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El oficial y el espía

8 Ene

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Año: 2019.

Director: Roman Polanski.

Reparto: Jean Dujardin, Louis Garrel, Emmanuelle Seigner, Grégory Gadebois, Hervé Pierre, Wladimir Yordanoff, Didier Sandre, Melvil Poupaud, Eric Ruf, Mathieu Amalric, Laurent Stocker, Vincent Pérez, Michel Vuillermoz, Vincent Grass, Denis Podalydès, Kevin Garnichat, Laurent Natrella, André Marcon.

Tráiler 

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         Quienes inculparon, procesaron y condenaron en falso por alta traición al capitán Alfred Dreyfuss proclamaban actuar en nombre del honor y la seguridad de la patria. No deja de ser curioso cómo, frecuentemente, esa concepción de la patria se alinea de forma milimétrica con los intereses particulares de aquellos que la mentan o, como mucho, con los de su clase social. Yo contra el otro. Y en El oficial y el espía, que recrea este traumático episodio histórico, el otro que contamina la pureza de la patria se presenta como el judío, el homosexual o el extranjero. O, a la postre, el disidente. “Vinieron por los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío…”

         El estreno de El oficial y el espía suscitó abundantes lecturas del caso Dreyfuss como una alegoría con la que Roman Polanski, proscrito de la justicia estadounidense por drogar y violar a una menor de edad, intenta exponer a espectador su propia situación. Es una interpretación poco estimulante, no completamente ajustada y que, en último término, se puede obviar sin problema en favor de ese reflejo de una sociedad heterófoba que, todavía en la actualidad, sigue aferrándose a una imposible y fantasiosa inmutabilidad solo para tratar de perpetuar los rancios privilegios de unas élites.

         El autor polaco, también firmante del guion adaptado, desarrolla con absoluta sobriedad y rigor la investigación del teniente coronel Georges Picquart -un igualmente mesurado Jean Dujardin-. Su profundización en las cloacas del Ejército francés se despliega mediante un tempo contenido, perfectamente templado, y análogo a la total ausencia de golpes de efecto.

La potencia de los hechos, la mezquindad que se esconde detrás de ellos, es suficiente incentivo. De hecho, el último tercio del metraje, que acumula un mayor número de sucesos para resolver tamaño nudo histórico, es quizás menos fascinante. Y esa tensísima calma permite dejar el poso de reflexión sobre la información que se recibe: la suciedad del poder y de quienes lo detentan a toda costa; el papel del individuo para oponerse a este sistema cerrado y excluyente; la capacidad del artista para denunciar la inmoralidad, el compromiso con la verdad frente al prejuicio impuesto, el oxímoron de la justicia militar, la desigualdad que se atenúa pero que nunca termina, los mencionados ecos que resuenan en un presente convulso…

         En la misma línea, la recreación de época es soberbia en su minuciosidad y le ayuda a Polanski a componer hermosos fotogramas pictóricos, pero siempre está en segundo plano, sometida a la narración, sin sobreponerse a ella ni ahogarla. Las imágenes son tan poderosas como el texto. La imponente apertura en el patio del palacio ya imprime esa rotundidad estética que está a la altura de la tragedia -privada, colectiva- que se aborda.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 9.

La verdad

1 Ene

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Año: 2019.

Director: Hirokazu Koreeda.

Reparto: Catherine Deneuve, Juliette Binoche, Clémentine Grenier, Ethan Hawke, Manon Clavel, Alain Libolt, Christian Crahay, Roger Van Hool, Ludivine Sagnier.

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         Todos necesitamos ciertas dotes de actuación para cumplir con las normas de convivencia que establece la sociedad. No es ser falso. En muchas ocasiones es ser simplemente educado. O, al menos, no parecer un completo imbécil o un pobre sociópata que mira todo desde una distancia belicosa. En el caso de Fabienne Dangeville, en la que un icono del cine francés como Catherine Deneuve encarna a un icono del cine francés a la altura de Catherine Deneuve, se trata de llevarse el trabajo a casa. Una interpretación de 24 horas; volcar toda experiencia hacia su aprovechamiento profesional.

En La verdad -título que lanza ya un dardo conceptual-, Fabienne ejerce como uno de esos centros gravitacionales alrededor del cual orbita el resto de personajes concitados en un filme de reuniones familiares, auténtico subgénero por derecho propio. La matriarca de la que nace el universo, la que engendra la vida pero transmite también los inevitables defectos de una deidad imperfecta.

