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La balada de Buster Scruggs

7 Ene

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Año: 2018.

Directores: Joel CoenEthan Coen.

Reparto: Tim Blake Nelson, Willie Watson, Clancy Brown, James Franco, Stephen Root, Liam Neeson, Harry Melling, Tom Waits, Sam Dillon, Zoe Kazan, Bill Heck, Grainger HinesTyne Daly, Brendan Gleeson, Jonjo O’Neill, Saul Rubinek, Chelcie Ross.

Tráiler

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          Los Coen son unos cabrones. Y quienes mejor lo saben son sus personajes, que pese a que en su mayoría tratan de pasar por tipos corrientes , tienen tan mala baba como ellos. Pero, a diferencia de los hermanos, no se encuentran a los mandos de su propia historia, con las nefastas consecuencias que esto puede suponer. En La balada de Buster Scruggs, la segunda incursión de los Coen en el western tras Valor de ley, esta mirada vitriólica se aplica a la historia de unos personajes que, además, son partícipes de forja de la historia de un país. Es decir, que, a través del filtro de los Coen, la posible épica de la conquista del Oeste queda desmontada desde una crueldad que, de tan humana y cochambrosa, es incluso sarcástica.

En La balada de Buster Scruggs, los directores y guionistas a veces ejercen de demiurgos que se divierten haciendo perrerías a sus marionetas -el episodio de la caravana-, y en otras dejan que sean los instintos de sus criaturas, abandonadas al libre albedrío, las que desencadenen la tragedia -el capítulo del teatrillo itinerante-. Este último, de hecho, es realmente devastador.

          Rodada directamente para su comercialización en la plataforma de visionado en streaming Netflix y no en las salas de cine -aparte de su exhibición en el festival de Venecia, apenas hubo pases limitados en Estados Unidos-, La balada de Buster Scruggs es una cinta de episodios protagonizada por arquetipos del género, ora ligeros -en especial los dos primeros, si bien el combate del forajido contra la horca inexorable posee unas innegables lecturas existenciales-, ora reflexivos, ora lúgubres, ora siniestros.

El proyecto, como es sabido, se había anunciado como una serie que preveía confeccionarse a partir de retales de guiones que habían ido guardando en el cajón. A priori, no es este un impedimento para adaptar el concepto a un largometraje -véase Mulholland Drive-, pero quizás sí deja tras de sí una evidente irregularidad, rasgo casi inevitable de estas obras fragmentarias y que se acentúa aquí con las variaciones tonales y de metraje que impone cada una de las seis entregas que conforman la función.

          Precedida por el naif recurso al libro de cuentos que se abre desde un plano subjetivo, la apertura La balada de Buster Scruggs -que precisamente es la que da nombre al filme- es una especie de parodia de los cowboys cantantes que ya habían tratado en su anterior ¡Ave, César!, en aquella desde un punto de vista metacinematográfico, en una ficción desde fuera de la ficción. Aquí es una parodia pura que entremezcla elementos del cómic y del spaghetti western -su querencia por el estereotipo y la vuelta de tuerca al tópico-, siempre apropiados posmodernamente desde el característico estilo de los Coen y su dominio del lenguaje verbal y visual. Se trata de una introducción engañosa por su humor liviano y su brevedad, que irán desapareciendo en el resto de pasajes, en especial a partir del tercero, aquel citado del espectáculo que estalla con una enorme impiedad homicida y -avanzando una interpretación paralela- culturicida. El beneficio manda, ayer, hoy y probablemente mañana. Su análisis humano se puede reproducir en la coda a bordo de la diligencia, donde las disquisiciones sobre la especie -con ecos de aquella heterogénea diligencia seminal de John Ford– se sumergen en cambio en una atmósfera próxima al terror gótico.

Pero, incluso en esas dos ocurrencias que abren la función, está presente ese denominador común de crueldad que, en su naturaleza irreparable, puede abocar al absurdo cualquier acción que emprendan los personajes implicados.

          El talento formal de los Coen es otro de los puntos en común de los seis relatos de La balada de Buster Scruggs. En ella hay encuadres formidables, como también es espectacular la selección y el empleo de los paisajes, que pueden pasar desde una postal bucólica alterada por el impacto de lo humano -el capítulo del viejo minero- hasta sobrecogedoras barreras que empequeñecen todo cuanto osa desafiarlas -la tercera y la cuarta parte-. De hecho, en la aventura dramática de los caravaneros, los cineastas desarrollan una intensa poética romántica no demasiado frecuente en su filmografía, si bien, por supuesto, enmarcada dentro de este fondo cohesionador -visto independientemente, quizás sea esta el episodio más estimulante como semilla de película, aunque no menos cierto es que, inserto en este conjunto, también rompe demasiado el ritmo de la función-. En este sentido, La balada de Buster Scruggs es una cinta que luce una puesta en escena impecable.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Una vida privada

5 Dic

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Año: 1962.

Director: Louis Malle.

Reparto: Brigitte Bardot, Marcello Mastroianni, Ursula Küble, Eleonora Hirt.

Tráiler

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          Desde que desarrolló consciencia de sí mismo, el cine, como espectáculo popular de masas, ha indagado en su condición de industria que obtiene su eterna juventud, su eterna capacidad de fascinación, a través de succionar la belleza, lo extraordinario, de los seres humanos integrados en los engranajes de su maquinaria. Especialmente de las mujeres, cuyo atractivo físico es uno de sus principales pilares de atracción, aunque con una fecha de caducidad pavorosamente reducida.

En una escena de Como plaga de langosta, dirigida por un experto en desmontar el sueño americano como el británico John Schlesinger, un guía turístico relata con entusiasmo cómo la actriz Peg Entwistle, de 24 años y desesperada por la falta de oportunidades en el despiadado mundo de las películas, se precipitó desnuda desde las icónicas letras de Hollywood para luego agonizar una semana hasta su muerte en 1932. A modo de espejo, en la ficción tampoco faltan ejemplos de muy diverso pelaje y calidad, de décadas atrás y de fecha muy reciente, a propósito del precio de la fama y la crueldad que el entorno del cine le reserva a mujeres que, en breve tiempo, terminan reducidas a juguetes rotos: Espejismos, Hollywood al desnudo, El crepúsculo de los dioses, La rubia fenómeno, La diosa, ¿Qué fue de Baby Jane?, La rebelde, El valle de las muñecas, Postales desde el filo, La muerte os sienta tan bien, Scarlet Diva, Mulholland Drive, El congreso, Map to the Stars… Aunque alguno de los anteriores están inyectadas de grandes dosis de experiencias personales, también los hay literalmente biográficos, como Jean Harlow: La rubia platino, sobre la desastrosa vida personal de Jean Harlow; el turbulento retrato familiar que Queridísima mamá hace de Joan Crawford en su etapa de decadencia; Frances que recuperaba la trágica figura de Frances Farmer, la serie Feud que precisamente se adentra tras las bambalinas de ¿Qué fue de Baby Jane?, o el puñado de filmes, telefilmes y series que retratan las luces y sombras de la vida de Marilyn Monroe, paradigma de la estrella maldita.

“Traté de ser lo más bella posible, y aun así me veía fea. Me resultaba tremendamente difícil mostrar quién era yo. Tenía miedo de no llevar la vida que la gente esperaba que tuviese”, confesaría Brigitte Bardot respecto de su retirada del ‘show bussines’ antes de cumplir los 40 años. Bailarina, modelo, actriz, cantante y escritora; icono erótico, popularizadora del cuello Bardot, del bikini, del moño Bardot y de la pose Bardot; inspiración pictórica para Andy Warhol, musa en la primera canción de Bob Dylan, rostro oficial de Marianne, el símbolo nacional de la libertad y la razón de la república francesa; galardonada con la Legión de honor de Francia -que rechazaría-, encarnación del feminismo libre por su rebelde instintividad según Simone de BeauvoirBrigitte Bardot es una de esas estrellas que trascienden la pantalla y pasan a formar parte de la mitología contemporánea, de los dioses y héroes que invoca la cultura colectiva. Sin embargo, como siempre, hay una persona detrás de la leyenda. “Si no hubiera tenido los animales para cuidarlos, creo que rápidamente hubiera parado de disfrutar mis días, como Marilyn o como Romy Schneider”, declararía el icono vivo sobre esta funesta relación con la fama no deseada que puede proporcionar el celuloide, que es el material con el que se inmortalizan los mitos modernos.

          Una vida privada es una confesión y una advertencia de una actriz en el auge de su carrera pero que ya había tenido notorios coqueteos con el suicidio, tal era la carga personal que arrastraba consigo a causa de su celebridad. Se trata de un proyecto semibiográfico que reconstruye la vida íntima de Jill, una joven francesa a la que el azar y los desengaños existenciales conducen a la fama cinematográfica y a la consiguiente destrucción de su intimidad, con infaustas consecuencias. El ascenso al éxito, la adoración y la repulsión como objeto de deseo; el escándalo, la soledad en medio de la masa enfervorecida, la desesperación…

Las constantes vitales de Bardot se encuentran recogidas en un filme que, no obstante, posee cierta aura de irrealidad, que dota a la protagonista de la textura de una heroína de ópera o de folletín romántico, retratada en escenas breves que se encadenan con una marcada puntuación de fundidos a negro -en cierto momentos próximos a la pesadilla, con el escenario influido por neones de colores estridentes- o incluso de imágenes congeladas -por lo general, instantes más felices-; aparte de los paralelismos que se trazan en el tramo final de la función entre la tragedia sobre las tablas y la tragedia fuera de ellas. De hecho, la apertura ofrecía ya un aire bucólico igualmente fabuloso. BB resplandece por el efecto de la luz primaveral. Así, su imagen, su rostro, irán apagándose a medida que se suceden los avatares de su vida pública. El primer plano de una Bardot agotada, llorosa, burdamente maquillada y sumida en densas sombras en su frustrante regreso al refugio del hogar; el predominio de la noche y sus luces estridentes y artificiales en Ginebra; el encierro en angustiosos interiores en contraste con la monumentalidad de la villa de Spoleto.

Una vida privada abunda -de forma un tanto redundante- en la hipocresía de una sociedad que tanto eleva a la joven a la categoría de madonna como la rebaja a la de puta, tal es la maldición que lleva a esta princesa de cuento a quedar encerrada, literalmente, en las estancias más recónditas de un palacio medieval, asediada hasta extremos grotescos -que no exagerados-. El resultado de este tour de force es un estallido lírico, casi un sacrificio el cual aparece plasmado de una forma realmente curiosa y sugerente, exaltación de las premisas de fondo y de estilo antes señaladas.

          La patente brevedad de las escenas y la fragmentación del relato, que parece cortado a tijeretazos, revela asimismo el desorden desde el que se gestaba el proyecto, que Louis Malle comenzó a rodar sin que el libreto de Jean-Paul Rappeneau estuviese todavía ultimado. El director, además, desconfiaba de partida del argumento. Con todo, la querencia por la anarquía y la experimentación que había demostrado en Zazie en el metro podía servirle como campo de entrenamiento fílmico para lidiar con un caos involuntario. Sea como fuere, la irregularidad formal -la desaparición de la voz en off inicial, la formulación más clásica de la transición entre escenas a partir del traslado a Italia- termina por provocar cierta incoherencia narrativa en Una vida privada.

Pero más difícil se lo iba a poner al realizador galo la escasa química entre BB y su partenaire masculino, el italiano Marcello Mastroiani, producto de una mala relación personal que obligaría a dejar en la sala de montaje “casi todas” las “embarazosas” secuencias de ternura entre ambos, tal y como referiría posteriormente Malle, que consideraría a Una vida privada el arranque de un periodo artístico prolongado por ¡Viva María! y El ladrón de París que lo convertiría en un marginado en cuestiones de prestigio crítico al dibujar estas obras una trayectoria “en direcciones muy distintas” a las de la Nouvelle Vague y que, aseguraba, lo convertía en un cineasta fastidiosamente inclasificable.

Aunque Malle no calificará Una vida privada como una experiencia por completo negativa, ya que, de acuerdo con sus palabras, aprendería a tomar distancias y a hallar la emoción de las historias de manera más natural desde la filmación en Spoleto, en la que procuró liberarse de las presiones de un potencial fracaso y disfrutar del trabajo.

        Por su parte, BB volvería a sumergirse un año después con El desprecio en un nuevo capítulo sobre los escarnios de la cara B del séptimo arte y, como curiosidad, poco después se interpretaría a sí misma, esta vez bajo su propio nombre, en Querida Brigitte -donde ejerce de inspiración existencial de un bohemio e idealista profesor encarnado por James Stewart– y en Masculino, femenino.

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Nota IMDB: 5,6.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6.

Tres caras

2 Dic

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Año: 2018.

Director: Jafar Panahi.

Reparto: Behnaz Jafari, Jafar PanahiMarziyeh Rezaei, Maedeh Erteghaei, Narges Delaram.

Tráiler

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          Qué emocionante la militancia del iraní Jafar Panahi. Cineasta clandestino, en estado de arresto en su propio país y objeto frecuente de hostigamiento por parte del régimen por su persistente activismo, Tres caras es el cuarto filme que logra confeccionar bajo la prohibición de rodar que el Gobierno iraní le impuso en 2010, después de Esto no es una película, Closed Courtain y Taxi Teherán. En esta ocasión, Panahi desplaza sus recursos de guerrilla hasta un rincón recóndito de Irán gracias a un esquema de road movie a partir del cual compone un nuevo retrato crítico nacional.

Su estilo, tradicionalmente comparado con el Neorrealismo, adquiere cierta textura documental, debido por supuesto a las precarias condiciones de la grabación pero también porque, en este viaje-investigación, Panahi encarna a una versión de sí mismo acompañando a una estrella popular de la escena local, Behnaz Jafari, que hace lo propio. Juntos se embarcan en un viaje-investigación desencadenado por la recepción de un vídeo en el que una desesperada aspirante a actriz captura su suicidio, motivado por la asfixiante presión familiar y social a la que se enfrenta en su remota aldea.

          El realizador ya se había adentrado anteriormente en la desfavorable situación de la mujer iraní en cintas como El círculo u Offside (Fuera de juego). En Tres caras, este microcosmos rural constituye un ejemplo nuclear del conjunto del país, y en concreto del arraigo esencial de su machismo. Desde esta aparente anécdota personal, Panahi -que está asimismo a cargo del guion- descubre, aunque sin hacer hincapié en severos juicios, un rotundo e incontestado culto a la virilidad en su más dañina expresión, explícitamente manifiesto en los simbólicos y reverenciados machos alfa que van surgiendo en las escenas -un semental de competición, un viril héroe del cine de acción- o en costumbres tan significativas como que el prepucio sirva para determinar el signo de toda una existencia.

          Este entorno, en el que se cruzan tres actrices -una de antes de la revolución de los ayatolás, vetada para el resto de su vida y que aparece expresiva y líricamente en sombras o de espaldas; la intérprete actual, que acapara reacciones entre la admiración y la duda moralista, y la aspirante, frustrada y marcada antes incuso de poder comenzar su carrera-, se va tornando así opresivo, tenso, amenazador. El estilo visual de la obra es acorde a esta inmediatez de trabajo prófugo, si bien el encuadre es siempre hábil para captar las emociones que atraviesan estas personas/personajes y extrae imágenes de sincera belleza -por ejemplo, el escondido, libérrimo y feliz baile que apenas de desvela a lo lejos, por medio de siluetas-. Las tomas son largas y apenas hay cortes de montaje, lo que imprime a la narración una cadencia de engañosa placidez, tan ilusoria como el pintoresquismo y la implacable hospitalidad de las gentes. Con los escasos medios de los que dispone, exprimidos con inteligencia y sensibilidad, Panahi consigue que esta atmósfera llegue a ser inquietante, como demuestra la tensión que aprieta en la penúltima escena, impuesta por una presencia explosiva, la gasolina de una situación violenta y una piedra sostenida en la mano. Desde ahí, resolviendo la transición con una soberbia elipsis, Tres caras desemboca en un plano final repleto de calidad poética, de contenido y de emoción, con una profunda tristeza.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 9.

El león duerme esta noche

30 Abr

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Año: 2017.

Director: Nobuhiro Suwa.

Reparto: Jean-Pierre Léaud, Pauline Etienne, Jules Langlade, Adrien Cuccureddu, Adrien Bianchi, Louis Bianchi, Romain Mathey, Mathis Nicolle, Coline Pichon-Le Maître, Emmanuelle Pichon-Le Maître, Rafaèle Gelblat, Lou-Ann Mazeau-GuéguenMaud WylerArthur Harari, Isabelle Weingarten.

Tráiler

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         A Jean-Pierre Léaud lo quieren muerto. La muerte de Luis XIV y El león duerme esta noche, las dos últimas películas estrenadas en España y protagonizadas por el icono vivo de la Nouvelle Vague, eterno alter ego de François Truffaut al otro lado de la pantalla, gravitan en torno a la muerte que acecha. Pero El león duerme esta noche no es una película angustiada, ni que afronte la proximidad del último suspiro desde una perspectiva de afectado melodramatismo. Por el momento, Léaud no agoniza en ella. Sus actos y sus pensamientos tampoco sugieren temor ni tristeza ni resignación.

La muerte está presente a su lado, pero como está presente a lo largo de toda la existencia, pues no puede haber lo uno sin lo otro, como reflexiona repetidamente el propio actor en su papel de actor que explora sus ruinas y sus fantasmas ciertos.

         Léaud vaga por los escenarios cálidos y floreados de la Costa Azul francesa, henchidos de vida, con su innegociable estampa de hombre desorientado, a quien parece que han soltado de improviso en el set de rodaje y no sabe muy bien dónde se encuentra, qué tiene que hacer y hasta quién es. Al personaje le sienta bien este despiste, este azoramiento. Dado que tampoco podría haber obtenido de él otra cosa, entiendo que esta sería la intención de Nobuhiro Suwa, que declara que el excéntrico Léaud fue lo que le dio fuerza para regresar a la dirección nueve años después del estreno de su último filme y siete desde su último cortometraje.

La premisa se reafirma con las interpretaciones del amplio elenco infantil, una nueva representación de la vitalidad estival que acompaña al protagonista en sus regresiones al encuentro de un pasado -el amor perdido por la muerte- que también puede ser, al mismo tiempo, un sendero que aventure su futuro -el final de su historia-.

Los niños, decíamos, no dan la impresión de estar dirigidos en absoluto, sino abandonados a su juego de hacer películas, con su anárquica creatividad liberada. Su torrencialidad y su búsqueda de la maravilla, de hecho, anulan las posibilidades góticas del caserón donde transcurre la mayor parte del relato, incluso a pesar de que ellos mismos lo reconocen rápidamente como una casa encantada, con sus escaleras rechinantes, sus estatuas estrambóticas y sus telas espectrales. Sus andanzas como cineastas silvestres dejan algún detalle simpático, pero tampoco terminan de consolidarse como un aspecto demasiado interesante, del mismo modo que al drama del huérfano le falta pulido.

Probablemente, El león duerme esta noche trata de esto, de esta mirada intuitiva, desinhibida y natural hacia la vida, hacia la muerte. Una muerte a la que se ha de ver llegar sin dramatismos. Con los ojos abiertos, por tanto, parece decir Suwa.

         Quizás con el prejuicio del origen del realizador, esta sensibilidad que no entiende el más allá como un espacio estanco, sino comunicado con la realidad física a través de un juego de espejos, recuerdos, ensoñaciones y presencias, posee un influjo oriental que se impone, o cuanto menos se hibrida, con la voluptuosidad veraniega de la localización. Al respecto de la indagación en el eco del pasado, de la manifestación del pasado como guía seminal del porvenir, en definitiva, esta idea podría asociarse con la ascendencia de la añorada Juliette sobre los fotogramas, pues su aparición, la belleza que impregna a alguno de los planos más cuidados de la obra, es literalmente un acto de iluminación -las velas en la noche, el sol que se filtra por las ventanas, los reflejos cristalinos del lago-.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Perro blanco

22 Ene

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Año: 1982.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Kristy McNichol, Paul Winfield, Burl Ives, Jameson Parker, Parley Baer.

Tráiler

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-Y ese hombre… ¿cómo lo convirtió en un perro racista?

-Es muy fácil. Encuentre a un negro que necesita desesperadamente una copa, o a un negro drogadicto que haría cualquier cosa por una dosis, y páguele para que pegue a ese perro desde que es un cachorro, cuanto más joven, mejor. A medida que crece, todos esos golpes de negro, plantan en el animal la semilla del miedo. Y ese miedo se convierte en odio, y ese odio lo condiciona a atacar luego a cualquier negro antes…

-Antes de que el negro lo ataque a él.

         Basado en una novela del guionista Romain Gary, que a su vez, se inspiraba en un artículo propio acerca de un extraño suceso que afirmaba le había ocurrido a su esposa, la actriz Jean Seberg, Perro blanco expone en su relato una ruda y extravagante -aunque contundente y quizás hasta efectiva- inmersión en el racismo subyacente en la sociedad estadounidense. Si bien originario de los sesenta y forjado de forma definitiva en los convulsos setenta, la pervivencia del texto se mantiene vigente, pues se trata de un conflicto aún sin resolver.

No obstante, la esencia del filme parecía adaptarse mejor a la tumultuosidad del agrio Nuevo Hollywood de aquellos setenta que a una recién estrenada década en la que, como señala uno de los protagonistas, hay un nuevo enemigo: la fantasía rompetaquillas de robots y extraterrestres de La guerra de la galaxias. O, como expondría Michael Eisner, entonces mandamás de la Paramount, había de rodarse un “Tiburón con zarpas”. La era del taquillazo reducía así la historia a una cinta aguerrida con un gancho fundamentado en la excentricidad de su premisa, acorde a la falta de complejos artísticos de la época, que cuenta con cintas coetáneas de terror canino como El perro del infiernoCujo, novela publicada ese mismo 1982 y llevada a la gran pantalla apenas un año después.

         Enrolado para facturar un producto seco y urgente, de presupuesto pírrico y fecha de entrega casi inmediata, el veterano Samuel Fuller, auxiliado en la remodelación del guion por Curtis Hanson, plantea el argumento prácticamente como un duelo de western entre el can transformado en monstruo por unas ideas ajenas implantadas en su cerebro y el antihéroe de nuevo comprometido con la redención de la sociedad aunque esta sea únicamente simbólica e incluso, con un punto obsesivo, suponga literalmente un sacrificio personal -su perfil comporta una reversión total del personaje del libro, de menor protagonismo y motivado por atroces deseos de ansia-.

De ahí que las fases de este reto personal queden marcadas por los cruces de miradas entre hombre y bestia, condenados a entenderse, o no; por el puro contacto físico, por compartir el espacio como comparten la escena, como comparten el plano.

         Desde la austeridad, Fuller filma con una aspereza que hasta es brusquedad en ciertas escenas de acción -incluido el tosco aunque sugerentemente fatalista desenlace-, con todo dominadas con agresividad desde el montaje. La narración avanza con ferocidad y sin tapujos acerca de su condición de producto B de género, dejando a su paso algunos detalles de curiosa y violenta sordidez, marca de la casa, como la profanación de una iglesia consagrada a San Francisco de Asís, cénit del reverso oscuro del perro albino, que en sus insólitas andanzas mixtura el thriller y el terror al estilo, efectivamente, de Tiburón, un slasher en agua salada, tal y como , anhelaban los productores -si bien con unos resultados bastante más correosos-.

         Sin embargo, su exposición argumental, con un punto abiertamente grotesco y claramente proclive a la polémica, despertaría el temor de la controversia en los estudios, alimentada por malinterpretaciones moralistas hechas a priori y por amenazas de boicot por parte de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color. Ese escándalo antes del escándalo condenaría a la cinta a unos escasos pases en festivales, al circuito del videoclub y a la televisión, sumiendo en el desconsuelo a un Fuller que ya venía tocado por las pérdida del control sobre su anterior Uno rojo: división de choque, película que llamativamente había supuesto su primera participación en Hollywood. Ahora, tras una afrenta que no se repararía hasta 1991, cuando Perro blanco se estrenase en salas, el cineasta se retiraría a lamerse las heridas a la entregada Francia.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

Barbara

19 Nov

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Año: 2017.

Director: Mathieu Amalric.

Reparto: Jeanne Balibar, Mathieu Amalric, Vincent Peirani, Aurore Clément, Lionel Sorce.

Tráiler

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          Es probable que para acometer Barbara el actor y realizador Mathieu Amalric tomase buena nota del planteamiento y la dirección de Roman Polanski en La venus de las pieles, donde, a través de una ruptura metaficcional, la película engendraba dentro de sí, hibridándose y dialogando con ella, otra película.

Es grato que Amalric se atreva a buscar nuevas fórmulas para el biopic, género frecuentemente encajonado en la simple acumulación cronológica de hechos; aunque también debe reconocerse que el potencial de esta estructura tiene sus limitaciones, algunas de las cuales se manifestarán en esta aproximación a la vida de la icónica cantante Barbara, emprendida a través de la vivencia de la actriz que la encarna en el rodaje que contiene en su argumento este filme metacinematográfico.

          Barbara habla de la estrecha relación entre el cineasta y su musa inspiradora; su ambición, incluso egoísta y frustrante, de equiparar su arte con el alumbramiento o la resurrección; del poderoso influjo y la frágil intimidad de la artista carismática, sea esta música o actriz.

Por medio de la gramática cinematográfica, el estilo visual y la entonada interpretación de Jeanne Balibar -expareja de Amalric, otro elemento más del juego propuesto-, la realidad y la ficción, la experiencia existencial y creadora de ambas mujeres, se enfrenta, se mimetiza y se funde, en ocasiones prácticamente sin solución de continuidad. Ora se difuminan, ora se reflejan los límites entre los documentos sobre la vida de la cantante y su reproducción en una filmación inventada en la que, a su vez, se derriban las barreras entre la puesta en escena de Amalric en su función dual como director y director-personaje.

          De este modo, se obtiene una obra sugerente, que navega por momentos entre la ensoñación obnubilada por la musa y el fantaseo obsesivo o fetichista. Pero es también una cinta en la que el artificio está siempre presente. Notorio y restrictivo a su manera.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Jerry Calamidad

29 Sep

Como representante de la vulgar realidad, el individuo común es un cuerpo extraño que, al no respetar los glamourosos códigos y convenciones del cine, siembra el caos en Hollywood. Para el especial póstumo en honor de Jerry Lewis en Cinearchivo.

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