Tag Archives: Francia

Ronin

7 Nov

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Año: 1998.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Robert De Niro, Jean Reno, Natascha McElhone, Stellan Skarsgård, Skipp Sudduth, Jonathan Pryce, Sean Bean, Féodor Atkine, Jan Tríska, Michael Lonsdale.

Tráiler

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         Tanto el título -de reminiscencias al código inmutable y al fatalismo del guerrero japonés- como la ambientación -París y la Costa Azul- parecen querer inscribir a Ronin en una nostalgia por el polar francés, esa apropiación del noir donde abundan sensaciones como el estoicismo del delincuente que no puede vencer a un destino que juega con las cartas marcadas, la asunción de su soledad marginal, la melancolía de su condición crepuscular… todas ellas agravadas por el estricto cumplimiento de un canon de conducta propio, imperturbable.

Precisamente, uno de los grandes temas de Ronin es la necesidad de este código moral, de esta fidelidad a unos ideales determinados dentro de un mundo política y moralmente enloquecido, donde el fin de la Guerra Fría no ha traído quietud a las tensiones internacionales, sino que ha dinamitado las certezas hasta entonces existentes, reflejadas en dos contrincantes antagónicos bien delimitados.

         El argumento del filme se asienta sobre el golpe criminal que ha de preparar y perpetrar un heterogéneo equipo de despojos errantes de este conflicto que, durante décadas, se libró en gran medida de forma subterránea. Ya se ha cegado la alcantarilla donde moraban y luchaban las ratas, ahora instaladas en la superficie, sin tener a qué asirse tras la caducidad de los conceptos antes defendidos sin cuartel, desconcertadas y desorientadas por su necesidad de asimilarse al individuo común.

John Frankenheimer, cineasta surgido de la comprometida Generación de la televisión y que venía de un periodo de franca decadencia artística, dibujaría a partir un guion prácticamente reescrito por David Mamet -que firmaría bajo el pseudónimo de Richard Weisz tras negarse la productora a otorgarle acreditación principal en el libreto- no un ‘heist film’ con tintes de cine de espías, sino el feroz combate de unos individuos abandonados contra un mundo hostil en el que ya nada es reconocible, en el que las fronteras -políticas, morales- se han diluido por completo.

         Este entorno gélido y nocturno le sirve a Frankenheimer para combinar el pulso cinético -la intriga en torno al golpe, el misterio tras el mcguffin del maletín, las espectaculares persecuciones de artesanal fisicidad…- con el dramático -la dinámica interna del grupo, las relaciones de confrontación y lealtad; los conflictos íntimos por la existencia, la duda o la renuncia a esos valores fundamentales y definitorios de uno mismo-. De esta manera, la trama -la consecución de la misión, la supervivencia entre la constante amenaza- adquiere lecturas existencialistas. La espera es también parte del ritmo narrativo, templado con sabiduría y contención.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Los duelistas

24 Oct

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Año: 1977.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Keith Carradine, Harvey Keitel, Diana Quick, Cristina Raines, Albert Finney, Edward Fox, Robert Stephens, Tom Conti, Alun Armstrong, John McEneryMaurice Colbourne, Meg Wynn Owen, Jenny Runacre.

Tráiler

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          Ridley Scott dio un salto desde los anuncios de la televisión a las galas de premios del festival de Cannes, donde recogería el galardón al mejor estreno en la dirección gracias a su primer largometraje.

Scott apuntó alto con Los duelistas -un libreto tomado de un relato de Joseph Conrad, un trabajo de fotografía que emula los celebrados logros del Barry Lyndon de Stanley Kubrick– y la jugada no le pudo salir mejor. El realizador británico emplea en ella toda su capacidad técnica, con el desparpajo inconsciente del debutante. El pictoricismo de las imágenes, por composición, textura e iluminación, bordea el esteticismo -hasta se hace énfasis en señalar los bodegones- para ambientar el duelo incesante entre dos antagonistas en sentido absoluto.

