Tag Archives: Superhéroe

Watchmen

15 May

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Año: 2009.

Director: Zack Snyder.

Reparto: Patrick Wilson, Malin Akerman, Jackie Earle Haley, Billy Cudrup, Matthew Goode, Jeffrey Dean Morgan, Carla Gugino.

Tráiler

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           En cierta manera, tenía sentido considerar que el final de la década pasada era un periodo propicio para aventurarse en un proyecto cinematográfico basado en el colosal Watchmen de Alan Moore, calificado por algunos entendidos como el primer cómic de contenido intelectualmente adulto -habría que admitir y cuestionar, eso sí, la postura de superioridad moral que entraña dicha afirmación-. La reinvención del cine de superhéroes como mitología trágica y sustancial emprendida por Christopher Nolan con Batman Begins y en especial con la exitosa El caballero oscuro favorecía este adentramiento en un universo superheróico que comenzaba a superpoblarse a marchas forzadas y que insistía, mediante argumentos oscuros y tortuosos, en despojarse de su topiquísima etiqueta de pueril divertimento de marginales y solitarios.

Asimismo, el cómic también se había mostrado como un material enormemente atractivo y apto incluso para adaptaciones quasiliterales como la de Sin City (Ciudad del pecado) -por más que el creador de su original en papel, Frank Miller, se la pegara estrepitosamente apenas tres años después tratando de dirigir él mismo otro tebeo: The Spirit-. De hecho, es probable que la elección como director de Zack Snyder tenga relación con la popularidad del entintado sobre chroma que había empleado para llevar otra historia gráfica de Miller, 300, a la gran pantalla. Y, por otro lado, las aproximaciones al corpus de Moore –Desde el infierno, La liga de los hombres extraordinarios, V de Vendetta– igualmente habían copado protagonismo durante los años anteriores, si bien con saldo desigual.

           El tono de Watchmen es bastante menos grandilocuente que el taciturno Batman nolaniano, pero sus temas y subtextos aspiran igualmente a la complejidad y la enjundia. Su microcosmos alterna la sugerente fantasía ucrónica -unos perpetuos años ochenta bajo una semidictadura de Richard Nixon, con Vietnam como estado 51º de los Estados Unidos y al borde de convertir la Guerra Fría con la Unión Soviética en ardiente armagedón atómico- con una visión apesadumbrada y crepuscular del superhéroe, casi equivalente a lo que para la mitología de la mafia -otra familia capital del séptimo arte- había supuesto Tony Soprano sufriendo un ataque de ansiedad al contemplar la migración de los patos.

Ahora bien, antes de nada hay que entrar en aclaraciones: servidor es ajeno a la obra de Moore -que, siempre esquivo, calificaba de anticinematográfica la serie, aunque loó el guion de la presente como un tratamiento bastante aproximado a su creación-, Dave Gibbons y John Higgins. Mi posición es independiente del cómic, por lo que es susceptible de ser tachada como inválida para evaluar integralmente el filme. Hay quien, como el crítico Jordi Costa, señala que el salto al celuloide se lleva por delante ciertas sutilezas y juegos metalingüísticos inaprensibles para este nuevo soporte.

           El punto de partida de Watchmen es fascinante, y queda magníficamente consolidado por los títulos de crédito, donde el desencanto existencial de los personajes queda asimilado al desencanto colectivo de un país de sueños rotos o, peor, de sueños cumplidos de forma siniestramente literal. Los vigilantes, pues, son la esencia de la cosmogonía de los Estados Unidos. “Quis custodiet ipsos custodes?” se preguntaba Juvenal y se preguntan los habitantes de esta Nueva York siniestramente verosímil en su ambientación parafascista, conspiranoica y beligerante, ahogada en una lluvia apocalíptica.