         Esta es la médula de La verdad. Aunque, a partir de ella, Hirokazu Koreeda -que se arriesga a salir de Japon después de su Palma de oro con Un asunto de familiatalla abundantes facetas en las que se reflejan otros tantos matices. El careo repleto de deudas y cuentas pendientes entre madre e hija se entremezcla asimismo con una exploración de la memoria -y por lo tanto de la construcción de la identidad y del relato vital- como un elemento igualmente subjetivo o tramposo. Con las dudas e incertidumbres que paradójicamente trae consigo la etapa final de la experiencia debido a la consciencia de la decadencia propia. Con la soledad que acompaña a la fama y del aislamiento al que conducen las barreras de autoprotección. Con la fragilidad. De lo resbaladizos y tremendamente cuestionables que son términos como el éxito o el fracaso. Son temas en los que el autoengaño surge como factor capital.

         El nipón, que firma además el libreto, parece moverse con naturalidad en estos ambientes de burguesía gala, a priori ajenos culturalmente, y desarrolla con cuidado y atención a los protagonistas, los cuales encuentran un magnífico respaldo en un elenco muy bien dirigido. Koreeda no reconcentra el drama, rehusando a tornarlo opresivo a base de efectismos de tragedia psicológica mal digerida, y opta en cambio por contar la historia empleando un tono relativamente optimista, con espacio para un humor que también forma parte de los personajes y las situaciones, si bien siendo estrictamente fiel a sus personalidades. Con ello, apunta más hacia el perdón a través de la comprensión que a la reconciliación redentora.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 8.

Madre

12 Nov

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Año: 2019.

Director: Rodrigo Sorogoyen.

Reparto: Marta Nieto, Jules Porier, Alex Brendemühl, Frédéric Pierrot, Anne Consigny, Raúl Prieto, Blanca Apilánez, Álvaro Balas.

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         Madre arranca arrasando. Es espectacular el dominio de la tensión dramática que muestra a partir de una llamada de teléfono. Las interpretaciones de Marta Nieto y Blanca Apilánez son también fundamentales para contagiar definitivamente este crescendo de nerviosismo, de emociones que se desbocan dando lugar a un pánico perfectamente comprensible, perfectamente reconocible.

Este comienzo de unos 15 minutos de duración, que se desarrolla en un único plano secuencia y en un mismo escenario es, en realidad, el cortometraje con el que Rodrigo Sorogoyen conquistó un premio Goya en 2017 y una nominación al Óscar de la categoría al año siguiente. Y, después de volver a empujar al espectador contra la butaca, y de concederle un impás de plano fijo del mar para que vuelva a recomponerse, esta es la base que el director retoma junto a su guionista de confianza, Isabel Peña, para construir una prolongación de la historia, ambientada una década después de los hechos y en el lugar donde, precisamente, nace el trauma que ancla a la madre a un turbulento y lacerante estado sentimental que la conduce inevitable y desesperadamente a perseguir sombras.

         Pero el apéndice está comprometido desde la base. La credibilidad de las acciones de sus protagonistas -la mujer y el joven en quien cree ver a su hijo desaparecido- presenta serios problemas que, a medida que la trama se complica, terminan resultando insalvables. La consecuencia de ello es la anulación de la empatía que, en cambio, sí se conseguía en el prólogo con esas herramientas tan sencillas y esenciales. De igual manera, los elementos provocativos que intenta deslizar el relato se antojan caprichosos, efectistas y a la postre bochornosos, engarzados dentro de una intriga que abusa de la reiteración de determinadas situaciones y que, por tanto, no da sensación de verdadera consistencia.

         Es cierto que Sorogoyen sabe manejar el pulso de estas escenas de turbación soterrada, pero también deja alardes de autocomplacencia visual -planos de conversación desde la nuca, movimientos de cámara forzados…- de escaso contenido y de estética un tanto dudosa. El magnetismo de Nieto apenas logra sostener una arquitectura tan hinchada como inestable.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 3.

El asesino vive en el 21

8 Nov

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Año: 1942.

Director: Henri-Georges Clouzot.

Reparto: Pierre Fresnay, Suzy Delair, Jean Tissier, Pierre Larquey, Noël Roquevert, René Génin, Jean Despeaux, Marc Natol, Huguette Vivier, Odette Talazac, Maximilienne, Sylvette Saugé, Louis Florencie.

