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La guerra del planeta de los simios

15 Jul

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Año: 2017.

Director: Matt Reeves.

Reparto: Andy Serkis, Woody Harrelson, Karin Konoval, Steve Zahn, Amiah Miller, Terry Notary, Ty Olsson, Michael AdamthwaiteSara Canning, Devyn Dalton, Gabriel Chavarria, Toby Kebbell.

Tráiler

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          El origen del planeta de los simios contenía en su primera mitad una intensa reflexión acerca del diferente, del inquietante desconocido, del Otro; un notable punto de partida que asentaba el principal arco temático de este ‘reboot’ en el que los profusos guiños al resto de la saga tienden a imponer una reversión del punto de vista del relato. El amanecer del planeta de los simios abundaba con acierto en esta cuestión a través de un esquema propio de un western fronterizo, en el que dos culturas colisionan impulsadas por la tensión y el miedo que genera el puro instinto de la supervivencia. La guerra del planeta de los simios conserva buena parte de la solidez dramática de sus predecesoras para cerrar con dignidad una trilogía que demuestra las posibilidades de conciliación entre los valores comerciales de un producto y la madurez artística del mismo. En ella, mientras que el chimpancé César perfecciona su comunicación verbal, los humanos la reducen, voluntaria e involuntariamente, a una guturalización primitiva.

          De nuevo con Matt Reeves en la dirección, también posee resonancias westernianas la introducción de La guerra del planeta de los simios, donde se presenta una cabalgada monomaníaca alimentada por el odio y emprendida en una atmósfera luctuosa y terminal, todo cansancio y tristeza, acorde al contexto físico y sentimental de un César que sufre las pruebas del patriarca bíblico que parece encarnar y coherente con la constatación de la imposibilidad de la utopía que emergía en el episodio anterior. En este sentido, el filme resulta más conseguido -o cuanto menos más intrigante- cuando se aproxima a Sin perdón o Centauros del desierto, a su tono de pesimismo espectral -hasta cabría entender al extravagante chimpancé que ejerce de alivio humorístico como un Mose Harper sacado de su mecedora-, y no tanto a Apocalypse Now, otra obra magna que ejerce de gran foco de gravedad de la función, a la que se dedican insistentes referencias tanto con el aspecto y el discurso de su propio coronel desquiciado -allí Kurtz, aquí McCullough-, como por la ciudadela donde se le rinde culto, la música de Jimi Hendrix que se escucha o incluso las pintadas explícitamente alusivas que adornan el lugar.

Puede entreverse con ello que, aun tratándose la heterofobia de un tema universal a la especie humana, la serie sigue conjurando particularmente los demonios históricos de los Estados Unidos, puesto que después de plantear una equivalencia entre los primates y los indígenas norteamericanos en El amanecer del planeta de los simios, se diría que ahora el escenario se traslada solapadamente al delirio marcial de la Guerra de Vietnam -es curioso que los dos blockbusters de la temporada protagonizados por hominoideos excepcionales, Kong: La Isla Calavera y la presente, recurran a este trauma nacional para dotar de contenido trágico a su argumento-. “Historia, historia, historia”, mantiene grabado McCullough en la pared de su guarida.

          McCullough y la confrontación con su ejército se desarrollan pues con cierta caída en el tópico -lo que abarca la sobreactuación de Woody Harrelson-, al mismo tiempo que el conflicto dramático -el mensaje político por un lado, las contradicciones internas de César por otro, finalmente más descuidadas- cede terreno a la acción evasiva, manifestada en la incursión en el subgénero bélico de las fugas de campos de concentración. Con todo y ello, y a pesar de que el guion deja algunos detalles de fragilidad lógica, esta faceta de La guerra del planeta de los simios sabe ser entretenida -la batalla en el bosque de la apertura era ya una buena muestra de su talento para la espectacularidad- y modera las ínfulas de grandilocuencia de una obra en la que se corre el riesgo de excederse en la dotación de atributos humanos a los animales protagonistas, hasta el punto de que pudieran convertirse no en simios pensantes, sino en personas ridículamente disfrazadas.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5. 

Corazones indomables

24 Feb

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Año: 1939.