A través de una trama de intriga, siempre con la amenaza presente -sea de la delincuencia generalizada, de la inestabilidad social, del complot contra los enmascarados o de la guerra nuclear-, las aceradas lecturas sociopolíticas se conjugan equilibradamente e incluso se incardinan con los apuntes acerca de la naturaleza humana que ofrece la exploración de unos personajes de cuidada tridimensionalidad, quienes pagan los reveses de su experiencia con desarraigo, soledad, cinismo, moralismo, maquiavelismo… La visión ‘divinizada’ de Doctor Manhattan y Ozymandias interesa en la misma medida que la visión terrenal de Búho Nocturno, fondón, miope e inmerso en un incómodamente apacible desencanto. Al fin y al cabo, se trata de nuevo de una madura destrucción de arquetipos, tanto históricos como de ficción.

           Es de suponer que la puesta en escena es hartamente deudora del papel. A la abundante referencialidad cultural del cómic, Snyder le suma una banda sonora trufada de canciones populares, empleadas en varias ocasiones con intenciones irónicas o contradictorias -el asesinato del Comediante, el Hallelujah de Leonard Cohen-, pero también algo sobadas. Afianzándose sobre la viñeta, con recursos que se aprecian influidos por la digitalización que ensayara Robert Rodriguez con Sin City, el realizador mantiene firme el ritmo narrativo, a pesar de ciertas caídas debidas a la notable extensión del metraje y a la barroca agitación de algunas secuencias marca de la casa. Según Costa, es una adaptación todo lo buena que podía ser.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

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Zebraman

10 Abr

“No soy fan de los superhéroes. Si un tío es invulnerable, ¿qué gracia tiene?”

Armie Hammer

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Zebraman

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Zebraman

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Año: 2004.

Director: Takashi Miike.

Reparto: Shô Aikawa, Kyôka Suzuki, Atsuro Watabe, Naoki Yasukôchi, Yoshimasha Mishima, Makiko Watanabe, Yui Ichikawa, Kôen Kondô, Ren Ôsugi.

Tráiler

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            Japón posee una de las ficciones más feraces y con mayor tradición en el universo de los superhéroes, históricamente muy ligado a la recuperación del orgullo nacional y militar destruido por la traumática derrota de la Segunda Guerra Mundial –la aparición del monstruo destructor- e incluso, paradójicamente, plasmada también desde la asunción de esos símbolos negativos para regenerarlos en su propio favor –el posterior carácter benefactor de Godzilla como ejemplo palmario-. Una tendencia que, de nuevo, será revertida en tiempos postmodernos más escépticos y desencantados –como en Big Man Japan, donde el presunto héroe salvador era en realidad la aberración destructiva, desnudado con el desmitificador realismo del (falso) documental-.

            Zebraman pertenece ya a este periodo donde la figura heroica se encuentra deformada por el desgaste y, por ende, puede ser atacada en sus flaquezas –los tópicos y las convenciones sobre los que asentaba su gloria pasada-, empleando la parodia a modo de palanca con la que agrandar las grietas de su infortunio presente. Las intenciones del filme, no obstante, no son tanto las de demoler esta estatua colosal como la de reciclar el arquetipo, en un proceso bastante semejante al que se ha producido en este Hollywood contemporáneo ahíto de superhéroes grandilocuentes y donde, desde los dioses de tragedia griega ofrecidos por Christopher Nolan, se ha dado el relevo al hombre común y desenfadado de los Iron Man, Guardianes de la Galaxia y, recientemente, todavía en un paso más allá, Deadpool.

El recorrido que traza Zebraman nace de las tokusatsu –películas o, en este caso, teleseries de fantasía, ciencia ficción, y acción que tienen en los efectos especiales su razón de ser, como podrían ser Ultraman, Bioman o los Power Rangers– para, mediante su caricaturización, regresar de nuevo a la calidez de su seno, nostálgica y realizadora frente a la frialdad y la hostilidad del mundo interior. Y es que el guion de la obra camina paralelo a los guiones sobre los que se construía la imaginaria Zebraman, serie de culto para el protagonista, al estilo del conocimiento del cine de terror que les servía a los personajes de Scream 2 para predecir los movimientos del villano a fuerza de clichés identificados por el fan, o de la traviesa alegoría acerca de la construcción y el disfrute de este mismo género en La cabaña del bosque.

