Tag Archives: Actor

El viaje a ninguna parte

26 Jun

.

Año: 1986.

Director: Fernando Fernán Gómez.

Reparto: José Sacristán, Fernando Fernán Gómez, Juan Diego, Gabino Diego, Laura del Sol, Nuria Gallardo, María Luisa Ponte, Simón Andreu, Miguel Rellán, Emma Cohen, Agustín González, Carmelo Gómez.

Tráiler

.

          El viaje a ninguna parte es el crepúsculo del hijo de un semidiós menor y olvidado. “¡Hay que recordar!”, sentencia el hombre abatido, mientras Los Panchos le aconsejan que es preferible olvidar que se sufrió. El viaje a ninguna parte es un acto de amor a un oficio, engastado en una historia que, como las piezas que representan los actores, es tan auténtica como fantasiosa. “Una de esas comedias que hacen llorar”, se deja caer en cierta escena. La representación como sublimación de una realidad hostil y despiadada. La función de la vida. “El único error de Dios fue no haber dotado al hombre de dos vidas: una para ensayar y otra para actuar”, que lamentaba Vittorio Gassman. Las mejores interpretaciones que evoca el histrión se sitúan fuera de ese escenario montado con cuatro sillas y un decorado roído sobre las tablas de cualquier bar, cualquier círculo de villorrio, cualquier cuadra.

          El viaje a ninguna parte recorre unas memorias tan sentimentales como poco fiables. Fernando Fernán Gómez, autor del serial radiofónico original, de la novela posterior, del guion adaptado y de la dirección de la película, amén de secundario destacado y líder espiritual de un reparto sabio y preciso -a excepción del bisoño y disonante Gabino Diego-, expresa este desconcierto y contradicción mental mediante caótica música jazz. Su estridencia se contrapone con esos recuerdos plasmados en fotogramas crepusculares, de ocres suaves y apagados; tan mortecinos como los pueblos castellanos que transita, casi vagabundea, una troupe de actores itinerantes que es tan compañía artística como familia literal, tan pobre como esa tierra agotada y mezquina de posguerra. Y hablan de la miseria con cierta melancolía, con el inevitable dolor por un pasado que se fue. La voz de la sangre apagada a hambre y palos, desterrada por otros entretenimientos quizás superiores técnicamente, pero menos humanos, menos personales en su disfrute. “¡Me cago en el padre de los hermanos Lumière!”, se maldice frente al rival, que luce sobrenombre de archivillano de folletín: El Peliculero.

          Hay una empatía elemental en su relato tierno, doliente y agónico. Carlos Galván, hijo y nieto de Galvanes, es, como mucho, un extra supernumerario dentro de la gran obra del mundo. Los protagonistas de esta se cuentan con los dedos de las manos, y son divas también desbordadas por sus propias flaquezas humanas. “¿Por qué no sueñas, no tienes ilusiones?”, le reprocha sorprendido a su amante. El único refugio es mentir, fabular, interpretar, frente a una realidad que amenaza con aplastarnos. Todos emprendemos un viaje a ninguna parte, pues la existencia, como reflexionaba Hamlet -a quien Galván nunca encarnó-, no es más que un cuento contado por un necio, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.

.

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

La condesa descalza

25 May

.

Año: 1954.

Director: Joseph L. Mankiewicz.

Reparto: Ava Gardner, Humphrey Bogart, Edmond O’Brien, Warren Stevens, Marius Goring, Rossano Brazzi, Valentina Cortese, Elizabeth Sellars.

Tráiler

.

         La condesa descalza ofrece una de las maneras más hermosas y elocuentes de expresar la fascinacion que posee una estrella, una de esas personas dotadas de un carisma sobrenatural capaz de imantar la mirada y las emociones de aquel que se encuentre en su presencia. Se trata de una escena de varios minutos en la que el personaje, la bailaora madrileña María Vargas, queda retratado no por sus actos o su imagen, sino por las reacciones del público que contempla su fulgor. La cámara va saltando de mesa en mesa, de rostro en rostro, registrando cada uno de los sentimientos que despierta su arte, su magnetismo, su aura… dentro de un crescendo que, en algunos casos, conduce al éxtasis. Es una presentación maravillosa.

         La condesa descalza es un punto de giro en la carrera de Joseph L. Mankiewicz. Es la primera película que llevará a cabo con su propia compañía, Figaro -respaldada financieramente y en la distribución por la United Artist, eso sí-, desempeñando los cargos de productor, director y guionista de la obra. Es, además, su estreno en el color, acompañado por la fotografía de todo un experto como Jack Cardiff, que imprimirá ese cromatismo exacerbado, completamente fabuloso, que había llevado a sus cotas más altas al servicio de The Archers: Michael Powell y Emeric Pressburger. No deja de ser paradójico el empleo de esta fotografía romántica, que recuerda al pintado a mano de los fotogramas, mientras que, en el guion, el veterano y decadente realizador que interpreta Humphrey Bogart insista a los insensibles productores que su nueva estrella ha aparecer en pantalla con la mayor limpieza posible, prácticamente sin maquillaje, con vestuario sencillo, sin nada que disfrace o nuble ese hechizo innato que posee. E igual ocurre con los emperifollados ropajes que luce Ava Gardner.

El asunto es que los contrastes forman parte del fondo de La condesa descalza. Es un filme que arroja oscuras sombras contra las deslumbrantes luces del éxito, que sirve perdices podridas al final del cuento de hadas. La Cenicienta se convierte en una referencia recurrente en los diálogos y la historia, pero La condesa descalza comienza in extremis. Y lo hace en un funeral, bajo una lluvia torrencial que, como observa el realizador, es la atmósfera adecuada para ilustrar la vida de una mujer transformada en estatua de mármol, como si se tratase de una condena mitológica que certifica su destino irreparable. Los episodios de su vida los narrarán tres hombres que creyeron conocerla -e incluso muy brevemente y con intermediario, en una sola escena clave, por ella misma-.

         La condensa descalza es un filme profundamente triste, protagonizado por criaturas asustadas y perdidas, a pesar del boato, el glamour y la riqueza que los rodea e ilumina. Apenas hay refugios íntimos y tranquilos, como ese delicado oasis que construyen el director y la actriz, y en el que Bogart y Gardner muestran química -a pesar de las críticas del primero hacia las cualidades de quien por entonces había puesto uno de sus múltiples finales a su inestabe relación con Frank Sinatra, amigo suyo-.

En el texto, Mankiewicz insiste hasta la saciedad en contraponer los caminos del cine más tópico y su divergencia frente a las decisiones de las personas “reales”, pero al mismo tiempo no rehusa de aspectos melodramáticos e incluso tremendistas del cuento tradicional, aunque sea para subvertirlos. Como esa Cenicienta que se niega a que nadie le calce el zapatito de cristal. Y, sin embargo, conmueve comprender que, en este turbio y a veces tremendamente sarcástico paisaje que Mankiewicz dibuja desde el conocimiento y una inteligente y afilada escritura -es probable que esa conquista de la independencia le facilitase saldar cuentas con las frustraciones del negocio-, hay una sentida autenticidad en este retrato recurrente, que podría ser el de la propia Gardner -lo que redobla la emoción de su papel- como el de cualquier otra gran sex-symbol de la industria de los sueños.

.

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

Lost in Translation

8 Abr

.

Año: 2003.

Directora: Sofia Coppola.

Reparto: Bill Murray, Scarlett Johansson, Giovanni Ribisi, Anna Faris, Catherine Lambert, Fumihiro Hayashi, Nancy Steiner.

Tráiler

.

         Uno de los fenómenos más fascinantes del amor romántico, o al menos de sus manifestaciones más fulgurantes y eufóricas, es la conexión prácticamente instantánea que puede crearse entre dos personas. No es exactamente el flechazo, el amor a primera vista, sino el inesperado descubrimiento de una compenetración completa, detectada con una maravillosa naturalidad, que siembra esperanzas crecientes acerca de una posible realización física y espiritual compartida. Un fogonazo capaz de alumbrar cualquier oscuridad o, cuanto menos, de resaltar los colores de una vida que, en muchas ocasiones, amenaza con sumirse en un pozo de gris desidia.

Lost in Translation captura con sensibilidad y emoción ese resplandor momentáneo que, como las estrellas fugaces, deslumbra con una fuerza arrebatadora pese a estar inevitablemente condenado a apagarse con idéntica brevedad, puesto que lo extraordinario no tiene cabida en una existencia prácticamente programada, que se desarrolla encadenada a pautas y rutinas previsibles. Para ello, Sofia Coppola, que evoca en buena medida fantasmas pasados, diseña una película de podría ser de náufragos en el espacio. Los ojos de Bob y Charlotte, un actor en decadencia y una joven que no sabe a dónde encaminar un porvenir en los cimientos, empantanados pues en tierra de nadie y embarcados en una relación que sigue una trayectoria paralela de molicie y decepción, recorren un Tokio que se manifiesta como un planeta de otra galaxia. Hay esplendor en su exótica luminosidad, pero esta solo ilumina y subraya la soledad de los visitantes.

         A partir de ahí, Coppola cuenta un encuentro entre iguales, entre dos criaturas que muestran mil y una necesidades imposibles de colmar en el camino al que les conducen sus elecciones pretéritas. Curiosamente, aunque está firmada al completo por una mujer -de hecho, Coppola sería nominada en las categorías de producción, dirección y guion original, conquistando esta última-, Lost in Translation también tiene mucho de ese viejo tema del hombre maduro que recupera las energías de la juventud de los brazos de una joven inmaculada. Un buen culo bien puede dar un giro a una vida, como parece sugerir ese plano inicial inspirado en la fotografía de John Kacere.

Pero el relato pone en situación de igualdad a ambos personajes, estrechados en un romance que apunta a lo platónico, hasta con cierta ingenuidad en ese tratamiento dulce de la relación. Él, de verbo ingenioso, expresa la tristeza mediante mordaz ironía; ella, de sonrisa vivificante, desborda en una dulzura que no halla receptor. Perfectos Bill Murray y Scarlett Johansson. El de Bob y Charlotte, a pesar de la electricidad que carga la atmósfera, no es un asunto carnal -vulgar e insatisfactorio, ya que no forma parte de estas necesidades planteadas, según puntualiza el devenir de los acontecimientos-. Pudoroso, es un asunto de miradas que se cruzan, de medias sonrisas que brotan, de confesiones en el insomnio.

         Entre fotogramas estilizados, dueños de un lirismo que coquetea con lo onírico por momentos, y con algunas escenas incluso cercanas al video musical -menos hechizantes-, Coppola induce sensaciones encontradas, en las que la turbadora revelación amorosa queda enclaustrada por la colisión con una melancolía que se palpa en la boca, en el alma. El descubrimiento está herido fatalmente por una despedida apenas aplazada. Pero, al fin y al cabo, ¿no están sentenciados a muerte todos los romances, hasta los más soberbios, por el simple desgaste o cualquier otra razón? ¿No han escuchado Perfect Day, que es la canción más triste de la historia hablando de una felicidad plena? Mejor sellar el secreto y guardarlo para siempre bajo la llave de un beso sincero y una promesa indescifrable.

.

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

La verdad

1 Ene

.

Año: 2019.

Director: Hirokazu Koreeda.

Reparto: Catherine Deneuve, Juliette Binoche, Clémentine Grenier, Ethan Hawke, Manon Clavel, Alain Libolt, Christian Crahay, Roger Van Hool, Ludivine Sagnier.

Tráiler

.

         Todos necesitamos ciertas dotes de actuación para cumplir con las normas de convivencia que establece la sociedad. No es ser falso. En muchas ocasiones es ser simplemente educado. O, al menos, no parecer un completo imbécil o un pobre sociópata que mira todo desde una distancia belicosa. En el caso de Fabienne Dangeville, en la que un icono del cine francés como Catherine Deneuve encarna a un icono del cine francés a la altura de Catherine Deneuve, se trata de llevarse el trabajo a casa. Una interpretación de 24 horas; volcar toda experiencia hacia su aprovechamiento profesional.

En La verdad -título que lanza ya un dardo conceptual-, Fabienne ejerce como uno de esos centros gravitacionales alrededor del cual orbita el resto de personajes concitados en un filme de reuniones familiares, auténtico subgénero por derecho propio. La matriarca de la que nace el universo, la que engendra la vida pero transmite también los inevitables defectos de una deidad imperfecta.

         Esta es la médula de La verdad. Aunque, a partir de ella, Hirokazu Koreeda -que se arriesga a salir de Japon después de su Palma de oro con Un asunto de familiatalla abundantes facetas en las que se reflejan otros tantos matices. El careo repleto de deudas y cuentas pendientes entre madre e hija se entremezcla asimismo con una exploración de la memoria -y por lo tanto de la construcción de la identidad y del relato vital- como un elemento igualmente subjetivo o tramposo. Con las dudas e incertidumbres que paradójicamente trae consigo la etapa final de la experiencia debido a la consciencia de la decadencia propia. Con la soledad que acompaña a la fama y del aislamiento al que conducen las barreras de autoprotección. Con la fragilidad. De lo resbaladizos y tremendamente cuestionables que son términos como el éxito o el fracaso. Son temas en los que el autoengaño surge como factor capital.

         El nipón, que firma además el libreto, parece moverse con naturalidad en estos ambientes de burguesía gala, a priori ajenos culturalmente, y desarrolla con cuidado y atención a los protagonistas, los cuales encuentran un magnífico respaldo en un elenco muy bien dirigido. Koreeda no reconcentra el drama, rehusando a tornarlo opresivo a base de efectismos de tragedia psicológica mal digerida, y opta en cambio por contar la historia empleando un tono relativamente optimista, con espacio para un humor que también forma parte de los personajes y las situaciones, si bien siendo estrictamente fiel a sus personalidades. Con ello, apunta más hacia el perdón a través de la comprensión que a la reconciliación redentora.

.

Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 8.

Perfect Blue

30 Oct

.

Año: 1997.

Director: Satoshi Kon.

Reparto (V.O.): Junko Iwao, Rica Matsumoto, Shinpachi Tsuji, Masaaki Ôkura, Yôsuke Akimoto, Yoku Shioya, Hideyuki Hori, Emi Shinohara, Masashi Ebara, Kiyoyuki Yanada, Tôru Furusawa, Shiho Niiyama.

Tráiler

.

         Los sueños del éxito crean monstruos. Roger Waters volcaba en The Wall sus traumas como estrella de la música, oprimido por la exigencia del público -entre otros-; el escritor Stephen King somatizaba su sensación de estar cautivo de sus propios fans en Misery. Tanto el disco como la novela serían luego trasladados al cine, consagrando su relevancia argumental y estética.

La protagonista de Perfect Blue sufre una triple esclavitud: la obsesión posesiva de sus admiradores como ídolo del J-Pop, la explotación a la que le somete su agencia de representación y la de ser objeto de deseo sexual -Satoshi Kon siempre muestra de fondo a una audiencia o a una masa exclusivamente masculina-. A ello habría que añadir una cuarta, que es la de una autoexigencia que se convierte, literalmente, en patológica.

         Esta última, que juega con el desdoblamiento de la protagonista en un döppelganger, y de la que se apropiaría en parte la posterior Cisne negro -no por nada, Darren Aronofsky ya había homenajeado escenas suyas en Réquiem por un sueño-, es la que fundamenta y a la vez desequilibra el thriller psicológico que plantea la obra. Es cierto que el cineasta japonés consigue extraer momentos angustiosos de esa sensación de estar encerrada en una espiral de locura que sufre la protagonista, pero esto se consigue en buena medida a través de trampas en el uso del punto de vista de la narración.

Demasiado ambicioso en su acumulación de capas, la construcción sucumbe bajo su propio peso, anulando en parte los interesantes planteamientos que se habían logrado establecer. Kon, proclive a explorar las tenues fronteras que separan lo real de lo surreal, riza el rizo de forma espectacular, sin duda efectista y quizás sorprendente en sus giros para algunos; pero se excede en el artificio.

         Concebida inicialmente como una película de acción real, tendría un remake en 2002 en este formato.

.

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 5.

Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra!

28 Oct

.

Año: 2008.

Director: Ben Stiller.

Reparto: Ben Stiller, Robert Downey Jr., Jack Black, Brandon T. Jackson, Jay Baruchel, Nick Nolte, Tom Cruise, Danny McBride, Steve Coogan, Bill Hader, Brandon Soo Hoo, Matthew McConaughey, Tobey Maguire, Jennifer Love Hewitt, Jon Voight, Jason Bateman, Lance Bass, Alicia Silverstone, Tyra Banks.

Tráiler

.

           Hay dos vetas interesantes que surgen del humor satírico de Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra! La primera, la más obvia y predominante, es aquella en la que se realiza una burlona caricatura de Hollywood: desde sus tópicos peliculeros hasta los individuos que forman sus engranajes y que, gracias a ellos, adquieren un aura estelar que, sin embargo, contrasta con sus miserias humanas. La segunda es la que habla de la sociedad estadounidense, y que se puede extraer de la controversia generada por algunos golpes probablemente nada sutiles, pero sí bastante contundentes.

Durante la celebración de Halloween de 2018, Shaun White, triple medallista olímpico en una modalidad del snowboard, fue el centro de la polémica y tuvo que pedir disculpas por disfrazarse de Jack el Simple, el personaje con el que el protagonista de Tropic Thunder, típico héroe del cine acción, buscaba reciclar su carrera hacia papeles cazapremios, con el resultado de un rotundo fracaso de crítica y público. “Todo el mundo sabe que no hay que hacer de retrasado total”, le explicaba su compañero de reparto, ganador de cinco óscares, para aclararle cómo funcionan los gustos de la Academia norteamericana en cuanto a retratos de la discapacidad intelectual. Tal fue el revuelo con White, reprobado tanto por internautas como por entidades como por el comité de los paralímpicos estadounidenses, que incluso Ben Stiller tuvo que declarar que mantenía su disculpa por la película, ya boicoteada en su momento por idénticos motivos, y reiterar que la intención del gag “siempre fue la de burlarse de los actores que tratan de hacer lo que sea para ganar premios”.

En cambio, Tropic Thunder sí se llevó palmadas en la espalda en lo referente a la cuestión racial, centrada en ese reputadísimo actor de método australiano que profundiza tanto en sus roles que, en este caso, se somete a un tratamiento de pigmentación para meterse con mayor autoridad en la piel de un sargento afroamericano. Es, al tratarse de una parodia de esta parodia, uno de los pocos ejemplos considerados positivos del denominado ‘blackface’, esto es, blancos que interpretan negros pintándose la cara apropiándose de elementos ajenos que habitualmente despreciarían o perpetuando los correspondientes estereotipos.

           Pero Ben Stiller, que dirige Tropic Thunder y escribe su guion junto a Justin Theroux y Etan Cohen -no confundir con Ethan Coen, la importancia del orden de una letra muda-, también da muestras de inteligencia narrativa y sentido de la comicidad, como ocurre en la presentación de los personajes, zanjada de un hilarante plumazo a través de tres falsos tráilers y un anuncio -una especie de mezcla entre Tom Cruise y Sylvester Stallone; otra de Daniel Day Lewis y Russel Crowe; un tercero que podría pasar por primo de Chris Farley y, por último, el clásico rapero que trata de abrir paso a su fama desde un nuevo medio-.

           Haciendo palanca sobre lugares comunes y neurosis generales, el filme consigue mantener un nivel chispeante a lo largo de su desarrollo, que hacia el final cae en esa contradicción recurrente de tener que poner un espectacular punto y final recurriendo precisamente a aquello que se parodia. Por su parte, las estrellas invitadas aportan picante, en especial un desopilante y coprolálico Cruise.

De ese juego entre lo grueso y lo fino, entre la ridiculización y el homenaje, entre lo terrenal y lo divino del cine, Tropic Thunder obtiene un notable equilibrio para convertirse en una meritoria comedia.

.

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 7.

Érase una vez en… Hollywood

19 Ago

.

Año: 2019.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Margaret Qualley, Emile Hirsch, Julia Butters, Al Pacino, Bruce Dern, Dakota Fanning, Austin Butler, Mikey Madison, Lena Dunham, Maya Hawke, Damon Herriman, Timothy Olyphant, Luke Perry, Rafal Zawierucha, Mike Moh, Damian Lewis, Lorenza Izzo, Kurt Russell, Zoe Bell, Michael Madsen, Scoot McNairy, Clifton Collins Jr., James Remar, Clu Gulager.

Tráiler

.

         Érase una vez en… Hollywood es en efecto, tal y como sugiere el título, un cuento ambientado en la fábrica de sueños, en el lugar donde todo puede ocurrir. Esto es, en la industria del cine, una realidad alternativa, superior en belleza y emociones a la que existe fuera de las salas, y en la que hasta es posible arreglar la Historia y reventar la Segunda Guerra Mundial a golpe de ucronía y metralleta, como demostró el propio Quentin Tarantino en Malditos bastardos.

         Pero Érase una vez en… Hollywood es, principalmente, un viaje fabuloso a una era mitológica, poblada por dioses que celebran bacanales en sus mansiones del olimpo de Los Ángeles y que, incluso, descienden a los bulevares de la ciudad para convivir con los humanos, aparte de su invocación a través de las carteleras y de las pantallas de cine, omnipresentes.

Hay, por supuesto, una atmósfera elegíaca en esta dorada edad de la inocencia a punto de ser destrozada a puñaladas y malos viajes de ácido por la trasnochada Familia liderada por Charles Manson. Un despertar paralelo al del resto de unos Estados Unidos embarrados en una guerra absurda y propensos al magnicidio de figuras de progreso, aunque todo ello apenas se menciona en esta película que es una memoria sentimental, no un registro documental. Porque son cosas que no pertenecen al mundo de Tarantino, el cual se concentra en ese espacio confortable y maravilloso del cine, como parecen indicar asimismo esas escenas donde la realidad a uno y otro lado de la claqueta queda perfectamente fundida. En consonancia con esta noción, el de Érase una vez en… Hollywood es un eco elegíaco que procede de la incurable nostalgia de un creador criado y alimentado por la cultura popular y que, en esta ocasión, rinde tributo fascinado a los maratones de televisión que construyeron su infancia.

         Tarantino manifiesta esta decadencia también a través de los protagonistas: un actor de seriales del Oeste que parece enfilar la cuesta abajo de su carrera y su doble de acción, reducido a chico de los recados; ambos con problemas además para entender a una juventud de rebeldes ácratas, melenudos y sin depilar. Desde luego más tragicomedia que thriller, el relato sigue sus desventuras por los márgenes de este escenario de leyenda, con un tono que parece heredar esa mezcolanza de homenaje y caricatura propio del spaghetti western, abundantemente referenciado en la cinta. Hay patetismo y humor negro marca de la casa para retratar a este par de amigos que tratan de orientarse en medio de este apocalipsis lujoso y soleado. Leonardo DiCaprio y Brad Pitt derrochan carisma y química a expuertas, convirtiéndose en uno de los grandes baluartes de una obra que, narrativamente, se muestra descompensada e irregular.

En determinados momentos, da la sensación de que el montaje de Érase una vez en… Hollywood es bastante pedestre en su intención de enhebrar las historias de los personajes de forma paralela, de igual manera que flashbacks como el de Bruce Lee durante el rodaje de El avispón verde que no funcionan bien y entorpecen la progresión y el ritmo del filme -quizás sea la entrega del cineasta donde más se aprecia la falta de la fallecida Sally Menke-. Algo semejante ocurre con las fugas, fantasías y retales de películas posibles que Tarantino va sembrando a su paso, en especial durante la introducción, si bien es necesario reconocer su soberbio talento para aprender y reproducir lenguas perdidas del cine -estilos propios de la serie B de los que, por otra parte, también podría repescar su concreción y concisión a la hora de contar las cosas, pues es fácil hallar secuencias perfectamente prescindibles entre los 260 minutos de metraje de la cinta-.

         En cualquier caso, Tarantino logra terminar la función en alto, con un desparramante clímax de violencia satírica en la que se podría leer una maniobra de autodefensa contra aquellos que censuran, precisamente, su querencia por una sanguinolenta crueldad de grand gignol. Es la constatación de que, decididamente, Érase una vez en… Hollywood, su filmografía y el cine en general son un juguete con el que disfrutar. Y mejor que la realidad.

.

Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6,5.

A %d blogueros les gusta esto: