Tag Archives: Matrimonio

En legítima defensa

19 Abr

.

Año: 1947.

Director: Henri-Georges Clouzot.

Reparto: Louis Jouvet, Bernard Blier, Suzy Delair, Simone Renant, Charles Dullin, Jean Daurand.

Tráiler

.

           La penitencia de dos años alejado de la dirección a causa de las acusaciones de colaboracionista nazi por su trabajo en la Continental Films no haría, precisamente, que Henri-Georges Clouzot cambiase su negrísima concepción de esa sociedad francesa roída por la hipocresía y la absoluta abyección moral que había mostrado en la opresiva El cuervo. Su regreso tras las cámaras, En legítima defensa, estaría cargado de todo ese vitriolo que había acumulado durante los cuatro largos años que separan a la una película de la otra.

           El retrato social y humano que arroja En legítima defensa es tan rico y minucioso como despiadado. Las líneas de diálogo con las que adapta, más o menos de memoria, la novela original de Stanislas-André Steeman están minadas con un humor tremendamente negro, que es el que domina, hasta congelar la sonrisa en un pasmo, la investigación que emprende el inspector adjunto Antoine contra una pareja de cabareteros enzarzados en un matrimonio tóxico y aparentemente relacionados con el homicidio de un rijoso potentado.

Los atentados con fotogramas que Clouzot realizaba contra la burguesía en El cuervo continúan también aquí, expandidos asimismo hacia las élites dominantes que poco menos que prostituyen al resto de clases que no disfrutan de su poderío económico. Los protagonistas de esta atípica trama criminal, pues, están retratados desde una mala baba que podría anteceder a la de los hermanos Joel y Ethan Coen, tal es su incompetencia a la hora de ejecutar los mezquinos planes que traman -arribistas, coléricos- con el prójimo como víctima.

El pobre policía -un cascarrabias que sobrevive en un cuartucho junto a su querido hijo mestizo- se encuentra tullido como pago por su servicio en las colonias. El plutócrata depravado gasta joroba y camina torcido. Pero el hijo de familia acomodada metido a pianista de acompañamiento y la hija del lumpen encumbrada a estrella del espectáculo erótico no son menos deformes, a pesar de su apariencia corriente.

           Esta sátira sanguinaria, que no hace prisioneros con nada ni con nadie, actúa como conservante de un argumento y un dibujo de caracteres que parece adelantado a su tiempo, insólito en la agudeza, la crudeza, la mordacidad y el arrojo con el que se adentra en las rendijas de la sociedad francesa, de su estilo de vida, su paisaje psicológico y sus instituciones, para mostrar los mecanismos que la accionan. Los procedimientos del inspector Antoine -feo, contrahecho y con el cinismo del desencanto de quien está de vuelta de todo, pero también hostil al romanticismo lírico y melancólico del detective privado estadounidense- son tan desmitificadores como lógicos y pragmáticos, incluso en su vertiente indisimuladamente ilegal, lo que refuerza un realismo que exacerba la acidez de la farsa a la que se somete -o que desarrollan- los personajes.

Este filtro no es óbice para que Clouzot muestre hallazgos expresivos como el empleo de la música diegética para alentar la tensión de la escena, de nuevo a medio camino entre lo policíaco y lo sarcástico. Quizás pueda igualmente encuadrarse dentro ese tono el inesperado desenlace de esta historia de crueldad.

.

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 10.

18 comidas

29 Mar

.

Año: 2010.

Director: Jorge Coira.

Reparto: Luis Tosar, Esperanza Pedreño, Víctor Clavijo, Sergio Peris Mencheta, Juan Carlos Vellido, Camila Bossa, Víctor Fábregas, Federico Pérez Rey, Pedro Alonso, Cristina Brondo, Xosé Barato, Antonio Mourelos, Nuncy Valcárcel, María Vázquez, Xosé Manuel Olveira ‘Pico’, Ricardo de Barreiro, Mario Zorrilla, Gael Nodar Fernández, Jorge Cabezas, Milan Tocinovski, José María Pérez García, María del Carmen Pereira Pena.

Tráiler

.

          El cine gallego comenzó la década de 2010 con producciones que alcanzaron una notable repercusión dentro de Galicia (sitio distinto) e incluso trascendieron sus fronteras, como Crebinsky, Retornos, Todos vosotros sois capitanes o 18 comidas; anticipos de una cinematografía local que en adelante destacará especialmente en la producción de obras de corte experimental con querencia a explorar los límites genéricos y formales.

          18 comidas es una película que sobresale sobre todo en dos aspectos: un montaje muy bien resuelto y un soberbio trabajo actoral. Ambas son consecuencia del método de rodaje aplicado por el lucense Jorge Coira, que en apenas dos semanas de filmación acumuló 90 horas de material en bruto. La razón son las maratonianas sesiones a las que se sometía al elenco, con escasísimas indicaciones por parte del director y guionista, y con las cámaras siempre en activo, a fin de extraer de ellas una representación natural, inmediata, sin las artificiales imposiciones del libreto o del ensayo, ayudada igualmente por la elección de los intérpretes para su papel -como a Víctor Fábregas, que parece que lo han recogido del Maycar y han tirado para adelante-.

          Ese ‘laissez faire’ cinematográfico logra afinar una imitación bastante fidedigna de los ritmos y experiencias de la vida a través de seis historias repartidas a lo largo de las tres comidas de la jornada. La mesa como vértice de la comunidad, existencial e incluso litúrgico. Los relatos se entrecruzan y comunican por medio de los recorridos de los personajes -Santiago es en verdad una ciudad pequeña- y también de cierta visión de conjunto acerca de las relaciones humanas, de cierta búsqueda de la realización emocional y de sus conflictos por los distintos grados de éxito o frustración que puedan derivar de este atolladero diario. De ahí parte igualmente toda la gama de sentimientos y reacciones, desde la comedia a la tragedia, que concita la evolución de los acontecimientos.

          Y, mientras que en alguno de los episodios que podrían considerarse principales se aprecia más esa decisión de dejar transcurrir las secuencias -el de la esposa desencantada, que de regodearse en tanta indecisión termina por caer en un exceso de languidez- probablemente sean los de premisas minimalistas los que queden mejor redondeados, con mención destacada para el segmento de la pareja de abuelos -de una veracidad tierna, lírica y poderosa-, que es el que sublima las aspiraciones del filme.

.

Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Nuestro tiempo

20 Nov

.

Año: 2018.

Director: Carlos Reygadas.

Reparto: Carlos Reygadas, Natalia Lopez, Phil Burgers, Eleazar Reygadas, Rut Reygadas.

Tráiler

.

          En la apertura de Nuestro tiempo, la cámara de Carlos Reygadas se entretiene capturando retazos de una tarde de juegos infantiles en una presa y de unos adolescentes que dejan pasar la vida entre cervezas y marihuana. En los primeros se decreta una guerra: los chicos van a expulsar a las chicas de la balsa neumática. En los segundos, un chaval se pierde con la muchacha que le gusta para compartir un fugaz destello íntimo, que luego se apaga pisoteado cuando ella vuelve al regazo de su enamorado. Hay oposición entre sexos, hay frustración romántica. Hay un amor que se ha consumido incluso antes de consumarse.

          Nuestro tiempo es una indagación en el amor. En concreto, en la posibilidad de conservar viva su llama, en el presentimiento de su muerte inexorable, como si se tratase de un ser orgánico, sometido a los embates del tiempo que no perdona. Reygadas, que se planta delante del objetivo junto a su mujer y sus hijos para interpretar también a una familia en la pantalla, escenifica estas reflexiones en el seno de un matrimonio de ideas liberales, en el que la confianza mutua y el rechazo del concepto de posesión de pareja se encuentra proscrito en aras de buscar la felicidad mutua por medio de una convivencia compartida en libertad, en colaboración abierta y franca.

Pero, pese a estas premisas destinadas a esquivar las desilusiones, opresiones y violencias que puede arrastrar consigo una visión más tradicional de la vida conyugal, a Juan y Ester el amor también se les rompe, y de nuevo por una traición secreta, por una infidelidad al credo común, según desde el punto de vista que se mire.

