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En el curso del tiempo

5 Abr

En el curso del tiempo

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Año: 1976.

Director: Wim Wenders.

Reparto: Rüdiger Vogler, Hanns Zichsler.

Tráiler

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            Dos hombres y el camino por delante. Los setenta, años de la búsqueda existencial tras el desencanto de las revoluciones de las flores de finales de la década anterior, son tiempos de road movies, de tipos que cabalgan hacia su destino alejándose de una sociedad que no comprenden y que les repudia.

El alemán Wim Wenders será el principal representante de este sentir dentro del Viejo Continente, quizás motivado porque la situación de su país, por entonces seccionado en dos por los avatares de la Guerra Fría, era tanto o más confusa de la que se experimentaba en los Estados Unidos, desbordados de contradicciones identitarias entre sus ideales fundacionales y la realidad del momento, y que Hollywood –el nuevo y rebelde Hollywood– reflejaba por medio de himnos generacionales como Easy Rider (En busca de mi destino).

            En el curso del tiempo es el tercer capítulo de esa trilogía de la carretera que se completa con las precedentes Alicia en las ciudades y Falso movimiento. Probablemente sea también la más emblemática de las tres, compuesta sobre el trayecto, dejándose llevar por lo impensado y descubriendo como, poco a poco, es el propio sendero el que modela el devenir de los acontecimientos que atraviesan estos dos personajes en crisis. A lo largo de su recorrido en camioneta, no obstante, afloran inquietudes que definen el periodo, como el desarraigo de los protagonistas -el nomadismo, el rechazo del padre-, sus problemas sentimentales -la nostalgia que embarga sin remedio las relaciones románticas, imposibilitándolas; el divorcio desconsolado-, el pasado que pervive en traumas presentes.

            La abstracción del filme, manifestada en la inconcreción de la meta a la que se dirigen la pareja de personajes más allá de su desplazamiento constante, contrasta, creando un extraño efecto, con situaciones de escatológica fisicidad -las escenas de defecación, masturbación y micción-. Al fin y al cabo, son las imágenes las que hablan por unos individuos que, en realidad, apenas dialogan entre ellos o con el espectador. Son composiciones que puntean el aliento poético de la película, en el que participan asimismo otros elementos como el cuidado blanco y negro de la fotografía, la cadencia del relato mecida por la banda sonora -que refuerza además la conexión americana-; el acercamiento y la distancia entre los viajeros; los encuentros con transeúntes y con uno mismo y la propia historia, o los recorridos melancólicos hacia un ayer que no existe y la incertidumbre de un mañana imposible de escrutar. La inexorable decadencia del sentir cinematográfico, con cines reducidos a cuchitriles para depravados pornófilos.

            A pesar de que a efectos narrativos no suceden hechos excepcionalmente relevantes en casi tres horas de metraje, sí se percibe en cambio corrientes y evoluciones internas que, en realidad, son tan frágiles, intangibles y trascendentes como el resto de detalles que conforman el itinerario, en incesante movimiento y, por tanto, transformación.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

T2: Trainspotting

4 Mar

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Año: 2017.

Director: Danny Boyle.

Reparto: Ewan McGregor, Jonny Lee Miller, Ewen Bremner, Robert Carlyle, Anjela Nedyalkova, Shirley Henderson, Kelly Macdonald, James Cosmo.

Tráiler

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            En una escena de esta segunda parte de Trainspotting, Renton, Spud y Sick Boy homenajean la memoria del finado Tommy. Y este último, que siempre fue el cínico del grupo y en ese momento afirma no sentir nada con el acto de recuerdo, le termina reprochando a Renton que haya regresado a Edimburgo para hacer una visita turística de su infancia; vana nostalgia. Pero se lo recrimina a Renton por delegación, evidentemente, porque el destinatario es el espectador cobijado en su butaca. Ese que, probablemente, haya reverenciado la primera Trainspotting como un hito generacional de su juventud noventera y haya repetido el monólogo inicial y final del propio Renton asumiéndolo como una declaración vital propia, mientras de fondo atruena el Lust for Life de Iggy Pop.

            Los revivals acostumbran a esperar ciclos de veinte años con el fin de que se caldeen las pertinentes evocaciones y el cliente cultive su propio patrimonio para gastarlo en los juguetes que le retrotraigan a tiempos pasados, como en el cine podría ejemplificar esas películas emparentadas que son American Graffiti -rodada en los setenta para exaltar a la juventud de los cincuenta- y Movida del 76 (Jóvenes desorientados) -rodada en los noventa para exaltar a la juventud de los setenta-, así como, en estos años de atrás, la sobreexplotación comercial de todo lo relacionado con los ochenta en una réplica que, como dijo aquel, parece durar más que la década original.

Pero, al contrario de lo que sugiera su promoción y momento de estreno, T2: Trainspotting no es tanto una obra nostálgica como una obra sobre la nostalgia.

            La secuela se escruta a sí misma ante el espejo y entonces aflora todo el desencanto que en la anterior quedaba sepultado bajo la autocondescendencia pop, alimentado ahora además por el derrumbe económico y sobre todo social y moral posterior a la crisis de 2008, y por el aislamiento derivado de la sobreabundancia de información y la preeminencia de las redes sociales en las relaciones.

No sé si T2: Trainspotting es una cinta más madura -a mi juicio no termina de serlo-, pero sí es más honesta al admitir que las elecciones existenciales, sean amoldarse a los deseos/imposiciones pequeñoburguesas de la sociedad de consumo, sean embarcarse en una rebeldía marginal propulsada por psicotrópicos prohibidos, tienen unas posibilidades parecidas de conducir a la misma sensación de vacío y alienación.

A lo largo del metraje no cesan de entrometerse imágenes no solo de la posadolescencia, sino de la niñez de los protagonistas, para expresar este lamento por los sueños rotos, en un naufragio del que, quizás, tan solo emerjan los lazos personales -los que se entrecruzan entre los personajes, los del público hacia ellos, viejos amigos-.

           Supongo que es una postura que puede descolocar a algún incondicional, dado que traiciona en buena medida el espíritu de la apertura del díptico de Trainspotting para, en cambio, cerrarlo desde una mirada más alejada de los personajes, con un halo dominado con mayor contundencia por el pesimismo vital. Es una cierta mirada externa que, por ejemplo, puede detentar la scort Veronika -quien precisamente desaprueba el culto al pasado- o incluso Spud, que en su función de cronista improvisado va transformándose en una encarnación de Irvine Welsh, creador literario de este universo -y que de nuevo realiza un cameo como el traficante Mickey Forrester, venido a más-.

En este sentido, Spud, el yonki más querido por su propensión -aquí prolongada- a meterse en humillantes líos escatológicos, profundiza en la transgresión del simple guiño cómplice, puesto que a través de sus escritos la película narra y comenta a su antecesora, complementándola con un epílogo en el que, gracias a esa visión autoreflexiva, se abunda en los matices de algunos de los protagonistas, tornándolos más complejos y, acaso también, menos aceptables -el rol de víctima de Spud, la agresividad de Begbie, a quien aun así se le concede una pequeña oportunidad de redimirse de cara a la galería-.

           Son ideas loables, interesantes. Porque, por más que el relato todavía se guarde en la manga unas cuantas ocurrencias de pícaros encantadores y desesperados, renuncian a aprovecharse de esa nostalgia de la juventud para enfrentarse a ella con arrojo.

Por desgracia, la adaptación de John Hodge -o el Porno de Welsh, que no he leído- no sabe desarrollarlas con solvencia, ni Danny Boyle logra encontrar el tono adecuado para exponerlas. De este modo, la trama criminal ligada a Begbie, destinada a romper y llevar a un desenlace las divagaciones psicológicas, afectivas y empresariales de Renton y Sick Boy, no tiene claro a qué aferrarse en medio de la tragicomedia y termina por hundirse en el ridículo, además con un ritmo bastante empantanado.

“¿Cuándo se jodió todo, George Best?”, sobrevuela T2: Trainspotting como interrogante alegórico y omnipresente.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6.

Comanchería

7 Dic

comancheria

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Año: 2016.

Director: David Mackenzie.

Reparto: Chris Pine, Jeff Bridges, Ben Foster, Gil Birmingham, Marin Ireland, John-Paul Howard.

Tráiler

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           Existe una cierta consciencia catastrófica a propósito de los efectos que, sobre los Estados Unidos, ha tenido la crisis económica oficializada en 2008; probablemente el acontecimiento más grave sufrido por el país norteamericano -y el mundo por extensión- durante el siglo en curso. En el cine, la Nueva Orleans arrasada por el huracán Katrina de Mátalos suavemente sería la representación más literal de este fenómeno. El fin del sueño y el despertar de pesadilla, la degradación del país de las oportunidades; una constante recurrente, por otro lado, en la ficción estadounidense, de aparición tan cíclica como las sucesivas debacles del sistema capitalista y sus posteriores regeneraciones -de hecho, siguiendo con el ejemplo, el filme de Andrew Dominik se basa en una novela de George V. Higgins publicada en 1970, en pleno desencanto tras el fracaso del idealismo de los contraculturales años sesenta-.

El escenario de Comanchería es todo polvo y ruinas, agonía y humillación; poblado de cartelones de crédito fácil que, como aves carroñeras, rondan el cadáver putrefacto de un pueblo caído en desgracia. Arroja prácticamente un territorio posbélico, asolado por una derrota en la que, esta vez, el papel de los indios desterrados de su hogar lo encarnarán los lugareños blancos que desde entonces dominaban la pradera; mientras que el rol del invasor, ataviado ahora con traje ejecutivo y atildados modales comerciales, queda en manos de las entidades bancarias, quesaquean hasta el último terrón de tierra disponible a través de hipotecas inversas y otras artimañas equiparables al contrabando de alcohol y las mantas infectadas de viruela de aquellas viejas guerras contra el piel roja.

           El título original del filme -conservado curiosamente para su distribución en España- explicita la filiación westerniana de la obra, que recorre en sus fotogramas la iconografía material -el forajido, el sheriff, el arma de fuego, la llanura libre, las manadas errantes- e inmaterial -los códigos éticos inquebrantables, la poética estoica, el duelo personal como forma de dirimir el conflicto- idiosincrásica del género.

En ocasiones, en su insistencia en la revisión y acumulación de símbolos de una época perdida, Comanchería se asemeja a un paseo melancólico por el museo de Historia del Oeste, en el que su aliento doloridamente terminal queda un tanto exagerado si se tiene en cuenta que el western asumió ya su propia crepuscularidad hace más de cincuenta años.

           Es en este punto de nostalgia irreparable donde el argumento del filme se apoya para rebelarse contra el presente, proclamando así un mensaje de orgullo que sirve tanto para alzarse contra el ultraliberalismo convertido en bandolerismo de guante blanco, como para reclamar el ‘Make America Great Again’ que enarbolaba en su campaña por la presidencia de los Estados Unidos el republicano Donald Trump -percibido por muchos electores como el verdadero candidato antisistema frente a los protegidos de Wall Street-, y mediante el cual el  magnate conservador invocaba a los valores fundacionales del país.

Ese credo que, en Comanchería, también representan los dos hermanos protagonistas, quienes deciden renunciar a las leyes de un sistema corrompido para, desde su iniciativa individual -la cual responde tan solo a su conciencia particular, su noción del Bien y el Mal y la relación de esta hacia su objetivo-, resolver la injusticia pagando al malhechor con su misma moneda. Esto es, asaltando bancos para saldar la deuda con los bancos. Combatir la anarquía amoral desde la anarquía presuntamente moral. Por ello, uno no sabe si se enfrenta a un círculo histórico irrompible, destinado a reproducirse una y otra vez, o a una espiral de constante depredación desregulada.

           Comanchería propone en definitiva una relectura contemporánea del romántico Jesse James y su hermano Frank que, irreductibles, asaltaban a la compañía ferroviaria que extorsionaba sin piedad a los pioneros de los territorios vírgenes, de acuerdo con la escritura para la leyenda que efectuaban dípticos como Tierra de audaces y La venganza de Frank James -un ente expoliador supraindividual, no lo olvidemos, tras la que se guarecía el Estado, la gran figura opresiva en el imaginario colectivo estadounidense-. “La pistola es la única ley que protege a los pobres”, sentenciaban en la segunda.

De igual manera, el obsoleto marshall que emprende la caza del hombre, botas en lo alto de la balaustrada y pesaroso fatalismo en la mirada, podría considerarse una reencarnación del pensativo Wyatt Earp de Pasión de los fuertes, con un toque de cinismo desencantado sustituyendo al taciturno ensimismamiento del original.

           En cualquier caso, el guion de Comanchería es inteligente, y cuestiona constantemente a sus antihéroes, sus acciones e incluso la propia visión novelera del Viejo Oeste que plantea la obra, sin que ello perjudique la carga de lirismo elegíaco que baña un relato que se sabe herido de muerte.

Es más, consigue que se convierta en una película con sabor y personalidad autónoma, desarrollada por personajes con cuerpo y carisma, y que por tanto no quede reducida una simple y vacía imitación de unas constantes antiguas, en lamentable desuso.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

Amarcord (Mis recuerdos)

20 May

“El recuerdo imperecedero es una fuga que se les permite solo a los grandes: Dante, Maquiavelo, Leopardi, Fellini. Solo ellos consiguen huir de la muerte refugiándose en la inmortalidad.”

Ettore Scola

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Amarcord

(Mis recuerdos)

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Amarcord (Mis recuerdos)

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Año: 1973.

Director: Federico Fellini.

Reparto: Bruno Zanin, Armando Brancia, Pupella Maggio, Magali Noël, Nando Orfei, Luigi Rossi, Giuseppe Ianigro, Josiane Tanzilli, Ciccio Ingrassia.

Filme

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            Cultivar lo grande desde lo pequeño. Federico Fellini recopila en Amarcord una colección de recuerdos de un adolescente de provincias, apegados a una sensibilidad llana y terrenal, para terminar edificando un retrato monumental de toda una cultura y de una forma de entender la existencia. Antropología en movimiento, exposición de resortes filosóficos compartidos por toda la especie, exploración de los deseos del cuerpo, retrato costumbrista del ser humano como animal gregario. Álbum familiar.

            Expuestas mediante retazos cálidos que se dejan llevar por las deformaciones de la ficción y la nostalgia, tremendamente delicadas en su rusticidad, las memorias de Fellini –entendidas como un asunto sensitivo y afectivo, y no autobiográfico en sentido estricto- se organizan para componer la sinfonía de un pueblo de la Italia de los años treinta, cuya melodía de música, imágenes y evocaciones queda inserta a su vez dentro de la danza eterna de la vida, incardinada en el transcurrir cíclico de las estaciones, los años y las épocas. El instante histórico concreto –el auge del fascismo mussoliniano– es apenas una particularidad de fondo que, se entiende, solo altera en contados aspectos la cotidianeidad de esta galería de tipos humanos y sus distintivas fisionomías asociadas.

            Amarcord es la reconstrucción de una mitología popular, con sus personajes arquetípicos e identificables que forman parte decisiva en el devenir de un relato antiguo e imperecedero, dueño de sus inesperados insertos fantásticos u oníricos –el pavo real entre la nieve- y narrado incluso por sus propios vates, quienes por supuesto se integran asimismo como uno más en este variopinto conjunto humano, reprobados, ridiculizados o ensalzados por sus compañeros de tiempos y sociedad. Entonces, comparece también en esta historia de las historias una cabalgata carnavalesca de seres paradójicamente extraordinarios dentro su naturaleza común: héroes mínimos y deidades de derribo, patriarcas patéticos, revolucionarios de sanatorio mental, sacerdotisas iniciáticas en el amor,…. Criaturas singulares a las que se admira, se canta, se respeta o se despedaza al albur de las apetencias del momento.

Es una cosmogonía privada ésta en la que, además, palpita palpablemente el sustrato indoeuropeo, el humus romano y mediterráneo, y la aculturación cristiana y continental, aleados a la fuerza por el peso de los siglos. En el sentir de estas gentes, que es el propio sentir del autor de Rímini, conviven los hábitos externos del catolicismo con una sexualidad exacerbada y dionisíaca, herencia a su vez de la adoración por las venus paleolíticas y neolíticas de formas estatopígicas y propiedades fecundativas. La Madre creadora que choca contra el Dios patriarcal hebreo, en un combate que se reproduce, melodramática y teatralmente, en el interior de cada hogar italiano.

            En el filme, los personajes se expresan desde la prosa cínica y escatológica, estoica en su querencia por la burla contra todo. Pero entre estas plazas adoquinadas y soportales abarrotados, que perfectamente podrían ser los mismos que aparecen en obras de una cultura cercana y próxima como las del realismo español –Calle Mayor, si acudimos a ejemplos-, Fellini descubre pequeños pensadores. Metafísicos de terruño que, cuando no se enzarzan en absurdas disquisiciones que no les pertenecen –el patetismo del Duce y sus camisas negras, adoradas por la masa- o dan rienda suelta a sus impulsos primarios e inmediatos, reflexionan con precisión acerca de la esencia de la vida y de la muerte, con hallazgos tan profundos y pasmosos como la que sobre esta última extrae un anciano envuelto por la impenetrable niebla.

            Nacida de lo sencillo y lo personal, Amarcord alcanza la trascendencia y la universalidad.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 9,5.

Salvad al tigre

17 Mar

“Cuando alcanzas lo que los demás definen como éxito, confiando en que todo será genial cuando lo consigas, te das cuenta de que nada cambiará. No es algo que te llene o te complete, lo que para muchos resulta desconcertante.”

Natalie Portman

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Salvad al tigre

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Salvad al tigre

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Año: 1973.

Director: John G. Avildsen.

Reparto: Jack Lemmon, Jack Gilford, Laurie Heineman, Patricia Smith, Thayer David, Norman Burton, Lara Parker, William Hansen, Harvey Jason.

Tráiler

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            ¿Qué hay al final de la escalera que conduce al sueño americano?, lleva preguntándose recurrentemente el arte estadounidense, que en el caso del cine ocurre definitivamente a partir de Ciudadano Kane, protagonizada por un hombre tan rico que solo tenía dinero. El Harry Stoner de Salvad al tigre también tiene a su Rosebud perdido en algún trastero, golpeando insistentemente la puerta de su espíritu desmoronado por la rutina de supervivencia que, ejercicio fiscal por ejercicio fiscal, impone el deshumanizado sistema capitalista, hábil para fomentar esa ilusión de que todo individuo puede ser millonario con el honesto sudor de su frente. La lotería pagada con esfuerzo.

            En un país construido sobre la iniciativa particular –sinónimo de iniciativa comercial-, la salud emocional de su sociedad se calibra a través del estado anímico de los vendedores, como ejemplificaba con desoladora crudeza el documental Salesman o, en tiempos recientes aunque evocados desde un pasado coetáneo a la obra de los hermanos Maysles, la serie Mad Men, prueba de la vigencia de su percepción. Las referencias a la prostitución son constantes en el guion de Salvad al tigre, tanto en una concepción relativamente positiva –la venta de fantasía- como, en especial, negativa –la genuflexión moral de quien ruega por conseguir un objetivo que, visto sin la ceguera obsesiva creada por la espiral de libros de cuentas, puede que en realidad sea por completo nimio, si no directamente miserable-.

            Jack Lemmon, un actor que bien pudo encarnar la representación del estadounidense medio, conjuga así, con su dotada sensibilidad interpretativa, los males de la nación en tiempos del fin de los ideales –la muerte de la ballena Kamu, que nadó a contracorriente- y donde el mercantilismo ha fagocitado valores absolutos como el sacrificio –el veraneo en las ensangrentadas playas de Anzio-, el patriotismo –la bandera estampada en los calzoncillos- o incluso el arte –el Teatro Maya, que exhibe porno nórdico donde otrora se proyectaba Quo Vadis-. Chirría un tanto, quizás por el paso de los años, la neurosis de guerra que también atenaza al protagonista –y la vertiente bélica de los negocios que se le asocia-, pero en conjunto el filme compone un fresco perfectamente desencantado, vívido en su amargura.

Una búsqueda accidental triste e intensa, en conclusión, rematada con un extraordinario golpe de gracia y dirigida con encomiable pulso por John G. Avildsen –cuya obra más popular es curiosamente una rendición al sueño americano tradicional, Rocky, tres años posterior-, enhebrado a través de conversaciones apesadumbradas, vagares desnortados por una deprimente Los Ángeles y un leve suspense empresarial –sinónimo, de nuevo dándole la vuelta al concepto, de suspense existencial-.

            Quizás así, el fracaso en taquilla que sufriría en su estreno sea acorde a su esencia. Y contradictorio, por tanto, el Óscar al mejor actor que cosecharía en cambio Lemmon.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7,5.

Ghost Dog, el camino del samurái

15 Mar

Sexta y última entrega de Ultramundo sobre la primera etapa de la filmografía de Jim Jarmusch, hasta el cambio de milenio. Y el serial se cierra con la obra cumbre del cineasta, Ghost Dog, el camino del samurái.

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Holy Motors

7 Feb

“…Cine, cine, cine, más cine por favor / que todo en la vida es cine / y los sueños, cine son.”

Luis Eduardo Aute (Cine, cine)

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Holy Motors

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Holy Motors

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Año: 2012.

Director: Leos Carax.

Reparto: Denis Lavant, Edith Scob, Eva Mendes, Kylie Minogue, Elise Lhomeau, Jeanne Disson, Michel Piccoli, Leos Carax.

Tráiler

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            El protagonista de Chico conoce chica, el debut de Leos Carax en el largometraje, se negaba a cambiar porque, venía a decir, su objetivo en la vida era explorarse a sí mismo. Descubrir por completo el misterio de su personalidad, cuestión para la cual, en aras de mantener este rigor científico-explorador, debía permanecer inmutable.

Trece años llevaba sin aventurarse de nuevo en el largometraje el cineasta galo, después de la hipertrofiada y denostada Pola X. Un prolongado periodo de meditación poblado por traumas –el progresivo cuestionamiento o incluso rechazo por parte de muchos de sus otrora admiradores; sucesos terribles como el fallecimiento de su pareja, la actriz Yekaterina Golubeva-, que el autor decantará en Holy Motors: una cinta críptica, simbólica y sobre todo autorreflexiva que podría entenderse como una indagación metalingüística acerca del arte de hacer cine y de cómo el cine, a través del subconsciente, se filtra en la existencia, y viceversa.

Carax desnudo ante el espejo, y el cine –su cine-, posando también desnudo a su lado. Que todo en la vida es cine, y los sueños cine son, que cantaba Luis Eduardo Aute.

            Holy Motors nace de una escena onírica protagonizada por el propio director para, a continuación, adentrarse en los entresijos de la concepción cinematográfica. Armado con sus recursos artísticos innatos y un amplio sentido de la ironía, Carax navega por los géneros del séptimo arte –el drama social, la ciencia ficción de efectos especiales, la fantasía fabulosa, el drama familiar, el thriller criminal, el drama romántico,…- con Denis Lavant, su histrión fetiche, erigido en timonel, dominando la nave con un camaleónico registro de intérprete del silente.

Se trata así de episodios cinéfilos repletos de guiños –desde Georges Franju hasta Godzilla, pasando por una abundante autorreferencia-, que además, intermediados por el filtro del surrealismo, arrojan cierta lectura sobre la realidad del momento y de la que se destila un sentido pesimismo. Soledad, mercantilismo, virtualidad, melancolía, vacío y desencanto.

            A pesar de lo que podrían insinuar las dudas que se cernían sobre el posible agotamiento demiúrgico de Carax, el filme no es una exposición de dudas fellinianas acumuladas durante el barbecho creador, como podría ser, proponiendo un ejemplo contemporáneo, el Glory to the Filmmaker! del hastiado Takeshi Kitano. A fuerza de sumergirse en escenas de lo más variopinto desde la perspectiva crepuscular, romántica y nostálgica de este actor que actúa, Holy Motors acaba fundiendo vida y cine para, en cierta manera, reconstruir la comedia de la existencia, donde cada cual trata de interpretar a duras penas el papel de sí mismo al estilo de lo que intentaba con mayor ahínco y reconcentración Charlie Kaufman en Synecdoche, New York.

            La honestidad y visceralidad que Carax vuelca sobre su criatura y la cálida fragilidad que se percibe a través de sus angustias e inquietudes, amalgamada con esa conmovedora sensación de finitud de un cine –y una vida- que se extingue, provocan que Holy Motors trascienda cualquier pretensión estrictamente teórica para convertirse en una obra tan insólita como palpitante. La belleza del arte, sea cual sea ésta, como necesidad existencial.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

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