Tag Archives: Política

Excelentísimos cadáveres

19 Jun

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Año: 1975.

Director: Francesco Rosi.

Reparto: Lino Ventura, Tino Carraro, Luigi Pistilli, Paolo Bonacelli, Renato Salvatori, Fernando Rey, Max von Sydow, Alain Cuny, Charles Vanel.

Filme

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            “La verdad no es siempre revolucionaria”, sentencia en la última escena un burócrata profesional para apuntillar una trama de poder, ambición y oscurantismo. En Excelentísimos cadáveres, Francesco Rosi, que entendía el cine como una investigación documentada, siempre enfocada desde un firme compromiso político, pone al inspector Rogas (Lino Ventura) a perseguir fantasmas, sombras y reflejos difusos a través de la Italia de los años de plomo y la ‘strategia della tensione’, un polvorín a punto de reventar en mil pedazos. Su inspiración es un escritor, Leonardo Sciascia, que también hizo de la cara oculta de la sociedad italiana, especialmente concentrada en su Sicilia natal, su terreno de juego.

            El filme comienza en las catacumbas de Palermo, entre momias de notables conservadas a lo largo de los siglos, y concluye en el Museo Nacional Romano, entre conmemorativas estatuas de mármol. El poder que se perpetúa generación tras generación, como un ente que va más allá de lo terrenal, esculpido en el tiempo. Entre un escenario y otro, queda un reguero de cadáveres de fiscales, procuradores y jueces que hace temblar el frágil equilibrio del país. El avezado inspector busca explicaciones que no se reduzcan a la cómoda hipótesis del loco homicida, pero el precio es sumergirse progresivamente en una paranoia por donde asoma una conspiración.

En su camino, Rogas viaja desde los defenestrados por el sistema hasta las altas esferas de la sociedad, desde la indagación a pie de calle hasta los asépticos laboratorios de la policía política y sus sórdidas mazmorras de interrogatorio. Palacios, rincones y escondrijos que llegan a descubrirse hasta de forma un tanto gratuita, destinada a subrayar ciertas consideraciones. El aplomo que tan bien encarna Ventura se va desarmando paso a paso.

            Las pistas confluyentes que persigue Rogas no acaban de congeniar dentro de un relato que da la sensación de no estar del todo bien estructurado, con una trama en la que la tensión de la intriga termina siendo bastante irregular y que se dirige hacia un remate no demasiado creíble en su formulación. El argumento resulta confuso incluso más allá de esa idea conceptual que puede formar parte del fondo que expresa Rosi, tan turbio -o enturbiado por una terrible ambigüedad moral y política- que es prácticamente imposible entrever qué ocurre entre esas sangrientas bambalinas. Tan opaco que el excluido ciudadano común, por muy comprometido y tenaz que sea, se encuentra desprotegido ante su poder. Un poder que atraviesa indemne los siglos, perpetuándose.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

Bacurau

15 Jun

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Año: 2019.

Directores: Kleber Mendonça Filho, Juliano Dornelles.

Reparto: Bárbara Colen, Thomas Aquino, Sônia Braga, Udo Kier, Silvero Pereira, Wilson Rabelo, Rubens Santos, Carlos Francisco, Black Jr., Jamila Facury, Karine Teles, Antonio Saboia, Brian Townes, Alli Willow, Jonny Mars, Julia Marie Peterson, James Turpin, Charles Hodges, Chris Doubek, Thardelly Lima, Lia de Itamaracá.

Tráiler

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         Escondida en una colección de escenas cotidianas de una calle de Recife, Sonidos de barrio recuperaba a dos fantasmas del pasado para ajustar las cuentas en el presente con un rico potentado, dueño literal del lugar. En Bacurau, los fantasmas hablan desde el futuro, aunque estableciendo asimismo un juego de espejos con el pasado, para ajustar las cuentas con el neocolonialismo actual que depreda el país y atenta contra sus ciudadanos más vulnerables. En la primera, se relata la historia de una mujer anónima a la que el tráfico de una autopista reduce a una mancha en el suelo. En la segunda, es una aldea entera del noreste brasileño -tierra hostil y turbulenta, de profetas y de bandidos- a la que se trata de borrar del mapa. Y, entremedias de ambas, una plaga de termitas trataba de devorar hasta los cimientos un apartamento cargado de recuerdos, sentimientos y vida en Doña Clara.

         De nuevo, Kleber Mendonça Filho -que firma aquí la obra con Juliano Dornelles, encargado del diseño de producción de sus dos anteriores largometrajes y de otro corto- establece el escenario a través de cierto costumbrismo en el que, poco a poco, se van infiltrando detalles próximos al surrealismo que desvelan la verdadera naturaleza de la función como un western futurista de serie B, guiño a John Carpenter incluido -esa espectral escuela ‘João Carpinteiro’-. Con todo, es una de esas inmersiones en el cine de género que acostumbra a realizar un tipo de películas atentas a su exhibición en los certámenes internacionales de postín, es decir, sin demasiado respeto en el fondo.

En Bacurau, la denuncia posee un fuerte tono satírico que colisiona con el grafismo de la violencia, que hasta encuentra algun momento de crudeza gore. Esa tendencia a la farsa, en la que ganan peso unos caricaturescos villanos, termina por quitarle filo a la crítica y equilibrio a la narración, a la que le falta eficiencia en su progresiva tendencia al exceso. Al final, resulta más interesante impregnarse de los ritmos y la idiosincrasia del pueblo que unirse a la resistencia que, sin siete samuráis ni siete pistoleros que los secunden, deben armar contra un atajo de bandoleros que, pertinentes papeles mediante, vienen avalados por la autoridad constituida: un ridículo, vocinglero y parasitario cacique. En cualquier caso, esa heterodoxa y por momentos suicida combinación de realismo, lisergia, humor, política y agresividad nunca deja de ser sorprendente y estimulante.

         Premio del Jurado en el festival de Cannes, compartido con otra cinta de resistencia, Los miserables.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

Batman vuelve

15 May

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Año: 1992.

Director: Tim Burton.

Reparto: Michael Keaton, Michelle Pfeiffer, Danny DeVito, Christopher Walken, Michael Gough, Michael Murphy, Vincent Schiavelli, Pat Hingle.

Tráiler

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          El éxito de Batman en 1989 propiciaría un aluvión de adaptaciones del cómic de superhéroes que, por supuesto, incluiría una secuela de las aventuras del hombre murciélago, de nuevo con la confianza renovada en ese particular director, Tim Burton, que entretanto había entregado otra pieza de su particularísimo universo entre gótico y naif, Eduardo Manostijeras.

          Aunque su sensibilidad ya era manifiesta en la puesta en escena de la entrega inaugural, Burton, que guardaba un sabor agridulce de la experiencia, negoció su incorporación al proyecto demandando un control del que había carecido en la anterior, novato como era en las grandes producciones de la industria. Gracias a ello, conseguiría que Batman vuelve no fuera una continuación literal, sino prácticamente una película autónoma en la que se moverá con mayor libertad, reescribiendo incluso buena parte del guion previsto y disfrutando de los generosos medios proporcionados por la Warner Brothers, como los grandes espacios para construir a su gusto los decorados de Gotham City, el novedoso sonido Dolby Digital, la introducción de algunos efectos digitales e incluso la importación de pingüinos desde Reino Unido.

No obstante, en coherencia con su estilo, la factura de Batman Vuelve posee una textura más física, más de la vieja escuela, con miniaturas y trampantojos. Muestra de ello es que la gran urbe es todavía más Metrópolis que en Batman, con sus colosos de art decó, la desopilante torre desde la que Max Schreck -bautizado así por el actor de Nosferatu– maneja los designios de Gotham o las retorcidas y siniestras lineas que definen el zoológico abandonado donde mora El Pingüino -que por su parte parece sacado de El gabinete del doctor Caligari-. Referencias al expresionismo alemán que además conectan temáticamente con la trama de conspiración política que se cierne sobre la ciudad gótica, a merced de los turbios planes de un archivillano que llega a citar el incendio del Reichstag.

