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El signo de la cruz

13 Mar

“Dadme dos páginas cualquiera de la Biblia y os daré una película.”

Cecil B. DeMille

 

 

El signo de la cruz

 

Año: 1932.

Director: Cecil B. DeMille.

Reparto: Elissa Landi, Fredric March, Charles Laughton, Claudette Colbert, Ian Keith, Arthur Hohl.

 

 

 

            Si hay algo que distingue la obra de Cecil B. DeMille, modelo fundacional del director del sistema de estudios, es la conversión de los elementos cristianos y conservadores que conforman el fondo de sus películas en actos épicos de heroísmo, envueltos en unas formas clásicas pero espectaculares y grandilocuentes.

            El signo de la cruz cerraba en 1932, como primer filme sonoro de la misma, su denominada trilogía bíblica, precedida por Los diez mandamientos y El rey de reyes, versiones de 1923 y 1927 respectivamente. Tema comercial donde los haya, tanto por su apuesta por el espectáculo emotivo y lúdico como con la identificación con el sentir popular, esta sería ya la tercera versión cinematográfica de la pieza teatral de Wilson Barrett.

El relato descubre sus cartas desde el inicio. El terrible emperador Nerón (Charles Laughton, totalmente pasado de rosca) se deleita con el fuego que devora Roma mientras planea culpabilizar a los perros cristianos, gentes de virtud intachable en oposición a unos romanos que son un dechado de vicios, una decadente loa al libertinaje. La historiografía cristiana, siempre ávida de deformar hasta lo monstruoso a aquellos que persiguieron su fe, llevada al extremo en imágenes y textos que no ahorran en grafismo.

            Ochenta años después, los mimbres de la historia son bien conocidos, muchos de ellos compartidos con la también célebre –ya contaba por entonces con dos adaptaciones al cine- aunque más alegórica Quo Vadis?, emplazada en el mismo periodo histórico: enfrentamiento maniqueo por la pervivencia de la palabra de Cristo contra las fuerzas maléficas panteístas o ateas, persecuciones despiadadas, conversiones ante la bondad irreprochable del cristianismo redentor e intrigas amorosas y palaciegas que convergen en una misma.

            No obstante, DeMille, un director tremendamente capaz en lo técnico y experto a la hora de imprimir un pulso firme a sus películas, dota al argumento religioso de una sexualidad latente pero intensa, favorecida por las libertades previas al Código Hays. Se entrecruzan miradas y palabras de una salacidad poco disimulada –“puedes ordenarme lo que quieras, eres el prefecto”- que configuran relaciones con una complejidad que rebasa el puro sentimiento espiritual.

Es este deseo sexual, indisociable de una Roma deliciosamente hedonista, el que hace avanzar la trama: el prefecto Marco Superbo (Fredric March), de envidiable nombre, guía todos sus actos, más que por amor, por la lujuria irrefrenable que siente hacia la cristiana Mercia (Elissa Landi), nada inocente a la hora de flirtear con los sentimientos de este, del mismo modo que el clímax y la tragedia final se desencadenan por el juego de ambiciones amorosas y de poder que rodean a los personajes.

            De este modo, no es sino esta soterrada significación sexual, extensible a una ambientación general que roza la farsa satírica y en especial al ofrecimiento de una fiesta barbárica de sangre y erotismo –el espectáculo mostrado en la arena del circo es en sí un verdadero espectáculo, que no por ser condenado moralmente resulta menos atractivo-, la que permite rebajar el envejecimiento de El signo de la cruz, mucho más evidente en su faceta de exaltación del primer cristianismo mártir, anquilosada en su maniqueísmo e ingenuidad.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 6,5.

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