Director: John Ford.

Reparto: Henry Fonda, Claudette Colbert, Edna May Oliver, Ward BondEddie Collins, Arthur Shields, Roger Imhof, Jefe John Big Tree, John Carradine.

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            Es interesante como John Ford rueda en Corazones indomables la batalla de Oriskany, uno de los enfrentamientos decisivos de la campaña de Saratoga que, a su vez, comenzaría a inclinar la balanza de la Guerra de la independencia de los Estados Unidos en favor de los colonos americanos. Acuciado por el ambicioso mandamás Darryl F. Zanuck y por el retraso acumulado ya durante la filmación, el cineasta concentraría su cámara en Henry Fonda -por aquellos años representación de su particular arquetipo heroico- y en la narración que el actor hace de los hechos bélicos, que se intercalan con los preparativos para la amputación de una pierna al general Nicholas Herkimer mientras afuera arrecia la tormenta -ecos de cuando el cielo atronaba durante la desalentadora llegada del granjero y su esposa al valle Mohawk-. La batalla, en definitiva, nunca aparece en pantalla. No hay espectáculo. Solo un relato trágico, desgarrador, de sucesos terribles y vergonzosos para el ser humano; todo dolor, muerte y miseria.

Esa es la mirada que Ford arroja sobre una victoria nacional, que de esta manera se convierte en la escena más poderosa del filme.

            Corazones indomables sobresale sobre aparentes tópicos genéricos acerca de la villanía del indio -la confederación iroquesa era aliada de los lealistas y del Imperio británico, si bien existían disensiones entre las tribus en cuanto a la forja de alianzas- o del canto épico del nacimiento del país, bajo cuya bandera de barras y estrellas prosperan en libertad las distintas gentes que conforman su pueblo -el izado conjunto del desenlace-. Humanista esquinado, la reconstrucción que Ford hace de este pasaje histórico se funde en la epopeya de la conquista del territorio -la perseverancia y el coraje de los colonos, bendecidos por el amor y por Dios para vencer a las vicisitudes que plantee el destino-; sólida en la plasmación de su espíritu aventurero y la excitación por el peligro constante, elementos que contribuyen a afianzar el sentido de la comunidad que se canaliza asimismo a través de la solidaridad colectiva, de los bailes, las borracheras, las comilonas y las bromas.

Pero, al mismo tiempo, arroja un buen puñado de sombras sobre su vertiente marcial -la definición del conflicto como un asunto de impuestos, el absurdo de la masacre, la contraposición del destructivo belicismo masculino frente a la actividad creadora del batallón de mujeres organizado para asistir un parto, la desconcertante y tragicómica necedad del incendio de la casa colonial-. Eran tiempos, recordemos, en los que se palpaba la tensión de la guerra -la película se estrena apenas dos meses después de la invasión alemana de Polonia, fecha de inicio de la Segunda Guerra Mundial-.

            En lugar de desplegar en la batalla las posibilidades de la generosa producción, Ford prefiere hacer uso de ellas, en especial de la lujosa fotografía en color -que aparece por primera vez en su obra-, para potenciar la belleza estética de secuencias como la carrera al alba. Además, reúne en el reparto a varios de sus habituales, como Ward Bond o John Carradine, para modelar la historia a su gusto, dotándola de su característico catálogo de personajes secundarios carismáticos; un matiz dionisíaco respecto de sus apolíneos protagonistas -Henry Fonda y Claudette Colbert en un género poco habitual en su carrera-. Ahí comparecen el bárbaro bonachón, el borracho bufonesco, el párroco de iluminada fiereza, el indio occidentalizado solo a medias y, destacando entre ellos, la impetuosa matriarca que encarna Edna May Oliver.

Pinceladas de color que refuerzan la vitalidad de un western también ambientado en un periodo atípico, pues la frontera aún no superaba los límites del actual estado de Nueva York, y que resulta por tanto una atractiva curiosidad.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Hasta el último hombre

12 Dic

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Año: 2016.

Director: Mel Gibson.

Reparto: Andrew Garfield, Teresa Palmer, Hugo Weaving, Rachel Griffiths, Sam Worthington, Vince Vaughn, Luke Bracey

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          Desterrado del Olimpo pagano de Hollywood a causa de su inflamado fanatismo cristiano, Mel Gibson abandona la agresividad de la espada para orientar su prédica hacia la identificación de Dios y el amor. A la espera de ver los derroteros que toma la continuación de la acusatoria La pasión de Cristo, todo tormento y culpa, Hasta el último hombre expone un nuevo testamento en el que un individuo común queda libre de pecado a través de hacer el Bien. En esta alegoría protagonizada por un santo cuya bondad es incomprendida en tiempos de la peste, como si de una segunda venida del Salvador se tratase, Gibson escoge la hagiografía del soldado Desmond D. Doss -el primer objetor de conciencia en cumplir la paradoja de obtener una Medalla de Honor por su heroismo en el campo de combate, del que rescató de la Parca a más de medio centenar de compañeros-, para pregonar un mensaje acerca de la preponderancia de la conciencia cristiana y humanística por encima de las turbulencias de lo temporal, producto de la corrupción de la carne.

A tal fin, presenta el conflicto de un puritano inquebrantable que ve cuestionado su credo en el Infierno en la Tierra; atrapado en un lugar donde no parece haber Dios y en el que los hombres niegan su sagrada palabra, entregándose a la perdición. Por ello, Hasta el último hombre abre sus fotogramas en los abismos de la razón, la batalla de Hacksaw Ridge en la cruenta campaña del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial, donde el hombre se ha entregado al homicidio de su par. No obstante, el soldado Doss (el cándido Andrew Garfield, que siendo Spiderman aprendió que todo héroe carga con un gran responsabilidad), experimentará dos cruzadas a lo largo del metraje: una ideológica, en la que lucha por la prevalencia de su moral en medio de los ataques de los incrédulos, y otra ya estrictamente bélica, donde con su sacrificio demuestra a los hombres de poca fe la verdad que descansa en la observación del mandato divino.

          Así pues, al estilo de la propagandística El sargento York, en la primera se reproduce el debate moral entre los límites de la conciencia y el deber patriótico del ciudadano, con incisión en conceptos como el mal mayor y la justificación de la violencia ante situaciones flagrantemente injustas o como simple reacción de supervivencia.

Y, como aquella, Hasta el último hombre tampoco es exactamente una película pacifista, a pesar de invocar el compromiso ético de este ser extraordinario y el sustrato firmemente cristiano del que procede. Tras las sucesivas pruebas de fe y su propia reinterpretación de las dudas de Jesús en el Getsemaní, la purificación de Todd -lastrado él también por el pecado original que encarna su padre y materializado en el trauma del atentado pseudocainita contra su mismísimo hermano-, es la purificación del Ejército en su conjunto, bendecido y legitimado por el mártir que vela por ellos, de rezo y de obra, por más de que hasta entonces se haya insistido en que del frente solo retornan cadáveres, sea en caja de roble, sea con monstruosas cicatrices físicas, sea con todavía peores huellas psicológicas, caminando pero con el interior desgarrado en jirones irreparables.

De igual manera, el enemigo japonés está construido con características que bordean lo sobrenatural y lo abstracto, surgido en legión del averno subterráneo, entre la ira y el fuego. Satán se le denomina en el guion; su dogma es la muerte. Muerte en la victoria y muerte en la derrota. Apenas se le personaliza, si bien la reverencia con la que Gibson filma un seppuku podría considerarse por su parte una cierta muestra de reconocimiento e incluso respeto hacia otra creencia, esta vez rigurosamente marcial y terrible.

          Tratada la angustia y el dilema del hombre como ente espiritual frente a la barbarie deshumanizada de la guerra con mayor profundidad y lirismo en La delgada línea rojaHasta el último hombre se emplea por su parte con inmisericorde crueldad en el retrato de las miserias bélicas, llevando un paso más allá el sanguinolento hiperrealismo de Salvar al soldado Ryan para arrojar contra el espectador pasivo un diluvio de vísceras y miembros cercenados.

No es una truculencia inadecuada en vista del discurso que esgrime el cineasta, que necesita mostrar el calvario para enaltecer el coraje de su héroe y que sutileza intelectual tiene poca. Pero otros planos épicos de contrapicados con música a juego o las conclusiones verbalizadas del desenlace sí resultan más pueriles en este aspecto, en especial si se comparan con la fuerza narrativa que posee el preludio del horror -representada mediante rostros desencajados, miradas vacías e inmundicia terrenal- y la fuerza temática que aporta al relato esa figura ambigua, tempestuosa y patética del progenitor.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

Senderos de gloria

29 Oct

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Año: 1957.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Kirk Douglas, Ralph Meeker, Adolphe Menjou, George Macready, Wayne Morris, Timothy Carey, Joseph Turkel, Susanne Christiane.

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          Al coronel Dax le hubiera sido útil disponer de un ejemplar de El buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek, para defender a sus compañeros de pelotón en el consejo de guerra que centra Senderos de gloria. Siguiendo los pasos del protagonista del libro -un personaje antikafkiano inmerso en el estallido de la Primera Guerra Mundial– hubiera constatado que a un sistema absurdo,  diseñado para devorar al ser humano, solo se le puede combatir empleando sus propias armas: ese mismo absurdo desquiciado por el patrioterismo, el belicismo, el clasismo y el totalitarismo. Pero Dax, como por el contrario le ocurre a las criaturas de Franz Kafka, pretende hacer acopio de lógica, razón y humanidad para enfrentarse al monstruo, insensible ante semejantes ideales.

          Inspirada en hechos reales -reconstruidos por el veterano de la Gran Guerra Humphrey Cobb en una novela publicada en 1935-, Senderos de gloria plantea en su argumento la última afrenta parida por la mayor abominación del mundo, la guerra: el procesamiento, bajo pena de muerte, de varios soldados acusados de cobardía ante el enemigo en las zanjas del Somme. Es decir, un pedazo vívido de aquel horror moral que décadas más tarde el coronel Kurtz instaría a aliarse con él para triunfar en el ‘ars belli’, despedazado como estaba por su febril enajenación vietnamita. Diezmar a los nuestros para la gloria de los nuestros.

Stanley Kubrick, apoyado en el guion por el despiadado Jim Thompson, descerraja una sucesión de golpes coléricos, injusticia tras injusticia, que atentan contra el falaz romanticismo bélico, la estupidez sádica del alto mando siempre entusiasmado por practicar anacrónicos juegos de guerra o los violentos arrebatos patrióticos de las naciones. Con un presupuesto relativamente limitado, el cineasta neoyorkino filma la suciedad y la miseria de las trincheras con una fotografía dueña de una textura que recuerda a los revelados en plata del periodo, y por medio de la cual captura la tensión, el miedo, la inmundicia y la muerte que domina episodios como la penosa y terrible ofensiva que ejerce de punto de inflexión en el relato.

La expresividad del blanco y negro quedará de manifiesto especialmente en el desenlace, añadidura tenuemente esperanzada sobre el material original de Cobb y que, como si de cine silente se tratase, recurre al paisaje de los rostros de los actores, subrayados con una dulce canción popular, para cargar de una palpitante emoción el cierre de la películaLa narración de Kubrick funciona perfectamente en este espacio enjuto, constreñido en 88 minutos de metraje, contradiciendo la tendencia expansiva que dominará su obra posterior, liberada de corsés gracias a su prestigio cosechado y, en ocasiones, para perjuicio de los resultados.

          Dentro de un contexto histórico de Guerra Fría, desde la independiente y desengañada generación de la violencia de Hollywood comenzaba a mirarse de manera crítica las soflamas belicistas con filmes como Casco de acero, de Samuel Fuller; ¡Ataque!, de Robert Aldrich, o, más tardía, La cruz de hierro, de Sam Peckinpah. Al igual que en esta última, también comparecen aquí militares de cuna ávidos de colgarse en la pechera medallas bañadas en la sangre de sus subordinados, concepto desde el que parte otra clase de cobardía paralela a la que se denuncia en el juicio sumario: la que exhibe una jerarquía militar que huye despavorida en lugar de hacer frente a las consecuencias morales que conllevan sus delirios marciales.

