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La mujer de fuego

15 Jun

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Año: 1947.

Director: André de Toth.

Reparto: Joel McCrea, Veronica Lake, Don DeFore, Donald Crisp, Preston Foster, Arleen Whelan, Charles Ruggles, Lloyd Bridges, Nestor Paiva, Ray Teal, Wally Cassell, Ian MacDonald.

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         La mujer de fuego es el debut de André de Toth en el western, uno de los géneros capitales de su filmografía. También es la primera película que rueda junto a Veronica Lake después de casarse con ella, en lo que será el comienzo de un turbulento matrimonio. Y será su personaje el encargado de dictar destinos y fortunas en este género a priori eminentemente masculino. Sin embargo, De Toth, un tipo independiente y esquinado, sumerge en la ambigüedad las motivaciones psicológicas de esta mujer ultrajada, rebelde y con ansias de libertad, pero también caprichosa, vengativa y maquiavélica. Prácticamente una femme fatale que no recurre a las armas de fuego para imponer su voluntad.

         El retrato de caracteres de La mujer de fuego parece más próximo al cine negro que al western, como ocurrirá con frecuencia en futuras entregas del cineasta húngaro. Los personajes enredados en la trama acostumbran a ser dudosos. El protagonista, interpretado por Joel McCrea -asociado por lo general a papeles heroicos y honestos-, carga con el estigma y la humillación de su alcoholismo, que a su vez es producto de sus heridas abiertas, por lo que su proceder recto posee incluso cierta sombra obsesiva. Su principal aliado en su lucha contra el cacique ganadero que domina el villorrio es, por su parte, una especie de forajido fiel pero amoral, comprometido pero volátil. Frente a la mujer de fuego del título español también se levanta, en una estrategia puramente noir, la mujer tranquila que encarna el remanso de redención. Es interesante el tratamiento que se le da a la figura del sheriff y su posición, firme aunque en ocasiones impotente, ante los desmanes de los poderes fácticos.

         La fotografía es acorde a esta atmósfera opresiva, enrarecida por la enmarañada madeja de alianzas y traiciones que da lugar a un argumento donde poseen gran ascendencia la violencia y la sexualidad. Su narración es un tanto confusa por momentos, quizás fruto igualmente de personajes de paja desubicados o desdibujados, como el del padre de la muchacha y socio del malvado. En La mujer de fuego hay espacio asimismo para escenas tan tensas como poéticas, caso de la inmolación en la montaña, resuelta con el contraste de dos toscos cañonazos. De igual manera, el duelo final resulta casi anticlimático, y deja tras de sí un regusto acre para revelar dónde se halla la verdadera victoria de esta guerra patética en su mezquindad.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Kill Bill: Volumen 2

28 May

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Año: 2004.

Director: Quentin Taratino.

Reparto: Uma Thurman, David Carradine, Michael Madsen, Daryl Hannah, Perla Haney-Jardine, Gordon Liu, Christopher Allen Nelson, Michael Parks, Bo Svenson, Samuel L. Jackson.

Tráiler

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         Silenciosa y letal como un ninja, catana de Hattori Hanzo en ristre, la Novia irrumpe en la caravana donde Budd mora en medio del desierto. Un cañonazo de cartuchos de sal la repele sin paliativos.

Con excepciones -la formación heroica de Pai Mei, el breve lance a espada de la conclusión-, Quentin Tarantino cierra el díptico de Kill Bill cambiando de espíritu tutelar. Agotada la agitación melodramática del kung fu, se pasa a invocar la melancolía del fin de los tiempos propia del western crepuscular, acorde a la ambientación californiana y mexicana del filme -de nuevo con salvedades, como la aventura en China que recupera el estilo de la acción hongkonesa mediante recursos como la fotografía o los zooms-.

         De la coctelera de Tarantino sale un néctar de sabores más maduros y calmados, de degustación más reposada pero aún potente. Con menos estridencias que te saquen del disfrute. Y más intensa. Los duelos explosivos se reducen a uno y medio -la angosta pelea contra Elle Driver- mientras el tono elegíaco va apoderándose del relato a medida que este se acerca al desenlace, al jefe definitivo, a Bill.

Dentro de esta tendencia terminal, los apartes en blanco y negro encuentran su razón de ser. También se encuadra la mayor presencia del diálogo y el monólogo, donde Tarantino concentra su habilidad de contador de historias a través de la voz profunda de David Carradine, perfecta caja de resonancia para sus líneas de guion y buen contrapunto como gurú místico, como figura de referencia al término del viaje transformación.

