Tag Archives: Yakuza

Outrage 2

8 Oct

Kitano: el ruido y la furia. Siempre a la contra, Takeshi se anima con una segunda parte de carnaza dedicada a sus seguidores/detractores. Outrage 2 para Ultramundo.

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Brother

3 Jun

“El cine para mí es un arte de la prosa. Definitivamente, se trata de filmar la belleza pero sin que se note, sin que se note para nada.” 

François Truffaut

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Brother

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Brother

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Año: 2000.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Takeshi Kitano, Omar Epps, Claude Maki, Masaya Katô, Royale Watkins, Lombardo Boyar, Ren Ôsugi, Ryo Ishibashi, Joy Nakagawa, Bradley Jay Lesley, Tatyana Ali.

Filme

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            No hay fronteras capaces de alterar el fatalismo de un destino escrito e inmutable. Aliado con el productor Jeremy Thomas, a quien conocía de su participación en Feliz Navidad, Mr. Lawrence, Takeshi Kitano cumplía con Brother su deseo de rodar una película en los Estados Unidos. Sin embargo, que el escenario de la acción sea la megalópolis de Los Ángeles no comporta que la esencia japonesa y personalísima del cine de Kitano varíe un ápice para intentar amoldarse a los gustos y sensibilidades del gigante norteamericano. Al igual que el protagonista, Aniki (el propio Kitano), un gánster exiliado a causa de la desarticulación de su familia criminal tras la muerte de su ‘oyabun’, el cineasta tokiota se mantiene firme en su naturaleza artística, sin concesiones ni contaminaciones que afecten a su determinación imperturbable.

            Brother es una cinta criminal de choque y encuentro entre culturas, y en el que se produce un juego de contrastes directos entre los histriónicos y bravucones pandilleros locales –entre los que se halla el hermano de Aniki, cabecilla de una banda de poca monta dedicada al menudeo de droga-, frente los métodos sobriamente expeditivos del yakuza aterrizado de improviso en su mundo, un tipo hierático e inescrutable al que le siguen la guerra y la muerte.

Como es habitual en la filmografía de Kitano, la parquedad del diálogo como herramienta de expresión no se corresponde en modo alguno con una ausencia del dibujo pormenorizado de la psicología de los personajes y el trazado de sus vinculaciones emocionales, sino que, al contrario, este hermetismo revierte en una mayor relevancia del significado de los actos y la palabra de los personajes, formulados en imágenes de alto contenido descriptivo, enorme profundidad introspectiva y manifiesta elegancia formal.

A través de un extenso flashback, siguiente a la presentación de su temperamento violento –el acuchillamiento con el casquillo de una botella de un afroamericano que luego resultará ser amigo y compañero de su hermano-, Brother desentraña el interior privado del protagonista: su ligazón a la hermandad criminal como único sentido de su existencia, las pulsiones de muerte que embargan sus pasos, la agresividad contenida de su proceder, la sangre como sello de las relaciones con sus semejantes. La sangre, por tanto, conforma la piedra angular del argumento por medio de debates acerca de su esencia en los lazos personales: la fraternidad literal y figurada y el valor auténtico de cada una de ellas; la sangre como pago de una deuda o demostración de lealtad; la sangre como símbolo de vida y como símbolo de muerte, estampada a agrios brochazos en las paredes.

            Brother habla por medio de la puesta en escena, de la elección del plano y de la actuación física de los intérpretes, que revelan con absoluta potencia los pormenores de su pensamiento, sus fidelidades afectivas y su perspectiva frente a los acontecimientos del relato. Y de entre ellos se extrae una penetrante sensación de melancolía, impresa en la frialdad azulina de la fotografía marca de la casa y en la banda sonora de Joe Hisaishi, que sirven para que Kitano retome el concepto del gánster estoico que abraza a la muerte con un último e inútil estallido de violencia, embarcado en la empresa suicida de construir un imperio delictivo en medio de un lugar tan vacío y desolado como el que ha dejado a sus espaldas en su tierra de origen. Incluso en los nombres de los implicados resuenan evocaciones a Pearl Harbor, apogeo de la colisión histórica entre las dos potencias a ambos lados del océano Pacífico.

