Archivo | Bélico RSS feed for this section

1917

13 Ene

.

Año: 2019.

Director: Sam Mendes.

Reparto: George MacKay, Dean-Charles Chapman, Colin Firth, Andrew Scott, Robert Maaser, Mark Strong, Richard McCabe, Anson Boon, Nabhaan Rizwan, Claire Duburcq, Benedict Cumberbatch, Adrian Scarborough, Richard Madden.

Tráiler

.

         Podría concluirse que el cine bélico aborda su principal objetivo, hacer sentir al público el horror de la guerra, a través de dos vías: la espectacular, que pretende sumergirle a uno en el terrible fragor de la batalla, y la íntima, que es la que trata de que asimile el estado psicológico y emocional del combatiente. Una no tiene por qué ser excluyente de la otra, pero no es fácil conjugarlas de forma equilibrada. Quizás Apocalypse Now sea la experiencia inmersiva más profunda jamás lograda en el género. Ni siquiera requiere de grandes enfrentamientos, entendidos como coreografiados movimientos de masas, explosiones tremebundas o sangre salpicando el objetivo -con  la excepción de la delirante cabalgata de las valkirias a orillas del Nùng-. En resumen, no es una experiencia meramente sensorial -con unos cánones marcados para el cine contemporáneo por la media hora inicial de Salvar al soldado Ryan-, sino que se vive como una alucinación que perturba víscera y mente, y que consigue hacer buena la máxima de que el infierno es la imposibilidad de la razón. En un paso más en dirección divergente, La delgada línea roja podría verse como una búsqueda estricta de la experiencia espiritual.

         Entiendo que intentar rodar una película bélica prácticamente en un plano secuencia -si bien con un par de cortes de montaje disimulados para no romper la ilusión de continuidad- aspira a construir esta experiencia inmersiva en la que el espectador se olvide de que está cómodamente sentado en una butaca y perciba el aguijonazo del miedo, de la adrenalina, de la confusión, del puro instinto de supervivencia en un escenario por completo hostil a la humanidad y a la vida. Expiación, más allá de la razón o Dunkerque lo afrontaban en parte, esta última con un mal ejemplo del empleo del aplastamiento mediante los estímulos sensoriales -el sonido que destroza los tímpanos-. Aunque estas muestras parciales son cada vez más abundantes en un cine reciente que concede enorme prestigio a este recurso. Y, en paralelo, Stanley Kubrick ya había sentado cátedra sobre cómo expresar la angustia de las trincheras de la Primera Guerra Mundial a través de rotundos travellings -la presente parece citar asimismo a Senderos de gloria por medio de una canción impropia de semejante atmósfera-.

Así pues, Sam Mendes, cineasta que en Jarhead había ensayado un retrato personal del marine estadounidense como individuo relativamente común sometido a una situación extrema, se lanza a por el plano secuencia completo en 1917, en la que recoge la esencia de las historias de su abuelo, el escritor Alfred H. Mendes, condecorado en dicha contienda, para arrojar su propia reconstrucción del infierno sobre la Tierra, ajeno a romanticismos, nostalgias o glorias de ningún tipo, por más que pueda sugerirlo el hecho de que se inspire en unas memorias.

         Sin embargo, este complicado alarde técnico no es imprescindible para invocar un descenso a los infiernos. En el caso de las películas bélicas itinerantes, aparte de la citada Apocalypse Now, también se puede acudir a estremecedores tours de force de otras latitudes como Nobi (Fuego en la llanura) o Masacre: ven y mira, que extraen su atronador poder de su capacidad para plasmar la sinrazón más absoluta. En 1917, este poder parece asomar en los paisajes fantasmagóricos, casi extraterrestres, que atraviesan los dos soldados a los que se envía en una dudosa misión para alertar a un regimiento de que no caiga en la trampa de los alemanes y su retirada estratégica. Frente a ello se contrapone el contraste de sus rostros jóvenes, inocentes, sufridos, desesperados; humanos en definitiva, así como de los puntuales e inesperados oasis de esperanza con los que se topan -los cerezos, la mujer-. El segundo resulta un tanto forzado, pero contiene momentos de agradecida delicadeza.