          Al contrario que Vida y muerte del coronel Blimp, donde The Archers mostraban con emocionante optimismo que el amor puede ser el nexo común entre extraños enfrentados a lo largo de los tiempos, Los duelistas avanza a través de los gobiernos de Napoleón Bonaparte y su conquista de Europa utilizando como leit motivo los repetidos lances a muerte entre dos hombres de temperamento opuesto, racional y honorable el uno, obsesivo y virulento el otro; ambos entrelazados en una lucha inagotable a partir de la cual bien se pueden trazar paralelismos con la belicosidad del periodo que habitan y, por extensión, con la inclinación del ser humano al cainismo. Y esa disimilitud en el retrato de los caracteres parece asimismo una sugerencia hacia la dualidad espiritual de la especie.

          En ocasiones todavía tosco en el uso de la elipsis y en determinados movimientos de cámara que no casan del todo bien con ese citado estilo preciosista del plano, inspirado por lienzos románticos de emociones y tonalidades desatadas, Scott logra construir con mayor acierto la tensión de la lid, el crescendo de miedo y adrenalina e incluso de euforia que experimentan los rivales, coreografiada desde unas elogiadas pretensiones historicistas. Sosteniendo con solvencia el pulso narrativo frente a las amenazas del esquema propuesto por la novela corta original, el director explora el absurdo del enfrentamiento no solo mediante la delirante repetición del duelo -que Conrad había extraído anécdota verdadera protagonizada por dos húsares napoleónicos-, sino también reduciendo la figura de sus eternos combatientes en sobrecogedores paisajes y en imponentes ruinas.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

La octava mujer de Barba Azul

18 Oct

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Año: 1938.

Director: Ernst Lubitsch.

Reparto: Gary Cooper, Claudette Colbert, Edward Everett Horton, David Niven.

Tráiler

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         Dormir solo con la chaqueta del pijama, prescindiendo de los pantalones, propició el comienzo de una de las más prestigiosas colaboraciones del séptimo arte. O al menos eso cuenta la leyenda.

El guionista Billy Wilder había estado dando vueltas acerca de cómo emplear esta costumbre suya como material cómico. Y fue durante el primer encuentro de producción con Ernst Lubitsch cuando encontró la oportunidad: sería el arranque perfecto para una de las comedias sofisticadas del berlinés, en las que un chico y una chica se enzarzan en una batalla romántica de la que tanto pueden salir escaldados como perdidamente enamorados. Así, según Wilder, el flechazo inicial debía surgir cuando él desatase una pequeña revolución al intentar comprar solo la parte superior de su pijama, solucionada luego por la intervención de ella, que únicamente necesita la parte inferior. Y así empieza La octava mujer de Barba Azul, la primera película de Lubitsh y Wilder, unión que volvería a formarse en Ninotchka.

Pero también -e incluso principalmente- es el debut como tándem de Wilder y Charles Brackett, compañero guionista con el que compartiría las más altas cimas de la comedia -y el drama-.

         En verdad, La octava mujer de Barba Azul parte de una exitosa obra de teatro francesa que ya había sido llevada al cine en 1923 con protagonismo de Gloria Swanson. Sin embargo, sus ambientes lujosos y sus idas y venidas se amoldan a la perfección a los cánones de la comedia del cineasta alemán, que pone en escena un libreto desbordante de réplicas rápidas y agudas, con una cota de ingenio muy alta -los diálogos están más cuidados, de hecho, que el retrato de los caracteres, que termina por ser un tanto caprichoso, especialmente en el caso de ella-. Una calidad a la par, claro, del talento de Lubitsch para expresar de un plumazo, con una imagen que también puede valer lo que mil palabras -y sin exhibicionismos autorales-

Chispea así el encontronazo entre un nuevo rico americano de la Bolsa (Gary Cooper) y una decadente y resabiada aristócrata francesa (Claudette Colbert), enzarzados en un duelo que es tanto amoroso como económico -y que siempre se mantiene en un nivel humorístico que no decae, con la dificultad que ello entraña-. La introducción del pijama, además de ser delirante, sentaba a la perfección la personalidad del personaje de Cooper, un hombre arrogante y decidido que, por medio del dinero, hace valer su determinación. Cualidades que en manos de Wilder y Brackett, intermediadas en pantalla por el encanto de Colbert, se subvierten por completo, tornadas en debilidad.

