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El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford

13 Ago

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Año: 2007.

Director: Andrew Dominik.

Reparto: Cassey Affleck, Brad PittSam Rockwell, Paul Schneider, Jeremy Renner, Garret Dillahunt, Sam Shepard, Mary-Louise Parker, Alison Elliott, Kailin See, Michael Parks, James Carville, Ted Levine, Zooey Deschanel, Nick Cave.

Tráiler

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         El nombre de Jesse James figura, como protagonista o como aderezo, en al menos ocho decenas de producciones de cine y televisión, aparte de en incontables textos y canciones. Su hijo Jesse James Junior, que publicaría asimismo un libro de memorias sobre su relación con su padre, llegó a interpretarlo en alguna de ellas a principios de los años veinte. Jesse James es una de las figuras mitológicas de los Estados Unidos, cuyo relato se enuncia en términos de leyenda, elevado a símbolo de la vida libre del individuo al margen de las imposiciones del Estado, solo guiado por su código de honor y sus ideales irrenunciables.

El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford plantea una reflexión acerca de la construcción del mito, de la naturaleza del monumento americano, de la creación de su leyenda a través de la cultura popular. Y como hiciera Balas vengadoras -con la que guarda unos cuantos puntos de conexión- para ello emplea, en paralelo o contrapuesto, al artífice de su muerte: Robert Ford.

         Hay una noción de fatalismo agónico que, de partida, impregna El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. El cronista que recapitula los hechos, la fotografía difuminada, la narración que parte desde la muerte. La introducción sublima el recuerdo, la ascendencia que el héroe posee sobre su entorno, presente y futuro. De ahí la ruptura que supone a continuación la aparición de Ford, ya con la acción retrotraída a un pasaje de la vida del forajido. Se trata de una escena de apariencia casual, en la que se retratan acciones cotidianas y conversaciones triviales de la banda de asaltadores a la que acaban de unirse Charlie y Robert Ford. El aspecto formal es casi naturalista, si bien se trata de un naturalismo fuertemente estilizado, dueño de otro tipo de poética -el influjo de tintes malickianos de la iluminación, la niebla o el paisaje que captura la fotografía de Roger Deakins-. En él se encuadra a Robert Ford (Cassey Affleck), a quien se presenta como un joven más bien simplón, obnubilado y atraído por el magnetismo irresistible de una leyenda en vida, en cuyo culto es un destacado iniciado.

         En cierta manera, la idolatría de Ford, intermediada por la literatura barata de la época, recuerda al papel del escritor de Sin perdón, que desde su conocimiento fantasioso había de enfrentarse a la cruda y antiépica realidad del Oeste, según le enseñaba, desde su prosaica y cruel practicidad, ‘Little Bill’ Daggett. Este barniz desmitificador, que podía intuirse en esa citada -y matizada- aproximación desde el naturalismo, se traslada a determinadas convenciones cinematográficas -la inusual falta de aderezo en el sonido de los disparos, el torpísimo duelo en casa de Martha Ford, los tipos de sombreros…-, habida cuenta de que el cine es el vehículo de la mitología moderna, así como al retrato psicológico del presunto héroe romántico, a quien se muestra como un hombre torturado, dividido entre su celebridad absoluta y los pecados de sus actos, desesperado y dominado por pulsiones de muerte, de tendencias bipolares o cuanto menos ciclotímicas en sus arrebatos de brutalidad pavorosa y de seducción carismática. Es decir, un aspecto que tampoco se aleja de las contradicciones de los semihéroes de la mitología grecolatina, como Heracles.

“Es solo un ser humano”, acierta a observar Ford desde su desencanto apóstata. Esta mirada, en cualquier caso, se encuentra en permanente paradoja con el tono lírico y elegíaco del filme, en el que se descubren secuencias tan elaboradas como la llegada nocturna del tren, un juego de luz, tiniebla y ritmo que ofrece un destacado trabajo de tensión poética. Pero este tormento interno también está imbuido de mitología, puesto que se subraya la consciencia de James (un gran Brad Pitt) de que la muerte es un paso necesario en o para su condición legendaria. El pulso apagado, la gramática lánguida y la partitura doliente de Nick Cave y Warren Ellis componen esta espectral atmósfera de condenación y compadecimiento.