Por su parte, el plano secuencia no se traduce exactamente como esa mirada naturalista que podría corresponderse con la ausencia de artificios fundamentales en el lenguaje cinematográfico -el montaje, la elipsis-. Con constantes cambios de altura de la cámara, que llega a situarse con frecuencia por encima de los protagonistas o a ras de suelo, no se diría que son ojos humanos los que miran. Tampoco es un plano secuencia discreto, dado que insiste en revolotear alrededor de la cabeza de los personajes, evidenciando la presencia de una dirección artística, de esa creación artificial. Quebrando el encantamiento. Dejando fría la narración y el infierno que describe, a pesar del buen manejo de la tensión a lo largo de las dos horas de metraje y del punzante frenesí bélico de algunas escenas.

         De esta manera, cabe recordar la potencia dramática, simbólica y reflexiva de una imagen compuesta con talento e intuición: en Uno rojo, división de choque, un Cristo cegado ante un campo sembrado de cadáveres, bajo cuya efigie se produce la muerte más absurda de todas, le bastaba a Samuel Fuller para condensar la Primera Guerra Mundial y anticipar su ampliación en otros lugares y otros tiempos.

.

Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 6,5.

Un puente lejano

10 Ene

.

Año: 1977.

Director: Richard Attenborough.

Reparto: Sean Connery, Dirk Bogarde, Michael Caine, Anthony Hopkins, Christopher Good, Robert Redford, Gene Hackman, Ryan O’Neal, Edward Fox, James Caan, Elliott Gould, Liv Ullmann, Laurence Olivier, Maximilian Schell, Hardy Krüger, Walter Kohut, Wolfgang Preiss, Frank Grimes, Denholm Elliott. Siem Vroom, Eric Van’t Wout.

Filme

.

          El día más largo, uno de los cantos de cisne del sistema de estudios, con Darryl F. Zanuck comandando las operaciones, sentaría las bases para una serie de superproducciones bélicas que trataban de entregar un monumental docudrama de capítulos de la Segunda Guerra Mundial desde una perspectiva que, además, pretende reproducir la mirada de sus protagonistas, interpretados por una miríada de estrellas. Incluso en un Un puente lejano, ejemplo ya tardío de esta dinámica, hay planos subjetivos de las decenas de paracaidistas que saltan al campo de batalla -literal y cinematográfico-.

          Precisamente, al igual que El día más largo, Un puente lejano se construye a partir del libro de Cornelius Ryan, aquí adaptado por William Goldman. Contará con la participación en labores de asesoría militar de varios de los altos mandos implicados -al parecer también se habían visto envueltos Dirk Bogarde desde el servicio de inteligencia británico y el compositor John Addison como miembro del XXX Corps– e intentará localizar los escenarios naturales en los enclaves, o al menos en las cercanías, donde se desarrollaron los hechos que aborda: la operación Market Garden, llevada a cabo por los aliados en septiembre de 1944 y que suponía la mayor intervención aerotransportada hasta el momento, si bien se cerraría con un desastre igual de descomunal en su intento de tomar en Holanda una serie de puentes que abriría el paso a las fuerzas terrestres hasta la misma Alemania, con la idea puesta en lograr su rendición antes del cabo de año.

A la altura de semejante episodio, Un puente lejano disfrutaría del presupuesto más alto destinado hasta entonces a un filme del género -engrosado por los precios astronómicos que los comerciantes del entorno impondrían al aparato logístico de la producción- y de generosas aportaciones de material bélico para recrear el despliegue.

          Un puente lejano podría dividirse prácticamente en dos mitades. En primer lugar está la descripción minuciosa de los mecanismos del ejército aliado en la preparación y desarrollo del operativo, rotulado para facilitar la identificación y narrado desde cierto espíritu objetivo que comporta rehusar al recurso de dividir los bandos en héroes y villanos -tal y como había manifestado especialmente Tora! Tora! Tora!, que incluso contaba con equipos de rodaje diferentes-. Posteriormente, aunque anticipado por detalles dramáticos que denuncian las fallas de tal colosal maquinaria -los duelos de ego, las urgencias por las necesidades o la ambición; el retiro forzoso del oficial crítico, las objeciones de los generales descreídos, la fortuna como factor decisivo-, va tomando cuerpo una segunda vertiente donde las pretensiones del plan de oficina colisionan trágicamente con la realidad de la contienda, lo que sirve para potenciar la denuncia sobre el coste humano de toda lucha y, en consecuencia, la dimensión dramática de la cinta.