         Kill Bill: Volumen 2 se detiene más en mirar al héroe que en la acción heroica, a ratos enturbiada además por un mundo desesperado del que manan el cinismo, el engaño o la resignación. Tras regresar transformada de entre los muertos, la heroína halla por fin su destino, cuya consecución supone siempre, en cierta manera, su propio final. Su extinción, completa o parcial. De ahí la sensación agónica de unas conclusiones que se resuelven prácticamente sin violencia. Al menos si se compara con el paroxismo cinético de la lucha contra los 88 maníacos.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

Kill Bill: Volumen 1

25 May

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Año: 2003.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Uma Thurman, Lucy Liu, Vivica A. Fox, Chiaki Kuriyama, Julie Dreyfus, Sonny Chiba, Gordon Liu, Jun Kunimura, Michael ParksMichael Bowen, Daryl Hannah, Michael Madsen, David Carradine.

Tráiler

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         Kill Bill es, esencialmente, una película de amor. No una película de género romántico, obviamente, sino un regalo arrobado de Quentin Tarantino a su musa, Uma Thurman. Tarantino construye para ella la cinta criminal de venganza sangrienta con la que ambos habían fantaseado mientras compartían el rodaje de Pulp Fiction. Y, en ella, entre piropos explícitamente verbalizados, la cámara de Tarantino se deleita filmando los ojos de Thurman, sus pies, su trasero.

Pero Tarantino es un cineasta polígamo que compagina esta adoración personal con otros fetiches privados, los cuales gravitan en torno a los universos paralelos de la cinefilia y la melomanía, principalmente. Habían transcurrido seis años de silencio desde que entregase su obra más contenida y depurada, Jackie Brown, y ahora, desde su dominante posición de cineasta de culto, iba a dar rienda suelta a sus anhelos cinéfagos, desaconsejablemente delirantes por momentos -como que se te ponga en la entrepierna presentar el filme con un proverbio klingon-.

         En concreto, en Kill Bill: Volumen 1 estas pulsiones provendrán fundamentalmente del cine de kung fu de los setenta y ochenta, evocado desde los títulos de crédito y su recordatorio de la Shaw Brothers. Tarantino abraza con idéntica glotonería y ceremoniosidad ritual toda la artificiosidad de este mundillo, desde los rasgos de su elemental trama -influidos por mil y una películas más del rape&revenge, de La novia vestía de negro a Desenlace mortal– hasta la coreografía de las monumentales, sobreelaboradas y paroxísticas set-pieces de La casa de las hojas azules. Estas se convierten así en un horror vacui de movimientos de cámara, danzas de artes marciales, guiños estético-tematicos nostálgicos -el color, el sonido, los objetos- y arranques musicales que, en su notoriedad y su estridencia -en especial los estrambóticos efectos sonoros-, dejan sin aire la escena. Desde un punto de vista ajeno al subgénero, quizás la fase de lucha de sombras proporcione cierto alivio lírico que, paradójicamente, estimule esta tormenta antes de la calma.

En la misma línea, mejor aplicación de esta hiperactiva cinética se extrae en los duelos individuales de la novia enfurecida contra sus principales rivales. Aparte de en su tradicional buen uso del montaje para dotar de ritmo e intriga al relato, es en estos lances caballerescos donde Tarantino vuelve a hacer gala de su maña como narrador, ya que luce una gran capacidad de síntesis para dibujar historias y relaciones -elementales pero con impacto- mediante apenas un par de pinceladas, si bien en el caso de O-Ren Ishii también se vale de un pasaje de animación que condensa en sí mismo toda la esencia y la potencia de la obra.

         Gracias a ello, obtiene una protagonista icónica, a la altura de sus deseos para con su musa.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

Deadpool 2

21 May

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Año: 2018.

Director: David Leitch.

Reparto: Ryan Reynolds, Josh Brolin, Zazie Beetz, Julian Dennison, Morena Baccarin, Stefan Kapicic, Brianna Hildebrand, Shioli Kutsuna, Eddie Marsan, Karan Soni, T.J. Miller, Leslie Uggams, Rob Delaney, Terry Crews, Bill Skarsgård, Lewis Tan, Jack Kesy, Brad Pitt, Matt Damon, Alan Tudyk.

