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Thirst

18 Mar

“Todas mis películas tratan sobre gente que culpabilizan las acciones ajenas porque rechazan culpar las suyas propias.”

Park Chang-wook

 

 

Thirst

 

Año: 2009.

Director: Park Chang-wook.

Reparto: Kang-ho Song, Ok-bin Kim, Hae-suk Kim, Ha-kyun Shin, In-hwan Park, Dal-su Oh, Young-chang Song, Mercedes Cabral.

Tráiler

 

 

           Exponía Albert Pla, con su turbia lucidez habitual, en su tema La dejo o no la dejo, perteneciente a la que es en mi opinión su mejor obra, Veintegenarios en Alburquerque, los dilemas existenciales de un sufrido joven que duda entre la fidelidad a la chica de su vida o su denuncia ante las autoridades  por su condición de sanguinaria terrorista. ¿Qué pesa más? ¿El amor realizador pero egoísta y destructivo o el gratuito bien de la humanidad?

La respuesta a esta cuestión alberga, indefectiblemente, una frustración. Pla abogaba por la estoicamente cobarde inacción que, pura casualidad o injusticias del destino, concluía en un terrible final feliz. En el caso de Sang-hyeon (Kang-ho Song, un imprescindible del pujante y torrencial nuevo cine coreano), sacerdote de hospital, especialista en extremaunciones, la valiente toma de decisiones y la bienintencionada voluntad de acción conducirán una frustración doble. Primero por la sensación de impotencia y esterilidad en sus esfuerzos para mejorar el mundo, incapaz de ofrecer más que una leve e inane cura espiritual en el último y desesperado momento de vida.

Un absurdo que conduce a otro: su sometimiento voluntario a los experimentos sobre una enfermedad que afecta a los varones solteros, es decir, a seres incompletos que no alcanza la realización amorosa en la vida, y que a él, por interacción divina, le rescatará de la muerte transformado en vampiro.

           El monstruo como liberación interior, como destrucción de las ataduras que encadenan la libertad moral individual, de los apetitos del cuerpo y del alma, unos virtuosos, la mayoría con forma de tentaciones pecaminosas.

Tentaciones que dan pie a la segunda frustración, en la que ese vampiro puritano y de buen corazón, el drácula sibarita que bebe en catéter de personas en coma irreversible, trata de redimirse por el amor a una mujer maltratada e incomprendida por el mundo cruel. En su voluntad de Pigmalión creará, en vez de la felicísima perfección, un monstruo despiadado, quizás su misma sombra hecha carne, un dopplegänger que sí acepta su naturaleza destructiva tal y como es –la última barrera-, sin hipocresías.

Y ahí retomamos el dilema que abría la crítica: la dejo, o no la dejo (la mato, o no la mato).

           Si Park Chang-wook, tras hacerse un nombre en el panorama internacional con su trilogía de la venganza –Sympathy for Mr. Vengeance, Oldboy y Sympathy for Lady Vengeance-, ya había reinventado con su habitual imaginación y desparpajo el subgénero de manicomios en la simpática Soy un cyborg, procedía ahora a dar una vuelta de tuerca a la tan manida, popular y maltratada mitología vampírica con Thirst –que de hecho podría calificarse como una antipelícula de vampiros-, en la que sitúa al monstruo en el duro contexto de lo mundano. Cotidianeidad surrealista hasta la alucinación febril, pero cotidianeidad palpable. Nada que ver con el amaneramiento de papel cuché de los ñoños monstruitos teens de Crepúsculo, por supuesto.

Partiendo de este inclasificable planteamiento, a medio camino entre la farsa, el melodrama y el terror, Park compone un filme presidido por la irregularidad y el exceso formal. La primera, producto de una duración excesiva derivada de un libreto pobremente escrito, con una acción mal narrada, con desprecio por la síntesis y con los consiguientes numerosos altibajos de ritmo. La segunda, que también queda marcada por ese primer vicio de la irregularidad, es fruto del abuso de planos, giros y movimientos de cámara imposibles, interesantes en su concepción, demasiado obvios, superfluo y fatigosos por su acumulación. De este modo, Park consigue brillantes imágenes, sagaces, fascinantes, enormemente plásticas y rotundas en su impacto en el espectador, pero que al mismo tiempo se diluyen en un retorcimiento agotador, en un feísmo esteticista y en una incontención absoluta que se aplica, de igual modo, al grafismo en la plasmación de la fisicidad de la historia, innecesariamente agresiva, con una fijación con el sonido de la saliva que roza lo enfermizo.

            Pese al inconmensurable trabajo de sus protagonistas y al indudable talento de su realizador (y desaforado, en este caso), Thirst posiblemente se aproxima más a lo delirante, y no para bien, que a lo genial.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5.

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