No deja de ser curioso que una obra de semejantes proporciones se centre en relatar una derrota. Aun así, la locura y el desatino que compone el telón del fondo -la escena del cargamento de boinas rojas es un detalle superlativo- no implica una renuncia a dotar de épica las acciones de los individuos que sufren los macabros juegos de la guerra.

          Ambas facetas encajan con naturalidad, bien engranadas por el guion, hábil para perfilar a la perfección las personalidades de los retratados -empujados asimismo por el carisma del excepcional reparto-, así como por el pulso que muestra Richard Attenborough desde la dirección, dominando tan aparatosa estructura narrativa, si bien la ambiciosa multiplicidad de focos y escenarios complica la limpieza de la exposición. A su vez, la espectacularidad de la función sigue en pie en la actualidad, aunque algo mellada ya para el espectador posterior a Salvar al soldado Ryan en su espectacularidad y en la crudeza a la hora de reflejar el destrozo moral pero sobre todo físico que supone la batalla.

.

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra!

28 Oct

.

Año: 2008.

Director: Ben Stiller.

Reparto: Ben Stiller, Robert Downey Jr., Jack Black, Brandon T. Jackson, Jay Baruchel, Nick Nolte, Tom Cruise, Danny McBride, Steve Coogan, Bill Hader, Brandon Soo Hoo, Matthew McConaughey, Tobey Maguire, Jennifer Love Hewitt, Jon Voight, Jason Bateman, Lance Bass, Alicia Silverstone, Tyra Banks.

Tráiler

.

           Hay dos vetas interesantes que surgen del humor satírico de Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra! La primera, la más obvia y predominante, es aquella en la que se realiza una burlona caricatura de Hollywood: desde sus tópicos peliculeros hasta los individuos que forman sus engranajes y que, gracias a ellos, adquieren un aura estelar que, sin embargo, contrasta con sus miserias humanas. La segunda es la que habla de la sociedad estadounidense, y que se puede extraer de la controversia generada por algunos golpes probablemente nada sutiles, pero sí bastante contundentes.

Durante la celebración de Halloween de 2018, Shaun White, triple medallista olímpico en una modalidad del snowboard, fue el centro de la polémica y tuvo que pedir disculpas por disfrazarse de Jack el Simple, el personaje con el que el protagonista de Tropic Thunder, típico héroe del cine acción, buscaba reciclar su carrera hacia papeles cazapremios, con el resultado de un rotundo fracaso de crítica y público. “Todo el mundo sabe que no hay que hacer de retrasado total”, le explicaba su compañero de reparto, ganador de cinco óscares, para aclararle cómo funcionan los gustos de la Academia norteamericana en cuanto a retratos de la discapacidad intelectual. Tal fue el revuelo con White, reprobado tanto por internautas como por entidades como por el comité de los paralímpicos estadounidenses, que incluso Ben Stiller tuvo que declarar que mantenía su disculpa por la película, ya boicoteada en su momento por idénticos motivos, y reiterar que la intención del gag “siempre fue la de burlarse de los actores que tratan de hacer lo que sea para ganar premios”.

En cambio, Tropic Thunder sí se llevó palmadas en la espalda en lo referente a la cuestión racial, centrada en ese reputadísimo actor de método australiano que profundiza tanto en sus roles que, en este caso, se somete a un tratamiento de pigmentación para meterse con mayor autoridad en la piel de un sargento afroamericano. Es, al tratarse de una parodia de esta parodia, uno de los pocos ejemplos considerados positivos del denominado ‘blackface’, esto es, blancos que interpretan negros pintándose la cara apropiándose de elementos ajenos que habitualmente despreciarían o perpetuando los correspondientes estereotipos.

           Pero Ben Stiller, que dirige Tropic Thunder y escribe su guion junto a Justin Theroux y Etan Cohen -no confundir con Ethan Coen, la importancia del orden de una letra muda-, también da muestras de inteligencia narrativa y sentido de la comicidad, como ocurre en la presentación de los personajes, zanjada de un hilarante plumazo a través de tres falsos tráilers y un anuncio -una especie de mezcla entre Tom Cruise y Sylvester Stallone; otra de Daniel Day Lewis y Russel Crowe; un tercero que podría pasar por primo de Chris Farley y, por último, el clásico rapero que trata de abrir paso a su fama desde un nuevo medio-.