Tráiler

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         Por lo general, la potencia de un chiste no está tanto en su contenido como en quién lo cuenta y en cómo lo cuenta. 

No lo vamos a negar, Deadpool 2 es un chiste repetido. Es cierto que incorpora renovados hallazgos -Peter-, pero al mismo tiempo repesca incluso unos cuantos gags calcados de la película inaugural que ejercen ya a modo de coñas internas, de compadreo entre personaje y espectador, unidos en un diálogo constante que, desde una autoconsciencia total y orgullosamente sarcástica, no respeta la barrera de la pantalla ni la narración en sí. Sin embargo, a quien cuenta los chistes se le da tan bien hacerlo que casi no importa. Porque sigue siendo importante saber reírse de uno mismo.

         Obviamente, la sorpresa estaba prácticamente agotada desde aquella primera parte, que, con todo, lograba sortear el desgaste mediante un hábil montaje del relato. Aquí, dado que es nula de inicio, puede concentrarse en explotar la idiosincrasia del personaje, irreverente hasta la parodia contra todo, con el mayor salvajismo posible, sin ahorrar escatología, sexualidad o slapstick sangriento. Aunque los mejores golpes siempre van destinados contra el resto de superheroes, contra Hollywood en sentido extenso -ojo a los cameos- y, por supuesto, contra el propio producto.

         Sigue funcionando, por tanto, la vis cómica del mercenario más macarra del universo de los X-Men. Deadpool sabe como mantener alta una fiesta. Su desfachatez permanece fresca gracias a la amplia y equilibrada combinación de impulsos humorísticos de diversa procedencia, paradójicamente, la suficiente suspensión de la incredulidad para seguir sus aventuras, si bien el hecho de que se trate de una prolongación implique necesariamente su progresiva conversión en fórmula. La dirección de David Leitch -uno de los dos coordinadores de especialistas que cosechó prestigio como renovadores del género de acción con John Wick (Otro día para matar)aporta también trabajadas coreografías en las secuencias más espectaculares. Además, los productores saben como dejar buen sabor de boca rematando la función con escenas poscréditos especialmente jugosas y delirantes, esencia concentrada de un antihéroe que confirma ser de lo más carismático.

Otra cosa es que aguante estirar el chicle una vez más -o las que vengan, pues su ironía al respecto de las sagas superheroicas interminables es bastante cínica-.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

La última bandera

5 Mar

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Año: 2017.

Director: Richard Linklater.

Reparto: Steve Carell, Bryan Cranston, Laurence Fishburne, J. Quinton Johnson, Yul Vazquez.

Tráiler

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          “Cada generación tiene su guerra”, sentencia uno de los protagonistas de La última bandera. Viendo la reciente The Punisher, en la que un veterano de Afganistán trata de saldar los pecados que lo atormentan aniquilando tramas mafiosas, me dio la impresión de que la serie parecía sacada de los años setenta. Tiene esa decepción, esa paranoia alimentada por el fin de la inocencia que trajeron consigo los magnicidios de la década anterior, la constatación del fracaso de la integración en un país de aluvión, la inseguridad social y la tumoración mortal de la Guerra de Vietnam. La posguerra de Afganistán e Irak -dos conflictos que uno no termina de saber si están sellados o continúan abiertos-, sumada a la presunta estrategia de lucha contra el terrorismo global, atomizado e indetectable -la cual abarca también un notorio y puede que premeditado asalto a las libertades civiles que encuentra su máxima expresión en la Patriot Act-; amén de la devastadora impronta de la crisis económica de 2008 y la decadencia industrial, laboral y neoimperialista asociadas, deja tras de sí una impronta análoga que el cine reproduce cada vez con mayor frecuencia.

En este sentido, La última bandera se mimetiza con El último deber, película de 1973 firmada por Hal Ashby, un auténtico francotirador especializado en operar desde los márgenes de todo. El esquema de road movie, la terrible contienda de fondo, la composición de sus tres personajes principales e incluso su estética; la reflexión desencantada sobre los Estados Unidos entre gotas de indagación existencialista. Quizás La última bandera incida en mayor medida en este último aspecto desde su punto de partida, que siguiendo con la comparativa constituiría una especie de continuación de la anterior. Un reencuentro de sus personajes, que son treinta años más viejos y, por tanto, portan nuevas cargas a sus espaldas, fruto de las complejidades de la vida. De hecho, la película de Richard Linklater se inspira en la secuela de la novela de la que partió aquel primer largometraje.