Tráiler

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          Curtido como guionista y como realizador de las versiones francesas de un par de películas alemanas, Henri-Georges Clouzot debutaba propiamente en la dirección de largometrajes con El asesino vive en el 21, donde lleva a la pantalla una novela del escritor e ilustrador belga Stanislas-André Steeman, quien, por su parte, se pondrá al frente de la adaptación del texto al libreto. Clouzot, de hecho, ya había trasladado un año antes al cine en El último de los seis, en calidad de guionista, otra aventura del inspector Wensceslas Voroboevitch, y regresará poco después a otro libro de Steeman con la colosal En legítima defensa.

          Muestra de las constantes de la filmografía del cineasta -cabe recordar su siguiente El cuervo-, los mimbres de estas obras son semejantes: arrojan una visión muy ácida de la sociedad que queda expuesta a través de un afilado detective encargado de investigar unos crímenes que revelan la naturaleza sórdida y mezquina de sus perpetradores, que no son monstruos extraordinarios, sino representantes comunes de un pueblo al que le encantan las historias morbosas y que valora como ninguna otra cosa la resonancia de un nombre, independientemente de la moral que represente. De una marca, como se insiste en estos tiempos de desaforado mercantilismo neoliberal.

En este caso, Monsieur Wens -de nuevo interpretado por Pierre Fresnay- es el último mono, como refleja hilarantemente la cadena de broncas que desciende vertiginosamente por los escalafones de mando; pero siempre va un paso por delante. Y eso que sufre detalles sorprendentemente desmitificadores, como que su novia le atosigue para extirparle las espinillas y los puntos negros.

          El retrato social, pues, es pesimista, aunque al mismo tiempo está aderezado con un cínico sentido del humor. Ni siquiera la diosa Fortuna se libra de la ironía. En este marco sarcástico se desarrolla una intriga en la que el inspector trata de averigüar quién es el asesino que se esconde tras las tarjetas de visita que regala a los cadáveres con los que siembra el Montmatre parisino. El relato detectivesco es lúdico, con una galeria de extravagantes sospechosos encerrados por momentos en una pequeña pensión, como si fuese el Cluedo.

El asesino vive en el 21 sigue por tanto las pautas tradicionales del whodounit, las cuales utiliza incluso para coquetear con elementos metalingüísticos -en una escena que, de nuevo, juega con la fascinación del ciudadano corriente por los misterios cruentos-. El relato evidencia algunos detalles de director primerizo -la sombra de un micrófono y su pértiga, como señal explícita-, si bien se sostiene con entereza y simpatía para dar las claves de lo que será una filmografía poblada de títulos verdaderamente reseñables.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6.7.

Nota del blog: 7.

La ciencia del sueño

11 Sep

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Año: 2006.

Director: Michel Gondry.

Reparto: Gael García Bernal, Charlotte Gainsbourg, Alain Chabat, Miou-Miou, Aurelia Petit, Sacha Bourdo, Pierre Vaneck, Emma de Caunes, Alain de Moyencourt.

Tráiler

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        Hay ocasiones en las que el cine, como cualquier otro arte, se convierte en una cuestión inevitablemente subjetiva, en una conexión personal encadenada a la sentimentalidad o las afecciones de quien lo contempla, de quien participa de la película, la cual a veces alcanza la categoría de experiencia paralela al universo real, consciente, empírico.

Quien aquí escribe llegó a enamorarse una vez a través de un sueño. Un romance irracional e imposible, construido solamente sobre las esencias evanescentes pero íntimamente perdurables de este mundo fascinante, que desafía los límites de la restrictiva vida cotidiana y del que apenas se puede explorar una mínima, vaporosa y misteriosa fracción, inaprensible aún por los métodos más avanzados de la tecnología humana. Era pues inevitable que una cinta como La ciencia del sueño me impactara profundamente. Las aventuras y desventuras de un chaval que habita los sueños con tanta intensidad como la vida consciente y a quien se le aparece en ellos el alma gemela, tan inalcanzable como esos sueños que se desvanecen si tratas de atraparlos.

        La ciencia del sueño recoge el arquetipo de niño-adulto del cine indie para trasladarlo a un escenario onírico que salvaguarda su sensibilidad extemporánea, incomprendida y traumatizada. Con todo y ello, este muñeco cándido pero imperfecto, vulnerable y con las costuras siempre a la vista, colisiona constantemente contra una realidad testarudamente prosaica y convencional, apegada con cinismo a los impulsos primarios -hacer dinero, tener sexo-.

Sin embargo, observado ya desde otra perspectiva, propia de una nueva etapa vital, el desdichado Stéphane aparece desde una mirada comprensiva pero que no evita que, en su irreparable inmadurez, prácticamente patológica, sea incapaz de materializar sus etéreos aunque radicales anhelos -la imaginación como motor de vida, el amor platónico como meta definitiva-. De hecho, la relación que establece con su vecina Stéphanie es dolorosamente desesperada, donde la desorientación bordea lo autodestructivo. Stéphane puede llegar a ser insoportable -e incluso perturbador y tóxico, cosa que no recordaba o que entonces no entendía así-; Sthépanie aguanta más de lo aceptable. El relato coquetea tanto con lo cursi como con lo obsesivo, en una extraña mezcolanza que cabalga así por la frontera en la que un sueño intenso deviene en asfixiante pesadilla.

        La ciencia del sueño es una historia de frustración eterna, de pérdida irremediable. La orfandad de Stéphane se hibrida con el deslumbramiento de su amor hacia Stéphanie, embarcado en un enredo donde los atisbos de comedia se van tornando progresivamente en melancolía, en amargura, en insondable desconsuelo. Podría interpretarse cierta lectura freudiana en ello. La cámara de Michel Gondry -que ya se había enfrentado a la hostilidad que el realismo reserva para los soñadores en ¡Olvídate de mí!se iguala a las tribulaciones de su protagonista. Aterriza nerviosa e inestable en su incierto piso parisino, en la áspera oficina adonde lo han tirado los rebotes de la vida. En cambio, se prenda de Charlotte Gainsbourg según aparece ante ella.

La elección de cásting es clave. Esa belleza amable, cercana y accesible, la mirada tierna de sus ojos achinados, el aire de soñadora distraída que se revuelve entre su melena despeinada, del vestuario cálido y suave que deja aparte sus formas para centrarse en su gestualidad dulce, benévola, cariñosa. La estrella que requería a gritos la televisión mental desde la que su vecino analiza el día a día, por desgracia con nula influencia sobre sus asuntos. El trágico conflicto entre lo soñado y lo real.

        La necesidad de -recibir, dar- amor de Stéphane deja tras de sí escenas incómodas que entran en contraste con el maravilloso diseño de producción de la obra. Sus decorados artesanales y decididamente naifs, al igual que sus entrañables efectos visuales con stop-motion, ofrecen un conmovedor canto a la creatividad y la fantasía, a una artesanía material, palpable, acogedora. Es, además, la cartografía íntima de los personajes y la manifestación épica de un imaginario incontenible pero cuya desaforada y honestísima expresividad no puede aplicarse en la realidad, pues en contacto con el aire verdadero se torna absurda y penosa. De ahí la imperiosa reivindicacion del sueño como parte primordial de la vida, como alternativa imprescindible para sostener la salud mental y emocional.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Los cuentos de Hoffmann

31 Jul

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Año: 1951.

Directores: Michael Powell, Emeric Pressburger.

Reparto: Robert Rounseville, Robert Helpmann, Moira Shearer, Leonid Massine, Pamela Brown, Ludmilla Tcherina, Anne Ayars, Frederick Ashton, Mogen Wieth.

Tráiler

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          El talento no entiende de géneros ni de filias a priori. Los cuentos de Hoffmann, un musical que traslada a la gran pantalla la ópera homónima de Jacques Offenbach, es una de las principales inspiraciones que deslumbraron a George A. Romero, padre de las películas de zombies tal y como se las entiende hoy en día, para sentir en su interior la vocación del cine. Además, la restauración de la cinta, que incorpora metraje perdido, corre a cargo de Martin Scorsese.

Lo cierto es que, en consonancia con la historia que refiere -la fabulosa recreación de las sobrenaturales desventuras amorosas del artista-, Los cuentos de Hoffmann posee cierta ascendencia en el terror, manifiesta visualmente en los colosales y retorcidos decorados propios del expresionismo alemán; en los trucajes y la exagerada caracterización de los personajes a juego; en el tétrico cromatismo de los palacios venecianos del segundo acto, en la isla que parece sacada de una pintura de Arnold Böcklin del tercero… Incluso el villano del prólogo y el epílogo, Lindorf, es un ser siniestro que se mueve arrastrando una especie de cola y que, en especial, es la única criatura rigurosa e inquietantemente silente de un auténtico ‘composed film’. Es decir, de una película guiada por la música, compuesta esta en primer lugar para subrayar su carácter predominante. Apegada a su raíz operística y alejada a la par de las convenciones narrativas más tradicionales del cine, Los cuentos de Hoffmann es una función exclusivamente cantada, con las evidentes dificultades dramáticas que ello conlleva.