           Haciendo palanca sobre lugares comunes y neurosis generales, el filme consigue mantener un nivel chispeante a lo largo de su desarrollo, que hacia el final cae en esa contradicción recurrente de tener que poner un espectacular punto y final recurriendo precisamente a aquello que se parodia. Por su parte, las estrellas invitadas aportan picante, en especial un desopilante y coprolálico Cruise.

De ese juego entre lo grueso y lo fino, entre la ridiculización y el homenaje, entre lo terrenal y lo divino del cine, Tropic Thunder obtiene un notable equilibrio para convertirse en una meritoria comedia.

.

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 7.

Consejo de guerra

27 Sep

.

Año: 1979.

Director: Bruce Beresford.

Reparto: Edward Woodward, Jack Thompson, Bryan Brown, Lewis Fitz-Gerald, Rod Mullinar, John Waters, Charles Tingwell, Terence Donovan, Vincent Ball, Alan Cassell.

Tráiler

.

          Senderos de gloria dejó filmado para la posteridad que la colisión entre la guerra y la justicia -en su máxima expresión, que es la de un juicio con presuntas garantías- provoca una contradicción tal que solo puede caer en el más absoluto, desolador y criminal de los absurdos.

Cabezas de turco del imperio, se titulará el libro de memorias de uno de los tres soldados australianos sometidos a juicio marcial en las postrimerías de la Segunda Guerra Anglo-Bóer, que, de nuevo, en el cambio de los siglos XIX y XX. enfrentaba encarnizadamente en Sudáfrica al Imperio británico y a los colonos neerlandeses del Transvaal en torno a los yacimientos de oro y diamantes. En el conflicto, los afrikaners se habían lanzado a la guerra de guerrillas para tratar de atajar la superioridad armamentística y numérica de los británicos, lo que derivará en un enfrentamiento prácticamente sin cuartel -ejecuciones sumarias de prisioneros y de potenciales espías, la destrucción sistemática de los medios de subsistencia del enemigo- donde las unidades irregulares, adaptadas al terreno y ajenas al presunto orden moral del arte de la guerra -“el final de la guerra de los caballeros”, que sentencia uno de los personajes-, cobrarán una especial relevancia. Será, pues, la primera guerra sucia de una centuria especialmente propensa a las atrocidades bélicas de todo cuño. La modernidad. La industrialización de la muerte. El horror.

Es en este contexto donde surge el juicio contra los tres australianos -integrados en esos comandos de los Bushveldt Carbineers destinados a ejercer de cruenta contraguerrilla- en relación a la ejecución en campaña de siete afrikaners y de un religioso alemán.

          Basada en una obra de teatro que ya reconstruía este episodio histórico de una Australia recién independizada pero con necesidad de englobarse en la Commonwealth bajo la égida imperial -un ajuste de cuentas con el pasado y los vínculos imperiales que continuará dos años después con Gallipoli-, Consejo de guerra expone a partir de esta premisa la hipocresía y la incoherencia que representa este proceso judicial que, amañado de antemano, se arroga unas garantías de justicia por completo enajenadas.

Sin embargo, el dilema va más allá del atropello descarado a unos hombres que son víctimas de los fuertes prejuicios xenófobos que están enquistados incluso contra territorios de influencia británica, puesto que, si bien a los australianos se les dibuja como los ‘buenos’ de la función, nunca se oculta que son autores de los hechos por los que se les juzga -aunque se cometieran bajo la responsabilidad una autoridad superior- y que, más aún, estos son una evidente barbaridad cuya condena ejemplar puede dar pie, además, a sentar las bases de la paz entre bandos y también entre potencias de la Europa en tensa calma antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. El fin y los medios. La paradoja de pedir perdón con (más) sangre.

          No obstante, el tono del discurso se centra más en la vertiente nacionalista, con la exposición del choque entre la rigidez inglesa, no exenta de una falsedad que responde a su naturaleza profundamente clasista, y las peculiaridades del contingente del país austral, viscerales y sentimentales, que contaminan incluso al ‘asimilado’ Harry Morant, que reacciona con un ímpetu que entra en contradicción con su origen metropolitano. El empleo de los símbolos imperiales está tratado, en consecuencia, con crítica o sarcasmo. Pero no por ello esquiva Consejo de Guerra las ambigüedades, arrugas y esquinas de sus personajes, sobre todo de ese domador de caballos metido a soldado de fortuna en un bando casi al azar, probablemente el equivocado, desde un espíritu de aventurero romántico, poeta y guerrero de tiempos remotos.

          Bruce Beresford, que dirige y participa en la redacción del libreto junto al autor de la pieza dramatúrgica original, tiñe los fotogramas con el triste ocre de los uniformes de los militares, que domina las composiciones del juicio, con predominio de un estatismo que no está reñido con un excelente manejo del tempo narrativo, agilizado por el montaje que alterna el presente con el pasado. En los exteriores, el paisaje aparece inmenso e indiferente hacia las atrocidades que se cometen en su suelo, iluminado por una luz plana, fea. Este es el escenario donde hombres normales, sometidos a situaciones anormales, se tornan salvajes. No por casualidad, el plano más bucólico y rico en colores será el final.

.

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

Wonder Woman

24 Jul

.

Año: 2017.

Dirección: Patty Jenkins.

Reparto: Gal Gadot, Chris Pine, David Thewlis, Danny Huston, Elena Anaya, Ewen Bremner, Saïd Taghmaoui, Eugene Brave Rock, Lucy Davis, Connie Nielsen, Robin Wright.

Tráiler

.

         Wonder Woman surge, en primer lugar, como la conexión natural entre los héroes de la mitología clásica y los superhéroes del cómic y el cine, que según muchos es la traslación de este universo legendario tradicional al mundo contemporáneo. Y es, en segundo, la reivindicación del protagonismo femenino -en el relato y aquí detrás de las cámaras- dentro de un género donde los prejuicios determinan que la acción, y más aún si esta consiste en salvar a la humanidad, es un asunto de hormonas viriles. William Moulton Marston, psicólogo y autor del cómic original, marido en dos matrimonios con esposas de fuerte carácter y convicciones adelantadas a su tiempo, era defensor de que la sensibilidad y la inteligencia de la mujer le hacía superior al hombre.

Posteriormente reivindicada como icono feminista, la nueva y poderosa ola del movimiento la convertía en un personaje irresistible para recuperar -después de la atractiva aparición de Jessica Jones y antecediendo a la llegada de la Capitana Marvel y la cinta en solitario de Viuda Negra, con mayores o menores disimulos mercantiles-. “El feminismo hizo a Wonder Woman; más adelante, Wonder Woman rehizo el feminismo”, que resumía la historiadora Jil Lepore. En este sentido, es interesante que, de hecho, se haya producido una valoración dispar sobre la película entre dos admiradoras de Wonder Woman y escritoras feministas como Gloria Steinem -uno de los grandes nombres del feminismo de los sesenta y setenta- y Elisa McCausland -autora del reciente ensayo Wonder Woman. El feminismo como superpoder-. Esta última lo atribuye a que la inspiración del guion -elaborado por Allan Heinberg, Jason Fuchs y Zach Snyder, al alimón hombre fuerte de la producción- se asienta sobre los “conservadores” cómics de Brian Azzarello y Cliff Chiang, realizados entre 2011 y 2014, con lo que la función termina por entregar el protagonismo al espía Steve Trevor.

         Aunque no estoy del todo de acuerdo con este último punto -entiendo que el personaje sirve de cicerone en la evolución de una diosa ajena a las complejidades de la Tierra y aporta una coherente resolución ‘humana’ a la parte ‘humana’ del conflicto-, sí es cierto que tampoco se puede considerar Wonder Woman una subversiva rebelión femenista en el subgénero superheroico. No obstante, se puede interpretar igualmente que a su condición mesiánica y su superioridad manifiesta no le hacía falta más subrayado exhibicionista -ahí está el ejemplo de cierta escena de Vengadores: Endgame-, más allá de deslizar tres o cuatro pullas de guerra de sexos y dejar alguna que otra referencia al espíritu de las sufragistas. Y, en lo que a ella respecta, Gal Gadot da la talla en presencia en pantalla y credibilidad física para llenar tan rotundo personaje.

En cualquier caso, el peso ideológico del filme no tiende a la grandilocuencia y los complejos cósmicos que bien elevaba, bien afectaba a la trilogía de El caballero oscuro y la recuperación de Supermán acometida en la última década por la factoría cinematográfica de la DC. El éxtasis final parece mostrar huellas de los característicos ralentí e hipertrofia de Snyder y hay dilemas tradicionales de la franquicia, como es la mirada de la entidad divina o semidivina sobre la corruptible humanidad y el merecimiento o derecho de esta a la redención -ahí es donde se produce esa citada participación de Trevor a modo de ese compás humano que, por ejemplo, en Los Vengadores: la era de Ultrón lo encarnaba un reivindicado Ojo de Halcón-.

         Pero en último término lo que prima es un goloso sentido de la aventura que permite a Wonder Woman superar con holgura y capacidad lúdica su condición de cinta de presentación del superhéroe -con los obstáculos que supone la necesidad de introducir al profano a una nueva mitología-, con una relación compensada entre el poderío de Gadot y el acertado minimalismo de Chris Pine, a juego con sus respectivos personajes, y bien punteados, con suficiencia y sin excesos, por unos compañeros y unos villanos con una agradecida esencia comiquera. Ello no es óbice, con todo, para interesantes detalles visuales como las pinturas en movimiento que recrean la leyenda.

.

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

Paisà (Camarada)

12 Abr

.

Año: 1946.

Director: Roberto Rossellini.

Reparto: Carmela Sazio, Robert van Loon, Dots Johnson, Alfonsino Pasca, Maria Michi, Joseph Garland Moore Jr., Harriet Medin, Renzo Avanzo, William Tubbs, Newell Jones, Elmer Feldman, Dale Edmonds, Roberto Van Loel, Cigolani.

.

         Tras la ocupación; la liberación. “La historia del cine se divide en dos partes: antes y después de Roma, ciudad abierta“, proclamaba Otto Preminger. Pero Roma, ciudad abierta era solo el primero de los tres episodios en los que Roberto Rossellini filmaba la crónica humana del horror más aberrante jamás experimentado por la civilización.

El segundo es Paisà (Camarada), que reconstruye el avance de las tropas aliadas por Italia a través, por su parte, de seis episodios ordenados geográfica y cronológicamente -Sicilia, Nápoles, Roma, Florencia, los Apeninos Septentrionales, el delta del Po-. Solo en el último de ellos aparece un enfrentamiento bélico en sentido estricto, y es una escaramuza que no dejará letra alguna en los libros de historia, rodada sin apenas lograr aliento épico y que, para más inri, concluye con una derrota. La última bala de una guerra es siempre la más absurda, como sancionaba Samuel Fuller, combatiente en esta misma Segunda Guerra Mundial, en Uno rojo, división de choque.

         Por contradictorio que parezca, las historias que recoge Paisà parecen dominadas por la voluntad del encuentro en mitad de la barbarie, expresión de la resistencia de los valores universales del ser humano. El lechero que trata de hacerse entender con la muchacha que lo guía; la extraña amistad entre un soldado y un niño buscavidas; el romance cercenado por la despiadada necesidad de posguerra; la enfermera extranjera en busca del héroe etéreo que vivía en sus recuerdos; la reunión entre confesiones en un anómalo remanso de paz; la comunión de unas fuerzas heterogéneas que libran la batalla en defensa de unos mismos ideales y del sacrificio definitivo.

Son las corrientes optimistas que colisionan brutalmente contra la negrura de un filme doliente y desgarrado. Contra el fatalismo que se cierne sobre toda esperanza de amor; contra la violencia cainita e irracional que devora el país; contra la miseria y la muerte que trae consigo toda guerra.

        Son relatos de una total coherencia y un extraordinario equilibrio, expresados con una tajante y respetuosa austeridad que no es óbice para arrojar escenas absolutamente terribles, con una madurez reflexiva que huye del efectismo ternurista para entregar retratos auténticos, veraces y, por ello, todavía más conmovedores. Ejemplo meridiano es su mirada hacia el huérfano trágico, siempre fiel a la naturaleza del personaje, adulto a destiempo y a la fuerza, al que no se edulcora para convertirlo en un mendigo de lágrimas.

Rossellini observa, reflexiona y muestra. Y es la cercanía a la verdad que alcanzan sus imágenes la que propulsa las emociones, como propugnaban los cánones de ese Neorrealismo que, desde un punto de vista tan cinematográfico como moral, rastreaba por entonces la regeneración de una Italia hundida en una ruina material y espiritual.

.

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8,5.

El cazador

27 Feb

.

Año: 1978.

Director: Michael Cimino.

Reparto: Robert De Niro, Christopher Walken, Meryl Streep, John Savage, John Cazale, George Dzundza, Chuck Aspegren, Rutanya Alda, Pierre Segui, Ding Santos.

Tráiler

.

            El cazador se cierra con un grupo de amigos entonando en un bar, entre lágrimas, el God Bless America, “Dios bendiga a América”. Los fotogramas se habían abierto en una factoría acerera situada en un enclave rural de Pennsylvania, en un pueblo prácticamente anónimo del corazón mismo de los Estados Unidos, poblado por esos ciudadanos de a pie que conforman la argamasa del país. Sus protagonistas, paradójicamente, se apellidan Vronsky, Chevotarevich o Pushkov, pero cuando al segundo le preguntan si se trata de un apellido ruso, él lo niega. Es un apellido americano. Tan americano como el honrado trabajo que entregan cada día, como su sacrificio en defensa de un estilo de vida que no admite injerencias comunistas desde ningún rincón del mundo, como la pervivencia de la huella de la cultura india o como la canción pop que canta Frankie Valli, otro tipo de apellido en absoluto anglosajón.

Por eso, las tradiciones de la comunidad, la anécdota compartida en confianza en lugares totalmente corrientes y los códigos consuetudinarios que rigen sus relaciones poseen en El cazador una mayor relevancia y atención en el relato que los hechos bélicos, en este caso de la Guerra de Vietnam. Porque esa vivencia cotidiana y común, ese pequeño universo afectivo donde el deber patriótico es solo un elemento más, es lo que otorga a los Estados Unidos, territorio conformado por la amalgama de múltiples de ascendencias, carta de nación.

            En este sentido, El cazador no es una obra esencialmente crítica con el conflicto en el sureste asiático -un peliagudo asunto al que Hollywood comenzaba por entonces a asomarse de nuevo después de haber sido ampliamente derrotado por el crudo realismo de los informativos de televisión-, sino que la guerra ejerce como contrapunto terrible y como violento punto de giro de los vínculos de los protagonistas, que de la mano del diablo -quien por supuesto tiene acento extranjero- llegan a dejar atrás, hasta literalmente, a amigos, familia y en definitiva cordura.

Esa es su concepción del trauma nacional. Las atrocidades, que en realidad solo tienen el rostro del enemigo declarado, están expuestas no tanto desde una perspectiva pacifista, sino para mostrar ese sacrificio al que se somete la juventud estadounidense, que deja unas heridas tan profundas que alcanzan incluso el hogar mismo y que, por tanto, son extremadamente difíciles de sanar.

Es decir, que el horror de El cazador no es el horror moral de Apocalypse Now, que un año después hará estallar verdadera y definitivamente Vietnam en las pantallas de cine. Aunque, en cualquier caso, su aparición es angustiosa y enfermiza, huérfana de la humanidad más elemental, con escenarios asfixiantes y de extrema tensión -cuya lograda transmisión es fruto en parte del arduo esfuerzo físico y psicológico de los actores, que redondean escenas fijadas en la memoria colectiva del séptimo arte-, o nocturnos, viciados y sudorosos aún en la línea de trinchera. Su contraste es absoluto con las precedentes escenas de caza en unas montañas imponentes y hermosas, que regalan imágenes trascendentes con el acompañamiento de música sacra, donde los protagonistas conmemoran un acto reverencial, místico, que crea entre ellos una unión espiritual, elevados incluso sobre sus compañeros, que en su vulgaridad convierten la ceremonia en parodia.

            Michel tiene la teoría de que al venado hay que matarlo de un único disparo. A Nick, el vietcong lo alcanzó en una pierna, pero no logró abatirlo. En El cazador, este retrato de la comunidad está atravesado por la desoladora impronta de una agonía trágica, que es la que impide que la herida que aflige a América logre sanar. Como se percibe en las notas elegíacas de la narración, es evidente que se ha perdido la inocencia -el conciliador Nick, amigo de sus amigos, comprensivo con los desaprensivos, pareja sonriente de la chica ideal-, aunque el dolor de la muerte aplazada niega la posibilidad de levantarse y emprender otra vez el camino, aun con las piernas mutiladas, aun este bagaje existencial que padece en común, cada uno a su manera, este pequeño mas simbólico grupo.

.

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

A %d blogueros les gusta esto: