Tag Archives: Traición

Iván el Terrible. Parte II (La conjura de los boyardos)

25 Mar

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Año: 1958.

Director: Sergei Eisenstein.

Reparto: Nikolai Cherkasov, Serafima Birman, Pavel Kadochnikov, Mikhail Kuznetsov, Amvrosi Buchma, Mikhail Zharov, Andrei Abrikosov, Aleksandr Mgebrov, Mikhail Nazvanov, Pavel Massalsky, Erik Pyryev.

Filme

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           Cuanto más cerca estás del César, mayor es el miedo. “Eres un buen bolchevique”, le había agasajado Josif Stalin a Sergei Eisenstein por Alexander Nevsky, película con la que recuperaba su prestigio como cineasta del Estado. La primera parte de Iván el Terrible, zar con el que el dictador soviético se identificaba y a quien pretendía eregir en figura inspiradora durante la Gran Guerra Patria contra el enemigo alemán, le proporcionará incluso el Premio Stalin. Pero la segunda entrega de esta pretendida trilogía defenestrará de nuevo al cineasta letón, hasta el punto que se cancelará su estreno, se interrumpirá el rodaje de la tercera parte y, a la postre, Eisenstein jamás volverá a realizar otra película. Finalmente, gracias al proceso de desestalinización emprendido en la Unión Soviética, este segundo episodio vería la luz en 1958. Es decir, una década después del fallecimiento del director y un lustro tras el entierro del autócrata.

           “El zar ha de ser duro y temible porque, si no, no es zar”, cavila Iván el Terrible en su palacio, que desde el boato y la majestuosidad anteriores se ha ido transformando progresivamente en poco menos que una sórdida cueva. Los ojos permanentemente desorbitados de Nikolai Cherkasov confirman en este segundo episodio que la desquiciada psicología de Iván IV es incontenible dentro de unas restricciones propagandísticas que liman las asperezas de un controvertido y sangriento reinado. Aunque los villanos siguen siendo pérfidos -la aristocracia feudal de los boyardos, capitaneados por su propia tía- e incluso caricaturescos -unos cortesanos polacos con bastante pluma-, al monarca ruso se le agrieta la determinación heroica que había consolidado su poder contra los enemigos locales y extranjeros.

Huérfano, viudo y traicionado, el zar se eleva como un personaje trágico, inestable y desesperado, que atraviesa entre dudas y tormentos las encrucijadas en las que le sitúa el peso de un trono cada vez más difícil de soportar. De ahí las ambigüedades que surgen en torno a su relación con el pueblo -erigido en su guardia personal- y con sus adversarios -su inocente primo Vladimir, otra víctima todavía más dramática de un destino que le ha sido impuesto, respaldado además por la inesperada ternura que desprenden algunos planos junto a su madre-. Elementos que condicionan y perturban su autoproclamación como protector de la nación.

           A medida que el protagonista gana en dimensión, la audacia formal de Eisenstein se dispara. Los fotogramas, ahora febriles, se abocan incluso a escenas musicales que funcionan como pesadillas alegóricas y que terminan por explosionar en un atrevido juego con el color, con el blanco y negro que domina el metraje reventado inesperadamente en violentos tonos rojos. Esta artificiosidad, propia de un delirio y espoleada por la mente desquiciada de Iván el Terrible, se manifiesta también en el empleo de la luz, que deforma una vez más los rostros con vaivenes inquietos. De igual manera, los rayos de sol que antes penetraban en las estancias para bendecir al zar ahora se cambian por unos decorados sobreiluminados, feistas en comparación con la suntuosidad que relucía en la primera parte.

           Esta atmósfera alucinada hace que La conjura de los boyardos sea una obra mucho más rica e interesante que la anterior, superando incluso las dificultades narrativas y el extravío de líneas argumentales que provocará el desmantelamiento de la producción y la extirpación de su colofón.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

Iván el Terrible. Parte I

23 Mar

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Año: 1944.

Director: Sergei Eisenstein.

Reparto: Nikolai Cherkasov, Ludmila Tselikovskaya, Mikhail Nazvanov, Serafima Birman, Pavel Kadochnikov, Mikhail Zharov, Amvrosi Buchma, Mikhail Kuznetsov, Andrei Abrikosov, Aleksandr Mgebrov.

Tráiler

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          El séptimo arte puede ser empleado como espejo mágico con el que invocar la inspiración y la protección de figuras de la mitología. Cuando el estallido de la Segunda Guerra Mundial podía percibirse en el aire, la URSS ya había acudido, con Sergei Eisenstein como médium, al Alexander Nevsky que en el siglo XIII había derrotado a los teutones. En 1941, con la Alemania nazi volcada en la Operación Barbarroja que decantaría la incorporación soviética al bando aliado, Josif Stalin recuperaría la cinta para enardecer la moral del pueblo. Y poco después, con la producción cinematográfica evacuada en Kazajistán, encargaría a Eisenstein -que gracias a la anterior había redimido su fama de autor formalista y espiritual que mal casaba con el realismo de hierro que el georgiano propugnaba para su cine oficial- que resucitase en fotogramas a otro de los padres de la patria: Iván IV el Terrible, el primero en emplear el título de zar de todas las Rusias a mediados del siglo XVI y enconado enemigo de la aristocracia terrateniente, los boyardos, con quienes mantuvo un enfrentamiento visceral y, como sugiere su sobrenombre, cruento. De nuevo, contará con Sergei Prokofiev para componer una banda sonora solemne y épica, y con el rostro de Nikolay Cherkasov para alentar vida al héroe.

          Concebida como una trilogía -de la que solo se estrenará en su tiempo esta primera parte, con la segunda repudiada por Stalin por la ambigüedad de la que se dota al retratado, causa de la desactivación posterior del último capítulo-, Iván el Terrible aplica conceptos ya presentes en Alexander Nevsky, como son la resistencia de la madre Rusia frente al asedio del enemigo extranjero y la influencia perniciosa de un villano todavía peor: el intrigrante y el conspirador que trata de destruir el país desde dentro solo para satisfacer sus malvadas aspiraciones. De este modo, el monarca se enfrenta a las maquinaciones palaciegas de los boyardos, a los guerreros tártaros del janato de Kazán, al bloqueo de las ciudades bálticas y hanseáticas, a las lejanas envidias de los reinos europeos y, por si fuera poco, a las tentaciones adúlteras de su mano derecha en el trono.

          La narración, por tanto, queda simplificada hasta el esquematismo para servir a estos propósitos propagandísticos. Los personajes son estereotipos puramente alegóricos que los actores, dotados de expresivas caracterizaciones, encarnan mediante máscaras exageradas con las que, al menos, Eisenstein explota el dramatismo de los rostros mediante sombras y contrapicados.

La barroca atmósfera que concibe el cineasta consigue otorgarle cierto relieve a la producción. La iluminación y la solemnidad con la que refleja los símbolos de dignidad y autoridad del zar, los imponentes decorados que recorre, las dimensiones de su silueta… La imagen consigue manifestar por sí misma el poder con el que está investido Iván al Terrible, e intensifica la resistencia y la fuerza con la que hace frente a unas circunstancias de las que no siempre está avisado -el resbaladizo príncipe Andrei Kurbsky-. Una situación quizás sorprendente esta y que otorga ciertas cualidades terrenales, y empatizables, a un personaje que, para cumplir su destino trascendente, ha de apoyarse en los anchos hombros del pueblo.

          En cualquier caso, las profusas referencias históricas provocan que en ocasiones sea complicado seguir el relato aun a pesar de su concepción elemental. Un rasgo que, en combinación con ese permanente éxtasis en el que se desarrolla la consagración providencial de Iván el Terrible, provoca un importante envejecimiento a la película, que parece anclada a medias -y no para bien- en el cine silente.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 6.

El americano impasible

24 Feb

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Año: 2002.

Director: Phillip Noyce.

Reparto: Michael Caine, Brendan Fraser, Do Thi Hai Yen, Tzi Ma, Pham Thi Mai Hoa, Holmes Osborne, Robert Stanton, Quang Hai, Ferdinand Hoang, Rade Serbedzija, Mathias Mlekuz.

Tráiler

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         La llegada a las salas de El americano impasible se retrasó varios meses, e incluso estuvo cerca de pasar directamente al mercado doméstico, debido a que la productora, Miramax, temía que su argumento pudiera percibirse como “antipatriótico” en unos Estados Unidos traumatizados por los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Azares de la política internacional, su lanzamiento, finalmente, también estuvo a meses de coincidir con la invasión de Irak. No fueron pocos los que se trazaron comparaciones entre las estrategias del agente de la CIA de la película y las operaciones del país en Oriente Medio.

El americano tranquilo, un hombre de modales educados que pasea por el mundo con la bandera de su idealismo por delante, aparece en la plaza de Saigón donde se acaba de producir una terrible masacre. Observa los resultados de las bombas, detecta la huella de la sangre en sus zapatos y en su impecable traje blanco, se limpia y comienza a dar instrucciones a un subordinado. En la siguiente escena, la mancha de sangre permanece, indeleble, en la pernera de su pantalón. Daños colaterales. La versión de Phillip Noyce, con Christopher Hampton en el guion, devuelve la dimensión política al personaje diseñado por Graham Greene en su novela, y del que había sido lamentablemente despojado en la discreta adaptación que en 1958, apenas tres años después de su publicación, había estrenado Joseph L. Mankiewicz. Asimismo, la fidelidad al texto original no está reñida con la ampliación de su arco de acontecimientos casi una década más allá, puesto que, con ello, se plasma el devenir de los acontecimientos que ya podía vislumbrarse en ella.

         Así las cosas, el relato recobra la turbiedad moral propia del mundo del espionaje que retrata Greene, siempre con el peso de su bagaje personal. No solo por ese individuo de dos caras que pugna por abrir una tercera vía en Indochina entre la decadente Francia colonial y el emergente nacionalismo con injerencias comunistas que lideraba Ho Chi Minh desde el norte. También por la figura llena de arrugas y dobleces del reportero británico que, huido de Inglaterra quién sabe por qué motivos, se encuentra afincado en la capital asiática amancebado con una muchacha local. Cínico y descreído, representa en cierta manera una metáfora de ese viejo mundo imperialista que parasita los placeres exóticos y la juventud de allí donde para. Michael Caine hace maravillas con este periodista que, cuando decide dejar de mantenerse cómodamente al margen de todo, lo hace por motivos y con procedimientos en absoluto limpios.

         Es, por tanto, un duelo complejo el que se establece entre ambos caracteres, así como el que mantienen ellos mismos con sus luces y sus sombras. Noyce lo plasma con una formulación clasicista -incluso con algún tópico, como la forma en la que se expone la conspiración-, quizás por la influencia que podrían tener desde la producción Sydney Pollack y Anthony Minghella, que como directores habían firmado sendas cintas de aventuras, Memorias de África y El paciente inglés, que cumplían con este mismo patrón estético y estilístico.

La decisión, que también es capaz de entregar escenas de una tensión muy bien construida, permite que la narración desarrolle en todo momento los dilemas y resoluciones de los personajes -que, siguiendo con las lecturas alegóricas, emparejan hábil y poderosamente lo político con lo íntimo; el opio, el amor y la guerra que aparece en la presentación-; parte directa de un contexto histórico igual de convulso y tortuoso. La fotografía de Christopher Doyle, experto en filmar escenarios asiáticos con romanticismo, con Deseando Amar como cumbre, dota de textura a los fotogramas e invoca esa atmósfera colorista y sabrosa, pero brumosa y trágica, del Vietnam en dramática transformación de los años cincuenta y sesenta.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7,5.

El lago del ganso salvaje

2 Feb

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Año: 2019.

Director: Diao Yinan.

Reparto: Hu Ge, Gwei Lun-Mei, Liao Fan, Regina Wan, Zeng Meihuizi, Qi Dao, Huang Jue.

Tráiler

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         Por arquetipos -dos marginales, un criminal forajido y una prostituta, en busca de una redención agónica e improbable- y por resortes dramáticos -el fatalismo, la cara oculta de la ciudad y el submundo del hampa como variación corrompida del sistema oficial-, El lago del cisne salvaje podría estar ambientada perfectamente en el Nueva York, el Chicago o el San Francisco de los años cuarenta. Sin embargo, su retrato social se ajusta a la explosión macroeconómica de una China factualmente capitalista, al mismo tiempo que expone una discreta pero rotunda reivindicación femenina en un argumento y una sociedad férreamente masculina.

         Diao Yinan asume los códigos del noir para reinventarlos a su manera, transformados además por una estética donde el elaborado trabajo con la iluminación, el color del neon, las múltiples sombras y la noche convocan una atmósfera de texturas oníricas, casi irreales -análoga a escenarios como el lago y su entorno, la plaza, el zoo o el bloque de apartamentos-. Bajo su influjo se desarrolla esta inesperada vinculación entre dos seres desesperados, al límite, enredados por una turbulenta trama de guerras tribales, despiadadas traiciones, huidas hacia adelante, resarcimientos del pasado y reparaciones del presente. La sombra, que es un elemento formal patrimonio del género, representación simbólica de la dualidad del individuo y de la comunidad, encuentra también ecos románticos, en ocasiones animadas sobre la pared en lo que podrían considerarse evocaciones del Wong Kar-Wai de Deseando amar (In the Mood for Love), lo que podría confirmar la simultaneidad de Bengawan Solo en la banda sonora.

