Yakuza

12 Mar

“Tú has recuperado tu honor. Déjame a mi conservar el mío.”

Katsumoto (El último samurai)

 

 

Yakuza

 

Año: 1974.

Director: Sydney Pollack.

Reparto: Robert Mitchum, Ken Takakura, Keiko Kishi, Richard Jordan, Christina Kokubo, Brian Keith, Eiji Okada.

Tráiler

 

 

            Enemigo primero, país sojuzgado, humillado y hundido después, Japón, nación reinventada a sí misma, potencia emergente en los años setenta, continuaba siendo un misterio inescrutable y subyugante para aquellos que lo habían combatido y ocupado.

El choque entre la pragmática y prosaica cultura norteamericana y la tradicionalista, espiritual, rígida y hermética cultura japonesa. Mundos opuestos que colisionan producto de un pasado marcado por cicatrices que no terminan de cerrar. Una mezcla imposible que fructifica, unas veces redentores, otras podridos.

            Premisas que se hacen carne en Harry Kilmer (Robert Mitchum, en un papel de tipo solitario y melancólico que le sienta a la perfección), un hombre de presente incierto y carente de significado, con el pasado y su corazón abandonados en un Japón que se debate entre una permanencia insostenible y un cambio traumático, todavía reconocible aún pese a su transformación.

El destino donde yacen, aún humeantes, los rescoldos de su vida, al que ha de retornar para cerrar una deuda de amistad, creada precisamente en el país del Sol Naciente, originada por un amor que nunca consiguió rescatar de los secretos insondables de una cultura extraña y enigmática –en similares tesituras se las tuvieron que ver anteriormente nada menos Brando en Sayonara y Wayne en El bárbaro y la geisha-.

La llamada del pasado, del hechizo de una nación que trata de sanar profundas heridas a costa de ocultar u olvidar parte de su identidad –la madre, aún vestida con ropajes tradicionales, la hija, ya adaptada a la modernidad- y en la que, sin embargo, la presencia de los viejos y proscritos códigos es capaz aún de sentirse.

El peso del honor, de la deuda, del deber moral con uno mismo, de la asunción de la fatalidad y la irrelevancia del futuro, incluida la muerte.

Ken Tanaka (Ken Takakura), el ex yakuza que nunca sonríe, ni motivos tiene para ello, se adueña sigilosamente del filme con un rostro pétreo por el que se filtra, imperceptiblemente, un interior en el que reside el enigma de toda una cultura desterrada, en el que arden con rabia queda mil sentimientos, encadenados a las leyes inquebrantables que constituyen a los verdaderos hombres tal y como han de ser.

            Pollack compone un thriller poderoso -rasgo común de un género por entonces en estado de gracia- y nostálgico. Por un pasado de amor imposible, por la pérdida irreparable de un modo vida. Dos universos contradictorios que chocan entre sí, explotando en miradas de pasión encendida, de lealtad indeleble, fundida en la sangre. Dos universos que pueden ofrecer con su comprensión y respeto, no necesariamente su entendimiento, un futuro posible que pueda cerrar de una vez por todas las cuentas pendientes de un pasado bello pero doloroso.

El director estadounidense consigue empapar en unas imágenes tan líricas como contundentes ese aura nostálgica que preside el guion de Robert Towne, siempre eficiente en estas lides, y Paul Schrader, experto en personajes torturados por la decadencia y la alienación de su mundo, en busca de redenciones improbables.

Exprime la belleza críptica, contenida y sin aspavientos del país nipón –pese a cierto aire de postal turística en el reflejo de sus tradiciones-.

Las miradas y los silencios cuentan más que las palabras. Las emociones contenidas se desatan súbitamente en estallidos de sangre o amor.

Más que recomendable.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

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