         De este modo, además de construir una screwball commedy ágil y vivaz que arremete frontalmente contra los roles de género, La octava mujer de Barba Azul lanza un vitriólico ataque contra los estamentos superiores de la sociedad, expuestos en sus suntuosos hoteles, playas y apartamentos de la Costa Azul como gente incapacitada para el trabajo o neurótica, totalmente alejada de la realidad. Otra subversión irreverente e inteligente.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Cold War

14 Oct

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Año: 2018.

Director: Pawel Pawlikowski.

Reparto: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Borys Szyc, Agata Kulesza, Cédric Kahn, Jeanne Balibar.

Tráiler

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          Antes de que entren al vetusto palacete donde tendrá lugar la audición, el comisario político encargado de organizar la selección de un cuerpo de cantantes y bailarines de música tradicional polaca proclama que el folk del país es la expresión, fundamentalmente, del sufrimiento y la humillación del pueblo polaco, que incluso entona entre lágrimas sus canciones alegres.

El folk puede entenderse como la manifestación inmaterial de un sentimiento o de una psicología colectiva, modelado y decantado a través de siglos de historia común. En el romance de Wiktor y Zula conviven, primero, esa sensación de derrota irreparable y, segundo, una noción de identidad nacional asociada. La resistente cultura que trata de resurgir con orgullo de entre las ruinas y las cenizas de la atrocidad; las alusiones a “nuestra” lengua y a los modelos raciales ideales; la nueva sumisión a un poder colonizador reflejada la mirada avergonzada de la responsable artística; la despersonalización en el exilio, el retorno en busca de una patria inexistente o simplemente imposible…

          Pawel Pawlikowski recupera la memoria de su familia e, inspirado en la relación de sus padres, entre otras fuentes, ofrece un retrato emocional del pasado reciente de su país. Pero a pesar de los violentos vaivenes de la relación, entreverados con el contexto político que los rodea y empuja, Cold War es un filme muy contenido, que no se deja llevar por la turbulencia del fondo -tanto o más si se tiene en cuenta este profundo componente personal del relato-, hasta el punto de que en ocasiones, por más que se siempre se agradezca la renuncia a efectismos sentimentaloides, parece quedarse un poco corto de intensidad, de que el ardor interior y exterior en el que bullen los personajes no termina de estallar y agitarle a uno.

          El cineasta compone con solvencia la personalidad de Wiktor y Zula, bien interpretados por Tomasz Kot y sobre todo por una carnal y poderosa Joanna Kulig. Y envuelve su intermitente idilio en una estilizada factura visual, donde la lírica belleza de las imágenes también coexiste con ese blanco y negro apagado de los fotogramas, de estricto formato estrecho, muchas veces descentrados, lavados por la gélida nieve, sumidos en la oscuridad de la noche, imbuidos de una atmósfera de soledad, de tristeza, siempre presente, incluso en sus instantes de luz. Como en las lágrimas que velan las melodías de amor de los campesinos polacos.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7,5.

Malditos bastardos

26 Sep

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Año: 2009.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Brad Pitt, Christoph Waltz, Mélanie Laurent, Diane Kruger, Michael Fassbender, Daniel Brühl, August Diehl, Sylvester Groth, Martin Wuttke, Eli Roth, Omar Doom, Til Schweiger, B.J. Novak, Gedeon Burkhard, Jacky Ido, Denis Menochet, Julie Dreyfus, Mike Myers, Léa Seydoux, Bo Svenson, Harvey Keitel, Samuel L. Jackson.

Tráiler

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         La Segunda Guerra Mundial también puede ser un espectáculo pop. Quentin Tarantino lo sabe, ya que lo heredó de los realizadores italianos, capaces de transformar cualquier cosa que les caiga entre manos en un divertimento majadero, a medio camino entre la imitación barata, el homenaje apropiacionista y la parodia chusca.

Pero Malditos bastardos también puede ir más allá y explorar la capacidad que el cine tiene de influir en la vida exterior e incluso de modificarla, para bien o para mal -el gran propagandista Joseph Goebbels, la alteración literal de la historia desde este aparato de entretenimiento; una confrontación que brinda abundante material de debate-. Algo de esta premisa también tendrá la siguiente Django desencadenado, donde un héroe procedente de la blackxploitation se infiltra en un spaghetti-western para vengarse de la historia de la esclavitud en los Estados Unidos. Porque, en el cine, el tiempo no es una barrera: Malditos bastardos es una obra ambientada en los años cuarenta que se rueda en la primera década de los dosmiles desde la nostalgia de los correosos años setenta. Y además, en el cine de Tarantino, hasta el crítico puede erigirse en protagonista épico.