         Sin embargo, el asesinato de Jesse James es un acontecimiento que, de nuevo, devuelve el foco hacia Robert Ford, que es a quien realmente se refiere la narración en off, sobre quien converge el aspecto reflexivo de la obra. Sobre su correspondiente leyenda, representada igualmente en una traición oral y escrita que, no obstante, sufre una evolución diametralmente diferente, pues queda silenciada bajo el peso del tiempo, difuminada u oscurecida bajo la poderosa sombra del mito que perdura.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 8,5.

Coco

11 Jun

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Año: 2017.

Directores: Lee Unkrich, Adrián Molina.

Reparto (V.O.): Anthony González, Gael García Bernal, Benjamin Bratt, Alanna Ubach, Renee Victor, Jaime Camil, Alfonso Arau, Herbert Sigüenza, Selene Luna, Sofía Espinosa, Edward James Olmos, Natalia Cordova-Buckley, Cheech Marin, Ana Ofelia Murguía.

Tráiler

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         Parece darse una tendencia contemporánea en el cine de animación, de público mayoritariamente infantil, que lidia con la aceptación de la pérdida y de la muerte, temas siempre presentes en el género pero quizás abordados ahora con mayor atención y con una interesante madurez psicológica. Del revés (Inside Out) y Kubo y las dos cuerdas mágicas son grandes ejemplos.

Así, tras el dilema que se le plantea al niño protagonista de Coco -la entrega a la pasión vocacional frente al respeto hacia la pertenencia familiar, confrontación desarrollada a través de una narración un tanto trillada y previsible- subyace una oda a la memoria -tanto íntima como colectiva- de los seres queridos que nos han dejado, pues estos ancestros forman, literalmente, parte de uno mismo. Porque ¿quién no se ha sorprendido tomando decisiones idénticas a las que hubiese optado su padre?

         La herencia familiar, pues, es el gran tema de Coco, si bien imbricado en un hermoso canto a la música como elemento primordial de la existencia y, decíamos en el párrafo anterior, como monumento histórico para la trasmisión y pervivencia oral del pasado. Una apología, en cualquier caso, que es extensible a todo arte. A la denostada búsqueda de la belleza, en definitiva; propósito intrínseco a la naturaleza humana y acaso cada vez más sepultado por la cortedad de miras y la interesada necedad del materialismo, que es un erial repleto de espejismos que no contiene respuestas de nada.

         En el pueblo de Santa Cecilia, patrona de los músicos, el pequeño Miguel persigue su camino por la pragmática realidad física y por su fantasioso reflejo en negativo, el inframundo, merced al Día de Muertos -una festividad que también centralizaba recientemente, y con similitudes en la premisa argumental, otra cinta de animación: El libro de la vida-. Coco despliega un fastuoso y colorista decorado que se fundamenta en la imaginería del fascinante folclore mexicano, dentro del cual, fruto de un persistente sustrato mesoamericano y su sincretismo con las costumbres católicas, la muerte posee una dimensión diferente. Más cercana, más tangible, más presente; equivalente a la vida. El Mictlán, con su propio Dante que lo acompaña y guía en el viaje por el más allá.

Pero, a pesar de las abigarradas miniaturas, los simbolismos mitológicos y las referencias culturales -en ocasiones dotados de un arriesgado toque lisérgico que, junto a otros detalles, ayuda a que el filme trascienda el apropiacionismo acomodado al paladar globalizado-, pocas imágenes hay más bellas y cálidas, más palpables y amorosas, que el rostro arrugado de la bisabuela Coco.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

Logan

4 Jun

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Año: 2017.

Director: James Mangold.

Reparto: Hugh Jackman, Dafne Keen, Patrick Stewart, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Elizabeth Rodriguez, Richard E. Grant, Eric La Salle.

Tráiler

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         Hay una constante aparición de tebeos de los X-Men en Logan. El superhéroe revisa el relato de sus hazañas, deformadas por puntos de vista ajenos y maravillados por su poder sobrenatural. Su testimonio de primera mano puntualiza las diferencias entre la leyenda y la ‘realidad’ de los hechos, la cual posee rugosidades, dobleces y amarguras de imposible cabida en la epopeya heroica.

En Logan, después de que una pandilla de cholos casi lo aniquilen en un aparcamiento a causa de unas yantas cromadas, Lobezno, el mutante indestructible, colérico y cínico, combate contra la presbicia, las infecciones de pus y un asesino implacable que parece una formación cancerígena que lo carcome por dentro, brotando de su mismo interior que lo hacía aparentemente inmortal. El profesor Xavier, dueño del cerebro más prodigioso del orbe, chochea y lo deben meter a pulso en el baño para que mee. El crepúsculo de los héroes es tan degradante como el de cualquier hijo de vecino.

Sin embargo, desde este planteamiento antiépico, Logan termina desarrollando un western elegíaco de superhéroes en peligro de extinción individual y colectiva, en el que enarbola como referencia directa Raíces profundas. Porque si Logan mira los cómics desde el exterior, a Raíces profundas sí que la asume y corporeiza no solo a través de las imágenes y el argumento, sino mediante la reproducción literal de sus diálogos. En efecto, Logan reproduce el tópico de la confrontación entre el antihéroe desencantado y atormentado frente un símbolo potencial de inocencia y redención. Pero, para realojar en su seno la inocencia perdida, el antihéroe debe abrir la espesa coraza de cinismo que lo protege del enemigo.

         No obstante, a pesar de esta alusión evidente, el recorrido de Logan se asemeja incluso en mayor medida al de otro western mayúsculo, esta vez firmado por Clint Eastwood, cineasta que precisamente se había apropiado de los cimientos de Raíces profundas para dotarlos de una pátina más cruda y desolada en El jinete pálido. Logan, decíamos, sigue un trayecto muy similar a Sin perdón, obra agónica que se detenía asimismo en la discusión entre el Oeste novelado y el Oeste auténtico, debatida entre los propios protagonistas de los hechos y el cronista que los reconstruye desde su perspectiva fantasiosa. Y también Lobezno, al igual que el otrora sanguinario William Munny, debe recurrir aquí a un brebaje para recuperar su ira enterrada bajo capas de remordimientos.

         Aunque contiene algún punto de guion más dudoso -la pernocta en la granja alentada por Xavier, principalmente- y a que por momentos esta comunión entre antihéroe, infancia y distopía parece llevar la cinta hasta Mad Max 3, más allá de la cúpula del trueno, Logan realiza un buen trabajo en la composición de la atmósfera terminal y de perpetua frontera que habitan los personajes, sus relaciones desnudadas por la vida y las pulsiones de muerte que dominan la psicología del protagonista, así como la interacción con un universo cruel y desprotegido. De este modo, la falta de concesiones no se limitan a lo gráfico de la violencia; abarcan igualmente a la observación de su naturaleza ambigua -la niña que degolla sin parpadear, las ejecuciones a sangre fría del bueno de la película, la reacción última del granjero-.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Lucky

6 May

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Año: 2017.

Director: John Carroll Lynch.

Reparto: Harry Dean Stanton, Barry Shabaka Henley, Yvonne Huff, Bertila Damas, James Darren, Beth Grant, David Lynch, Ron Livingston, Hugo Armstrong, Ed Begley Jr., Tom Skerrit.

Tráiler

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         El estreno de Lucky en las carteleras españolas se produce apenas una semana después con el de El león duerme esta noche. Y ambas comparten a la muerte como trasfondo trascendental del relato; cada una preguntándose a su modo, las dos trazando una línea de conexión casi literal, con el espectador como intermediario, por medio de una ruptura de la cuarta pared que tiene lugar en un momento y con un significado bastante cercano.

         El protagonista de la película de Nobuhiro Suwa, en manos de Jean-Pierre Léaud, tipo extravagante hasta el final, afirma que la edad más interesante de la vida transcurre entre los setenta y los ochenta años, pues es cuando uno se prepara para la muerte, que no es un apagarse, sostiene contradiciendo al joven director que trata de representar lo irrepresentable, sino un encuentro. El león duerme esta noche parece explorar sin explorar, reflexionar sin reflexionar, especular desde la completa incertidumbre, observando el curso del tiempo con naturalidad y sin dramatismo, atento a la vitalidad que persiste a pesar de la decadencia propia.

El camino que escoge Lucky es más clásico y, sobre todo, más evidente, por así decirlo. Se aferra a la arrolladora personalidad del protagonista, en este caso un Harry Dean Stanton que interpretativamente es lo opuesto a Léaud -sobrio, conciso, competente-, y en torno a él, alrededor de su toma de consciencia de la finitud -apenas una caída sin aparentes consecuencias-, orquesta una serie de hábitos, cavilaciones y diálogos que en ocasiones puntuales parecen metidos con un poco de calzador, y a los que sigue una teorización que, de nuevo, también a veces parece subrayar verbalmente las conclusiones meridianas que intuye el anciano en su tortuoso camino interior. Pero el filme lo acompaña fiel en su recorrido, con una narración cálida y cariñosa para hacer calar sus temores ante el último y verdadero horror, sus hallazgos existencialistas en su pulso contra la nada.

En Lucky, como en El león duerme esta noche, hay vitalismo frente al nihilismo pesimista y resignado.

         Lucky, la película, es Lucky, el personaje, y Lucky es Stanton en su papel póstumo. Su despedida coincide con el debut en la dirección del actor John Carroll Lynch, que acomete el trabajo con humildad artística, centrando su labor en la captura del cuerpo, de los rasgos, de los gestos de su protagonista absoluto. El caminar de este profesional secundario, estrella ocasional de películas marginales y de culto, es en sí mismo un poema de pie quebrado, una declaración de intenciones con el peso de los años, la determinación y la resistencia que se sienten en su zancada. Como lo son igualmente sus ejercicios de yoga revitalizante, su cabezonería por fumar en interiores, su autonomía recalcitrante o su descreimiento místico.

Asentado en la vertiente minimalista, íntima y humana del indie, aquella que trata de adosarse a la realidad de personajes singulares, el filme captura con entrega las rutinas que definen al hombre, la ruptura de las mismas, su viaje de descubrimiento -el gran descubrimiento del final- que se realiza siempre a pie, siempre en los mismos lugares, siempre conversando en conversaciones cotidianas en las que, no obstante, logra rehuir la cháchara trivial para disertar acerca de “temas gordos”.

         El argumento maneja con habilidad el drama universal, el humor irónico y el miedo cerval que sobrevuelan la figura de Lucky ‘el afortunado’, así como el influjo de su inopinado remordimiento y de su romanticismo despertados por la luz del ocaso que, asimismo, envuelve un escenario de western más allá del crepúsculo. La subjetividad de todo este proceso o de toda experiencia real en la vida. Establecido a un paso del hecho más misterioso de la existencia, la realización compone un escenario que, dentro de su aparente costumbrismo, posee sin embargo un cierto alejamiento del verismo estricto para reconocer y dibujar dicha naturaleza terminal; situación que se refuerza por la presencia contaminante de David Lynch en el reparto, con líneas de diálogo acordes, al mismo tiempo, a su personalidad y a la personalidad de la producción.

Con todo ello, Lucky concentrado en Stanton, consigue ser carismático y entrañable, emocionar. La aceptación de la muerte en vida, no como derrota, sino como ciclo parejo a ella. La mirada conmovida y en paz de Stanton bajo la sombra del saguaro centenario. El colofón inmarcesible de un actor enorme, que fallecería apenas semanas antes del estreno de su última obra.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

El león duerme esta noche

30 Abr

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Año: 2017.

Director: Nobuhiro Suwa.

Reparto: Jean-Pierre Léaud, Pauline Etienne, Jules Langlade, Adrien Cuccureddu, Adrien Bianchi, Louis Bianchi, Romain Mathey, Mathis Nicolle, Coline Pichon-Le Maître, Emmanuelle Pichon-Le Maître, Rafaèle Gelblat, Lou-Ann Mazeau-GuéguenMaud WylerArthur Harari, Isabelle Weingarten.

Tráiler

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         A Jean-Pierre Léaud lo quieren muerto. La muerte de Luis XIV y El león duerme esta noche, las dos últimas películas estrenadas en España y protagonizadas por el icono vivo de la Nouvelle Vague, eterno alter ego de François Truffaut al otro lado de la pantalla, gravitan en torno a la muerte que acecha. Pero El león duerme esta noche no es una película angustiada, ni que afronte la proximidad del último suspiro desde una perspectiva de afectado melodramatismo. Por el momento, Léaud no agoniza en ella. Sus actos y sus pensamientos tampoco sugieren temor ni tristeza ni resignación.

La muerte está presente a su lado, pero como está presente a lo largo de toda la existencia, pues no puede haber lo uno sin lo otro, como reflexiona repetidamente el propio actor en su papel de actor que explora sus ruinas y sus fantasmas ciertos.

         Léaud vaga por los escenarios cálidos y floreados de la Costa Azul francesa, henchidos de vida, con su innegociable estampa de hombre desorientado, a quien parece que han soltado de improviso en el set de rodaje y no sabe muy bien dónde se encuentra, qué tiene que hacer y hasta quién es. Al personaje le sienta bien este despiste, este azoramiento. Dado que tampoco podría haber obtenido de él otra cosa, entiendo que esta sería la intención de Nobuhiro Suwa, que declara que el excéntrico Léaud fue lo que le dio fuerza para regresar a la dirección nueve años después del estreno de su último filme y siete desde su último cortometraje.

La premisa se reafirma con las interpretaciones del amplio elenco infantil, una nueva representación de la vitalidad estival que acompaña al protagonista en sus regresiones al encuentro de un pasado -el amor perdido por la muerte- que también puede ser, al mismo tiempo, un sendero que aventure su futuro -el final de su historia-.

Los niños, decíamos, no dan la impresión de estar dirigidos en absoluto, sino abandonados a su juego de hacer películas, con su anárquica creatividad liberada. Su torrencialidad y su búsqueda de la maravilla, de hecho, anulan las posibilidades góticas del caserón donde transcurre la mayor parte del relato, incluso a pesar de que ellos mismos lo reconocen rápidamente como una casa encantada, con sus escaleras rechinantes, sus estatuas estrambóticas y sus telas espectrales. Sus andanzas como cineastas silvestres dejan algún detalle simpático, pero tampoco terminan de consolidarse como un aspecto demasiado interesante, del mismo modo que al drama del huérfano le falta pulido.

Probablemente, El león duerme esta noche trata de esto, de esta mirada intuitiva, desinhibida y natural hacia la vida, hacia la muerte. Una muerte a la que se ha de ver llegar sin dramatismos. Con los ojos abiertos, por tanto, parece decir Suwa.

         Quizás con el prejuicio del origen del realizador, esta sensibilidad que no entiende el más allá como un espacio estanco, sino comunicado con la realidad física a través de un juego de espejos, recuerdos, ensoñaciones y presencias, posee un influjo oriental que se impone, o cuanto menos se hibrida, con la voluptuosidad veraniega de la localización. Al respecto de la indagación en el eco del pasado, de la manifestación del pasado como guía seminal del porvenir, en definitiva, esta idea podría asociarse con la ascendencia de la añorada Juliette sobre los fotogramas, pues su aparición, la belleza que impregna a alguno de los planos más cuidados de la obra, es literalmente un acto de iluminación -las velas en la noche, el sol que se filtra por las ventanas, los reflejos cristalinos del lago-.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

La última bandera

5 Mar

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Año: 2017.

Director: Richard Linklater.

Reparto: Steve Carell, Bryan Cranston, Laurence Fishburne, J. Quinton Johnson, Yul Vazquez.

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          “Cada generación tiene su guerra”, sentencia uno de los protagonistas de La última bandera. Viendo la reciente The Punisher, en la que un veterano de Afganistán trata de saldar los pecados que lo atormentan aniquilando tramas mafiosas, me dio la impresión de que la serie parecía sacada de los años setenta. Tiene esa decepción, esa paranoia alimentada por el fin de la inocencia que trajeron consigo los magnicidios de la década anterior, la constatación del fracaso de la integración en un país de aluvión, la inseguridad social y la tumoración mortal de la Guerra de Vietnam. La posguerra de Afganistán e Irak -dos conflictos que uno no termina de saber si están sellados o continúan abiertos-, sumada a la presunta estrategia de lucha contra el terrorismo global, atomizado e indetectable -la cual abarca también un notorio y puede que premeditado asalto a las libertades civiles que encuentra su máxima expresión en la Patriot Act-; amén de la devastadora impronta de la crisis económica de 2008 y la decadencia industrial, laboral y neoimperialista asociadas, deja tras de sí una impronta análoga que el cine reproduce cada vez con mayor frecuencia.

En este sentido, La última bandera se mimetiza con El último deber, película de 1973 firmada por Hal Ashby, un auténtico francotirador especializado en operar desde los márgenes de todo. El esquema de road movie, la terrible contienda de fondo, la composición de sus tres personajes principales e incluso su estética; la reflexión desencantada sobre los Estados Unidos entre gotas de indagación existencialista. Quizás La última bandera incida en mayor medida en este último aspecto desde su punto de partida, que siguiendo con la comparativa constituiría una especie de continuación de la anterior. Un reencuentro de sus personajes, que son treinta años más viejos y, por tanto, portan nuevas cargas a sus espaldas, fruto de las complejidades de la vida. De hecho, la película de Richard Linklater se inspira en la secuela de la novela de la que partió aquel primer largometraje.

          Hay muchas deudas en estos tres tipos crepusculares, numerosas cicatrices que aún supuran y que cada cual trata de sanar a tientas, con su propia medicina improvisada -el alcohol, la religión, el recuerdo-. Cuentas sin saldar que proceden de la hoja de servicio castrense, aunque solo en la misma medida que de las elecciones vitales, por lo que estas aflicciones trascienden las implicaciones bélicas para equipararse a las del individuo cualquiera, y que es de donde surgen los momentos más humanos de la función; los más luminosos, los más taciturnos, los más conmovedores de un filme que avanza por la fuerza del diálogo, de la convivencia, de las interpretaciones de un reparto muy bien dirigido.

Pero, en cualquier caso, el hilo narrativo de este viaje pretende pone rostro a un soldado muerto que, literalmente, no tiene rostro. El caído anónimo, que llega a brazos de su padre.

          La última bandera posee un discurso crítico, decíamos. Con doloroso sarcasmo, se cuestiona la dialéctica del sacrificio patriótico y del homenaje heroico; se arremete contra el daño que produce toda guerra con indiferencia del bando en el que uno se encuentre; se explora en la necesidad del perdón y la redención; se explora la naturaleza del consuelo, distinta como distinta es la manera en la que cada persona asimila y gestiona el sufrimiento.

          Y el discurso es crítico, pero sus conclusiones apuntan hacia la reconciliación íntima y colectiva, expresada por medio de símbolos y valores -el uniforme, la bandera, la camaradería del ‘semper fi’-. Ambas vertientes constan, además, de su respectiva escena enfática que Linklater se podría haber ahorrado -la procaz transmisión de órdenes al escolta y la lectura de la carta-. Desde luego, esta reconciliación regeneradora no se refiere a las élites dirigentes, quienes personalizan los vituperios del mensaje -el tradicional reduccionismo del ‘mal del político’ que puede traerse a la conversación en cualquier lugar del mundo-. En consecuencia, el sistema en sí mismo queda más salvaguardado.

En los Estados Unidos, donde el puritanismo idiosincrásico de su cultura también cala en la obediencia de la corrección política, los espíritus disidentes suelen respetar unas líneas rojas bien delimitadas. Una especie de discrepancia desde la fidelidad de raíz. En este tema concreto, que gravita alrededor de las contradicciones propias de un país que se autoproclama defensor de a libertad y que sin embargo es una nación guerrera y en la que la batalla se ha tornado hasta cuestión comercial, se reproduce una paradoja que ya se percibía antaño en cineastas como John Ford, esquinados pero con inquebrantable fe en los valores nacionales -e incluso con una nostálgica también presente en la obra de Linklater, si bien de forma más modulada-, perceptible así en producciones de ambientación militar como Fort Apache. El saludo solemne se le niega al coronel, pero se le regala con honor al soldado raso, al ciudadano de a pie, que a fin de cuentas es, fundamentalmente, sobre quien se habla y a quien se habla en La última bandera.

En este sentido, la amargura y la rabia del ácrata Ashby era más firme y profunda.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota de blog: 7,5.

A Ghost Story

24 Ene

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Año: 2017.

Director: David Lowery.

Reparto: Casey Affleck, Rooney Mara, Kesha, Sonia Acevedo, Will Oldham, Rob Zabrecky.

Tráiler

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         Desde El fantasma y la señora Muir hasta Ghost: Más allá del amor, pasando por otras obras como Fantasma de amor, La historia de Marie y Julien o Contracorriente, el cine ha revisado la figura del alma en pena, atrapada dolorosamente entre la vida y la muerte, desde una perspectiva romántica, acaso como también ha ocurrido con otros seres tenebrosos como, en el ejemplo más evidente, Drácula -desde la encarnación televisiva de Jack Palance de 1973 hasta el Drácula de Bram Stoker de Francis Ford Coppola, pasando por la saga Crepúsculo y derivados-.

         A Ghost Story acomete una reinterpretación de este paradigma y, en una maniobra loablemente arriesgada, un pelín pretenciosa y no siempre exitosa, se desmarca de premisas y cánones sentados. Por decirlo así, su relato, narrado desde el punto de vista del fantasma, se aproxima más a una inmersión espiritual como la de Enter de Void -inspirada en el Libro tibetano de los muertos– que, desde luego, a la exaltación de la sensiblería de Patrick Swayze y Demi Moore modelando barro, prototipo de fórmula cinematográfica. En paralelo, podría afirmarse que el fantasma atraviesa océanos de tiempo para encontrar a su amada, al igual que la ópera coppoliana sobre el vampiro, si bien su recorrido se aleja asimismo de la épica amorosa.

Siempre extraña y singular -en lo bueno y en lo malo-, A Ghost Story sigue su propio camino, en el que se recurre a la ironía para reflejar sus aspectos potencialmente tétricos -el empleo de una banda sonora propia del cine de terror en situaciones con una atmósfera paradójicamente mundana y sosegada- y en el que los códigos del cine romántico colisionan igualmente con una mirada desconcertante en su falta de complejos -la apariencia tan tradicionalmente naif del fantasma-. Todo ello queda inserto en un conjunto que trasciende la restringida concepción existencial de la vida del individuo, por lo general encadenada a su esencia material y finita.

         Combinado con planos celestes y de la naturaleza, hermosa y neutra, destaca el original empleo de la elipsis para reflejar esta idea temporal y cósmica. David Lowery embotella el filme en una fotografía nebulosa y en sonidos distantes que dotan al relato en una textura de ensoñación. Son recursos con los que el cineasta extrae escenas de maravillosa intimidad, de una delicadeza serena, frágil y misteriosa que se adentra en los sentimientos profundos de los personajes, pero que a la par los pone en distancia al enmarcarlos en un escenario mayor e indiferente a sus vivencias. 

Menos justificación encuentra el ratio del fotograma, que es prácticamente cuadrado y posee las esquinas redondeadas, similar a la de una diapositiva doméstica. Quizás tenga sentido, pero no creo que sea necesariamente adecuado o efectivo. Los experimentos con el formato de la imagen, en cualquier caso, acostumbran a ser los más artificiosos, vanidosamente intrusivos y, en definitiva, difícilmente excusables.

         Porque A Ghost Story también tiene buena parte de ejercicio de estilo. Lowery deja transcurrir algunas secuencias hasta la extenuación un poco gratuitamente y, por otro lado, rellena el argumento romántico -la pérdida, la ausencia, el vacío, la dependencia, el enfrentamiento,  la superación…- con una evolución -la incipiente crónica familiar, las reflexiones acerca de la eternidad y la nada, la despersonalización del futuro- que no termina de funcionar demasiado bien o, al menos, de forma compensada.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

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