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Otelo (Othello)

17 May

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Año: 1952.

Director: Orson Welles.

Reparto: Orson Welles, Micheál MacLiammóir, Suzanne Cloutier, Michael Laurence, Robert Coote, Fay Compton.

Tráiler

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           Orson Welles es un artista capital en la popularización de las obras de William Shakespeare durante el siglo XX, intermediadas por el instrumento de comunicación de masas más importante de la edad contemporánea: el cine.

En el séptimo arte, el primer acercamiento de Welles al bardo de Avon, inmortal en su análisis de los complejos resortes que accionan el alma humana, sería Macbeth, estrenada en 1948. Apenas tres semanas le habían bastado para reconstruir el drama de poder desmedido y destino inapelable del rey ilegítimo de Escocia. En cambio, la producción de su siguiente proyecto shakesperiano, Otelo, que arrancará en 1949, se cobrará tres años de su vida. Situación habitual en la filmografía de Welles, autor megalómano e independiente a ultranza, las dificultades materiales explican las razones de semejante extensión del rodaje, el cual habría de aplazarse en tres ocasiones para que el cineasta pudiera obtener fondos gracias a su participación como actor en cintas como El tercer hombre, El príncipe de los zorros o La rosa negra. Debido a estas circunstancias, Otelo es, en sentido estricto, una producción itinerante que viajará por numerosas localizaciones de la cuenca mediterránea –fundamentalmente Italia y Marruecos- y que estará sometida a una fuerte inestabilidad –tres serán los directores de fotografía, como tres las actrices que encarnarán a Desdémona: Lea Padovani, Betsy Blair y, de manera definitiva, Suzanne Cloutier, a su vez doblada por Gudrun Ure, quien había interpretado el papel sobre las tablas con Welles-.

           No obstante, nada en Otelo queda a la improvisación, del mismo modo que las carencias de medios se transformarán en virtudes artísticas por el genio del realizador norteamericano. Si el empleo de las tinieblas es uno de los motivos compositivos predilectos de Welles, cercano incluso al expresionismo alemán, en Otelo cumple un triple cometido. Por un lado, el gran contraste entre luz y oscuridad homogeneiza los variables escenarios del filme, garantizando junto con el hábil montaje la necesaria coherencia y continuidad narrativa, y disimula su falta de recursos, manifiesta en la ausencia de grandes espacios y desplazamientos de cámara, sustituidos por planos cortos engarzados de forma rauda y vibrante. Por otro, las penetrantes sombras son el ingrediente esencial en la creación de imágenes crispadas y febriles que exudan el atormentado interior de los personajes, zarandeados por la duda, la ira, la envidia, el rencor. De nuevo el destino cruel, la muerte. La tercera función de la sombra, la más importante, es temática. Porque la sombra, claro, es el engaño que oculta la luz de la verdad. Y Otelo nace de la sombra para sumergirse en la sombra.

Otelo es la representación de la capacidad corruptora de la mentira, herramienta de la que el Mal irredimible se sirve para despojar las virtudes y destruir al Bien inmaculado. Otelo, por tanto, no significa solo un acto de fascinación de Welles por Shakespeare. Su argumento se ajusta a la perfección al corpus autoral del autor, donde la mentira, el juego entre realidad y falsedad, así como la imposibilidad asociada de conocer la personalidad profunda del ser humano, se erigen en piedra angular, presente de una u otra manera en cada una de sus películas.

En consecuencia, el protagonismo de la función se desliza desde el moro Otelo, personificación de los celos, hasta Yago (Micheál MacLiammóir), su taimado sargento, urdidor de una conspiración que no solo responde a intereses maquiavélicos –su ascenso a lugarteniente; la depredación de los bienes de Roderigo, pretendiente de Desdémona-, sino que se destila desde razones primarias, casi míticas: la destrucción de todo lo bueno sobre la Tierra. El mal por el mal.

           De ahí que la trascendencia impregne los fotogramas y les conduzca a una dimensión atemporal y aespacial. El prólogo, que abre el relato in extremis, confirma de antemano el Hado funesto de los personajes. Las imágenes, luctuosas, se someten al juicio del cielo inclemente, donde se recortan cruces y cortejos fúnebres. Luego, las campanas resuenan advirtiendo de la condenación venidera y subrayando la admonición formulada por el padre de Desdémona. Los rayos restallan en la victoria veneciana sobre el turco, escenificada en una isla sometida a la furia de los elementos, colérica a la par que la sinrazón del moro, con los oídos y la mente progresivamente envenenados por la lengua de Yago. La relación de los amantes se subvierte y desmorona en el plano. Desdémona ya no surge desde la parte superior, sobre los ojos admirados de Otelo. Éste, impulsado por el furor visceral del adulterio sugerido, se tornará en ogro, cada vez más grande, cada vez más salvaje, hasta cerrar el círculo de su tragedia.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

Watchmen

15 May

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Año: 2009.

Director: Zack Snyder.

Reparto: Patrick Wilson, Malin Akerman, Jackie Earle Haley, Billy Cudrup, Matthew Goode, Jeffrey Dean Morgan, Carla Gugino.

Tráiler

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           En cierta manera, tenía sentido considerar que el final de la década pasada era un periodo propicio para aventurarse en un proyecto cinematográfico basado en el colosal Watchmen de Alan Moore, calificado por algunos entendidos como el primer cómic de contenido intelectualmente adulto -habría que admitir y cuestionar, eso sí, la postura de superioridad moral que entraña dicha afirmación-. La reinvención del cine de superhéroes como mitología trágica y sustancial emprendida por Christopher Nolan con Batman Begins y en especial con la exitosa El caballero oscuro favorecía este adentramiento en un universo superheróico que comenzaba a superpoblarse a marchas forzadas y que insistía, mediante argumentos oscuros y tortuosos, en despojarse de su topiquísima etiqueta de pueril divertimento de marginales y solitarios.

Asimismo, el cómic también se había mostrado como un material enormemente atractivo y apto incluso para adaptaciones quasiliterales como la de Sin City (Ciudad del pecado) -por más que el creador de su original en papel, Frank Miller, se la pegara estrepitosamente apenas tres años después tratando de dirigir él mismo otro tebeo: The Spirit-. De hecho, es probable que la elección como director de Zack Snyder tenga relación con la popularidad del entintado sobre chroma que había empleado para llevar otra historia gráfica de Miller, 300, a la gran pantalla. Y, por otro lado, las aproximaciones al corpus de Moore –Desde el infierno, La liga de los hombres extraordinarios, V de Vendetta– igualmente habían copado protagonismo durante los años anteriores, si bien con saldo desigual.

           El tono de Watchmen es bastante menos grandilocuente que el taciturno Batman nolaniano, pero sus temas y subtextos aspiran igualmente a la complejidad y la enjundia. Su microcosmos alterna la sugerente fantasía ucrónica -unos perpetuos años ochenta bajo una semidictadura de Richard Nixon, con Vietnam como estado 51º de los Estados Unidos y al borde de convertir la Guerra Fría con la Unión Soviética en ardiente armagedón atómico- con una visión apesadumbrada y crepuscular del superhéroe, casi equivalente a lo que para la mitología de la mafia -otra familia capital del séptimo arte- había supuesto Tony Soprano sufriendo un ataque de ansiedad al contemplar la migración de los patos.

Ahora bien, antes de nada hay que entrar en aclaraciones: servidor es ajeno a la obra de Moore -que, siempre esquivo, calificaba de anticinematográfica la serie, aunque loó el guion de la presente como un tratamiento bastante aproximado a su creación-, Dave Gibbons y John Higgins. Mi posición es independiente del cómic, por lo que es susceptible de ser tachada como inválida para evaluar integralmente el filme. Hay quien, como el crítico Jordi Costa, señala que el salto al celuloide se lleva por delante ciertas sutilezas y juegos metalingüísticos inaprensibles para este nuevo soporte.

           El punto de partida de Watchmen es fascinante, y queda magníficamente consolidado por los títulos de crédito, donde el desencanto existencial de los personajes queda asimilado al desencanto colectivo de un país de sueños rotos o, peor, de sueños cumplidos de forma siniestramente literal. Los vigilantes, pues, son la esencia de la cosmogonía de los Estados Unidos. “Quis custodiet ipsos custodes?” se preguntaba Juvenal y se preguntan los habitantes de esta Nueva York siniestramente verosímil en su ambientación parafascista, conspiranoica y beligerante, ahogada en una lluvia apocalíptica.

A través de una trama de intriga, siempre con la amenaza presente -sea de la delincuencia generalizada, de la inestabilidad social, del complot contra los enmascarados o de la guerra nuclear-, las aceradas lecturas sociopolíticas se conjugan equilibradamente e incluso se incardinan con los apuntes acerca de la naturaleza humana que ofrece la exploración de unos personajes de cuidada tridimensionalidad, quienes pagan los reveses de su experiencia con desarraigo, soledad, cinismo, moralismo, maquiavelismo… La visión ‘divinizada’ de Doctor Manhattan y Ozymandias interesa en la misma medida que la visión terrenal de Búho Nocturno, fondón, miope e inmerso en un incómodamente apacible desencanto. Al fin y al cabo, se trata de nuevo de una madura destrucción de arquetipos, tanto históricos como de ficción.

           Es de suponer que la puesta en escena es hartamente deudora del papel. A la abundante referencialidad cultural del cómic, Snyder le suma una banda sonora trufada de canciones populares, empleadas en varias ocasiones con intenciones irónicas o contradictorias -el asesinato del Comediante, el Hallelujah de Leonard Cohen-, pero también algo sobadas. Afianzándose sobre la viñeta, con recursos que se aprecian influidos por la digitalización que ensayara Robert Rodriguez con Sin City, el realizador mantiene firme el ritmo narrativo, a pesar de ciertas caídas debidas a la notable extensión del metraje y a la barroca agitación de algunas secuencias marca de la casa. Según Costa, es una adaptación todo lo buena que podía ser.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

El asesino

17 Mar

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Año: 1961.

Director: Elio Petri.

Reparto: Marcello Mastroianni, Salvo Randone, Micheline Presle, Cristina Gaioni.

Tráiler

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          “Podría haber sido cualquiera”, repiten recurrentemente los personajes de El asesino esgrimiendo la frase tanto a modo de excusa como a modo de acusación. En efecto, la intención de Elio Petri es apuntar indiscriminadamente su mazo de juez hacia todo habitante de Italia -y por extensión de Occidente-, argumentando que, al contrario que sucederá con el omnipotente inspector de homicidios de Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha, son individuos merecedores de toda desconfianza. No es casual que, en una escena de interrogatorio, el flexo hostigador no apunte hacia el protagonista, sino que parezca romper la cuarta pared para clavar su inquisitivo y deslumbrante haz de luz en los ojos del espectador congestionado al otro lado del fotograma.

          Hasta entonces guionista y auxiliar de dirección, Petri tomaba por fin las riendas de un proyecto cuya base ideará junto a Tonino Guerra y que emplea una coartada policíaca -el asesinato de una mujer- como herramienta con la que desnudar las circunstancias, la inmoralidad y la mezquindad del burgués italiano, que aquí posee el rostro formal y elegante de Marcello Mastroianni. Y, tras contemplar ante el espejo semejante cuerpo en cueros, el realizador novel asumirá que el tono farsesco es el que mejor le conviene al asunto. De hecho, será la clave que predomine a lo largo de su comprometida carrera como director.

          El asesino somete a examen a su protagonista a través de una indagación en tiempo presente -su asunción de sus numerosas y variopintas culpabilidades- en la que hábilmente se intercalan delatores testimonios provenientes del pasado, de la memoria culpable. Se compone así una semblanza que es personal y social al mismo tiempo, puesto que los comportamientos descritos son también producto de la acción o cuanto menos de la mentalidad colectiva -la maquiavélica corrupción como forma de entender el negocio o la promoción en la comunidad, la nueva legitimación del fascismo, la volubilidad del juicio público, la carencia de empatía hacia el prójimo-.

          De esta manera, y aunque quizás le queda por compensar un punto más de profundidad dentro del aun así poliédrico y agrio desencanto que subyace en la narración, la acidez del humor de El asesino corroe uno por uno los disfraces de respetabilidad que esconden a un ente caricaturesco, patético en su indefendible miseria moral.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Comando

25 Ene

comando

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Año: 1985.

Director: Mark L. Lester.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Rae Dawn Chong, Dan Hedaya, Vernon Wells, Bill Duke, David Patrick Kelly, Alyssa Milano, James Olson.

Tráiler

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          No es una cuestión relacionada con su trapacero guion, producto de la apuesta por la mano dura frente a la amenaza exterior propia del Hollywood bajo la Administración de Ronald Reagan y también rico en frases lapidarias características de este cine de acción hipertrofiado de los ochenta. Es un asunto de realización. Es interesante observar como las películas de objetivos estrictamente comerciales y diseño de saldo también experimentan una necesaria evolución formal. Mientras que las películas de John McTiernan aún sobreviven con suficiencia, los productos de otros directores menos hábiles parecen haber sido rodadas hace cien años.

          Es el caso de Comando, en la que Mark L. Lester conduce tras las cámaras las aventuras contarreloj de un exmilitar de élite (Arnold Swarzenegger, rey de este fornido microuniverso) que ha de salvar a su hija de las garras de los insurgentes latinoamericanos que la han secuestrado -hombres de la pérfida República de Val Verde, también presente en Depredador y La jungla 2: Alerta roja-. 

El factor ideológico es meridiano: el peligro de los comunistas en el patio trasero de los Estados Unidos, los traidores infiltrados en casa, su mezquindad para atacar a los inocentes desprotegidos, esa necesidad de apostar por la mano dura incluso a nivel individual, con un ‘one army man’ tipo el John Matrix de ésta, el John Rambo que reparaba las dudas de Vietnam en la menos atribulada segunda parte de su saga particular o el mayor Scott McCoy que en hora y media erradicaba el terrorismo árabe en Delta Force.

          Pero de nuevo, más allá de estos delirios belicistas del periodo -que se pueden tomar en serio o a mofa como parte de las mil fantasmadas que trufan la función-, la principal flaqueza de Comando es lo mal que está filmada. La acción se percibe rígida, con coreografias escasamente fluidas y pobremente montadas que podrían ser el equivalente al tosco cartón piedra del cine histórico de décadas atrás. Pesa demasiado la influencia de la saga Bourne en el rodaje de este tipo de secuencias y la correspondiente percepción de realismo por parte del espectador. Su comparación con cualquier película reciente de Jason Statham -gran guardián contemporáneo de las esencias del género- desnuda la obsolescencia formal de esta obra en la que, a modo de curiosidad, el bueno de Chuache demuestra su versatilidad como intérprete: si ya había encarnado a la versión adulta de Jorge Sanz en Conan el bárbaro, aquí actúa como si fuese el padre de Alyssa Milano, quien por entonces tenía 12 años.

          En su momento se proyectó una continuación, finalmente descartada por la falta de interés de Schwarzenegger en retomar el papel. El material desechado se reciclaría precisamente en la entrega inaugural de Jungla de cristal, otro icono del cine de acción ochentera que, sin embargo, goza de la distinción de estar protagonizado por un antihéroe más frágil, más humano y con 100 kilos menos de músculo y esteroides -el objeto al que precisamente rinde pleitesía Comando en la presentación del gigante austriaco, herencia alucinada del culto nacionalsocialista al físico que sería inmortalizado en fotogramas por Leni Riefenstahl-.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5.

Nota del blog: 3,5.

Gladiator

18 Ene

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Año: 2000.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Russell Crowe, Joaquin Phoenix, Connie Nielsen, Oliver Reed, Richard Harris, Djimon Honsou, Derek Jacobi, Ralf Moeller, Tomas Arana, David Schofield, John Schrapnel, Spencer Treat Clark.

Tráiler

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            Convertida ya en clásico popular moderno, con sus incondicionales y sus detractores, Gladiator recuperaba y actualizaba al comienzo del milenio la fascinación del cine colosal de reconstrucción histórica que prácticamente se había perdido tras el desplome de los estudios de Samuel Bronston; del mismo modo que, presumiblemente respaldado por esta iniciativa exitosa, Piratas del Caribe: La maldición de la perla negra hará lo propio apenas tres años después con su respectivo subgénero -aunque a mi juicio con mucho menor calidad, sabor y empaque-.

            La alusión a las descomunales producciones de Bronston no es casual cuando, precisamente, el argumento de Gladiator saqueará sin pudor La caída del imperio romano, ambientada en idéntico periodo -la transición entre el césar intelectual Marco Aurelio y el césar vicioso Cómodo– y con semejantes premisas dramáticas inspiradas en relatos históricos, unos de naturaleza apócrifa y otros deformados por intereses de la historiografía de la época.

            El libreto se configura así a partir de una asequible historia de venganza situada en el marco de las conspiraciones palaciegas por el poder, la cual en su sencillez revela una raigambre casi propia del peplum europeo -Máximo Décimo Meridio llega a ser incluso un vengador enmascarado que busca resolver su conflicto mediante el duelo personal y directo-, combinada con la espectacularidad propia del kolossal, de fastuosos escenarios -si bien el CGI empleado se percibe ya caduco-, bulliciosas batallas de cruda violencia -hay cierta pasión hiperrealista por la víscera y el ralentí equiparable al desembarco de Normandía de la coetánea Salvar al soldado Ryan– y fornidas escenas de acción a espada.

Las concesiones de épica fácil a la platea vienen de la mano de proclamas heroicas -¿qué imbecilidad se querrá expresar con “fuerza y honor”, tan del gusto de cualquier valentón de medio pelo?-, las grandilocuentes arengas castrenses y las invocaciones de manual a la trascendencia de la existencia de cada individuo; irritante patrimonio del cine histórico contemporáneo y chuscas llamadas todas ellas a que el espectador, víctima de la desaforada tragicomedia de la adolescencia o pobre diablo destinado por lo general a gastar su existencia en cualquier currito insignificante -cosa que debidamente asumida no tiene nada de malo-, se sienta partícipe de la épica universal que se arroga esta aventura asombrosa que atraviesa los siglos. Recursos tópicos que, en demasiadas ocasiones, pretenden sustituir a debidas herramientas cinematográficas como la empatía de los personajes o la adecuada filmación de sus emociones y su traducción en actos.

            Por fortuna, Gladiator consigue atesorar un protagonista de carisma, encarnado con rotundidad por un Russell Crowe que se ganaría aquí el estrellato, y articular a su alrededor una serie de tramas confluyentes que se siguen con interés -la evolución en la arena del protagonista, los desmanes en el trono del emperador, las intrigas para derrocarlo-, ayudadas por la presencia de secundarios que también poseen una personalidad viva -el torturado Cómodo de Joaquin Phoenix, la ambigua Lucila de Connie Nielsen, el taciturno Marco Aurelio de Richard Harris, el atractivo Próximo de Oliver Reed en su interpretación póstuma-.

            Ridley Scott hace buena la herencia de serie B de la narración y demuestra una agraciada capacidad de síntesis a la hora de retratar la identidad y las relaciones de los personajes implicados, a la vez que mantiene equilibrado el pulso entre la vertiente de acción guerrera y la de las confabulaciones políticas, que están expuestas con solidez y sin caer en esa puerilidad que sí domina las presuntas sentencias épicas antes citadas.

Apoyado por un buen diseño de producción y por importantes elementos auxiliares como la banda sonora de Hans Zimmer -muy recordada por sí misma-, el director británico consigue componer con imágenes potentes y vibrantes, enlazadas con afinado sentido del ritmo, un filme capaz de sumergir al público en esta fantasía tradicional y momentáneamente olvidada que, con la más loable de las intenciones, aspiraba a ofrecer un viaje maravilloso al público al otro lado de la pantalla. A hacer que, durante un modesto pero embriagador lapso de tiempo, se desvanezca de su aburrido y prosaico mundo para evadirse a universos paralelos repletos de emociones, peligros, prodigios e ilusiones.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 8.

La evasión

12 Nov

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Año: 1960.

Director: Jacques Becker.

Reparto: Marc Michel, Jean Keraudy, Philippe LeRoy, Raymond Meunier, Michel Constantin, André Bervil.

Tráiler

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           La evasión comienza sin cuarta pared, ante la presencia de un hombre que, interrumpido en su quehacer cotidiano, confiesa al espectador, mirándole a la cara, que la que se narrará en el filme es su propia historia. Sin títulos de crédito, siquiera. La fidelidad a la realidad, casi documental, es el aliento que por tanto dominará el filme.

           El guion precede de una novela de José Giovanni -escritor crudo y visceral que será uno de los autores clave del polar galo- y registra el proyecto de fuga de cinco presos de la cárcel de Santé de París en 1947. También partícipe en la confección del libreto, el cineasta Jacques Becker relata con rigor y minuciosidad el proceso de huida desarrollado por los cuatro convictos sobre los que se cierne una condena insoportable y del recién llegado que se suma inesperadamente a este grupo cerrado.

Su expresión cinematográfica es concentrada y estilizada a partes iguales, hermosa en su autenticidad sin fisuras. No le hacen falta más artificios dramáticos, ni banda sonora que enfatice arteramente los hechos y sensaciones expuestos. Pero, sin centrarse explícitamente en su intimidad, por medio del fluir de sus acciones, La evasión consigue definir con solidez, carisma y empatía la personalidad de cada uno de los implicados, sus circunstancias y su naturaleza, así como las relaciones que traban con el resto de sus compañeros.

           La intriga del filme, pues, procede de la descripción exhaustiva de los trabajos de los protagonistas, donde la perspicacia y la pericia del cerebro de ellos -Jean Keraudy, el hombre que presentaba la función- ejerce el influjo hipnótico que genera cualquier muestra de talento en estado puro, aunque sea dentro de un campo excepcional como es el de la fuga de una penitenciaría. Esa admiración natural surge igualmente de la verosimilitud y la sencillez con la que se desenvuelve en este entorno hostil, haciéndose fuerte a partir de lo que encuentra, sin recurrir a soluciones espectaculares y por tanto fantasiosas, efectistas o increíbles; tan sobadas en un subgénero maltratado por el lugar común, la redundancia y el más difícil todavía.

Tal es así que, en La evasión, uno puede sentirse acompañado dentro de la celda o en los angostos túneles, partícipe de una aventura donde sobrevuela siempre la tensión y el peligro, perfectamente plasmados por el cineasta francés, que fallecería sin concluir la que se considera su obra magna –la postproducción quedará a cargo de su hijo, el realizador en ciernes Jean Becker y que aquí incluso encarnará a uno de los guardias del penal-. Y se percibe con idéntica potencia la camaradería, la esperanza y el tesón de estos cinco individuos aliados en un propósito compartido.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,4.

Nota del blog: 8,5.

Los señores del acero

11 Jul

“No concibo una película sin lujuria porque en la vida hay lujuria.”

Ben Wheatley

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Los señores del acero

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Los señores del acero

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Año: 1985.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Rugter Hauer, Jennifer Jason Leigh, Tom Burlinson, Jack Thompson, Fernando Hilbeck, Susan Tyrrell, Ronald Lacey, Brion James, John Dennis Johnston, Simón Andreu, Bruno Kirby, Kitty Curbois, Marina Saura, Hans Veerman, Jake Wood.

Tráiler

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           El sexo es un elemento crucial de la filmografía de Paul Verhoeven, bien de forma explícita, como en Instinto básico –una de sus obras más exitosas-, Showgirls –una de sus obras más denostadas- o Elle -recientemente alabada en el festival de Cannes-; bien como un componente de fondo que completa un conjunto violento o incluso enfermizo.

El sexo es una de las armas con las que los personajes de Los señores del acero hacen la guerra, parte de una panoplia que abarca asimismo la violencia en sentido estricto, una religión transformada en fanatismo delirante o la inteligencia aplicada tanto al progreso como al engaño. Flesh+Blood, reza el título original: la carne y la sangre, que es la transustanciación de Cristo en la misa con la que se abre el filme y que es el material de lujuria donde se desarrolla el resto del metraje.

           Los señores del acero dibuja un Renacimiento extremado por las señales iluminadas y por las apetencias de la víscera, en el que la misión ominosa de Martín (Rugter Hauer), mercenario que sobrevive en el caos, y la utopía alcanzada mediante el pecado en la que embarca a su pelotón de desheredados, colisiona frontalmente con una princesa de retablo boticceliano, Agnes (Jennifer Jason Leigh).

La doncella representa aquí un contrapunto conflictivo en el que su inocencia es tan solo un disfraz que oculta un elemento perturbador de mucho mayor calibre: el deseo sexual, una tentación tangible por la que pueden arder compañeros, santos, ciudades, ideales y sueños. Más aún, este choque representa también, en cierto modo, el reencuentro perverso, despojado de toda ingenuidad, entre King Kong y la rubia -que no es sino una extrapolación de relatos tradicionales transmitidos desde centurias atrás-. “No fueron los aviones, fue la bella quien mató a la bestia”, decían entonces.

           Verhoeven, a su gusto, recompone un periodo de brutalidad, miseria y enfermedad, en el que conviven degradadas visiones religiosas con un sentido muy físico de la puesta en escena y de la violencia que contiene el relato. En coherencia con las premisas argumentales del libreto, el cineasta no se detiene en contenciones, puesto que, como se decía en párrafos anteriores, esta agresividad se extiende especialmente a partir del conflicto con el sexo y se formula, por ejemplo, en violaciones que son batallas grupales y duelos personales.

Esta combinación, estimulada además por un rodaje especialmente tenso –de hecho, propiciaría la ruptura artística entre Verhoeven y Hauer-, mantiene la aventura-venganza herzogiana de Martín y los suyos apegada a la tierra, al barro corrompido por la suciedad y las plagas. Y barniza todo de una mueca grotesca, que se ríe como se reía, irónica y victoriosa, incontestable en la consciencia de su triunfo, la calavera que centraba la atención en las danzas de la muerte que poblaban el imaginario europeo en tiempos de la peste negra.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

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