            Dentro del alucinado, no demasiado coherente y a ratos un poco espeso argumento del filme –un pusilánime maestro de escuela que lucha contra una invasión alienígena en Yokohama travistiéndose con el traje del héroe televisivo de su infancia-, confluyen numerosos elementos clásicos –el desencanto de la vida adulta, el agresivo patetismo de la cotidianeidad; la familia encontrada, el descubrimiento del destino personal-. Mimbres dramáticos fundacionales –el disfraz como verdadera identidad, en resumen- que hallan un interesante punto de distinción gracias a su encauzamiento y desarrollo gracias a esta lectura metalingüística que, a la postre, se erige en una defensa de la necesidad existencial de ese estado de ilusión transitoria, pero absolutamente poderosa e incluso inspiradora, que es capaz de insuflar la ficción.

Un universo mágico que, de este modo, imprime su huella sobre la anodina realidad a través de la voluntad entusiasta del fan y donde, como insisten a decirle al héroe improvisado de la función, “todo es posible”.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

13 Ene

“Estoy absolutamente convencido de que la fama y el dinero son valores intrascendentes. Pasa que claro, nos los describen con un peso tan significativo que parecería imposible resistirse a valorarlos.”

Marcelo Bielsa

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Birdman

o (la inesperada virtud de la ignorancia)

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Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

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Año: 2014.

Director: Alejandro González Iñárritu.

Reparto: Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Naomi Watts, Andrea Riseborough, Zach Galifianakis, Amy Ryan, Lindsay Duncan.

Tráiler

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           Lo que más temía el alter ego de Robin Wright en la reciente El congreso es que, después de vender sus derechos de imagen a la industria, ésta fuera empleada para rodar porno o películas de ciencia ficción, por insustanciales y tópicas. A la espera del estreno en España de la vitriólica Maps to the Stars, Alejandro González Iñárritu escribe la penúltima indagación en la figura de la estrella de cine alienada. Y en esta ocasión, su derrota está propiciada paradójicamente por la popularidad que, precisamente, le había conferido un par de décadas atrás la superficial y automatizada ciencia ficción gracias a su papel del superhéroe Birdman.

Si otro alter ego actoral, ésta vez el de Joaquin Phoenix en I’m Still Here, optaba por alejarse de la falsa gloria de Hollywood y realizarse mediante una ficticia carrera en el hip-hop, el Riggan Thomson de Birdman (Michael Keaton) escoge adaptar a las prestigiosas tablas de Broadway la novela De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver, con el objetivo de ensayar una suicida segunda oportunidad tan pretenciosa como desorientada y, para su desgracia, siempre con idéntico patetismo al que impostaba Phoenix en su broma particular.

           Haciendo caso a las alborotadas declamaciones de Thomson a uno y otro lado del telón, sus ambiciones gravitan entorno a una redención artística que, en realidad, parece corresponderse con una redención afectiva, pues su profundo descalabro existencial comprende ambos campos –su hija desatendida y recién salida de rehabilitación, su divorcio e infidelidades recurrentes, la fragilidad de su nueva relación-.

Observando en cambio el claustrofóbico escenario por el que deambula Thomson en su progresiva descomposición, sus rotundas afirmaciones y sus continuas preguntas acerca de qué es el amor (y cómo o de quién conseguirlo) zozobran en un mar de torvas incertidumbres que ponen en duda la honestidad de su reencuentro consigo mismo y hasta su estabilidad mental presente y futura, embarcándole como capitán en un navío a la deriva en medio de la tormenta.

           Con una entonada puesta en escena, el realizador mexicano encierra al angustiado protagonista en un laberinto de pasillos tan vacíos como su propia vida y tan angostos como las supuestas vías de escape que persigue; en una sucesión de camerinos tan destartalados como su improbable renacimiento, todos ellos embadurnados por una música anárquica, casi inarmónica, y los sombríos fotogramas de Emmanuel Lubezki. Un espacio asfixiante y agonizante que, además, impulsa su entrada en barrena tras cruzarse y combatir en él a buena parte de los males de este (y otros) arte(s): Hollywood como gran burdel, la dicotomía entre popularidad y prestigio, la vacuidad y las servidumbres de la fama, la necesidad de reconocimiento como droga, el terror al fracaso, la soledad del ídolo y la fractura emocional con su entorno, las puñaladas y rivalidades entre bambalinas, la sociedad embrutecida por la viralidad y los 140 caracteres, la banalidad del mal de los críticos,….