La rabia con la que lucha Dax alumbra a su paso un reguero de seres patéticos y deformados que empujan el discurso bien hacia cierto maniqueísmo –quedaría discutir si justificado-, bien hacia cierto humor negro tremendamente ácido por su naturaleza involuntaria aunque furibunda, especialmente condensada en el general Broulard (el aparentemente apacible Adolphe Menjou), firme representante de la banalidad, o no, del mal.

          Productor y estrella de la función, Kirk Douglas consolidaba con Senderos de gloria su icono contestatario y comprometido, necesario para la regeneración de un país enfangado por los lodos de la paranoia maccarthista. Una postura que, de hecho, de nuevo con Kubrick a su servicio, le permitiría luego rescatar del ostracismo a Dalton Trumbo merced Espartaco, otra figura histórica de potente y extrapolable significado social contemporáneo.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,5.

Nota del blog: 9,5.

Nacido el cuatro de julio

27 Oct

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Año: 1989.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Tom CruiseKyra Sedgwick, Caroline Kava, Raymond J. Barry, Frank Whaley, Jerry Levine, Willem Dafoe, Tom Berenguer.

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           Después de consagrarse como una de las principales voces críticas del Hollywood del final del milenio con Platoon, Oliver Stone, un cineasta firmemente posicionado contra la tendencia imperialista de los Estados Unidos contemporáneos, continuaba con su revisión crítica de la Guerra de Vietnam con Nacido el cuatro de julio, segunda entrega de una serie que se convertiría más tarde en trilogía merced a El cielo y la tierra.

           Si en la primera había echado mano de sus propias memorias bélicas de veterano, en esta ocasión Stone recurre a otro punto de vista que, curiosamente, acerca aún más su objetivo a la primera persona. Así, el director y guionista neoyorkino traslada a la pantalla las experiencias traumáticas del excombatiente Ron Kovic –cuyo relato ya habían tanteado William Friedkin y Al Pacino una década atrás- para ofrecer un nuevo matiz sobre este horror absurdo que representó la guerra en el sureste asiático.

Un escalpelo afilado por la muerte y la sinrazón por medio del cual diseccionar la esencia de una nación guerrera que se encuentra casi en permanente estado de lucha, en constante enfrentamiento contra unos enemigos frente a los que encuentra justificaciones insoslayables –la Segunda Guerra Mundial– o bastante más dudosas –Vietnam dentro de la Teoría del dominó que caracterizará varios de los puntos calientes de la Guerra Fría; la inminente Guerra del Golfo, apenas un año posterior al estreno de la película-.

           Nacido el cuatro de julio recompone el recorrido de Kovic entre los distintos círculos del infierno que, paradójicamente, parten de un engañoso paraíso: el de la América idílica e idealista, familiar y amable, orgullosa del soldado, admirada por una supuesta gloria marcial que ya se advierte turbia desde el primer desfile, y que cría a generaciones enteras para sacrificarlas en los lodos de su insaciable maquinaria bélica, al servicio de un poder corrompido y deshumanizado –el cual, en un avance de la filmografía de Stone, alcanzará su punto álgido personificado en la figura del presidente Richard Nixon-.

De este modo, el filme contrapone la postal del sueño prometido contra la miseria escatológica de la pesadilla; el elogio del soldado noble y valiente del Boinas verdes de John Wayne contra la muerte y el caos indiscriminados de la refriega verdadera; la noción romántica del heroísmo individual contra el patetismo de la realidad movida por intereses terrenales; la alta política con la vida del ciudadano común al que se exige derrochar una épica carente de sentido, supuestamente predestinado por los designios falaces que esgrime la filosofía del país.

           La historia de Kovic -interpretado por un poco convincente Tom Cruise, luego nominado al Óscar y cuya elección para el papel se entiende no obstante como una parte más de la postal bucólica del planteamiento inicial; esto es, como revisión del Maverick de Top Gun (Ídolos del aire)-, es la de un hombre cualquiera zarandeado por esta terrible dicotomía y por los acontecimientos que lo atropellan.

