y lo verdadero aun a costa de un innegociable sacrificio personal -económico, de prestigio-, tan solo en aras de la honestidad y de la dignidad. Frente a la entereza de Zola -que también necesita de su propia brujula para recuperar el sendero, en este caso el pintor Paul Cézanne que viene a recordarle el hambre como acicate esencial del artista independiente- se contrapone una jerarquía militar que obra con arrogante impunidad, hasta convertir valores absolutos como la Justicia en una atroz farsa -las contradicciones de la justicia militar, ese tema tan apropiado para entregar obras mayores como Senderos de gloria, Rey y patria o Consejo de guerra-. Y no digamos ya conceptos tan interesados y fraudulentos como el de la patria.

         A pesar de esa citada timidez para hacer hincapié en la cuestión racial, el fondo de La vida de Émile Zola es rotundo y contundente en su médula subversiva y su cuestionamiento de la autoridad establecida. El libreto ofrece reflexiones de calado y profundidad de la boca de un hombre que osó poner en negro sobre blanco los atropellos criminales de un sistema que se ceba con los parias, los diferentes o los discriminados. Un hombre que desenmascaró las atronadoras vergüenzas que se esconden detrás de proclamas con las que se manipula torticeramente la voluntad de unas masas que, por su parte, hacen dejación de todo espíritu crítico. Unas lecciones que sirven tanto para practicar el recuerdo del pasado como para mirar con perspectiva fiscalizadora los movimientos sociopolíticos del presente. Prueba de su vigencia puede ser el reciente estreno de El oficial y el espía, un nuevo acercamiento al caso Dreyfuss que, en algunos planos, como la degradación del capitán alsaciano, cita directamente el trabajo de Dieterle.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

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