Tag Archives: Superhéroe

Logan

4 Jun

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Año: 2017.

Director: James Mangold.

Reparto: Hugh Jackman, Dafne Keen, Patrick Stewart, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Elizabeth Rodriguez, Richard E. Grant, Eric La Salle.

Tráiler

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         Hay una constante aparición de tebeos de los X-Men en Logan. El superhéroe revisa el relato de sus hazañas, deformadas por puntos de vista ajenos y maravillados por su poder sobrenatural. Su testimonio de primera mano puntualiza las diferencias entre la leyenda y la ‘realidad’ de los hechos, la cual posee rugosidades, dobleces y amarguras de imposible cabida en la epopeya heroica.

En Logan, después de que una pandilla de cholos casi lo aniquilen en un aparcamiento a causa de unas yantas cromadas, Lobezno, el mutante indestructible, colérico y cínico, combate contra la presbicia, las infecciones de pus y un asesino implacable que parece una formación cancerígena que lo carcome por dentro, brotando de su mismo interior que lo hacía aparentemente inmortal. El profesor Xavier, dueño del cerebro más prodigioso del orbe, chochea y lo deben meter a pulso en el baño para que mee. El crepúsculo de los héroes es tan degradante como el de cualquier hijo de vecino.

Sin embargo, desde este planteamiento antiépico, Logan termina desarrollando un western elegíaco de superhéroes en peligro de extinción individual y colectiva, en el que enarbola como referencia directa Raíces profundas. Porque si Logan mira los cómics desde el exterior, a Raíces profundas sí que la asume y corporeiza no solo a través de las imágenes y el argumento, sino mediante la reproducción literal de sus diálogos. En efecto, Logan reproduce el tópico de la confrontación entre el antihéroe desencantado y atormentado frente un símbolo potencial de inocencia y redención. Pero, para realojar en su seno la inocencia perdida, el antihéroe debe abrir la espesa coraza de cinismo que lo protege del enemigo.

         No obstante, a pesar de esta alusión evidente, el recorrido de Logan se asemeja incluso en mayor medida al de otro western mayúsculo, esta vez firmado por Clint Eastwood, cineasta que precisamente se había apropiado de los cimientos de Raíces profundas para dotarlos de una pátina más cruda y desolada en El jinete pálido. Logan, decíamos, sigue un trayecto muy similar a Sin perdón, obra agónica que se detenía asimismo en la discusión entre el Oeste novelado y el Oeste auténtico, debatida entre los propios protagonistas de los hechos y el cronista que los reconstruye desde su perspectiva fantasiosa. Y también Lobezno, al igual que el otrora sanguinario William Munny, debe recurrir aquí a un brebaje para recuperar su ira enterrada bajo capas de remordimientos.

         Aunque contiene algún punto de guion más dudoso -la pernocta en la granja alentada por Xavier, principalmente- y a que por momentos esta comunión entre antihéroe, infancia y distopía parece llevar la cinta hasta Mad Max 3, más allá de la cúpula del trueno, Logan realiza un buen trabajo en la composición de la atmósfera terminal y de perpetua frontera que habitan los personajes, sus relaciones desnudadas por la vida y las pulsiones de muerte que dominan la psicología del protagonista, así como la interacción con un universo cruel y desprotegido. De este modo, la falta de concesiones no se limitan a lo gráfico de la violencia; abarcan igualmente a la observación de su naturaleza ambigua -la niña que degolla sin parpadear, las ejecuciones a sangre fría del bueno de la película, la reacción última del granjero-.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

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Deadpool 2

21 May

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Año: 2018.

Director: David Leitch.

Reparto: Ryan Reynolds, Josh Brolin, Zazie Beetz, Julian Dennison, Morena Baccarin, Stefan Kapicic, Brianna Hildebrand, Shioli Kutsuna, Eddie Marsan, Karan Soni, T.J. Miller, Leslie Uggams, Rob Delaney, Terry Crews, Bill Skarsgård, Lewis Tan, Jack Kesy, Brad Pitt, Matt Damon, Alan Tudyk.

Tráiler

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         Por lo general, la potencia de un chiste no está tanto en su contenido como en quién lo cuenta y en cómo lo cuenta. 

No lo vamos a negar, Deadpool 2 es un chiste repetido. Es cierto que incorpora renovados hallazgos -Peter-, pero al mismo tiempo repesca incluso unos cuantos gags calcados de la película inaugural que ejercen ya a modo de coñas internas, de compadreo entre personaje y espectador, unidos en un diálogo constante que, desde una autoconsciencia total y orgullosamente sarcástica, no respeta la barrera de la pantalla ni la narración en sí. Sin embargo, a quien cuenta los chistes se le da tan bien hacerlo que casi no importa. Porque sigue siendo importante saber reírse de uno mismo.

         Obviamente, la sorpresa estaba prácticamente agotada desde aquella primera parte, que, con todo, lograba sortear el desgaste mediante un hábil montaje del relato. Aquí, dado que es nula de inicio, puede concentrarse en explotar la idiosincrasia del personaje, irreverente hasta la parodia contra todo, con el mayor salvajismo posible, sin ahorrar escatología, sexualidad o slapstick sangriento. Aunque los mejores golpes siempre van destinados contra el resto de superheroes, contra Hollywood en sentido extenso -ojo a los cameos- y, por supuesto, contra el propio producto.

         Sigue funcionando, por tanto, la vis cómica del mercenario más macarra del universo de los X-Men. Deadpool sabe como mantener alta una fiesta. Su desfachatez permanece fresca gracias a la amplia y equilibrada combinación de impulsos humorísticos de diversa procedencia, paradójicamente, la suficiente suspensión de la incredulidad para seguir sus aventuras, si bien el hecho de que se trate de una prolongación implique necesariamente su progresiva conversión en fórmula. La dirección de David Leitch -uno de los dos coordinadores de especialistas que cosechó prestigio como renovadores del género de acción con John Wick (Otro día para matar)aporta también trabajadas coreografías en las secuencias más espectaculares. Además, los productores saben como dejar buen sabor de boca rematando la función con escenas poscréditos especialmente jugosas y delirantes, esencia concentrada de un antihéroe que confirma ser de lo más carismático.

Otra cosa es que aguante estirar el chicle una vez más -o las que vengan, pues su ironía al respecto de las sagas superheroicas interminables es bastante cínica-.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

Deadpool

18 May

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Año: 2016.

Director: Tim Miller.

Reparto: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, Ed Skrein, T.J. Miller, Stefan Kapicic, Brianna Hildebrand, Gina Carano, Leslie Uggams, Jed Rees, Karan Soni, Stan Lee.

Tráiler

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         Qué importante es que un superhéroe se deje sodomizar con un strap-on por su pareja, con toda naturalidad. La escena podría estar sacada de Agárralo como puedas, pero pertenece a Deadpool, una cinta en cierta manera revolucionaria dentro del género superheroico por su absoluta desfachatez para sumergir un proyecto de blockbuster rompetaquillas en una calificación para adultos a priori completamente nociva de cara a estas pretensiones. La estrategia anticonservadora, basada en dar rienda suelta a la violencia explícita y a las alusiones sexuales directas -y con ello al humor negro y al humor escatológico- le sienta estupendamente desde el punto de vista cinematográfico y, a su vez, esta frescura y atrevimiento terminará revirtiendo en su cosecha de beneficios, ayudado también por hábiles campañas publicitarias que explotan su potencial para el meme.

         Deadpool lleva un paso más allá el irónico gamberrismo del que hacían gala superhéroes como Iron Man o Peter Quill y por extensión a los trajes relaxed-fit de la casa Marvel para adentrarse en un terreno que, en muchas ocasiones, es abiertamente paródico, orgullosamente inmaduro allí donde otros buscan una pretendida e impostada madurez. No solo es que desmonte desde la comicidad los tradicionales puntos climáticos del género -el melodrama personal, el duelo frente al mal, el romance-, sino que recurre a estos desde una intención que es humorística de raíz. La lucha de Deadpool es por las risas.

El filme ataca al arquetipo desde principios presentes incluso en clásicos literarios -lidiar con problemas cotidianos que son obviados o elididos en la narración convencional, como los desplazamientos hasta los escenarios, que aquí se realizan en taxi-; la hipérbole definitiva de tópicos aceptados que fuerzan la credibilidad -por momentos uno parece estar viendo La máscara y no le extrañaría que bajo el traje rojo del protagonista estuviera Jim Carrey-, la contradicción estilística -el empleo sarcástico del lenguaje visual, la elección de la banda sonora-, el compadreo con el espectador a partir de una adoración común de la cultura popular -hay guiños, referencias y diálogos metatextuales que podrían venir firmados por Quentin Tarantino-, o, en definitiva, la autoconsciencia irreverente -que abarca desde el microcosmos del cine de superhéroes hasta el universo del séptimo arte en general, pasando con ahínco sobre el propio Ryan Reynolds y su relación particular con ambos, así como por la ruptura desinhibida de la cuarta pared-. Qué bueno es saber reírse de uno mismo.

         El recorrido de la sorpresa es limitado, por supuesto, pero Deadpool también demuestra inteligencia narrativa para alargar su aguante, como por ejemplo en el montaje paralelo de la presentación del personaje y su contexto -una espesa tarea que a veces hunde sagas desde su capítulo inicial- con la misión y las secuencias de acción pura de un antihéroe que, además, en un detalle puntual de profundidad crítica, no cree en los héroes porque él, antiguo soldado de las fuerzas especiales, proviene de donde presuntamente se forjan estos en la vida real y conoce la mentira de primera mano.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Watchmen

15 May

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Año: 2009.

Director: Zack Snyder.

Reparto: Patrick Wilson, Malin Akerman, Jackie Earle Haley, Billy Cudrup, Matthew Goode, Jeffrey Dean Morgan, Carla Gugino.

Tráiler

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           En cierta manera, tenía sentido considerar que el final de la década pasada era un periodo propicio para aventurarse en un proyecto cinematográfico basado en el colosal Watchmen de Alan Moore, calificado por algunos entendidos como el primer cómic de contenido intelectualmente adulto -habría que admitir y cuestionar, eso sí, la postura de superioridad moral que entraña dicha afirmación-. La reinvención del cine de superhéroes como mitología trágica y sustancial emprendida por Christopher Nolan con Batman Begins y en especial con la exitosa El caballero oscuro favorecía este adentramiento en un universo superheróico que comenzaba a superpoblarse a marchas forzadas y que insistía, mediante argumentos oscuros y tortuosos, en despojarse de su topiquísima etiqueta de pueril divertimento de marginales y solitarios.

Asimismo, el cómic también se había mostrado como un material enormemente atractivo y apto incluso para adaptaciones quasiliterales como la de Sin City (Ciudad del pecado) -por más que el creador de su original en papel, Frank Miller, se la pegara estrepitosamente apenas tres años después tratando de dirigir él mismo otro tebeo: The Spirit-. De hecho, es probable que la elección como director de Zack Snyder tenga relación con la popularidad del entintado sobre chroma que había empleado para llevar otra historia gráfica de Miller, 300, a la gran pantalla. Y, por otro lado, las aproximaciones al corpus de Moore –Desde el infierno, La liga de los hombres extraordinarios, V de Vendetta– igualmente habían copado protagonismo durante los años anteriores, si bien con saldo desigual.

           El tono de Watchmen es bastante menos grandilocuente que el taciturno Batman nolaniano, pero sus temas y subtextos aspiran igualmente a la complejidad y la enjundia. Su microcosmos alterna la sugerente fantasía ucrónica -unos perpetuos años ochenta bajo una semidictadura de Richard Nixon, con Vietnam como estado 51º de los Estados Unidos y al borde de convertir la Guerra Fría con la Unión Soviética en ardiente armagedón atómico- con una visión apesadumbrada y crepuscular del superhéroe, casi equivalente a lo que para la mitología de la mafia -otra familia capital del séptimo arte- había supuesto Tony Soprano sufriendo un ataque de ansiedad al contemplar la migración de los patos.

Ahora bien, antes de nada hay que entrar en aclaraciones: servidor es ajeno a la obra de Moore -que, siempre esquivo, calificaba de anticinematográfica la serie, aunque loó el guion de la presente como un tratamiento bastante aproximado a su creación-, Dave Gibbons y John Higgins. Mi posición es independiente del cómic, por lo que es susceptible de ser tachada como inválida para evaluar integralmente el filme. Hay quien, como el crítico Jordi Costa, señala que el salto al celuloide se lleva por delante ciertas sutilezas y juegos metalingüísticos inaprensibles para este nuevo soporte.

           El punto de partida de Watchmen es fascinante, y queda magníficamente consolidado por los títulos de crédito, donde el desencanto existencial de los personajes queda asimilado al desencanto colectivo de un país de sueños rotos o, peor, de sueños cumplidos de forma siniestramente literal. Los vigilantes, pues, son la esencia de la cosmogonía de los Estados Unidos. “Quis custodiet ipsos custodes?” se preguntaba Juvenal y se preguntan los habitantes de esta Nueva York siniestramente verosímil en su ambientación parafascista, conspiranoica y beligerante, ahogada en una lluvia apocalíptica.

A través de una trama de intriga, siempre con la amenaza presente -sea de la delincuencia generalizada, de la inestabilidad social, del complot contra los enmascarados o de la guerra nuclear-, las aceradas lecturas sociopolíticas se conjugan equilibradamente e incluso se incardinan con los apuntes acerca de la naturaleza humana que ofrece la exploración de unos personajes de cuidada tridimensionalidad, quienes pagan los reveses de su experiencia con desarraigo, soledad, cinismo, moralismo, maquiavelismo… La visión ‘divinizada’ de Doctor Manhattan y Ozymandias interesa en la misma medida que la visión terrenal de Búho Nocturno, fondón, miope e inmerso en un incómodamente apacible desencanto. Al fin y al cabo, se trata de nuevo de una madura destrucción de arquetipos, tanto históricos como de ficción.

           Es de suponer que la puesta en escena es hartamente deudora del papel. A la abundante referencialidad cultural del cómic, Snyder le suma una banda sonora trufada de canciones populares, empleadas en varias ocasiones con intenciones irónicas o contradictorias -el asesinato del Comediante, el Hallelujah de Leonard Cohen-, pero también algo sobadas. Afianzándose sobre la viñeta, con recursos que se aprecian influidos por la digitalización que ensayara Robert Rodriguez con Sin City, el realizador mantiene firme el ritmo narrativo, a pesar de ciertas caídas debidas a la notable extensión del metraje y a la barroca agitación de algunas secuencias marca de la casa. Según Costa, es una adaptación todo lo buena que podía ser.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

Zebraman

10 Abr

“No soy fan de los superhéroes. Si un tío es invulnerable, ¿qué gracia tiene?”

Armie Hammer

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Zebraman

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Zebraman

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Año: 2004.

Director: Takashi Miike.

Reparto: Shô Aikawa, Kyôka Suzuki, Atsuro Watabe, Naoki Yasukôchi, Yoshimasha Mishima, Makiko Watanabe, Yui Ichikawa, Kôen Kondô, Ren Ôsugi.

Tráiler

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            Japón posee una de las ficciones más feraces y con mayor tradición en el universo de los superhéroes, históricamente muy ligado a la recuperación del orgullo nacional y militar destruido por la traumática derrota de la Segunda Guerra Mundial –la aparición del monstruo destructor- e incluso, paradójicamente, plasmada también desde la asunción de esos símbolos negativos para regenerarlos en su propio favor –el posterior carácter benefactor de Godzilla como ejemplo palmario-. Una tendencia que, de nuevo, será revertida en tiempos postmodernos más escépticos y desencantados –como en Big Man Japan, donde el presunto héroe salvador era en realidad la aberración destructiva, desnudado con el desmitificador realismo del (falso) documental-.

            Zebraman pertenece ya a este periodo donde la figura heroica se encuentra deformada por el desgaste y, por ende, puede ser atacada en sus flaquezas –los tópicos y las convenciones sobre los que asentaba su gloria pasada-, empleando la parodia a modo de palanca con la que agrandar las grietas de su infortunio presente. Las intenciones del filme, no obstante, no son tanto las de demoler esta estatua colosal como la de reciclar el arquetipo, en un proceso bastante semejante al que se ha producido en este Hollywood contemporáneo ahíto de superhéroes grandilocuentes y donde, desde los dioses de tragedia griega ofrecidos por Christopher Nolan, se ha dado el relevo al hombre común y desenfadado de los Iron Man, Guardianes de la Galaxia y, recientemente, todavía en un paso más allá, Deadpool.

El recorrido que traza Zebraman nace de las tokusatsu –películas o, en este caso, teleseries de fantasía, ciencia ficción, y acción que tienen en los efectos especiales su razón de ser, como podrían ser Ultraman, Bioman o los Power Rangers– para, mediante su caricaturización, regresar de nuevo a la calidez de su seno, nostálgica y realizadora frente a la frialdad y la hostilidad del mundo interior. Y es que el guion de la obra camina paralelo a los guiones sobre los que se construía la imaginaria Zebraman, serie de culto para el protagonista, al estilo del conocimiento del cine de terror que les servía a los personajes de Scream 2 para predecir los movimientos del villano a fuerza de clichés identificados por el fan, o de la traviesa alegoría acerca de la construcción y el disfrute de este mismo género en La cabaña del bosque.

            Dentro del alucinado, no demasiado coherente y a ratos un poco espeso argumento del filme –un pusilánime maestro de escuela que lucha contra una invasión alienígena en Yokohama travistiéndose con el traje del héroe televisivo de su infancia-, confluyen numerosos elementos clásicos –el desencanto de la vida adulta, el agresivo patetismo de la cotidianeidad; la familia encontrada, el descubrimiento del destino personal-. Mimbres dramáticos fundacionales –el disfraz como verdadera identidad, en resumen- que hallan un interesante punto de distinción gracias a su encauzamiento y desarrollo gracias a esta lectura metalingüística que, a la postre, se erige en una defensa de la necesidad existencial de ese estado de ilusión transitoria, pero absolutamente poderosa e incluso inspiradora, que es capaz de insuflar la ficción.

Un universo mágico que, de este modo, imprime su huella sobre la anodina realidad a través de la voluntad entusiasta del fan y donde, como insisten a decirle al héroe improvisado de la función, “todo es posible”.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

13 Ene

“Estoy absolutamente convencido de que la fama y el dinero son valores intrascendentes. Pasa que claro, nos los describen con un peso tan significativo que parecería imposible resistirse a valorarlos.”

Marcelo Bielsa

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Birdman

o (la inesperada virtud de la ignorancia)

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Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

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Año: 2014.

Director: Alejandro González Iñárritu.

Reparto: Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Naomi Watts, Andrea Riseborough, Zach Galifianakis, Amy Ryan, Lindsay Duncan.

Tráiler

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           Lo que más temía el alter ego de Robin Wright en la reciente El congreso es que, después de vender sus derechos de imagen a la industria, ésta fuera empleada para rodar porno o películas de ciencia ficción, por insustanciales y tópicas. A la espera del estreno en España de la vitriólica Maps to the Stars, Alejandro González Iñárritu escribe la penúltima indagación en la figura de la estrella de cine alienada. Y en esta ocasión, su derrota está propiciada paradójicamente por la popularidad que, precisamente, le había conferido un par de décadas atrás la superficial y automatizada ciencia ficción gracias a su papel del superhéroe Birdman.

Si otro alter ego actoral, ésta vez el de Joaquin Phoenix en I’m Still Here, optaba por alejarse de la falsa gloria de Hollywood y realizarse mediante una ficticia carrera en el hip-hop, el Riggan Thomson de Birdman (Michael Keaton) escoge adaptar a las prestigiosas tablas de Broadway la novela De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver, con el objetivo de ensayar una suicida segunda oportunidad tan pretenciosa como desorientada y, para su desgracia, siempre con idéntico patetismo al que impostaba Phoenix en su broma particular.

           Haciendo caso a las alborotadas declamaciones de Thomson a uno y otro lado del telón, sus ambiciones gravitan entorno a una redención artística que, en realidad, parece corresponderse con una redención afectiva, pues su profundo descalabro existencial comprende ambos campos –su hija desatendida y recién salida de rehabilitación, su divorcio e infidelidades recurrentes, la fragilidad de su nueva relación-.