          Hay muchas deudas en estos tres tipos crepusculares, numerosas cicatrices que aún supuran y que cada cual trata de sanar a tientas, con su propia medicina improvisada -el alcohol, la religión, el recuerdo-. Cuentas sin saldar que proceden de la hoja de servicio castrense, aunque solo en la misma medida que de las elecciones vitales, por lo que estas aflicciones trascienden las implicaciones bélicas para equipararse a las del individuo cualquiera, y que es de donde surgen los momentos más humanos de la función; los más luminosos, los más taciturnos, los más conmovedores de un filme que avanza por la fuerza del diálogo, de la convivencia, de las interpretaciones de un reparto muy bien dirigido.

Pero, en cualquier caso, el hilo narrativo de este viaje pretende pone rostro a un soldado muerto que, literalmente, no tiene rostro. El caído anónimo, que llega a brazos de su padre.

          La última bandera posee un discurso crítico, decíamos. Con doloroso sarcasmo, se cuestiona la dialéctica del sacrificio patriótico y del homenaje heroico; se arremete contra el daño que produce toda guerra con indiferencia del bando en el que uno se encuentre; se explora en la necesidad del perdón y la redención; se explora la naturaleza del consuelo, distinta como distinta es la manera en la que cada persona asimila y gestiona el sufrimiento.

          Y el discurso es crítico, pero sus conclusiones apuntan hacia la reconciliación íntima y colectiva, expresada por medio de símbolos y valores -el uniforme, la bandera, la camaradería del ‘semper fi’-. Ambas vertientes constan, además, de su respectiva escena enfática que Linklater se podría haber ahorrado -la procaz transmisión de órdenes al escolta y la lectura de la carta-. Desde luego, esta reconciliación regeneradora no se refiere a las élites dirigentes, quienes personalizan los vituperios del mensaje -el tradicional reduccionismo del ‘mal del político’ que puede traerse a la conversación en cualquier lugar del mundo-. En consecuencia, el sistema en sí mismo queda más salvaguardado.

En los Estados Unidos, donde el puritanismo idiosincrásico de su cultura también cala en la obediencia de la corrección política, los espíritus disidentes suelen respetar unas líneas rojas bien delimitadas. Una especie de discrepancia desde la fidelidad de raíz. En este tema concreto, que gravita alrededor de las contradicciones propias de un país que se autoproclama defensor de a libertad y que sin embargo es una nación guerrera y en la que la batalla se ha tornado hasta cuestión comercial, se reproduce una paradoja que ya se percibía antaño en cineastas como John Ford, esquinados pero con inquebrantable fe en los valores nacionales -e incluso con una nostálgica también presente en la obra de Linklater, si bien de forma más modulada-, perceptible así en producciones de ambientación militar como Fort Apache. El saludo solemne se le niega al coronel, pero se le regala con honor al soldado raso, al ciudadano de a pie, que a fin de cuentas es, fundamentalmente, sobre quien se habla y a quien se habla en La última bandera.

En este sentido, la amargura y la rabia del ácrata Ashby era más firme y profunda.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota de blog: 7,5.

En la sombra

26 Feb

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Año: 2017.

Director: Fatih Akin.

Reparto: Diane KrugerNuman AcarDenis Moschitto, Johannes Krisch, Samia Muriel Chancrin, Karin Neuhäuser, Ulrich Tukur, Ulrich BrandhoffHanna Hilsdorf, Yannis Economides, Rafael Santana.

Tráiler

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          Con las cenizas aún calientes, la madre y los suegros de la protagonista, alemana una, kurdos los otros, se disputan agriamente los restos del marido y del hijo de esta, asesinados en un atentado de presumible firma neonazi. A lo largo del filme, los hijos no acostumbrarán a seguir las tendencias marcadas por sus progenitores, para bien y para mal.

Con En la sombra, el cineasta germanoturco Fatih Akin abunda en su exploración de las grietas de la multicultural Alemania contemporánea, a la que incorpora un elemento crítico en las relaciones identitarias de la actualidad, el terrorismo, el cual además, en este caso, está perpetrado desde un bando, el supremacismo blanco, que recibe un tratamiento informativo e incluso social bastante distinto al de su hermano por oposición, el fundamentalismo musulmán.