Con todo, quizás el ejemplo más claro de este dominio burtoniano es la atención y el cariño que la entrada del filme dedica al monstruo, a su villano -otra vez interpretado por otro hombre que voló sobre el nido del cuco, en esta ocasión Danny DeVito-. Es casi un cortometraje de desprecio y marginalidad, de repulsión hacia lo deforme, hacia lo distinto. Una historia, pues, que entronca con la filmografía del cineasta. De hecho, Batman aparece en contadas ocasiones durante el planteamiento de la narración.

          Acaso más curtido, probablemente más relajado, Burton logra una realización más afinada, en la que el tempo de las escenas y el ritmo del filme están mejor resueltos. Es posible que otro rasgo, como esa combinación de humor sórdido, sexual y al mismo tiempo pueril, quede más al arbitrio del espectador. Lo cierto es que deja momentos desconcertantes e incluso incómodos. Porque, en cualquier caso, Burton apuesta por el delirio sobre todas las cosas. En especial, sobre cualquier verosimilitud. No hay nada como un radar de pingüinos para demostrar esta conexión con la atmósfera camp y surrealista de la serie protagonizada por Adam West.

          Batman vuelve obtendría de nuevo el favor de la taquilla, si bien no terminaría de contentar a los mandamases de la Warner, que apostarían por un cambio de tono para la tercera entrega, con Joel Schumacher en la silla de director. Aun así, Burton permanecería en un cargo de productor.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6,5.

La puerta del cielo

20 Mar

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Año: 1980.

Director: Michael Cimino.

Reparto: Kris Kristofferson, Isabelle Huppert, Christopher Walken, John Hurt, Jeff Bridges, Sam Waterston, Brad Dourif, Geoffrey Lewis, David Mansfield, Richard Masur, Nicholas Woodeson, Mickey Rourke, Paul Koslo, Ronnie Hawkins, Terry O’Quinn, Joseph Cotten.

Tráiler

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         “¿Es que no te das cuenta?”, gimotea Bill, ya ebrio a perpetuidad. “Todo ha terminado”.

El malditismo alberga un atractivo hipnótico y extraño. El descalabro del talento, como si cayera víctima de una condena mitológica que castiga su orgulloso atrevimiento de intentar igualar la capacidad creativa de los dioses. En su desmoronamiento, La puerta del cielo, titánica superproducción, arrastraría consigo el porvenir de Kris Kristofferson como protagonista, la carrera como director de Michael Cimino, la independencia de la United Artist y, según las acusaciones tradicionales, el espíritu libre, contestarario y bullicioso del Nuevo Hollywood. Una de las grandes catástrofes del séptimo arte.

         En realidad, la historia de la filmación de La puerta del cielo parece emular, en parte, la que narra en sus fotogramas. El trabajo de Cimino, perfeccionista hasta la extenuación -presupuestaria y de tiempo de rodaje, a lo que se añaden excesos de todo pelaje en el plató e incluso de estafas a los mandamases en el arrendamiento de tierras propias- sería masacrado por la productora que, ejerciendo con mano firme su poder frente al artista, recortaría casi una hora la duración del metraje, hasta dejarlo en 149 minutos. No sería hasta más de tres décadas después cuando el italoamericano conseguiría estrenar una versión más acorde a su planteamiento inicial, con alrededor de dos horas y media de función -versión que es la que aquí se comenta-.

         La puerta del cielo recrea, con sus correspondientes licencias dramáticas, un episodio ocurrido a finales del siglo XIX en el estado de Wyoming: la conocida como la Guerra del Condado de Johnson, en la que la asociación de ganaderos local contrató a un pelotón de mercenarios para dar caza y muerte a una lista de 125 granjeros y ciudadanos que constituían un obstáculo para sus intereses.