Ante la desvencijada galería de personajes que pululan por el relato y empleado en funciones de doble portavoz la personalidad escindida de Riggan Thomson –ávido de afecto y consuelo artístico- y del fantasioso Birdman -al mismo tiempo conciencia, consejero y torturador del actor, manifestación de su materialismo más prosaico-, el filme, furibundo y radical, arremete por igual contra el cine basura de Hollywood y, en una especie de reivindicación que recuerda por momentos y a su manera al de Los viajes de Sullivan, contra el esnobismo cultural.

           Iñárritu -que como insinúan algunos de estos mimbres se encontraba a buen seguro dolorido por la (merecida) mala acogida de su anterior proyecto, Biutiful-, se alía en su arriesgada y cruel comedia negra con dos actores que comparten rasgos biográficos con sus criaturas: Keaton, el primer Batman de los noventa y ahora semidesaparecido; Norton, intérprete de métodos puntillosos. Ayudado también por ese equipo de guionistas que tanto echaba en falta Biutiful, el director azteca toma aire y recupera la cordura en su carrera, lo que le permite descerrajar una obra compensada en la combinación de un argumento contundente pero sin pegotes tremendistas y una exhibición de músculo en la narración visual.

Birdman se articula a través de dilatados planos secuencia, encadenados en una ilusión de continuidad que, aparte de ofrecer un alarde de técnica, contribuyen a escenificar con rotundidad el contexto emocional y profesional del decadente Thomson, así como sofocante ritmo al que se desarrolla su abalanzamiento hacia la salvación o la debacle definitivas. A que palpite su miedo y su desesperación. La talentosa inserción de las elipsis, ese trabajo de guion y la implicación del reparto favorecen que la forma no devore al fondo, que la película no pierda fuelle como entretenimiento y que la sátira no vaya dejándose demasiada energía por entre las dos horas de metraje.

 

Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7,5.

Guardianes de la galaxia

7 Ene

“¡Los vengadores son como los Beatles, pero los Guardianes son como los Rolling Stones!”

James Gunn

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Guardianes de la galaxia

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Guardianes de la galaxia.

Año: 2013.

Director: James Gunn.

Reparto: Chris Pratt, Zoe Saldana, Bradley Cooper, Dave Bautista, Vin Diesel, Lee Pace, Michael Rooker, Karen Gillan, Djimon Hounsou, John C. Reilly, Glenn Close, Benicio del Toro, Josh Brolin.

Tráiler

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           Es diametral la divergencia cinematográfica entre los superhéroes de DC ComicsBatman, Supermany la MarvelSpiderman, Los vengadores, Guardianes de la galaxia,…-, condenada a perpetuarse ad eternum por medio de prolongaciones correlativas ya anunciadas para los próximos cinco años. La primera, nocturna y torturada, de acuerdo con los preceptos del héroe trágico impuestos por la trilogía batmaniana de Christopher Nolan. La segunda, solar, desenfadada y autoconsciente, de acuerdo con la magnética personalidad asimilada por el Tony Stark de Iron Man y definitivamente canonizada por Joss Whedon en Los vengadores.

Aunque la ambiciosa primera variante ha arrojado resultados realmente estimables –la arrolladora El caballero oscuro como máximo exponente-, el triunfo popular parece inclinarse, posiblemente con razón, hacia esta segunda, responsable de productos de entretenimiento tan disfrutables como esa Los vengadores antes mencionada. Menos pretenciosa en lo dramático, igual de desopilante y excesiva en la recreación informática de su imaginario, más amigable para los profanos de la viñeta como un servidor.

           En la escena que abre Guardianes de la galaxia –justo después de la inevitable introducción donde aparece el tradicional trauma motivador del héroe-, Peter Quill, protagonista de la función, desfila por un abrumador escenario cósmico armado con un walkman ochentero y la melodía de Come and Get Your Love en sus auriculares. Improvisando en su festivo bailoteo, atrapa a una agresiva criatura extraterrestre para blandirla como micrófono mientras asesta rítmicos golpes de pelvis. De inmediato queda fijada la personalidad del personaje y, en paralelo, el tono del filme.

Nos encontramos en resumen ante un héroe intergaláctico canalla, vacileta y bailongo, interpretado además por un tipo relativamente común y simpaticote como Chris Pratt –dejando de lado su nueva y portentosa musculatura- y que, con su nostalgia de la música, la cultura y el lenguaje popular de los ochenta, persigue sin disimulo la complicidad de un espectador identificado con unos gustos probablemente similares a los suyos. Es decir, como si La guerra de las galaxias estuviera protagonizada no por Luke Skywalker, sino por un Han Solo que luce cintas de Los Bravos y Alaska y los Pegamoides en el radiocasete de su Halcón Milenario.

           Guardianes de la galaxia aspira a establecer un fino equilibrio entre los códigos del cómic –la cicatriz emocional sin cerrar, la conversión del renegado en héroe o cuanto menos antihéroe responsable, la amenaza planetaria, el sacrificio personal- y la conveniente desmitificación de estos tópico sobados –la autoparodia a golpe de torpeza y anacronismo, el homenaje cultural, el insólito guiño cinematográfico, los cameos sorprendentes, los codacitos para iniciados en el cómic-.

Así, entre otros numerosísimos gags organizados en una amplia escala que va desde la cachonda socarronería hasta el infantilismo total, Guardianes de la galaxia puede permitirse la inclusión de agradecidos chistes a costa del ‘heroico’ Kevin Bacon, Howard el Pato o la perrita Laika –aunque leo decepcionado que es un personaje de la serie: el perro soviético Cosmo-. Son estos los que, al final, sostienen el filme ejerciendo de contrapeso frente a una trama muy justa de imaginación –lástima que el discurso se alíe con la línea política oficial americana en vez de ser auténticamente subversiva como Iron Man 3 y su villano-.

Un libreto elemental que, además, queda expresado en pantalla por aplastamiento digital y no tanto por talento visual o por la coreografía de las correspondientes batallas épicas, culmen del abigarramiento de unos efectos especiales solo digeribles debido a su clásico y muy asequible sostén narrativo.

           La película se fundamenta en definitiva en el carisma de sus personajes. La falta de gravedad desactiva cualquier aspiración pretenciosa que, de existir, hubiera condenado sin remedio a la cinta, como tantas veces ha sucedido en un género por lo general cortado por patrones demasiado estrictos y repetitivos. De este modo, Guardianes de la galaxia sobrevive y divierte sin miramientos, si bien jugando con una caricatura gamberra que no sé hasta qué punto considerarán respetuosa y admisible los devotos de los tebeos originales.

 

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

Movie 43

26 Jul

“Los humoristas somos como los ginecólogos: trabajamos donde los demás se divierten.”

Moncho Borrajo

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Movie 43

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Movie 43

Año: 2013.

Director: James Gunn, Peter Farrelly, Will Graham, Griffin Dunne, Elizabeth Banks, Brett Ratner, Bob Odenkirk, Steven Brill, Steve Carr, Rusty Cundieff, James Duffy, Patrik Forsberg.

Reparto: Kate Winslet, Hugh Jackman, Naomi Watts, Liev Schreiber, Jeremy Allen White, Anna Faris, Chris Pratt, Kieran Culkin, Emma Stone, Richard Gere, Kate Bosworth, Justin Long, Jason Sudeikis, Uma Thurman, Kristen Bell, Christopher Mintz-Plasse, Chloë Grace Moretz, Gerald Butler, Seann William Scott, Johnny Knoxville, Halle Berry, Stephen Merchant, Terrence Howard, Elizabeth Banks, Josh Duhamel.