Observando en cambio el claustrofóbico escenario por el que deambula Thomson en su progresiva descomposición, sus rotundas afirmaciones y sus continuas preguntas acerca de qué es el amor (y cómo o de quién conseguirlo) zozobran en un mar de torvas incertidumbres que ponen en duda la honestidad de su reencuentro consigo mismo y hasta su estabilidad mental presente y futura, embarcándole como capitán en un navío a la deriva en medio de la tormenta.

           Con una entonada puesta en escena, el realizador mexicano encierra al angustiado protagonista en un laberinto de pasillos tan vacíos como su propia vida y tan angostos como las supuestas vías de escape que persigue; en una sucesión de camerinos tan destartalados como su improbable renacimiento, todos ellos embadurnados por una música anárquica, casi inarmónica, y los sombríos fotogramas de Emmanuel Lubezki. Un espacio asfixiante y agonizante que, además, impulsa su entrada en barrena tras cruzarse y combatir en él a buena parte de los males de este (y otros) arte(s): Hollywood como gran burdel, la dicotomía entre popularidad y prestigio, la vacuidad y las servidumbres de la fama, la necesidad de reconocimiento como droga, el terror al fracaso, la soledad del ídolo y la fractura emocional con su entorno, las puñaladas y rivalidades entre bambalinas, la sociedad embrutecida por la viralidad y los 140 caracteres, la banalidad del mal de los críticos,….

Ante la desvencijada galería de personajes que pululan por el relato y empleado en funciones de doble portavoz la personalidad escindida de Riggan Thomson –ávido de afecto y consuelo artístico- y del fantasioso Birdman -al mismo tiempo conciencia, consejero y torturador del actor, manifestación de su materialismo más prosaico-, el filme, furibundo y radical, arremete por igual contra el cine basura de Hollywood y, en una especie de reivindicación que recuerda por momentos y a su manera al de Los viajes de Sullivan, contra el esnobismo cultural.

           Iñárritu -que como insinúan algunos de estos mimbres se encontraba a buen seguro dolorido por la (merecida) mala acogida de su anterior proyecto, Biutiful-, se alía en su arriesgada y cruel comedia negra con dos actores que comparten rasgos biográficos con sus criaturas: Keaton, el primer Batman de los noventa y ahora semidesaparecido; Norton, intérprete de métodos puntillosos. Ayudado también por ese equipo de guionistas que tanto echaba en falta Biutiful, el director azteca toma aire y recupera la cordura en su carrera, lo que le permite descerrajar una obra compensada en la combinación de un argumento contundente pero sin pegotes tremendistas y una exhibición de músculo en la narración visual.

Birdman se articula a través de dilatados planos secuencia, encadenados en una ilusión de continuidad que, aparte de ofrecer un alarde de técnica, contribuyen a escenificar con rotundidad el contexto emocional y profesional del decadente Thomson, así como sofocante ritmo al que se desarrolla su abalanzamiento hacia la salvación o la debacle definitivas. A que palpite su miedo y su desesperación. La talentosa inserción de las elipsis, ese trabajo de guion y la implicación del reparto favorecen que la forma no devore al fondo, que la película no pierda fuelle como entretenimiento y que la sátira no vaya dejándose demasiada energía por entre las dos horas de metraje.

 

Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7,5.

Guardianes de la galaxia

7 Ene

“¡Los vengadores son como los Beatles, pero los Guardianes son como los Rolling Stones!”

James Gunn

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Guardianes de la galaxia

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Guardianes de la galaxia.

Año: 2013.

Director: James Gunn.

Reparto: Chris Pratt, Zoe Saldana, Bradley Cooper, Dave Bautista, Vin Diesel, Lee Pace, Michael Rooker, Karen Gillan, Djimon Hounsou, John C. Reilly, Glenn Close, Benicio del Toro, Josh Brolin.

Tráiler

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           Es diametral la divergencia cinematográfica entre los superhéroes de DC ComicsBatman, Supermany la MarvelSpiderman, Los vengadores, Guardianes de la galaxia,…-, condenada a perpetuarse ad eternum por medio de prolongaciones correlativas ya anunciadas para los próximos cinco años. La primera, nocturna y torturada, de acuerdo con los preceptos del héroe trágico impuestos por la trilogía batmaniana de Christopher Nolan. La segunda, solar, desenfadada y autoconsciente, de acuerdo con la magnética personalidad asimilada por el Tony Stark de Iron Man y definitivamente canonizada por Joss Whedon en Los vengadores.

Aunque la ambiciosa primera variante ha arrojado resultados realmente estimables –la arrolladora El caballero oscuro como máximo exponente-, el triunfo popular parece inclinarse, posiblemente con razón, hacia esta segunda, responsable de productos de entretenimiento tan disfrutables como esa Los vengadores antes mencionada. Menos pretenciosa en lo dramático, igual de desopilante y excesiva en la recreación informática de su imaginario, más amigable para los profanos de la viñeta como un servidor.

           En la escena que abre Guardianes de la galaxia –justo después de la inevitable introducción donde aparece el tradicional trauma motivador del héroe-, Peter Quill, protagonista de la función, desfila por un abrumador escenario cósmico armado con un walkman ochentero y la melodía de Come and Get Your Love en sus auriculares. Improvisando en su festivo bailoteo, atrapa a una agresiva criatura extraterrestre para blandirla como micrófono mientras asesta rítmicos golpes de pelvis. De inmediato queda fijada la personalidad del personaje y, en paralelo, el tono del filme.

Nos encontramos en resumen ante un héroe intergaláctico canalla, vacileta y bailongo, interpretado además por un tipo relativamente común y simpaticote como Chris Pratt –dejando de lado su nueva y portentosa musculatura- y que, con su nostalgia de la música, la cultura y el lenguaje popular de los ochenta, persigue sin disimulo la complicidad de un espectador identificado con unos gustos probablemente similares a los suyos. Es decir, como si La guerra de las galaxias estuviera protagonizada no por Luke Skywalker, sino por un Han Solo que luce cintas de Los Bravos y Alaska y los Pegamoides en el radiocasete de su Halcón Milenario.

           Guardianes de la galaxia aspira a establecer un fino equilibrio entre los códigos del cómic –la cicatriz emocional sin cerrar, la conversión del renegado en héroe o cuanto menos antihéroe responsable, la amenaza planetaria, el sacrificio personal- y la conveniente desmitificación de estos tópico sobados –la autoparodia a golpe de torpeza y anacronismo, el homenaje cultural, el insólito guiño cinematográfico, los cameos sorprendentes, los codacitos para iniciados en el cómic-.

Así, entre otros numerosísimos gags organizados en una amplia escala que va desde la cachonda socarronería hasta el infantilismo total, Guardianes de la galaxia puede permitirse la inclusión de agradecidos chistes a costa del ‘heroico’ Kevin Bacon, Howard el Pato o la perrita Laika –aunque leo decepcionado que es un personaje de la serie: el perro soviético Cosmo-. Son estos los que, al final, sostienen el filme ejerciendo de contrapeso frente a una trama muy justa de imaginación –lástima que el discurso se alíe con la línea política oficial americana en vez de ser auténticamente subversiva como Iron Man 3 y su villano-.

Un libreto elemental que, además, queda expresado en pantalla por aplastamiento digital y no tanto por talento visual o por la coreografía de las correspondientes batallas épicas, culmen del abigarramiento de unos efectos especiales solo digeribles debido a su clásico y muy asequible sostén narrativo.

           La película se fundamenta en definitiva en el carisma de sus personajes. La falta de gravedad desactiva cualquier aspiración pretenciosa que, de existir, hubiera condenado sin remedio a la cinta, como tantas veces ha sucedido en un género por lo general cortado por patrones demasiado estrictos y repetitivos. De este modo, Guardianes de la galaxia sobrevive y divierte sin miramientos, si bien jugando con una caricatura gamberra que no sé hasta qué punto considerarán respetuosa y admisible los devotos de los tebeos originales.

 

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

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