         Embarcado en una farsa enloquecida donde la incursión en el Tercer Reich de un cochambroso y terrible batallón de judíos norteamericanos del teniente Aldo Raine confluye con la sangrienta vendetta de una judía francesa ultrajada por los nazis, Quentin Tarantino da rienda suelta a su cinefagia para revisar la Segunda Guerra Mundial desde una perspectiva que es tan aparatosa como desmitificadora. Todo arranque violento tiene su precio de patetismo, de grand gignol absurdo. Su cinismo no es demasiado distante del que puede encontrarse en El bueno, el feo y el malo, una ópera pícara ambientada en la Guerra de Secesión estadounidense. De hecho, el espectro de Sergio Leone sobrevuela en numerosas escenas. Probablemente incluso en la mejor de todas: esa introducción en la que surge un personaje con madera de icono, el melindroso cazador de judíos Hans Landa, y en la que, desde una apariencia entre trivial y hasta bucólica e irónica -pero con una sombra inquietante-, se dibuja un impresionante crescendo de tensión y agresividad.

         En Malditos bastardos está presente esa tendencia que a veces se le acusa a Tarantino de convertir sus filmes en una sucesión de set-pieces o de capítulos hilados a saltos, lo que, si bien deja algunas secuencias de poderosa dirección y absorbente diálogo -el dominio de los tempos internos posee instantes magistrales, como es el caso antes citado-, al mismo tiempo afecta al desarrollo y al equilibrio narrativo de ambos relatos complementarios y convergentes, en dirección de choque.

Aunque en ocasiones su referencialidad posmoderna y su propensión a lo grotesco también caigan en el exceso -además de lo irritante de alguna de sus bromas de colegueo, como la nefasta participación de Eli Roth en el elenco-, la película es, con todo, divertida en su salvajismo y su desparpajo.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7.

El planeta salvaje

5 Sep

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Año: 1973.

Director: René Laloux.

Reparto (V.O.): Jean Valmont, Eric Baugin, Jennifer Drake, Jean Topart, Yves Barsacq, Gérard Hernández.

Filme

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         Hay una subversión esencial que suele producirse en el cine de terror: el descabalgamiento del ser humano como especie dominante. El terror es un elemento consustancial a la vida. Es solo cuestión de perspectiva. Siempre hay un enemigo, un Otro. Incluso entre hermanos.

El planeta salvaje es una película de tiempos de los conflictos de descolonización y de la Guerra Fría; de concepción francesa pero producida en Checoslovaquia, tras el Telón de acero. Y, como toda obra de ciencia ficción, su argumento ejerce de espejo deformante en el que se refleja una realidad problemática. El filme, basado en la novela Oms en serie de Stefan Wul, narra los avatares de un joven que, en un planeta alienígena, se libra de sus dueños extraterrestres, los traags, que lo tenían de mascota, y las dificultades que atraviesa al integrarse en una comunidad de humanos silvestres, tratados como una plaga de alimañas.

         En síntesis, la premisa posee numerosos paralelismos, incluida la sugerencia posapocalíptica, con El planeta de los simios, un clásico que curiosamente también surge de inspiración gala. De este modo, en El planeta salvaje el punto de vista de ‘lo humano’ se puede trazar a través de dos perspectivas: el de la sociedad traag dominante y el de la sociedad humana sometida o perseguida.

A partir de este cambio de enfoque, de esta alternancia, y con unos personajes que se ajustan a una condición de representaciones simbólicas, la cinta abre un marco reflexivo acerca de la naturaleza humana y de la idea de civilización, especialmente en cuanto a los aspectos más sombríos de las mismas. Con todo, sus conclusiones no son absolutamente pesimistas y también se rescatan cualidades positivas, si bien sometidas a una noción final de eterno ciclo -a lo que contribuye sin duda la vigencia de su sentido crítico-.

         Pero quizás por encima de este contenido filosófico destaca el hipnotismo y el atractivo de la animación checa. Los fondos, elaborados como decorados rígidos, evocan una embriagadora atmósfera surrealista, próxima a Salvador Dalí, que se adereza con una banda sonora con fugas psicodélicas. Asimismo, las figuras están modeladas como si se tratasen de recortables de un juego infantil, lo que refuerza tanto la percepción minimizadora del hombre como, con su cierta ingenuidad, las desconcertantes sensaciones que provoca la estética. El dibujo, además, sirve para completar la construcción de las personalidades, puesto que el mayor detallismo de los rasgos de los humanos contrasta con la inexpresividad, y hasta el rictus soberbio remarcado por los contrapicados, que muestran los traags.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Adiós, muchachos

17 Ago

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Año: 1987.

Director: Louis Malle.

Reparto: Gaspard Manesse, Raphaël Fetjö, Francine Racette, Stanislas Carré de Malberg, Philippe Morier-Genoud, François Berléand, François Négret, Peter Fitz, Pascal Rivet, Bendit Henriet, Xavier Legrand, Irène Jacob.

Tráiler

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          Aunque la figura del niño sirve en muchas ocasiones para ofrecer un contrapunto de inocencia frente a las atrocidades del mundo adulto -en este caso la ocupación nazi de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, nada menos-, en Adios, muchachos Louis Malle utilizará el mundo de la infancia desde un punto de vista más cerca del paralelismo que de la oposición, al retratar la vida en un internado católico desde un naturalismo ajeno a idealizaciones y ternurismos de toda clase.

En cierta manera, las jerarquías y las relaciones entre los alumnos de Adiós, muchachos vienen a mimetizar las pulsiones de la sociedad que han dejado atrás, y a través de ellas -el clasismo, la crueldad, la amistad, la compasión…-, sumadas a las conversaciones que dejan caer con referencia a sus padres, se ofrece una muestra nada complaciente de la defección del país frente al invasor alemán y de las abundantes explicaciones de origen intestino para tal catastrófica caída, las cuales, por ejemplo, habían diseccionado ya en su día, con airado espíritu crítico, autores como Manuel Chaves Nogales en La agonía de Francia.

          Hay una razón detrás de esta crudeza que se entremezcla con la mirada por lo general fantasiosa y optimista de los chavales. Adiós, muchachos es una obra que Malle, en calidad de director y guionista, compone a partir de su memoria, de la pérdida de su propia inocencia que se trasluce en la atmósfera invernal y cenicienta de una película en la que el lirismo, de haberlo, es residual, asociado a la inconsciencia juvenil de los personajes -esta sí, cándida-.

Una perturbación existencial esta que, según sus propias palabras, fue la que probablemente le empujase a narrar historias por medio del cine, y para cuya recreación necesitó hacer acopio de toda una carrera tras las cámaras. Esta voluntad con rasgos de expiación, plasmada de forma casi obsesiva frente a los consejos contrarios de los productores, es un acto que el cineasta emprende casi en el ocaso de su trayectoria, después de un dilatado periodo en el extranjero, en Estados Unidos, con toda la carga de sacrificio de la propia personalidad que ese trasvase acostumbra a suponer.

          La cámara, siempre a la altura de los ojos del apenas adolescente Julien Quentin, captura por tanto un microcosmos que es tan expresivo en sus vivencias privadas como en su traslación de esa mencionada coyuntura exterior y colectiva. Malle, que busca la honestidad en la contención, vislumbra en los niños toda las virtudes y contradicciones extensibles a la humanidad, si bien tamizadas todavía por la inexperiencia, por su exploración a tientas de una realidad vital que no es como la que les transmite la literatura y la ficción, sino donde cuestiones abstractas como la valentía, la cobardía, la fidelidad o el egoísmo se encuentran enredadas en una maraña confusa y caótica, entreveradas con otras múltiples cualidades honrosas o mezquinas.

De ahí, de esa renuncia al sentimentalismo y al heroísmo redentor, mana la sincera emoción que desprende un filme que se aboca indefectiblemente a una escena final donde Malle vuelca, esta vez sin licencias creativas, el dolor de su recuerdo. De un recuerdo, además, que nos atañe a todos.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8.

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