Y funciona por tanto como una exposición de los males de la cuestionable política exterior estadounidense y, en cierta manera, como un camino de redención personal -y deseablemente nacional- en el que la progresiva adquisición de conciencia y compromiso por parte del protagonista viene a simbolizar una odisea de vuelta a casa.

         Rodada con un estilo más clásico de lo habitual en Stone –Óscar al mejor director-, a veces su ambición expansiva se torna en redundancia, pero también consigue propinar golpes duros y certeros en su discurso antibelicista y en su cuestionamiento de la naturaleza de los Estados Unidos.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Beasts of No Nation

22 Jun

“Vivimos en un mundo que a veces es mucho peor que cualquier cosa que podamos imaginar.”

David Lynch

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Beasts of No Nation

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Beasts of No Nation

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Año: 2015.

Director: Cary Joji Fukunaga.

Reparto: Abraham Atta, Idris Elba, Emmanuel Nii Adom Quaye, Teibu Owusu Achcampong, Annointed Wesseh, Kobina Amissah-Sam, Ama K. Abebrese, Frances Weddey.

Tráiler

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           No hay mayor contraste posible para expresar la dualidad moral del ser humano que enfrentar la pureza de la infancia contra la abyecta ferocidad de la guerra. El sacrificio de los inocentes, víctimas de la maldad acumulada por un cuerpo adulto que ha perdido de vista, hasta las últimas consecuencias, los valores innatos de buen salvaje rousseauniano que se les presume a los niños.

Si bien la fórmula más habitual, campo abonado para el pañuelo moquero, es la de introducir al pequeño en un ambiente bélico para convertirlo en víctima sacrificial –y acaso redentora, mediante un martirologio de Cristo redivivo-, también hay obras que le incluyen como parte activa en el conflicto, yendo un paso más allá en el retrato de esas contradicciones entre la esencia de vida que ha de encarnar la infancia –el futuro, el goce, la maravilla- y la crudeza a la que le enfrenta la degradada naturaleza humana –la violencia contra el prójimo, la muerte, el horror moral-. Ambas soviéticas y ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, ahí dejan su ejemplo La infancia de Iván y Masacre: ven y mira.

Pero quizás este conflicto específico, dadas sus características y su lejanía temporal, no es el más favorable para capturar la sensibilidad actual a propósito de la figura del niño soldado. Más reciente en el estreno y la ambientación, cabría mencionar la mexicana Voces inocentes, relato autobiográfico del guionista Óscar Torres acerca de su reclutamiento por el ejército gubernamental de El Salvador en su lucha contra el FMLN. También Alias María, en Colombia. Sin embargo, la perspectiva euro-anglocéntrica vincula este problema especialmente con África, sobre todo por el dominio público de las correrías de señores de la guerra como el ugandés Joseph Kony y su Ejército de Resistencia del Señor. En el cine, este particular ya ha sido abordado frontalmente por cintas como la liberiana Johnny Mad Dog: Los niños soldado, la alemana Heart of Fire o la canadiense Rebelde (Rebelle), nominada al Óscar a la mejor película de habla no inglesa. Este tema sería el escogido por Netflix para continuar con su consolidación como productora y distribuidora de prestigio.

           La plataforma de entretenimiento audiovisual en streaming adquiría así los derechos de Beasts of No Nation, un proyecto en el que el cineasta Cary Joji Fukunaga llevaba trabajando más de un lustro, auspiciado ahora, definitivamente, por el prestigio crítico cosechado con la serie True Detective -que, a su modo, era otro viaje inmersivo en la descomposición moral del hombre contemporáneo-.

Basada en una novela superventas del nigeriano Uzodinma Iweala, Beasts of No Nation captura el viaje al infierno de un niño de un país anónimo del África subsahariana al que las circunstancias arrastran al frente de batalla. La estética escogida por Fukunaga para componer en imágenes la narración de Iweala, adaptada por él mismo, tampoco diferirá en exceso del refinamiento estilístico mostrado en la serie de la HBO, puesto que la pesadilla febril en la que se va sumergiendo el argumento alcanza un grado de elaboración onírica semejante, incluso con recursos formalistas como el coloreado de los fotogramas. A partir de ahí se establece una virulenta confrontación entre la violencia física y psicológica del relato -cristalizada en el correspondiente aunque puntual y contenido grafismo que manan algunas secuencias- y la persistencia enconada de la mirada infantil.