          Ejecutada con encomiable solvencia por Diane Kruger -encargada de sostener en buena medida la credibilidad de la función-, la evolución de la mujer, desgarrada a pedazos por la tragedia, se inscribe en tres escenarios distintos, que se corresponden con los tres actos de la obra. El primero está azotado por la lluvia; el segundo se enclava en una sala de glacial frialdad funcionarial, y el tercero se encuentra bañado por el sol y el salitre del Mediterráneo. La desolación de origen, la Justicia indiferente y la resolución del conflicto, respectivamente. El marco íntimo de la familia, la exposición a unas instituciones impasibles y la correspondiente reacción exterior.

A través de ellos, Akin expresa una sensación de desencanto a múltiples niveles. Y es tan patente su decepción que, al final, resulta contraproducente para el filme, puesto que condena el periplo judicial a la previsibilidad y encarrila los efectismos del relato hacia un desenlace inundado por la absoluta ambigüedad moral que poseen las venganzas justicieras.

          Con la inversión de los roles tradicionales de este correoso subgénero que estallaría en los convulsos años setenta estadounidenses -el villano caucásico, la víctima extranjera-, el director y coguionista trata de evidenciar las desventajas que el sistema reserva para los colectivos marginales. Y, en el mismo plano, la presencia de Kruger -a priori del segmento privilegiado- en calidad de copartícipe del sufrimiento serviría para que el espectador occidental asuma con mayor facilidad como propios estos apuros y, quizás, hasta que se plantee también con mayor propiedad los dilemas del vigilantismo. Pero lo cierto es que, en su camino hacia la catarsis, el argumento deja tras de sí cierta confusión ideológica y dramática -a los requiebros y variaciones genéricas parece faltarles afinación- que no termina de convencer del todo.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

Jackie

2 Feb

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Año: 2016.

Director: Pablo Larraín.

Reparto: Natalie Portman, Billy Crudup, Peter Sarsgaard, Greta Gerwig, John Hurt, Richard E. Grant, John Carrol Lynch, Max Casella.

Tráiler

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          De uno de los periodos más fascinantes de la historia de los Estados Unidos, y del Occidente contemporáneo, Jackie escoge como punto de vista el de una de las figuras más de papel cuché del escenario: Jacqueline Kennedy, mujer que, a priori, tiene madera de trágica esposa-florero.

A partir de ella, el chileno Pablo Larraín, que profundiza en su especialización en la reconstrucción de personalidades o episodios históricos, sea de forma frontal –No, Neruda– o de fondo –Tony Manero, Post Mortem-, establece una estructura especular en la que se disecciona el conflicto entre la dimensión pública de la retratada y su dimensión privada. Reduciendo malévolamente la premisa, no deja de ser este un asunto semejante a los problemas íntimos que, precisamente, sufren las princesas de cuento entre las obligaciones de su puesto y su anhelo de encontrar el amor auténtico. Una dicotomía crítica y traumática que también les ocurre, por tanto, a las princesas de verdad: Diana, Grace de Mónaco, la serie The Crown… por poner ejemplos actuales.

          Así pues, en palabras de la propia protagonista, Jackie confronta la persona “real” con el personaje de la “performance” que interpreta la enviudada primera dama. El choque entre una y otra faceta dominará el esquema narrativo de Larraín, a partir del guion de Noah Oppenheim: la entrevista con el reportero y la entrevista con el sacerdote, el off the record y el dictado, la emoción espontánea y la máscara hierática, el individuo común y la leyenda inmortal, las flaquezas humanas y el legado histórico…

Es una discusión sutil, sin subrayados, que aporta rugosidad y complejidad a la obra y que asimismo, en su transcurrir, aborda cuestiones como el peso del cargo -la sombra de Abraham Lincoln en la vida y hasta en la muerte-, la supervivencia al lado de una figura monumental, el destino y la realización existencial.

          Se trata, pues, de una aproximación personal. De una versión privada, de una pequeña y deslumbrante tesela que destaca, a su manera, dentro de un mosaico fascinante del cual, sin embargo, se intuye menos de lo que uno desearía.

El mundo enloquecido entorno a Jackie es más interesante que su drama íntimo o su retrato psicológico. La alabada actuación de Natalie Portman supone una barrera añadida, pues le afecta un rasgo común a las reencarnaciones de los biopic: su porte, sus gestos y su tono de voz transmiten una imitación muy ensayada, en la queda perfectamente patente ese concienzudo trabajo actoral.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7.

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