En cualquier caso, por encima del relato criminal a propósito del canto de cisne de un yakuza desahuciado y sin nada que perder –incluida su vida-, sobresale, mejorando el precedente de Sonatine, esa exploración humana compuesta a partir de químicas personales y genuinas, amistades ideales masculinas rayanas en la homosexualidad, juegos y chanzas pueriles, voluntades de entendimiento y, en definitiva, de esas pequeñas cuestiones y acciones desapercibidas y a priori inanes que, no obstante, conforman la argamasa de la existencia. Los asideros a los que aferrarse en medio del viaje entre la nada y la nada.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 9.

Dolls

16 Mar

“Reivindico que el cine sea tratado como la poesía, como la literatura, como arte. Que sea cultura y no industria.”

Francis Ford Coppola

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Dolls

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Dolls

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Año: 2002.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Miho Kanno, Hidetoshi Nishijima, Tatsuya Mihashi, Chieko Matsubara, Kyoko Fukada, Tsutomu Takeshige.

Tráiler

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           Después de recibir críticas dispares por su infravalorada Brother, exportación a los Estados Unidos de su particular universo de estoicos yakuzas, Takeshi Kitano se regalaba a sí mismo y al público una obra intimista y emocional a través de la cual daba salida a sus incontenibles pulsiones artísticas, desarrolladas además con una sensibilidad narrativa que enraíza directamente con la tradición nipona.

           Dolls traduce a fotogramas los temas y arquetipos propios del teatro bunraku y las obras del dramaturgo Chikamatsu Monzaemon, ‘el Shakespeare japonés’, conocido por sus historias acerca de personajes comunes enfrentados a trágicas historias de amor. Precisamente, ese espíritu extremadamente poético y al mismo tiempo doliente que gobierna el filme, vertebrado a través de tres relatos de romance y desesperación, parece conectar también con la noción de fatalismo que regía las vidas de los gángsters de Kitano, reducidos a simples fardos que se desploman ante la violencia del mundo, unidos sin remedio a un destino inexorable que no es otro que la muerte.

Estos yakuzas, al igual que los amantes de Dolls, son títeres a merced de la fortuna caprichosa la cual se sirve en sus propósitos del implacable paso del tiempo, manifestado aquí a través del cambio de estaciones. Una cosmovisión agónica que se convierte en un juego melancólico donde el romanticismo trata de revelarse contra este Hado inapelable, como ya hiciera en vano en la hermosísima Hana Bi (Flores de fuego).

           Sin embargo, el territorio donde acontecen estos tres pequeños dramas románticos -encadenados por el cordón rojo que une a una joven catatónica tras un intento de suicidio y al hombre arrepentido que motivó el suceso tras escoger como prometida a la pudiente esposa de su jefe-, no pertenece al submundo criminal dominado por los relámpagos de agresividad física y directa donde se ambientan las cintas más populares de Kitano. El cineasta tokiota expone a sus viscerales e incompletos personajes por medio del montaje fragmentado, a la vez que los arropa con un delicado manto estético que los transporta a una dimensión lírica y henchida de color, rayana en lo onírico y en la que el recuerdo, el remordimiento, el deseo y la realidad se confunden y fusionan en la abstracción, sin solución de continuidad.

           Afloran en este mar de sentimientos deshilachados numerosos símbolos visuales y alegorías cromáticas –la mariposa, los tonos rojos-, que plasman con desgarro elegíaco –y ocasional aunque disculpable redundancia- la fractura emocional a la que se encuentran sometida esta galería de individuos atrapados por los lazos del amor, en especial esa inocente y frágil protagonista femenina que logra trascender su devastado estado mental para transformarse en una fuente de sensaciones encontradas.

           En este teatro de la existencia, el minimalismo argumental, por tanto, es la semilla a partir de la cual nace un maximalismo expresivo donde Kitano vierte toda su pasión como creador artístico. De la misma manera que las marionetas del bunraku, los personajes de Dolls esconden tras su hieratismo una explosiva tormenta de emociones, mayor que la vida misma.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

Branded to Kill (Marcado para matar)

1 Feb

“Una película es la consecuencia de una explosión de sentimientos y emociones, y es por completo innecesario apoyarla con argumentos.”

Seijun Suzuki

 

 

Branded to Kill (Marcado para matar)

 

Branded to Kill (Marcado para matar)

Año: 1967.

Director: Seijun Suzuki.

Reparto: Jô Shishido, Kôji Nanbara, Anne Mari, Mariko Ogawa, Isao Tamagawa, Hiroshi Minami.

Tráiler

 

 

            Gustase o no, Seijun Suzuki estaba decidido a seguir yendo por libre. Ya lo había demostrado con El vagabundo de Tokio (Tokyo Drifter) y ahora, con Branded to Kill (Marcado para matar), no serán menores, ni mucho menos, las contemplaciones para dar rienda suelta a la reinvención del cine negro desde su creatividad particular e intransferible, prácticamente paralela por otro lado a la de otras latitudes, como el sobrio polar melvilliano o la deconstrucción total que propondrá con Jean-Luc Godard con su Al final de la escapada.

            Branded to Kill presenta un noir reducido a lo conceptual para más tarde ser tamizado por el particularísimo e independiente prisma del autor, la influencia innegable de la cultura japonesa y unos vitriólicos delirios ácidos y pop.

El argumento, un esqueleto esquemático, presenta en su desarrollo varias premisas tradicionales, destinadas a servir de simple base sobre la que experimentar a capricho: el mercenario obligado a regresar al trabajo por la falta de dinero en una misión oscura y arriesgada, la acometida del mismo de una serie de asesinatos por encargo, cada cual más ocurrente –alguno homenajeado en lo posterior por cineastas como Jim Jarmusch-; la subsiguiente traición del solitario hitman por la empresa contratante y el enfrentamiento postrero contra su ansiada y única aspiración vital, el espectral #1, rey invisible del gremio de asesinos.

             Cada pieza clásica del argumento y el estilo del cine negro es revisada y modificada a conciencia, a medio camino entre la sublimación de los códigos del género y su parodia.

El arquetipo de samurai del cine yakuza que cambia la katana por el colt sin mudar su estricto código moral y de lealtades que aparecía en Tokyo Drifter, es desplazado aquí por la figura de un extravagante asesino a sueldo con el objetivo existencial de ser el número uno absoluto en su profesión, disolutas costumbres sexuales que riñen con el logro de la perfección en su oficio y fetichismo por el olor del arroz hervido.

Un trabajo exigente y cruel el de asesino en serie, al que Suzuki otorga dimensiones míticas -un único fallo equivale al derrocamiento del estatus adquirido y, con ello, la propia muerte en último término- y al mismo tiempo satíricas –en su desenlace, el duelo entre campeón y aspirante se iguala a una competición deportiva o, más aún, a un juego de niños con grandes dosis de irreverente comedia-.

Además, para acentuar este carácter peculiar del protagonista, el personaje adopta los también estrambóticos rasgos de Jô Shishido, actor que se operó los mofletes para resultar más amenazador y tan solo alcanzó a parecerse a un hámster enfurruñado.

Por su parte, la sexualidad de la femme fatale se desborda hasta alcanzar los límites de lo fantástico. Aficionada a coleccionar hombres como si fueran mariposas, aparece siempre en escena difuminada por la lluvia, enigmáticamente inexpresiva e incitante por su carnalidad de tintes sadomasoquistas.

            Incidiendo en lo formal, Suzuki sustituye el expresionista colorido que bullía en Tokyo Drifter por un sobrio y acerado blanco y negro con el que, por contra, poder jugar en mayor grado con la expresividad de la composición de la escena. Las perspectivas innovadoras, los planos forzados, el juego con los conceptos, el estilo y la abigarrada composición, el montaje cortado a dentelladas y la sobreabundancia de componentes simbólicos imprimen a Branded to Kill una atmósfera rayana en el surrealismo y lo onírico, única e inimitable aunque no siempre para bien.

            El frenético intervencionismo de Suzuki provoca que, en ocasiones, la película exija demasiado al espectador y lo saque de su implicación con un filme de trama mínima, lo que produce que se haga por momentos un tanto pesada e importe bastante poco su capacidad sugestiva o su retorcida originalidad, si bien unos cuantos hallazgos –curiosamente ligados a aquellos más desenfadados, juguetones y cómicos- consigan que merezca la pena realizar otro nuevo esfuerzo para mantener la atención.

Toda una curiosidad.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del filme: 6,5.

Outrage

11 Oct

“Me gustaría poder hacer cine más artístico, pero tengo que hacer entretenimiento para tener espectadores”

Takeshi Kitano

 

 

Outrage

 

Año: 2010.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Takeshi Kitano, Kitamura Soichiro, Jun Kunimura, Renji Ishibashi, Tomokazu Miura, Kippei Shiina, Ryo Kase, Tetta Sujimoto.

Tráiler

 

 

             Después de tres ejercicios de autorreflexión y psicoanálisis filmado –Takeshis’, Glory to the Filmmaker!, Aquiles y la tortuga– Takeshi Kitano, cada vez con más comentarios, sobre todo por parte de sus fieles, arreciando sobre su deriva cinematográfica, decide plantarse y arrojar contra su público aquello que éste parece pedirle: una vuelta a las andadas, un estallido de estilizada violencia yakuza como en los viejos y buenos tiempos.

             A través de esta contestación resignada pero brutal que es Outrage, el realizador japonés pone frente al objetivo a esa organización jerárquica y ritualizada hasta lo ridículo, y más casposa que gloriosa, que es la yakuza japonesa. Aunque la mirada de Kitano siempre tuvo un halo irónico, nunca fue tan directo y descarnado como ahora.

Ya que tiene que volver al cine de gángsteres, a Kitano le apetece divertirse.

             De hecho, más que una nueva entrega de mafiosos nihilistas a los que la muerte les sabe igual que la vida, Outrage parece una de las locuras del incontenible Takashi Miike.

Este conjunto ultraviolento de ascensos y caídas, traiciones y vendettas –rasgos paradigmáticos del género-, protagonizado por un grupo de desheredados empleados como punta de lanza y carne de cañón en unas guerras en las que la senilidad y el sadismo del capo de capos sirve como agente del caos, no es más que una carcajada cruel y abrasiva, hemoglobina y plomo mediante, a costa de ese monstruo mitificado e idolatrado.

             La cinta reconcilia la más cruda fiereza y garra de Kitano, su talento para la puesta en escena –aunque con unas aspiraciones artísticas ostensiblemente rebajadas- y su macabra y burlesca imaginación,conmemorada a impregnar de desorden y absurdo la pantalla y que, dentro de estos vericuetos de escalafones, escuadras criminales y pugnas intestinas, se torna incluso confuso de seguir por momentos.

             Sin embargo, lo que importa es descerrajar el sinsentido de una organización que se mea en el mal llamado honor del criminal. Nada que ver con aquellos estoicos hombres del clan, leales incluso en el destierro y la traición, del tradicional yakuza eiga.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Kids Return

23 Ago

“No está solo. Te acompaña lo que vas a ser en el futuro.”

Alejandro Jodorowski

 

 

Kids Return

 

Año: 1996.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Masanobu Andô, Ken Kaneko, Michisuke Kashiwaya, Yûko Daike, Ryo IshibashiSusumu Terajima.

Tráiler

 

 

             A mediados de la década de los noventa, Takeshi Kitano entraba en barrena personal y creativa. El fracaso de crítica y público de Getting Any?, su primera comedia, terreno que en teoría dominaba como humorista de renombre en el país del sol naciente, lo condujo a una profunda depresión que dio rienda suelta a un temperamento autodestructivo e iconoclasta que ya se averiguaba en el trasfondo de sus filmes. Un grave accidente de tráfico, debido al abuso del alcohol, tendría en coma al cineasta durante algunas semanas, dañando irreparablemente además los nervios de su rostro.

Quizás fruto de esta experiencia traumática, el regreso de Kitano tras las cámaras introduciría varios cambios respecto a los elementos recurrentes de su obra.

             Pese a que no puede calificarse a Kids Return de una obra del todo optimista, ni mucho menos, los distintos personajes -incardinados a través de la relación de amistad y la evolución personal de los dos protagonistas, con más momentos agrios que dulces- al menos se revelan contra su futuro, negando un destino que en cambio pretenden construir a su medida en vez de acatarlo con el estoicismo de aquellos yakuzas a los que vida y muerte poco se les diferenciaba.

El éxito es lo de menos. En sus múltiples variantes, y a pesar de unos manifiestos desvalimiento y desorientación que los hace víctimas de errores propios y nocivas influencias externas, son muchachos con sueños nobles o equivocados que aspiran a realizar, conmemorando su vida en el intento.

Esto es, encontrar un sitio en una sociedad hostil que se lo niega, realizarse a través de la total entrega a una amistad devota hasta rozar lo homoerótico, conseguir a la chica de los sueños, intimidar y ser respetado como un auténtico gángster, conseguir ser de mayor lo que uno quería de pequeño.

            En consonancia con ello, el estilo del director tokiota, que renuncia a la actuación en el filme, se torna más natural –si bien repite un montaje que recuerda al de Boiling Point-, se resta en parte ese aura onírica o mágica que sobrevolaba parte de su obra, aunque permanece ese humor agridulce entre el slapstick, la ternura chaplinesca y lo pueril; y ese inimitable halo de lirismo melancólico, o el cierto simbolismo, como el del color rojo.

Kitano reencontraba el camino.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

El vagabundo de Tokio (Tokyo Drifter)

14 Ago

“La atracción del arte está ligada a lo que nos revela sobre nuestro interior más oculto.”

Jean-Luc Godard

 

 

El vagabundo de Tokio (Tokyo Drifter)

 

Año: 1966.

Director: Seijun Suzuki.

Reparto: Tetsuya Watari, Chieko Matsubara, Tamio Kawaji, Eimei Esumi, Ryûji Kita, Hideaki Nitani.

Tráiler

 

 

            Sin complejos. Con El vagabundo de Tokio, al igual que en la posterior y pareja Branded to Kill, Seijun Suzuki decidía dar rienda suelta a un estilo con sello radical de autor, en el que no tienen cabida las contemplaciones.

             El cine negro más clásico –el pistolero solitario incapaz de renunciar a su violento modo de vida, a la llamada irresistible de la propia naturaleza- sirve base sobre la que experimentar en lo que parece el camino contrario a la ascética abstracción ofrecida por otra revisión foránea y más o menos coetánea como es la del polar francés: colorismo propio del cómic y el pop como seña de identidad y expresión del estado anímico del protagonista, personajes como recortes de cartón con la forma de un estereotipo del noir y el yakuza eiga –por tradición local se entroncaría también con la figura del ronin, cambiando eso sí la katana por el colt-, melodrama fatalista con influencias del teatro y el pulp más peleón, puesta en escena de sala de museo contemporáneo, variaciones temáticas a caballo entre la parodia, la deconstrucción y el homenaje.

             Todo tiene cabida, sin contención alguna, sin prejuicios ni inhibiciones, como solo podía darse en los sesenta, siempre con el estilo como elemento conductor y, acaso, objetivo final del filme.

Un mundo extraño que parece brotar de una percepción solipsista –el tema principal como declaración de intenciones tarareado incluso por el protagonista; el uso del color como transcripción de sus emociones-, donde la traición aparece como el destino inexorable.

            Suzuki, en su delirio onanista rodado a salto de mata a causa de una tijera que campa a sus anchas en la sala de edición, consigue soluciones de una expresividad prodigiosa, a la par que propone recursos y escenas bastante cuestionables y aún otros que rayan el ridículo, si no se instalan directamente en él.

            Curiosa como pocas, para ver con la misma falta de tapujos que esgrime un cineasta que va por libre.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

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