          Michael Powell y Emeric Pressburger -que venían además de acusar el intervencionismo de los productores Alexander Korda, Samuel Goldwyn y David O. Selznick en sus estrenos precedentes- llevan por tanto hasta sus últimas consecuencias una querencia artística personal que era ya perfectamente palpable en su diseño de los números de ballet de Las zapatillas rojas. Los cuentos de Hoffmann aprovecha los recursos propios del cine -el montaje para alternar planos, el movimiento de estos y su distribución en escenas, la creatividad de la escenografía, los efectos especiales…- para llevar un paso más allá a la ópera. Aunque todavía acuse estatismo, tampoco es simple ópera filmada, de igual manera que el cine no ha de ser simple teatro filmado. Los fotogramas están henchidos de estética expresionista, pero al mismo tiempo de un intenso colorido cercano a los dibujos animados de Disney que refuerza la sensación de irrealidad que embriaga los relatos del atribulado y melancólico Hoffmann. Powell y Pressburger transmiten pasión, hirviente inventiva, todo el amor que se le niega al protagonista.

El citado Lidorf, además, hereda una característica presente en otras obras de The Archers, como es la encarnación de una constante en un único rostro. Si Deborah Kerr simbolizaba el amor y el entendimiento a través de los tiempos entre los hombres enfrentados de Vida y muerte del coronel Blimp, Robert Helpmann induce aquí un efecto contrario, el de la perdición de toda esperanza romántica, a lo largo de los diferentes escenarios que recorre el infortunado Hoffmann. Es la representación de una noción de destino irreparable, en definitiva.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

El muelle de las brumas

12 Jul

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Año: 1938.

Director: Marcel Carné.

Reparto: Jean Gabin, Michèle Morgan, Michel Simon, Pierre Brasseur, Édouard Delmont, Raymond Aimos, Robert Le Vigan, Jenny Burnay.

Tráiler

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         “La niebla está aquí dentro”, confiesa señalándose la frente un soldado, desertor de las escaramuzas coloniales en Indochina, cuando arriba a Le Havre, ciudad portuaria envuelta en una espesa bruma que parece desgajarla del espacio físico, trasladándola a una dimensión onírica, como de purgatorio. Entre la espesura emergen dos clases de personas: aquellas que ayudan inopinadamente a los extraños y aquellas que los conducen a la perdición y la muerte.

Obra clave del realismo poético francés, El muelle de las brumas es una película donde el lirismo es la emanación del pesimismo, parejo al estado emocional de un país que aventuraba la llegada de una nueva guerra sin cuartel, al mismo tiempo que se descomponía internamente. Es una emanación, pues, de la náusea existencial que carga sobre sus hombros un militar que parece buscar su propia desaparición, la anulación definitiva de su identidad, a la fuga de sí mismo. Una huida en la que colisiona de frente contra una huérfana que también tiene motivos para escapar, en su caso de las garras de un tutor que trata de depredarla lascivamente. A su alrededor, en los márgenes de la sociedad y de la vida, pululan retazos de la humanidad, que funcionan casi como una letanía absurda, repetida ad eternum. El imposible oasis tropical de una barraca desvencijada, el alcóholico que persigue cual Sísifo dormir entre sábanas blancas, el intento de gángster que oculta su fragilidad y autodesprecio con bravuconadas; el pintor que se asoma a la muerte a través de sus lienzos y de sus pulsiones sentimentales.

         Son elementos mediante cuya repetición se ahonda en la sensación de fatalismo que domina el relato, que aprisiona a los protagonistas en un destino acorde a la doliente atmósfera que todo lo somete. Detalles que, junto con los apuntes de trama criminal que confluyen en la historia, la acercan a la prefiguración del film noir.

Hay realismo en la ambientación urbana, pero este realismo está teñido, como decíamos, de una pátina de surrealismo, de inquietante extrañeza que revela que los personajes luchan contra fuerzas incógnitas que superan sus capacidades, por más duro que parezca Jean Gabin. Ahí anida el germen de la tragedia que los atenaza. Las apariencias son traicioneras, otro de los ramales del argumento. Los agentes del mal son tan penosos como los del bien.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

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