Sobre este escenario, Cimino traza un recorrido que, a decir verdad, sigue en buena medida el itinerario de El cazador, la película que lo había consagrado en el olimpo de los nuevos, rebeldes y prodigiosos cineastas de los Estados Unidos. La ceremonia de graduación en Harvard con la que se abre la cinta es análoga a los rituales en los que se trazan los lazos de los protagonistas de la anterior. Es la ceremonia de iniciación antes de, como intuye aquí Bill, despeñarse en uno de los constantes y sangrientos traumas que podrían simbolizar el fin de la inocencia del país: la Guerra de Vietnam en una, un enfrentamiento homicida en la otra; ambas matanzas absurdas que, no obstante, forjan la identidad de una nación mestiza, de aluvión. El orden y el boato de los refinados valses en los jardines queda sepultado por el caos babélico del barrizal donde una miríada de inmigrantes son apaleados sin compasión mientras tratan de escapar desesperadamente de la miseria.

Del primero nace una profunda herida que aún polariza los Estados Unidos, con el otro, pretérito en términos cronológicos, se desenmascara la constitución de un sistema capitalista donde la depredación es el motor del crecimiento, donde la cacareada meritocracia que habilita para conquistar el propagandístico sueño americano es, en realidad, el dinero.

El sheriff James Averill reaparece entre los parias, ahora veinte años más viejo y más cansado, como una especie de misionero que, en lucha con su lacónico desencanto, renuncia a sus privilegios de clase para defender la justicia incluso en contra de los suyos -una dualidad en la que Bill también resurge como atormentado símbolo de una moral degradada-. Aunque, de vez en cuando, una foto en marco de plata todavía ejerce de recuerdo del mundo al que, a fin de cuentas, pertenece -como constatará la relativa incomprensión que, a la postre, se trasluce en sus negociaciones afectivas con la madame a la que da cuerpo Isabelle Huppert, por la que rivaliza contra otro ejemplo de clase trabajadora como es el matón con conciencia autónoma al que Christopher Walken entrega su profunda ambigüedad-. El epílogo certifica este destino discordante.

         Cimino expone este cruce de caminos en plena forja de los Estados Unidos mediante imágenes que muestran un Oeste tan sucio como pictórico, tan realista como poético, tan violento como sobrecogedor, tan revisionista como épico. Megalómana hasta la ensoñación romántica, las elaboradas composiciones flirtrean con el esteticismo, puede que en ocasiones a costa de una mayor limpieza narrativa, dentro de las posibilidades que ofrece el rescate del montaje del director. La monumentalidad del paisaje está lacerada por esa irreparable noción del fin de los tiempos. La mezcla es turbulenta e hipnótica, imperfecta y terriblemente apasionada. Agónica y maldita por necesidad.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8,5.

El americano impasible

24 Feb

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Año: 2002.

Director: Phillip Noyce.

Reparto: Michael Caine, Brendan Fraser, Do Thi Hai Yen, Tzi Ma, Pham Thi Mai Hoa, Holmes Osborne, Robert Stanton, Quang Hai, Ferdinand Hoang, Rade Serbedzija, Mathias Mlekuz.

Tráiler

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         La llegada a las salas de El americano impasible se retrasó varios meses, e incluso estuvo cerca de pasar directamente al mercado doméstico, debido a que la productora, Miramax, temía que su argumento pudiera percibirse como “antipatriótico” en unos Estados Unidos traumatizados por los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Azares de la política internacional, su lanzamiento, finalmente, también estuvo a meses de coincidir con la invasión de Irak. No fueron pocos los que se trazaron comparaciones entre las estrategias del agente de la CIA de la película y las operaciones del país en Oriente Medio.

