Tag Archives: Campo de prisioneros

El cazador

27 Feb

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Año: 1978.

Director: Michael Cimino.

Reparto: Robert De Niro, Christopher Walken, Meryl Streep, John Savage, John Cazale, George Dzundza, Chuck Aspegren, Rutanya Alda, Pierre Segui, Ding Santos.

Tráiler

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            El cazador se cierra con un grupo de amigos entonando en un bar, entre lágrimas, el God Bless America, “Dios bendiga a América”. Los fotogramas se habían abierto en una factoría acerera situada en un enclave rural de Pennsylvania, en un pueblo prácticamente anónimo del corazón mismo de los Estados Unidos, poblado por esos ciudadanos de a pie que conforman la argamasa del país. Sus protagonistas, paradójicamente, se apellidan Vronsky, Chevotarevich o Pushkov, pero cuando al segundo le preguntan si se trata de un apellido ruso, él lo niega. Es un apellido americano. Tan americano como el honrado trabajo que entregan cada día, como su sacrificio en defensa de un estilo de vida que no admite injerencias comunistas desde ningún rincón del mundo, como la pervivencia de la huella de la cultura india o como la canción pop que canta Frankie Valli, otro tipo de apellido en absoluto anglosajón.

Por eso, las tradiciones de la comunidad, la anécdota compartida en confianza en lugares totalmente corrientes y los códigos consuetudinarios que rigen sus relaciones poseen en El cazador una mayor relevancia y atención en el relato que los hechos bélicos, en este caso de la Guerra de Vietnam. Porque esa vivencia cotidiana y común, ese pequeño universo afectivo donde el deber patriótico es solo un elemento más, es lo que otorga a los Estados Unidos, territorio conformado por la amalgama de múltiples de ascendencias, carta de nación.

            En este sentido, El cazador no es una obra esencialmente crítica con el conflicto en el sureste asiático -un peliagudo asunto al que Hollywood comenzaba por entonces a asomarse de nuevo después de haber sido ampliamente derrotado por el crudo realismo de los informativos de televisión-, sino que la guerra ejerce como contrapunto terrible y como violento punto de giro de los vínculos de los protagonistas, que de la mano del diablo -quien por supuesto tiene acento extranjero- llegan a dejar atrás, hasta literalmente, a amigos, familia y en definitiva cordura.

Esa es su concepción del trauma nacional. Las atrocidades, que en realidad solo tienen el rostro del enemigo declarado, están expuestas no tanto desde una perspectiva pacifista, sino para mostrar ese sacrificio al que se somete la juventud estadounidense, que deja unas heridas tan profundas que alcanzan incluso el hogar mismo y que, por tanto, son extremadamente difíciles de sanar.

Es decir, que el horror de El cazador no es el horror moral de Apocalypse Now, que un año después hará estallar verdadera y definitivamente Vietnam en las pantallas de cine. Aunque, en cualquier caso, su aparición es angustiosa y enfermiza, huérfana de la humanidad más elemental, con escenarios asfixiantes y de extrema tensión -cuya lograda transmisión es fruto en parte del arduo esfuerzo físico y psicológico de los actores, que redondean escenas fijadas en la memoria colectiva del séptimo arte-, o nocturnos, viciados y sudorosos aún en la línea de trinchera. Su contraste es absoluto con las precedentes escenas de caza en unas montañas imponentes y hermosas, que regalan imágenes trascendentes con el acompañamiento de música sacra, donde los protagonistas conmemoran un acto reverencial, místico, que crea entre ellos una unión espiritual, elevados incluso sobre sus compañeros, que en su vulgaridad convierten la ceremonia en parodia.

            Michel tiene la teoría de que al venado hay que matarlo de un único disparo. A Nick, el vietcong lo alcanzó en una pierna, pero no logró abatirlo. En El cazador, este retrato de la comunidad está atravesado por la desoladora impronta de una agonía trágica, que es la que impide que la herida que aflige a América logre sanar. Como se percibe en las notas elegíacas de la narración, es evidente que se ha perdido la inocencia -el conciliador Nick, amigo de sus amigos, comprensivo con los desaprensivos, pareja sonriente de la chica ideal-, aunque el dolor de la muerte aplazada niega la posibilidad de levantarse y emprender otra vez el camino, aun con las piernas mutiladas, aun este bagaje existencial que padece en común, cada uno a su manera, este pequeño mas simbólico grupo.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

La guerra del planeta de los simios

15 Jul

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Año: 2017.

Director: Matt Reeves.

Reparto: Andy Serkis, Woody Harrelson, Karin Konoval, Steve Zahn, Amiah Miller, Terry Notary, Ty Olsson, Michael AdamthwaiteSara Canning, Devyn Dalton, Gabriel Chavarria, Toby Kebbell.

Tráiler

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          El origen del planeta de los simios contenía en su primera mitad una intensa reflexión acerca del diferente, del inquietante desconocido, del Otro; un notable punto de partida que asentaba el principal arco temático de este ‘reboot’ en el que los profusos guiños al resto de la saga tienden a imponer una reversión del punto de vista del relato. El amanecer del planeta de los simios abundaba con acierto en esta cuestión a través de un esquema propio de un western fronterizo, en el que dos culturas colisionan impulsadas por la tensión y el miedo que genera el puro instinto de la supervivencia. La guerra del planeta de los simios conserva buena parte de la solidez dramática de sus predecesoras para cerrar con dignidad una trilogía que demuestra las posibilidades de conciliación entre los valores comerciales de un producto y la madurez artística del mismo. En ella, mientras que el chimpancé César perfecciona su comunicación verbal, los humanos la reducen, voluntaria e involuntariamente, a una guturalización primitiva.

          De nuevo con Matt Reeves en la dirección, también posee resonancias westernianas la introducción de La guerra del planeta de los simios, donde se presenta una cabalgada monomaníaca alimentada por el odio y emprendida en una atmósfera luctuosa y terminal, todo cansancio y tristeza, acorde al contexto físico y sentimental de un César que sufre las pruebas del patriarca bíblico que parece encarnar y coherente con la constatación de la imposibilidad de la utopía que emergía en el episodio anterior. En este sentido, el filme resulta más conseguido -o cuanto menos más intrigante- cuando se aproxima a Sin perdón o Centauros del desierto, a su tono de pesimismo espectral -hasta cabría entender al extravagante chimpancé que ejerce de alivio humorístico como un Mose Harper sacado de su mecedora-, y no tanto a Apocalypse Now, otra obra magna que ejerce de gran foco de gravedad de la función, a la que se dedican insistentes referencias tanto con el aspecto y el discurso de su propio coronel desquiciado -allí Kurtz, aquí McCullough-, como por la ciudadela donde se le rinde culto, la música de Jimi Hendrix que se escucha o incluso las pintadas explícitamente alusivas que adornan el lugar.

Puede entreverse con ello que, aun tratándose la heterofobia de un tema universal a la especie humana, la serie sigue conjurando particularmente los demonios históricos de los Estados Unidos, puesto que después de plantear una equivalencia entre los primates y los indígenas norteamericanos en El amanecer del planeta de los simios, se diría que ahora el escenario se traslada solapadamente al delirio marcial de la Guerra de Vietnam -es curioso que los dos blockbusters de la temporada protagonizados por hominoideos excepcionales, Kong: La Isla Calavera y la presente, recurran a este trauma nacional para dotar de contenido trágico a su argumento-. “Historia, historia, historia”, mantiene grabado McCullough en la pared de su guarida.

          McCullough y la confrontación con su ejército se desarrollan pues con cierta caída en el tópico -lo que abarca la sobreactuación de Woody Harrelson-, al mismo tiempo que el conflicto dramático -el mensaje político por un lado, las contradicciones internas de César por otro, finalmente más descuidadas- cede terreno a la acción evasiva, manifestada en la incursión en el subgénero bélico de las fugas de campos de concentración. Con todo y ello, y a pesar de que el guion deja algunos detalles de fragilidad lógica, esta faceta de La guerra del planeta de los simios sabe ser entretenida -la batalla en el bosque de la apertura era ya una buena muestra de su talento para la espectacularidad- y modera las ínfulas de grandilocuencia de una obra en la que se corre el riesgo de excederse en la dotación de atributos humanos a los animales protagonistas, hasta el punto de que pudieran convertirse no en simios pensantes, sino en personas ridículamente disfrazadas.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5. 

El hijo de Saúl

13 Feb

“Me rebelo, luego somos.”

Albert Camus (El hombre rebelde)

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El hijo de Saúl

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El hijo de Saúl

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Año: 2015.

Director: László Nemes.

Reparto: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Todd Charmont, Jerzy Walczak, Sándor Zsótér, Kamil Drobowolsky, Mihály Kormos.

Tráiler

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             La única rebeldía posible contra el mundo enajenado, la única que tiene sentido, es aquella que reivindica hechos a priori insensatos, iluminados, pero que una vez descubierta su trascendencia verdadera, sirven para enfocar con claridad una realidad antes consciente o inconscientemente velada.

             La febril odisea del sonderkommando Saul Ausländer por enterrar decentemente el cuerpo de un muchacho en un campo de exterminio es la rebeldía irracional y desesperada de un hombre que carga a su espalda con la marca de la muerte y en el rostro congelado la imagen de la deshumanización, en este caso necesario refugio contra otro tipo de deshumanización monstruosa: el Holocausto. Saul cambia sus pasos precisos y automatizados a fuerza de fría supervivencia por movimientos azarosos, obsesivos. Suicidas. Y su levantamiento, realizado incluso en oposición a otras promesas de esperanza, banales en su imposibilidad auténtica, constituye un acto supremo de rebeldía que enfoca, con pavorosa nitidez, una realidad atroz. El Horror.

             Al estilo de excelentes obras como La hora 25 también con la Soah y la Segunda Guerra Mundial en general o Masacre: ven y mira con el Frente Oriental de este conflicto, el itinerario de Saul, en lucha permanente contra la corriente que le arrastra y devora, reconstruye el infierno sobre la Tierra. Registrada mediante ruidos de fondo, entre estrechos y difusos fotogramas, tensísimos fueras de campo y personajes rugosos, la pesadilla que captura resulta todavía más vívida y escalofriante. La anti-Lista de Schindler, considerará Claude Lanzmann, voz autorizada.

             El expresivo prólogo, que configura escenario global y conflicto personal con rotundidad, es absolutamente devastador. El hijo de Saúl arranca con una potencia atronadora, pero no se detiene ahí. Encadenando veraces y absorbentes planos secuencia -fundidos todos ellos con la perspectiva sensorial de su protagonista- László Nemes le agarra a uno por las solapas y no le suelta. La potencia de su narración es descomunal, impropia de un debutante en el largometraje. El filme fluye como un río embravecido, arrollando todo a su paso. Perturbando las emociones y la razón.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 9.

Two Half-Times in Hell

27 Abr

Fútbol y cine. Cine y fútbol. Las dos grandes pasiones del mundo. El matrimonio que debería ser y no es. Two Half-Times in Hell, no obstante, es uno de sus ejemplos más elogiables. Y sí, es uno de los dos precedentes con los que cuenta la mítica Evasión o victoria.  El partido de la muerte se juega en Bandeja de Plata.

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La imagen perdida

11 Ene

“El cine no puede ser capaz de cambiar el mundo tal como es, pero seguramente ha cambiado la manera en que la humanidad mira el mundo y reflexiona sobre sí misma. Ello quiere decir que después de la invención del cine el hombre nunca será el mismo.”

Carlos Diegues

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La imagen perdida

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La imagen perdida.

Año: 2013.

Director: Rithy Panh.

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          El Ministerio de la Verdad de 1984 modificaba continuamente el conocimiento de la Historia –y por tanto la Historia- de acuerdo a los intereses del poder totalitario dominante. Pero no hace falta adentrarse en la referencial distopía de George Orwell para constatar que la Historia oficial es un constructo que, en esencia, se conforma más o menos artificialmente con el objetivo de legitimar un status quo y unos intereses privilegiados concretos, ya sean de orden cultural, ideológico, económico, etcétera.

De ahí que, para tal fin, esa historiografía oficial acostumbre a emplear dos recursos de control: el conocimiento acondicionado o, directamente, el olvido. La supresión de una verdad. No es casual el enconado rechazo de la Ley de Memoria Histórica por un determinado espectro político.

          La imagen perdida es una obra con la que Rithy Panh –prisionero en su infancia en los campos de reeducación y trabajo de los jemeres rojos camboyanos y de su atroz proceso de deshumanización- aspira a exorcizar sus demonios íntimos y, al mismo tiempo, una indagación acerca de la construcción del relato histórico, de la positiva o negativa utilización del cine para esta creación de la verdad –en otro documental reciente, The Act of Killing, los asesinos solo tomaban conciencia de la realidad de sus crímenes cuando los medían desde la ficción cinematográfica- y, sobre todo, de la necesidad colectiva y personal de la memoria.

El valor social del recuerdo y la importancia de conceder voz a la víctima que, expone Panh, resulta imprescindible para tomar consciencia del horror -la formulación de acusaciones, el altavoz ante el silenciamiento- y obrar en consecuencia –recuerden Los gritos del silencio, donde la barbarie solo podía comunicarse al mundo si era intermediada por un occidental-. Pero el filme erige también al recuerdo como elemento fundamental desde un plano privado, ya que compone el asidero que permite al ser humano conservar su integridad moral y emocional como tal ser humano –la imposibilidad de borrar una imagen mental, por mucho que así lo deseasen los totalitarismos-.

          De este modo, el testimonio autobiográfico de Panh conjuga una pavorosa denuncia contra el totalitarismo camboyano –aplicable a cualquier otro, por supuesto- con la reflexión metacinematográfica, histórica y humanística. Dada la incertidumbre que supone la apuesta por la esperanza, la transmisión del relato, la pervivencia de este mensaje, ocupa el centro y el sentido global de la obra, menos interesada por tanto en el análisis de la política del régimen –si realmente la hubiere- y el contexto circundante a ella.

La primera persona de Panh, materializada en la voz en off y su propia figura de arcilla, no es neutral, ni quiere serlo, ni debe serlo como plasmación que es de una experiencia individual desde la que dibujar, al menos, un fragmento acallado o desapercibido de aquel trauma, a la espera de que se le sumen otros muchos.

El uso de figuritas de barro para representar la sinrazón del conflicto camboyano, intercaladas dentro de un terrible diálogo con filmaciones propagandísticas y siniestros coros de consignas políticas, ofrece un desolador contraste entre la apariencia inocente de la recreación y la desgarradora brutalidad que escenifica. Una decisión estética que, además, sirve para erradicar el voyeurismo morboso del horror y concentrar la fuerza en la emanación humana de los fotogramas, la narración y las ideas subyacentes en él.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

El ex-preso de Corea

17 May

“El estado natural del hombre no es la paz sino la guerra.”

Immanuel Kant

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El ex-preso de Corea

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El expreso de Corea.

Año: 1977.

Director: John Flynn.

Reparto: William Devine, Linda Haynes, Tommy Lee Jones, Luke Askew, Lawrason Driscoll.

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            La Guerra de Vietnam, como todas las guerras, no acabó con la firma de la paz entre los bandos contendientes. Si atendemos a los fotogramas de los años siguientes a 1973, de Vietnam retornan el Travis Bickle de Taxi Driver, el Lander de Domingo negro, el Luke Martin de El regreso y los sencillos muchachos de El cazador. Incluso yendo más lejos, hasta la belicista, militarista y ultrapatriótica era Reagan, también John Rambo. Heridas abiertas; hombres con la guerra y solo la guerra en las entrañas; neuróticos perturbados por el horror.

            El mayor Charles Rane de El ex-preso de Corea pertenece a esta especie. En el avión que aterriza en San Antonio, después de su liberación de los campos de concentración y tortura del Viet Cong, no vuelven ni él ni sus acompañantes. Solo sus cuerpos. Carcasas huecas, rellenas de pólvora, violencia y napalm. La interpretación de William Devine, un tipo de rostro poco agradable, todo dientes prominentes y entrecejo fruncido, se ajusta con rigor a esa cadavérica parquedad expresiva. Frío, de movimientos maquinales, automáticos. Un tanto más exagerado y menos natural resulta en cambio el hieratismo afectivo de su compañero eventual, el joven Johnny Vohden de Tommy Lee Jones.

Rane, como el torturado Bickle, es también hijo de la pluma de Paul Schrader, particularísimo guionista que no quedaría demasiado satisfecho con los resultados finales del texto, que tildaría de toscos y parafascistas.

            El ex-preso de Corea –incomprensible retitulación del Rolling Thunder original, quizás a rebufo de la exitosa El expreso de medianocheparece configurarse como un drama acerca del trauma posbélico del combatiente. Sin embargo, por medio de un duro y repentino golpe de efecto, un tanto forzado en su verosimilitud –lo innecesario del asesinato, la profusión de detalles revelados en la cara del protagonista-, la película se torna definitivamente en un agrio thriller fronterizo que, más que de venganzas, es de violencia pura y primaria.

El vaciado emocional de Rane así lo dicta, por mucho que se escude en la presunta conservación de un último hálito de amor paternofilial. Su mente, desesperada y desquiciada, en realidad ansía recobrar su vigilancia marcial. La brutalidad, otrora empleada como remedio para garantizar su supervivencia como prisionero, se ha convertido en droga.

            John Flynn aporta su sequedad característica a la realización de la cinta. Una sobriedad espartana y una narración directa y sin concesiones que se ajusta a la perfección a los parámetros tonales y sentimentales de la obra. Filme decepcionado y sombrío, El ex-preso de Corea explora por el camino la cicatriz monstruosa e indeleble que la barbarie marca a fuego en el hombre, condenada a ser reproducida una y otra vez –el padre de Vohden, veterano de la Segunda Guerra Mundial que se niega a comprar productos japoneses, justificado por su rencor eterno-.

El ex-preso de Corea no ensalza la lucha, no reivindica el sacrificio del soldado, no denuncia emocionalmente a la sociedad que ha avanzado hacia adelante sin esperarle o que lo desprecia abiertamente. Únicamente expresa, y con desatada crudeza, el rastro de violencia que la guerra, entendida como un proceso continuo y nunca concluido, deja tras de sí.

            Un thriller granítico, rotundo y meritorio.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

El arpa birmana

31 Ene

“No es el rifle quien mata, sino un corazón endurecido.”

Stanley Kubrick

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El arpa birmana

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El arpa birmana.

Año: 1956.

Director: Kon Ichikawa.

Reparto: Shôji Yasui, Rentarô Mikuni, Jun Hamamura, Taketoshi Naitô, Shunji Kashuga, Kô Nishimura.

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            La guerra transforma a las personas. Antes de la Segunda Guerra Mundial, Kon Ichikawa era un cineasta conocido sobre todo por sus comedias. Después de la Segunda Guerra Mundial, Ichikawa retrataría el horror, la barbarie y la muerte desde una de las aproximaciones más escalofriantes al conflicto: Nobi (Fuego en la llanura). En ella, el ser humano quedaba reducido a poco más que una alimaña malherida, desquiciada y antropófaga. Tres años antes, en El arpa birmana, su visión del hombre era igualmente desengañada, aunque en ella se podía rastrear todavía tibios y frágiles rescoldos de esperanza.

            En El arpa birmana, la redención del sargento Mizushima, motivada por la crisis espiritual que le provoca ver las montañas de cadáveres insepultos –registrados con total crudeza a través de imágenes espeluznantes-, es a la vez una llamada a la redención de la condición humana en su conjunto y una proclamación de la necesidad de mantener la memoria de la tragedia.

            Alejada de los estereotipos canonizados por el cine estadounidense, el pelotón japonés que protagoniza la cinta no es más que un puñado de hombres que tratan de sobrevivir en medio de una sinrazón que, afortunadamente, parece tocar a su fin (o no). Son amistosos, reflexivos y nobles y conservan su humanidad a través del uso de la música, arte universal y armonizador por excelencia. No es casual que el término de la lucha se anuncie y se materialice por medio de una canción entonada al alimón con las tropas otrora enemigas, dibujada por Ichikawa en una secuencia a la luz de la luna de elevado influjo lírico –obtenido a costa de la verosimilitud, claro-, ejemplo de una elegancia estética de la puesta en escena que es expresión directa de la delicadeza de los sentimientos manejados en el filme.

            El arpa birmana tampoco cae del todo en la revisión autoindulgente pese a omitir aspectos polémicos acerca de la cruenta actuación imperialista de Japón sobre el sureste asiático, que conocería episodios absolutamente negros. Su antibelicismo desarrolla también una mirada crítica acerca del fanatismo de los ejércitos nipones –la irracional batalla postrera de la colina-, enfervorecidos por un patriotismo mal entendido que, en primer lugar, atenta contra cualquier tipo de valor humano y, en segundo, supone un servicio inútil a la nación, necesitada de brazos enérgicos para su reconstrucción.

El encuentro en el puente entre el sargento Mizushima y sus antiguos compañeros supone entonces el trazado de dos vías cruzadas de afrontar la posguerra: el retorno al hogar con la simple satisfacción del superviviente frente al renovado sacrificio personal emprendido con el propósito de cerrar las espantosas heridas abiertas  -simbolizado en el entierro de los muertos-, alcanzar definitivamente la ansiada paz interior y alimentar el recuerdo de la degradación física y moral que la guerra puede infligir al hombre. Una remembranza imprescindible.

            En 1985, Kon Ichikawa rodaría una nueva versión de El arpa birmana, esta vez en color.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

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