El viaje, de hecho, parte de una situación en la que el filme, salvando las distancias, se esfuerza en asimilar la vida de este niño en territorio neutral con la del espectador occidental, enfatizada a través de elementos como la calidez familiar, las convicciones éticas cristianas, el reflejo divertido de las inquietudes y procesos mentales típicos de su etapa vital, o por detalles ‘civilizados’ que quieren separar el escenario del costumbrismo regionalista, caso de la creencia ingenua del chaval de que los leones solo habitan en los zoológicos. Esta intención de crear una empatía completa entre el ignorante hombre blanco y el sufriente protagonista, a priori tan distante de su contexto cotidiano por localización geográfica como por situación sociopolítica, se refuerza con el empleo de la voz en off con la que el crío verbaliza los sentimientos que despierta en él esta experiencia traumática -este descenso forzado a los infiernos-, subrayando el tono moral del discurso.

           El catalizador de esta espiral demencial y alucinada es la figura carismática, iluminada y barbárica del Comandante, líder anónimo de una facción rebelde que encuentra en el secuestro de niños la base de su batallón. No obstante, su irrupción se percibe pareja inicialmente al resto de monstruos que pueblan el tablero de juego, a espaldas del interés de los países dominantes del orbe o, en el peor de los casos, bajo su anuencia y respaldo –con todo, no vayamos a abusar de criticismo, el personaje foráneo que comparece con mayor claridad ante la cámara tiene de rasgos chinos-.

La influencia a uno y otro lado de la pantalla de este Kurtz nativo, alejado de los vapores lisérgicos y metafísicos de los setenta, terrible por su verosímil proximidad a citados modelos reales como Joseph Kony, es uno de los factores más poderosos de Beasts of No Nation, gracias a la habilidad del realizador para imponer su hechizo sobre el escenario, esté o no presente en él. Aunque, obviamente, aquí la pieza clave es la imponente presencia física de Idris Elba. Aun así, el debutante Abraham Atta no se ve arrastrado por la arrolladora contundencia del líder del reparto y consigue que su protagonista combine, conmovedoramente, dulzura y dureza en sus gestos.

           Hay ocasiones en las que se echa en falta una pizca más de concreción, ya que el metraje queda un tanto descompensado, sobre todo en un tramo final, cuando la campaña se desploma bajo el peso de su propia irracionalidad e inaceptabilidad a la manera de la epopeya de Aguirre, la cólera de Dios o de su emulación coppoliana en Vietnam –resuenan ecos distantes entre las trincheras de la paupérrima mina de oro y el puente de Do Lung-. Un segmento donde, esta vez, parece perderse un tanto la fuerza precedente, pese a ser más proclive para haber abundado en este concepto de enajenación alucinada.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Espías desde el cielo

22 May

“No se puede decir que la civilización no avanza… De hecho, en cada guerra te matan de una manera diferente”

Will Rogers

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Espías desde el cielo

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Espías desde el cielo

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Año: 2015.

Director: Gavin Hood.

Reparto: Helen Mirren, Aaron Paul, Alan Rickman, Phoebe Fox, Barkhad Abdi, Jeremy Northam, Richard McCabe, Monica Dolan, Iain Glen, Babou Ceesay, Kim Engelbrecht, Aisha Takow.

Tráiler

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            Es de los pocos ejercicios académicos de los que tengo un recuerdo medianamente completo, y es porque era el tema principal del primer examen que suspendí en mi carrera de estudiante. Fue en la primera evaluación de Ética de 4º de la ESO y, además, lo suspendí a lo grande. Sin paliativos. El ejercicio en cuestión –éste en concreto, o al menos uno bastante aproximado– pedía elaborar un razonamiento moral a partir de un texto de José Ortega y Gasset, que a su vez tomaba un fragmento de la tragedia Troilo y Cressida de William Shakespeare, y en el que dos figuras mitológicas de la Guerra de Troya, Héctor y Troilo, discutían sobre la posibilidad de entregar a Helena a lo aqueos para salvar a su patria de la destrucción en ciernes.

En síntesis, el eje de la disputa versaba sobre si el valor de una vida humana se podía someter a un juicio subjetivo –es decir, que el valor de esa vida humana sea el que cada cual le otorgue según su entendimiento- o si, por el contrario, la existencia de una persona posee en sí misma una estimación objetiva, ostentada por derecho e inexpugnable frente a los argumentos de las partes implicadas en el debate.

            Espías desde el cielo es la reformulación de este planteamiento del filósofo madrileño, donde  la argiva Helena queda sustituida por una niña keniata con un puesto de pan anexo a la vivienda donde un grupo de terroristas de Al-Shabab preparan un nuevo atentado suicida, de ejecución inminente, y que está siendo vigilado por las fuerzas conjuntas de Reino Unido y Estados Unidos a través de un dron, con orden de eliminar a los objetivos a bombazos.

Estamos por tanto ante un filme de cuartos cerrados, de diálogo y no de acción, al estilo de Doce hombres sin piedad o Punto límite, este último dueño asimismo de una guerra de despachos donde, al igual que en la presente, comparecen importantes dosis de patetismo político-burocrático. Qué lejos queda a estas alturas de Historia la guerra directa y presuntamente heroica, de acuerdo con los cantos épicos tradicionales, a la que reverenciaban desafueros como Black Hawk derribado, por citar un ejemplo en el que se comparta escenario y prácticamente situación geopolítica y, más aún, sobre hechos de apenas hace una veintena de años.

            El suspense de Espías desde el cielo, por tanto, proviene de negociaciones y eventos estáticos, del esfuerzo intelectual en sumarse, quedamente, al debate propuesto por los personajes. A estos efectos, la administración de la tensión y el pulso narrativo que luce Gavin Hood son espléndidos –era la única tarea que prácticamente le competía como director, tratándose como se trata de una película de guion, firmado aquí por el relativamente desconocido Guy Hibbert, escritor más acostumbrado a prodigarse en telefilmes y series de televisión que en largometrajes para la gran pantalla-.

            Este mencionado patetismo puntual de los dirigentes civiles -insuflado sin duda por este periodo de desafección política global-, es quizás uno de los tópicos que maculan ligeramente la por otro lado destacable madurez de la obra, con casos evidentes como la amigable familia de la cría, la izquierdista enfurruñada –a la que sin embargo Monica Dolan acaba otorgando dignidad humana como personaje- o el jefe de Estado norteamericano expeditivo –la óptica del relato es británica, cabe recordar-. Aunque, claro, no olvidemos que los estereotipos del cine se alimentan de un poso de innegable realidad, y viceversa.

Y también es posible que la película tenga ciertas concesiones buenistas para con los militares, dado que los incidentes bélicos recientes inclinan a pensar que, en el campo de batalla extracinematográfico, los remilgos para adoptar decisiones críticas en las campañas de acción no son tan pronunciados -en especial en el terreno de los bombardeos con drones, donde la distancia física parece tender a crear una distancia moral-. Pero incluso así se diría que el libreto quiere introducir un matiz a partir de la extracción y el objetivo estrictamente universitario de este piloto virtual interpretado por Aaron Paul.

            La cinta, pues, presenta un loable equilibrio en los puntos de vista enzarzados en esta polémica terrible, a la que se agregan además elementos que apuntalan las complejidades del fondo de escenario, como los mecanismos jurídicos que se imponen sobre las resoluciones marciales, las consecuencias de la imagen en toda situación que acontezca en estos tiempos -sea como elemento de influencia legítima o amarillista sobre la sociedad occidental, sea como espita que detona la creación de nuevos sublevados estimulados por el trauma vívido y cercano- o la difuminación de los frentes combatientes en una guerra atomizada y casi imprevisible –los occidentales que se unen a la yihad como respuesta a su alienación existencial, los antiguos foráneos asimilados que forman parte integral e indisociable de la metrópolis-.

            De este modo, a la vez que desarrolla un thriller bélico realmente entretenido, Espías desde el cielo provee un poderoso material de debate para la salida de la sala que, a fin de cuentas, redondea las virtudes de su conjunto.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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