          Juan, poeta además de ganadero de reses bravas, encarna la impotencia del artista para, a pesar de su capacidad introspectiva por medio de la palabra y de sus peroratas liricoteóricas, descifrar el sentido último los misterios y para comprender las necesidades de los sentimientos más profundos del otro, más escondidos. Las emociones no respetan tratados de conducta. Pero no estamos ante una disección bergmaniana sobre la frialdad del artista; mas bien al contrario. En el protagonista de Nuestro tiempo se palpa la desesperación a la que conduce su duda, su desorientación. Un miedo cierto que da pie a tanto actuaciones con un trasfondo a priori honorables como a reacciones imbuidas de terrible patetismo. Un desacierto tras otro para reparar lo irreparable.

          Reygadas retrata esta catástrofe universal, que ya planeaba en piezas anteriores de su filmografía, con su característico estilo de tomas dilatadas y tempo lánguido que se afirma sobre una cotidianeidad a menudo difícilmente escrutable, aunque esta vez huérfano de irrupciones mágicas o surrealistas -habría que descontar, eso sí, una extravagante aparición musical de El Muertho de Tijuana-. El autor mexicano sí continúa sumergiéndose en la sublime belleza del escenario natural y sus reminiscencias trascendentales, superiores al ser humano. Los planos sobre las vivencias de los personajes se llenan de reflejos, se enmarcan en parajes o acontecimientos tan constantes como sobrecogedores, eternos, lo que contribuye a ahondar en la abstracción del relato.

En las imágenes cohabita en condición de igualdad lo hermoso con lo trágico, y hasta lo sórdido o lo cruel. La majestuosidad del toro que brama en la alborada puede contrastar con su ferocidad para destripar a una mula, o de su impiedad para expulsar al macho beta de la manada -una sombra alegórica que sobrevuela sobre el argumento-. La naturaleza también encuentra su propio reflejo en el arte: en un soberbio mosaico, en un singular concierto de timbales que se acompasa al ritmo de la existencia exterior a la sala, que no se detiene ante nada. Acorde con esta relación abstracta, la contemplación lírica y naturalista se rompe igualmente a través de pasajes de narración en off omnisciente, acompañados asimismo de una levemente chocante música extradiegética.

          Y, en mitad de todo ello, Juan se pregunta qué es lo que quiere, si está a su alcance, si depende de él solo, si le queda esperanza, si está abandonado a su suerte. A dónde va.

.

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Serenata nostálgica

16 Nov

.

Año: 1941.

Director: George Stevens.

Reparto: Cary Grant, Irene Dunne, Edgar Buchanan, Beulah Bondi, Ann Doran, Eva Lee Kuney.

.

         La estructura narrativa de Serenata nostálgica parte de una idea preciosa: la crónica de una relación de pareja elaborada a partir de la memoria musical de una de sus partes. Al fin y al cabo, ¿quién no asocia determinadas canciones, determinadas melodías, a las distintas épocas de su vida?

La música es una de las artes más evocadoras de la existencia, incluso influida desde el cine. Ya saben, aquello de imaginar la banda sonora de nuestra propia biografía. De este modo, el filme se abre con dos imágenes meridianas: una fotografía de los protagonistas íntimamente entrelazados y un álbum de vinilos propiedad de un matrimonio literalmente “feliz”. Sin embargo, mientras suena una tonada que promete a ambos estar hechos “el uno para el otro”, desde el fondo de la escena irrumpe la mujer que, con tono lánguido, decreta el cese de la canción. Se rompe el romanticismo, ya no tiene validez. El rostro desalentado de Irene Dunne y sus planes de partir del lugar; un cuarto vacío donde permanece abandonada una muñeca. 

Serenata nostálgica, pues, arranca in extremis. Desde la tragedia, se ha de recomponer la felicidad pretérita y perdida. Desde donde no queda nada, dibujar el todo. La música, decíamos, será esta herramienta de exploración en el recuerdo. Tentada, la mujer devuelve el vinilo al gramófono; uno tras otro, cada cual anticipado por un objeto que invoca un episodio de este relato privado -una postal japonesa, unos patucos-. Y ella escucha, y rememora.