         Esta hipnótica estilización visual, que logra componer imágenes fascinantes -y conjugada con un pausado tempo narrativo, aun así poblado de tensas escenas, con la de la plaza como principal ejemplo-, se confronta con la sequedad con la que se expresa la violencia -hasta coquetear con lo grotesco, como en el uso del paraguas-, así como con la sordidez, la degradación e incluso la ruina de unos ambientes ubicados en los bajos fondos de una Wuhan donde ni siquiera se habla mandarín normativo, sino turbio dialecto. Los contrastes de una ciudad, de un país, rápida y desequilibradamente hipertrofiados.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7,5.

El mensajero del miedo

22 Ene

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Año: 1962.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Frank Sinatra, Laurence Harvey, Angela Lansbury, James Gregory, Janet Leigh, Leslie Parrish, John McGiver, Khig Dhiegh, Henry Silva, Albert Paulsen.

Tráiler

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         “Un poco de humor, Zilkov, siempre un poco de humor”, aconseja constantemente el psiquiatra Yen Lo a su atribulado enlace soviético en Nueva York mientras afinan los cables de su arma humana definitiva: un veterano de la Guerra de Corea, condecorado con las máximas distinciones, que, después de un intenso lavado de cerebro, se convierte en un títere en sus manos comunistas.

El humor convierte al monstruo en un ser de carne y hueso, y por tanto lo hace más terrible. También desnuda el trágico patetismo que se esconde detrás de las acciones humanas, envueltas en un devenir de los acontecimientos en el cual los intentos de ordenar el caos mediante razones, ideas y valores son simples lazos que tratan de atrapar un absurdo inasible.

         El mensajero del miedo es un thriller de una nueva era, en la que John Fitzgerald Kennedy construía un Camelot prometido para limpiar la corrupción con la que el macarthismo había mancillado al autoproclamado país de la Libertad. Pero es un tiempo, no obstante, en el que la Guerra Fría se agitaba con virulencia y la inquietud por el enemigo quintacolumnista, aunque no tan exacerbada, continuaba vigente en la psicología colectiva. Haciendo palanca en esta tensión solapada, el filme apunta como ese antagonista encubierto a un héroe de historial aparentemente intachable para, según arrecia la paranoia, desvelar cuáles son los verdaderos detractores de las libertades sociodemocráticas. El tono abiertamente satírico con el que Richard Condon escribía su novela reaviva hoy sus llamas cuando en Estados Unidos intentan dilucidar las conexiones de su palurdo presidente, Donald Trump, con la Rusia del no menos tosco Vladimir Putin.

Con independencia de lo grave o superficial que sea esta relación entre ultranacionalistas alfa, merece la pena revisar los vínculos que comparte el trumpismo con el iselinismo, que es el estilo político que, en El mensajero del miedo, abandera ‘Big John’ Iselin, estridente senador con aspiraciones vicepresidenciales que, aún por entonces, emulaba los desafueros anticomunistas, chabacanos y etílicos del inefable Joseph McCarthy. La campechana e inepta vulgaridad que desprende James Gregory es magnífica.

         Iselin es otra de las piezas que convergen en una trama verdaderamente enrevesada, con algunos principios y cabos tan forzados como ese flechazo de una atractiva pasajera por un compañero de cabina neurasténico y sudoroso, aunque bien vale darlo por bueno solo con tal de llegar a una delirante conversación entre vagones, con un insólita partenaire femenina rebosante de ingenio -no recuerdo demasiados ejemplos de este arquetipo con semejante agudeza en el manejo a bocajarro del comentario absurdo- en la que la Janet Leigh demuestra, además, una extraordinaria capacidad cómica -e interpretativa-.

Este sentido del humor, que tanto defiende el doctor Yen Lo, contribuye a acrecentar la sensación de delirio que envuelven las pesadillas del comandante Marco (Frank Sinatra), que se van tornando desconcertantemente ciertas. Tan ciertas y probables, tan absurdas, como la vida real, donde las imágenes son todavía más torcidas, sombrías y borrosas que las que compone John Frankenheimer.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

El irlandés

10 Dic

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Año: 2019.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Anna Paquin, Lucy Gallina, Stephen Graham, Jesse Plemons, Domenick Lombardozzi, Ray Romano, Harvey Keitel, Bobby Cannavale, Gary Basaraba, Louis Cancelmi, Stephanie Kurtzuba, Kathrine Narducci, Welker White, Jack Huston, Sebastian Maniscalco, Jake Hoffman.

Tráiler

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         Si algo confirmó Gangs of Nueva York es que en Martin Scorsese vive un historiador alternativo, que emplea la ficción cinematográfica y los personajes marginales -frecuentemente el mafioso, esa cara B del emprendedor capitalista y del sueño americano- para retratar el espíritu y la realidad de todo un devenir histórico. El irlandés es, por tanto, un paso más en este fresco sobre la construcción de los Estados Unidos, de nuevo ambientada en el submundo del hampa y desde el cual se aproxima a la edad en la que la nación perdió definitivamente su presunta inocencia: los años sesenta y setenta en los que la esperanza de los Kennedy convivía, casi de igual a igual, con la controvertida figura del sindicalista Jimmy Hoffa -en el cine, inspiración para aquel F.I.S.T.: Símbolo de fuerza encabezado por Sylvester Stallone y con un biopic, Hoffa, un pulso al poder, a cargo de Danny DeVito, con guion de David Mamet y protagonismo de Jack Nicholson-.

         El rutilante auge y la traumática desaparición de ambos iconos es uno de los paralelismos que traza el filme, al igual que el funcionamiento de la red del crimen organizado se emparenta e hibrida con el sistema oficial. Desdoblado, el mismo juego se establecerá, a ojos de una niña inocente, entre Hoffa (Al Pacino) y el capo Russell Bufalino (Joe Pesci), de lo que deriva el dilema trágico que parte en dos la existencia del protagonista, dividiendo sus lealtades, sus convicciones y sus valores. Su amor incluso, dado el tratamiento que se otorga a las relaciones y el simbolismo de algunos elementos -las puertas entreabiertas, los anillos de compromiso-, no digamos ya el contacto físico -o incluso su ausencia, representada por la mirada-. Así las cosas, todo conduce a que esas dos caras se personifiquen en el personaje central, el del sicario Frank Sheeran que da título a la obra (Robert De Niro) y que supera su a priori irreparable suerte de don nadie desplegando su potencial en el lado oscuro de esta estructura corrompida de raíz. Y, evidenciando otra vez esta ambigüedad o esta equivalencia entre ambas, Scorsese muestra que su experiencia procede de una lucha por la libertad -su condición de veterano de la Segunda Guerra Mundial– que esconde tremebundas dobleces en su aparente dignidad.

         Steven Zaillian compone el libreto de El irlandés a partir de las indagaciones e hipótesis del antiguo fiscal de homicidios Charles Brandt, plasmadas en el bestseller aquí titulado Jimmy Hoffa, caso cerrado: El poder de la mafia norteamericana, basado en sus conversaciones con el propio Sheeran, entre otros. Scorsese dispone el relato en tres planos temporales que conjuga con habilidad, aunque con interés irregular y, sin duda, con una molesta despreocupación por la concisión y la eficacia narrativa. Una sobresaturación que deriva en un metraje innecesariamente abultado -por otro lado, un defecto relativamente habitual en las películas contemporáneas con aspiraciones de prestigio, todo sea dicho-.

En cierto modo, la cinta puede servir como base para la discusión acerca de las constantes estilísticas del autor o de su autoimitación descarada. La exposición del organigrama gangsteril y su funcionamiento -esa combinación entre música popular y agresividad conceptual, los dinámicos planos secuencia, la ruptura de la cuarta pared…- son recursos que remiten a la filmografía precedente del cineasta. Queda así una sensación de ya visto, ya conocido, ya sobado -por propios y extraños-. En cambio, destaca el sereno reproche de una sus hijas, con el que derriba de un sutil pero contundente plumazo la mitología romántica del mafioso, y, sobre todo, la rotunda sobriedad con la que aborda la tragedia moral de Sheeran -la mirada de Peggy, de nuevo la mirada-.

         El irlandés, a medida que avanza hacia el ocaso, hacia la decadencia, gana entidad dramática. Scorsese contrapone ahora una estética de mayor clasicismo, solemne y depurado.

El fatalismo que lo embarga todo era ya patente cuando se presentaba a un sinfín de personalidades con la fecha y la causa de su muerte por delante. En el caso de Sheeran, provendrá del peso que, inevitablemente, acarrean sus elecciones. Siempre se paga al final del baile. No es un tema inédito; comparece en los ascensos y caídas criminales tan queridos por el director italoamericano –Uno de los nuestros, Casino o El lobo de Wall Street como ejemplos meridianos-, fascinado por las complejidades de la tentación, la culpa y la redención, si bien es posible que esa perspectiva más madura aporte matices más ricos y sentidos.

         Porque esta melancolía crepuscular puede tener tambien una lectura metalingüística, dada la ascendencia de su elenco y la realización de un Scorsese que repudia un cine colonizado por los blockbusters superheroicos y que trabaja aquí al servicio de una plataforma de entretenimiento audiovisual en streaming con retincencias para estrenar sus producciones en las salas tradicionales. Al respecto, no creo que El irlandés sea una película para rescatar a Robert De Niro -¿es cosa de su rostro, que ya se observa irremediablemente como si estuviera deformado en una mueca perpetua? ¿Es culpa de la mirada de este espectador que lo considera quemado?- ni tampoco a Al Pacino -histriónico sin pudor ni arrepentimiento alguno-, pero sí para reivindicar al semirretirado Joe Pesci, quien, desde una impecable mesura, borda a ese hombrecillo corriente que se mueve de aquí para allá manejando asuntos oscuros.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7.

Acto de violencia

24 Jun

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Año: 1949.

Director: Fred Zinnemann.

Reparto: Van Heflin, Robert Ryan, Janet Leigh, Phyllis Thaxter, Mary Astor, Berry Kroeger, Taylor Holmes.

Tráiler

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          “En la guerra pasaron muchas cosas que no entenderías. Ni yo mismo las entiendo”, confiesa un atribulado hombre, perseguido por el fantasma de su pasado, a su joven y asustada esposa.

Pronto se agotó la euforia por la victoria en la Segunda Guerra Mundial contra las fuerzas del Eje para dar paso a las tinieblas y las dudas. Al estrés postraumático. Los maltrechos soldados de Los mejores años de nuestra vida traducían en pañuelos y óscares las terribles cicatrices físicas y psicológicas que tardaban en sanar. Más allá de paranoias repetidas, como Venganza (Cornered)Gilda, germinaban otros casos, como los de La dalia azul o Callejón sin salida, donde los curtidos los veteranos descubrían que en casa solo les aguardaban otras formas violencia y muerte.

Acto de violencia también se organiza como un filme noir, e incluso en ocasiones como una película de terror -el empleo del sonido que precede a la amenaza, sobre todo cuando proviene del fuera de campo, remite directamente a este género-. Pero en realidad estas formas sirven para expresar un insondable drama personal, marcado por unos remordimientos que no desaparecen, por un horror privado que se aferra con afiladas garras a lo más profundo del alma.

          El  inicio de Acto de violencia es feroz. Un hombre, desastrado hasta la locura, se arrastra hasta empuñar una pistola y encerrarse en un viaje de punta a punta de los Estados Unidos. Con la mirada fija, ni siquiera duerme, solo mira hacia el horizonte, hacia su objetivo que, en contraste con él, es un prohombre de una pequeña comunidad que triunfa en su trabajo como contratista del sector de la construcción y que reside en una casa idílica, junto a su atractiva esposa y su bebé. Un sueño de vallas blancas. De ahí que la colisión entre ambas fuerzas antagónicas produzca una pesadilla nocturna de estremecedores sudores fríos.

No obstante, como decíamos, en el fondo de la narración subyace una tragedia íntima, la cual termina de aflorar a través de un contundente juego con los arquetipos y las caracterizaciones. De ahí la pesadilla se convierte en un tour de force para el protagonista, cuyo papel -social, dramático- está ya por completo descompuesto. Un verdadero calvario en el que lo atormentan unos pecados que trata torpemente de conjurar en un escenario cada vez más hostil, como si las verdaderas ruinas de la batalla se encontraran en el downtown de Los Ángeles, pobladas por auténticos supervivientes -el submundo lumpen- en medio de una sociedad desquiciada -la ridícula convención en el hotel-. La huella de su humana cobardía, la carrera contrarreloj contra la muerte que le viene, parecen prefigurar en parte otra obra dirigida por Fred Zinnemann, Solo ante el peligro.

          En este oscuro panorama que dibuja Acto de violencia, solo la figura femenina emerge como apunte de luminosa salvación. Aunque el camino desamparado del culpable le guía instintivamente hacia conceptos como la inmolación redentora, hacia batirse en duelo con su sombra. El desenlace, si bien acaso muestra una nota condescendiente propia de los tiempos, posee una agresividad que remonta en parte el cierto marasmo en el que se había adentrado el relato.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

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