Tag Archives: Nostalgia

El secreto de sus ojos

18 Nov

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Año: 2009.

Director: Juan José Campanella.

Reparto: Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella, Pablo Rago, Javier Godino, José Luis Gioia, Mario Alarcón, Mariano Argento, Carla Quevedo.

Tráiler

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          Alfred Hitchcock abogaba por desencorsetar la narración de las estrictas servidumbres de lógica en favor de buscar la emoción pura. No sé si, con esta afirmación, el maestro del suspense se refería exactamente a películas como El secreto de sus ojos, pero la ganadora del Óscar a la mejor película de habla no inglesa bien puede ajustarse a sus términos. Porque, en ella, la trama policíaca alrededor del asesinato y violación de una joven maestra ofrece una excusa atractiva, aunque enhebrada por un par de casualidades flagrantes -la identificación del sospechoso por medio de las fotos, su localización en el abarrotado estadio de Huracán, que no obstante entrega una poderosa escena de rastreo y persecución en plano secuencia-, para hablar, en el fondo, de la pérdida del amor.

Pero, a decir verdad, incluso estas casualidades, cuyo coqueteo con la inverosimilitud reconoce honestamente el propio guion, poseen perfecto sentido con lo que en realidad se cuenta, con ese melodrama de emociones cercenadas en unos tiempos violentos y miserables -una premisa, cabe reconocer, muy propia del superventas literario contemporáneo, con frecuencia repescado luego en formato de largometraje o serie-. Y es que el punto de vista de El secreto de sus ojos lo sirve un narrador que no es completamente fiable: se trata de un oficial del juzgado de instrucción de Buenos Aires que, de regreso del exilio en su propio país tras la jubilación, intenta recrear en palabras y sentimientos esa investigación y ese romance que condicionaron traumáticamente su existencia. La escena inicial es un vaporoso pedazo de memoria al que se pretende aprehender antes de que se esfume definitivamente, darle cuerpo para poder afrontarlo antes de que sea demasiado tarde. Es decir, que esa evocación también tiene algo de creación, de autoficción visceral, en la que se trazan reflejos y equivalencias entre la evolución del caso policíaco y la del romance entre el protagonista y su jefa de departamento, una mujer de otro rango profesional, otra clase social y con un compromiso matrimonial en la mano.

          Así pues, vinculado a este juego de paralelismos, se puede entender que asuntos como el de la mirada que se clava furtivamente en la amada en unas fotografías o encontrar la aguja en un pajar humano son una forma en la que el oficial Benjamín Espósito trata de transmitir sus sentimientos a flor de piel, de expresar lo que aún no sabe verbalizar. La entrega absoluta congelada en una imagen, la necesidad de perseguir e incluso, quizás, llegar a materializar lo imposible. “Lo único que nos queda son recuerdos… que al menos sean lindos”, reflexiona el viudo de la víctima. Con este argumento, el drama de El secreto de sus ojos queda canalizado en su desenlace hacia la enmienda del pasado, hacia el resarcimiento desesperado y postrero, con los personajes simultáneamente encuadrados entre rejas, atrapados en una vida que ha quedado sumida en la nada.

          El libreto, en el que Eduardo Sacheri adapta su propia novela junto al director, Juan José Campanella, está cuidado al detalle, pues, como se comentaba antes, hasta es consciente y reconoce sus potenciales abusos hacia la credulidad del espectador. El interés de los creadores recae sobre los personajes y sus relaciones, trazados con esmero tanto desde las soberbias frases que contienen los diálogos como por la tensión invisible que llena una atmósfera cargada de electricidad estática; de pasión y de melancolía. Elementos dramáticos que culminan a la perfección los actores encargados de interpretarlos. Por destacar los papeles principales -aunque secundarios como Mario Alarcón dejan también sonoras muestras de talento-, Ricardo Darín es un tipo creíble en prácticamente todos sus papeles, Soledad Villamil es conmovedora revelando los vibrantes secretos que esconden los ojos del título -es, inevitablemente, una película de miradas expresivas-; Guillermo Francella desborda rigor y carisma de auténtico robaplanos, y sobre el español Javier Godino leí en su día sorprendidos elogios desde Argentina por su emulación del acento de Chivilcoy.

La complejidad y la atención de la trama les pertenece fundamentalmente a ellos, por encima incluso de los terribles hechos con los que les bombardea una realidad hostil, despiadada, mezquina. Pertenece a sus emociones.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8,5.