         Es cierto que este esquema, aunque moderno en su concepción y sus posibilidades, aún resulta un tanto rígido y sobre todo repetitivo, pues obliga a George Stevens a desconectar cada capítulo del pasado para devolverlo al desdichado presente de Julie. Algo semejante sucede con el retrato psicológico de la pareja y sus circunstancias, que no deja de tener la ingenuidad de un drama sentimental de principios de los años cuarenta que, además, tiene entre sus propósitos buscar decididamente la lágrima del espectador. O más bien espectadora, de acuerdo con los estereotipados gustos de la época. Quizás este perfil de público pueda entreverse en la caligrafía femenina con la que se escriben los títulos de créditos.

En fin, sea como fuere, también hay atrevimiento en Serenata nostálgica. De hecho, hay un uso de la elipsis que recuerda al celebérrimo ‘toque Lubitsch’ por las resonancias sexuales que deja impregnadas en el aire. Stevens había demostrado en la introducción del filme, descrita anteriormente, su capacidad para narrar desde lo visual, desde la puesta en escena. Si citábamos al respecto la habitación infantil -o también podemos aludir como antecedente la entrada de Cary Grant con una pila de discos en la cabina de reproducción que atiende Dunne para simbolizar su enamoramiento-, ahora nos referimos a otro habitáculo: el compartimento de un tren, a donde van a parar los protagonistas apenas minutos después de contraer matrimonio en un Nueva York henchido de entusiasmo por el Año Nuevo, que parece haber jaleado con cohetes y algarabía el beso con el que sellaban su promesa de una vida compartida. Apurados por la marcha del tren que los va a separar tres meses justo cuando acaba de casarse impulsivamente, Grant y Dunne cuchichean detrás de una puerta entrecerrada. Este plano entorpecido ya siembra un interés morboso, voyeurístico, en el que se destila deseo y pasión contenida, acrecentada por el creciente rumor de la locomotora que se apresta a salir. La tensión, y con ella la expectación, se mantiene durante largos minutos. La puerta se cierra. Nadie se ha marchado del camarote. Fundido a negro y la siguiente escena nace en un cartel que anuncia que se han recorrido 115 millas desde entonces. Ahora sí, los recién casados se despiden envueltos en un silencio absoluto y pudoroso. Esta insinuación abiertamente sexual es una inteligente transgresión del Código Hays, que luego se acompaña de detalles más ingenuos y ahora todavía más incomprensibles como que, en la futura vivienda familiar del pueblo de Rosalia, los dos duerman en la misma cama de matrimonio y no en lechos separados.

         Como ejemplifica esta secuencia que sigue de inmediato al impetuoso casamiento, el drama de Serenata nostálgica gravita en torno a las fuerzas que unen a Julie y Roger el uno con el otro, y a aquellas que los distancian cruelmente. Son elementos estos como las divergencias de temperamento entre ambos -la naturaleza irreflexiva de él, que se manifiesta en una travesura con una galletita de la fortuna y se confirma en sus múltiples reticencias y en su manejo de los asuntos profesionales y financieros-, la separación física de los amantes -el traslado a Japón- o sus dificultades emocionales, que esencialmente se concentran en un punto fundamental del relato: la paternidad.

Este último aspecto es el que conduce definitivamente a la historia de Julie y Roger al melodrama melifluo y desgarrado, marcado por un infortunio que incluso posee determinados tintes fatalistas, no solo por las premoniciones del postre chino -“se cumplirán tus sueños: un bebé”-, sino igualmente por la información que conocemos de antemano debido a ese comienzo in extremis y en ocasiones, recordemos, por las letras de las canciones que presiden cada segmento. De esta manera, la trama logra sobrevivir a su sentimentalista concepción, casi tendente al tremendismo, y siembra de una malvada intriga los obstáculos, aprietos y amenazas que experimentan Julie y Roger junto a la pequeña Trina, su hija adoptiva, que por otro lado sirve asimismo unas escenas cómicas a costa de estos padres primerizos que no son inoportunas, pero que tampoco terminan de encajar con naturalidad.

El suspense se resolverá de una forma sorprendentemente anticlimática; tanto que ni siquiera se recibe como un duro golpe -ya estábamos advertidos, insisto-, sino con una desaconsejable frialdad. Lo mismo ocurrirá por último con el impostado milagro navideño.