Tráiler 

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            Este hijo cultural de los noventa convivió durante sus momentos de adquisición del uso de razón (o pérdida, según se mire) con el auge de la comedia de los hermanos Farrelly, el paso adelante en el caca-culo-pedo-pis de la comedia gamberra norteamericana con respecto a su nacimiento en los últimos setenta y madurez en la década de los ochenta.

Quiero decir que, se quiera o no, del mismo modo que ese tío que abochorna al resto de parientes repitiendo los mismos chistes guarros en cada cena de Navidad y uno no sabe si adora o le repele, las ocurrencias escatológicas y la incorrección inmadura de los Farrelly forman parte de la familia. Un tío al que ya desde hace algún tiempo las generaciones recientes marginan e ignoran. Un anciano bufón gastado, olvidado y triste, sin el favor de la corte.

            No obstante, irreductible y guerrera, Movie 43 aún recoge la herencia de los Farrelly entremezclándola y adaptándola a sensibilidades y temáticas contemporáneas en mortal alianza con otros longevos supervivientes de la comedia estadounidense, caso del humor absurdo-costumbrista de los sketches del Saturday Night Live, y otros iconos actuales de dicho universo, tales como caras conocidas procedentes de la vulgar renovación de los legendarios ZAZ –toda esa serie de recientes tropelías paródicas acabadas en ‘Movie’- y algún que otro descendiente de la factoría Appatow.

            Es así una auténtica batalla de salvajadas y estrellas que recuerda a aquellas películas corales de la commedia alla Italiana o, con mayor precisión, al Made in USA de John Landis. El zapeo de aquella es aquí sustituido por la navegación en Internet con el fin dar cabida a una cabalgata de rostros cotizados y respetadísimos, embarcados todos ellos con absoluto desparpajo y asombrosa falta de pudor en una serie de pequeños cortometrajes que se ensamblan por medio de aplicar con brocha gorda una serie de clasiquísimos ganchos infalibles: sexo, vergüenzas fisiológicas y lenguaje sucio y explícito.

Caca-culo-pedo-pis.

Humor de vieja escuela, superado ampliamente, de inofensiva capacidad transgresora, por ello rancio y aburrido en muchos casos, pero descerrajado de nuevo sin complejos, a lo bruto, con entusiasmo juvenil y directo al grano. Como si fuese la primera vez.

             Movie 43 podría calificarse como una recopilación incesante de clímax provenientes de este tipo de filmes incontenidos y cerriles. Como sucede con toda obra coral, la irregularidad preside esta auténtica prueba de resistencia. El asunto es que la juerga comienza por todo lo alto, con el ínclito Peter Farrelly a los mandos del duelo entre tipos tan serios como Kate Winslet y Hugh Jackman -que no por groserísimo y repulsivo es menos descacharrante-, y con una hilarante visión de la educación en el hogar, tan racional y humana ella, firmada por Will Graham y protagonizada por Liev Schieber y Naomi Watts.

A partir de ahí, se suceden escenas menos ingeniosas, envejecidísimas, unas todavía simpáticas, algunas con un buen punch y otras intrascendentes, dispuestas a arrasar como Atila ‘supuestos’ tabúes contemporáneos como la coprofilia, la mujer convertida en objeto o la menstruación.

             Un desenfadado regreso al pasado, en definitiva, que con la debida condescendencia y la imprescindible afición al estilo, es aún capaz de arrancar un buen par de carcajadas. Y de desesperar por completo, en otros casos.

 

Nota IMDB: 4,4.

Nota FilmAffinity: 3,9.

Nota del blog: 6.

X-Men: Primera generación

3 Feb

“¿Por qué cientos de personas quieren ser Paris Hilton y nadie quiere ser Spiderman?”

Dave Lizewski (Kick-Ass: Listo para machacar)

 

 

X-Men: Primera generación

 

X-Men: Primera generación

Año: 2011.

Director: Matthew Vaughn.

Reparto: James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Rose Byrne, Nicholas Hoult, Zöe Kravitz, January Jones, Jason Flemyng, Kevin Bacon.

Tráiler

 

 

             Agotada la correspondiente trilogía de X-Men –las trilogías, esa inexplicable pasión popular del nuevo milenio… ¿será por su eufónica resonancia?-, una de las sagas de superhéroes más entretenidas y respetuosas con el espectador, corresponde ahora, spin-offs aparte, exprimir de nuevo la franquicia desde una nueva perspectiva: la precuela.

Probablemente en forma de trilogía, claro, aunque de momento solo hay anunciada una segunda parte.

             X-Men: Primera generación viaja a los orígenes del mito: la fundación de la patrulla mutante y de los desencadenantes dramáticos de sus principales personajes.

Teniendo en cuenta lo que había propuesto con los entrañables superhéroes de andar por casa de Kick-Ass: Listo para machacar, contar con el guion y la realización de Matthew Vaughn parecía una decisión consecuente con el posible tono de la obra, poblada de personajes adolescentes con poca conciencia aún de su verdadera naturaleza, confusos y dubitativos frente a lo que supone pasar de la marginalidad absoluta a asumir las pesadas cargas del héroe.

Sin embargo, Vaughn parece haberse adaptado mal al cambio que supone la superproducción, obligada a reventar la taquilla sin más miramientos. La presión, el miedo o la timidez hace que Vaughn no se decida a apostar por una visión más cómica y desenfadada –solo me saca media sonrisa un gag intrascendente y tampoco especialmente ingenioso sobre la CIA y las mujeres situado al final del metraje- capaz de aportar frescura al formato o, cuanto menos, un toque de distinción.

Una falta de valor que provoca que opte en cambio por la engañosa seguridad de pisar todo tipo de clichés y convenciones típicas de las películas de superhéroes, tanto en el rutinario tratamiento del espectáculo, como en la construcción y desarrollo de los personajes o en el guiño al formato comiquero dejando al paso alguna trillada y espantosa pantalla fraccionada.

             Esa tragedia del héroe que las tres películas precedentes habían sabido conjugar con el puro espectáculo palomitero sin grandilocuencia filosófica o especial calado intelectual pero sí con solvencia y refinamiento, queda ahora reducida a una retahíla de tópicos sobados sobre el complejo del doctor Jekill y Mister Hyde, la soledad y responsabilidad del héroe (que no es sino otra forma de monstruo) y la aceptación de uno mismo como individuo, expresados a través de unas cuantas frases tontorronas que tendrían como mejor destino el Tuenti de algún crío no mayor de 15 años y con dificultades para superar la ESO.

Tan solo su flagrante superficialidad salva de provocar mortal aburrimiento.

             Así pues, estamos ante una película epidérmica, convencional, ligera de ver y fácil de olvidar, entregada a un entramado de escenas de acción bañadas en efectos especiales con poco que destacar, no especialmente estimulantes, para nada sorprendentes y tampoco demasiado mal realizadas.

La presencia de un actor competente como Michael Fassbender o el placer que siempre supone ver en pantalla a la señora Draper –mencionaría también a Zoë Kravitz si no la hubieran sobremaquillado- no impiden que X-Men: Primera generación caiga en la más absoluta insipidez.

              Porque, más que mala, se trata de una cinta del todo insulsa. Que, por otra parte, es lo que suele pasar con la mayoría de películas de presentación de una serie de superhéroes.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 4.

El caballero oscuro: La leyenda renace

5 Dic

“- Homer, aquí hay un hombre que puede ayudarte.

– ¿Batman?

– No, es un científico.

– ¿Batman es científico?

– ¡Que no es Batman!”

Marge y Homer Simpson (Marge contra el monorraíl)

 

 

El caballero oscuro: La leyenda renace

 

El caballero oscuro, la leyenda renace

Año: 2011.

Director: Christopher Nolan.

Reparto: Christian Bale, Tom Hardy, Anne Hathaway, Marion Cotillard, Joseph Gordon-Levitt, Gary Oldman, Michael Caine, Morgan Freeman.

Tráiler

 

             Como si de un ciclo vital se tratase, tras el meritorio (re)nacimiento (Batman Begins) y la espléndida madurez (El caballero oscuro), el proyecto de renovación de la franquicia del hombre murciélago a cargo del británico Christopher Nolan entraba en su etapa crepuscular con El caballero oscuro: La leyenda renace.

             Recogiendo el testigo de la película inmediatamente interior, Batman aparece desterrado en las profundidades de su alter ego Bruce Wayne, lamiéndose aún las profundas heridas físicas y psicológicas de la guerra contra el Joker. Es el héroe cansado que ha de resurgir y enfrentarse a su desafío postrero y definitivo, al Mal más absoluto, Bane –el único personaje que conseguía vencer a Batman en el cómic, lo que contribuía a incrementar la expectación entre los fans-; un villano nacido y criado en el infierno, expulsado incluso de la temible secta la Liga de las Sombras que tantos quebraderos de cabeza había dado en Batman Begins.

             Nolan vuelve a reunir a su equipo técnico y actoral de confianza para desplegar una nueva demostración de musculatura, una vez superadas las dificultades para filmar la acción que había evidenciado en la primera entrega, donde lo más reseñable no se encontraba en las escenas espectaculares.

Sin embargo, El caballero oscuro: La leyenda renace no alcanza tampoco la compensada calidad de argumento y acción de El caballero oscuro. La glorificación del ritmo –nunca dejan de suceder cosas-, llega a atropellar en parte a una trama que sí presenta elementos sugestivos, fluida y con sentido; un hecho evidente sobre todo el ciertas elipsis que, de tan expeditivas, pueden resultar hasta ridículas, síntoma de esas megaestructuras que erige el realizador británico, en las que, en su excesiva y aparatosa elaboración, suelen dejar cierto aroma de artificiosidad.

             El asunto es que la historia que desarrolla el filme resulta bastante atractiva en muchos aspectos, con detalles que, de nuevo, aciertan en la tenebrosa y más adulta reinvención de la saga y revelan el contacto con la sensibilidad del momento que la ha caracterizado, en este caso con los oscuros tiempos de crisis económica, verdadero campo de cuestionamiento del Bien y el Mal a escala cotidiana. No estoy seguro, no obstante, de que el rechazo que cosechó en su momento en los sectores más liberales de Estados Unidos bajo la acusación de anticapitalista, tenga verdadera justificación.

Sí es cierto que deja simpáticos detalles críticos, como la falta de oportunidades laborales de Gotham, el patetismo de los corredores de bolsa y, sobre todo, por boca de Catwoman -sorprendente Anne Hathaway, a la que no tenía mucha fe ni en ella, ni en el personaje en sí, aunque también deja ciertos detalles tópicos y ñoños, afortunadamente con poco peso final, en sus ansias de dejar atrás su vida delictiva-, que no deja de ser una ladrona.

En cambio, ese malvado Bane (Tom Hardy, otro habitual de Nolan, casi recuperando su imagen hipertrofiada de Bronson y con un doblaje algo irritante), que no logra contagiar tanto carisma como el impagable Joker de Heath Ledger, parece sacado de una paranoia de tiempos del red scare y la Guerra Fría. Su jaque a Gotham/Nueva York –como siempre, traslación íntegra del mundo- se alza disfrazada de revolución de clases –evidente en su asalto a la Bolsa, por ejemplo, ejecutada por secuaces disfrazados de proletarios: limpabotas, repartidores de comida rápida y señores de la limpieza-, cimentada sobre el terrorismo nuclear y que, en definitiva, supone un nuevo estado de anarquía que ha de ser reparado por el esforzado Batman, auténtico guardián del orden establecido.

             En cualquier caso, todo ello no deja de ser la excusa –hay que agradecer que al menos esté trabajada, una rareza en el blockbuster que corre- para desarrollar un espectáculo de gran potencia visual, menos avasallador e impactante que El caballero oscuro, mejor rodado que Batman Begins pero no tan interesante en el análisis del circunspecto y atormentado superhéroe y, de nuevo, bastante entretenido.

 

Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

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