El viaje a ninguna parte

26 Jun

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Año: 1986.

Director: Fernando Fernán Gómez.

Reparto: José Sacristán, Fernando Fernán Gómez, Juan Diego, Gabino Diego, Laura del Sol, Nuria Gallardo, María Luisa Ponte, Simón Andreu, Miguel Rellán, Emma Cohen, Agustín González, Carmelo Gómez.

Tráiler

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          El viaje a ninguna parte es el crepúsculo del hijo de un semidiós menor y olvidado. “¡Hay que recordar!”, sentencia el hombre abatido, mientras Los Panchos le aconsejan que es preferible olvidar que se sufrió. El viaje a ninguna parte es un acto de amor a un oficio, engastado en una historia que, como las piezas que representan los actores, es tan auténtica como fantasiosa. “Una de esas comedias que hacen llorar”, se deja caer en cierta escena. La representación como sublimación de una realidad hostil y despiadada. La función de la vida. “El único error de Dios fue no haber dotado al hombre de dos vidas: una para ensayar y otra para actuar”, que lamentaba Vittorio Gassman. Las mejores interpretaciones que evoca el histrión se sitúan fuera de ese escenario montado con cuatro sillas y un decorado roído sobre las tablas de cualquier bar, cualquier círculo de villorrio, cualquier cuadra.

          El viaje a ninguna parte recorre unas memorias tan sentimentales como poco fiables. Fernando Fernán Gómez, autor del serial radiofónico original, de la novela posterior, del guion adaptado y de la dirección de la película, amén de secundario destacado y líder espiritual de un reparto sabio y preciso -a excepción del bisoño y disonante Gabino Diego-, expresa este desconcierto y contradicción mental mediante caótica música jazz. Su estridencia se contrapone con esos recuerdos plasmados en fotogramas crepusculares, de ocres suaves y apagados; tan mortecinos como los pueblos castellanos que transita, casi vagabundea, una troupe de actores itinerantes que es tan compañía artística como familia literal, tan pobre como esa tierra agotada y mezquina de posguerra. Y hablan de la miseria con cierta melancolía, con el inevitable dolor por un pasado que se fue. La voz de la sangre apagada a hambre y palos, desterrada por otros entretenimientos quizás superiores técnicamente, pero menos humanos, menos personales en su disfrute. “¡Me cago en el padre de los hermanos Lumière!”, se maldice frente al rival, que luce sobrenombre de archivillano de folletín: El Peliculero.

          Hay una empatía elemental en su relato tierno, doliente y agónico. Carlos Galván, hijo y nieto de Galvanes, es, como mucho, un extra supernumerario dentro de la gran obra del mundo. Los protagonistas de esta se cuentan con los dedos de las manos, y son divas también desbordadas por sus propias flaquezas humanas. “¿Por qué no sueñas, no tienes ilusiones?”, le reprocha sorprendido a su amante. El único refugio es mentir, fabular, interpretar, frente a una realidad que amenaza con aplastarnos. Todos emprendemos un viaje a ninguna parte, pues la existencia, como reflexionaba Hamlet -a quien Galván nunca encarnó-, no es más que un cuento contado por un necio, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

El sol siempre brilla en Kentucky

13 Feb

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Año: 1953.

Director: John Ford.

Reparto: Charles Winninger, Arleen Whelan, John Russell, Stepin Fetchit, Russell Simpson, Ludwig Stössel, Paul Hurst, Mitchell Lewis, Clarence Muse, Elzie Emanuel, Milburn Stone, Jane Darwell, Dorothy JordanFrancis Ford, Slim Pickens, Henry O’Neill, Grant Withers.

Filme

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         John Ford, un tipo propenso a la declaración esquiva o chocante, a construir su propio mito transfigurándose en un personaje fordiano, solía afirmar que El sol siempre brilla en Kentucky era su preferida de entre las películas que había dirigido.

Lo cierto es que el filme es una de esas piezas en la que se materializaban en fotogramas su nostalgia de tiempos pasados, de escenarios míticos modelados a partir de fantasías folclóricas sobre una arcadia perdida -aunque no idealizada, a pesar de que pudiera parecerlo en un vistazo superficial-. Es este un universo fabulado que se rige por los valores de la pequeña comunidad: esa decencia declamada por los estadounidenses como virtud fundamental del ciudadano, la solidaridad con el vecino, la unidad entre diferentes mediante el respeto de unos principios y unos símbolos compartidos.

De hecho, Ford se había adentrado ya en este somnoliento escenario sureño de principios del siglo XX en El juez Priest, quizás la mejor de sus colaboraciones con el popular cómico Will Rogers, que encarnaba en sí mismo, a través de su querido personaje público, todos estos conceptos ideales. La sabiduría del terruño, práctica, empática y ajena a pomposidades e imposturas; la sobriedad y el cultivo del pequeño placer como camino que conduce a una realizadora plenitud; la capacidad para asumir las propias falencias y las pequeñas excentricidades con una media sonrisa de estoica autoironía; la rectitud moral, que no moralista, como guía para lidiar con las problemáticas sociales y personales del entorno; un profundo sentido de la humanidad como manual de vida y convivencia sin distinción de raza, credo o color. El héroe fordiano quintaesencial, un Abraham Lincoln en potencia pero orgullosamente de andar por casa, a pie de calle.

         En El sol siempre brilla en Kentucky, y ahora con el rostro de Charles Winninger, Ford se reencuentra con este juez casi oficioso, más orientado por su experiencia, instinto y comprensión que por los códigos legales, en tres nuevas aventuras que unifica en un solo largometraje sin que aparezcan fisuras e incoherencias en su fusión, amalgamada por la naturaleza del personaje y por las tonalidades crepusculares, tiznadas con la inevitable melancolía marca de la casa, con la que el cineasta la aborda. La despedida del juez en pantalla prácticamente prefigura el retorno al vacío, con una puerta que se cierra tras de él, del tío Ethan de Centauros del desierto, solo que esta vez el protagonista desaparece puertas adentro, en las sombras de su propia casa, en el pueblecito arquetípico del que es un auténtico pilar maestro. Antes lo ha redimido. Quizás por última ocasión, a pesar del premio que pueda recibir por salvarlos de nuevo “de ellos mismos”.

         Hay por ello una inevitable tristeza en sus episodios costumbristas, pintorescos, etílicos e incluso añejos en su uso de los estereotipos, como el siempre polémico personaje con el que Stepin Fetchin hizo carrera y que hoy desataría las iras de cualquier analista concienciado con la igualdad de los afroamericanos. Hay drama en su comedia, lacerada por la noción de su propia agonía, ya irreparable. El sur, derrotado aunque digno, cede paso al progreso nordista -también desde una firme voluntad de respeto, honorabilidad y reconciliación estatal, vez sí sublimada-. El campechano juez apenas resiste los embates del altisonante aspirante. Él y sus compinches son recuerdos sentimentales de heridas antiguas, reliquias vivientes merecedoras del destierro, rezan los libelos políticos en la campaña electoral que amenaza con dar el descabello definitivo a esta época.

         Ford, que tenía una consciencia de sí mismo como un individuo anacrónico, que miraba el país desde esta perspectiva secular enraizada en unas tradiciones sincréticas, captura el poderoso lirismo de esta luminaria que se apaga, ignorada por las letras capitales del relato histórico.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Guardianes de la galaxia Vol. 2

6 Feb

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Año: 2017.

Director: James Gunn.

Reparto: Chris Pratt, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper, Vin Diesel, Kurt Russell, Michael Rooker, Karen Gillan, Pom Klementieff, Elizabeth Debicki, Sean Gunn, Chris Sullivan, Sylvester Stallone, Stan Lee.

Tráiler

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          Hay una cuestión que, más allá de su devoto fetichismo por la cultura pop del periodo -cinematográfica, musical, visual, tecnológica…-, conectaba de fondo a Guardianes de la galaxia con el cine de aventuras y fantasía de los ochenta: ese tema de la ausencia paterna tan característico de las producciones de Steven Spielberg y la factoría Amblin. El segundo capítulo de la saga otorga protagonismo a este asunto para, a partir de ahí, construir un argumento en el que se enfrenta el peso de la sangre, de la genética, al concepto de familia elegida. Porque la familia, como expone la subtrama de las hermanas Gamora y Nebula, es el tema principal de Guardianes de la galaxia Vol. 2.

          Obviamente, en concordancia con el espíritu de la serie -que va un paso más allá incluso que el de la propia Marvel, si bien luego ha sido superada por Deadpool-, este drama queda abordado con un tono ligero en el que es frecuente el humor irreverente y posmoderno, que tanto sirve para rebajar la grandilocuencia de la tradicional acción superheroica como las tentaciones de componer una tragedia colosal. Lo antitético de lo que propone su rival DC, como es sabido. Falta le hace esta comedia, sea como fuere, porque todo espectador conoce de pe a pa el desarrollo y la resolución de este dilema que se plantea, además de que el resto de vertientes paralelas tampoco poseen una mínima consistencia -quizás Yondu se revele como un personaje con algo más de posibles-, con lo que el relato en sí termina por quedarse bastante endeble y deshilvanado.

          En todo caso, la estrategia de la semiparodia no deja de ser medianamente inteligente: si no se apunta alto -o si se admite la improcedencia de esta grandilocuente solemnidad- es más fácil acertar el tiro, sobre todo si se sigue hallando gags de impacto. Como explicita su introducción, donde la cámara sigue al adorable Baby Groot mientras baila ajeno a la macropelea que transcurre en segundo plano, la atención de la película no está puesta en los increíbles avatares de unas criaturas extraordinarias, sino en su chispa cotidiana, trivial. 

De esta manera, Guardianes de la galaxia Vol. 2 se atiene en gran medida y hasta exagera la fórmula que hacía de la entrega inaugural un divertimento relajado y simpático, protagonizado por uno de los nuestros. Es decir, por un superhéroe que, en realidad, es un tipo campechano con el que el público comparte sensibilidad y sentido común, aficiones y, por tanto, adrenalina. Peter Quill es un tipo que tiene nuestra misma piel, encarnado además por un chaval con un carisma y un atractivo nada ostentoso, probablemente acentuado por su condición de exgordo, como Chris Pratt, el héroe de la generación que no teme ser friki ni reivindicar sus apetencias de niño grande.

          Con todo, la repetición hace que la adrenalina no fluya con igual intensidad, además de que el diseño de producción, de tan exagerado y virtual, sume a los personajes en un entorno donde la fisicidad y por ende la energía brillan por su ausencia, llevándolos a ser figuras que se mueven en una nada a la que es complicado asirlos e incluso ubicarlos. Los erráticos movimientos de cámara y un montaje más bien pobre o cortado con poco interés acentúan esta sensación.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

Las distancias

10 Sep

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Año: 2018.

Director: Elena Trapé.

Reparto: Alexandra Jiménez, Miki Esparbé, Isak Férriz, Bruno Sevilla, María Ribera.

Tráiler

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            La persistencia a lo largo de unas cuantas generaciones del ya por derecho propio subgénero cinematográfico del reencuentro entre amigos como terapia existencial desde la que examinar las ilusiones pasadas y la realidad presente sugiere, primero, que el desencanto es un denominador común de la sociedad occidental posmoderna y, segundo, que aunque a todos tendamos a erigirnos en personalidades excepcionales, no pertenecemos tampoco a una quinta que experimente en último término sensaciones únicas e intransferibles, incluso -o especialmente- cuando estas son negativas.

La generación golpeada por la crisis económica de 2008, actualmente entre la treintena y la cuarentena, y posiblemente una de las pocas que no alcanzará de forma general el nivel de vida de sus progenitores, tan solo sufre unos matices particulares dentro de este persistente estado de decepción vital.

            Estas variables concretas -la precariedad laboral, la emigración, la inmadurez afectiva, el romance 2.0, la frustración sentimental que solo empeora con huidas hacia adelante basadas en caducas estructuras tradicionales…- están a la vista, en compañía de otras más clásicas -las cicatrices románticas sin resolver, la incomunicación…- en Las distancias, una nueva aproximación a esta premisa en la que, esta vez, un cuarteto de amigos de la universidad viajan a Berlín para felicitar por sorpresa el 35 cumpleaños de otro miembro del grupo, esquivo en su última visita a Barcelona por motivos que, sin embargo, podría compartir con el resto -incompatibilidad de agendas, compromisos múltiples, alegaciones de falta de tiempo…-.

La interpretación de Miki Esparbé, que encarna a este último, es la que subraya -de forma probablemente excesiva- la tonalidad en la que se va a mover un drama por momentos un tanto sobresaturado: su rostro mustio desde la primera imagen no varía ni siquiera para simular alegría por la irrupción inesperada de los supuestos seres queridos de otros tiempos, a buen seguro más felices, en vista de los mohínes del actor.

          La fuga/desaparición del homenajeado sirve como desencadenante definitivo del misterio emocional y narrativo de la película, a partir del cual se evisceran, en una composición un poco tremenda, las miserias de un grupo humano con incontables averías, ahogado en la luz cenicienta y moribunda de la capital alemana, que de por sí implica un desarraigo que, en definitiva, trasciende lo geográfico.

Elena Trapé, directora y guionista -en este último apartado en colaboración con Miguel Ibáñez Monroy y Josan Hatero-, presta cuidadosa atención a sus criaturas con primeros planos que observan sus sentimientos -sean empatizables o mezquinos, son frecuentemente comprensibles, aunque puede que también amargos de más-; el dolor que se les acumula hasta escapárseles por los poros, y hasta el leve patetismo que destila su desesperación. Al mismo tiempo, continuando con este celo en la puesta de escena, los separa literalmente cerrando puertas, negándoles el contacto o enfrentándolos de espaldas, perdidos no saben dónde, sin saber hacia dónde mirar con ira.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

El gatopardo

5 Feb

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Año: 1963.

Director: Luchino Visconti.

Reparto: Burt Lancaster, Alain Delon, Claudia Cardinale, Romolo Valli, Paolo Stoppa, Rina Morelli, Lucilla Morlacchi, Serge Reggiani, Terence Hill, Pierre Clémenti, Leslie French, Giuliano Gemma.

Tráiler

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         El gatopardo es un filme sobre el apocalipsis. El príncipe de Salina contempla el universo que lo rodea y percibe punzantes las pulsiones de su muerte. Todo cambio es inquietud, es trauma. En el peor de los casos, es extinción.

El príncipe de Salina es un hombre “a caballo entre dos mundos”, sin arraigo en ninguno de ellos, con las ilusiones olvidadas o destruidas por el paso y el cambio de los tiempos. Las conclusiones políticas que condensaba Giuseppe Tomasi di Lampedusa en el original literario -que todo cambie para que nada cambie-, se antojan un tanto reduccionistas, por más que haya hecho fortuna entre los escépticos y decepcionados y se aplique con insistencia al convulso panorama actual. La obra triunfa porque es el retrato íntimo y monumental del temor ante el cambio; una experiencia conmovedora y universal, que percibe en carne propia tanto el noble decadente como el precariado de a pie, pues se trata en esencia de un proceso psicológico consustancial al ser humano, dependiente de mil y una circunstancias sociales, políticas, económicas… pero, principalmente, personales.

         Con greñas de león fatigado, Don Fabrizio desatiende el baile, se resigna a perder el calor de la belleza juvenil femenina y se refugia en un despacho, donde se detiene ante una pintura sobre la agonía. Antes, Luchino Visconti había enfatizado su caducidad convirtiéndolo en estatua polvorienta, en dueño de ruinas, en político y amante impotente. De cuna aristocrática como él, comprometido en su tiempo con la izquierda comunista, Visconti demuestra un afecto y una identificación absoluta con el príncipe de Salina. Ya había abordado en Senso el tema de las subversiones de clases sociales que trajo consigo la definitiva demolición del Antiguo Régimen con el Risorgimento, la unificación nacional italiana, si bien las aproximaciones a figuras de sensibilidad extemporánea, o cuanto menos marginal, es una constante en su filmografía. Una perspectiva a la que también podría asimilarse el solitario Lampedusa, otro creador de vetusta ascendencia aristocrática y que se había inspirado en su propio bisabuelo para escribir la novela.

A pesar de que intentan confirmar la sentencia del literato -una apertura revolucionaria que conduce a un cierre donde se fusilna simbólicamente los ideales del movimiento-, los decisivos sucesos históricos que comparecen en el filme, pues, son un telón de fondo o, más bien, una de la espitas que dinamitan el apacible y orgulloso palacio mental de Don Fabrizio, semejante a la mole donde habita su familia, asimilado incluso al paisaje siciliano, imponente, rotundo y eterno. Parte inamovible de él. La invasión de los camisas rojas garibaldianos y el resto de acontecimientos ayudan a componer de este modo un escenario crepuscular, hostil; completado con el viento, el polvo, el calor. Donde los monstruos de esta historia de terror suben las escaleras palaciegas embutidos en un frac hortera; donde la derrota y la muerte tienen como heraldo a una hija enamorada, o a una muchacha de pujante e inalcanzable hermosura.

         En El gatopardo parece asomar el tópico del rejuvenecimiento a través de la conquista sexual. El macho alfa que demuestra su prevalencia dominando el harén. Pero este cliché literario permanecerá solo latente, como una vibración que se agrega a la estrecha relación entre el patriarca Don Fabrizio y su heredero por adopción, su sobrino Tancredi.

Visconti realiza un notable trabajo en la dirección, respectivamente, de Burt Lancaster -imposición de renombre de la Twenty Century Fox- y Alain Delon. Pero una de sus grandes dedicaciones se concentrará en la minuciosa reconstrucción de época, exhibida en magníficos y suntuosos decorados y vestuarios que no obstante, en su exceso, no recargan el drama, sino que refuerzan esa idea de tiempos perdidos, de trasnochada obsolescencia. Son estancias asimismo habitadas por otras criaturas que comparten ese trágico desfase, aunque menos conscientes de ello: una joven casadera desplazada por la mutación de las prioridades sociales, una esposa de costumbres medievales, un colectivo de rancio abolengo que baila para cerrar los ojos al final de sus días.

La caída de los dioses.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8,5.

Old Joy

14 Jul

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Año: 2006.

Directora: Kelly Reichardt.

Reparto: Daniel LondonWill Oldham.

Tráiler

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          Reflejo de una industria -y de una sociedad- dominada por el hombre, abundan en el cine las aproximaciones a personajes y contextos femeninos desde una óptica masculina. En cambio, escasean los estudios de mujeres acerca de una figura, la del varón, que se encuentra sometida en los últimos tiempos a un necesario cuestionamiento, toda vez que es explícita, y necesaria, la caducidad de usos y valores arcaicos asociados al patrimonio de lo que viene denominándose como “macho alfa”.

Antes de rizar el rizo adentrándose con Meek’s Cutoff en un género tradicionalmente viril como el western, y en ambos casos colaborando con Jonathan Raymond en la confección del relato, Kelly Reichardt exploraba en Old Joy los encuentros y los vacíos de dos jóvenes adultos y viejos amigos que emprenden juntos una excursión por los montes de Oregón en pos de unos recónditos manantiales termales, fuente de quietud y de esplendor.

          Old Joy es como un Entre copas desnudo de aderezos genéricos y reducida a la médula, minimalista en su adentramiento en las estancias privadas de dos hombres que, a lo largo del reencuentro, invocan el espíritu de los días despreocupados de la adolescencia, concitan los fracasos y pequeños éxitos de su transición fallida a la vida adulta, y repasan las cicatrices que las transformaciones físicas, psicológicas y emocionales han dejado en su ser, al mismo tiempo que reflexionan acerca de los intentos de toparse con la felicidad, ensayados al tanteo intuitivo o condicionados por las normas sociales -la vida en pareja, la paternidad, la realización profesional, el silencio absoluto, la celebración salvaje entorno a una hoguera…-.

Como jinetes solitarios y crepusculares del Oeste, como moteros tranquilos que no han hallado su espacio en la comunidad -aunque se describen desde la radio las circunstancias de los Estados Unidos, huérfanos de una política de izquierdas y depredados por la recesión económica, los protagonistas parecen incluso ajenos o aislados de este contexto-, Mark (Daniel London) y Kurt (el cantautor Will Oldham) avanzan por una carretera de señales en blanco o de indicaciones difusas. El camino se transforma en un personaje más en los fotogramas, y se torna melancólico mediante la sucesión de paisajes de lluviosa belleza, con un ritmo de hipnótica languidez que ambienta el rasgueo triste de una guitarra.

          El filme no se recrea, buscando la identificación gratuita del público, en la nostalgia de los tiempos pasados y perdidos, expresada en la recuperación o la acumulación de fetiches generacionales -objetos, vinilos-, rescatados frente al “fin de una era” y hoy sustituidos por otro tipo de relaciones y otro tipo de colecciones más etéreas e intangibles, intermediadas en muchos casos por la tecnología y su frialdad. Y, sin embargo, plasma con precisión el desencanto y el desaliento de su pulso existencial, sintetizado en un desenlace que transmite de forma tan sencilla como abrumadora sensaciones de desorientación, abandono y soledad. También la conexión afectiva entre los excursionistas, ya sea desde el recelo y la incomodidad de la apertura sentimental, e incluso del contacto sensorial -la torpeza en este ámbito es uno de los tópicos, probablemente fundados, del sexo masculino-, hasta las muestras de apoyo y consuelo -una simple frase de confianza incondicional, un delicado masaje, el compartimiento del locus amoenus-. 

Reichardt se sumerge con pudor y respeto en la intimidad de los amigos y la expone con sensibilidad y consideración, comprensiva hacia ellos.

“La tristeza no es más que una felicidad agotada”, medita uno de los excursionistas.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 8.

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