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Da 5 Bloods: Hermanos de armas

21 Dic

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Año: 2020.

Director: Spike Lee.

Reparto: Clarke Peters, Delroy Lindo, Jonathan Majors, Chadwick Boseman, Isiah Whitlock Jr., Norm Lewis, Mélanie Thierry, Paul Walter Hauser, Jasper Pääkkönen, Johnny Trí Nguyễn, Lê Y Lan, Lam Ngyen, Jean Reno.

Tráiler

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         Da 5 Bloods: Hermanos de armas comienza como terminaba Infiltrado en el KKKlan, con imágenes documentales que revelan, como un jarro de agua fría, la realidad que sirve de transfondo de la obra de ficción. Son recortes que hablan de la Guerra de Vietnam desde la perspectiva militante de Spike Lee, metiendo el dedo en la llaga de una lucha en la que se empleó a las clases bajas como carne de cañón reemplazable y que se combatió en paralelo -o a espaldas, según se mire- de los profundos conflictos raciales que se manifestaron en forma de disturbios urbanos en aquel turbulento periodo de la historia de los Estados Unidos. Problemas cuyo carácter endémico se traza, de nuevo como en Infiltrado en el KKKlan, a través de una constante referencia y emparentamiento con a la convulsa actualidad bajo el mandato de Donald Trump y las reivindicaciones del Black Lives Matter.

         Desde este punto de partida, Da 5 Bloods: Hermanos de armas embarca a Otis, Melvin, Eddie, Paul y su hijo David -es decir, como los miembros de The Temptations– en un regreso a Vietnam sarcásticamente transformado en parque temático para acometer la misión de recuperar los restos de su compañero y líder espiritual caído en combate, así como el tesoro que escondieron cerca de su cuerpo. El planteamiento se lee por tanto como una búsqueda de sanación de las heridas sin cerrar del veterano del guerra -el trastorno de estrés postraumtático vinculado a unos profundos remordimientos, la huella dejada en el país asiático, aparejada además a otras formas de racismo- y una victoria postrera e imposible -el oro destinado a reparar los agravios de siglos- que, en un guiño irónico, se contrapone al cine revanchista de la era Reagan, capitaneado por John Rambo y el coronel James Braddock, “falsos héroes” frente al compromiso y la solidaridad de auténticos soldados cuyos méritos, quizás también debido al racismo, caen en el olvido.

         La premisa argumental parece acercar el filme a ese género bélico contaminado de picaresca de Doce del patíbulo, Mercenarios sin gloria, Los violentos de Kelly, Tres reyes o incluso la reciente Triple frontera, mientras se deja caer el velo de fatalismo pesimista de El tesoro de Sierra Madre para dotar de intriga trágica la aventura de estos cinco ancianos que cargan, cada uno, con su pesada mochila a cuestas. Pero estos dramas particulares -el choque paternofilial, las deudas con el pasado, el fracaso existencial… a lo que se añade una postiza tensión amorosa- no pasarán de ser apenas un esbozo manido que, a la postre, contribuye a que el relato resulte excesivo y desequilibrado.

         En la dirección, Lee utiliza el formato y la textura del fotograma para diferenciar presente y recuerdos del pasado, y alterna tramos de estilo clásico -en los que, no obstante, la acción bélica está rodada sin nervio- con rupturas formales marca de la casa, como las declamaciones mirando a cámara, las cuales no funcionan bien en parte por un montaje tan poco afinado que a veces las deja como un pegote. Algo parecido ocurre con la banda sonora de su habitual Terence Blanchard, demasiado presente y que no acaba de maridar con las imágenes. Puede rescatarse la intensidad que aporta Delroy Lindo en su interpretación pero, en cualquier caso, el cineasta no consigue encontrar una armonía, una entonación natural entre la narración y la protesta.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 4,5.

Clamor de indignación

4 Dic

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Año: 1947.

Director: Charles Crichton.

Reparto: Harry Fowler, Jack Warner, Alastair Sim, Valerie White, Jack Lambert, Stanley Escane, Douglas Barr, Joan Dowling, Gerald Fox, Ian Dawson, David Simpson.

Tráiler

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           Un niño que escribe con tiza en la pared una proclama contra la Policía, un cartel de la compañía bajo un rótulo que advierte contra los que pongan carteles en el muro, un insulto jocoso en forma de grafiti contra el productor Henry Cornelius… Peleas de piedras, caos de chavalería, ambiente de barrio… La Ealing arrancaba su primera comedia marcando ya a las claras un tono gamberro aunque al mismo tiempo familiar, fiel observador de la realidad social y, a la vez, amante de la influencia que la ficción puede tener sobre la vida -sobre todo en tiempos duros de posguerra-.

           Clamor de indignación es una película que se rueda a pie de calle, en los rincones aún arrasados por las bombas nazis y ahora transformados en felices escondrijos para los críos que abarrotan la ciudad para darle vitalidad y esperanza. Es decir, un escenario por completo realista donde, sin embargo, tiene lugar una trama que se comunica directamente, sin solución de continuidad, con la que va apareciendo en una historieta juvenil que leen los niños protagonistas y que, azares de la vida, les sirve para destapar una intriga criminal que medra ante las mismas narices de los adultos, gente por lo general miope para todo aquello que se salga de las aburridas rutinas cotidianas. En cierta manera, desembrollar este entuerto constituye un acto de rebelión, como se plasma en ese apoteósico final de calles invadidas por hordas de críos a la carrera, aliados sin fisuras para enfrentarse a los malvados.

De esta manera, este decorado naturalista de Clamor de indignación muta por momentos, filtrado por los códigos y las convenciones visuales del género policíaco -escaleras siniestras, rincones inquietantes, sombras amenazadoras, risas de espanto…-, adaptándose a la perspectiva, las apetencias y la ingenuidad -a veces retorcida y cruel- de los niños. Charles Crichton desarrolla un expresivo trabajo con las imágenes, acercándolas entre el homenaje y la parodia a los recursos visuales propios de este territorio de excitante intriga. Es interesante esa confrontación entre los barrios derruidos de Londres -un recuerdo sin cicatrizar de lo verdaderamente siniestro- y esas manifestaciones sacadas de una novela pulp, de una mitología popular que en el caso de los críos puede desbocarse ante el más remoto estímulo -una fantasía siniestra-.

           Asimismo, Crichton es ocurrente para plasmar este hermanamiento entre ambos mundos, como esos bocadillos que ilustran la imaginación en acción del protagonista mientras lee el tebeo, la cual además se traduce en estéticas propias del cine mudo. Uno puede quedarse tan abstraído por esa proyección como si fuera propia, hasta el punto de tropezar contra cualquier transeúnte, como le ocurre al muchacho.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

Berlín Occidente

6 Nov

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Año: 1949.

Director: Billy Wilder.

Reparto: Jean Arthur, John Lund, Marlene Dietrich, Millard Mitchell, Peter von Zerneck.

Tráiler

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         Como Roberto Rossellini, Billy Wilder también recorrió las ruinas de Berlín en su año cero tras la aniquilación del Tercer Reich. Austríaco expatriado, a él también le dolía en carne propia la reducción de Europa a un amasijo de hierro, polvo y miseria. Pero fiel a su naturaleza, su recorrido por las derruídas avenidas y monumentos de la capital alemana está relatado por medio de frases ingeniosas cuyo humor, negrísimo, está tiznado de una profunda tristeza.

Berlín Occidente no regatea la tragedia. La comedia se ambienta en la desolación más absoluta, allí donde no hay vida, sino simple supervivencia, y todo, hasta el amor -es decir, el sexo-, se convierte en mercancía de contrabando. Es un páramo creado -un término paradójico- por una máquina de destrucción como es el ejército, al que, en emulación de las películas de Hollywood, se le pide que esté conformado por una pandilla de nobles y valerosos soldados, tan prestos para la batalla sin cuartel contra el enemigo como para la camaradería y el restablecimiento de los valores más elevados. Un imposible, resuelve con honestidad Wilder, que retrata un ejército vencedor con una moral tan destrozada como la de los vencidos.

         En este contexto, el cineasta contrapone que, contra la devastación bélica, una ciudad, un país, solo puede reconstruirse mediante el sexo, mediante una atracción tan primaria como humana. A veces de conveniencia, a veces honesta. Una ‘fräulein’ con un carrito de bebé adornado con dos banderas estadounidenses.

Este es el panorama contra el que choca frontalmente la estricta congresista de Iowa encargada, junto con otros colegas del Congreso varones y más despreocupados, de inspeccionar la “malaria moral” que podría haber cundido entre las tropas encargadas de asegurar la frágil paz de posguerra en el Berlín dividido en sectores. Marca de la casa, la presentación del personaje es magnífica, con un soberbio sostenimiento del tempo del gag, extendido exageradamente mientras Jean Arthur ordena sus cosas de forma meticulosa. Berlín Occidente es la primera de las dos únicas películas en las que la actriz, estrella de la comedia, aceptaría participar después de que, en 1944, hubiera vencido su contrato con la Columbia -la segunda, además, sería un western hondamente melancólico: Raíces profundas-.

         La señorita Frost -esto es, “helada”- es uno de los vértices entre los que se desarrolla esta trama de enredos románticos. Pero el tópico juego del hombre atrapando entre la femme fatale y la chica ingenua queda superado, de nuevo, desde la amargura, puesto que las dos mujeres -los dos países- se encuentran igualadas por una desesperada necesidad de afecto -sea por meros motivos de supervivencia, sea por una descorazonadora soledad; ambos motivos terribles-. Con esta turbulenta amalgama de sentimientos, Wilder demuestra su talento para combinar el humor con el patetismo y la tragedia, en un equilibrio complejo que se sostiene con inteligencia, sensibilidad y poderoso sentido cómico.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

Los ángeles perdidos

4 Sep


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Año: 1948.

Director: Fred Zinnemann.

Reparto: Ivan Jandl, Montgomery Clift, Jarmila Novotna, Aline MacMahon, Wendell Corey, Leopold Barkowski, Claude Gambier.

Tráiler

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         Los ángeles perdidos comienza desde un tono de documental ficcionado en el que, con una formulación un poco primaria, una voz en off explica la tragedia de millones de niños huérfanos o separados de sus padres a causa de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. ¿Es la relectura hollywoodiense de los principios del Neorrealismo italiano que buscaba la reconstrucción moral de la sociedad de entre las ruinas materiales del conflicto? El capítulo napolitano de Paisà (Camarada) y Alemania, año cero también apostaban por un protagonista infantil. Pero, a pesar de las fuertes similitudes temáticas y argumentales, quizás podría decirse que Los ángeles perdidos quiere acercarse más al sentimentalismo de Bambi -a la que cita- que a la crudeza de Roberto Rossellini, que precisamente es más emocionante por su cercanía a la verdad con el empleo de los aderezos justos. El contexto es lo suficientemente terrible como para, además, reforzarlo con recursos y efectismos literarios tradicionales, que son los que se desarrollan una vez concluida esa introducción informativa y de denuncia, que sirve de intermediario de testimonios pavorosos.

         Solo el rostro de los críos que bajan del tren -un excelente trabajo de selección y caracterización- posee ya la suficiente potencia trágica como para sustentar toda una obra que, de nuevo en contacto con esas pretensiones realistas, recorre el desmoronado armazón de una Alemania ocupada por las fuerzas aliadas. Su amontonamiento en vagones de carga, el apilamiento de los cuerpos, es un recuerdo desoladoramente vívido del Holocausto. En este escenario, Los ángeles perdidos propone el milagroso reencuentro entre un niño y su madre como símbolo de la regeneración de un país y de un mundo que ha perdido su humanidad embebido en odio y sinrazón.

Toda vez que se conoce la situación y localización de ambos extremos, la trama no oculta -o no puede ocultar- unas cartas que apuntan hacia una necesaria esperanza. Dentro de sus idas y venidas, el recorrido de Los ángeles perdidos es previsible, de modo que se invierte atención dramática en describir las relaciones interpersonales que se recomponen después de la barbarie -el joven soldado con el niño desamparado, la mujer desolada con los huérfanos-, así como en las vallas que, en muchas ocasiones, se erigen ante la mirada del niño y que incluso se manifiestan inconscientemente en sus dibujos.

         En este sentido, es importante el trabajo de los actores, desde el debutante Montgomery Clift, quien en su primera película –Río Rojo se rodaría antes pero estrenaría después- ya cosecharía una nominación al Óscar, hasta la conmovedora sobriedad de la checa Jarmila Novotna. Y, como en este tipo de producciones, buena parte del peso recae en la empatía que es capaz de generar el pequeño protagonista, aquí un Ivan Jandl que destaca en su vulnerabilidad y ternura, en la expresión de ese horror incomprensible, de esa situación inhumana, que zarandea, aturde y destruye su infancia.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

Stromboli, tierra de Dios

25 Ago

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Año: 1950.

Director: Roberto Rossellini.

Reparto: Ingrid Bergman, Mario Vitale, Renzo Cesana, Mario Sponzo.

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         El Neorrealismo ya había explorado las comunidades de pescadores de la Sicilia remota. En La tierra tiembla, Luchino Visconti se adentraba en su vida cotidiana para formular, desde un talante documental, un manifiesto sociopolítico que, en mitad de un escenario sobrecogedor, enfrentaba con cierto aliento épico a explotados y explotadores. Stromboli, tierra de Dios también recoge desde el rigor documental las artes de pesca de los lugareños, pero Roberto Rossellini plasma ‘la mattanza‘, la tradicional almadraba de los atunes, como si de una liturgia se tratase, con sus cánticos ceremoniales, sus ritos propiciatorios y, como remate, con una oración de agradecimiento. Es decir, otra -y poderosa, por violenta y fascinante- vuelta de tuerca a los principios neorrealistas por parte de una película que concluye con el ruego a Dios de una mujer que choca de frente con lo sublime, contra esa belleza portentosa que es tan maravillosa como terrible.

         Al igual que La tierra tiembla, Stromboli es un filme situado a la altura de las personas que pueblan el extraordinario escenario natural que ofrece la isla eolia, coronada por la presencia turbadora del volcán que le da nombre. Así pues, siguiendo los preceptos de la corriente cinematográfica, la mayor parte del reparto la conforman actores no profesionales que emplean el dialecto local y que recrean sus usos y costumbres delante de la cámara, ataviados con su raído vestuario, sus toscos aperos y sus austeras viviendas.

Pero, como se decía anteriormente, hay un sesgo espiritual en las imágenes y en el drama que compone Rossellini, que, como en Alemania, año cero, sigue escarbando en las ruinas dejadas por la Segunda Guerra Mundial. A partir del azaroso matrimonio entre una refugiada lituana y un pescador siciliano, prisionero de guerra, el cineasta traza una reflexión acerca de las distintas prisiones que se habitan en vida, de la crueldad misma de la existencia, que bien puede expresarse a través de la lucha a muerte entre un hurón y un conejo.

         El autor romano retrata la isla desde esa sobriedad espartana, estoica, que promulgan las mujeres de Stromboli. Su aspereza, su esterilidad. El viento que azota sin piedad. La magnificiencia del volcán que todo lo somete, con un tiránico simbolismo fatalista. Por asimilación con el paisaje, las emociones de los personajes son igualmente arduas e inestables, amenazadas por una volatilidad que revela la fragilidad de la existencia, de los sentimientos y de los anhelos.

Llegada a una tierra dura y aislada que la recibe con el mismo desprecio que la mujer muestra hacia ella, Karin aparece encerrada en la isla, en las laberínticas callejuelas del poblacho donde ha ido a parar por desesperación, entre las miradas de unos nativos que constituyen una comunidad fuertemente conservadora y represiva. Hasta las puertas de la casa oponen resistencia. Por su parte, ella, superviviente del horror, también carga con unas heridas y unos pecados que la han convertido en una experta en la mentira, en una manipuladora que trata de abrirse camino pasando por encima de los demás, en este caso una gente vapuleada por una batalla eterna en la miseria y aun así resistente hasta lo heroico.

Hay un juego con la identificación del espectador con los personajes. No sería exagerado decir que en otra película, con otro punto de vista, a la desdichada Karin podrían meterla en el vestido de la femme fatale. El hecho de que la encarne Ingrid Bergman, una estrella internacional en medio de actores amateurs, refuerza esa naturaleza de cuerpo extraño, de colisión entre dos mundos por completo diferentes.

         Aunque los cruces entre obra y realidad no terminan ahí. Exponente del diálogo del cine con la sociedad, la propia actriz experimentaría en sus carnes la fuerza de la censura colectiva a raíz del escándalo de su romance extramatrimonial con Rossellini, que entre otras cuestiones le costaría la condena de la iglesia luterana en Suecia y de la católica; la declaración de persona non grata en Estados Unidos y la consecuente interrupción de su carrera en Hollywood, así como la desfavorable recepción del filme, con proclamas públicas en su contra incluidas.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

El viaje a ninguna parte

26 Jun

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Año: 1986.

Director: Fernando Fernán Gómez.

Reparto: José Sacristán, Fernando Fernán Gómez, Juan Diego, Gabino Diego, Laura del Sol, Nuria Gallardo, María Luisa Ponte, Simón Andreu, Miguel Rellán, Emma Cohen, Agustín González, Carmelo Gómez.

Tráiler

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          El viaje a ninguna parte es el crepúsculo del hijo de un semidiós menor y olvidado. “¡Hay que recordar!”, sentencia el hombre abatido, mientras Los Panchos le aconsejan que es preferible olvidar que se sufrió. El viaje a ninguna parte es un acto de amor a un oficio, engastado en una historia que, como las piezas que representan los actores, es tan auténtica como fantasiosa. “Una de esas comedias que hacen llorar”, se deja caer en cierta escena. La representación como sublimación de una realidad hostil y despiadada. La función de la vida. “El único error de Dios fue no haber dotado al hombre de dos vidas: una para ensayar y otra para actuar”, que lamentaba Vittorio Gassman. Las mejores interpretaciones que evoca el histrión se sitúan fuera de ese escenario montado con cuatro sillas y un decorado roído sobre las tablas de cualquier bar, cualquier círculo de villorrio, cualquier cuadra.

          El viaje a ninguna parte recorre unas memorias tan sentimentales como poco fiables. Fernando Fernán Gómez, autor del serial radiofónico original, de la novela posterior, del guion adaptado y de la dirección de la película, amén de secundario destacado y líder espiritual de un reparto sabio y preciso -a excepción del bisoño y disonante Gabino Diego-, expresa este desconcierto y contradicción mental mediante caótica música jazz. Su estridencia se contrapone con esos recuerdos plasmados en fotogramas crepusculares, de ocres suaves y apagados; tan mortecinos como los pueblos castellanos que transita, casi vagabundea, una troupe de actores itinerantes que es tan compañía artística como familia literal, tan pobre como esa tierra agotada y mezquina de posguerra. Y hablan de la miseria con cierta melancolía, con el inevitable dolor por un pasado que se fue. La voz de la sangre apagada a hambre y palos, desterrada por otros entretenimientos quizás superiores técnicamente, pero menos humanos, menos personales en su disfrute. “¡Me cago en el padre de los hermanos Lumière!”, se maldice frente al rival, que luce sobrenombre de archivillano de folletín: El Peliculero.

          Hay una empatía elemental en su relato tierno, doliente y agónico. Carlos Galván, hijo y nieto de Galvanes, es, como mucho, un extra supernumerario dentro de la gran obra del mundo. Los protagonistas de esta se cuentan con los dedos de las manos, y son divas también desbordadas por sus propias flaquezas humanas. “¿Por qué no sueñas, no tienes ilusiones?”, le reprocha sorprendido a su amante. El único refugio es mentir, fabular, interpretar, frente a una realidad que amenaza con aplastarnos. Todos emprendemos un viaje a ninguna parte, pues la existencia, como reflexionaba Hamlet -a quien Galván nunca encarnó-, no es más que un cuento contado por un necio, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

Alemania, año cero

21 Feb

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Año: 1948.

Director: Roberto Rossellini.

Reparto: Edmund Moeschke, Ernst Pittschau, Barbara Hintz, Franz-Otto Krüger, Alexandra Manys, Erich Gühne, Jo Herbst, Christl Merker, Inge Rocklitz, Hans Sangen.

Tráiler

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         La guerra son las ruinas. La cámara de Roberto Rossellini las recorre en Berlín con una objetividad pasmosa, con un simple trávelling al que nada más le hace falta. El cine no puede inventar un decorado más terrible que la cicatriz abierta de una ciudad destruida por la artillería, casa por casa. El escombro, de tan terrible, semeja hoy el escenario de una película distópica -cuando probablemente no debiera, pues es memoria vigente-. El paisaje humano que retrata con idéntica crudeza, también.

         El cineasta italiano, de luto personal por la muerte prematura de su hijo Romano, no cierra su Trilogía de la guerra antifascista con el fin de la guerra. Los cañonazos retumban todavía en las fachadas de las otrora orgullosas sedes del poder nazi. Por las arcadas resuenan los ecos de los discursos del odio, emparejados en siniestra danza con las letales consecuencias que acarreaban. La lucha del hombre contra el hombre se acomete todavía en sus calles, donde la humanidad no ha retornado aún. La herencia de la barbarie sigue viva, envenenando mortalmente el presente.

         En Roma, ciudad abierta, Rossellini ya rastreaba los resquicios de solidaridad, empatía y, por lo tanto, esperanza que restaban a duras penas en un país, el suyo, también arrasado por el fascismo. Esa voluntad de reencuentro, de reconstrucción, afloraba asimismo, vulnerable pero resistente, en Paisà (Camarada). Paradójicamente, Alemania, año cero es la más desesperanzada de las tres. Esta vez, la inocencia quebrada, a la que incluso se prohibe literalmente el juego, es la protagonista absoluta del relato. A través de sus ojos, endurecidos por el sacrificio impuesto en pos de la supervivencia de los seres queridos, Rossellini, igualmente a cargo del libreto, retrata a un colectivo que, en manos de la desesperación, reproduce en lo moral la ruina que le circunda.

         Alemania, año cero despliegua un excepcional dibujo de una sociedad reducida a la depredación, la carroñería y el oportunismo, impelida por un impulso de supervivencia que se sobrepone a cualquier otro valor. La crudeza con la que se manifiesta, desde el primero al último de sus habitantes, es desoladora. En contraste, el melodrama familiar con el que conduce los avatares del pequeño Edmund no está ni mucho menos tan logrado, a pesar de la fuerza con la que expresa la presión de su psicología obligada a cumplir cometidos impropios de su edad, deformada a martillazos por la degeneración de una ideología aberrante. Condenada.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7,5.

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