         Casualidades o no de la producción, Dunne poseía experiencia propia en el campo de la adopción, lo que según sus palabras convertía a Serenata nostálgica en una de sus obras favoritas. En cambio, Grant no sería padre hasta los 62 años, lo que puede explicar su torpeza para manejar a la pequeña que encarna a su hija, cosa que, no obstante, forma parte del personaje. La descarga humorística por la inversión de los papeles domésticos tradicionales entre hombre y mujer recae en un amigo de la familia, Applejack, una creación entreñable, reparador de máquinas y de compromisos íntimos, que Edgar Buchanan interpreta con un soberbio aplomo en su timidez. Beulah Bondi completa esta breve nómina de dignos y carismáticos secundarios dentro de un reparto donde destaca, por supuesto, la química entre Dunne y Grant, que ya venían de interpretar a un matrimonio en La pícara puritana y Mi mujer favorita, si bien esta vez encarnan un enlace común y corriente y no una pareja fantasiosa de la screwball commedy.

Podría computárseles un cuarto matrimonio, aunque en diferido, pues ambos protagonizarán la misma historia… pero por separado y en distintas películas: Tú y yo, en versiones de 1939 en el caso de Dunne y de 1957 en el de Grant. Su eficiencia en este cometido de encabezar una familia cualquiera, que incluye escenas de destinadas a su lucimiento como la de la apelación judicial, le valdrá a Grant la primera de sus dos únicas nominaciones al Óscar. Perderá ante el sargento York de Gary Cooper, más ajustado a la sensibilidad bélica del momento.

.

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7. 

Nota del blog: 6,5.

La octava mujer de Barba Azul

18 Oct

.

Año: 1938.

Director: Ernst Lubitsch.

Reparto: Gary Cooper, Claudette Colbert, Edward Everett Horton, David Niven.

Tráiler

.

         Dormir solo con la chaqueta del pijama, prescindiendo de los pantalones, propició el comienzo de una de las más prestigiosas colaboraciones del séptimo arte. O al menos eso cuenta la leyenda.

El guionista Billy Wilder había estado dando vueltas acerca de cómo emplear esta costumbre suya como material cómico. Y fue durante el primer encuentro de producción con Ernst Lubitsch cuando encontró la oportunidad: sería el arranque perfecto para una de las comedias sofisticadas del berlinés, en las que un chico y una chica se enzarzan en una batalla romántica de la que tanto pueden salir escaldados como perdidamente enamorados. Así, según Wilder, el flechazo inicial debía surgir cuando él desatase una pequeña revolución al intentar comprar solo la parte superior de su pijama, solucionada luego por la intervención de ella, que únicamente necesita la parte inferior. Y así empieza La octava mujer de Barba Azul, la primera película de Lubitsh y Wilder, unión que volvería a formarse en Ninotchka.

Pero también -e incluso principalmente- es el debut como tándem de Wilder y Charles Brackett, compañero guionista con el que compartiría las más altas cimas de la comedia -y el drama-.

         En verdad, La octava mujer de Barba Azul parte de una exitosa obra de teatro francesa que ya había sido llevada al cine en 1923 con protagonismo de Gloria Swanson. Sin embargo, sus ambientes lujosos y sus idas y venidas se amoldan a la perfección a los cánones de la comedia del cineasta alemán, que pone en escena un libreto desbordante de réplicas rápidas y agudas, con una cota de ingenio muy alta -los diálogos están más cuidados, de hecho, que el retrato de los caracteres, que termina por ser un tanto caprichoso, especialmente en el caso de ella-. Una calidad a la par, claro, del talento de Lubitsch para expresar de un plumazo, con una imagen que también puede valer lo que mil palabras -y sin exhibicionismos autorales-

Chispea así el encontronazo entre un nuevo rico americano de la Bolsa (Gary Cooper) y una decadente y resabiada aristócrata francesa (Claudette Colbert), enzarzados en un duelo que es tanto amoroso como económico -y que siempre se mantiene en un nivel humorístico que no decae, con la dificultad que ello entraña-. La introducción del pijama, además de ser delirante, sentaba a la perfección la personalidad del personaje de Cooper, un hombre arrogante y decidido que, por medio del dinero, hace valer su determinación. Cualidades que en manos de Wilder y Brackett, intermediadas en pantalla por el encanto de Colbert, se subvierten por completo, tornadas en debilidad.