El americano tranquilo, un hombre de modales educados que pasea por el mundo con la bandera de su idealismo por delante, aparece en la plaza de Saigón donde se acaba de producir una terrible masacre. Observa los resultados de las bombas, detecta la huella de la sangre en sus zapatos y en su impecable traje blanco, se limpia y comienza a dar instrucciones a un subordinado. En la siguiente escena, la mancha de sangre permanece, indeleble, en la pernera de su pantalón. Daños colaterales. La versión de Phillip Noyce, con Christopher Hampton en el guion, devuelve la dimensión política al personaje diseñado por Graham Greene en su novela, y del que había sido lamentablemente despojado en la discreta adaptación que en 1958, apenas tres años después de su publicación, había estrenado Joseph L. Mankiewicz. Asimismo, la fidelidad al texto original no está reñida con la ampliación de su arco de acontecimientos casi una década más allá, puesto que, con ello, se plasma el devenir de los acontecimientos que ya podía vislumbrarse en ella.

         Así las cosas, el relato recobra la turbiedad moral propia del mundo del espionaje que retrata Greene, siempre con el peso de su bagaje personal. No solo por ese individuo de dos caras que pugna por abrir una tercera vía en Indochina entre la decadente Francia colonial y el emergente nacionalismo con injerencias comunistas que lideraba Ho Chi Minh desde el norte. También por la figura llena de arrugas y dobleces del reportero británico que, huido de Inglaterra quién sabe por qué motivos, se encuentra afincado en la capital asiática amancebado con una muchacha local. Cínico y descreído, representa en cierta manera una metáfora de ese viejo mundo imperialista que parasita los placeres exóticos y la juventud de allí donde para. Michael Caine hace maravillas con este periodista que, cuando decide dejar de mantenerse cómodamente al margen de todo, lo hace por motivos y con procedimientos en absoluto limpios.

         Es, por tanto, un duelo complejo el que se establece entre ambos caracteres, así como el que mantienen ellos mismos con sus luces y sus sombras. Noyce lo plasma con una formulación clasicista -incluso con algún tópico, como la forma en la que se expone la conspiración-, quizás por la influencia que podrían tener desde la producción Sydney Pollack y Anthony Minghella, que como directores habían firmado sendas cintas de aventuras, Memorias de África y El paciente inglés, que cumplían con este mismo patrón estético y estilístico.

La decisión, que también es capaz de entregar escenas de una tensión muy bien construida, permite que la narración desarrolle en todo momento los dilemas y resoluciones de los personajes -que, siguiendo con las lecturas alegóricas, emparejan hábil y poderosamente lo político con lo íntimo; el opio, el amor y la guerra que aparece en la presentación-; parte directa de un contexto histórico igual de convulso y tortuoso. La fotografía de Christopher Doyle, experto en filmar escenarios asiáticos con romanticismo, con Deseando Amar como cumbre, dota de textura a los fotogramas e invoca esa atmósfera colorista y sabrosa, pero brumosa y trágica, del Vietnam en dramática transformación de los años cincuenta y sesenta.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7,5.

Ciudadano Kane

24 Ene

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Año: 1941.

Director: Orson Welles.

Reparto: Orson Welles, Joseph Cotten, Dorothy Comingore, Ruth Warrick, Everett Sloane, George Coulouris, Ray Collins, Paul Stewart, Erskine Sandford, William Alland, Agnes Moorehead, Harry Shannon.

Tráiler

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          Los aspirantes a genios deben tirar abajo la puerta del vestuario del primer equipo, como exigía José Antonio Camacho. Más allá de descubrimientos recientes –Corazones del tiempo, Too Much Johnson-, Ciudadano Kane es el debut lógico en el séptimo arte de una personalidad como Orson Welles. No podía haber sido de otra manera. Welles no desembarcó en el cine para pasar inadvertido, para ser uno más. Sobre todo cuando había aterrizado, casi literalmente, desde el espacio exterior, convenciendo a medio país, con su adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, de que habían sido invadidos por los extraterrestres. Ahora, su invasión particular de Hollywood traería consigo una paradoja: la altura de su talento obligará a las producciones venideras a poner techo a sus decorados, una consecuencia de su rompedora concepción del espacio de rodaje y del uso de la técnica.

          Así pues, tras no poder estrenarse de la mano de una obra maestra de la literatura, El corazón de las tinieblas, dotándola además de una mirada cinematográfica completamente nueva -el punto de vista subjetivo de la cámara, que fuerza la perspectiva del espectador, convertido en personaje-, una ambición como la de Welles terminaría desembocando en un retrato arrollador de una criatura mitológica, uno de esos seres atronadores, casi sobrehumanos, que condicionan tiempos y lugares, y en los que él acostumbraría a entrar físicamente, caracterizado como actor, y cinematográficamente, estudiándolos como creador. Este primer desafío hurgará en la intimidad de una de esas figuras patriarcales que se arrogan la escritura el relato legendario de los Estados Unidos. En su primer reto, Welles se arroja contra un magnate, William Randolph Hearst, potentado de la prensa que inspira en buena medida a Charles Foster Kane. La primera batalla cae del lado del poderoso: sus descomunales tentáculos influirán, entre otros factores, en el fracaso comercial de la cinta. La guerra será para Welles: Ciudadano Kane es uno de los títulos recurrentes para encabezar las listas de mejores películas de la historia.

          Pero quizás sea una victoria pírrica. Nunca, como en esta primera obra, Welles contará con semejante libertad artística, así como con unos medios de producción afines a sus aspiraciones. Gregg Toland en la fotografía, Bernard Herrmann en la partitura, Perry Ferguson en la dirección artística, Robert Wise en el montaje. Su troupe de la Mercury Theatre en el reparto. La base a partir de la cual empezar a embeberse en el puzzle de Charles Foster Kane. Un enigma sepultado en un castillo colosal, detrás de unas vallas infranqueables, bajo la deslumbrante luz de unos focos perpetuos. Las incógnitas humanas serán la clave del cine de Welles desde este primer hito. Las existencias de los individuos comparecen como historias inabarcables, con pasajes perdidos, acciones contradictorias, narradores poco fiables o directamente fraudulentos, testigos parciales o interesados, mentiras, medias verdades y verdades como puños. Hay un enfrentamiento directo entre la verdad pública de Charles Foster Kane, recolectada en un noticiario de cine, y la verdad íntima y última de su vida, que es en la que indaga, como representante del espectador, un periodista cualquiera, prácticamente anónimo y sin rostro.

          Una teoría clásica sostiene que Edipo Rey es el primer relato de detectives de la historia, en el que el trágico protagonista investiga un asesinato y una violación para descubrir, a través de un recorrido existencialista, que el culpable es, en realidad, él mismo. Ciudadano Kane es, fundamentalmente, una investigación. Unas pesquisas que tratan de completar o de dar sentido a un ser humano misterioso. Tan enigmático como cualquiera de nosotros, a pesar de sus dimensiones ciclópeas. O tal vez más, en fin, debido precisamente al brillo cegador que proviene de esa sobreexposición inaudita. De este modo, ese interés por la perspectiva que ya mostraba Welles se ajusta aquí a una nueva forma de abordar la imagen, la construcción del fotograma y de la escena. Hasta cuatro planos de profundidad en una composición, grandes angulares, travellings verticales, contrapicados y encuadres forzados, reflejos multiplicados, distintas texturas en la fotografía, montajes que juegan constantemente con una narración fragmentada en saltos temporales, cambios de tono e incluso de género, innovaciones sonoras… Un mundo que, si acaso no enteramente nuevo, sí cobraba nuevos y poderosos significados, transgrediendo el intento de dirigir con presunto realismo y naturalidad la mirada del espectador hacia lo que se cuenta, como era costumbre en el cine del periodo.

          Nada se puede dar por seguro, por objetivo, en esta aproximación a Charles Foster Kane, que se aborda, según cada entrevistado, desde una óptica empresarial, periodística, amistosa o romántica. Siempre insuficientes para catalogar una vida, si bien, por el camino, en su monumentalidad hasta exagerada, Welles desarrolla una ácida concepción satírica ese prohombre hecho a sí mismo, héroe de la mitología nacional. Y en ella se incluye un apunte, puede que un tanto sencillo -o como sentencia el investigador, tan solo una pieza más de un rompecabezas interminable-, a propósito del paraíso perdido de la infancia y la impotencia que sufre hasta del tipo más rico del mundo para comprar un dinosaurio, como diría Homer Simpson en referencia al multimillonario Montgomery Burns, un personaje y una serie profundamente marcados por Ciudadano Kane. El hombre más grande del mundo; el mayor perdedor de todos los tiempos. El genio que conquista el séptimo arte y al que el sistema del cine derrota en la primera partida.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 9,5.

El mensajero del miedo

22 Ene

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Año: 1962.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Frank Sinatra, Laurence Harvey, Angela Lansbury, James Gregory, Janet Leigh, Leslie Parrish, John McGiver, Khig Dhiegh, Henry Silva, Albert Paulsen.

Tráiler

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         “Un poco de humor, Zilkov, siempre un poco de humor”, aconseja constantemente el psiquiatra Yen Lo a su atribulado enlace soviético en Nueva York mientras afinan los cables de su arma humana definitiva: un veterano de la Guerra de Corea, condecorado con las máximas distinciones, que, después de un intenso lavado de cerebro, se convierte en un títere en sus manos comunistas.

El humor convierte al monstruo en un ser de carne y hueso, y por tanto lo hace más terrible. También desnuda el trágico patetismo que se esconde detrás de las acciones humanas, envueltas en un devenir de los acontecimientos en el cual los intentos de ordenar el caos mediante razones, ideas y valores son simples lazos que tratan de atrapar un absurdo inasible.

         El mensajero del miedo es un thriller de una nueva era, en la que John Fitzgerald Kennedy construía un Camelot prometido para limpiar la corrupción con la que el macarthismo había mancillado al autoproclamado país de la Libertad. Pero es un tiempo, no obstante, en el que la Guerra Fría se agitaba con virulencia y la inquietud por el enemigo quintacolumnista, aunque no tan exacerbada, continuaba vigente en la psicología colectiva. Haciendo palanca en esta tensión solapada, el filme apunta como ese antagonista encubierto a un héroe de historial aparentemente intachable para, según arrecia la paranoia, desvelar cuáles son los verdaderos detractores de las libertades sociodemocráticas. El tono abiertamente satírico con el que Richard Condon escribía su novela reaviva hoy sus llamas cuando en Estados Unidos intentan dilucidar las conexiones de su palurdo presidente, Donald Trump, con la Rusia del no menos tosco Vladimir Putin.

Con independencia de lo grave o superficial que sea esta relación entre ultranacionalistas alfa, merece la pena revisar los vínculos que comparte el trumpismo con el iselinismo, que es el estilo político que, en El mensajero del miedo, abandera ‘Big John’ Iselin, estridente senador con aspiraciones vicepresidenciales que, aún por entonces, emulaba los desafueros anticomunistas, chabacanos y etílicos del inefable Joseph McCarthy. La campechana e inepta vulgaridad que desprende James Gregory es magnífica.

         Iselin es otra de las piezas que convergen en una trama verdaderamente enrevesada, con algunos principios y cabos tan forzados como ese flechazo de una atractiva pasajera por un compañero de cabina neurasténico y sudoroso, aunque bien vale darlo por bueno solo con tal de llegar a una delirante conversación entre vagones, con un insólita partenaire femenina rebosante de ingenio -no recuerdo demasiados ejemplos de este arquetipo con semejante agudeza en el manejo a bocajarro del comentario absurdo- en la que la Janet Leigh demuestra, además, una extraordinaria capacidad cómica -e interpretativa-.

Este sentido del humor, que tanto defiende el doctor Yen Lo, contribuye a acrecentar la sensación de delirio que envuelven las pesadillas del comandante Marco (Frank Sinatra), que se van tornando desconcertantemente ciertas. Tan ciertas y probables, tan absurdas, como la vida real, donde las imágenes son todavía más torcidas, sombrías y borrosas que las que compone John Frankenheimer.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

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