         De este modo, además de construir una screwball commedy ágil y vivaz que arremete frontalmente contra los roles de género, La octava mujer de Barba Azul lanza un vitriólico ataque contra los estamentos superiores de la sociedad, expuestos en sus suntuosos hoteles, playas y apartamentos de la Costa Azul como gente incapacitada para el trabajo o neurótica, totalmente alejada de la realidad. Otra subversión irreverente e inteligente.

.

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Hawai

16 Oct

.

Año: 1966.

Director: George Roy Hill.

Reparto: Max von Sydow, Julie Andrews, Manu Tupou, Richard Harris, Jocelyne LaGarde, Ted Nobriga, Gene Hackman, Lokelani S. Chicarell, Elizabeth Logue, Carroll O’Connor, Torin Thatcher, John Cullum.

Tráiler

.

         En unos tiempos en los que el western revisionista iba a empezar a constituirse en corriente torrencial, Hawai se presenta como una pesimista mirada hacia el colonialismo estadounidense de una frontera aún más recóndita, todavía más al Oeste, donde la figura del pionero recae en un reverendo calvinista que, a través del drama que se desprende de su proceso de aprendizaje vital en contradicción con el integrismo de sus creencias, ofrece en paralelo una crítica contra el fundamentalismo religioso.

De hecho, la introducción está realizada desde la voz en off de un indígena, quien clama contra los problemas y la desatención de su gente, saqueada física y espiritualmente por el hombre blanco. Aunque, a partir de ahí, el arranque de Hawai -que en adelante ya se narrará desde el punto de vista del misionero norteamericano- posee un tono cercano a la sátira amable, tal es la caricaturización que sufre desde el comienzo el reverendo Hale, cuyas firmes convicciones, extraídas de una lectura literal de la Biblia y de la observancia de los preceptos de su Iglesia, acostumbran a chocar de pleno con los matices de lo terrenal.

         La discordancia entre ambas perspectivas, y los dilemas derivados de este conflicto, son constantes. Si su esposa Jerusah ofrece ya un contrapunto evidente desde su flexibilización del dogma en aras del consuelo y la esperanza que puede aportar la religión frente a aflicciones naturales del ser humano -probablemente el principal posicionamiento del discurso del filme-, la llegada del matrimonio al archipiélago polinesio, donde se dedicarán a consolidar el cristianismo entre los nativos, no hace más que acrecentarlo.

Ahí, el juego de contrastes prolonga la comicidad del relato, incluso a costa de cuestiones tan peliagudas como el incesto -hasta el punto de adoptar posturas de una extraña tolerancia-. La puesta en escena, que se amolda a un clasicismo de cine monumental de aventuras exóticas -género por el que el autor de la novela original, James A. Michener, mostraba verdadera querencia- quizás un tanto acartonado ya por entonces, refuerza esta oposición entre la frialdad cenicienta de Nueva Inglaterra y la exuberancia tropical de Maui, así como entre la estricta fealdad de Max von Sidow y la dulce belleza de Julie Andrews. Si hay mujeres en la congregación es que las intenciones son buenas, sentencia la gobernanta de la isla, exponiendo así una nueva dualidad.

         No obstante, a medida esta convivencia se encalla en un enfrentamiento sin vistas de lograr una confluencia debido a la inflexibilidad del protagonista, el filme trata de derivar hacia el melodrama, cada vez más oscuro, que incorpora además un triángulo amoroso que está planteado de forma endeble, disperso en su desarrollo y resuelto también con escasa fortuna, a la par de una narración desequilibrada en general, que parece apurarse con urgencia hacia su desenlace.

El cambio de tono no le sienta bien a la obra. Lo que inicialmente era caricatura se perpetúa en forma de personajes planos, con lo que la tragedia que afronta carece de fuerza y complejidad, a pesar de su voluntad de crónica de denuncia sobre un expolio histórico con huellas visibles en el presente.

         Dos anécdotas: Jocelyne LaGarde, que interpreta a la mandataria hawaiana de Lahaina, es la única persona en estar nominada a un Óscar por la única actuación de su vida. Y, al parecer, el dinero conseguido como extra en la película le valdría a Bette Midler para hacer despegar su carrera artística.

.

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

Carne

1 Oct

.

Año: 1932.

Director: John Ford.

Reparto: Wallace Beery, Karen Morley, Ricardo Cortez, Jean Hersholt, John Miljan, Herman Bing, Vince Barnett, Greta Meyer, Edward Brophy, Ward Bond.

.

         En Barton Fink, el prestigioso novelista W.P. Mayhew, guionista a sueldo de las majors de Hollywood, ofrece (disperso) consejo al atribulado protagonista, bloqueado en su misión de redactar un libreto para una película de lucha libre protagonizada por Wallace Beery, mientras a su vez él mismo naufraga en un alcoholismo con el que mata el hastío y la infertilidad que le produce su cambio de arte. Los hermanos Joel y Ethan Coen, grandes aficionados a la referencia posmoderna, semejan hacer aquí una caricatura -con licencias- del nobel William Faulkner y su trabajo en la industria del cine, dado el parecido físico que con él guarda el actor John Mahoney y la coincidencia con su participación en Carne, una cinta ambientada en el mundillo del wrestling, dirigida por John Ford y protagonizada precisamente por Wallace Beery.

         En cierta manera -como también ocurre en otros casos como El delator-, y a pesar de su condición de encargo -del que incluso terminaría por suprimir su nombre en los créditos de realización- en Carne se diría que Ford le ha entregado el papel principal a uno de esos personajes secundarios tan habituales en su filmografía: sencillos y robustos tabernícolas propensos a la cogorza y a la pelea multitudinaria, que, con el humor de su perspectiva rudimentariamente vitalista, relajan las congojas heroicas o románticas de los líderes tradicionales de la función.

En su presentación ante el público, el gigante Polokai destroza con facilidad a su no menos gargantuesco rival de lucha libre ante el fervor de la concurrencia de un biergärten alemán, para después sumergirse jocosamente en el barril que emplea a modo de tina de baño mientras despacha de un par de tragos una jarra de cinco litros de cerveza y, a continuación, regresar a su trabajo como camarero en esa misma cantina, que atiende con similares modos de Hércules de pueblo.

         Pero Carne no es una comedia, sino un melodrama. Por así decirlo, está a medio camino de El ángel azul -quizás influye esa ascendencia germana- y King Kong, puesto que, al igual que en ambas, la caída y humillación del coloso amable la precipita una rubia, aquí una pícara estadounidense enredada en un tumultuoso romance con un truhán de su misma nacionalidad que camina constantemente entre el presidio y la estafa.

Cariñoso hacia sus criaturas, Ford matiza por tanto esta condición de femme fatale para retratar con elegante desgarro la personalidad confusa de una mujer atrapada en una trampa idéntica a la que ella tiende sobre el noble Polokai, un individuo al que Beery -que venía de ganar un Óscar por El campeón– sabe imprimir un carisma tremendamente entrañable, si bien su honestidad ejemplar termina por acusar esa naturaleza exageradamente ingenua y simplona.

         El triángulo no es solo amoroso, sino moral -y de tormento-. Correlacionado con una mirada crítica a esos Estados Unidos corrompidos por la avidez material del capitalismo -puede que haya un eco capriano en esa rebelión del tipo común frente al putrefacto sistema amañado que trata de someterlo-, este rasgo añade un leve punto de distinción a un relato que, a causa de la estereotipación formulística de sus mecanismos y la abundancia del diálogo propia del periodo e impropia de las mejores obras del cineasta, resulta inevitablemente previsible, por más que Ford aplique una textura de triste lirismo a las imágenes y dote de dinamismo a la narración y de nervio a la acción.

Con todo, Carne le serviría al autor para continuar madurando su talento para dotar al drama de ternura y de pinceladas de ese humor extemporáneo, tan blanco en su concepción como hondo en su sentido humano.

.

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6,5.

A %d blogueros les gusta esto: